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01 octubre, 2021

Bonaparte en caricatura: la revolución en clave de farsa —Javier Hernández Alpízar

 



ZAPATEANDO - 30/09/2021

Hotel Abismo


A Héctor Colío Galindo, in memoriam


Si podemos leer El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, con sumo provecho, apenas 500 años después, podemos leer El 18 brumario de Luis Bonaparte como novedad editorial, menos de 200 años después.


Es un libro fresco, un análisis político "de coyuntura" que echa mano del periodismo, la historia y sobre todo del conocimiento que ya estaba elaborando Carlos Marx sobre el capital y sobre la lucha de clases.


Un 2 de diciembre, para hacerlo coincidir con la fecha en que Napoleón Bonaparte fue investido emperador, en uno de los capítulos de la revolución francesa del siglo XVIII, Luis Bonaparte, quien ya era presidente electo, dio un golpe de estado mediante el que se hizo dictador, luego se nombró emperador, y todo en nombre del sufragio universal y de los intereses del pueblo.


Su desempeño como tirano fue descrito por Maurice Joly en el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, libro cuya autoría lo llevó a la cárcel bajo la dictadura y que luego fue plagiado por antisemitas para el libelo apócrifo llamado Los protocolos de los sabios de Sión.


Es célebre la frase de Marx de que si Hegel afirmó que la historia se realiza dos veces, la primera es como tragedia y la segunda como farsa. Y es que Luis Bonaparte era, a los ojos del autor de El Capital, no una caricatura de Napoleón sino Napoleón en caricatura.


Marx se opone a otras versiones sobre el periodo que va de 1848 a 1852, de autores como Víctor Hugo y Pierre Joseph Proudhon, porque no analizan la lucha de clases y ven el golpe de estado como un hecho intempestivo, con lo cual, más que criticar a Luis Bonaparte, terminan haciéndolo aparecer como un sujeto agigantado.


Carlos Marx no está de acuerdo con conceptos como "cesarismo" para designar a los tiranos que monopolizan el poder como dictadores o emperadores, porque el contexto posterior a la revolución burguesa de 1789 es completamente diferente a la antigüedad romana. Las clases sociales, burgueses y proletarios, están bien definidas y su dinámica en la lucha de clases es muy diferente a cualquier periodo anterior de la historia europea.


En 1848 hubo en Francia una nueva revolución, el pueblo francés derrocó a la monarquía de Julio y estableció un gobierno provisional en una Asamblea Constituyente. En un principio estuvieron ahí representadas todas las clases sociales, y las tendencias más opuestas fueron la de la alta burguesía y el proletariado, que quería una república social.


Mientras la Asamblea dio a luz a una nueva Constitución, en las calles hubo estado de sitio y el ejército reprimió, mató, encarceló y desterró obreros. Las bayonetas fueron las parteras de una nueva Constitución que concedía muchos derechos, pero todos los condicionaba remitiendo sus límites a leyes que se harían después. Con esa derrota, el proletariado quedó excluido de la Asamblea, pero se unió después a cada partido que se opuso y sufrió la derrota con cada uno de ellos.


Marx vio esta nueva revolución como una repetición en clave de farsa de la de 1789 porque en la primera revolución burguesa, cada nueva vanguardia que desplazó a la anterior era más radical y profundizó los cambios para abrir la sociedad a las condiciones de un mundo capitalista, barriendo con los restos del régimen feudal. Por el contrario, en esta revolución de 1848-1852 el grupo más conservador, el partido del orden, formado por la burguesía propietaria de la tierra (monarquistas legitimistas) y la financiera e industrial (monarquistas orleanistas), fue derrotando, mediante la represión, primero al proletariado socialista, luego a la alianza entre republicanos y socialistas (la Montaña, primera aparición de la socialdemocracia) y a las demás facciones republicanas, pero también cerró el camino a la única forma de dominación burguesa, la república, que permitió la unidad de esas dos facciones burguesas, con intereses materiales incompatibles, velados bajo sus fidelidades monárquicas.


