Seguda
Cita – 09/02/2023
La Administración
Biden cumplió sus amenazas: un grupo de buzos de la Marina aprovechó
unas maniobras de la OTAN en el Báltico para colocar explosivos en
los oleoductos y la Armada noruega los hizo detonar tres meses
después lanzando una boya sonar
Seymour Hersh -
8/02/2023
El Centro de Buceo y
Salvamento de la Marina de EE.UU. se encuentra en un lugar tan
desconocido como su nombre: en lo que una vez fue un camino rural de
Panama City, una ciudad turística en auge situada en el noroeste de
Florida, 112 kilómetros al sur de la frontera con Alabama. El
edificio que alberga el centro es tan anodino como su ubicación: una
monótona estructura de hormigón posterior a la II Guerra Mundial
con el aspecto de un instituto de formación profesional de la zona
oeste de Chicago. Al otro lado de lo que ahora es una carretera de
cuatro carriles hay una lavandería automática y una escuela de
danza.
El centro lleva décadas
formando a buceadores de aguas profundas altamente cualificados que,
asignados a unidades militares estadounidenses por todo el mundo, son
capaces de realizar inmersiones técnicas para hacer tanto lo bueno
–utilizar explosivos C4 para limpiar puertos y playas de escombros
y artefactos sin detonar– como lo malo, es decir volar plataformas
petrolíferas extranjeras, obstruir válvulas de centrales eléctricas
submarinas o destruir esclusas en canales de navegación cruciales.
El centro de Panama City, que cuenta con la segunda piscina cubierta
más grande del país, era el lugar perfecto para reclutar a los
mejores, y más taciturnos, graduados de la escuela de buceo que el
verano pasado cumplieron con éxito la misión que se les había
autorizado a realizar a 260 pies (79,2 metros) bajo la superficie del
mar Báltico.
El pasado mes de junio,
los buzos de la Armada, que operaban al amparo de un ejercicio de la
OTAN ampliamente publicitado y conocido como BALTOPS
22, colocaron los explosivos que, al ser activados por control
remoto tres meses después, destruyeron tres de los cuatro gasoductos
Nord Stream, según una fuente con conocimiento directo de la
planificación de la operación.
Dos de los gasoductos,
conocidos colectivamente como Nord Stream 1, llevaban más de una
década suministrando gas natural ruso a Alemania y gran parte de
Europa Occidental. El segundo par de gasoductos, denominados Nord
Stream 2, se habían construido pero aún no estaban operativos. A
medida que las tropas rusas se concentraban en la frontera ucraniana
y se avecinaba la guerra más sangrienta en Europa desde 1945, el
presidente Joseph Biden consideró que los gasoductos eran un
vehículo para que Vladimir Putin utilizara el gas natural como arma
para sus ambiciones políticas y territoriales.
Cuando se le pidió un
comentario sobre esta historia, Adrienne Watson, portavoz de la Casa
Blanca, dijo en un correo electrónico: “Esto es falso y una
completa ficción”. Tammy Thorp, portavoz de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA), escribió de forma similar: “Esta afirmación
es total y absolutamente falsa”.
La decisión de Biden de
sabotear los oleoductos se produjo después de más de nueve meses de
debate altamente secreto de ida y vuelta dentro de la comunidad de
Seguridad Nacional de Washington sobre la mejor manera de lograr ese
objetivo. Durante gran parte de ese tiempo, la cuestión no era si
había que llevar a cabo la misión, sino cómo hacerlo sin dejar
ninguna pista abierta sobre quién era el responsable.
Había una razón
burocrática vital para confiar en los graduados de la exigente
escuela de submarinismo del centro de Panama City. Los buzos eran
sólo de la Marina, y no miembros del Mando de las Fuerzas Especiales
de Estados Unidos, cuyas operaciones encubiertas deben ser
comunicadas al Congreso e informadas con antelación a los líderes
del Senado y la Cámara de Representantes, la llamada Banda de los
Ocho. La Administración Biden hizo todo lo posible para evitar
filtraciones, ya que la planificación se llevó a cabo a finales de
2021 y en los primeros meses de 2022.
