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11 diciembre, 2012

La máquina urbanizadora




Ramón Germinal

Texto elaborado para las jornadas Tecnología y Progreso: Una mirada crítica celebradas en Granada. El texto es de Ramón Germinal, pseudónimo de Pepe García Rey. Este y otros de sus textos pueden encontrarse en el libro Vivir en el alambre y otros escritos.

Un mundo por demoler

En aquel vuelo nocturno, al asomarme por la ventanilla del avión, tuve una visión asombrosa: entre la oscuridad divisé una bella línea iluminaria que señalaba la franja litoral sobre la que volábamos. Luces y hormigón destacan, sea de noche o de día, en el continuo urbano del litoral mediterráneo. A diferente escala las fotografías hechas por los satélites, que desde el espacio exterior observan la Tierra, muestran sobre el planeta una gigantesca feria iluminada que resalta sobre la negrura de la noche. La urbanización del mundo es ya hoy una amenaza más que visible para el medio natural y los seres vivos que lo habitan, incluido los seres humanos. Las estadísticas históricas nos dicen que allá por el año 1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en ciudades, mientras que en el año 2000, en sólo dos siglos, las áreas urbanas albergan ya a 3000 millones de personas, la mitad de los habitantes del planeta. Amenaza convertida en dolor y muerte al manifestarse con macabra diversidad, a las que genérica y eufemísticamente se les denomina catástrofes. Nada parece detener el crecimiento urbano; es como si esta segunda piel con la que se trata de cubrir una buena parte de la superficie terráquea fuese tan natural como las margaritas o los bosques.

En el año 1880 la ciudad de New York ingresó en el exclusivo club de ciudades millonarias en habitantes, al que ya pertenecían Londres, París y Berlín. Hoy las ciudades con más de un millón de habitantes se cuentan por centenares; veinte regiones metropolitanas tienen más de diez millones y cuatro –México, Sao Paulo, Tokio y Shangai– están habitadas, cada una de ellas, por más de veinte millones de personas. La maquinaria urbanizadora se alimenta de ingentes cantidades de energía, agua y materias primas; necesita de grandes infraestructuras para facilitar la movilidad motorizada de gente y mercancías; precisa de infinidad de instalaciones depuradoras para minimizar las nocividades de vertidos, residuos y efluentes contaminantes. El clima se calienta y la biosfera tiene un límite en su capacidad de absorber tanta mierda; las nocividades provocan enfermedades mortales a millones de personas; en la guerra del automóvil mueren anualmente más personas que en cualquier guerra; una grave dolencia afecta a los humanos que viven en ciudades muy superiores al tamaño de su caminar: soledad tiene por nombre esta afección que nos hace sentir impotentes, insignificantes y solos ante la urbe inabarcable. Ante tan negro porvenir, algunas miradas se vuelven hacia atrás en busca de un futuro primitivo ¿volver al campo, a los árboles y al nomadismo?, mientras que otras intentan reformar el dominio urbanizador con... más urbanismo.

No hay bosques suficientes para 6000 millones de cazadores‑recolectores, ni ganas en la gente para volver a tener como sustento principal raíces y bayas. La utopía de los primitivistas modernos idealiza la vida salvaje; recrean, en la otra cara del espejo, la figura contraria del individuo urbanita, solitario y sin vínculos sociales, producto del nuevo capitalismo. Volver al campo frente a la metrópolis que nos devora es otras de las opciones que se presentan. Existe un movimiento neo-rural en las regiones metropolitanas que aspira a vivir en comunidad y armonía con la naturaleza. Deseos que son los míos, pero no olvido que las sustancias químicas más peligrosas circulan por el aire hasta en el último rincón del planeta. En la leche materna de los esquimales se han encontrado trazas de PCB (1) (Policloruro de bifenilo) similares a las de las madres holandesas. Y algo todavía peor: las formas de vida urbana han colonizado el mundo rural; pocas diferencias existen en la alimentación, el transporte, las diversiones y los deseos. La maquina urbanizadora, más allá de poner orden y cemento en el territorio, adecua mentalidades y comportamientos. El mapa está clausurado, no existe un afuera, todo queda dentro de un mundo urbanizado. Se puede habitar en el campo o en la ciudad, pero sólo se puede vivir luchando por la destrucción de este mundo urbanizado.

Vanos son los intentos reformadores de poner freno al avance del proceso urbanizador en ciudades y regiones mediante la planificación y la norma. La ley y el plan siempre estuvieron al servicio del crecimiento urbano, como cualquier aparato del Estado con respecto al capital. En un mundo globalizado, la política territorial de las regiones y las dinámicas urbanas de las ciudades las dicta el capital desde las oficinas financieras y las sedes de las empresas transnacionales. Los gobiernos e instituciones regionales o locales, se limitan a facilitar la labor de la máquina urbanizadora aportando infraestructuras y servicios. Conscientes de todo ello, los regidores municipales venden la marca de su ciudad en el mercado mundial, ofrecen sus ventajas a los inversores con la elaboración de planes estratégicos a cargo de prestigiosos equipos de urbanistas. La ciudad sostenible y emprendedora, diversa y multicultural, amante de la movilización social y de la paz, son las cualidades de la marca urbana que triunfa hoy; palabras, palabras y palabras reformadoras de otros mundos posibles, porque en el único mundo existente, la máquina urbanizadora arrasa.

Así, piqueta en mano, la gente que aspira a cambiar la vida tiene ante sí a un mundo por demoler y la apasionada labor de utilizar materiales de derribo para construir un oikos donde habitar en el cosmos. Dicha tarea requiere conocer a fondo el funcionamiento de la máquina urbanizadora y el devenir histórico de la ciudad.

La ciudad y el tiempo histórico

En valles y encrucijadas, a orilla de ríos, lagos y mares, cerca del agua de boca se formaron las primeras aldeas en los últimos tiempos del paleolítico. El cazador-recolector y el pastor -patriarca dejaron el nomadismo para fundar los primeros asentamientos humanos estables gracias a la agricultura, entrando en lo que la historia denomina neolítico. Conforme los asentamientos crecían, llegado el momento, una parte de la población se marchaba del lugar para construir otra aldea. Todo ello cambió con el desarrollo de la revolución agrícola y la acumulación de alimentos, dando lugar a la aparición de las primeras ciudades en las que el afán de crecimiento no tenía más límites que los impuestos por la naturaleza y el desarrollo de la técnica. Crecimiento y ansias de poder fueron de la mano en la ciudad antigua. El Templo, el Silo y el Palacio Real estaban a resguardo de la población en el interior de la fortificada ciudadela.

Las ciudades de la antigua Mesopotamia y del valle del Nilo dejaron para la historia un legado de pirámides, templos y palacios, en los que se reflejan la inspiración celestial de las mentes que ingeniaron estas grandes construcciones. Imhotep, que dirigió la construcción de la primera pirámide de piedra de Sakkara era astrónomo y arquitecto, además de ministro de Estado. Los conocimientos de astronomía, fruto de la observación de la bóveda celeste, aportaron capacidad de cálculo matemático; el trabajo de miles de esclavos dotó de la fuerza energética necesaria a la gigantesca maquinaria humana que alzó la Gran Pirámide de Gizeh, en la que sólo la loza que cubre la cámara interior pesa más de cincuenta toneladas. Los primeros vestigios de la máquina urbanizadora se encuentran en la ciudad antigua, en la función constructora de la megamáquina y su relación con un orden estricto que todo lo abarcaba. Lewis Mumford, al que le debemos el concepto de megamáquina para definir el modelo de organización social en la Babilonia o el Egipto de la Antigüedad, lo expone como suma claridad:

“Tanto en los ceremoniales del Templo como en el comienzo de aquellas gigantescas obras colectivas, el rey daba la primera orden, exigía conformidad absoluta y castigaba hasta la más trivial desobediencia. Sólo el rey tenía la facultad divina de convertir a los hombres en objetos mecánicos y de reunir estos objetos en una máquina. Las órdenes, que eran transmitidas desde los Cielos a través del rey, pasaban a cada una de las partes de la máquina y creaban a su vez otras unidades mecánicas subsidiarias en otras instituciones y actividades; tales órdenes comenzaron a mostrar la misma regularidad que caracteriza a los movimientos de los cuerpos celestes”.