Mientras tanto, Luis Bonaparte pasó de ser un arribista que llegó con un pequeño grupo a intentar un golpe de estado fallido a ser electo presidente con el voto mayoritario del campesinado. Luego fue rivalizando con la alta burguesía. Le cobró caro a la Asamblea legislativa desaparecer el sufragio universal y, con el dinero que recibió, formó un grupo de choque reclutando a individuos del lumpenproletariado y fue cerrando filas para preparar el golpe de estado, ganando apoyo popular frente a un partido del orden que tenía cada vez más enemigos, menos simpatías, más temor a que su dictadura de clase quedara descubierta, menos capacidad para generar concordia, menos capacidad de permanecer unido, menos apoyo incluso de la burguesía y más temor de enfrentar directamente a Luis Bonaparte.


El golpe de estado se fue cocinando con declaraciones demagógicas, rumores y una masa de militares y un grupo de choque lumpen (que el caudillo declaró "disuelto", pero no disolvió), seducidos con salchichones adobados en ajo, bebidas embriagantes, fiestas, con dinero público y dinero obtenido en rifas fraudulentas de boletos para venir a California a buscar oro.


El 18 brumario de Luis Bonaparte se convirtió, ya para la época de Antonio Gramsci, en un clásico. Su análisis dio origen al concepto de "bonapartismo", que desarrollaron Engels, Lenin, Trotsky y usó el propio Gramsci. Cuando en la lucha de clases los distintos bandos se desgastan y llegan a un empate negativo, una situación en la que ningún grupo o partido tiene la fuerza para ejercer el dominio y la hegemonía, como el poder político tiene "horror al vacío", dijo Néstor Kohan, un hombre providencial asume el mando despótico, dictatorial, monárquico (no importa si se llama emperador, presidente, secretario general o primer ministro) y hace prevalecer como interés general el del capital, al menos ese fue el caso de Luis Bonaparte.


Dado que siempre aprovechó el prestigio de Napoleón Bonaparte entre los campesinos, se declaró emperador como Napoleón III, impulsó megaproyectos modernizadores como el reordenamiento urbano gentrificador de París (encargado a Georges-Eugène Haussmann), abrió el canal de Suez e incluso soñó con un canal en el Istmo de Tehuantepec, pues intervino en México apoyando a Maximiliano de Habsburgo. Al final de su reinado aflojó o hizo parecer que aflojaba el rigor dictatorial.


En sus intervenciones en Europa, Luis Bonaparte favoreció la unificación de Italia, el sueño de Maquiavelo, pero en la guerra contra Prusia fue derrotado por el ejército de Bismarck y hecho prisionero. El pueblo francés se levantó e impuso la tercera república. Cumpliendo una profecía de Marx, el pueblo derribó la estatua de Napoleón Bonaparte.


El bonapartismo es un concepto que describe bien (como el de príncipe, de Maquiavelo, Gramsci, Adolfo Gilly y Rhina Roux) el gobierno de los caudillos mexicanos. Dictadores y presidentes, militares y civiles, liberales y conservadores como Iturbide, Maximiliano, Juárez, Porfirio Díaz (llegó al poder como Luis Bonaparte, apelando al derecho al sufragio), Plutarco Elías Calles (el Maximato), Lázaro Cárdenas (gobierno cuyo análisis ayudó a Trotsky a definir el bonapartismo), los presidentes.


El bonapartismo es el gobierno del poder ejecutivo sin contrapesos ni equilibrios, que subordina y trata como empleados a los integrantes del poder legislativo y del judicial, avasalla a toda la burocracia del estado mexicano y a los gobernantes de entidades federativas y municipios, tiene un ejército leal y un séquito de intelectuales que le elaboran su narrativa.


Embebidos en una política bonapartista y principesca, los mexicanos, como dice de los brasileños Paulo Freiré en Educación como práctica de la libertad, no pueden aprender en un día el ejercicio de ser ciudadanos y no seguidores o vasallos, tienen que adquirir una conciencia democrática que los haga comprender que sus gobernantes son sus servidores, sus representantes y delegados, no sus amos.


Pocos mexicanos, como los magonistas o los actuales zapatistas, pueden decir con toda verdad que no están buscando cambiar de amo sino ser libres, autogobernarse. Por ello, pueden expresar, como los zapatistas chiapanecos, que cambiar de capataz no cambia el finquero. Porque la oligarquía, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí, y en periodos convulsos, echará mano de un hombre providencial para sacar adelante el interés general de la burguesía y el capital, en nombre del pueblo, el nacionalismo y la patria, pero con proyectos capitalistas que hoy en ningún rincón del planeta pueden ocultar su faz ecocida, feminicida, genocida.


