Miquel Amorós
“Lo que nos habíamos propuesto
era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un
estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie.”
(M.
Horkheimer, T. Adorno, Dialéctica de la Ilustración)
Hoy en día resulta trivial entre la clase dirigente y sus
complacientes servidores referirse al progreso para justificar cada agresión
social resultante de una operación económica o político económica. En la medida
en que favorece los cada vez más agresivos intereses de la economía autónoma,
la sociedad es para ella hija de ese progreso; pero en la medida en que se
dejan notar intereses opuestos a la mencionada agresión, la sociedad, o al
menos la parte representada por dichos intereses, va contra el progreso,
cometiendo el mayor de los dislates, pues todo el mundo sabe que al progreso no
se le pueden poner barreras. Se produce la paradoja de que perseguir objetivos
antaño asociados a la idea de progreso como por ejemplo la autonomía individual
o la humanización de la Naturaleza resulten según cómo antiprogresistas. Al
decir de los dirigentes, los aumentos en la destrucción del entorno, la
dependencia y el control social propios de cada etapa del progreso, es decir,
de cada ampliación cualitativa de los intereses dominantes, son el precio que
ha de pagar la sociedad por los supuestos beneficios que ello le acarrea.
Entonces, el progreso, tal y como se le nombra en la actualidad, no significa
más que el avance de los procesos de concentración de poder de la clase que
decide sobre la economía, la abundancia de medios científicos, tecnológicos y
económicos que lo incrementan, la generalización de las actividades sociales
que como la política profesional, el trabajo asalariado y el ocio industrial
que extienden y profundizan el conformismo y la sumisión de los individuos a
los dictados del mercado.

Al revés de lo que pensaba Voltaire, los mortales más
instruidos no se han mostrado menos inhumanos. Más bien la civilización se ha
revelado como un estado de brutalidad racionalizada. El bienestar material no
favorece la elevación moral, ni el conocimiento instrumental la convivencia en
libertad. El eterno presente no conduce a mentalidades saludables; cualquier
psiquiatra podría confirmar que la pérdida de la experiencia y la memoria
producen trastornos de identidad. Por más que se diga que el mañana de la
adaptación será mejor que el incontrolado ayer, que el antes oscurantista es
inferior al racional después, a la vista de los resultados puede decirse que
este tipo de progreso no instruye, sino que domestica; no moraliza, sino que
atrofia el sentimiento; no sana, sino que se adapta a la enfermedad. No hay
relación directa entre civilización y realización personal. Es más, progresan
los condicionantes, retrocede la conciencia, crece la atomización. La ciencia
se descubre como una superstición, la confianza en las invenciones
tecnológicas, como una ingenuidad, la enseñanza pública como una
institucionalización de la ignorancia. Todas ellas son instrumentos al servicio
de lo existente. La sociedad en lugar de ascender hacia una mayor humanización
se hunde en una barbarie de nuevo tipo a la que siguen llamando progreso;
involuciona hacia un ideal tecnoeconómico de dominio. El crecimiento de la economía,
el verdadero progreso, manda sobre cualquier otra consideración, elevándose su
poder conforme desaparecen las libertades y se embotan todas las facultades
humanas. Progreso no es otra cosa que desarrollismo, sometimiento de la
sociedad entera a las leyes de la mercancía, a las exigencias de la tecnología,
al ordenamiento urbanístico; progreso es destrucción del territorio, fetichismo
científico, degradación cultural, crecimiento ilimitado de la burocracia
administrativa y política, dominio de las corporaciones económicas y
financieras. La palabra progreso en el sentido que se le confiere actualmente
pasa por encima de la división entre dirigentes y dirigidos, entre opresores y
oprimidos, entre jefes y subordinados, entre protagonistas y espectadores, que
corresponde a la relación social imperante, para ocultar el hecho de que su
dirección, proclamada beneficiosa para todos, no lo es sino para los miembros
de la clase usurpadora. El lenguaje de la ciencia y de la técnica –el del
progreso-- es el lenguaje del orden. Lo que éste define como modernización,
bienestar y libertad, no es más que artificialización, consumismo y
partitocracia. El progreso es eso y muchas cosas más. Es ese carro al que hay
que subirse dondequiera que nos lleve. Es una coartada del orden injusto, un
santo y seña que vale para todo, una consigna de los ejecutivos y políticos, un
mito de la ideología dominante obtenido por degradación de un concepto clave de
la burguesía del periodo revolucionario contra los argumentos religiosos y tradicionalistas
del Antiguo Régimen. Es un axioma del statu quo, un elemento fundamental de la
doctrina mistificadora del poder.