Siguiendo a Mumford, podemos definir a la máquina urbanizadora como una de las “unidades subsidiarias” de la megamáquina. Además de construir la ciudad celestial y reflejar un orden divino en sus construcciones, la máquina urbanizadora se encargó de acelerar los sistemas de transportes mediante la construcción de canales, acueductos y calzadas. Los romanos pasarán a la historia por sus grandes obras públicas mediante las cuales, el agua, los cereales, el aceite y los vinos eran trasladados de los campos a las ciudades del Imperio, rompiendo así los principios de proximidad y autosuficiencia de las antiguas aldeas neolíticas. En un viaje inverso, pero muy relacionado con lo anterior, las centurias romanas viajaban utilizando las sólidas obras públicas para imponer el orden en las regiones periféricas. Hasta que cayó el Imperio y la hierba creció en las calzadas, y de la gran ciudad, de la Roma imperial huyeron hasta las ratas. El tiempo histórico volvió a vivir una larga noche oscura a la que llamaron Edad Media, donde la proximidad y la autosuficiencia aldeana se impuso a la máquina urbanizadora.

Con los primeros balbuceos del capitalismo mercantil, las ciudades comerciales florecen en Europa. Las ciudades Hanseáticas del norte europeo, las ciudades-Estados italianas y las que comerciaban con África y América son las protagonistas de la primera globalización mercantil en la historia. El intercambio de mercancías y esclavos se prodiga en todo el área mediterránea, en Asía, África, América y Europa, siendo las ciudades portuarias las que incrementan su población y el espacio físico que ocupan; en el siglo XVII pocas ciudades europeas superaban los 100.000 habitantes (Londres, París, Milán, Nápoles, Palermo, Roma, Sevilla, Amberes y Ámsterdam) y su perímetro no rebasada las murallas defensivas de siglos anteriores. El intercambio mercantil mundial no supuso el abandono del concepto de proximidad en cuanto a los abastecimientos básicos de pueblos y ciudades; los sistemas de transportes seguían siendo la vela en los mares aprovechando la fuerza de los vientos y los carros y carretas de tracción animal en tierra firme. La máquina urbanizadora se encargó de construir ciudades coloniales a orillas del Atlántico en América para exportar sus mercancías a las ciudades europeas, pero aún faltaría un par de siglos para que la máquina maldita saliera de su letargo y mostrara toda su voracidad incrementando el tamaño de los núcleos urbanos hasta lo insospechable sirviéndose de una movilidad de vértigo.

La ciudad industrial y el urbanismo

La población censada en la ciudad de Londres, allá por el año 1800, no superaba el millón de habitantes y en el último censo del siglo XIX, es decir, en 1890, ya contaba con 4,5 millones de vecinos. Dicho incremento de población tiene como explicación la emigración del campo a la ciudad provocada por la revolución industrial y la innovaciones tecnológicas aplicadas a la movilidad con la incorporación del ferrocarril, tranvías y metros eléctricos en los transportes públicos. El primer Metro del mundo se inaugura en 1863, cuando Londres tenía 2,9 millones. La ciudad industrial supone un salto cualitativo en la historia de las ciudades. Por primera vez rompe con la idea de proximidad y cuenta con la maquinaria necesaria para imponer la movilidad motorizadas, construyendo nuevas y grandes infraestructuras para alimentar a las ciudades en un continuo crecimiento.
La urbe cambia para dejar espacio, primero a los raíles y después a calles más anchas por donde circularán los automóviles. La piqueta abre enorme costurones en el tejido urbano y este se hace esclavo de la movilidad motorizada, destruyendo la ciudad construida a lo largo de los siglos que había asimilado, como capas superpuestas, el legado aportado por la historia. La ciudad industrial destruye, aísla y divide los cascos antiguos para dejar paso a las nuevas construcciones de anchas avenidas y tipologías urbanas geométricas. La construcción del Ensanche barcelonés y su arquitecto-urbanista Ildefonso Cerdá será el ejemplo a seguir, como la construcción en vertical de Le Corbusier.

El crecimiento ilimitado de las ciudades conlleva la creación de grandes infraestructuras en el conjunto del territorio para abastecer a los gigantes urbanos. La movilidad y la velocidad que alcanzan los desplazamientos van en consonancia con la acelerada autovalorización del capital mediante la circulación de mercancías. La proximidad, el autoabastecimiento y los mercados locales, se quedan obsoletos para los grandes beneficios que rinden la distribución de productos en mercados más grandes, fabricados con materias primas a bajo costo que son extraídas en lugares lejanos. Unas décadas más tarde la producción en serie, masificada, multiplicará la importancia de los sistemas de transportes, ya sean redes eléctricas, gaseoductos, canalizaciones de aguas, ferrocarriles, carreteras, puertos o aeropuertos. La producción industrial y la concentración urbana genera ingentes cantidades de agentes nocivos para la salud: vertidos urbanos e industriales, contaminación atmosférica y residuos sólidos. Al perímetro del territorio que nutre de materias primas, agua y energía a la ciudad, que sirve de soporte físico a las infraestructuras de transportes, y es el sumidero de las actividades urbanas, los expertos ambientales lo conocen como huella ecológica. La ciudad industrial deja una huella nefasta en todo el territorio que repercute, y nunca mejor dicho, como la pisada de un elefante en una cacharrería. Nada que ver con las ciudades anteriores a la revolución industrial, donde el ejercicio de la proximidad les permitía acercarse al símil del paso frágil de una bailarina. La máquina urbanizadora al servicio de la globalización capitalista ha conseguido que el tamaño de la huella ecológica de las metrópolis, megalópolis y regiones metropolitanas sea la biosfera en su conjunto.

El hacinamiento y la vecindad de la industria con los núcleos urbanos produjeron graves problemas sanitarios y revueltas sociales en las ciudades industriales durante la segunda mitad del siglo XIX. Así nació el urbanismo, como una disciplina para impedir las alteraciones del orden y la proliferación de barricadas. En la revolución de 1848, precursora de la Comuna de París (1871) se alzaron más de 4000 barricadas en la “ciudad de la luz”. Las degradantes condiciones de vida de los trabajadores y su concentración espacial en la ciudad industrial propició un clima insurreccional y revolucionario. Fourier busca ansiosamente para su utopía un ejemplo de trabajo no asalariado, hecho con pasión, y no encuentra otro mejor que el levantamiento de barricadas. El novelista Victor Hugo en Los Miserables las retrata de manera impresionante:
“Unos ojos que desde arriba se hubiesen fijado en tales sombras hacinadas hubiesen quizás tropezado en sitios dispersos con una apariencia poco clara, en la que se reconocían contornos quebrados, de línea arbitraria, perfiles de curiosas construcciones. En estas ruinas se movía algo que se asemejaba a unas luminarias. Y allí era donde estaban las barricadas”.
Baudelaire en Las flores del mal evoca las barricadas de París; recuerda “sus adoquinados mágicos que como fortines se encrespan hacia lo alto”. Las barricadas fueron las murallas defensivas de los espacios liberados por el pueblo parisino en una ciudad que pronto iba a tomar medidas para que no fuera posible.

En 1864 el Baron Haussmann, responsable gubernamental de la expansión urbana de París, “expresa en un discurso ante la Cámara su odio contra la desarraigada población de la gran ciudad”. Walter Benjamín en uno de sus acertados textos titulado Haussmann o las barricadas describe la política urbanística de aquellos años:

“La subida de los precios del alquiler empuja al proletariado a los arrabales. Los barrios de París pierden su propia fisonomía. Surge el cinturón rojo. Haussmann se dio así mismo el nombre de “artista démolisseur” (...) La verdadera finalidad de los trabajos haussmannianos era asegurar la ciudad contra la guerra civil. Quería imposibilitar el levantamiento de barricadas en París”.

Haussmann quería impedir las barricadas de dos maneras. En primer lugar, la mayor anchura de las calles harían muy difícil su alzamiento; y segundo, las calle nuevas establecerían el camino más corto entre los cuarteles y los barrios obreros. Los contemporáneos bautizan la empresa: “L'ebellesemen stratégique”. Sin embargo, las barricadas desempeñaron un importante papel en febrero de 1871, durante la Comuna. Hoy a pesar de los impedimentos urbanísticos se siguen levantando barricadas en las luchas sociales que tienen lugar en muchas ciudades del mundo. Curiosamente, el material con el que se alzan e incendian las barricadas actuales, lo aportan los neumáticos de una de las máquinas más nocivas que ha conocido la humanidad: el automóvil. Según la Organización Mundial de la Salud, 1 millón de muertes y 50 millones de heridos al año provocan el uso del coche en el mundo.