El presidente Biden y su
equipo de política exterior –el consejero de Seguridad Nacional
Jake Sullivan, el secretario de Estado Tony Blinken y Victoria
Nuland, la subsecretaria de Estado para Política Exterior– habían
manifestado de forma clara y coherente su hostilidad hacia los dos
gasoductos, que discurrían en paralelo a lo largo de 750 millas bajo
el mar Báltico desde dos puertos diferentes en el noreste de Rusia,
cerca de la frontera con Estonia, pasando cerca de la isla danesa de
Bornholm antes de desembocar en el norte de Alemania.
Esa ruta directa, que
evitaba tener que pasar por Ucrania, había sido una bendición para
la economía alemana, que disfrutaba de abundante gas natural ruso
barato, suficiente para hacer funcionar sus fábricas y calentar sus
hogares, al tiempo que permitía a los distribuidores alemanes vender
el gas sobrante, con beneficios, por toda Europa Occidental.
Cualquier acción que pudiera atribuirse a la administración
estadounidense violarían las promesas de Estados Unidos de minimizar
el conflicto directo con Rusia. El secreto era esencial.
Washington y sus
socios antirrusos de la OTAN consideraron que el Nord Stream 1 era
una amenaza para el dominio de Occidente
Desde el principio,
Washington y sus socios antirrusos de la OTAN consideraron que el
Nord Stream 1 era una amenaza para el dominio de Occidente. El
holdingque lo sustenta, Nord
Stream AG [cuyo presidente es
el excanciller alemán Gerhard Schroeder, amigo personal de Putin],
se constituyó en Suiza en 2005 en asociación con Gazprom, una
empresa rusa que cotiza en bolsa y que produce enormes beneficios a
sus accionistas, dominada por oligarcas conocidos por ser esclavos de
Putin.
Gazprom controlaba el 51%
de la empresa, mientras que cuatro empresas energéticas europeas
–una en Francia, otra en los Países Bajos y dos en Alemania–
compartían el 49% restante de las acciones y tenían derecho a
controlar las ventas posteriores del gas natural barato a
distribuidores locales en Alemania y Europa Occidental. Los
beneficios de Gazprom se repartieron con el gobierno ruso, y se
calcula que los ingresos estatales por gas y petróleo ascendieron en
algunos años hasta
el 45% del presupuesto anual de Rusia.
Los temores políticos de
Estados Unidos eran fundados: Putin dispondría ahora de una
importante fuente de ingresos adicional y muy necesaria, y Alemania y
el resto de Europa Occidental se volverían adictos al gas natural de
bajo coste suministrado por Rusia, disminuyendo al mismo tiempo la
dependencia europea de Estados Unidos. De hecho, eso es exactamente
lo que ocurrió. Muchos alemanes vieron el Nord Stream 1 como parte
del cumplimiento de la famosa teoría de la Ostpolitik del
excanciller Willy Brandt, que permitiría a la Alemania de posguerra
rehabilitarse a sí misma y a otras naciones europeas destruidas en
la Segunda Guerra Mundial mediante, entre otras iniciativas, la
utilización del gas ruso barato para alimentar un mercado y una
economía comercial prósperos en Europa Occidental.
Nord Stream 1 ya era
suficientemente peligroso, en opinión de la OTAN y Washington, pero
Nord Stream 2, cuya construcción finalizó en septiembre
de 2021, duplicaría, si lo aprobaban los reguladores alemanes,
la cantidad de gas barato a disposición de Alemania y Europa
Occidental. El segundo gasoducto también proporcionaría gas
suficiente para cubrir más del 50% del consumo anual de Alemania.
Las tensiones entre Rusia y la OTAN no cesaban de aumentar,
respaldadas por la agresiva política exterior de la Administración
Biden.
