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| Ernesto Rodera |
La
política migratoria de la UE es síntoma de una tendencia y reto
para una izquierda sin soluciones
En
el lento tránsito de la Unión Europa hacia su fragmentada y
disgregada inoperancia, asistimos a la coalición del neoliberalismo
con la extrema derecha política. Es lo que bauticé como la
“lepenización de Goldman-Sachs”. La cumbre de finales de junio
adoptó una política de extrema derecha en materia de refugiados:
1– Refuerzo de las fronteras exteriores de la UE vía la ampliación
de las competencias y el presupuesto de Frontex, la agencia europea
competente, 2– incrementar la repatriación de emigrantes
irregulares estableciendo campos de concentración en África del
Norte y en el interior de la UE, instalaciones que llevarán nombres
de camuflaje como “centros de control” o “plataformas de
desembarco”.
Mientras
los jefes de estado europeos alcanzaban –de
madrugada e in extremis, como viene siendo habitual– estas
resoluciones, la semana se saldaba con por lo menos 220 personas
ahogadas en el Mediterráneo, según la estimación de la agencia de
refugiados de la ONU. Desde 2014, 16.000 han perdido la vida tratando
de alcanzar Europa, unas 35.000 desde el año 2000, según la misma
agencia.
Lo
peor está por venir
Aunque
el actual flujo migratorio hacia Europa no es significativo para un
conjunto de 500 millones de habitantes –y comparado con la
situación en Líbano o Turquía es francamente insignificante–
logra potenciar la “lepenización” política en muchos países a
causa del encogimiento del estado social y de la competencia entre
pobres autóctonos y pobres foráneos, hasta el extremo de alterar
los mapas políticos nacionales.
Lo
que comenzó siendo un fenómeno francés con el éxito del Frente
Nacional de Le Pen, afecta ahora a muchos países europeos. La
novedad es que esta “lepenización” se ha instalado en Alemania.
La canciller Merkel, que en 2015 se marcó el brevísimo farol de
acoger emigrantes por una mezcla de razones de imagen y de falta de
mano de obra, ha visto como en dos años se formaba en su Bundestag
el mayor grupo parlamentario de extrema derecha de Europa (92
diputados). La derecha alemana no ha tenido ningún problema en
asumir el programa lepeniano, que ha llegado al poder en Italia, en
Austria y otros países, bajo el impulso de la retrograda CSU, el
partido que gobierna Baviera prácticamente sin interrupción desde
antes de que el Partido Comunista Chino llegara al poder en 1949.
Las
predicciones y proyecciones del calentamiento global sugieren que el
actual problema migratorio dejará de ser anecdótico. Unido a los
efectos del belicismo en Oriente Medio, del comercio injusto por
doquier y del neocolonialismo bajo otras formas en África y otros
lugares, el cuadro es inequívoco.
El
vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos
categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato
superior que podría implicar al 20% de la población del planeta
podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para
generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80%
restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima.
Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa
con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era
muy diferente”.
Actuar
sobre el conjunto
¿Qué
vamos a oponer a eso?, ¿el Open Arms y el elogio infantil del mundo
feliz sin fronteras, versión humanitaria de la mundialización
neoliberal del capital? Mantenerse en esa posición ha sido,
precisamente lo que ha llevado a millones de ciudadanos europeos a
emigrar electoralmente a la extrema derecha, desde la izquierda y la
socialdemocracia. En Francia y en Alemania (véase la discusión en
el último congreso de Die Linke) se comienza a tomar conciencia de
algo banal: por supuesto que es inaceptable la política de campos de
concentración y el holocausto mediterráneo, pero el problema –no el
actual, sino el que nos garantizan las proyecciones futuras y que
conduce a esa especie de reedición del mundo hitleriano– es
irresoluble sin actuar sobre el conjunto.
Acabar
con el orden desorden neoliberal-belicista, dejar de participar en él
y romper con las alianzas que lo promocionan, sería el primer
artículo del decálogo para cumplir con el mundo.
El
antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el
crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres,
con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el
abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para
garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera
diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones
desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada
de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y
desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el
cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7%
del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de
armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de
los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco
potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.
Solo
desde un programa político reformista y humanista que apuntara en
esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los
grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su
compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar
su estabilidad interna, sin la cual se pierde toda posibilidad de
acción política.
Solo
los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus
puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente
política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de
derechos y valores mientras se organizan centros de detención de
emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un
modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo.
La
izquierda debería reflexionar sobre cómo abordar esto y dejar de
parapetarse en el “open arms” y el “mundo sin fronteras” que
nos vendieron los gringos junto con su globalización, un mundo en el
que los estados son sustituidos por ONG´s y la política por la
manipulable ideología de los derechos humanos.
De
la misma forma en que la solución a la desigualdad no es la caridad,
sino la nivelación social y una política fiscal acorde, el problema
de los emigrantes debe enfocarse en el marco de programas de cambio
general. Antes de que la lepenización de Goldman Sachs nos robe
todas las banderas.