Urbanismo y urbanidad son dos palabras de una misma parentela. La primera trata de una disciplina para mantener el orden en el tejido urbano, y no sólo el orden público, también el crecimiento ordenado de la ciudad acudiendo a la especialización espacial, planificando futuras zonas industriales, comerciales, residenciales, rurales o equipamientos públicos. La urbanidad se refiere a “los buenos modales y el comedimiento” con que se expresan y actúan los habitantes de la ciudad; cualidades civilizadas que otorga la urbe a sus vecinos frente a comportamientos “salvajes” propios del mundo rural donde abunda “el pelo de la dehesa”. La urbanidad es el resultado de la producción de orden por parte del urbanismo; no la urbanidad de los buenos modales y mejor educación del urbanita, perfectamente mostrada al volante de un coche frente a un semáforo en rojo a la hora de un atasco descomunal, sino la urbanidad como expresión de sumisión al orden, a las reglas de convivencia que regulan la forma en la que quieren que vivamos en la ciudad. La regulación del tráfico es el mejor ejemplo de ello. Impuesta la especialización espacial, la movilidad motorizada se incrementa exponencialmente en la ciudad. El automóvil y los transportes públicos motorizados se hacen imprescindibles para ir al trabajo, al centro comercial, al cine y a la macro-discoteca. Esclavos de la tecnología el urbanita se sube a un vehículo motorizado para desplazarse, desplazamiento que está regulado por señales semafóricas automatizadas; mientras, a lo largo del trayecto paneles electrónicos le señalarán los lugares adecuados para aparcar.

El automóvil tuvo una gran repercusión espacial desde sus primeras producciones, pero es partir de su fabricación en serie cuando la máquina urbanizadora se despliega con toda intensidad, tanto en el interior de las ciudades para enterrar los adoquines bajo el asfalto y construir avenidas de varios carriles, como en el conjunto del territorio donde los caminos se convertirán en carreteras y las carreteras en autopistas con la intención de unir los puntos fuertes, aquellos donde la producción y el consumo abunden a mayor beneficio del capital. Ramón Fernández Durán nos cuenta en La explosión del desorden la repercusión espacial y social del fordismo:

“El automóvil se inventa a finales del siglo XIX, pero no es hasta 1910 cuando se inicia su producción en cadena por Henry Ford, hecho que transformaría de un modo sustancial no sólo el tamaño y la fisonomía de las ciudades, sino también las formas de producir y los modos de vida de las sociedades industrializadas a lo largo del siglo XX. Este hecho marcaría tanto la sociedad contemporánea de los países de Centro que se ha llegado a definir ésta como modelo fordista de producción, siendo el automóvil su corazón tecnológico”.

El crecimiento urbano en la sociedad industrial impone la construcción de redes de saneamiento y drenaje en las ciudades, así como redes de abastecimientos de agua y grandes embalses para almacenar este recurso en las montañas, pues el agua cercana a las urbes han sido desvalorizadas por las actividades industriales, los vertidos urbanos, y décadas más tarde por una agricultura que usa y abusa de sustancias químicas. El agua ya no es accesible y gratis, con lo que la gente pierde autonomía y libertad para abastecerse y depende absolutamente de un aparataje tecnológico (máquinas de bombeo, potabilizadoras, depuradoras, etc.) para satisfacer una necesidad biológica, básica en la vida. De la electricidad generada en pequeñas hidroeléctricas y distribuida por redes locales o comarcales, la maquina urbanizadora, atendiendo a las necesidades industriales y urbanas, construye redes de alta tensión que conectan, primero a todo un país y más tarde a continentes transportando la electricidad de la centrales térmicas, hidroeléctricas, nucleares o de los parques eólicos. La interconectividad será la palabra “mágica” que alumbre la noche del planeta. En la ciudad industrial el urbanita es un mamífero más atropellado por la máquina urbanizadora.

Globalización y territorio urbano

La repercusión espacial del fordismo tiene su apogeo en las décadas del “desarrollo” (años cincuenta, sesenta y setenta) del siglo XX. El crecimiento urbano y las infraestructuras de transportes se consolidan en los países industrializados, mientras disminuye la población agraria. Las ciudades europeas y sus infraestructuras dañadas por la segunda guerra mundial se reconstruyen, y pocos años después cinco países fundan el Mercado Común, el antecedente de lo que hoy conocemos como Unión Europea (UE) a la que ya pertenecen veinticinco Estados, la mayoría con una misma moneda, el €uro, y un sólo mercado sin barreras comerciales. Conforme se expanden los mercados, la necesidad de conectarlos el lobby empresarial presiona a la UE y ésta acepta sus requerimientos aprobando planes para construir las redes transeuropeas de transportes. Las primeras infraestructuras tratan de salvar “accidentes” geográficos (Pirineos, Los Alpes, Canal de la Mancha, el mar Báltico, etc.) que impiden aumentar el tráfico y la velocidad para las mercancías en tránsito hasta su destino. Grandes túneles y largos puentes serán la respuesta tecnológica a la caprichosa naturaleza. A continuación proyectarán Trenes de Alta Velocidad para el transporte de la fauna ejecutiva entre las grandes ciudades europeas; la ampliación de puertos con los que atender la avalancha circulatoria de mercancías entre continentes, y de aeropuertos para satisfacer las necesidades de transporte rápido de la primera industria del mundo, el turismo. Siguiendo la orientación de la política de transporte del siglo XX, favorecedora de la carretera, la mayor inversión se destina a autopistas y autovías. La máquina urbanizadora construye el armazón que da sostén a la globalización capitalista.

Las grandes ciudades se extienden sobre el territorio en forma de “mancha de aceite”, uniéndose físicamente con sus respectivas áreas metropolitanas. Ello se debe al aumento de la zonificación espacial mediante colonias de chalet y urbanizaciones de casas adosadas donde aspiran a vivir las clases medias. Es el sueño de la ciudad jardín de los urbanistas libertarios anglosajones de finales del siglo XIX, prostituido por los negociantes del ladrillo del siglo XXI. Este modelo requiere de una tupida red, de carreteras, de abastecimiento y saneamiento de aguas, de electricidad y telefonía, etc.

Del área pasamos a la región metropolitana definida esta como un territorio muy urbanizado -que incluye a varias ciudades-, sobre el que ejerce su influencia una misma actividad económica, con uno o varios nodos que le dan acceso a la red de la economía global. Por ejemplo, Barcelona es el nodo logístico de una región metropolitana que abarcar desde Valencia a Marsella; Málaga es el nodo de una región metropolitana dedicada fundamentalmente al turismo desde Algeciras a Almería, pasando por Antequera y Granada Una región metropolitana es una malla territorial muy urbanizada, enlazada por múltiples infraestructuras y equipamientos: autopistas y autovías en la franja litoral y entre ciudades; interconectada por redes eléctricas, gasistas y de agua; campos del golf, parques temáticos –incluidos los llamados legalmente naturales– y un gran aeropuerto internacional son algunas de las infraestructuras y equipamientos, que le dan entidad a la región metropolitana turística en la que resido. La máquina urbanizadora compacta y conecta a las regiones metropolitanas del planeta; en ellas viven la mitad de la población mundial con tendencia ser mayoría. El resto son espacios vacíos y desconectados.

Desde la ciudad industrial a la región metropolitana la máquina urbanizadora se ha servido de un marco legal adecuado para sus fines. El urbanismo fue regulado por los planes generales de ordenación urbana de competencia municipal, pero siempre supeditados a los intereses especulativos de los constructores y a las obras de grandes infraestructuras sometidas al Interés general, financiadas en gran parte por el Estado, y dirigidas por los Ministerios de Obras Públicas o Fomento. Debido al crecimiento de las concentraciones urbanas la legislación da un paso más, los planes de ordenación del territorio con un techo de competencia limitado a las regiones o comunidades autónomas, quedando a salvo de dicha planificación las grandes infraestructuras de competencia estatal, cofinanciadas y a veces proyectadas por la UE. Quienes de verdad dictan las políticas territoriales son las grandes compañías transnacionales para extender sus negocios, las empresas que forman parte de la propia máquina urbanizadora y los centros de poder encargados de fabricar orden con el dominio urbano. Trabajan a su servicio, sociólogos, geógrafos, ingenieros, arquitectos, psicólogos, antropólogo, biólogos, toda una legión de expertos que contribuyen a la disciplina urbanística.