La oposición al Nord
Stream 2 estalló en vísperas de la toma de posesión de Biden, en
enero de 2021, cuando los republicanos del Senado, encabezados por
Ted Cruz, de Texas, plantearon repetidamente la amenaza política del
gas natural ruso barato durante la audiencia de confirmación de
Antony Blinken como secretario de Estado. Para entonces, un Senado
unificado había aprobado con éxito una ley que, como dijo Cruz a
Blinken, “detuvo [el gasoducto] en seco”. El Gobierno alemán,
presidido entonces por Angela Merkel, ejercería una enorme presión
política y económica para poner en marcha el segundo oleoducto.
Nord Stream 2
duplicaría la cantidad de gas barato a disposición de Alemania y
Europa Occidental
¿Se enfrentaría Biden a
los alemanes? Blinken dijo que sí, pero
añadió que no había hablado de los puntos de vista concretos
del presidente entrante. “Conozco su firme convicción de que el
Nord Stream 2 es una mala idea”, dijo. “Sé que nos haría
utilizar todas las herramientas persuasivas que tenemos para
convencer a nuestros amigos y socios, incluida Alemania, de que no
sigan adelante con él”.
Unos meses después,
cuando la construcción del segundo gasoducto estaba a punto de
concluir, Biden se acobardó. En mayo, en
un giro sorprendente, la Administración renunció a imponer
sanciones a Nord Stream AG, y un funcionario
del Departamento de Estado admitió que intentar detener el
gasoducto mediante sanciones y diplomacia “siempre había sido una
posibilidad remota”. Entre bastidores, funcionarios
de la Administración habrían instado al presidente ucraniano,
Volodymyr Zelensky, que por entonces se enfrentaba a la amenaza de
una invasión rusa, a que no criticara la medida.
Las consecuencias fueron
inmediatas. Los republicanos del Senado, liderados por Cruz,
anunciaron un bloqueo inmediato de todos los candidatos de Biden en
política exterior y retrasaron la aprobación de la ley anual de
defensa durante meses, hasta bien entrado el otoño. Más tarde,
Politico describió
el cambio de rumbo de Biden sobre el segundo oleoducto ruso como “la
única decisión, posiblemente más que la caótica retirada militar
de Afganistán, que ha puesto en peligro la agenda de Biden”.
La Administración se
tambaleaba, a pesar de obtener un respiro en la crisis a mediados de
noviembre, cuando los reguladores energéticos alemanes suspendieron
la aprobación del segundo gasoducto Nord Stream. Los precios del
gas natural se
dispararon un 8% en pocos días, en medio del temor creciente en
Alemania y Europa de que la suspensión del gasoducto y la
posibilidad cada vez mayor de una guerra entre Rusia y Ucrania
provocaran un invierno frío muy poco deseado. Washington no tenía
clara la postura del recién nombrado canciller alemán, Olaf Scholz.
Meses antes, tras la caída de Afganistán, Scholz había apoyado
públicamente el llamamiento del presidente francés Emmanuel Macron
a una política exterior europea más autónoma, en un discurso en
Praga, sugiriendo claramente una menor dependencia de Washington y
sus veleidades.
Durante todo ese tiempo,
las tropas rusas se habían ido posicionando de forma constante y
ominosa en las fronteras de Ucrania, y a finales de diciembre más de
100.000 soldados estaban en posición de atacar desde Bielorrusia y
Crimea. La alarma crecía en Washington; Blinken calculó que ese
despliegue de tropas podría “duplicarse en poco tiempo”.
La atención de la
Administración volvió a centrarse en Nord Stream. Mientras Europa
siguiera dependiendo de los gasoductos para obtener gas natural
barato, Washington temía que países como Alemania se mostraran
reacios a suministrar a Ucrania el dinero y las armas que necesitaba
para derrotar a Rusia.
