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09 junio, 2026

Revolución de las Conciencias y Cultura — Fernando Buen Abad

 

"Dioses del mundo moderno" (1932-1934) José Clemente Orozco


aporrea.org – 07/06/26


El problema decisivo habita en una dimensión más profunda: la transformación de las formas de conciencia que durante décadas fueron moldeadas por una “pedagogía” burguesa orientada a naturalizar la desigualdad, glorificar el privilegio y convertir la subordinación cultural en una costumbre interiorizada.


La Revolución de las Conciencias

lenta en la Cuarta Transformación de la Cultura


Arte y Cultura entre la parsimonia y la impotencia.


¿Por qué no somos vanguardia mundial en arte y cultura transformadoras?


México atraviesa una coyuntura histórica 4T cuyo núcleo más complejo no radica sólo en la sustitución de administraciones gubernamentales, ni en la reorganización parcial de aparatos institucionales, ni en la redistribución relativa de ciertos recursos públicos. El problema decisivo habita en una dimensión más profunda: la transformación de las formas de conciencia que durante décadas fueron moldeadas por una “pedagogía” burguesa orientada a naturalizar la desigualdad, glorificar el privilegio y convertir la subordinación cultural en una costumbre interiorizada. Allí se encuentra la gran dificultad de toda tentativa transformadora. Modificar leyes puede tomar meses; alterar estructuras económicas requiere años; desmontar hábitos simbólicos sedimentados durante generaciones exige una temporalidad mucho más extensa, plagada de contradicciones, avances irregulares y retrocesos inevitables.


Así la “Cuarta Transformación” ha colocado sobre la mesa un desafío cuya magnitud suele ser subestimada. No basta con disputar la administración del Estado. Resulta imprescindible intervenir en la producción social del sentido. La cultura aparece entonces como territorio estratégico, no como ornamento protocolario ni como entretenimiento subsidiario. Cada canción, cada programa televisivo, cada narrativa histórica, cada monumento, cada libro escolar, cada plataforma digital y cada espectáculo masivo participan en la construcción cotidiana de percepciones acerca del mundo, de la justicia, de la riqueza, del trabajo y de la dignidad humana. Quien controla los grandes mecanismos de producción simbólica posee una capacidad extraordinaria para definir qué se considera normal, deseable, inevitable o imposible.


Durante décadas, amplios sectores de las élites económicas mexicanas comprendieron esta realidad con mayor claridad que numerosos gestores culturales. La concentración mediática, la mercantilización de la educación, la espectacularización de la política y la colonización publicitaria de la vida cotidiana constituyeron operaciones convergentes orientadas a producir subjetividades compatibles con un orden social profundamente desigual. El resultado fue la consolidación de una cultura donde el éxito individual apareció desligado de toda responsabilidad colectiva, mientras la pobreza se presentó como fracaso personal y la riqueza como evidencia moral de mérito superior.


En semejante contexto, hablar de revolución de las conciencias implica reconocer una tarea gigantesca. No se trata de reemplazar una propaganda por otra. Tampoco consiste en construir catecismos ideológicos destinados a repetir consignas vacías. La cuestión fundamental reside en desarrollar capacidades críticas que permitan a los pueblos interpretar por sí mismos las relaciones sociales que determinan su existencia. Una conciencia transformadora no nace de la obediencia. Surge del conocimiento, de la experiencia organizada, de la memoria histórica y de la participación activa en la vida común.


Sin embargo, la velocidad de esta transformación cultural parece avanzar con una lentitud que provoca frustraciones comprensibles. Muchos observadores perciben una distancia considerable entre la magnitud de los cambios anunciados y los resultados visibles en el campo artístico y cultural. Esa percepción contiene elementos reales. Numerosas instituciones continúan operando bajo inercias heredadas. Persisten burocracias especializadas en administrar prestigios antes que procesos de emancipación cultural. Sobreviven mecanismos de financiamiento incapaces de romper círculos cerrados de legitimación estética.


Subsisten criterios de excelencia moldeados por cánones excluyentes cuya genealogía remite con frecuencia a jerarquías sociales profundamente arraigadas. La parsimonia institucional posee causas múltiples. Ninguna transformación cultural puede desarrollarse mediante decretos administrativos. El arte responde a dinámicas complejas donde intervienen tradiciones, sensibilidades, imaginarios colectivos y disputas por el reconocimiento simbólico. No obstante, existe una diferencia sustancial entre respetar la autonomía creadora y tolerar la reproducción pasiva de estructuras culturales que continúan funcionando como mecanismos de exclusión social. La democratización efectiva de la cultura exige mucho más que ampliar presupuestos.


Porque la política cultural de la Cuarta Transformación constituye uno de los laboratorios más complejos, contradictorios y reveladores del México contemporáneo. Ningún balance serio puede satisfacerse con la exaltación ceremonial ni con el resentimiento corporativo. Ambos extremos producen caricaturas útiles para la propaganda y estériles para el conocimiento. Lo que interesa comprender es el comportamiento concreto de las fuerzas sociales en disputa dentro del campo cultural, la manera en la que se reorganizan los recursos simbólicos, los conflictos entre herencias institucionales y nuevas expectativas populares, las formas visibles e invisibles de la dominación ideológica y los alcances reales de una política pública que se propuso transformar la vida nacional mientras operaba dentro de estructuras económicas y administrativas heredadas de décadas de acumulación desigual.