“La salida del hombre del paraíso que su razón le presenta como la
primera estación de la especie no significa otra cosa que el tránsito de la
rudeza de una pura criatura animal a la humanidad, el abandono del carromato
del instinto por la guía de la razón, en una palabra: de la tutela de la
Naturaleza al estado de libertad”
(Kant,
Idea de una historia universal)
Remontándose al origen, la idea moderna de progreso procede
de la secularización de una concepción cristiana de la historia, la de San
Agustín y Paulo Orosio. En efecto, el ecumenismo, la idea de tiempo lineal y
divisible, el concepto de necesidad histórica del avance y su culminación de
acuerdo con un plan establecido en un estado final de beatitud, son el armazón
teórico de la idea de progreso. En el lenguaje emancipado de la religión la
Razón ha sustituido a la providencia divina y la felicidad terrenal ocupa el
lugar de la salvación de las almas. La historia ya no es el escenario del
enfrentamiento del Bien contra el Mal, sino el de la lucha entre la Razón y la
Sinrazón. Como quiera que sea, la función histórica que iba a desempeñar la
idea y las fuerzas que iba a movilizar eran cosa muy distinta en el mundo
agustiniano que en la Europa absolutista. Así pues, digamos el progresismo,
bien alimentado por la Ilustración, arrancó con el discurso de Turgot en la
Sorbona el 11 de diciembre de 1750, primera formulación de la mentalidad de una
oligarquía ilustrada de funcionarios de la Monarquía, que al devenir el núcleo
de una clase en ascenso, la burguesía, se sentía plenamente preparada para
ejercer el poder en nombre de toda la sociedad compartiéndolo con la realeza, o
si la correlación de fuerzas lo permitía, arrebatándoselo. Los espíritus más
lúcidos de la época vieron en la Revolución Francesa un signo inequívoco del
progreso. La idea de la marcha regular y gradual del género humano desde los
niveles más bajos de la animalidad hacia un estadio máximo de humanización,
gracias al desarrollo científico (Francis Bacon, William Godwin), a la riqueza
de las naciones (los fisiócratas, Adam Smith) y a la instrucción universal
(Condorcet) se constituyó entonces en uno de los pilares del pensamiento
moderno. Para los filósofos enciclopedistas o sus contemporáneos afines la
humanidad avanzaba por etapas obligadas hacia una mayor perfección. Conforme el
tiempo pasaba y la liberación de las ataduras del mito, la costumbre y la
religión permitían una visión del mundo desencantada, se iba de peor a mejor.
Saber y poder eran lo mismo. La perfectibilidad de la razón humana era infinita
(Fontenelle). Cada generación se acercaba más al nivel superior de plenitud
feliz, conforme se acumulaban los conocimientos, las industrias y los
capitales. La igualdad y las libertades serían una consecuencia necesaria de
los progresos de la Razón y de la prosperidad, del paso armonioso o
revolucionario de la oscuridad a las luces y de la pobreza a la abundancia. Lo
viejo, testimonio del pasado, debía de sucumbir ante lo nuevo que, preñado de
porvenir, pugnaba por imponerse. Era tal su empuje que la libertad vendría por
sí misma, sin apenas resistencias. El pasado dejaba de tener un carácter
memorable y ejemplar. Se podía considerar que la historia de la especie humana
consistía en la ejecución de un plan secreto establecido por la Naturaleza,
cuyo despliegue tenía en los derechos ciudadanos su programa y en las luchas
constitucionales del presente su avanzadilla, desde donde atisbar el fin
histórico supremo, el futuro consolador en el que los hombres (y las mujeres)
desarrollarían libremente todas sus cualidades y cumplirían con su destino, el
mismísimo progreso.