Urbanismo carcelario

Las grandes urbes son muy vulnerables, tanto por la dependencia tecnológica para suministrarse y gestionar sus nocividades, como por los comportamientos desordenados de los urbanitas: ataques a la propiedad, conductas fuera de la norma, crímenes, motines, revueltas, etc. No hay cárceles suficientes para asegurar el orden que la máquina urbanizadora trata de garantizar, pero se puede transformar la ciudad en una cárcel mediante el urbanismo carcelario. En nombre de la seguridad se quieren ocultar la vulnerabilidad a la que nos somete la interconectividad. Cualquier fallo, sabotaje o acto de terrorismo en elementos esenciales de la interconexión supone un fallo en cadena. Hay un apagón eléctrico en una gran ciudad y deja de funcionar el transporte público, los ascensores, los electrodomésticos, las potabilizadoras y depuradoras de agua, etc. Cualquier sistema de transporte se convierte en arma de destrucción masiva: los aviones en el 11-S y los trenes en el 11-M.

La sociedad tecnológica es la más vulnerable de las conocidas, aunque el consumo y la parafernalia de la seguridad en una pequeña parte del planeta den la sensación de lo contrario. La dependencia del dinero hace vulnerable a gran parte de la sociedad pues ni el techo ni la alimentación están asegurados; un futuro robado por la degradación del medio ambiente nos hace más vulnerables a las catástrofes, los accidentes y a las enfermedades; la ciudades en las que viven más de la mitad de la población mundial tienen millones de instalaciones proclives a objetivos terroristas, por lo que a pesar de la progresiva militarización de estos enclaves, las grandes ciudades son muy vulnerables.

Vulnerables se sienten las personas con propiedades ante la existencia precaria de miles de personas que dándole la vuelta a la frase de Prouhdon, roban a la propiedad. Más vulnerables nos sentimos cuando podemos perder la vida en un callejón o en una escuela a manos de gente calificadas como “desviadas”. La respuesta primaria del poder es la militarización del territorio, la creación de todo tipo de policías públicas o privadas, así ocurrió en la mayor parte del siglo XX. Desde hace unas décadas se utilizan técnicas complementarias como el urbanismo carcelario: la trama urbana planificada como lugar de encierro puesto en constante vigilancia mediante soportes constructivos (barreras, muros, rejas), tecnológicos y policiales. En caso de revuelta o motín actúan las dotaciones policiales antidisturbios, que acceden rápidamente a las periferias urbanas donde se alzan, como colmenas, las celdas verticales del gueto junto a plazas tan pequeñas como los patios de cualquier prisión. Las fuerzas policiales de intervención tienen sus cuarteles en las proximidades de las grandes vías de circulación.

La evolución del urbanismo, desde Haussmann hasta el día de hoy, facilita el despliegue policial en la metrópolis. La mayor parte de la policía local está destinada a vigilar y mantener la fluidez del tráfico rodado, vital para la vida metropolitana. El gusto de los manifestantes por cortar sin permiso el tráfico y reapropiarse de la calle tiene su respuesta inmediata en la carga de los antidisturbios. La cadena de montaje de la fábrica tiene su equivalente en el tráfico rodado de la ciudad-fábrica de la reproducción social. Demasiado importante para dejarla en manos humanas, la gestión y control del tráfico está automatizada, quedando para la policía las funciones de vigilancias, poner multas (ya lo hacen máquinas en algunas ciudades) y provocar atascos cuando los semáforos de estropean.

El policía de proximidad pretende ser una figura más del barrio como el tendero, la quiosquera, el barrendero o la peluquera. Son los ojos de las comisarías en las calles y suelen actuar en los barrios de clase media y centro de las ciudades. En las periferias la policía patrulla en coches y furgonetas, y en los barrios “duros” las fuerzas del orden sólo realizan incursiones sabedoras de que están en territorio “enemigo”. El despliegue policial en la trama urbana se adecua a los niveles de inclusión/exclusión social de cada barrio. Pero la mayor parte de las plantillas policiales trabaja en las comisarías, cuarteles o sedes centrales, acumulando información, tramitando documentos y fichas, transcribiendo escuchas telefónicas, visionando cintas, controlando los dispositivos técnicos de vigilancia en la ciudad.

Las actuaciones del urbanismo carcelario cobran su máxima expresión en las políticas integradas para cambiar la faz de barrios marginados, que por avatares del crecimiento urbano, o de cambios en las actividades de la ciudad están situados en espacios centrales muy apetitosos para los carroñeros especuladores. De todos es conocida la conversión del barrio Chino de Barcelona en el Raval. Desapareció el barrio de las putas, de los maki-navaja, de los viejos y empobrecidos vecinos, para reencarnarse en una gran factoría turística con su museo (el MACBA), restaurantes y tiendas bohemias, galerías de arte y una vecindad de artistas. Este cambio ha sido dirigido por los planes urbanísticos de reforma de la zona y protagonizado por las razzias policiales, las inversiones especulativas, la degradación consentida del barrio; todo ello cayó sobre las espaldas de los vecinos, expulsados a las periferias urbanas. Para darle tipismo y diversidad al Raval en una de las esquinas del barrio sobreviven algunas putas, junto a la zona Paki, expresión mayoritaria de la “multiculturalidad” inmigrante. En la actualidad, en la barriada de las Tres Mil Viviendas de Sevilla, se acomete otro plan de reforma urbanística dirigida por un Comisario municipal que coordina las actividades policiales, la formación ocupacional, la integración social y las obras necesarias para acabar como la “merecida fama” de este barrio. Ocupaciones policiales, periódicas, con redadas y limpieza del barrio, propuestas de desalojo y traslado de vecinos a otros barrios del área metropolitana, construcción de una residencia universitaria donde abundan los estudiantes de Trabajo Social y lo que haga falta para desactivar el gueto de la Tres MIL.

Los dispositivos tecnológicos son esenciales para el urbanismo carcelario. Las bases de datos que acumulan lo más significativo del recorrido “vital” de un urbanita, los localizadores geográficos par indicar donde te encuentras en este momento, las cámaras de video-vigilancia, las tarjetas de acceso, los controles electrónicos de salida permiten el control social de la gente en el ambiente urbano.

Los registros de la propiedad urbana, los de nacimientos, matrimonios y defunciones en iglesias y juzgados, los archivos policiales y militares, las oficinas de expedición de documentos de identidad, los ficheros de la Agencia Tributaria y de la Seguridad Social eran lugares llenos de legajos donde se podía seguir el rastro de una persona, después de interminables jornadas (días, semanas, meses) de papeleo y burocracia. Hasta que llegó primero el ordenador y después Internet. Con los datos que ofrece el documento nacional de identidad, el carné de conducir, el pasaporte, la tarjeta bancaria o de la Seguridad Social, la declaración anual de la renta, el padrón municipal, el Censo, el correo electrónico, el contrato del agua, la electricidad o el teléfono y los archivos judiciales o policiales, se puede saber casi todo de cualquier persona y al momento, gracias a la informatización y conexión entre los grandes bancos de datos que hacen posible las redes de telecomunicaciones. Las tendencias a convertir en obligatorios los datos de iris y ADN en los documentos identificatorios, alimentan los sueños del poder de convertir los bancos de datos en el armazón informativo del Gran Hermano, en el Ojo que todo lo ve en Metrópolis. Todavía, afortunadamente, los seres humanos como la luna, tenemos un lado oscuro que no se deja trasparentar ni ver ante ninguna luz, ni almacenar en un banco.

Los servicios de información geográfica se valen de una nueva tecnología por satélite para la localización inmediata: es el GPS que permite llevar a la pantalla del ordenador el mapa de la ciudad dividido en cuadrículas, que a su vez se dividen y subdividen en cuadrículas más pequeñas ampliables a la voluntad del usuario, para mostrar manzanas, calles, automóviles o individuos en movimiento. El GPS fue utilizado por el ejército israelí para el asesinato selectivo de dirigentes palestinos que en su momento usaron el teléfono móvil, lo mismo que hicieron los rusos para abatir a un jefe checheno. También se utiliza el sistema en nuevas experiencias como localizador de presos en libertad condicional, mediante la colocación de pulseras con el dispositivo GPS Sirve para navegar y asesinar, pero sobre todo para controlar movimientos de gente. En la pesadilla de ciencia ficción aparece una población, en la que cada persona lleva un implante en su cuerpo por el cual es controlada, se sabe en cada momento donde está, que hace.

