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11 marzo, 2018

Lo que aconteció cuando murió Bakunin




Mijail Bakunin, el viejo revolucionario ruso, finalmente había muerto para tranquilidad de reyes, presidentes, burgueses y explotadores. Con su extenso currículum bajo el brazo, aquella alma impenitente fue derechita al Infierno. Al llegar, fue recibida por el mismísimo Príncipe de las Tinieblas, que pasando la vista por su vasto expediente dijo entusiasmado:
–¡Excelente currículum, amigo Bakunin! Décadas de lucha contra la Iglesia, participación en innumerables insurrecciones, expulsado de varios países, condenas y prisiones, algaradas en cantidad... En honor a todo eso, voy a mandarlo al Sector VIP del Infierno, que es el más tranquilo y de tormentos más suaves. Es lo apropiado para una celebridad como usted. 
Dicho y hecho, Bakunin fue a parar al Sector VIP.

Tres días después, estaba Satanás batiendo distraídamente su caldero lleno de condenados, cuando de repente fue interrumpido por un despavorido demonio auxiliar, que atropelladamente le relató:
–Su Malignidad, ¡hay un enorme alboroto en el Sector VIP!... El Bakunin ese organizó a las almas en un sindicato y aprobaron un paro general por la disminución de la jornada de penitencias, por la eliminación de la contaminación con azufre y por otro paquete de demandas...
Cabreado, Lucifer arrojó con violencia su tridente y profirió:
–¡Pero ese canalla es un desagradecido! ¡Si se cree que va a joder en mis dominios como hacia allá en la Tierra, está muy equivocado! Agárrenlo y se lo llevan al Sector Turista, que ahí sí que va a saber lo que es bueno...
Y al Sector Turista fue a parar el viejo Mijail.

Tres días más tarde, cuando el Diablo disfrutaba de la tortura de algunas ánimas recién llegadas, de nuevo apareció el ayudante que, con el susto a flor de piel, relató las malas nuevas:
–Su Bajeza, ¡en el Sector Turista estalló una huelga de calderos caídos y la Comisión de Condenados, que encabeza Bakunin, exige audiencia inmediata con usted para presentarle un kilométrico pliego conflictivo. Quieren equiparación de condiciones con el Sector VIP, inspección sanitaria de los calderos, 6 semanas de vacaciones pagadas en el Purgatorio...
–¡Coooño! –interrumpe el Gran Satán– Ese barbudo está queriendo anarquizarme el Infierno. Pero ya mismo voy a acabar con esa insubordinación. ¡Qué se ha creído!... Pésquenme a ese ácrata y lo encierran en un celda del Sector Económico, que lo quiero ver organizando vainas allí...

Sólo la masiva intervención de los "Cuernos Colorados", fuerzas especiales del Averno, permitió la captura de Bakunin en el Sector Turista, que ofreció feroz resistencia con barricadas defendidas a punta de baldes de agua y molotovs de hielo seco.

A la mañana siguiente, cuando Belcebú creía haber dejado atrás los contratiempos de la víspera, el pobre diablo asistente –ya a punto del colapso nervioso– hizo saber su nefasto informe:
–Su Ruindad, al amanecer comenzó una huelga general del Infierno en solidaridad con Bakunin. Todos exigen su inmediata liberación...
–¡Basta! –aulló el Maligno– Voy a mandar inmediatamente a ese alborotador al Cielo (lo que debí haber hecho hace tiempo). Imagínense el despelote que va a armar por allá; ¡seguro que jode todo aquello en una semana! ¡No sé cómo no lo pensé antes!...

Así fue como Bakunin (¡quién lo diría!) llegó al Paraíso, donde fue recibido por San Pedro, quien exclamó después de ver su currículum:
–¡Señor Bakunin...! ¡Qué es esto! Anticlericalismo, revueltas, prisiones, parrandas... Pero bueno, como la piedad de Dios es infinita y a usted no lo dejan entrar al Infierno, puede pasar.
Y de este modo, Mijail Alexandrovich entró a Los Cielos.