Tal vez es tiempo de que vayan a tierra las efigies de todos los napoleones y de sus caricaturas. Pero como escribió Simone Weil, las condiciones subjetivas son objetivas: sin un pueblo libre que se asuma como sujeto para provocar ese derribamiento, los napoleones en caricatura tienen todavía lugar en los palacios.

22 julio, 2021

La voz que dice “El rey va desnudo”

 



ZAPATEANDO – 21/07/2021

 Javier Hernández Alpízar


El cuento de Hans Christian Andersen "El traje nuevo del emperador" es un clásico. Incluso si alguien no lo ha leído, sabe la anécdota núcleo del relato: un emperador amante de los trajes es embaucado por unos estafadores que le venden un traje de tela mágica que solo los inteligentes pueden ver.


El emperador, sus ministros y luego casi todo el reino caen presas del engaño, pues nadie quiere pasar por tonto y todos fingen ver un maravilloso traje en un suntuoso desfile en el que el emperador estrena el traje engaña bobos.


Solamente un niño, no atrapado todavía en las convenciones hipócritas y mediocres de los adultos, se atreve a decir en voz alta lo que sus ojos ven: no existe ningún traje mágico, el rey va desnudo.


Aunque no figura en todas las versiones-traducciones del cuento, la frase "El rey va desnudo" se he vuelto proverbial. Enuncia un desvelamiento político prístino: la apariencia de legitimidad de algo fraudulento no lo hace real: Si Maquiavelo dice que el pueblo solo conoce la apariencia del príncipe, pero no su realidad, cuando una legitimidad basada en meras apariencias (como en la sociedad del espectáculo el fetichismo de las mercancías políticas) se diluye ante los ojos del pueblo, basta la primera voz que se atreva a verbalizar que "el rey va desnudo" para que las conciencias comiencen a rechazar la falsa legitimidad basada en meras apariencias.


En una lectura política contemporánea, el cuento es una summa de pensamiento crítico, de escuela de la sospecha. "El rey va desnudo" es en la política lo que el "Dios ha muerto" en la metafísica. Pareciera que el niño del cuento leyó a Maquiavelo, Marx, Maurice Joly y Gramsci.


Pero el cuento podría no haber tenido un final tan perfecto, pues sin la voz del niño, el engaño podría haber sido exitoso, como la dictadura perfecta.


Imaginemos que el niño decide no ir al desfile porque "es una farsa". Estaría en todo su derecho, en algún lugar debe estar garantizado el derecho a la pureza. Y un desfile de un emperador cuya mejor cualidad es la apariencia (sus nuevos trajes) es de suyo una farsa. Entonces el niño hubiera conservado su pureza y el engaño su éxito.


Tal vez el niño se arriesgó yendo al desfile: ¿Qué dirán sus camaradas si lo ven participando de esa farsa? ¿Qué pasa si, por más fuerte que grite, la voz de la multitud apaga su denuncia? ¿Qué pasa si los porristas del emperador ahogan su grito con el coro "¡Unidad, unidad!, ¡Es un honor, estar con el emperador!"? ¿Qué pasa si la masa se empeña en seguir fingiendo que cree en la mentira y lo cubren de ridículo o de insultos a él, por decir la verdad? ¿Qué, si el emperador lo acusa de estar financiado por un reino rival?


Ir al terreno del emperador y denunciar su desnudez es arriesgarse a muchas cosas, de las cuales, la represión es apenas una de ellas.


El niño que gritó tuvo éxito, pero muchas cosas pudieron haber pasado que lo pudieron haber hecho fracasar. Ningún éxito es seguro, el mañana nadie lo conoce. Motivos para no ir a ese desfile de farsa le sobraban quizá, pero lo hizo, y por ello su grito de "¡El rey va desnudo!" resuena como un discurso crítico contundente, lapidario, memorable por su brevedad y precisión.


Debemos agradecer que el niño venciera su tentación de pureza y se parara en medio de la farsa con su grito rebelde.