Aceptemos que la cultura no constituye un adorno del Estado. Tampoco representa un departamento ornamental destinado a organizar festivales, administrar museos o distribuir reconocimientos. La cultura es una fuerza productiva de la conciencia social. En ella se elaboran las imágenes que una sociedad produce sobre sí misma, los relatos que legitiman o cuestionan las relaciones de poder, los imaginarios mediante los cuales una clase consigue naturalizar sus privilegios o una colectividad descubre la necesidad de transformarlos. Quien controla la producción simbólica dispone de una ventaja estratégica en la organización del consenso. Por ello resulta imposible analizar la política cultural sin examinar simultáneamente la lucha por la hegemonía social.



Durante décadas, amplios sectores de la institucionalidad cultural mexicana se configuraron alrededor de una paradoja notable. Mientras proclamaban la universalidad del acceso al conocimiento, funcionaban mediante mecanismos de concentración territorial, lingüística y económica. La inmensa riqueza cultural de los pueblos originarios, de las comunidades rurales, de los trabajadores urbanos y de innumerables formas de creatividad popular permanecía frecuentemente subordinada a circuitos de legitimación dominados por élites académicas, burocráticas o mercantiles. El problema no consistía en la existencia de instituciones culturales sofisticadas, el problema radica en el poco o nulo respeto por el trabajo y los trabajadores en el arte y la cultura.


Toda sociedad necesita centros de excelencia intelectual. La dificultad radicaba en que la distribución del prestigio, del financiamiento y de la visibilidad reproducía con frecuencia la estructura general de la desigualdad social. La Cuarta Transformación identificó parcialmente esa contradicción y trató de intervenir sobre ella. Allí se encuentra uno de sus mayores méritos históricos, aunque incompletos. Introdujo en el debate público la pregunta por la justicia cultural. Desplazó el énfasis desde la cultura concebida como privilegio hacia la cultura entendida como derecho. Intentó reconocer territorios humanos tradicionalmente excluidos de las prioridades estatales. Cuestionó la arrogancia de ciertas burocracias acostumbradas a confundir sus intereses corporativos con los intereses generales de la nación. Rompió inercias cuya permanencia parecía inmutable. Todo ello merece reconocimiento.


No obstante, el reconocimiento no exonera del examen crítico. La principal insuficiencia de la política cultural transformadora consistió en la distancia entre la magnitud de sus propósitos y la potencia material de sus instrumentos. Se proclamó una democratización cultural profunda sin construir siempre las condiciones estructurales necesarias para sostenerla. Se habló de revolución de las conciencias en un contexto donde las industrias privadas de producción ideológica continuaron concentrando una capacidad inmensamente superior para modelar deseos, percepciones y hábitos colectivos.


Se reivindicó la cultura comunitaria mientras los grandes aparatos corporativos del entretenimiento global intensificaban su presencia en cada teléfono móvil, en cada plataforma digital y en cada espacio de socialización cotidiana. La cuestión decisiva aparece aquí con toda su crudeza. Ninguna transformación cultural puede limitarse a redistribuir actividades artísticas. La disputa fundamental ocurre en la producción de subjetividad. Los monopolios mediáticos, las corporaciones tecnológicas, las industrias publicitarias y las plataformas transnacionales fabrican diariamente millones de horas de pedagogía invisible. Enseñan qué desear, qué admirar, qué temer, qué consumir, qué olvidar y qué considerar imposible. Frente a semejante maquinaria, numerosos programas culturales estatales operan con recursos comparativamente modestos y con estrategias frecuentemente fragmentadas. El resultado es una asimetría gigantesca entre la voluntad política declarada y las capacidades efectivas para disputar la dirección intelectual de la sociedad.


A ello se suma un problema que rara vez recibe la atención que merece. Una parte considerable de la discusión cultural mexicana continúa atrapada en categorías heredadas del liberalismo elitista. Se habla de acceso a la cultura cuando debería hablarse también de acceso al poder cultural. Se celebra la participación cuando la cuestión central es la capacidad de decisión. Se promueve el consumo cultural mientras permanece insuficientemente desarrollada la democratización de los medios de producción simbólica. Una comunidad que recibe espectáculos continúa siendo receptora. Una comunidad que dispone de instrumentos para producir conocimiento, memoria, arte, investigación y comunicación comienza a convertirse en sujeto histórico.


Desde esta perspectiva, la gran pregunta pendiente para la política cultural transformadora consiste en determinar hasta qué punto logró fortalecer la autonomía creadora de las clases trabajadoras y de los sectores populares. No basta con acercar bienes culturales a las mayorías. Es necesario multiplicar las condiciones materiales para que las mayorías produzcan cultura con independencia crítica, rigor intelectual y capacidad organizativa. La diferencia es inmensa. En un caso se amplía el acceso.


En el otro se modifica la correlación de fuerzas en el terreno simbólico. La contradicción aparece igualmente en el ámbito laboral. Miles de trabajadores de la cultura continúan sometidos a condiciones precarias de contratación, incertidumbre presupuestaria y fragilidad institucional. Esta realidad posee una importancia estratégica. Resulta difícil construir una política cultural emancipadora cuando quienes sostienen cotidianamente museos, bibliotecas, archivos, centros de investigación, proyectos editoriales y programas artísticos enfrentan formas persistentes de vulnerabilidad económica. Ninguna teoría avanzada sobre democratización cultural puede ignorar la materialidad concreta de quienes producen la vida cultural.