Mientras tanto, el Maligno estaba en la mayor expectativa con lo que pudiera pasar Arriba. Cada día navegaba por el Home–Page celestial y veía todos los noticieros de HNN ("Heaven News Network"), aguardando las novedades de una sublevación general en el Reino del Señor. Pasan dos días, tres, cuatro, cinco, y nada, ningún informe de anormalidad por aquellos lares. Cuando transcurrió la semana, Mefistófeles no aguantó más y tomó el ascensor para constatar personalmente qué ocurría. Silbando distraídamente y como quien no quiere la cosa, se fue aproximando a la Portería del Cielo, donde San Pedro trabajaba como de costumbre. Le saludó, como viejos conocidos que eran, y luego preguntó:
–...Y entonces Pedrito, ¿todo bien por aquí?
–Tranquilo, como siempre– respondió el santo.
–Óyeme, y qué ha pasado con un fulano que yo mande para acá, un tal Mijail...
–Bakunin– atajó San Pedro. –Él está bien. ¿Por qué preguntas?
–Por nada en especial. Tan sólo por saber si ha tenido que ver con algún alboroto, alguna agitación...
–No que yo sepa – replicó Pedro.
–Oye… ¿y Dios no ha comentado nada sobre ese tal Bakunin? – inquirió el desconcertado Diablo.
Al oír esto, San Pedro se levantó, colocó sus manos sobre los hombros del Demonio, y, mirándole con firmeza a los ojos, le dijo:
–Compañero Luzbel... ¡Dios no existe!...


14 enero, 2015

CAMINO HACIA UNA SOCIEDAD SIN ESTADO

https://argelaga.wordpress.com/2015/01/12/camino-hacia-una-sociedad-sin-estado/
https://argelaga.wordpress.com/2015/01/12/camino-hacia-una-sociedad-sin-estado/


“Camino hacia una sociedad sin Estado”, de Miquel Amorós, recuerda el primer paso a dar en el inicio de un cambio revolucionario: la abolición del Estado. Como bien se desprende de las enseñanzas de la guerra civil española (1936-1939), nada bueno puede esperarse a la sombra del Estado, por más arruinadas que se encuentren sus instituciones. El proceso de desestatización no discurrirá por los mismos cauces, pues las condiciones actuales son muy diferentes de las de entonces. A modo ilustrativo, el artículo va acompañado de la llamada a las armas de la Comuna de Lyon, intentona revolucionaria de septiembre de 1870 que Mijail Bakunin y sus compañeros aliancistas protagonizaron a través de un Comité para la Salvación de Francia.

“La revolución tal como la entendemos tendrá que destruir radical y completamente desde el primer día el Estado y todas sus instituciones.” Bakunin, Programa y objeto de la organización secreta revolucionaria de los Hermanos Internacionales.

Así comienzan las revoluciones, con el derrumbamiento del Estado. Bakunin, inspirándose claramente en la Comuna de París, describía el proceso paso a paso: organización directa de la comuna insurrecta, supresión de los cultos y de los códigos jurídicos, armamento del pueblo, abolición de la propiedad y de las instituciones estatales. Y seguía: proclamación de la igualdad económica y política (abolición de las clases), llamamiento a todas las provincias, comunas y asociaciones a seguir el ejemplo, federación de todas ellas según los mismos principios, extensión del movimiento a otras naciones… Como buen discípulo de Hegel, creía en el trabajo paciente del «viejo topo». Así, las revoluciones no eran obra de vanguardias, ocultas o públicas, sino que «nacen de sí mismas, por la fuerza de las cosas, por el movimiento de los hechos y los acontecimientos. Durante mucho tiempo se incuban en la profundidad de la conciencia instintiva de las masas; luego, estallan, aparentemente debido a causas fútiles.» La tarea de los revolucionarios consistía básicamente en reunir los elementos de la revolución que se encontraban diseminados, algo así como en amontonar materiales combustibles para un incendio.

La abolición del Estado podía concretarse en el fin del sistema de enseñanza, de la sanidad y asistencia públicas, del aparato de justicia, de la burocracia, de la policía y del ejército, de cuyas funciones se harían cargo las comunas libres y las federaciones. Sus responsables serían nombrados en elecciones. Ahora bien, el camino hacia una sociedad sin Estado, o sea, hacia la anarquía, que, de acuerdo con Bakunin, no es más que «la manifestación completa de la vida popular librada a sí misma», ha de recorrer un gran trecho antes de llegar al punto en que el Estado y el Capital, dos realidades que son sólo una, se debiliten y disuelvan por causas internas y externas. Dicho recorrido está marcado por la crisis. Si alguna tarea han de tener quienes trabajan en pro de tal disolución por el bien de toda la humanidad, ésta no es más que la de identificar y dar a conocer los indicios de dicha crisis, con el fin de que el sujeto de la historia incida en ella con mayor acierto y haga lo que tengan que hacer. ¿Dónde se forja ese sujeto?