La historia pues pasaba a concebirse como un ascenso
objetivo e imparable del ser humano hacia metas superiores. Al desvelarse el
telos de la historia, su intención racional, el paraíso descendía de los cielos
para habitar el mundo real, quedándose el otro en el desván. Se producía una
marcada distinción entre los que dio en llamarse salvajes y los civilizados. La
primitiva Edad de Oro quedaba situada en los orígenes sombríos de la humanidad
“sin ley”, reino de lo arbitrario y de lo animal, de la sencillez inculta y del
rudo atraso, de la “libertad insensata” (Kant) y de la guerra de todos contra
todos (Hobbes), a superar por un contrato que implicaba la postración ante una
fuerza legal consentida, ejercida por un Estado moderno. Bajo su sombra
protectora los civilizados realizaban incesantes esfuerzos para someter a la
Naturaleza mediante el estudio y el trabajo. En un principio la sociedad feliz
e igualitaria de los salvajes había servido de arma a la Razón, demostrando un
origen natural y no divino de la sociedad y el Estado a la vez que ilustrando
los contrastes entre una sociedad corrompida por el privilegio y la religión y
otra gobernada por la ley natural. Sin embargo, los mismos argumentos fueron
luego empleados por quienes cuestionaban desde el pesimismo y el misticismo las
bienaventuranzas del progreso, especialmente los románticos, los primeros
críticos de la sociedad burguesa, aquellos para los que los sueños de la Razón
habían engendrado monstruos. Para refutarlas surgió el idealismo alemán
englobando a antiguos y modernos, a críticos y apologistas, en una única
filosofía de la historia, como momentos del desarrollo del Espíritu en el
tiempo, y asimismo de la libertad, que es su esencia: “La historia universal es el progreso de la conciencia de la libertad”
(Hegel), conciencia de la que están excluidos los “pueblos no históricos”, es
decir, de los pueblos sin Estado, sin modernidad, sin capitalismo. Sin embargo
la filosofía de la historia que tuvo el mérito de pensar el movimiento
revolucionario burgués y traducirlo en conceptos, no expresaba sino su última
conclusión, la consagración del presente. Cediendo la palabra a Nietzsche, gran
debelador del progreso moderno: “para Hegel el punto máximo y final del proceso
universal coincidía con su propia existencia berlinesa (...) implantó en las
generaciones penetradas por su doctrina esa admiración por el ‘poder de la
Historia’, que, en la práctica, se transforma a cada instante en admiración
desnuda por el éxito y conduce a la adoración divina de lo dado (...) Quien ya
haya aprendido a doblar la espalda y asentir con la cabeza al ‘poder de la
Historia’ termina finalmente por otorgar un ‘sí’ mecánico-chinesco a cualquier
poder, sea éste sólo un gobierno, una opinión pública o una mayoría numérica.”
