Mostrando entradas con la etiqueta ideología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ideología. Mostrar todas las entradas

23 noviembre, 2025

El lujo como dispositivo ideológico — Fernando Buen Abad

 


La pluma – 15/04/2025


Análisis del lujo como dispositivo ideológico: de los viajes espaciales para millonarios a la explotación laboral


Proviene del latín luxus, que tenía significados relacionados con el exceso, la extravagancia y la deformación. Exceso y derroche. Luxus referencia a un estilo de vida con abundancia y ostentación, placeres "refinados", riqueza y bienes suntuarios.


También alude a "desviación" o "dislocación", como en el caso de una articulación dislocada (luxatio en latín médico). Podría vincularse metafóricamente con la noción de exceso innecesario en el consumo. Con la evolución del latín al español, el término mantuvo su sentido de opulencia y ostentación, consolidándose en la modernidad como un concepto central en la economía y la cultura capitalista. Ha alcanzado niveles de extravagancia donde su sentido no sólo es lo costoso, sino también absurdo en términos de utilidad.


Para algunos el lujo es programar sus viajes al espacio. Empresas como Blue Origin y SpaceX ofrecen cruceros espaciales para multimillonarios, con boletos que superan los 50 millones de dólares por asiento. Otros prefieren los hoteles submarinos como en Dubái: el Atlantis The Palm tiene suites bajo el agua con vistas directas a un acuario gigante, costando más de 10.000 dólares por noche.


Hay cenas de lujo con cubiertos de oro. Restaurantes como el Sublimotion en Ibiza ofrecen cenas con experiencias multisensoriales por 2.000 dólares por persona. Agua embotellada de lujo: La marca Acqua di Cristallo Tributo a Modigliani vende botellas de agua a 60.000 dólares cada una, en envases de oro puro. Caviar blanco de esturión albino: Considerado el caviar más caro del mundo, puede costar más de 40.000 dólares el kilo. Papel higiénico de oro: Una empresa australiana vendió rollos de papel higiénico de oro de 22 quilates por 1.3 millones de dólares. iPhone con diamantes: Modelos personalizados de iPhone con carcasa de oro y diamantes han sido vendidos por más de 10 millones de dólares. Autos de oro y platino: Millonarios en Medio Oriente han mandado a fabricar Lamborghinis y Bugattis recubiertos de oro macizo. Collares de diamantes para perros: Algunas marcas de lujo venden collares con incrustaciones de diamantes que pueden superar los 3 millones de dólares. Guarderías VIP para perros: En Nueva York y Los Ángeles existen hoteles para mascotas con habitaciones privadas, menús gourmet y spa, con tarifas de hasta 300 dólares por noche.


Ese lujo contemporáneo ha evolucionado hasta convertirse en un espacio selectivo en extremo. Muestra la moral de las élites y su ética de la ostentación basada en el valor económico o simbólico. Lujo y lucha de clases. Ese lujo no es un simple exceso de bienes o placeres, sino una forma específica de significación dentro del capitalismo. Desde una semiótica realmente crítica, el lujo es un signo cuyo valor no radica sólo en su utilidad ideológica, sino en su capacidad para producir distancia de clase, reforzar jerarquías y naturalizar la crueldad y la violencia implícita. Su función estructural es legitimar la obscenidad, presentándola como derecho natural de la burguesía. Sin límites.


Sus lujos ocultan su base material de producción —trabajo explotado, extracción colonial, destrucción ecológica— y, se ostentan como signo puro, como significado y significante marcador de dominación. Sus lujos se secularizan, como emblemas del éxito individual, desplazando a veces la legitimación de la herencia o la meritocracia del hurto. En la fase neoliberal, imperialismo del capital produce un lujo objetivo y subjetivo —marcas, experiencias, exclusividad digital— donde la posesión cede terreno a la representación mediática de la posesión. Es un espacio de acumulación privilegiada. El lujo cumple esta función con el exceso en legitimación de la desigualdad.


Su lujo no es un "plus" del capitalismo, sino un dispositivo que opera como la zanahoria de burro de clase que lo refuerza prenda amada de la dominación simbólica. Su obscenidad moral es estructural. No es sólo un exceso más del capital, sino su esencia, la manifestación más extrema del plusvalor convertido en mercancía signo. Es necesaria una semiótica que desnude al lujo de todas las vestiduras léxicas que lo enmascaran. No es un exceso de belleza, exuberancia o placer, sino una apropiación histérica y pornografía clasista. Sus lujos no son sólo un conjunto de objetos o prácticas, sino un fenómeno ideológico y material ligado a la violencia burguesa. No es sólo la posesión sino la capacidad de hacer que ese objeto funcione como un marcador social. En este sentido, el lujo es tanto un fenómeno material (la mercancía) como un fenómeno discursivo (la narrativa que lo rodea).