El sujeto revolucionario se constituye a partir de los antagonismos que surgen y se desarrollan dentro de la sociedad capitalista ¿Se manifiestan en el terreno de la política? Por supuesto que no. Ese terreno es propiedad de una casta usurpadora. Allí todos los antagonismos que surgen son falsos ¿Y en los lugares de producción? No exclusivamente. La extensión de las condiciones fabriles al conjunto de la sociedad urbanizada lleva el antagonismo Capital-Trabajo a manifestarse en cualquier parte. Lo que interesará saber es el sitio donde el capitalismo resulte más vulnerable, pero ese ya no es el taller o la fábrica. Menos todavía lo es el parlamento. El eslabón más débil lo constituyen las infraestructuras, los lugares de circulación. El sistema capitalista no es un régimen estático, sino que se halla en perpetuo y acelerado dinamismo. En el estadio actual de desarrollo, el de la producción mundial deslocalizada, la rapidez del intercambio determina la ganancia tanto o más que la productividad. El Estado constructor es el garante y responsable directo del veloz movimiento de la mercancía.

La bancarrota del Estado y del régimen económico que representa y protege, vendrá pues de la esfera de circulación; entiéndase circulación de energía, personas, mercancías y dinero. El viejo topo saldrá por ahí a la luz del día. Pero ¿qué causas objetivas originarán su quiebra? Ahí entra en juego el antagonismo que se deriva de la explotación ilimitada de los recursos finitos de la naturaleza, principalmente energéticos, es decir, la oposición entre Capital y Territorio, en torno a la cual ha de crearse la nueva clase subversiva. La circulación, las conurbaciones –y en última instancia, el capitalismo– dependen fundamentalmente del petróleo barato y del gas natural, mercancías que va a rarificarse en los próximos decenios, encareciéndose el transporte y dificultándose el funcionamiento de la sociedad urbana. El consumo descenderá, junto con la oferta de trabajo; la exclusión se extenderá y las áreas metropolitanas se volverán inviables. El crecimiento demográfico se detendrá. Y ahí es cuando entran en juego las masas agitadas. La lucha contra las infraestructuras virará a la supervivencia, lo que permitirá primero la aparición de huertos urbanos y generadores de energía renovable en los edificios arruinados junto a un esbozo de autoorganización marginal, y luego, de forma más general, determinará un movimiento de la población hacia el campo.

El antagonismo entre capitalismo y territorio –que a veces se presenta como conflicto entre la agroindustria y la soberanía alimentaria– no es único, aunque sea principal, sino que se refuerza con otros menores. Por ejemplo, el que existe entre la automatización y el empleo, o el que hay entre las finanzas autónomas y el capital productivo (que a menudo se da entre el crédito y los salarios, o entre el consumo y la exclusión). También, entre la administración partitocrática y los servicios públicos, etc. Las contradicciones interactúan, acentuando los efectos críticos. Para la clase dirigente no es cuestión de superarlas o disimularlas, sino de incorporarlas a la cotidianeidad del sistema, convirtiendo la excepción en norma. En lo sucesivo, las crisis serán –ya son– la condición normal de la sociedad donde reinan condiciones turbocapitalistas.

El proceso triple de exclusión/desurbanización/ruralización significará para las administraciones una disminución recaudatoria, y por consiguiente, la contracción del Estado. La falta de financiación obligará al sistema a decretar nuevas tasas inasumibles, y en consecuencia, a proletarizar las clases medias y liquidar el nivel bajo de la jerarquía burocrático-política, que es el más numeroso, tratando de preservar lo más que se pueda el aparato represivo. La base social de la dominación se irá peligrosamente estrechando. La respuesta histórica de la burguesía a la crisis de los años veinte del siglo pasado fue el fascismo; la de la crisis de los setenta fue la mundialización. La primera aplastó al proletariado; la segunda, lo atomizó. Es de suponer que la próxima tenga más de represivo que de integrador, pues el crecimiento económico es bastante problemático y la sumisión no está suficientemente asegurada por la masificación. La respuesta será eminentemente fascista: empezará con un estado de excepción permanente, apuntalado en la derogación por ley de cualquier garantía política y en un sistema punitivo de largo alcance. La movilización popular permanente ha de volverlo inoperante.