Fue en este momento de
inquietud cuando Biden autorizó a Jake Sullivan a reunir un grupo
interagencias para idear un plan.
Todas las opciones debían
estar sobre la mesa. Pero sólo una prevalecería.
Planificación
En diciembre de 2021, dos
meses antes de que los primeros tanques rusos entraran en Ucrania,
Jake Sullivan convocó una reunión de un grupo de trabajo recién
formado –hombres y mujeres del Estado Mayor Conjunto, la CIA y los
Departamentos de Estado y del Tesoro– y pidió recomendaciones
sobre cómo responder a la inminente invasión de Putin.
Sería la primera de una
serie de reuniones ultrasecretas, en una sala segura de la última
planta del Old Executive Office Building, adyacente a la Casa Blanca,
que era también la sede del President’s Foreign Intelligence
Advisory Board (PFIAB). Hubo la habitual charla de idas y venidas que
acabó desembocando en una pregunta preliminar crucial: ¿la
recomendación que debía remitir el grupo al presidente sería
reversible –como otra ronda de sanciones y restricciones
monetarias– o irreversible –es decir, acciones cinéticas
[eufemismo que implica una guerra activa], que no podrían
deshacerse?
Lo que quedó claro para
los participantes, según la fuente con conocimiento directo del
proceso, es que Sullivan pretendía que el grupo presentara un plan
para la destrucción de los dos gasoductos Nord Stream, y que estaba
cumpliendo los deseos del presidente.
Si se podía rastrear
el ataque hasta Estados Unidos, “era un acto de guerra”
Durante las siguientes
reuniones, los participantes debatieron las opciones de ataque. La
Marina propuso utilizar un submarino recién estrenado para atacar
directamente el oleoducto. La Fuerza Aérea discutió la posibilidad
de lanzar bombas con espoletas retardadas que pudieran detonarse a
distancia. La CIA argumentó que, se hiciera lo que se hiciera,
tendría que ser encubierto. Todos los implicados comprendieron lo
que estaba en juego. “Esto no es cosa de niños”, dijo la fuente.
Si se podía rastrear el ataque hasta Estados Unidos, “era un acto
de guerra”.
En aquel momento, la CIA
estaba dirigida por William Burns, un exembajador en Rusia de modales
suaves que había sido subsecretario de Estado en la Administración
Obama. Burns autorizó rápidamente un grupo de trabajo de la Agencia
entre cuyos miembros ad hoc figuraba –por casualidad–
alguien que conocía las capacidades de los buzos de aguas profundas
de la Marina en Panama City. Durante las semanas siguientes, los
miembros del grupo de trabajo de la CIA comenzaron a elaborar un plan
para una operación encubierta que utilizaría buzos de profundidad
para provocar una explosión a lo largo del oleoducto.
El precedente de 1971
Ya se había hecho antes
algo parecido. En 1971, la
inteligencia estadounidense se enteró por fuentes aún no
reveladas de que dos importantes unidades de la Armada rusa se
comunicaban a través de un cable submarino enterrado en el Mar de
Okhotsk, en la costa del Lejano Oriente ruso. El cable enlazaba un
mando regional de la Marina con el cuartel general en Vladivostok.
Un equipo cuidadosamente
seleccionado de agentes de la CIA y de la Agencia Nacional de
Seguridad (NSA) se reunió en algún lugar de la zona de Washington,
con el máximo secreto, y elaboró un plan, utilizando buzos de la
Marina, submarinos modificados y un vehículo de rescate submarino
profundo, que tuvo éxito, después de mucho ensayo y error, en la
localización del cable ruso. Los buzos colocaron en el cable un
sofisticado dispositivo de escucha que interceptó con éxito el
tráfico ruso y lo registró con un sistema de grabación.
La NSA se enteró de que
altos oficiales de la marina rusa, convencidos de la seguridad de su
enlace de comunicaciones, charlaban con sus compañeros sin cifrar.