Con los monopolios de la publicidad convierten sus lujos en escuela aspiracional, intoxicando el deseo mediante narrativas donde no sólo importa el objeto de lujo, sino el relato que lo envuelve. Los signos de sus lujos circulan con toda impudicia e impunidad. Sus estéticas mercantilizan experiencias inalcanzables para una inmensa mayoría que se ve castigada con la moraleja de clase "nada de esto es para ti": ni la moda de lujo, ni los relojes de marca, ni los autos deportivos o los espacios "exclusivos". Un análisis humanista del lujo debe partir de la disputa por el sentido y su dimensión simbólica (estatus, deseo, exclusividad). Esto implica analizar cómo el lujo refuerza y naturaliza las relaciones de clase. Examinar la función del lujo en la ideología capitalista y en la construcción de subjetividades. Investigar los mecanismos de fetichización y alienación que operan en la representación mediática del lujo. Cuestionar la promesa de democratización del lujo en la era digital y su papel en la reproducción del capital. El lujo, tal como se presenta hoy, no es sólo un fenómeno económico ni meramente estético, sino un dispositivo ideológico central e intrínseco del capitalismo.



20 junio, 2018

La cultura “fake” en el supermercado ideológico: las mentiras y sus feligresías





Fernando Buen Abad Domínguez
alainet.org - 19/06/2018

Tapizada como está nuestra Historia con mentiras de todo tipo, vivimos una fase del engaño que mutó también mediáticamente hacia lo que parece un nuevo “callejón –ideológico– sin salida”. Sin dejar de ser un gran negocio. Una nueva-vieja mercancía de la propaganda dominante disfrazada de “filosofía” para incautos, nos ha convertido en consumidores voraces de falsedades para enseñarnos a admirar nuestro despojo y explotación como obra “maestra” de un sistema cuyo sentido no se limita a producir pobres sino, también, seres engañados y dóciles.

Le llaman “pos-verdad” a la “plus-mentira” y a la lógica de un sistema de mentiras, actualizado, bajo reglas que el “consumidor” desconoce –relativamente– pero que acepta bajo las fórmulas largamente ensayadas con los parámetros del modo de “comunicación” predominante. Se trata de “la edad de las mentiras” de “gran calidad” y con no pocas pautas para que cierto pensamiento (y gusto) afiancen simpatías, coincidencias y placeres derivados de las falacias. La estética de lo falso.

Es el camino que encontró la ideología de la clase dominante para darse sobrevida. Ya no saben qué inventar. Han manoseado todos los recursos “filosóficos” que prohijaron y hoy no tienen cosa significativa que proponer porque queda en claro que no tienen futuro. Entonces mienten con todo. La ideología de la clase dominante tiene efectos nocivos, desde sus torres de marfil mass media, aliadas con no pocas mafias “académicas”, para idear falacias que son “consumidas” por personas que, con no poca frecuencia, lo gozan. Muchas creen que es indispensable sustituir la verdad con mil mentiras.

Durante mucho tiempo la ideología burguesa ha ensayado modelos de falacias muy diversos, incluso con gran “realismo”. Han inventado su “verdad” absoluta –y su fatalidad– para que aceptemos como única realidad los intereses usureros del capitalismo. Ese “realismo” burgués ha potenciado el arte de mentir, no sólo en “agencias periodísticas” y “medios de comunicación cómplices”, sino incluso en documentales y campañas políticas, de “gran realismo”. Han sido líderes en el arte de la mentira vestida de “realidad”. Con ese “gran realismo” afirmaron la existencia de las “armas de destrucción masiva”, crearon “realidades” falaces y nos acostumbraron a aceptar, con mansedumbre, la palabrería de las campañas políticas como una forma necesaria del engaño. El “realismo” de las mentiras y su propagación impune no es más que otra modalidad narrativa inventada, exprofeso, para evangelizar audiencias bajo la tesis resignada de que “así es el mundo”, “así son las cosas”, es crudo y nada cambiará… y hay que hacerse cínicos porque eso queda “nice”. Está de moda.

En su modalidad más descarnada dicen que harán lo que jamás veremos y juran no hacer todo lo que, después, hacen para ahogarnos. Juran terminar con la “inflación”, juran “no endeudar a los pueblos”, prometen “pobreza cero”… en el colmo de las falacias de “campaña” enfatizan su “odio a la corrupción” para esconder sus complicidades con los paraísos fiscales y con las mafias financiaras. Se yerguen como adalides de la “renovación” para articular las más rancias formas del saqueo y la explotación, mientras culpan a otros de las canalladas que ellos mismos tienen preparadas para su “gestión”. Así ganan elecciones, feligresías y defensores. Lo falso promovido como real.

Ese realismo con que se desgarran las vestiduras para mentir, presenta al mundo como un caso sobre el cual la única solución son ellos con sus mentiras, casi siempre estrambóticas, y se las impone, cronométricamente, como la verdad publicitaria suprema que se financia en su mundo con “rating”. Esa lógica del engaño ideada por los laboratorios de propaganda política para resolver la trama del capitalismo, y sus crisis, viene en capítulos de falacias. Y eso embelesa a muchos por comodidad individualista. Mentir pasó a ser un gran negocio y dejarse engañar un evento que no exige esfuerzo. Algunos creen ver en “las falacias oligarcas” la escuela sacrosanta del “pragmatismo” para darle estatus a lo que es un fraude premeditado por los farsantes que juegan al póker con todas las cartas a su favor. Nadie se engañe, no es la realidad, es una ficción, a veces muy forzada, barnizada con realismo narrativo. Y tiene adeptos voluntaristas entre sus víctimas.