También nosotros hoy podemos engordar nuestro CV de la pureza: yo nunca voto, yo ni credencial de elector tengo, yo no participo en consulta alguna, yo no tomo coca cola, yo no serviré. Quizá haya otro, otras, otres, cuyo plumaje no tema pasar la prueba de ir al pantano de la política de arriba para decir: la pregunta no es esa: no es sobre la popularidad de un presidente y un puñado de expresidentes (¿qué traje de emperador es favorito del pueblo?), es una pregunta sobre el derecho de las víctimas a la verdad y la justicia.


Tal vez, por las víctimas, podemos correr el riesgo de que nuestros camaradas, fieles a los principios de su pureza, nos den la espalda. Pero si las víctimas van hasta la boca del infierno a buscar a sus seres queridos ausentes, ¿acaso no podemos nosotros ir al desfile del emperador plebiscitario con nuestra pancarta de "Verdad y justicia"?


La verdad es algo tan valioso que puede poner en riesgo la apariencia de pureza, pero la túnica blanca de la pureza, después de todo, es, como el del emperador, solo un traje.


05 mayo, 2020

Negacionismo, ignorancia y narcisismo paranoide — Javier Hernández Alpízar


ZAPATEANDO - 05/05/2020

A Óscar Chávez, in memoriam


Un virus es información genética que engaña células. La desinformación viral engaña mentes. Ambos destruyen.

Escucho llegar de la calle o de algún patio voces de niños jugando y conversando. Uno de ellos usa la palabra “coronavirus”. No alcanzó a escuchar todo lo que dicen. No me imagino qué pasa por la mente de esos niños cuando escuchan o dicen la palabra “coronavirus”.

No puedo imaginarme qué pasa por la mente de sus padres o cualesquiera otros adultos en la Ciudad de México cuando escuchan palabras como “coronavirus” o “Covid-19”.

Es muy popular la corriente negacionista. Personas que reclaman el cadáver de un pariente dicen: “Sabemos que el Covid no existe” y esparcen el rumor calumnioso de que “los médicos están matando a los pacientes”.

Se ha hecho del virus un mal moral y cada quien ve al otro, real o imaginario, como el culpable, el portador, el contagioso, el asesino. El personal médico es el más estigmatizado y agredido. Así como el VIH fue estigmatizado en sus inicios por homofobia, hoy la fobia es contra trabajadores explotados que arriesgan sus vidas.

De manera irresponsable, se esparce la calumnia de que en los hospitales “les inyectan algo para que mueran”, y que lo hacen “para quitarles un líquido de sus rodillas que vale más que el oro o el platino”. Según una nota periodística, grupos de narcotraficantes han amenazado a los médicos y enfermeras con matar a diez del personal de salud por cada narco que muera, porque “el Covid no existe y los médicos matan a los pacientes”.

Las teorías de la conspiración más desquiciadas conviven en las mismas mentes: el virus “no existe”, pero, al mismo tiempo, es un virus creado en laboratorio, puede ser esparcido deliberadamente desde el aire o inyectado por los médicos para matar a pacientes que no murieron de Covid-19 porque “no existe”: todo es obra de los poderosos. ¿Quiénes son esos poderosos? Sabrá dios qué imaginan las personas cuando piensan en esos poderosos. La tecnología para muchos es magia: creen que ya controlan el planeta y el clima como una maquinaria.

En una época en que hay clubes de personas que defienden que la Tierra es plana, que los seres humanos no llegaron jamás a la luna, que nos gobiernan reptiles extraterrestres que adoptan una apariencia humana, un virus (no perceptible a simple vista) tiene todas las características para candidato a no existir (sólo existe lo que veo, y eso si yo decido que existe) o candidato a ser un monstruo de maldad moral: conatos de quemar hospitales donde hay pacientes con Covid-19 o baños en agua clorada o hirviente a personal médico, etcétera. Agresiones con balas a indígenas “acusados de tener Covid”.

Para comentar todos esos disparates mentales y acciones irracionales no puedo, ni quiero, censurar palabras como ignorancia, fanatismo, prejuicios, supersticiones, rumores, falsedades y violencia criminal, resultado de esa ignorancia, narcisismo y prepotencia.

