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19 julio, 2021

POBREZA Y REBELIÓN — Jorge Gómez Barata

 



MONCADA – 18/07/2021


Por sí sola la pobreza no produce rebeliones. Todo lo contrario, ella y sus inevitables complementos: ignorancia, hambre, misticismo e indefensión, generan resignación y mansedumbre.

Como algunos combustibles, para explosionar, la pobreza necesita un iniciador, papel que desempeñan los líderes y las vanguardias políticas, usualmente formadas por elementos ilustrados que promueven y encabezan la justa rebelión de los pobres que no es espontánea ni caótica, sino organizada, coherente y civilizada. Los pobres no se levantan por odio, sino en busca de justicia.

De todas las expresiones de la pobreza característica de las sociedades subdesarrolladas, la que impera en los campos y la que afecta a las poblaciones originarias son de las más crueles porque dañan la autoestima y, mediante la depauperación, hacen miserable la existencia. He visto en África niños que no lloran por el hambre, sino que gimen como animalitos y he conocido campesinos a los que la pobreza y la ignorancia coloca al borde de la idiotez.

Quienes han sido pobres saben que la pobreza que humilla, no hace rebeldes. Un pobre no odia, sino que agradece a quien le da trabajo, aunque como mi abuelo, tuviera que cortar 100 arrobas de caña para ganar 25 centavos.

Las protestas callejeras en Cuba (no me refiero a otras modalidades) que involucran sobre todo a jóvenes que las imágenes muestran insolentes e incorregibles, no tienen nada en común con la pobreza estructural del campesino y el indio, y ni siquiera con los favelados que pueblan las áreas marginales de las grandes urbes latinoamericanas.

Las carencias de la juventud cubana que en raros casos llega a ser extremas, no están ligadas a la desdicha social. Si pudiera levantarse un censo de los descontentos, se corroboraría que ninguno pasa hambre, todos nacieron en instituciones, han vencido como mínimo seis grados escolares, están vacunados contra diez enfermedades, en un gran porciento disponen de televisión, muchos de dispositivos móviles, fuman y beben y no se consideran a sí mismos miserables, sino más bien como desposeídos.

Ellos suelen evaluar su condición no por lo que tienen, sino por aquello de lo cual carecen, principalmente de oportunidades, asumen como pobreza los déficits de consumo que los separan de sus congéneres en otras partes del mundo o de los sectores mejor dotados en la sociedad cubana. Uno comentó: “La única posibilidad que tengo de tener un carro o un apartamento es que mis padres se mueran. ¿Espero por eso?

No se vieron en los disturbios de la pasada semana en Cuba reclamos de trabajo, escuelas o pan, tampoco pancartas que clamaran por libertad o derechos humanos, aunque tampoco críticas al bloqueo de los Estados Unidos, un dato que conocen y prefieren ignorar. Esta vez, a diferencia de otros momentos en las revueltas citadinas, no había ideas sino solo ira y odio.

"¿De dónde sale ese odio que no caracteriza a los cubanos?" Se preguntó el presidente Díaz-Canel.

Los disturbios en San Antonio de los Baños, Palma Soriano, Cárdenas, Centro Habana y otros barrios habaneros, según denuncias del gobierno cubano, han sido estimulados mediante la sostenida labor de redes sociales operadas desde Estados Unidos por expertos en técnicas de manipulación, encontró terreno fértil en un sector joven descontento y desfavorecido en los cuales la labor ideológica de los operadores cubanos tiene poco o ningún impacto. Por una rara paradoja, el sistema que intentó apartarlos de la fe, los hizo increíblemente materialistas, las ideas no son su fuerte.

Los pueblos originarios que, a lo largo de 250 años, escenificaron miríadas de rebeliones locales y protagonizaron la heroica defensa de Tenochtitlán en 1521 y la rebelión de Túpac Amaru en 1780, no lo hicieron porque eran pobres, sino porque eran oprimidos y humillados.