Justo para eliminar la contradicción que se cometía al definir el fracaso del
racionalismo (y el retroceso post revolucionario) como un momento de su
triunfo, aparece el positivismo, reivindicando el liderazgo de los científicos
y los “industriales”. Al dividir Comte el decurso humano en tres etapas
(teológica, metafísica y positiva o científica) inauguraron una costumbre que
arraigó en todos los ámbitos de la cultura, convirtiendo el siglo XIX en la era
de los modelos por etapas. Recordemos por ejemplo a Bachofen (hetairismo,
matriarcado, patriarcado), a Hegel (despotismo, democracia o aristocracia,
monarquía) a Morgan y Engels (salvajismo, barbarie, civilización) y a Marx
(modos de producción antiguo, feudal y capitalista). Finalmente la Teoría de la
Evolución, al sacar el progreso de la historia e inscribirlo en la Naturaleza,
daría la solidez que faltaba a la idea para convertirse en tópico. Puesto que
para Darwin el hombre descendía de “una criatura inferior”, sin raciocinio, sin
duda las facultades intelectuales y morales de los civilizados debían estar
tremendamente más desarrolladas que las de los “primitivos”, ya que éstos no
tenían leyes, ni jefes y, lo peor de todo, ni Dios. Hegel, Comte y Darwin, cada
uno por su lado, proporcionarían al pensamiento racionalista los argumentos
definitivos que elevarían a finales del siglo XIX la idea de progreso a dogma
indiscutible de la sociedad burguesa y lo convertirían en fetiche de una nueva
religión popular fundada en el productivismo y las formas parlamentarias de
gobierno burgués. La burguesía celebraba exposiciones universales y proclamaba
sucesivamente la edad del acero, la del petróleo, la de la electricidad, la del
átomo... en tanto que hitos progresivos de su dominio absoluto.

Encarnándose en fábricas, el progreso no solamente
multiplicó la producción material sino que al destruir todas las reglas que
habían ordenado hasta entonces el mundo del trabajo dio lugar a formas
inauditas de explotación y miseria, convirtiéndose en agente de la revolución
social tanto como de la industrial. Ese progreso no producía solamente
mercancías, sino al propio movimiento obrero. Las primeras manifestaciones del
proletariado no fueron pues ciertamente progresistas, puesto que la liquidación
incompleta del Antiguo Régimen por la burguesía industrial y terrateniente,
instaurando un nuevo sistema de propiedad y de producción manufacturera que
alteraba las formas de vida tradicionales y generaba una miseria extrema, fue
contestada con incendios, sabotajes y destrucción de máquinas, a menudo
llevados a cabo por obreros de oficio, a los que se dio una cumplida respuesta
represora. Las clases explotadas nunca admitieron las innovaciones técnicas de
buen grado, pues sabían que “cualquier desarrollo de una fuerza productiva es
un arma contra los obreros” (Marx), pero cuando creyeron que el problema
residía menos en las máquinas que en la propiedad privada de las mismas,
concluyeron en que la solución dependía de una expropiación general de los
medios de producción, de forma a utilizarlos en provecho de todos. La solución
conducía a un comunismo industrial donde las máquinas servirían a la sociedad y
no al contrario. Hoy podemos decir que la cosa no es tan fácil y que la
naturaleza del maquinismo y de la producción no son neutras, o que la
dominación de la Naturaleza, aunque sea llevada a cabo colectivamente, engendra
desequilibrios y miserias todavía peores. Pero cuando fueron formuladas las
primeras teorías socialistas y anarquistas obreras, el proyecto de un mundo
nuevo mediante la apropiación y gestión de los medios productivos era la opción
más realista. Si error hubo, fue mejor el de creer que la burguesía se había
convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, o
sea, para el progreso, ahora representado en la fuerza productiva principal, el
proletariado. El movimiento obrero se volvió progresista, más que la burguesía,
y en gran parte reformista, pues cada vez fueron más los convencidos de que,
dados los avances científicos y tecnológicos, la explotación podría moderarse
y, en el marco político de la democracia burguesa, las organizaciones obreras
podrían establecer sin prisas y sin traumas revolucionarios un orden
socialista, que no hubiera sido otra cosa que un capitalismo de Estado,
sindical o partidista. La opción revolucionaria no hubiera llevado a ninguna
otra parte.