No puedo compartir la postura indulgente (soberbia disfrazada de paternalismo) que defiende al “pueblo pobre” o al “pueblo bueno”, porque el problema es estructural. La violencia estructural nos hace víctimas a todos, pero no nos exime de hacernos responsables por lo que hacemos como seres pensantes. Por ejemplo: el patriarcado es estructural y sistémico, pero si un hombre comete un delito de violencia misógina no se debe defender porque “es estructural”, tiene responsabilidad individual y debe tener sanción individual.

Las víctimas pueden volverse victimarios, como muchos psicólogos constatan.

¿Por qué tendríamos que tener reparos en reconocer que la sociedad mexicana adolece de ignorancia? Es un problema grave y con raíces estructurales e históricas difíciles de comprender y, sobre todo, de superar. La postura de negar, por motivos “morales”, la ignorancia es otra especie de negacionismo. Negar un problema no lo soluciona y lo más probable es que lo agrave. Para afrontar un problema hay que reconocer su existencia y no minimizar sus dimensiones.

La ignorancia no es solamente un problema de clase, ni un problema nacional: la ignorancia rampante y brabucona de un Donald Trump o un Jair Bolsonaro están ahí para recordárnoslo.

En México padecemos, en diversos grados y medidas, y en todas las clases sociales, ignorancias diversas, no excluyentes entre sí, sino que se refuerzan y retroalimentan. Una lista no exhaustiva de ignorancias es: analfabetismo a secas, analfabetismo funcional (a veces llegan a posgrados personas que no dominan la lectoescritura), analfabetismo político, analfabetismo digital, analfabetismo científico. Y los reforzamos en lo cotidiano con posturas antiintelectualistas. Posturas correspondidas, en círculo vicioso, por la soberbia, el desprecio y la pedantería de muchos intelectuales hacia el resto de la humanidad. (Cf. Genealogía de la soberbia intelectual, de Enrique Serna).

Los negacionismos cuentan en su favor con la ignorancia y con el narcicismo para creer sólo lo que yo quiero.

Una sociedad así es pasto para las noticias falsas y los rumores, la propaganda, la manipulación y la fabricación del consenso. Uno de los peligros graves del momento es la tendencia del gobierno y sus apoyadores para imponer el dogma de que solamente la información gubernamental es verdadera y toda otra fuente es censurable y bloqueable. Operar con ese dogma es el suicidio del pensamiento crítico.

La hegemonía de la ideología neoliberal es un claro ejemplo de cómo lo imperante no es la verdad: no es científicamente válida, pero se enseña en las universidades y domina en los opinólogos de los medios. A nivel popular, “neoliberal” es una mala palabra, pero el neoliberalismo como fe en el dinero, el mercado y el desarrollismo depredador de la naturaleza, es un dogma no sólo intocado sino tan aceptado tácitamente que cuestionarlo lleva casi inexorablemente al fracaso en una discusión o al menos a que los interlocutores te dejen de escuchar.

El método de los rumores (hoy llamadas fake news) no es nuevo. En los años setenta, circulaban rumores de que hordas de padres de familias iban a las escuelas a impedir a las enfermeras vacunar a los menores, porque temían que les pusieran una inyección para esterilizarlos. Tal vez fue una campaña de rumores de la derecha contra las iniciativas de los gobiernos priistas para llevar a la escuela pública la educación sexual, la información sobre anticonceptivos y la promoción de la planificación familiar.

Otros rumores, ya en la era digital, produjeron que muchas personas no se vacunaran. Como resultado resurgieron epidemias que ya se habían superado, como el sarampión. También respecto al VIH hubo rumores de que no existía. En cuanto el Estado dejó de dar prioridad a la información sobre el virus y repuntaron los contagios.

Los estados de la república azotados por el crimen organizado padecieron rumores, aparentemente diseminados desde esferas gubernamentales, de que los criminales atacarían escuelas y generaron, con ellos, olas de pánico y de padres que iban por sus hijos a las escuelas o rumores que no se debía salir a partir de cierta hora, y las personas acataban el toque de queda de hecho.

El rumor calumnioso contra las enfermeras, los médicos y el personal de salud se convierte de facto (y médicos lo han denunciado) en una campaña de desprestigio contra el sistema público de salud, y justamente en el momento en que, a nivel mundial, la pandemia exhibe la inmoralidad y criminalidad de la privatización de la salud, su tratamiento como mercancía y el desmantelamiento de los sistemas de salud públicos y del enfoque de la salud como derecho humano.