Otro aspecto merece una reflexión especialmente rigurosa. La cultura oficial latinoamericana ha padecido históricamente una enfermedad recurrente: confundir identidad con folclorización. Bajo discursos aparentemente inclusivos, numerosos proyectos terminan convirtiendo las expresiones populares en objetos decorativos despojados de conflicto social. La celebración de la diversidad pierde profundidad cuando se desconecta de las relaciones de explotación, de las estructuras de propiedad y de los mecanismos de subordinación económica que condicionan la experiencia cotidiana de millones de personas. La cultura popular no es únicamente una reserva estética.


Es también una memoria de resistencias, una inteligencia colectiva acumulada y un territorio donde se expresan antagonismos históricos. La conciencia de clase ocupa aquí un lugar decisivo. No como consigna ritual ni como fórmula doctrinaria, si como comprensión crítica de las condiciones reales que organizan la existencia social. Una política cultural transformadora alcanza relevancia histórica cuando contribuye a que los sujetos comprendan mejor las fuerzas que determinan sus vidas, identifiquen las estructuras que producen desigualdad y desarrollen capacidades colectivas para intervenir sobre ellas.


Toda cultura que fortalece la lucidez social amplía la libertad humana. Toda cultura que naturaliza la dominación contribuye a reproducirla. La experiencia de la Cuarta Transformación deja una enseñanza valiosa. Las transformaciones institucionales poseen importancia. Los presupuestos importan. Los programas importan. Las infraestructuras importan. Sin embargo, la batalla principal ocurre en niveles más profundos. Se desarrolla en la organización del sentido común, en la capacidad de una sociedad para interpretar críticamente su realidad, en la formación de nuevas sensibilidades éticas, en la construcción de imaginarios capaces de disputar el monopolio cultural de las clases dominantes.


Allí se libra el conflicto decisivo. La evaluación más honesta exige reconocer avances significativos y limitaciones severas simultáneamente. Sería injusto negar los esfuerzos orientados hacia la inclusión cultural. También sería irresponsable ignorar que la estructura general de producción ideológica permanece dominada por poderes económicos cuya influencia excede ampliamente el alcance de las políticas públicas convencionales. La democratización cultural sigue siendo una tarea inconclusa porque la democratización de la conciencia colectiva continúa enfrentando obstáculos materiales, tecnológicos y políticos de enorme magnitud.


México se encuentra todavía ante una exigencia histórica de gran envergadura: construir una política cultural capaz de articular excelencia intelectual, participación popular, justicia social, soberanía comunicacional y producción crítica de conocimiento. Ninguna de esas dimensiones puede sacrificarse sin empobrecer el proyecto entero. La cultura adquiere verdadera potencia transformadora cuando deja de ser administrada como espectáculo, patrimonio o mercancía y comienza a funcionar como energía consciente de una sociedad que busca comprenderse para transformarse. Allí reside la medida más exigente para juzgar cualquier política cultural. No en la cantidad de eventos organizados, no en las estadísticas ceremoniales de asistencia, no en los rituales burocráticos de la autocomplacencia, sino en la profundidad con que contribuye a elevar la inteligencia colectiva, fortalecer la dignidad humana y expandir la capacidad histórica de los pueblos para convertirse en autores conscientes de su propio destino.


Requiere modificar relaciones de poder que determinan quién produce, quién distribuye, quién interpreta y quién obtiene legitimidad pública. La impotencia aparece cuando la transformación cultural queda reducida a una política de eventos. Inaugurar festivales, multiplicar exposiciones o expandir agendas institucionales puede generar visibilidad inmediata, aunque raramente modifica las estructuras profundas de producción simbólica. El problema no consiste en la cantidad de actividades realizadas. La cuestión decisiva radica en preguntarse qué concepción del mundo se fortalece mediante ellas.


Una programación transformadora y abundante debe disputar profundamente con la reproducción de valores individualistas, consumistas y elitistas. La historia mexicana ofrece enseñanzas extraordinarias sobre este punto. Tras la Revolución, el muralismo, las misiones culturales, las campañas educativas y los proyectos editoriales construyeron una intervención masiva sobre la conciencia nacional. Aquellas experiencias no estuvieron exentas de contradicciones, límites o tensiones internas.


Sin embargo, comprendieron algo esencial: la cultura constituye una fuerza material cuando logra organizar imaginarios colectivos alrededor de horizontes compartidos. El arte dejó entonces de concebirse como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas para convertirse en herramienta de interpretación histórica y afirmación popular. La actualidad presenta desafíos diferentes. Los dispositivos contemporáneos de producción simbólica operan a escala planetaria. Las plataformas digitales, los conglomerados mediáticos transnacionales y las industrias culturales globalizadas producen flujos permanentes de representaciones que atraviesan fronteras con una velocidad inédita. La batalla por la conciencia ya no se libra únicamente en museos, universidades o periódicos. Se desarrolla también en algoritmos, interfaces, tendencias virales y arquitecturas digitales diseñadas para capturar atención y convertir cada experiencia humana en mercancía intercambiable.


Por esa razón resulta insuficiente cualquier política cultural que ignore la economía política de la comunicación contemporánea. La producción artística no puede separarse del análisis de las estructuras tecnológicas que condicionan su circulación. Tampoco puede desvincularse de la concentración corporativa que regula visibilidad, prestigio y rentabilidad. Una revolución de las conciencias exige comprender que la lucha cultural contemporánea ocurre simultáneamente en bibliotecas, escuelas, barrios, redes digitales, industrias audiovisuales y espacios comunitarios.