Las cámaras de video vigilancia y las tarjetas de acceso son los dispositivos técnicos más usados en el espacio urbano, ya sean públicos o privados. Las cámaras de vigilancia tienen como prioridad vigilar espacios estratégicos para el funcionamiento de la ciudad como espacio productivo. Vista la metrópolis como una gran fábrica, sus cadenas de montaje serán las redes de transportes y comunicaciones. En estaciones de metro, autobuses o ferroviarias, puertos, aeropuertos, rondas de circunvalación, autovías, carreteras y calles de gran capacidad de tráfico, en las centrales telefónicas y grandes antenas repetidoras abundan las cámaras como las setas en el bosque. El conocimiento, factor clave que hace destacar la ciudad-empresa como espacio privilegiado de la producción, requiere la atención de las cámaras de vigilancia. Los perímetros exteriores de los centros de investigación también parecen bosques.

La ciudad es por tradición el espacio de la reproducción social. Esa función cumplen los barrios, las escuelas y hospitales, sus mercados, plazas y calles. Espacios públicos para fomentar, tanto la disciplina como la cooperación social. Espacios que necesitan ser vigilados porque en el encuentro entre la gente florece la subversión; puede circular anónimamente el otro terrorista, delincuente o a-normal. En los institutos y universidades, en calles y plazas, el ojo tecnológico ha encontrado acomodo, nos vigila. Lo mismo ocurre en las urbanizaciones de élite y en los más vulgares porteros electrónicos.

Los espacios interiores -públicos o privados- son objeto de la atención de las cámaras de video vigilancia para proteger la propiedad, básicamente del robo, de no pasar por taquilla o caja. Así ocurre en los centros comerciales y los transportes públicos, donde las cámaras, además de cumplir sus labores de vigilancia, sirven como elementos disuasorios. "El criminal nunca gana" repetía un serial radiofónico en los años cincuenta del pasado siglo, lo mismo que hoy machacan la mente con el ojo omnipresente que todo lo ve. La disuasión es una especie de resignación al dominio tecnológico, de elevar la técnica de la cámara de vigilancia a la categoría del ojo enmarcado en el triángulo divino.

Completa el arsenal del control tecnológico, las tarjetas electrónicas, las células fotoeléctricas, las alarmas, y los tornos o mecanismos de acceso y salida de edificios y transportes. Cuando se extrema la seguridad para acceder a determinados recintos se utilizan claves digitales, identificadores de huellas o iris, instrumentos sofisticados minoritarios en el espacio urbano. Está muy extendida la tarjeta de transporte para acceder al metro, ferrocarril, tranvía o autobús, así como la tarjeta bancaria para no llevar más dinero que el imprescindible y no hay librería por pequeña que sea, que no disponga de control electrónico en sus libros y puertas de salida. Vigilan la propiedad y siguen el rastro de las personas. La utopía libertaria de "abajo los muros de las cárceles" puede ser llevada a la práctica: no hará falta prisiones con el urbanismo carcelario en su pretensión de convertir a la ciudad en una gran cárcel.

A pesar de todo ello, la sabiduría popular evoluciona y tiene mucha inventiva a la hora de afanar en hipermercados, practicar el simpa(gar) o encontrar rincones oscuros para los amores furtivos, donde las cámaras y demás artilugios técnicos sólo encuentran sombras. Si los novios tiraban piedras contra las farolas, en las manifestaciones y actos subversivos abundan los pasamontañas, los pañuelos y las máscaras para no ser reconocibles por el Ojo. Y en todas las cárceles se construyen túneles, se buscan puntos de fuga, incluida la que nos propone el urbanismo carcelario.

La ciudad del orden y el consenso

Desde la ciudad de los dioses a la ciudad empresa la producción de orden está ligada, no sólo hecho represivo, sino a la capacidad de consenso social que es capaz de suscitar entre la gente determinados proyectos constructivos, de movilizar a la ciudadanía como emprendedores de una empresa común: la ciudad que remoza, rehabilita y construye la máquina urbanizadora. El simulacro de cielo en la ciudad de las Pirámides y Templos como los de Sumeria, capaz de albergar a la mayor parte de la población durante las ceremonias religiosas, debieron deslumbrar a la gente procedentes de las aldeas. La ciudad de los dioses permitió a los aldeanos trascender de su mera existencia biológica y continuidad social, para darles un destino cósmico. Cada oikos habitaba en el cosmos.

El sometimiento de los seres humanos a un destino escrito en las estrellas tenía su correlato en la ciudad construida bajo mandato divino. Como nos lo cuenta Lewis Mumford en La megamáquina la gente podía sentirse orgullosa de participar en la empresa constructora:

“Predominaron en las nuevas ciudades de Mesopotamia estos grandes edificios, cuya superficie de ladrillo cocido estaban revestidas con vidrios de colores y aún con láminas de oro, incrustadas a veces con piedras semipreciosas. También las embellecían, a intervalos, monumentales esculturas de leones o toros. Análogas construcciones, de diferentes formas y materiales aparecieron por doquier. Tales edificaciones enardecían, naturalmente, el orgullo de la comunidad que las había levantado y, subsidiariamente, hasta el más insignificante de los peones que participaba del nuevo ceremonial de aquellos grandes centros y ciudades se sentía autor parcial de tales hazañas de poderío y de las maravillas artísticas que testimoniaban diariamente una vida que estaba más allá del alcance de os humildes campesinos o pastores de las localidades distantes”.

Igual de orgullosos se sentirían los canteros que levantaron las catedrales en las ciudades de la Europa cristiana, o los alicatadores que llenaron de hermosos azulejos los jardines y fuentes de la Alhambra. Mucho más cercano en el tiempo, el modesto voluntario barcelonés al pasear por la fachada marítima de la ciudad recordará, que él formó parte de una empresa común llamada Olimpiadas'92.

Con la entrada en la Modernidad los valores cívicos, la urbanidad del habitante de la ciudad serán escogidos como modelo para la empresa común consistente en acabar con el feudalismo. Desde la ciudad renacentista a las actuales, los derechos y deberes de ciudadanía fundamentarán las Constituciones modernas. En la ciudad industrial el consenso social se fragua en torno a la idea de Progreso. Si hay un proyecto común en el siglo XIX y buena parte del XX, es el de progresar. Si el campo es un “atraso” la ciudad es progreso. Las construcciones que se realizan en las ciudades para celebrar las Exposiciones Universales son la mejor representación del Progreso, la Industria y la Tecnología.

La ciudad de París se convierte en la anfitriona ideal de las Exposiciones Universales. Son lugares de peregrinación al fetiche de la mercancía nos dice Benjamin:

“A estas exposiciones le preceden la de la industria nacional, de las cuales, la primera tiene lugar en el Campo de Marte en 1798. Ésta parte del deseo de 'divertir a la clase obrera, para la cual será una fiesta de la emancipación'. En primer plano están, pues, los obreros como clientes. Aún no está formado el cuadro de la industria de la diversión” (...) En la Exposición de 1867, celebrada en París, la fantasmagoría de la cultura del capitalismo industrial alcanza su despliegue más luminoso”.

Ciento veinticinco años después, en 1992, La Exposición Universal de Sevilla se celebra bajo el lema de la Era de los descubrimientos: 500 años de Progreso y Ciencia para crear un cosmos tecnológico que domina la vida humana. La Expo'92 trae bajo el brazo rondas de circunvalación, autovías, un recinto edificado por arquitectos prestigiosos cableado por la fibra óptica, y el primer AVE de la península que une a la ciudad con la capital del Estado. Son los regalos de la máquina urbanizadora. Poco hizo falta para que Sevilla y su gente, narcisista como ninguna, amante de las tradiciones, los entierros y las ferias, se apuntaran fervorosamente a la fiesta del progreso tecnológico y el consenso que fue la Expo. “To er mundo es güeno” es la frase-resumen de quien esto escribe, un sevillano.