Y todo eso sirve, además, para esconder la realidad de un mundo donde la industria imperialista más importante es la fabricación de armas; para esconder las conductas delincuenciales de no pocos negocios ilegales (cuarteles de guerra psicológica); el tráfico de drogas, armas y personas. Una realidad a la que la inmensa mayoría de los seres humanos está sometida por una minoría pavorosamente armada y experta en engañar. Una realidad en la que, por otra parte, crece el malestar, avanzan las revoluciones y hay hambre de ideas para derrotar al capitalismo. Se moderniza un arsenal con los dispositivos tecnológicos y psicológicos más avanzados en la ruta de reprimirnos ideológicamente con la historia de que “todo es mentira”, de que hay que resignarse y de que hay que disfrutarlo.

Un equipo de guionistas disfrazados de “periodistas”, escribe para que el arte de la mentira parezca una etapa liberadora e inevitable. Mentir a toda hora para que ya no importe lo “real”, incluso en el círculo de los “intelectuales” burgueses amaestrados por los monopolios de la “opinión pública”; incluso en los terrenos académicos. La lógica de las mentiras-mercancía despliega su propio lenguaje, en apariencia “serio”, y se hace pasar por aceptable, incluso, para sus víctimas. La filosofía de “las falacias de mercado” recurre a cuanto simbolismo encuentra, incluso hecho exprofeso, para que todos se traguen las mentiras y todos las acepten a-críticamente. Pero, a la hora de cobrar, a la hora de las ganancias, la “verdad suprema” siempre es el capitalismo. La parte más dura y dolorosa está en las “feligresías” de la mentira atrapadas en una emboscada descomunal y donde (contra su voluntad) aportan su cuota de complicidad para completar la tarea mass-media responsable de desfigurarlo todo con la fuerza significativa de los intereses burgueses decididos a cambiar el orden existente de la realidad. Y para eso, echan mano de las armas de la guerra ideológica y de las patologías esquizofrénicas más democratizadas. Hasta que la mentira estructural sea más verdad que la realidad objetiva, que el despojo a la clase trabajadora y que la lucha de clases. Contra ese infierno ideológico, decía Lenin, “La verdad es siempre revolucionaria”.



06 octubre, 2015

Lenguaje e ideología - Olivier Reboul (II)

Párrafos extraídos del libro Lenguaje e ideología, de Olivier Reboul. (descargar libro pdf)

Ideología y verdad
Al contrario de la teoría científica o filosófica, la ideología tiene por finalidad esencial no la de hacer conocer, sino la de hacer actuar; suscitar prácticas colectivas y durables que sirvan a un poder. Y sin embargo, el discurso ideológico no puede ser puramente incitativo. El poder debe justificarse; y por eso su discurso es también de orden referencial: comprueba, explica, refuta, se apoya en hechos históricos, datos estadísticos, etc.

Sin duda, un poder fuertemente jerarquizado como el ejército casi no tiene necesidad de este tipo de discurso: el orden y la amenaza le son suficientes. Sin embargo, aun el ejército, cuando es cuestionado recurre a proposiciones de orden referencial. Por ejemplo: "el servicio militar es una formación, una escuela de virilidad", "el ejército es el gran mudo". Hay en esto ideología precisamente porque el poder no puede contar de manera exclusiva con la fuerza para hacerse respetar. "El poder está en la boca de los fusiles", decía Mao; pero también decía: "Los fusiles no tienen espíritu". Se podría decir lo mismo a propósito de la enseñanza, la medicina u otras instituciones.

Así, todo discurso ideológico conduce a la pregunta: ¿verdadero o falso? Y la respuesta no se conoce de antemano. Si fuera siempre verdadero, no sería ideológico. Y si fuera falso, perdería pronto toda credibilidad. En efecto, hasta la ideología más irracional debe apoyarse sobre verdades. Si el nacionalsocialismo hubiese sido totalmente falso, nadie lo habría creído. Por otra parte, puede ocurrir que la propia ciencia se equivoque. Por lo tanto, la ideología no se opone a la ciencia como el error a la verdad. Es sólo que, aun cuando la ideología diga la verdad, su discurso está al servicio de un poder que la determina y la censura. 

Lo cierto es que el discurso ideológico puede no ser necesariamente un discurso falso, pero sí necesariamente un discurso que no es libre de interrogarse sobre su propia verdad, un discurso de abogado. Sólo que el abogado no puede ocultar que está participando en un juicio, mientras que la ideología es un discurso que se oculta siempre detrás de otra cosa: la ciencia, el sentido común, la historia, la naturaleza, etcétera.