Porque el horizonte humanista de una transformación cultural auténtica no consiste en imponer uniformidades doctrinarias. Su propósito radica en ampliar las capacidades colectivas para comprender el mundo y transformarlo. Allí el arte desempeña una función irremplazable. Las obras más poderosas no entregan respuestas prefabricadas. Amplían la sensibilidad histórica, revelan contradicciones invisibilizadas, cuestionan naturalizaciones opresivas y enriquecen el repertorio simbólico disponible para imaginar futuros distintos.


Y la conciencia de clase ocupa un lugar central en este proceso porque ninguna comprensión rigurosa de la realidad mexicana puede prescindir del análisis de las relaciones sociales que organizan la producción y distribución de la riqueza. La cultura dominante ha invertido enormes recursos para fragmentar percepciones colectivas, aislar experiencias individuales y ocultar las conexiones estructurales entre explotación económica, discriminación cultural y concentración del poder. Recuperar esas conexiones constituye una tarea intelectual y ética de primera magnitud.


No se trata de reducir toda creación artística a una función pedagógica inmediata. Una visión semejante empobrecería la complejidad de la experiencia estética. La cuestión consiste en reconocer que toda producción cultural participa objetivamente en conflictos históricos más amplios, aun cuando sus autores no lo adviertan. Ninguna obra emerge en el vacío. Toda forma artística dialoga con condiciones materiales concretas, con tradiciones específicas y con antagonismos sociales determinados.


México posee una riqueza cultural extraordinaria acumulada a lo largo de siglos de resistencia, mestizaje, creatividad popular y elaboración crítica. Allí residen recursos inmensos para una transformación profunda de la conciencia colectiva. Comunidades indígenas, movimientos campesinos, organizaciones obreras, tradiciones pedagógicas emancipadoras, expresiones artísticas comunitarias y experiencias de comunicación popular conforman un patrimonio vivo cuya potencia permanece parcialmente desaprovechada.


Tal lentitud observada en la revolución de las conciencias no debe interpretarse exclusivamente como signo de fracaso. También refleja la complejidad del terreno disputado. Las formas de dominación simbólica construidas durante generaciones no desaparecen con facilidad. Conservan recursos materiales, redes institucionales y capacidades de influencia considerables. Frente a ellas, la construcción de una nueva cultura democrática exige perseverancia histórica, imaginación estratégica y una confianza profunda en las capacidades creadoras del pueblo.


Toda transformación auténtica de la cultura requiere abandonar la ilusión de los resultados instantáneos. La conciencia colectiva se mueve mediante procesos acumulativos donde educación, comunicación, arte, memoria y organización social interactúan permanentemente. Allí reside la verdadera dimensión del desafío mexicano contemporáneo. No basta con administrar mejor el presente. Es necesario producir nuevas formas de sensibilidad capaces de reconocer la dignidad del trabajo, la centralidad de la cooperación humana y el valor irreductible de la justicia social.


En esa larga marcha histórica, la cultura deja de ser un adorno institucional para convertirse en una fuerza decisiva de emancipación, una energía creadora destinada a desmontar los mecanismos simbólicos de la desigualdad y a abrir horizontes donde la inteligencia colectiva pueda reconocerse como autora consciente de su propio destino. El presupuesto federal mexicano destinado al Ramo 48 Cultura para 2026 asciende a aproximadamente 15.082 millones de pesos. La cifra oficial fue publicada por la Secretaría de Cultura en el Diario Oficial de la Federación.


Para dimensionar el dato, conviene compararlo con el gasto total aprobado por el Estado mexicano. El Presupuesto de Egresos de la Federación para 2026 ronda los 10,2 billones de pesos, de modo que Cultura representa cerca de un 0,15 % del gasto federal total. Esa proporción resulta extremadamente baja para un país de más de 130 millones de habitantes, con una de las herencias civilizatorias más vastas del planeta, decenas de pueblos originarios, una producción artística gigantesca y una necesidad urgente de disputar la hegemonía cultural de los monopolios mediáticos. Desde una perspectiva histórica y estratégica, el problema no reside únicamente en el monto absoluto; reside en la concepción misma de la cultura como gasto secundario.


La pregunta decisiva es cuánto debería invertirse.


No existe una cifra universalmente correcta. Sin embargo, numerosos especialistas en políticas culturales sostienen que un país con las dimensiones, complejidad y riqueza cultural de México debería destinar entre un 1 % y un 2 % del presupuesto nacional al desarrollo cultural integral. Eso implicaría un rango aproximado de entre 102.000 millones y 204.000 millones de pesos anuales, tomando como referencia el presupuesto federal actual.


En términos concretos:


Presupuesto actual: ~15.000 millones de pesos.


Piso razonable para una transformación cultural profunda: ~100.000 millones.


Meta estratégica de largo plazo: ~200.000 millones.


La diferencia es enorme. Equivale a multiplicar entre seis y trece veces los recursos actuales.


Ahora bien, aumentar el presupuesto no resolvería automáticamente el problema. Existen países que gastan mucho más y producen escasa democratización cultural. La cuestión central radica en el destino social de la inversión.