En un contexto de crisis energética y financiera prolongada, los Estados tendrán dificultades en nuclearizar y militarizar el mundo a fin de impulsar nuevamente la economía. La población sacrificada, la que queda fuera del mercado, como ya hemos dicho antes, tendrá que auto-organizarse a una cierta escala y, a falta de erario, recurrir a formas de supervivencia al margen de los circuitos capitalistas. A la larga, la desestatalización y desmonetarización de la sociedad serán la consecuencia final de una crisis múltiple más que la obra de un sujeto consciente, pero igualmente dará lugar a comunas libres para la solución de problemas inmediatos, a las que sólo un movimiento radical de autodefensa podría consolidar. El elemento objetivo (las comunas) impulsará a su vez al elemento subjetivo, es decir, al sujeto (el movimiento social). Las indicaciones al respecto apuntadas por Bakunin siguen siendo las adecuadas. No obstante, aun sin un Estado que moleste, el paso de un régimen capitalista a otro comunista anárquico no se realizará en un solo país de la noche a la mañana, porque, dejando de lado la necesaria internacionalización del proceso revolucionario, hace falta un programa de transición que sería ante todo un programa de desmantelamiento. Por otra parte, si las comunas no fueran capaces de organizar su defensa, el Estado, aunque reducido a su mínima expresión, no moriría, sino que trataría de recomponerse a través de mafias, partidos armados, señores de la guerra y bandas paramilitares nacidos de la dispersión del poder. La lucha final no será otra.

FEDERACIÓN COMUNITARIA DE LAS COMUNAS
(LYON-1871)

La situación desastrosa en la que se encuentra el país, la impotencia del poder oficial y la indiferencia de las clases privilegiadas han llevado la Nación francesa al borde el abismo.

Si el Pueblo organizado revolucionariamente no se apresura en actuar, su futuro se perderá, la Revolución se perderá, todo se perderá. Inspirándose en la inmensidad del peligro y considerando que la acción desesperada del Pueblo no tendría que retrasarse ni un solo instante, los delegados de los Comités federados de Salvación de Francia, reunidos en el Comité Central, proponen adoptar inmediatamente las siguientes resoluciones:

La maquinaria administrativa y gubernamental del Estado, habiéndose vuelto impotente, queda abolida.

El pueblo de Francia entra en plena posesión de sí mismo.

Todos los tribunales de lo criminal y lo civil quedan disueltos y reemplazados por la justicia del pueblo.

Se suspende el pago de impuestos e hipotecas. El impuesto será reemplazado por las contribuciones de las comunas federadas, recaudadas entre las clases ricas, proporcionalmente a las necesidades de la salvación de Francia.

El Estado, venido a menos, ya no podrá intervenir en el pago de deudas privadas.

Todas las organizaciones municipales existentes se declararán nulas a todos los efectos y serán reemplazadas en todas las comunas federadas por comités de salvación de Francia, encargados de ejercer todo el poder bajo el control inmediato del pueblo.

Cada comité de la capital del departamento enviará delegados para formar la Convención Revolucionaria de Salvación de Francia.

Dicha Convención se habrá de reunir inmediatamente en la casa consistorial de Lyon, por ser ésta la segunda ciudad principal de Francia y la mejor situada para ocuparse enérgicamente de la defensa del País.

La Convención, apoyada por todo el pueblo, salvará Francia.

¡¡¡A las armas!!!

E-B Saignes, Rivière, Deville, Rajon de Tarare, François Favre, Louis Palin, B. Placeet, Blanc, G. Ch. Beauvoir, Albert Richard, J. Bischoff, Doublé, H. Bourron, M. Bakounine, Parraton, A. Guillermet, Coignet el mayor, P-J Pulliat, Latour, Guillo, Savigny, J. Germain, F. Charvet, A. Bastelica, Dupin, N. Barret.

13 julio, 2014

Los militares, enemigos de la sociedad civil y del pueblo.

"La educación de los militares (incluyendo a la policía), desde el soldado raso hasta las más altas jerarquías, les convierte necesariamente en enemigos de la sociedad civil y el pueblo. Incluso su uniforme, con todos esos adornos ridículos que distinguen los regimientos y los grados, todas esas tonterías infantiles que ocupan buena parte de su existencia y les haría parecer payasos si no estuvieran siempre amenazantes, todo ello les separa de la sociedad. Ese atavío y sus mil ceremonias pueriles, entre las que transcurre la vida sin más objetivo que entrenarse para la matanza y la destrucción, serían humillantes para hombres que no hubieran perdido el sentimiento de la dignidad humana. Morirían de vergüenza si no hubieran llegado, mediante una sistemática perversión de ideas, a hacerlo fuente de vanidad. La obediencia pasiva es su mayor virtud. Sometidos a una disciplina despótica, acaban sintiendo horror de cualquiera que se mueva libremente. Quieren imponer a la fuerza la disciplina brutal, el orden estúpido del que ellos mismos son víctimas".

Mijaíl Bakunin