A la hora de ir a trabajar un leñador
descubrió que le faltaba el hacha.
Observó a su vecino. El vecino tenía
todo el aspecto de un ladrón de hachas. Estaba claro: la mirada, los gestos, la
manera de hablar.
Unos días después el leñador encontró
el hacha que había perdido. Y cuando volvió a observar a su vecino, comprobó
que no se parecía para nada a un ladrón de hachas, ni en la mirada ni en los
gestos ni en la manera de hablar.