El dispositivo de grabación y su cinta tenían que ser sustituidos
mensualmente y el proyecto siguió adelante alegremente durante una
década hasta que se vio comprometido por un técnico civil de la
NSA, de 44 años, llamado Ronald
Pelton, que hablaba ruso con fluidez. Pelton fue delatado por un
desertor ruso en 1985 y condenado a prisión. Los rusos sólo le
pagaron 5.000 dólares por sus revelaciones sobre la operación,
además de 35.000
dólares por otros datos operativos rusos que proporcionó y que
nunca se hicieron públicos.
Aquel éxito submarino,
cuyo nombre en clave era Ivy Bells, fue innovador y arriesgado, y
ofreció a Estados Unidos valiosísimos datos de inteligencia sobre
las intenciones y la planificación de la Armada rusa.
El grupo interagencias
se mostró inicialmente escéptico ante el entusiasmo de la CIA por
un ataque encubierto en alta mar
Aun así, el grupo
interagencias se mostró inicialmente escéptico ante el entusiasmo
de la CIA por un ataque encubierto en alta mar. Había demasiadas
preguntas sin respuesta. Las aguas del Mar Báltico estaban
fuertemente patrulladas por la marina rusa, y no había plataformas
petrolíferas que pudieran servir de cobertura para una operación de
buceo. ¿Tendrían que ir los submarinistas a Estonia, justo al otro
lado de la frontera de los muelles rusos de carga de gas natural,
para entrenarse para la misión? “Eso sería una cagada”, le
dijeron a la Agencia.
A lo largo de “todas
estas maquinaciones”, dijo la fuente, “algunos trabajadores de la
CIA y del Departamento de Estado decían: ‘No hagáis esto. Es
estúpido y será una pesadilla política si sale a la luz’”.
A principios de 2022,
el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo interagencias de
Sullivan: “Tenemos una manera de volar los oleoductos”.
Sin embargo, a principios
de 2022, el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo
interagencias de Sullivan: “Tenemos una manera de volar los
oleoductos”.
Lo que vino después fue
asombroso. El 7 de febrero, menos de tres semanas antes de la
aparentemente inevitable invasión rusa de Ucrania, Biden se reunió
en su despacho de la Casa Blanca con el canciller alemán Olaf
Scholz, quien, tras algunos titubeos, militaba ahora firmemente en el
equipo estadounidense. En la rueda de prensa posterior, Biden afirmó
desafiante: “Si
Rusia invade... ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin”.
Veinte días antes, la
subsecretaria Nuland había transmitido básicamente el mismo mensaje
en una reunión informativa del Departamento de Estado, con escasa
cobertura de prensa. “Quiero ser muy clara con ustedes hoy”, dijo
en respuesta a una pregunta. “Si Rusia invade Ucrania, de un modo u
otro Nord Stream 2 no seguirá adelante”.
Varios de los que
participaron en la planificación de la misión del oleoducto estaban
consternados por lo que consideraban referencias indirectas al
ataque.
“Era como poner una
bomba atómica sobre el terreno en Tokio y decir a los japoneses
‘vamos a detonarla’”, dijo la fuente. “El plan era que las
opciones se ejecutaran después de la invasión y no se anunciaran
públicamente. Biden simplemente no lo entendió o lo ignoró”.
La indiscreción de Biden
y Nuland, si es que fue eso, pudo haber frustrado a algunos de los
planificadores. Pero también creó una oportunidad. Según la
fuente, algunos altos cargos de la CIA concluyeron que volar el
oleoducto “ya no podía considerarse una opción encubierta porque
el presidente acababa de anunciar que sabíamos cómo hacerlo”.
El plan de volar Nord
Stream 1 y 2 pasó repentinamente de ser una operación encubierta
que requería informar al Congreso a considerarse una operación de
inteligencia altamente secreta con apoyo militar estadounidense.