Los rumores en sociedades desinformadas e ignorantes (habrá que estudiar minuciosamente por qué son inútiles los medios de comunicación que informan y hasta sobreinforman, pero a los cuales amplios sectores de la sociedad no les creen ni hacen caso) son como fuego en pasto seco. Refutarlos es casi inútil porque las masas víctimas del rumor son inmunes a los argumentos: se cree o no se cree porque se quiere, no importa lo demás.

Algunos medios digitales desmienten noticias falsas, pero no suelen dar una explicación clara y fehaciente de la falsedad y muchas veces apelan a la autoridad. Eso no ayuda a fomentar el pensamiento crítico vigilante.

Y “casualmente”, el miedo, la violencia, la ira, la confusión que propician los rumores suelen desarmar los intentos de solidaridad y organización y dejar a los trabajadores y a la gente más vulnerable a merced de los poderes fácticos.

Hace un par de semanas, en plena avenida Insurgentes, entregaron a los trabajadores obligados a ir a trabajar en plena cuarentena volantes “negacionistas”. El panfleto decía, en resumen: “El virus no existe y todo es una maniobra manipuladora de los poderosos.” Esto en una página tamaño carta llena de errores gramaticales. Los argumentos son del estilo: “el virus no ha sido presentado oficialmente”. Qué significa: “presentado oficialmente” es un misterio. Pero el razonamiento narcisista es contundente: yo no lo he visto caminando por la calle por lo tanto no existe, como decir, yo no estuve en la luna para atestiguar que Armstrong la pisó, por lo tanto, nadie ha llegado a la luna. Bueno, tal vez los extraterrestres, en cuyo caso el razonamiento es el mismo, pero la conclusión inversa: los gobiernos niegan que hay extraterrestres, por lo tanto, lo ocultan. No los han “presentado oficialmente”, por ende, existen.

La subjetividad de la certeza degeneró en narcisismo: más que lo que sea o no verdad importa el “Yo no creo”…

Una cacería de brujas es una consecuencia muy “razonable” de toda esa desinformación e ignorancia. El virus no existe porque yo no lo veo, pero al personal de bata blanca sí lo veo y, por eso, contra ellos.

A estas alturas, me parece muy difícil que si el Estado mexicano se propone deshacer el rumor de que el “Covid no existe, por lo tanto los médicos matan personas”, lo logre.

Pero no podemos cruzarnos de brazos. En el colmo de la irracionalidad, los mexicanos estamos impotentes ante la ignorancia y el narcisismo de una sociedad que aprendió a dar la espalda a las noticias, a los hechos, a las verdades: ante tanto dolor, cerró las ventanas y declaró que la realidad es lo que “yo creo” y lo falso es aquello en que “yo no creo”. No es la verdad algo independiente de mi narcisismo. Y lo más patético es que “lo que yo creo” no es un ejercicio de autonomía del sujeto, sino lo que los poderes fácticos han hecho creer.

Si el coronavirus no existe, al igual que el capitalismo, lo único que queda es que cada quien se defienda de la violencia por sus medios. ¿Y el Estado? El Estado está empeñado en hacernos creer que ya es bueno, que combate la corrupción, que quienes informan de cosas inconvenientes para el Estado son malos y conspiradores o son bots.

El delirio paranoico que ha enfermado a amplios sectores de la sociedad tiene también infectado al Estado y sus aparatos ideológicos. La realidad borrada por voluntarismo.

Un escenario así es el más propicio para que el virus se propague y enferme y mate… Así como el VIH se ha podido enfrentar con información y prevención, el coronavirus y las epidemias o pandemias que vengan tendrán que ser enfrentados por sociedades bien informadas, críticas, alertas y solidarias. Estamos muy, pero muy, lejos de eso.

Y en la fase que sigue, digamos la fase 4, vienen el desempleo, la crisis estructural y sistémica, el hambre y probablemente el pillaje, el de los hambrientos y el pillaje sistemático del capital. El hambre por sí sola no genera conciencia. Sin un resurgimiento y una propuesta de conciencia de la organización y organización de la conciencia de la izquierda anticapitalista (disculpen el pleonasmo), masas hambrientas serán caldo de cultivo para la derecha fascista. Necesitamos más ciencia, y en cuanto al capitalismo, más Karl Marx.