El presidente Diaz-Canel hace muy bien al no permitir que se simplifiquen las causas de los nefastos incidentes ocurridos en la Isla en los cuales intervinieron factores diversos. Ahora como hubiera aconsejado Fidel se necesita que: "Al valor no le falte inteligencia, ni a la inteligencia valor". Escapar hacia adelante es la mejor opción.

Avanzar, avanzar y avanzar. Allá nos vemos.


La Habana, 17 de julio de 2021




04 abril, 2017

La única forma de detener la máquina es destruirla.

 
Las Naciones ya no lo son, aunque aún no se hayan percatado de ello sus respectivos gobiernos. Sus banderas y emblemas nacionales lucen raídos y descoloridos. Destruidos por la globalización de arriba, enfermos por el parásito del Capital y con la corrupción como única señal de identidad, con torpe premura los gobiernos nacionales pretenden resguardarse a sí mismos e intentar la reconstrucción imposible de lo que alguna vez fueron.
En el compartimento estanco de sus murallas y aduanas, el sistema droga a la medianía social con el opio de un nacionalismo reaccionario y nostálgico, con la xenofobia, el racismo, el sexismo y la homofobia como plan de salvación.
Las fronteras se multiplican dentro de cada territorio, no sólo las que pintan los mapas. También y, sobre todo, las que levantan la corrupción y el crimen hecho gobierno.
Las fronteras siguen siendo lo que siempre han sido: cárceles.
La destrucción y la muerte son el combustible de la gran máquina del Capital.
Y fueron, son y serán inútiles los esfuerzos por “racionalizar” su funcionamiento, por “humanizarlo”. Lo irracional y lo inhumano son sus piezas claves. No hay arreglo posible. No lo hubo antes. Y ahora ya tampoco se puede atenuar su paso criminal.
La única forma de detener la máquina es destruirla.
Quienes todavía pretenden “arreglar” o “salvar” al sistema, en realidad nos proponen el suicidio masivo, global, como sacrificio póstumo al Poder.
No hay “crisis” alguna de la que haría falta salir, hay una guerra que nos hace falta ganar.


18 octubre, 2016

Algún día habrá que despertar y decirlo ¿no?: pues que sea ahora. ¡Abajo la mentira!