El discurso de la burguesía es universalista: igualdad de todos ante la ley, derecho de autodeterminación de los pueblos, libertad de expresión... Pero es sin duda verdad que este discurso ha servido para ocultar el poder real y exclusivo de la burguesía. La igualdad de todos ante la ley no es ciertamente vana, pero disimula las desigualdades reales de riqueza, de poder, de cultura. El derecho de los pueblos se ha vuelto realidad con la descolonización, pero la independencia política adquirida por los pueblos nuevos a menudo no hace sino enmascarar su dependencia económica y cultural. En cuanto a la libertad de expresión, es un hecho, pero un hecho que disimula a su contrario: ¿cómo, en efecto, hacerse entender o leer, si los medios de difusión están reservados a quienes tienen dinero para comprarlos o arrendarlos? Una de las "verdades" del discurso hitleriano residía en que la democracia, en muchos aspectos, es en realidad una plutocracia.


Estas críticas, de inspiración marxista, valen también para el marxismo. Sintagmas como "democracia popular", "solidaridad proletaria", "dictadura del proletariado" corresponden a algo real, pero se trata de una realidad ambigua. Las democracias populares, al menos en la época stalinista, eran verdaderas colonias políticas y económicas de la URSS. La solidaridad proletaria permitió justificar la invasión de Checoslovaquia en 1968. Y en cuanto a la dictadura del proletariado ¿no se ha convertido en casi todas partes en una dictadura sobre el proletariado?

Los deslizamientos de sentido
El discurso ideológico puede, pues, crear su referente. Pero ocurre también que alude a un referente real, aunque dándole otro sentido, otro valor. Así, como lo muestra Roland Barthes, la burguesía del siglo XIX adoptó un vocabulario propio para legitimar la represión social como si ésta fuese un hecho natural:
Los obreros reivindicativos eran siempre "individuos", los rompehuelgas; "obreros tranquilos", y el servilismo de los jueces aparecía como "la vigilancia paternal de los magistrados" (1972, p. 22).
En este ejemplo, el referente es objetivo, pero no el sentido que le atribuye cada ideología, la de los burgueses y la que anima a Roland Barthes.

Por un deslizamiento de sentido se constituye la ideología liberal. El liberalismo considera la libertad individual como el valor supremo y no le confiere al Estado otra función que la de preservarla contra el desorden o contra la dominación extranjera. Uno de los componentes de esa libertad, y sólo una entre otros, es la propiedad; pero el liberalismo hace de ella el fundamento de todos los demás: "Sólo la propiedad escribía Benjamin Constant en 1817, aporta las leyes indispensables para la adquisición de las luces. Ella sola capacita a los hombres para ejercer los derechos políticos" (citado por Mairet, 1978, b, p. 144). Ahí aparece el deslizamiento de sentido: se afirma la libertad de expresión, de reunión, de tránsito, etc., pero subordinándolas a la libertad de poseer. De manera que, como se vio con el sufragio censatario o con el "delito de vagancia", ser libre viene a ser lo mismo que ser propietario.


04 octubre, 2015

Lenguaje e ideología - Olivier Reboul (I)

Párrafos extraídos del libro Lenguaje e ideología, de Olivier Reboul. (descargar libro pdf)

"Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes" Marx. (E. 1975, p. 238)


[...] todo poder debe legitimarse para durar más allá del golpe de fuerza ó de la ocasión que le dio origen: "El más fuerte no es jamás tan fuerte como para seguir siendo el amó si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber", escribió Rousseau al comienzo del Contrato social. La ideología es precisamente lo que transforma la posesión en propiedad, la dominación de hecho en autoridad de derecho, la que asegura la obediencia permanente sin recurrir a la coerción física. Es, pues, anónima, dado que traduce o pretende traducir el consentimiento de todos. Y es normal que sea polémica, puesto que todo poder se ejerce contra uno u otros poderes que lo amenazan o cuestionan.

El poder, bajo su forma más moderna, más racional, sigue siendo sagrado porque perpetúa, amplificándolos, los dos rasgos en los cuales se reconoce lo sagrado : el sacrilegio y el sacrificio. Por un lado, califica de violencia "crimen", "sabotaje", "atentado", "terrorismo", etc., todo lo que lo amenaza o simplemente lo cuestiona. Por el otro, se arroga el derecho de regir la vida de los hombres, finalmente de sacrificarla. El poder sigue siendo sagrado, pero no lo dice. Dice otra cosa. Desmiente su objetivo básico con un discurso racional cuyo papel es el de legitimarlo por otra vía. La ideología es la disimulación de lo sagrado.


Comprender la ideología es, pues, comprender la relación ambigua entre su forma, que es racional, y su contenido, que no lo es. Esta relación está lejos de ser clara: "Es fácil comprobar, escribe André Glucksmann, que la palanca de las ideologías tiene un punto de apoyo : el poder del Estado" (1977, p. 123). No, no es posible conformarse con estas "comprobaciones" tan terminantes. Primero, existen otros poderes aparte del del Estado. Por lo demás, si la ideología se apoya sobre un poder, también ella es un poder, puesto que "transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber". La ideología tiene el poder específico de calificar de sacrilegio todo lo que atenta contra el poder, y de legitimar como sacrificio la obediencia al poder, aunque ésta deba llegar hasta la muerte. La ideología mantiene lo sagrado disimulándolo. Lo demostraré analizando el contenido de ciertas fórmulas, en apariencia triviales, pero profundamente ideológicas en realidad.