La ciudad de los emprendedores es una ciudad que avanza y une a la ciudadanía por proyectos: Expo'92, Olimpiadas de Barcelona, Forum'2004, Almería-2005, etc. Imprimen a sus voluntarios las cualidades del esfuerzo individual, del trabajo en equipo, de la competitividad que ven reflejadas en la difusión mediática del deporte. Porque la ciudad-empresa compite con otras y se ofrece en la sociedad-red como lugar privilegiado para la logística, el turismo o la instalación de parques tecnológicos. Para alcanzar estas metas están los planes estratégicos de las ciudades que recetan infraestructuras, nuevos equipamientos, reformar espacios, rehabilitar edificios y zonas; en definitiva “más madera” para la máquina urbanizadora. Se demanda a la gente esfuerzo individual y cooperación social. La ciudad-empresa habita en la metrópolis y es algo más que una forma de dominación; su función se amplía a dispositivo capturador del saber social, que paradójicamente, muestra al capital al desnudo, como dominio.

La ciudad-empresa siempre está en obras, no hay que olvidar los grandes beneficios que aportan a las empresas constructoras, y tiende redes para capturar el saber general mediante la cooperación social y el consenso. Mar Trafull en Por una política nocturna refiriéndose a Barcelona nos explica el por qué del ritmo frenético de los martillos neumáticos en las calles, un tempo-máquina:

“Cuando el alcalde Clos lleva un tiempo advirtiéndonos que deberíamos irnos acostumbrando a que un significativo tanto por ciento de la ciudad esté permanentemente en obras, no está haciendo más que explicitar hasta que punto el proceso de valorización debe someterse en la actualidad a este tempo. El tema deja de ser que calles, plazas o edificios necesitan una determinada intervención para aumentar o restablecer su valor de uso y pasa a dónde, cuándo y en función de que circunstancias se interviene para cumplir con la ecuación que vincula mantenimiento, mejora o degradación del espacio urbano con un determinado volumen de negocio a alcanzar por el territorio metropolitano en su conjunto” (...) “La ciudad-empresa se convierte así en un dispositivo de captura del saber general y en acelerador y modulador de este saber en forma de partículas adecuadas a los ritmos impuestos en el proceso de valorización: adecuadas finalmente al tempo-máquina: pura sucesión de corcheas en clave neutra y alternativamente acentuadas, formando secuencias idénticas e interminables en dos tiempos: proyección-materialización / proyección-materialización / proyección-materialización / chum-ba / chum-ba / chumba: bacalao”.

No es casualidad, sino más bien causalidad, que sea la música tecno la que más guste a los oídos adiestrados.

La máquina urbanizadora destrozó la proximidad mediante el crecimiento urbano, imponiendo la movilidad motorizada y la interconexión en las infraestructuras de transportes, trasvases o redes, dio soporte físico al urbanismo carcelario y a la ciudad del orden y el consenso. Con todo ello ha ido mermando la autonomía y libertad de las personas, contribuido a romper vínculos sociales que posibilitan el vivir en comunidad y somete a la mayor parte de la población mundial a residir en un entramado urbano muy vulnerable. Una propuesta subversiva parte de desestructurar, desmontar, deconstruir la metrópoli y la megalópolis, volver a recuperar la proximidad y desconectarse de lo que nos hace más dependientes, ya sean infraestructuras, tecnologías o movilizaciones articuladas por el poder. Nos hace falta una alianza contra la dominación tecnológica, de la gente que lucha y resiste contra el avance de la máquina urbanizadora.

(1) El Policloruro de bifenilo (PCB) está considerado según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente como uno de los doce contaminantes más nocivos fabricados por el ser humano.

Granada, 5 de abril de 2004

06 noviembre, 2012

La urbe totalitaria, por Miquel Amorós


El siguiente artículo de Miguel Amorós, escrito en 2006, no sólo denunciaba lo que entonces acontecía, sino que anticipaba ya la denuncia sobre lo que hoy acontece.

La urbe totalitaria
Miguel Amorós (14.04.06)

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos. “Nos debemos persuadir de que está en la naturaleza de lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y manifestarse sólo cuando llega; así, no se manifiesta demasiado pronto ni encuentra un público inmaduro que le reciba.” (Hegel, La Fenomenología del Espíritu).

Durante los años noventa se dieron plenamente una serie de cambios sociales lentamente gestados en periodos anteriores, cambios que pusieron de relieve el advenimiento de una nueva época bastante más inquietante que la precedente. El paso de una economía basada en la producción a otra asentada en los servicios, el imperio de las finanzas sobre los Estados, la desregularización de los mercados (incluido el del trabajo), la invasión de las nuevas tecnologías con la subsiguiente artificialización del entorno vital, el auge de los medios de comunicación unilateral, la mercantilización y privatización completas del vivir, el ascenso de formas de control social totalitarias... son realidades acontecidas bajo la presión de necesidades nuevas, las que impone el mundo donde reinan condiciones económicas globalizadoras. Dichas condiciones pueden reducirse a tres: la eficacia técnica, la movilidad acelerada y el perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden creado no es la rapidez de los cambios y la destrucción de todo lo que se resiste, incluidos modos de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de oposición significativa. Diríase que son los cambios constantes quienes han borrado la memoria a la población obrera e invalidado la experiencia, las referencias, el criterio y las demás bases de la objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores sacasen las conclusiones implícitas en sus derrotas. Además los cambios han pulverizado a la misma clase obrera, disolviendo cualquier relación y convirtiéndola en masa anómica. Lo cierto es que la adaptación a las exigencias de la globalización requiere acabar con los mismísimos fundamentos de la conciencia histórica, con el propio pensamiento de clase. Para que las masas sean ejecutoras involuntarias de las leyes del mercado mundial han de estar atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas en un inacabable presente repleto de novedades dispuestas ad hoc para ser consumidas en el acto. Tantos cambios tenían que afectar a las ciudades, que, gracias a una pérdida imparable de identidad, llevan camino de convertirse en una versión de una misma y única urbe, o mejor, en partes de una sola megalópolis tentacular, un nodo de la red financiera mundial. Según el dinamismo que presente, aquél puede ser reorganizado funcionalmente (como en Cataluña), vaciado (como en Aragón), o colmado (como en el País Vasco). En el espacio se juega el mayor envite del poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio de necesidades que ya son universales, es la técnica idónea para instrumentalizar el espacio, acabando así tanto con los conflictos presentes como con la memoria de los combates antiguos. Se está creando un nuevo modo de vida uniforme, dependiente de artilugios, vigilado, frenético, dentro de un clima existencial amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro. La nueva economía obliga a nuevas costumbres, a nuevas maneras de habitar y vivir, incompatibles con la existencia de ciudades como las de antes y con habitantes como los de antes. Esa nueva concepción de la vida basada en el consumo, el movimiento y la soledad, es decir, en la ausencia total de relaciones humanas, exige una artificialización higiénica del espacio a realizar mediante una reestructuración sobre parámetros técnicos. Lo técnico va siempre por delante del ideal, a no ser que sea el ideal. Los dirigentes de cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la innovación tecnoeconómica que no cesa: “una ciudad no puede parar”, tiene que “reinventarse”, “renovarse”, “refundarse”, “rejuvenecerse”, etc., para lo que habrá de “subirse al tren de la modernidad”, “impulsar el papel de las nuevas tecnologías”, “desarrollar parques empresariales”, “mejorar la oferta cultural y lúdica”, “construir nuevos hoteles”, tener una parada del AVE, levantar “nuevos edificios emblemáticos”, imponer una movilidad “sostenible” y demás cantinela. Los PGOU recalificaron terrenos industriales y dieron carta blanca a la construcción de colmenas en altura. Después las modificaciones y los planes parciales han favorecido operaciones especulativas como los proyectos Forum 2004, Copa América, la Expo 2008, el IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los pelotazos inmobiliarios que “mueven” la economía y financian los planes desarrollistas significan una transferencia enorme de dinero público hacia las constructoras. Por eso la adjudicación discrecional de obras públicas es un arma política, pues también sirve para financiar a los partidos y enriquecer a sus dirigentes e intermediarios (el 10% de los costes consiste en sobornos). Los proyectos especulativos “privados” son al menos tanto o más importantes. El 80% de los ingresos de los ayuntamientos están relacionados con el mercado inmobiliario, el principal mercado de capitales del país. Así, pese a que la población envejece y disminuye, el último año se construyeron y vendieron 650.000 nuevas casas, operaciones muchas de ellas relacionadas con el blanqueo de dinero. El espectáculo de la urbanización a todo gas va siempre acompañado de la especulación y la corrupción sin trabas.