A ver si se puede oír esto:
Por la razón y el sentido común podemos decirle a este régimen que padecemos, a todos esos planes de economía futurista que nos invaden desde lo alto, desde donde Estado y Capital (que son lo mismo en todas partes) mandan y nos mandan encima que estemos informados y preocupados, como si nos fuera la vida en lo mismo que les va a Ellos: en el futuro de su dinero, de su euro o de su dólar o de su yen o como se llame, en el futuro de las ventas demenciales de sus averiados productos, de esos que están llenando de basura los sitios donde se podría –quién sabe– vivir.
Podemos porque se puede decirle que no, simplemente que no, sin necesidad de proponer nada a cambio (ya la gente sabe por lo bajo cómo apañarse sin Ellos o puede irlo sabiendo a medida que tenga que hacerlo): sólo hay que perder un poco el miedo personal y dejarse decirlo, porque ya está bien de que nos traten como a idiotas acojonados, que tiemblan por su futuro, que no piensan más que en la seguridad (¡ja!) que puede darles una cuenta corriente, en tener para pagar y seguir comprando chismes inútiles a costa de venderse y matarse por un puesto de trabajo de los que Ellos promocionaron y crean y nos obligan a tener o no tener, como a idiotas que están llenos de eso que tanto nos animan a tener: sueños e ilusiones personales (¡ejem!), y que por tanto, no se enteran de nada de lo que están haciendo. Todos los días por todos los medios, tratan de demostrarnos que eso es lo que somos: unos auténticos individuos (Ellos dicen “personas”, que es una cosa muy santa), y que no hay más en la gente que eso.
La penuria de cada día, la miseria que vemos dentro y fuera, hay que verla -nos dicen- como si fueran el bienestar y la riqueza mismos por el miedo a perderlas, a quedarse sin ello. No hay más que ver esos lamentos que se promocionan por ahí, que hacen a tantos salir indignamente a reclamar más empleo, más educación, más sanidad pública a las calles, olvidados de que tal vez no hace mucho, antes de que les informaran sobre recortes y demás amenazas futuras, ellos mismos podían haber estado echando pestes de todo eso que llaman empleo, educación o sanidad, lo mismo públicos que privados. Es lo que está mandado pensar: que hay que dar gracias al señor y seguir así, progresando en lo mismo, porque, si no, podríamos volver a las cavernas. Pero qué pasa si en vez de engañarnos sin lo que ellos nos venden, que bien mirado, no puede ser nada de verdad bueno ni deseable para nadie. Todo el mundo sabe que son sustitutos. Sirven para llenar unas vidas contabilizadas previamente, que consisten en un tiempo vacío en que temer o esperar un futuro y otro futuro, que eso no merece llamarse ni vida, que es una existencia abstracta y sosa a más no poder. El dinero acaba con las cosas.
Para perder ese miedo, no hace falta más que dejarse pensar y decirlo, el alivio y el ahorro que sería para todo el mundo no tener que seguir contribuyendo a sostener tanta insensatez, que no haya papeles que hacer a todas horas, que no haya que ir a ningún sitio por obligación, ni trabajo ni vacaciones ni semana laboral que engorden los bancos, que no haya oficinas ni bancos ni ministerios ni más ventas de pisitos, automóviles y demás inutilidades. ¡Eso sí que sería economía de la buena, sin estados ni fronteras, la de la gente viviendo en la tierra, libre de todos esos estorbos de Estado, Trabajo, Dinero, Familia, libres del Hombre y su Historia! ¿No sentís cómo tiemblan los padres de la patria eterna, los ejecutivos creyentes en el Futuro? Quien diga que no se puede será que tiene algún interés en mentir, porque poderse, claro que se puede, que nada de verdad lo impide.
Sólo que a la gente le han dicho que algún gobierno de lo alto, algún orden tiene que haber, hecho de leyes y policías, porque si no, el caos, la ley de la selva y el comerse los unos a los otros. Pero no puede ser tan tonta la gente para creerse eso ni dejar que nadie se lo crea ¿no?, porque eso nunca se ha visto más que en fantasías o películas: el único caos y la única jungla que conocemos son éstos que han producido la administración de los estados al servicio del Dinero con toda violencia impuesta, los tenemos delante cada día sus horrores, sólo con fijarnos en el tráfico mismo. El miedo a los fantasmas de lo que podría pasar si no nos defendieran las leyes y sus fuerzas armadas de esos fantasmas que ellos mismos fabrican para asustarnos, sólo ese miedo vano, esa fe en que estamos seguros contra los fantasmas de las guerras y hambrunas que salen por televisión, parece ser más que nada lo que permite que la pesadilla real continúe.
Pero no puede hacerse creer por siempre a la gente que el terror en que “vivimos” es normal. Como decíamos al principio, aparte del miedo personal que nos han metido, vive entre la gente la razón y el sentido común que pueden decirle que no a toda esa organización del Dinero sin miedo ninguno, porque es horrible y mentirosa, y caiga quien caiga. Algún día habrá que despertar y decirlo ¿no?: pues que sea ahora. ¡Abajo la mentira!
¿O es que no se piensa que a lo mejor las mujeres y sus hombres, libres del dinero, podrían vivir y dejar vivir? Porque lo que es con Él…
Otro día seguiremos razonando, que ya se sabe que no se derriba el régimen de un soplo, pero mientras tanto cabe acá abajo corroer la fe en las mentiras que lo sostienen y dejarlo que se hunda.
¡Salud y a ello!


Texto © Agustín García Calvo
Recuperado de Grupo de Estudios José Domingo Gómez Rojas
Publicado anteriormente en: Antología “Foto-grafías de Agustín García Calvo”, publicada en el segundo número de Revista Erosión,  2013, y en la edición n°20 de BICEL, boletín interno de la Fundación Anselmo Lorenzo, 2012

01 agosto, 2015