Una política cultural transformadora tendría que concentrar recursos en:



1. Redes nacionales de bibliotecas, editoriales públicas y distribución gratuita de libros.

2. Escuelas de arte populares en barrios obreros, comunidades indígenas y zonas rurales.

3. Producción audiovisual pública de gran escala capaz de competir con las plataformas privadas.

4. Formación masiva de promotores culturales.

5. Protección salarial para creadores, investigadores y trabajadores culturales.

6. Restauración del patrimonio histórico.

7. Desarrollo tecnológico soberano para circulación cultural digital.

8. Medios públicos dedicados a la educación estética y científica.

9. Financiamiento directo a proyectos comunitarios.

10. Investigación crítica sobre cultura, comunicación y conciencia social.


Claro que no todo se arregla con más dinero. Y la discusión real no debería formularse únicamente como “¿cuánto cuesta la cultura?”, porque la pregunta encierra una trampa ideológica. Toda sociedad invierte gigantescas cantidades en producir conciencia. La diferencia consiste en quién controla esa producción.


Cuando los recursos públicos para cultura son mínimos, la formación simbólica de millones de personas queda en manos de corporaciones mediáticas, plataformas digitales y mercados publicitarios cuya lógica fundamental es la rentabilidad. En tal escenario, el Estado termina gastando poco en cultura mientras el capital privado invierte fortunas en fabricar imaginarios, deseos, hábitos de consumo y percepciones políticas. México no enfrenta una carencia cultural. Enfrenta una contradicción entre la inmensa riqueza creadora de su pueblo y la reducida magnitud de la inversión destinada a convertir esa riqueza en fuerza histórica organizada. Y una política de cultura comprometida profundamente con la Revolución de las Conciencias, que es materia obligada para todos y todas, en cada ámbito de la verdadera transformación objetiva y subjetiva de México.



03 noviembre, 2023

NUESTRA AMÉRICA CON GAZA Y EL PUEBLO PALESTINO

 

Biasi (Argentina): Este conflicto no empezó el 7 de octubre
 sino hace más de 75 años


Mariela Castro (Cuba): "Palestina es y será siempre tierra árabe"


Fernando Buen Abad (México): En algún momento será posible
 que imperen la razón y la paz




08 julio, 2022

Juez estadounidense declara invasores a migrantes en frontera con México

 

Estados Unidos, la nación que más países ha invadido del mundo, alarmada ante la masiva inmigración que en gran parte ella misma ha propiciado.




Kolozeg.Org – 07/07/2022

   Traducción del inglés: Arrezafe


Juez estadounidense declara invasión el paso de migrantes en frontera con México


Funcionarios estadounidenses en cinco condados fronterizos han respaldado la declaración del condado de Kinney de una “invasión” desde el sur, la primera en la historia de Estados Unidos.


El condado de Kinney en Texas ha declarado un estado local de desastre, clasificando oficialmente la avalancha de migrantes que cruzan la frontera con México como una "invasión" y solicitando asistencia de las autoridades estatales y federales. El juez del condado de Kinney, Tully Shahan, declaró legalmente la invasión el martes y cinco condados cercanos ya han promulgado decretos similares o planean hacerlo.


La declaración de Shahan señaló que 3,2 millones de extranjeros ilegales habían sido detenidos entrando clandestinamente a los EEUU desde enero de 2021, más más de 800.000 que evitaron la detención durante ese período. También afirmó que más de 50 “terroristas conocidos” habían ingresado a los EEUU a través de la frontera con México desde principios de 2022 y citó la “cantidad sin precedentes de tráfico de personas” y el contrabando de drogas como factores que constituyen una invasión.


El alguacil del condado de Kinney, Brad Coe, advirtió que el condado estaba siendo invadido por inmigrantes, mientras que otros tres alguaciles de los condados vecinos estuvieron de acuerdo. “Nuestras cifras se van a triplicar”, manifestó Coe a los periodistas el martes, lamentando que “no podemos sostener este tipo de invasión” y señalando la falta de recursos presupuestarios.


Declarar una invasión sin ninguna iniciativa militar que la respalde puede parecer simbólico, especialmente porque el estado de desastre no dura más de siete días a menos que se renueve, pero es una primicia histórica, según el exfiscal general de Virginia, Ken Cuccinelli, quien dijo a los medios locales que esta era la primera vez que un juez determinaba legalmente que EEUU estaba siendo invadido, instando al gobernador de Texas, Greg Abbott, a ratificar la declaración y desplegar oficiales del Departamento de Seguridad Pública para rechazar la inmigración en la frontera.


Si bien reconoció que individualmente los estados no pueden hacer la guerra, Cuccinelli señaló que “hay una excepción… cuando en realidad son invadidos. Eso ha sido así desde el comienzo de la constitución. Los estados se reservaron ese derecho para sí mismos.”


De hecho, la declaración de desastre insta al gobernador Abbott a actuar bajo su autoridad constitucional como “Comandante en Jefe de las fuerzas militares del Estado” al declarar la invasión, otorgándole el uso de “todos los recursos y la autoridad legalmente disponibles” en función de las constituciones estatales y federales para “prevenir y/o remover inmediatamente a todas las personas que invadan la soberanía de Texas y la de los Estados Unidos”.


Los condados de Burnet, DeMitt, Goliad, Medina, Terrell y Uvalde han hecho declaraciones similares, y el juez Kinney ha sugerido que todos los condados fronterizos deberían hacer lo mismo.


La inmigración ilegal ha aumentado considerablemente en el último año, con más del triple de inmigrantes ilegales en 2021 que en 2020. Solo este año se han realizado 1,5 millones de arrestos y es probable que esta cifra supere los 1,7 millones del año pasado. Abbott y muchos otros funcionarios locales culpan a las laxas políticas de control fronterizo del presidente Joe Biden.