Supongamos que un político "liberal" nos planteara la cuestión siguiente: "¿Usted no piensa que la defensa del mundo libre exige un importante poder atómico de disuasión?" Por supuesto que nosotros podemos responderle sí o no; también somos libres de responderle a nuestro interlocutor que los créditos consagrados a ese poder de disuasión estarían mejor empleados si los destináramos a elevar el nivel de vida de los pueblos del mundo libre, haciéndolo por lo mismo más atrayente.

Sin embargo, sea cual fuere nuestra respuesta, algo quedó sin cuestionar en la pregunta: el presupuesto de que existe un "mundo libre" amenazado por otro mundo que no lo es (cf. O. Ducrot, 1972, y R. Robin, 1973, p. 27). Esta oposición maniquea entre una zona de luz y una zona de tinieblas es precisamente lo sagrado que se disimula bajo la forma racional de la pregunta. La pregunta abrió un cierto diálogo, pero un diálogo cuyo campo estaba limitado por la fórmula mágica: "la defensa del mundo libre". Supongamos, en efecto, que en lugar de responder sí o no, yo replico: "Pero vuestro mundo libre no es tal." En ese caso quebranto las leyes del juego, rompo el diálogo. No queda otra cosa que el silencio o la violencia, siendo el silencio en este caso una forma de violencia.

Los árboles matan.
Hace algunos años, el prefecto de un departamento francés decidió cortar todos los árboles que se encontraban al borde de las carreteras sobre la base de un informe técnico que se resumía en la fórmula: "Los árboles matan", fórmula en apariencia racional. Por lo pronto, se fundaba sobre estadísticas impresionantes de accidentes automovilísticos causados por los árboles. Ciertamente se podían discutir las implicaciones de esta fórmula; hacer notar, por ejemplo, que era posible salvar los árboles protegiéndolos con paneles flexibles o aun transplantándolos para ampliar las carreteras.

Pero lo que quedó fuera de duda fue la forma misma de la frase, su estructura sintáctica, que la hacía tramposa. En lugar de hacer del árbol un complemento agente ("por") o de circunstancia ("contra"), Se lo erigió en sujeto, vale decir en culpable de accidentes mortales. Esta sintaxis no es inocente, pues bloquea el pensamiento y le impide plantearse ciertas preguntas : ¿No es acaso el automovilista el que "se mata" por exceso de velocidad? Nótese que, cayendo yo también en la trampa de la fórmula, escribí: "Accidentes... causados por los árboles." Y es que la frase del prefecto disimula una cierta sacralidad.
¿Qué sacralidad? La vida humana, ¡por cierto, más preciosa que el árbol! Pero en realidad se trata de otra cosa, pues después de todo la vida humana no es separable de su entorno, de su calidad; y encerrar a los hombres en un universo de asfalto, de cemento, de ruidos de motores y de tubos de escape es atentar contra su vida. Dicho de otro modo: matar los árboles es como matar a los hombres. Lo sagrado que esconde esta fórmula no es el hombre, sino el automóvil. O más propiamente, el poder conjunto de los industriales y de los tecnócratas, para quienes el ser humano no resulta ser más que un instrumento al servicio de la producción y del consumo.

"Los árboles matan" pertenece totalmente a un tipo de discurso tecnocrático, inserto en una red de fórmulas como "la expansión económica", "la modernización", la necesidad "de crear empleos". Reproduzco a título de ejemplo esta declaración que me hizo un economista con su auto detenido delante de una zona para peatones: "¡Es escandaloso que en Francia, donde el automóvil es una de las pocas industrias que generan empleos, no se haga nada por facilitar la circulación!" No me atreví a preguntarle qué entendía por "facilitar".

[...] una ideología se manifiesta de diferentes maneras. En primer lugar, a través de las "cosas": por ejemplo, la estructura de una escuela, de una prisión, de una ciudad. También mediante actos y prácticas: la manera de tratar a un subordinado, a un superior, a un extranjero, a un niño, incluso a la propia mujer. Por instituciones: parlamentarias, administrativas, judiciales, policíacas, escolares, etc. Por símbolos: emblemas, ritos, urbanidad, vestimentas, etc.
Pero el dominio privilegiado de la ideología, aquel donde ejerce directamente su función específica, es el lenguaje. Por el lenguaje la ideología le ahorra al poder el recurso a la violencia, suspende el empleo de ésta, o la reduce al estado de amenaza lejana, de implícita ultima ratio. Por el lenguaje, en fin, la ideología legitima la violencia cuando el poder tiene que recurrir a ella, haciéndola aparecer como derecho, como necesidad, como razón de Estado, en suma, disimulando su carácter de violencia.