La llamada “crisis fiscal del Estado” permitió que en la explotación de las “potencialidades” urbanas llevasen la iniciativa los constructores, los políticos locales y los arquitectos (hacer arquitectura es meterse de lleno en la política de transformación totalitaria de las ciudades). Esa unificación por la base de la clase dominante ha tenido consecuencias más graves que la corrupción y el fraude. Los dirigentes se han dado cuenta de que tras la urbanización depredadora nacía una nueva sociedad más desequilibrada que comportaba un modo de vida emocionalmente desestabilizado y un nuevo tipo de hombre, frágil, narcisista y desarraigado. La arquitectura y el urbanismo eran las herramientas de fabricación del cocooning de aquel nuevo tipo, liberado del trabajo de relacionarse con sus vecinos, un ciudadano dócil, automovilista y controlable. Como se trata de un proceso que todavía anda por su primer estadio y no de una situación acabada, todos los medios han de ser puestos tras ese único objetivo. La nueva sociedad no podía desarrollarse, ni en las ciudades franquistas semicompactas con centros históricos sin museificar y con barrios populares todavía en pie, ni en los pueblos rurales con su agricultura de subsistencia. Sobrevivían lazos de sociabilidad que aún permitían los fines comunes y la acción colectiva, reproduciéndose un medio social extraño a los valores dominantes. Unas estructuras espaciales al servicio de la circulación económica eran indispensables para eliminar aquellos lazos, borrar la memoria del pasado y condensar los nuevos valores de la dominación. Estas son las conurbaciones, áreas nacidas de la fusión desordenada de varios núcleos de población formando aglomerados dependientes y jerarquizados de dimensiones notables, a los que los técnicos llaman “sistemas urbanos”. Unos habitantes separados entre sí, emocionalmente desestabilizados, necesitaban una especie de inmenso autoservicio urbano, un frenesí edificado donde todo es movimiento y consumo; en fin, una urbe fagocitaria descoyuntada orgánicamente y separada de su entorno, tan indiferente al abastecimiento del agua y la energía que consume como al destino de sus basuras y desperdicios. Los residuos pueden ser fuente de beneficios, como lo es la escasez del agua y el transporte de energía (ya existe un mercado de la contaminación que opera con las emisiones de CO2), pero sobre todo son fuente de inspiración; lo dice Frank Gehry, un arquitecto del poder que empezó construyendo shopping malls. Los ecologistas y los ciudadanistas aportaron su lenguaje; por eso los políticos, con la mejor de las intenciones, califican de “verde” y “sostenible” todo lo que tenga hierba, no provoque atascos y dé hacia el sol (si fueran grandes los llamarían “ecomonumentos”). Los arquitectos elaboraron planes de “rehabilitación” de los centros degradados basados en la descatalogación del mayor número posible de edificios y en la peatonalización de las calles, con vistas a su adaptación al turismo. Nuevas autopistas, nuevas ampliaciones portuarias y nuevas pistas de aterrizaje han de situar a la urbe en el mapa de la “nueva economía”, por lo que todo el mundo dirigente trabaja a marchas forzadas. Cada año se construyen en el país veinticuatro catedrales del relax consumidor, los centros comerciales, visitados anualmente por más de 23 millones de paisanos. A veces ocurre que el ciudadano anda un poco rezagado por culpa de recuerdos del pasado, no tan lejano, y tiene dificultades en ver el confort y la belleza de las nuevas “máquinas del vivir” (o “ecopisos”) y de sus emblemas monumentales. Pero son precisamente esas formas nuevas, construidas con nuevos materiales en cuya fabricación puede que no haya “intervenido mano de obra infantil”, empleando nuevas técnicas que “no perjudicarán al medio ambiente”, y, eso sí fundadas en la privatización absoluta, el desplazamiento constante y la videovigilancia, las que traducen las nuevas relaciones sociales. El nuevo hábitat ciudadano es una especie de molde, o mejor, un aparato ortopédico que sirve para enderezar al nuevo hombre. De forma que, viviendo en tal medio, el hombre artificial del presente sea el hombre sin raíces del futuro.

El paradigma del nuevo estilo de vida en las granjas de engorde que llaman ciudades es el de los altos ejecutivos que las vedettes del espectáculo exhiben en las pantallas. Nada que ver con el viejo estilo burgués, orientado a la opulencia y el disfrute exclusivo de minorías. El nuevo estilo no es para gozar sino para mostrarse. La ciudad es ahora espectáculo. Eso tiene traducción urbana, especialmente en los monumentos. Los edificios monumentales típicamente burgueses se integran en un entorno clasista, definiendo el sector dominante de la ciudad. Tanto si son viviendas, como grandes almacenes o estaciones de ferrocarril, la arquitectura burguesa trata de ordenar jerárquicamente el entramado urbano donde se ubican. El arquitecto burgués más bien “aburguesa” el espacio, no lo anula. Sin embargo no ocurrió así con la arquitectura franquista de los sesenta, apoyada en una industria de la construcción incipiente y en una imponente especulación. Los edificios franquistas, concebidos no como partes de un conjunto sino como hecho singular (y singular negocio), dislocan el espacio urbano, son como objetos extraños incrustados en barrios ajenos, rompiendo la trama, hasta el punto que los desorganizan y desertifican. Son monumentos a la amnesia, no al recuerdo; a través de ellos la ciudad expulsa su autenticidad y su historia, y se vuelve transparente y vulgar. La nueva arquitectura, provista de medios mucho más poderosos, magnifica esos efectos de superficialidad y anomia urbicida. Unos cuantos edificios “de marca” y ya tenemos la identidad de la ciudad reducida a un logo y más fragmentada que con el caos automovilista. Fragmentada y llena de turistas. Heredera de la arquitectura fascista, la nueva arquitectura ensalza el poder en sí, que hoy es el de la técnica. Tener estilo particular, lo que se dice tener, no tiene. Busca disociar geométricamente el espacio, mecanizar el hábitat, estandarizar la construcción, imponer el ángulo recto, el cubo de aire. El modelo son los aeropuertos, por lo que las nuevas ciudades habrían de ordenarse en función de aquellos. Serán en el futuro una prolongación del complejo aeroportuario, cuyo principal ariete es el AVE. El realismo desencarnado del llamado “estilo internacional” ha venido a ser el más apropiado, pero quizás resulte demasiado verídico en estos momentos del proceso y los dirigentes, pecando de verbalismo arquitectónico, hayan preferido una arquitectura “de autor” para los eventos espectaculares que han marcado los inicios de ambiciosas remodelaciones urbanísticas: el Guggenheim de Bilbao, la torre Agbar de Barcelona, la estación de Las Delicias de Zaragoza, el Kursaal de Donosti, l’Auditori de Valencia..., de los cuales lo mejor que puede decirse es que cuando ardan resultarán imponentes. Los políticos y los hombres de negocios que impulsan los cambios aspiran a que las ciudades se les parezcan, o que se asemejen a sus ambiciones, por eso todavía se necesitan edificios extravagantes y sobre todo gigantescos, susceptibles por sus dimensiones de traducir la enormidad del poder y la emoción mercantil que conmueve a los promotores. Esta voluntad en hallar una expresión mayúscula del nuevo orden establecido, no deja de lado los aspectos más espectaculares que mejor pueden redundar en su beneficio, como por ejemplo el diseño. Estamos en el periodo romántico del nuevo orden y éste necesita símbolos arquitectónicos, no para que vivan dentro sus dirigentes sino para que representen los ideales de la nueva sociedad globalizada. A través de la verticalidad y del diseño los dirigentes persiguen no sólo la explotación máxima del suelo edificable o la neutralización de la calle, sino la exaltación de aquellos ideales perfilados por la técnica y las finanzas.