Según la ley, explicó la fuente, “ya no había obligación legal
de informar de la operación al Congreso. Todo lo que tenían que
hacer ahora era simplemente llevarla a cabo, pero seguía teniendo
que ser secreta. Los rusos mantienen una vigilancia superlativa del
Mar Báltico”.
Los miembros del grupo de
trabajo de la Agencia no tenían contacto directo con la Casa Blanca,
y estaban ansiosos por saber si el presidente hablaba en serio, es
decir, si la misión estaba en marcha. La fuente cuenta: “[El
exembajador] Bill Burns vuelve y dice: ‘Hacedlo’”.
La operación
Noruega era el lugar
perfecto para ser la base de la misión.
En los últimos años de
crisis Este-Oeste, el ejército estadounidense ha ampliado
enormemente su presencia dentro de Noruega, cuya frontera occidental
recorre 2.250 kilómetros a lo largo del océano Atlántico norte y
se funde por encima del Círculo Polar Ártico con Rusia. El
Pentágono ha creado puestos de trabajo y contratos muy bien
remunerados, en medio de cierta controversia local, invirtiendo
cientos de millones de dólares para modernizar y ampliar las
instalaciones de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses en
Noruega. Las nuevas obras incluían, sobre todo, un avanzado radar de
apertura sintética en el norte, capaz de penetrar profundamente en
Rusia, y que entró en funcionamiento justo cuando la Inteligencia
estadounidense perdía el acceso a una serie de emplazamientos de
escucha de largo alcance dentro de China.
Una base de submarinos
estadounidenses recién renovada, que llevaba años en construcción,
entró
en funcionamiento y ahora más
submarinos norteamericanos pueden colaborar estrechamente con sus
colegas noruegos para vigilar y espiar un importante reducto nuclear
ruso situado a unos 400 kilómetros al este, en la península de
Kola. Estados Unidos también ha
ampliado una base aérea noruega en el norte y ha entregado a las
fuerzas aéreas noruegas una flota de aviones
de patrulla P8 Poseidon fabricados por Boeing para reforzar su
espionaje de largo alcance sobre todo lo relacionado con Rusia.
A cambio, el Gobierno
noruego enfureció a los progresistas y a algunos moderados de su
Parlamento el pasado mes de noviembre al aprobar el Acuerdo
Complementario de Cooperación en materia de Defensa (SDCA). Según
el nuevo convenio, el
sistema judicial estadounidense tendría jurisdicción en
determinadas “zonas acordadas” del norte sobre los soldados
estadounidenses acusados de delitos fuera de la base, así como sobre
aquellos ciudadanos noruegos acusados o sospechosos de interferir en
el trabajo en la base.
Noruega fue uno de los
signatarios originales del Tratado de la OTAN en 1949, en los
primeros días de la Guerra Fría. En la actualidad, el comandante
supremo de la OTAN es Jens
Stoltenberg, un anticomunista convencido, que fue primer ministro
de Noruega durante ocho años antes de acceder a su alto cargo en la
OTAN, con respaldo estadounidense, en 2014. Era un partidario de la
línea dura en todo lo relacionado con Putin y Rusia y había
cooperado con la comunidad de inteligencia estadounidense desde la
guerra de Vietnam. Desde entonces se confía plenamente en él. “Es
el guante que se ajusta a la mano estadounidense”, afirma la
fuente.
De vuelta a Washington,
los planificadores sabían que tenían que ir a Noruega. “Odian a
los rusos, y la armada noruega está llena de excelentes marineros y
buceadores que tienen generaciones de experiencia en la muy rentable
exploración de petróleo y gas en alta mar”, explica la fuente.
También se podía confiar en ellos para mantener la misión en
secreto. (Es posible que los noruegos también tuvieran otros
intereses. La destrucción de Nord Stream –si los estadounidenses
lo conseguían– permitiría a Noruega vender una cantidad mucho
mayor de su propio gas natural a Europa).