10 abril, 2013

EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO

Capítulo extraído del ensayo de Claude Bitot:
Investigación sobre el capitalismo llamado triunfante.
Título original: Enquête sur le capitalisme dit triomphant
Traductor: Emilio Madrid Expósito
Ediciones Espartaco Internacional


V
EL AGOTAMIENTO IDEOLÓGICO
Necesidad de un sistema de creencia colectivo

Toda sociedad de clases necesita un sistema de creencia colectivo que cimiente todas las clases y así las trascienda. Decimos bien sistema de “creencia”: no tiene nada que ver con una teoría, una ciencia o una filosofía; se trata de una idea, de una fe política que arrastra la adhesión de las masas y que se puede definir como una ideología.

Semejante sistema de creencia es absolutamente indispensable para una sociedad presa de divisiones, de tensiones, de choques entre las clases que revelan que los intereses no son los mismos. Para evitar que todo esto estalle en conflictos violentos, en luchas de clases que desestabilizarían la sociedad, se necesita que una ideología dominante se imponga y acabe por incorporar todas las clases a su carro.

En el marco del capitalismo, la tarea de elaborar tal ideología recae muy naturalmente en la burguesía, es decir, en la clase que posee los medios de la producción “material” y, por tanto, los medios de la producción “espiritual”. (Marx-Engels, citados anteriormente, en la Ideología alemana). Dicho de otra manera, la burguesía debe convertirse en la clase que dirija ideológicamente la sociedad y no se contente con entregarse a sus ocupaciones económicas y comerciales. A este nivel, es necesario que asuma sus responsabilidades, si no, revela que todavía está inmadura para dirigir la sociedad o bien que en lo sucesivo es una clase agotada y decadente.

Para la clase dominante en la que recae la producción de tal ideología el fin de la operación es llegar a presentar su interés particular como si fuese el interés general de la sociedad. Así “el Estado”, o bien la “Nación”, que serían reputados encarnar y defender este “interés general”. Más aún, tal ideología debe ser capaz de arrastrar la adhesión suficientemente fuerte de la sociedad, es decir, un sistema de creencia capaz de provocar un “ímpetu”, un “entusiasmo”, como el “patriótico” con ocasión de una declaración de guerra, o bien el “republicano” en una crisis social grave.

Históricamente, la ideología dominante revistió formas variables, según los países, y se impuso siguiendo un proceso más o menos complejo. Así en Alemania durante mucho tiempo –hasta 1918 – la burguesía poco madura políticamente abandonó su papel ideológico en manos de la aristocracia terrateniente y de su casta militar que, a su vez, produjeron una ideología supernacionalista, arrogante y conquistadora.

En Inglaterra la burguesía hizo un compromiso con la aristocracia de los lores; de ello resultó una ideología mitad y mitad, una especie de ideología nacional liberal teñida de monarquismo.

En Francia la ideología dominante burguesa no se impuso verdaderamente más que después de 1871. Fue la Nación confundida con la República. Antes de esta fecha la idea de nación no era una idea burguesa, sino más bien revolucionaria: hasta la Comuna de 1871 la patria fue reivindicada por los revolucionarios extremos tipo blanquistas u otros, pues Francia era para ellos “la patria de la revolución”, el país que había hecho la Revolución en 1789-94, la había vuelto a comenzar en 1830, 1848, 1871 y que de este modo mostraba a todos los demás países el camino a seguir. Un tal nacionalismo revolucionario se corroboró todavía con la Comuna de París cuando ésta, aun enarbolando la bandera roja, decretó la “patria en peligro”; con ello manifestaba a la burguesía, tras la vergonzosa capitulación de Sedan (2 de septiembre de 1870), que ésta había traicionado a la nación y que en adelante ya no le pertenecía, era al “pueblo trabajador” al que volvía. Después de 1871 todo se modificó, la burguesía recuperó en su favor la idea de nación consiguiendo hacer creer que pertenecía a todas las clases. Tuvo éxito más allá de lo esperado cuando en 1914 el pueblo, es decir, todas las clases, marchó alegremente a “defender la patria” y consintió durante 4 años sacrificios inauditos en favor de esta causa. Al hacer esto, la burguesía había conseguido soldar todas las clases, “agrupar a todos los franceses”, para hablar su lenguaje. El socialismo, que se presentaba como internacionalista, registró entonces una cruel derrota. Más tarde el gaullismo, entre 1945 y 1968 (ayudado por el partido estalinista francés, que se presentaba como “el heredero” de la tradición revolucionaria entre 1789 y 1871 y que mezclaba de esta manera la bandera roja con la tricolor), recogió esa antorcha nacionalista, aunque “en un tono atenuado y algo grandilocuente”.

Pero hoy, ¿qué hay de la ideología burguesa dominante?