“Frente a esa empresa de desolación planificada cuyo programa explícito
es la producción de un mundo inaprovechable, los revolucionarios se encuentran
en la nueva situación de tener que luchar en defensa del presente para
conservar abiertas todas las demás posibilidades de cambio –comenzando por la
posibilidad primaria de las condiciones mínimas de supervivencia de la especie–,
las mismas que la sociedad dominante trata de bloquear intentando reducir
irrevocablemente la historia a la reproducción ampliada del pasado e intentando
reducir el futuro a la gestión de los desperdicios del presente.”
(Encyclopédie
des Nuisances, Discurso Preliminar)
Las dos guerras mundiales, los regímenes totalitarios y
genocidas, el fracaso de las revoluciones rusa y española, la carrera
armamentística, la concentración de poder y la cultura de masas, al convertir
la barbarie en un hecho cotidiano, pulverizaron los fundamentos de la teoría
del progreso. Una vez superados los obstáculos y las divergencias con el horror
de las matanzas, se podía hablar de bienestar y democracia como si nunca
hubiera habido otra cosa. El capitalismo, gracias a la tecnología, había
desarrollado las fuerzas productivas hasta extremos impensables, corrompiendo y
destruyendo de paso al medio obrero, pues el aumento de la capacidad de
producir no creaba las condiciones de un mundo más justo e igualitario, sino
que simplemente elevaba el poder del aparato político-económico e
institucionalizaba la mediación frente lo cual los proletarios eran literalmente
impotentes. La distancia entre los que deciden y los que obedecen se había
multiplicado por veinte, al ritmo del comercio mundial, única ecumene. La
Razón, dominando a la Naturaleza, es decir, sirviendo al capital, se
transmutaba en Sinrazón, dominio de la clase propietaria. Los gérmenes de la
regresión que cobijaba desde el principio se manifestaban por doquier: la
irracionalidad gobernaba el mundo. La Historia no contenía ningún plan
establecido, ni por supuesto la libertad se desplegaba en ella para llegar a
cotas cada vez más altas. Nada de lo que acontecía, comenzando con la propia
Historia, era necesario, sino simplemente posible, entre otros muchos sucesos
probablemente mejores. La Historia transcurría sin sujeto, y, como corolario,
las revoluciones dejaban de ser ineluctables incluso cuando las condiciones
favorables llamaban a la puerta, es más, comparadas con los desastres, su
número era exiguo. Al contemplarse el devenir histórico como una acumulación de
catástrofes, el pasado se cortaba del presente tecnológicamente mejor equipado,
pero no lo suficiente para asegurar el futuro, cada vez más incierto con la
decrepitud o el horror a la vuelta de la esquina. El presente era pasado
destruido, y, el futuro, presente por destruir. La ciencia reafirmaba el actual
estado de cosas y su lenguaje conformista era el de los expertos y mercenarios
a sueldo del poder. Cada nuevo descubrimiento y cada nueva invención,
aplicándose de acuerdo con la obtención de beneficios privados y las
necesidades de la dominación, jerárquica y centralizada, no descontaba en
absoluto un peldaño hacia la felicidad, sino que implicaba un grado más en la
sumisión. La perfectibilidad de la especie quedaba en entredicho ante los
resultados nefastos de la invasión tecnológica de la vida y la difusión masiva
de la enseñanza instrumentalizada; nada inclinaba a pensar que el ser humano
era mejor que antes, puesto que en lugar de poseer una conciencia moral más
desarrollada, permanecía moralmente degradado, sin dignidad ni memoria. Podía
experimentar la igualdad con sus congéneres deshumanizados pero solamente en el
aislamiento: sus relaciones más que líquidas se habían vuelto gaseosas. El
sentido de su actividad escapaba a su comprensión, produciéndose lo que Gunther
Anders llamaba "un desfase entre el hombre como ser que produce y el hombre que busca comprender su actividad productiva." Vivía en un mundo objetivamente depravado, lo cual le eximía
en cierto modo de sentirse corresponsable de la depravación; se había
acostumbrado tanto a la misma que había dejado de considerarla como tal y si no
con gusto con indiferencia participaba en ella. En este cuadro de desolación la
mentira se había vuelto mundo, por lo que no era necesario mentir ya que las
palabras expresaban siempre una cosa distinta a su significado original. Ya no
eran portadoras de significado, sino puros signos carentes de sentido propio
que forjaban estereotipos vacíos y repetitivos. Con un puñado de ellos
–bienestar, derechos sociales, ciudadanía, desarrollo, sostenibilidad– fue
rehabilitada la idea de progreso.