Las Naciones Unidas declararon a principios de esta semana que la frontera entre Estados Unidos y México es la más mortífera del mundo, con más de 720 migrantes muertos o desaparecidos el año pasado intentando cruzar la frontera, un aumento de más del 50%. Las muertes y desapariciones en el conjunto de la región fueron más numerosas aún, con más de 1200 migrantes muertos o desaparecidos.



05 mayo, 2020

Negacionismo, ignorancia y narcisismo paranoide — Javier Hernández Alpízar


ZAPATEANDO - 05/05/2020

A Óscar Chávez, in memoriam


Un virus es información genética que engaña células. La desinformación viral engaña mentes. Ambos destruyen.

Escucho llegar de la calle o de algún patio voces de niños jugando y conversando. Uno de ellos usa la palabra “coronavirus”. No alcanzó a escuchar todo lo que dicen. No me imagino qué pasa por la mente de esos niños cuando escuchan o dicen la palabra “coronavirus”.

No puedo imaginarme qué pasa por la mente de sus padres o cualesquiera otros adultos en la Ciudad de México cuando escuchan palabras como “coronavirus” o “Covid-19”.

Es muy popular la corriente negacionista. Personas que reclaman el cadáver de un pariente dicen: “Sabemos que el Covid no existe” y esparcen el rumor calumnioso de que “los médicos están matando a los pacientes”.

Se ha hecho del virus un mal moral y cada quien ve al otro, real o imaginario, como el culpable, el portador, el contagioso, el asesino. El personal médico es el más estigmatizado y agredido. Así como el VIH fue estigmatizado en sus inicios por homofobia, hoy la fobia es contra trabajadores explotados que arriesgan sus vidas.

De manera irresponsable, se esparce la calumnia de que en los hospitales “les inyectan algo para que mueran”, y que lo hacen “para quitarles un líquido de sus rodillas que vale más que el oro o el platino”. Según una nota periodística, grupos de narcotraficantes han amenazado a los médicos y enfermeras con matar a diez del personal de salud por cada narco que muera, porque “el Covid no existe y los médicos matan a los pacientes”.

Las teorías de la conspiración más desquiciadas conviven en las mismas mentes: el virus “no existe”, pero, al mismo tiempo, es un virus creado en laboratorio, puede ser esparcido deliberadamente desde el aire o inyectado por los médicos para matar a pacientes que no murieron de Covid-19 porque “no existe”: todo es obra de los poderosos. ¿Quiénes son esos poderosos? Sabrá dios qué imaginan las personas cuando piensan en esos poderosos. La tecnología para muchos es magia: creen que ya controlan el planeta y el clima como una maquinaria.

En una época en que hay clubes de personas que defienden que la Tierra es plana, que los seres humanos no llegaron jamás a la luna, que nos gobiernan reptiles extraterrestres que adoptan una apariencia humana, un virus (no perceptible a simple vista) tiene todas las características para candidato a no existir (sólo existe lo que veo, y eso si yo decido que existe) o candidato a ser un monstruo de maldad moral: conatos de quemar hospitales donde hay pacientes con Covid-19 o baños en agua clorada o hirviente a personal médico, etcétera. Agresiones con balas a indígenas “acusados de tener Covid”.

Para comentar todos esos disparates mentales y acciones irracionales no puedo, ni quiero, censurar palabras como ignorancia, fanatismo, prejuicios, supersticiones, rumores, falsedades y violencia criminal, resultado de esa ignorancia, narcisismo y prepotencia.

No puedo compartir la postura indulgente (soberbia disfrazada de paternalismo) que defiende al “pueblo pobre” o al “pueblo bueno”, porque el problema es estructural. La violencia estructural nos hace víctimas a todos, pero no nos exime de hacernos responsables por lo que hacemos como seres pensantes. Por ejemplo: el patriarcado es estructural y sistémico, pero si un hombre comete un delito de violencia misógina no se debe defender porque “es estructural”, tiene responsabilidad individual y debe tener sanción individual.

Las víctimas pueden volverse victimarios, como muchos psicólogos constatan.

¿Por qué tendríamos que tener reparos en reconocer que la sociedad mexicana adolece de ignorancia? Es un problema grave y con raíces estructurales e históricas difíciles de comprender y, sobre todo, de superar. La postura de negar, por motivos “morales”, la ignorancia es otra especie de negacionismo. Negar un problema no lo soluciona y lo más probable es que lo agrave. Para afrontar un problema hay que reconocer su existencia y no minimizar sus dimensiones.

La ignorancia no es solamente un problema de clase, ni un problema nacional: la ignorancia rampante y brabucona de un Donald Trump o un Jair Bolsonaro están ahí para recordárnoslo.

En México padecemos, en diversos grados y medidas, y en todas las clases sociales, ignorancias diversas, no excluyentes entre sí, sino que se refuerzan y retroalimentan. Una lista no exhaustiva de ignorancias es: analfabetismo a secas, analfabetismo funcional (a veces llegan a posgrados personas que no dominan la lectoescritura), analfabetismo político, analfabetismo digital, analfabetismo científico. Y los reforzamos en lo cotidiano con posturas antiintelectualistas. Posturas correspondidas, en círculo vicioso, por la soberbia, el desprecio y la pedantería de muchos intelectuales hacia el resto de la humanidad. (Cf. Genealogía de la soberbia intelectual, de Enrique Serna).