El derrumbamiento de las creencias políticas

Si se observa el mundo de las sociedades capitalistas llamadas avanzadas, un hecho evidente se impone hoy: en este mundo ya no hay pasiones colectivas, ni grandes concentraciones políticas, ni sistema de convicción capaz de arrastrar la adhesión de las muchedumbres, de provocar el entusiasmo y de suscitar la esperanza. Desde el punto de vista ideológico es un mundo sombrío y desierto el que se ha instaurado. Únicamente las manifestaciones deportivas, a veces, llegan a provocar un arrebato colectivo pero que vuelve a caer pronto, no siendo esto más que espectáculo.

Se podrá hacer observar que la vida política, los debates que suscita, ahora se desarrollan en la pequeña pantalla y que las masas modernas ya no tienen por eso que desplazarse y reunirse para ir a escuchar a sus líderes políticos, al tenerlos directamente a la vista mientras están sentadas ante sus televisores. Los politicastros de todo pelaje lo saben. Por eso se les ve sin cesar en los platós de televisión para dar sus opiniones, respondiendo a las preguntas de los periodistas y otros “animadores” especializados. Queda por saber si tales emisiones interesan a mucha gente. Ni siquiera es necesario consultar las cuotas de audiencia, basta ver a qué hora tienen lugar estas emisiones políticas para darse cuenta inmediatamente que si tienen lugar tan a última hora de la noche es porque apenas tienen el favor del público, prefiriendo éste las emisiones de variedades o deportivas. En pocas palabras, la política-espectáculo en televisión ya no es taquillera.

Una constatación se impone: asistimos a una despolitización y a una des-ideologización casi generalizada. Las masas modernas se han hecho insensibles a todo lo que se refiere a la “cosa pública” y a los “debates de ideas”. Todo esto les fastidia profundamente y prefieren distraerse a escuchar a los politicastros, de los que, en cualquier caso, no tienen más que una pobre estima. Incluso durante las famosas discusiones “en el bar” se habla de cualquier otra cosa.

Pero vayamos más allá en la investigación. Si las masas se desvían así de la política, eso equivale a constatar que han dejado de estar bajo su influencia, que ya no es capaz de “hacerlas soñar” en “mañanas radiantes” y en “causas sagradas”. He ahí lo que resulta revelador. Un tal estado de hecho interpela en primer lugar a la ideología burguesa puesto que es ella la dominante en la sociedad; se ha vuelto incapaz de suscitar la adhesión activa de las muchedumbres, pues ha dejado de ilusionarlas; y de hecho, como hemos visto anteriormente, las ideas burguesas de “patria”, de “república”, de “democracia” están ya en caída libre.

Precisemos, no obstante. Las ilusiones concernientes a las ideas burguesas dominantes han caído, no porque las masas, al haber tomado conciencia de su carácter artificial las habrían obstaculizado oponiéndoles un rechazo; si hubiese sido así, habría habido una politización de los espíritus; se han desmoronado porque el capitalismo, entrado en su final de ciclo, ha hecho imposible su supervivencia: así la idea de nación, condenada con este capitalismo a un declive irremediable, o bien la idea de democracia, que se ve en adelante cortocircuitada por la “democracia de mercado”. Dicho de otra manera, el capitalismo, falto de ideología, ha acabado por destruir todas las ideologías, incluso las burguesas.

El agotamiento ideológico

Ciertamente, la burguesía intenta todavía engañar los espíritus, queriendo manipular las conciencias. Pero, ¿de qué está hecha su ideología en lo sucesivo? Veremos que ha perdido toda consistencia.

Para ilustrar esto, tomemos la idea de los “derechos del hombre”, de la que los medios y los politicastros de todo pelaje se han apoderado y con la que no dejan de calentarnos los oídos evocándola a cada paso. ¿Qué significa semejante diluvio de derechos del hombre”? En realidad, estos son, en el fondo, lo contrario de una ideología o creencia colectiva: son la Declaración de los derechos del hombre, egoísta e individualista, de la burguesía de 1789 cuya crítica hizo Marx en “La cuestión judía”; con ellos, lo que se valoriza es el hombre privado, el hombre de la propiedad privada. La burguesía del siglo XIX, al erigirse en clase que dirige ideológicamente la sociedad, tuvo mucho cuidado en poner sordina a tal Declaración burguesa-liberal-individualista. Hacía falta otra cosa para “agrupar a todos los franceses”: la Nación, la República... es decir, sujetos políticos que sugiriesen ideas de comunidad, de colectividad. Por esto subsiste hoy una fracción burguesa –muy minoritaria– que, rechazando los “derechos del hombre”, querría volver, aunque sin poder conseguirlo, y con razón, a la República de los Gambetta y de los Clemenceau, a la Escuela laica de Jules Ferry y, por supuesto, a la Nación “una e indivisible”...