En la segunda mitad del siglo XX el llamado progreso culminó
su momento destructivo que había debutado con la demolición de la
individualidad y las masacres bélicas, destruyendo el medio físico sobre el que
descansaba la actividad social. La postración de la necesidad y el deseo ante
los imperativos capitalistas designaba al crecimiento económico –el consabido
progreso– como principio rector de la política de los Estados, y, por lo tanto,
como normativa general de la vida social. Las consecuencias tóxicas del
desarrollismo se dejaron sentir con claridad cuando la principal fuerza
productiva, la tecnociencia, al fundirse con la política y las finanzas, se
convirtió en la principal fuerza destructiva. A partir de entonces la
dominación tecnológica de la Naturaleza, comprendida la humana, se transformó
en exterminio planificado. La destrucción de tierras de labor, de costas, de
ríos y de montañas, la producción creciente de basura y el derroche energético,
la anomia social y las guerras, la explosión demográfica y las hambrunas, la
contaminación y el agotamiento de recursos, hacen del planeta un lugar cada vez
menos habitable, y del progreso, una carrera bárbara hacia la aniquilación.
Nunca se ha progresado tanto como hoy, dicen los dirigentes, y en efecto, nunca
la perspectiva del fin había estado tan cerca, ni la deshumanización tan
presente. Cada salto hacia delante es un acto de guerra contra el territorio y
sus habitantes, lo único que queda por saber es cuanto falta para el punto a
partir del cual la catástrofe sea irreversible, momento en que la sociedad
actual comenzará a desmoronarse. Los rebeldes al proyecto progresista de
devastación planificada, se ven abocados no sólo a recobrar los conocimientos
pretéritos todavía no olvidados, sino a defender lo que queda de aprovechable
del presente, con el objeto de garantizar de entrada unas posibilidades reales
de supervivencia, conservando las opciones de cambio hacia una sociedad
desindustrializada, desmotorizada y desurbanizada, en perfecta simbiosis con la
Naturaleza. Hay que romper definitivamente con la idea de progreso: los seres
humanos no somos ni el objeto central de la “creación”, ni la cúspide de la
evolución. Somos una forma de vida que ha de encontrar la armonía perdida con
las otras, integrándose totalmente en su medio. Ninguna formación cultural es
superior o menos “primitiva” que las demás. La sociedad civilizada no fue más
que fruto de un azar, que pudiera perfectamente no haberse dado, como
efectivamente no se dio fuera de Europa, dejando a la sociedad tradicional,
aquélla a la que los modernos llamaron bárbara, ofrecer mejores condiciones de
libertad que las que hoy padecemos. No obstante, no debemos renunciar al
conocimiento, al saber y al arte que nos han legado las generaciones
precedentes, en la medida que ese fruto de inmensos esfuerzos humanos es
también nuestra herencia, que podemos usar para entender el mundo y
embellecerlo. Somos parte de un todo que hay que preservar, pero usando la
Razón, no la de la los mercados, sino aquella que emana del conocimiento
despreocupado que nace dentro de una sociedad libre y equilibrada, y que
convierte la cuestión social en cuestión natural. De irracionalidad y
primitivismo ya tenemos las alforjas repletas. Todavía existe la historia, que
no es más que la historia de la opresión; la que vendrá después, cuando ésta
acabe, si acaba, será la historia de los pueblos sin historia, es decir, sin
diferencias de clase y sin Estado.
Para el Nº 3 de la revista
“Raíces” 16-10-2011