Las características principales que definen el nuevo orden urbano son la destrucción del campo, los cinturones de asfalto, la zonificación extrema, la suburbanización creciente, la multiplicación de espacios neutros, la verticalización, el deterioro de los individuos y la tecnovigilancia. La arquitectura del bulldozer típica del orden nuevo nace de la separación entre el lugar y la función, entre la vivienda y el trabajo, entre el abastecimiento y el ocio. Derrumbados los restos de la antigua unidad orgánica, la ciudad pierde sus contornos y el ciudadano está obligado a recorrer grandes distancias para realizar cualquier actividad, dependiendo totalmente del coche y del teléfono móvil. La circulación es una función separada, autónoma, la más influyente en la determinación de la nueva morfología de las ciudades. Las ciudades, habitadas por gente en movimiento, se consagran al uso generalizado del automóvil. El coche, antiguo símbolo de standing, es ahora la prótesis principal que comunica al individuo con la ciudad. Nótese que la supuesta libertad de movimientos que debía de proporcionar al usuario, es en realidad libertad de circular por el territorio de la mercancía, libertad para cumplir las leyes dinámicas del mercado. Por decirlo de otro modo, el automovilista no puede circular en sentido contrario. El lugar en el escalafón social se descubre en la correspondiente jerarquización del territorio producida por la expansión ilimitada de la urbe: los trabajadores habitan los distritos exteriores y las primeras o segundas coronas; los pobres precarios o indocumentados viven en los ghettos; los dirigentes viven en el centro o en las zonas residenciales de lujo; la clase media, entre unos y otros. El espacio urbano abierto va rellenándose con zonas verdes neutrales y vacíos soleados, mientras la calle desaparece en tanto que espacio público. El espacio público en su conjunto se neutraliza al perder su función de lugar de encuentro y relación (lugar de libertad), y se transforma en un fondo muerto que acompaña a la aglomeración y aísla sus partes (lugar de desconexión). El espacio sólo sirve para contener una muchedumbre en movimiento dirigido, no para ir contra corriente o pararse.

Los procesos de dispersión y atomización provocados por la instalación de la lógica de las máquinas en la vida cotidiana quedan reflejados en el tratamiento que la arquitectura moderna inflige a los individuos. Estos son contemplados como una suma de constantes sicobiológicas, una especie de entes con virtudes mecánicas. La casa deja de ser el producto artesanal con que sueñan los compradores de adosados y pasa a ser un producto industrial con formas diseñadas expresamente para embutir a los inquilinos, a los que previamente se les han simplificado las necesidades: trabajar, circular, consumir, divertirse, dormir. Ha de ser completamente cerrada (tendencia a suprimir balcones, empequeñecer ventanas y blindar puertas) y equipada con artefactos, para satisfacer tanto la obsesión de seguridad del habitante atemorizado como la necesidad de autonomía que exige su intimidad enfermiza y absorbente. Los aspectos comunitarios de las viviendas han de ser mínimos de forma que nadie conozca a nadie y pueda vivir en la mayor privacidad; las funciones antaño sociales de los vecinos han de intentar convertirse en funciones técnicas a resolver individualmente o mediante el recurso a profesionales. La casa es una celda porque la sociedad se ha vuelto prisión. Las heridas que la sociedad de masas inflige al individuo son verdaderos indicadores de la mentira dominante. La falta de integración del individuo con el medio es realmente traumática: la pérdida de referentes comunes, el anonimato y el miedo conducen a la desestructuración social de las conductas, la insolidaridad, la neurosis securitaria y los comportamientos disfuncionales extremos, todo lo cual abre las puertas a patologías como la obesidad, la bulimia, la anorexia, las adicciones, el consumo compulsivo, la hipocondría, el estrés, las depresiones, los modernos síndromes... Toda la neurosis del hombre moderno podría resumirse sacando la media entre los síntomas del hombre encerrado y los del hombre promiscuo, fan de una estrella del rock o hincha de un equipo de fútbol. Si a ello añadimos el deseo de ser eternamente menores de edad engendrado por el pánico a la vejez y una creciente agresividad hacia lo distinto, tenemos lo que W. Reich calificó de peste emocional, la base psicológica de masas del fascismo. Por otra parte, el cuerpo humano sufre constantes agresiones en un medio urbano insalubre donde la contaminación, el ruido y las ondas de telefonía se asocian con la alimentación industrial y el consumo de ansiolíticos para causar alergias, cardiopatías, inmunodeficiencias, diabetes o cáncer, típicas enfermedades modernas que denuncian el estado de decadencia física de una población con hábitos de vida patógenos que ni las dietas televisivas, ni los ajardinamientos, ni la recogida selectiva de basuras pueden cambiar. La ciudad nos vuelve a todos a la vez, enfermos, neuróticos y fascistas. Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos. Asistimos al fin de las modalidades de control social propias de la época burguesa clásica. La familia, la fábrica, y la cárcel eran los medios disciplinarios susceptibles de integrar o reintegrar a los individuos en la sociedad de clases; el Estado del “bienestar” añadiría la escuela, el sindicato y la asistencia social. En la fase superior de la dominación en la que nos encontramos el sistema disciplinario es caro y tenido por ineficaz, dado que la finalidad ya no es la inserción o la rehabilitación de la peligrosidad social, sino su neutralización y contención. Por vez primera, se parte del principio de la inasimilabilidad de sectores enteros de la población, los excluidos o autoexcluidos del mercado, fácilmente identificables como jóvenes, independentistas, inmigrantes, precarios, mendigos, toxicómanos, minorías religiosas..., sectores cuyo potencial riesgo social hay que detectar, aislar y gestionar. Ya no solamente se persigue la infracción de la ley, sino la presupuesta voluntad de infringir. De esta forma el tratamiento de la exclusión social o de la protesta que genera deja las consideraciones políticas al margen y se vuelve directamente punitivo. En último extremo, todo el mundo es un infractor en potencia. La cuestión social se convierte así en cuestión criminal, conversión a la que contribuyen una serie de leyes, reformas o decretos que inculcan o suspenden derechos y que introducen un estado de excepción a la carta. Por ejemplo, la creación de la figura jurídica del “sospechoso” cubrirá legalmente las listas negras, la prisión sin juicio y la expulsión arbitraria. Se termina la separación de poderes, es decir, la independencia formal entre el gobierno, el parlamento y la judicatura. Entonces se instaura una guerra civil de baja intensidad que permite la represión encubierta de la población mal integrada, o sea, “sospechosa”. Los efectos sobre la ciudad son importantes puesto que la vigilancia propiamente carcelaria se extiende por todas sus calles. Primero son los bancos, centros comerciales, centros de ocio, edificios administrativos, estaciones, aeropuertos, etc., quienes ponen en marcha complejos sistemas de seguridad e identificación e instalan cámaras de videovigilancia; después, para impedir robos y sabotajes de empleados, se vigilan los lugares de trabajo; finalmente, es todo el espacio urbano el que se somete a la neurosis securitaria. Los vecinos, estimulados por los consistorios, contribuyen delatando conductas que consideran incívicas. La ciudad se acomoda a la cárcel con cualquier pretexto: los terroristas, los asesinos en serie, los pedófilos, los delincuentes juveniles, los extranjeros indocumentados..., incluso los fumadores. Todo es poco para calmar la histeria ciudadana que los medios de comunicación han fomentado. Si la familia o el sindicato entran en crisis como herramienta disciplinaria, otros instrumentos de contención y guarda experimentan un auge sin precedentes: el sistema de enseñanza, el complejo carcelario y el ghetto. La escolarización extensiva y prolongada es la mejor manera de localizar y domesticar a la población juvenil. La proliferación de modalidades de encierro y de libertad “vigilada” hace lo propio con la población trasgresora. Por fin, el elevado precio de la vivienda y el mobbing alejan a la población indeseable de los escenarios centrales donde rige la tolerancia cero, para concentrarla en suburbios acotados abandonados a sí mismos. De todo lo precedente no resultará aventurado deducir que el orden en las nuevas metrópolis donde nadie se puede esconder, es un orden totalitario, fascista. La lucha por la liberación del espacio es una lucha frontal contra su privatización y mercantilización, lucha que transcurre en condiciones, ya lo hemos dicho, fascistas. Dichas condiciones dejan en situación muy difícil a los partidarios de la expropiación y de la gestión colectiva del espacio, y en cambio favorecen a los que prefieren decorar, paliar y administrar su degradación. Sin embargo la reconstrucción de una comunidad libre en un marco de relaciones fraternales e igualitarias depende absolutamente de la existencia de circuitos ajenos al capital y la mercancía, es decir, de un territorio que se ha de sustraer al mercado donde pueda asentarse y protegerse la población segregada. Las anteriores luchas contra el capital han contado siempre con zonas exteriores y opacas. Ahora no. Por lo tanto, hay que crearlas, pero no contentarse con eso.