Los negacionismos cuentan en su favor con la ignorancia y con el narcicismo para creer sólo lo que yo quiero.

Una sociedad así es pasto para las noticias falsas y los rumores, la propaganda, la manipulación y la fabricación del consenso. Uno de los peligros graves del momento es la tendencia del gobierno y sus apoyadores para imponer el dogma de que solamente la información gubernamental es verdadera y toda otra fuente es censurable y bloqueable. Operar con ese dogma es el suicidio del pensamiento crítico.

La hegemonía de la ideología neoliberal es un claro ejemplo de cómo lo imperante no es la verdad: no es científicamente válida, pero se enseña en las universidades y domina en los opinólogos de los medios. A nivel popular, “neoliberal” es una mala palabra, pero el neoliberalismo como fe en el dinero, el mercado y el desarrollismo depredador de la naturaleza, es un dogma no sólo intocado sino tan aceptado tácitamente que cuestionarlo lleva casi inexorablemente al fracaso en una discusión o al menos a que los interlocutores te dejen de escuchar.

El método de los rumores (hoy llamadas fake news) no es nuevo. En los años setenta, circulaban rumores de que hordas de padres de familias iban a las escuelas a impedir a las enfermeras vacunar a los menores, porque temían que les pusieran una inyección para esterilizarlos. Tal vez fue una campaña de rumores de la derecha contra las iniciativas de los gobiernos priistas para llevar a la escuela pública la educación sexual, la información sobre anticonceptivos y la promoción de la planificación familiar.

Otros rumores, ya en la era digital, produjeron que muchas personas no se vacunaran. Como resultado resurgieron epidemias que ya se habían superado, como el sarampión. También respecto al VIH hubo rumores de que no existía. En cuanto el Estado dejó de dar prioridad a la información sobre el virus y repuntaron los contagios.

Los estados de la república azotados por el crimen organizado padecieron rumores, aparentemente diseminados desde esferas gubernamentales, de que los criminales atacarían escuelas y generaron, con ellos, olas de pánico y de padres que iban por sus hijos a las escuelas o rumores que no se debía salir a partir de cierta hora, y las personas acataban el toque de queda de hecho.

El rumor calumnioso contra las enfermeras, los médicos y el personal de salud se convierte de facto (y médicos lo han denunciado) en una campaña de desprestigio contra el sistema público de salud, y justamente en el momento en que, a nivel mundial, la pandemia exhibe la inmoralidad y criminalidad de la privatización de la salud, su tratamiento como mercancía y el desmantelamiento de los sistemas de salud públicos y del enfoque de la salud como derecho humano.

Los rumores en sociedades desinformadas e ignorantes (habrá que estudiar minuciosamente por qué son inútiles los medios de comunicación que informan y hasta sobreinforman, pero a los cuales amplios sectores de la sociedad no les creen ni hacen caso) son como fuego en pasto seco. Refutarlos es casi inútil porque las masas víctimas del rumor son inmunes a los argumentos: se cree o no se cree porque se quiere, no importa lo demás.

Algunos medios digitales desmienten noticias falsas, pero no suelen dar una explicación clara y fehaciente de la falsedad y muchas veces apelan a la autoridad. Eso no ayuda a fomentar el pensamiento crítico vigilante.

Y “casualmente”, el miedo, la violencia, la ira, la confusión que propician los rumores suelen desarmar los intentos de solidaridad y organización y dejar a los trabajadores y a la gente más vulnerable a merced de los poderes fácticos.

Hace un par de semanas, en plena avenida Insurgentes, entregaron a los trabajadores obligados a ir a trabajar en plena cuarentena volantes “negacionistas”. El panfleto decía, en resumen: “El virus no existe y todo es una maniobra manipuladora de los poderosos.” Esto en una página tamaño carta llena de errores gramaticales. Los argumentos son del estilo: “el virus no ha sido presentado oficialmente”. Qué significa: “presentado oficialmente” es un misterio. Pero el razonamiento narcisista es contundente: yo no lo he visto caminando por la calle por lo tanto no existe, como decir, yo no estuve en la luna para atestiguar que Armstrong la pisó, por lo tanto, nadie ha llegado a la luna. Bueno, tal vez los extraterrestres, en cuyo caso el razonamiento es el mismo, pero la conclusión inversa: los gobiernos niegan que hay extraterrestres, por lo tanto, lo ocultan. No los han “presentado oficialmente”, por ende, existen.

La subjetividad de la certeza degeneró en narcisismo: más que lo que sea o no verdad importa el “Yo no creo”…

Una cacería de brujas es una consecuencia muy “razonable” de toda esa desinformación e ignorancia. El virus no existe porque yo no lo veo, pero al personal de bata blanca sí lo veo y, por eso, contra ellos.

A estas alturas, me parece muy difícil que si el Estado mexicano se propone deshacer el rumor de que el “Covid no existe, por lo tanto los médicos matan personas”, lo logre.

Pero no podemos cruzarnos de brazos. En el colmo de la irracionalidad, los mexicanos estamos impotentes ante la ignorancia y el narcisismo de una sociedad que aprendió a dar la espalda a las noticias, a los hechos, a las verdades: ante tanto dolor, cerró las ventanas y declaró que la realidad es lo que “yo creo” y lo falso es aquello en que “yo no creo”. No es la verdad algo independiente de mi narcisismo. Y lo más patético es que “lo que yo creo” no es un ejercicio de autonomía del sujeto, sino lo que los poderes fácticos han hecho creer.