Si la burguesía ha sacado del armario los “derechos del hombre”, es simplemente porque ya no dispone de un sistema de creencia colectivo; más aún, porque ha dejado incluso de comprender su necesidad. Prueba de ello, la energía que gasta desde hace ya cierto tiempo en combatir las antiguas ideologías que tuvieron curso en el siglo XX y que llama los “totalitarismos” (el fascismo, el comunismo, que ella asimila al estalinismo, pero poco importa); “totalitarismos” con los que, dicho sea de paso, guisoteó en el pasado, habiendo simpatizado con el hitlerismo (“Más vale Hitler que el Frente Popular”, rugía la burguesía francesa en 1936) o bien habiéndose aliado sin ninguna vergüenza con el estalinismo, como hicieron las burguesías americana e inglesa en la segunda guerra mundial a partir de 1941; lo que equivale a la poca seriedad y coherencia que entraña este género de críticas a los “totalitarismos”; pero para la burguesía actual poco importa, la condena atronadora e insistente del fascismo y del “comunismo” no tiene más que un solo objetivo: encontrar una justificación tranquilizadora a la ausencia de toda creencia colectiva, sirviendo de cómodo repelente los “totalitarismos” en cuestión.

En realidad, la ideología burguesa dominante ha llegado a ser tan poco consistente que ya no es más que una letanía moralizadora: un magma de ideas fofas, “tolerantes”, de causas de buen tono (las “causas humanitarias”) que “conmueven” mucho, pero que no movilizan políticamente a nadie. Es el pensamiento cero en toda la línea o, si se prefiere, lo “políticamente correcto”.

Sólo hay la economía donde la burguesía no bromea. Pero ahí opera sin ideología ninguna. Sólo obedece a las leyes del capital, a las exigencias del mercado, a la dura necesidad de la rentabilidad, no dudando el patrón más humanista en despedir implacablemente si es necesario, mientras que las multinacionales no tienen ningún escrúpulo en utilizar el trabajo forzado de los niños. En eso da pruebas de tal firmeza que se vuelve ciega en lo concerniente a la solidez y durabilidad de su sistema de dominación. De este modo, he aquí lo que se podía leer en Le Monde del 12/11/99 bajo la pluma de uno de sus intelectuales, R. Redeker, profesor de filosofía y miembro del comité de redacción de la revista “Les Temps Modernes”.

“¿Cómo vivir sin lo desconocido ante uno?”, preguntaba René Char. Ya no tenemos “lo desconocido” ante nosotros. Todas las perspectivas se han cerrado, llevadas a la reiteración indefinida del capitalismo. La muerte del comunismo va acompañada por un retraimiento del alma humana: ya no hay horizonte para las sociedades. De ello resulta un duelo, una glaciación de la esperanza: el hombre condenado a permanecer tal como es (la historia no dará a luz al hombre nuevo), las sociedades condenadas al capitalismo, a la propiedad privada, a ‘la privatización del individuo’ (por emplear el vocabulario de Castoriadis). El hombre contemporáneo tiene frío: la muerte del comunismo lo deja desolado ante la ausencia de futuro”.

Lo que hay de remarcable en este pasaje no es la desolación que parece embargar al autor en lo concerniente a la ausencia de alternativa al capitalismo con lo que él llama “la muerte del comunismo” (¿desolado por la muerte del estalinismo? ¡Pero dejémoslo con esta muerte de un comunismo que jamás ha existido!); es el pavor que lo embarga al pensar que el capitalismo es eterno, estando condenada la humanidad para el resto de sus días a sufrir la impronta de tal sistema. Ahí tenemos la última ilusión de la burguesía, por más que sea de izquierdas y escriba en “Les Temps Modernes”. Hoy ya no cree ideológicamente en gran cosa; reconoce incluso, como acabamos de leer, que su sistema no es muy regocijante, pero, añade, es indestructible, invencible. Esto continúa creyéndolo a pies juntillas. Lo que equivale a imaginarse que el capitalismo podría durar indefinidamente sin un sistema de creencia colectivo capaz de dar sentido a la existencia y, por tanto, resistir las pruebas y remontar los obstáculos. Pura ilusión, en efecto, pues precisamente es esto lo que les falta a las sociedades capitalistas actuales. Claro está, que el capitalismo es inmensamente triste y doloroso si no va acompañado de una ideología fuerte capaz de sublimarlo en la “Patria”, la “República” y otros ideales. A partir del momento en que llegue una crisis “tipo 29” u otra, ¿qué pasará? Las sociedades capitalistas actuales, a la vista de su ausencia total de razón ideológica de existir, cederán y se hundirán al primer golpe, y se producirá la gran desbandada, siendo las “élites” las primeras en dar ejemplo. Por lo demás, es lo que ya ha ocurrido recientemente en el Este: cuando el bloqueo económico fue tal, se vio al antiguo sistema llamado comunista, al que se creía indestructible desde el interior por su “totalitarismo”, hundirse en un instante, al habérsele acabado la cuerda ideológicamente al seudo-comunismo, es decir, el sistema de convicción colectivo en curso y que lo había sostenido hasta entonces. Un tal agotamiento ideológico está igualmente teniendo lugar en las sociedades capitalistas occidentales y, una vez llegada la crisis, nos daremos cuenta de que todo se sostenía ideológicamente nada más que por un hilo. Una sociedad de clases no vive impunemente felicitándose del “final de las ideologías”.