Si el coronavirus no existe, al igual que el capitalismo, lo único que queda es que cada quien se defienda de la violencia por sus medios. ¿Y el Estado? El Estado está empeñado en hacernos creer que ya es bueno, que combate la corrupción, que quienes informan de cosas inconvenientes para el Estado son malos y conspiradores o son bots.

El delirio paranoico que ha enfermado a amplios sectores de la sociedad tiene también infectado al Estado y sus aparatos ideológicos. La realidad borrada por voluntarismo.

Un escenario así es el más propicio para que el virus se propague y enferme y mate… Así como el VIH se ha podido enfrentar con información y prevención, el coronavirus y las epidemias o pandemias que vengan tendrán que ser enfrentados por sociedades bien informadas, críticas, alertas y solidarias. Estamos muy, pero muy, lejos de eso.

Y en la fase que sigue, digamos la fase 4, vienen el desempleo, la crisis estructural y sistémica, el hambre y probablemente el pillaje, el de los hambrientos y el pillaje sistemático del capital. El hambre por sí sola no genera conciencia. Sin un resurgimiento y una propuesta de conciencia de la organización y organización de la conciencia de la izquierda anticapitalista (disculpen el pleonasmo), masas hambrientas serán caldo de cultivo para la derecha fascista. Necesitamos más ciencia, y en cuanto al capitalismo, más Karl Marx.

20 diciembre, 2019

MÉXICO - El Tren Maya es un “proyecto de muerte”, acusan representantes indígenas



KAOSENLARED 08/07/2019

Durante su participación en la presentación de una herramienta de visualización cartográfica en línea que permite analizar el impacto de los megaproyectos en la zona, desarrollada por Geocomunes y el CCMSS, los integrantes de las comunidades mayas denunciaron el despojo y la división de la que son objeto con este proyecto de desarrollo.

Pedro Uc, de la localidad de Buctzotz e integrante de la Asamblea de Defensores del Territorio Maya, aseguró que con el cambio de administración esperaban una mejora en las condiciones de los habitantes de la región, prometidas en dos o tres campañas anteriores, sin embargo, se encontraron con la noticia de un Tren Maya.

"Nunca las comunidades pedimos, de tantas solicitudes que hacemos al estado, un Tren Maya, y además deciden ponerle este apellido", cuestionó.

Además, denunció que por años la palabra maya se ha convertido en una “divisa importante” hasta en los periódicos, pero manifestó que ello sólo se traduce en la devastación del territorio, la naturaleza y del tejido comunitario, "que está rasgado herido".

Como defensor del territorio, Pedro exigió respeto a los pueblos originarios y a sus formas de vida, así como al derecho a una consulta en la que verdaderamente se tome en cuenta su opinión, pues históricamente, acusó, estas sólo han servido para cumplir un requisito y legitimar los megaproyectos.

Denunció que, derivado de la compra de terrenos para la construcción del Tren Maya realizada por el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), la especulación inmobiliaria ha aumentado y se prevé que los centros urbanos, que actualmente albergan a 12 mil habitantes, se expandan a unos 50 mil.

Asimismo, dijo que empleados de gobierno de diversas dependencias, en especial de la Secretaría de Energía (Sener), están presionando a las comunidades para que cedan sus tierras y acepten los proyectos energéticos.


El dirigente indígena refirió que para el despojo de tierras las autoridades federales se valen de “coyotes” que ofrecen dinero por sentarse a escuchar las características del proyecto y luego los hace firmar una lista de asistencia que después, sin que los pobladores se enteren, se convierte en un contrato de la compra venta de las propiedades.

También, indicó que dichos “coyotes” abusan de la buena fe de las comunidades porque la mayoría de las personas de esa región no hablan español.

Wilma Esquivel, vicepresidenta del Centro comunitario U Kuuchil K Chibalom, habitante de Carrillo Puerto y miembro del Concejo Indígena de Gobierno, lamentó también el desprecio oficial a su cultura.

"Nos preocupa esta idea de desarrollo que viene de fuera, nos han dicho que el campo no sirve, que el campo no da y que nuestra forma de ser, vivir y ver el mundo no es válida", dijo y alertó de que gran parte de su cultura está siendo arrasada por la lógica económica que demanda a los dueños de la tierra, territorio maya, como empleados del sector turístico e industrial, "¿en qué momento nos escupieron de ahí?”

Con el “desarrollo”, prosiguió, llegan también otros problemas: feminicidios, crimen, violencia y miedo.

Las ciudades, apuntó, no están hechas para nosotros, están diseñadas para aquellos que tienen dinero para gastarlo. "A nosotros nos discriminan", subrayó.

Wilma expresó su absoluto rechazo a convertir su tierra en otro Cancún, al que calificó como símbolo de la destrucción.

"Tenemos mucho que decir como pueblos, pero no nos preguntan. Siguen pensando que somos ignorantes", lamentó.

A pesar del oscuro panorama, Wilma hizo un llamado a las comunidades para sumar esfuerzos, detener el proyecto del Tren Maya y hacer frente a los proyectos de muerte.

"Aunque para muchos la cultura maya ya colapsó, nosotros estamos vivos; somos una cultura maya viva y no podemos permitir que acaben con nosotros", sentenció.

Los voceros de las comunidades mayas, expresaron que ya se encuentran analizando una serie de amparos y medidas legales para frenar el Tren Maya.


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