En algún momento de
marzo, algunos miembros del equipo volaron a Noruega para reunirse
con el Servicio Secreto y la Marina noruegos. Una de las preguntas
clave era qué punto exacto del Mar Báltico era el mejor para
colocar los explosivos. Nord Stream 1 y 2, cada uno con dos conjuntos
de tuberías, estaban separados en gran parte del trayecto por poco
más de un kilómetro y medio en su recorrido hacia el puerto de
Greifswald, en el extremo noreste de Alemania.
La Armada noruega no
tardó en encontrar el lugar adecuado, en unas aguas poco profundas
del Báltico, a pocas millas de la isla danesa de Bornholm. Allí,
los dos oleoductos estaban separados por más de una milla de
distancia, en un fondo marino de sólo 79,2 metros de profundidad.
Los buzos, que operaban desde un cazaminas noruego clase Alta, se
sumergirían con una mezcla de oxígeno, nitrógeno y helio que salía
de sus tanques y colocarían cargas de C4 en los cuatro conductos con
cubiertas protectoras de hormigón. Sería un trabajo tedioso, lento
y peligroso, pero las aguas de Bornholm tenían otra ventaja: no
había grandes corrientes, que habrían dificultado mucho la tarea de
buceo.
Después de investigar un
poco, los estadounidenses se decidieron.
En este punto, volvió a
entrar en juego el oscuro grupo de buceo de profundidad de la Marina
en Panama City. La escuela de aguas profundas, cuyos exalumnos
participaron en Ivy Bells, son vistas como un lugar rural aislado
poco atractivo para los graduados de élite de la Academia Naval de
Annapolis, que normalmente buscan la gloria de ser destinados como
Seals, piloto de caza o submarinista. Si uno debe convertirse en un
“zapato negro” –es decir, un miembro del poco apetecible
comando de buques de superficie– siempre habrá al menos un hueco
en un destructor, crucero o buque anfibio. La menos glamurosa de
todas es la guerra de minas. Sus buceadores nunca aparecen en las
películas de Hollywood ni en las portadas de las revistas populares.
“Los buzos más
cualificados para el buceo profundo forman una comunidad muy cerrada;
los mejores fueron reclutados para la operación y se les dijo que
estuvieran preparados para ser llamados por la CIA a Washington”,
explica la fuente.
Los noruegos y los
estadounidenses tenían la ubicación y los agentes, pero había otra
preocupación: cualquier actividad submarina inusual en las aguas de
Bornholm podría llamar la atención de las armadas sueca o danesa,
que podrían informar de ello.
Dinamarca también es uno
de los signatarios originales de la OTAN y es conocida en los grupos
de Inteligencia por sus especiales vínculos con el Reino Unido.
Suecia había solicitado su ingreso en la OTAN y había demostrado
gran habilidad en el manejo de sus sistemas de sensores magnéticos y
de sonido submarino que rastreaban con éxito los submarinos rusos
que de vez en cuando aparecían en aguas remotas del archipiélago
sueco y se veían obligados a salir a la superficie.
Los noruegos se unieron a
los estadounidenses para insistir en que algunos altos funcionarios
de Dinamarca y Suecia debían ser informados en términos generales
sobre la posible actividad submarina en la zona. De ese modo, algún
superior podría intervenir y elaborar un informe fuera de la cadena
de mando, blindando así la operación del oleoducto. “Lo que se
les decía y lo que sabían era deliberadamente diferente”, me dijo
la fuente. (La embajada noruega, a la que se pidió un comentario
sobre esta historia, no ha respondido).
Los noruegos fueron clave
para resolver otros obstáculos. Se sabía que la armada rusa poseía
tecnología de vigilancia capaz de detectar y activar minas
submarinas. Los artefactos explosivos estadounidenses debían
camuflarse para que el sistema ruso los viera como parte del fondo
natural, lo que requería adaptarse a la salinidad específica del
agua. Los noruegos tenían una solución.
Los noruegos también
tenían una solución para la cuestión crucial de cuándo debía
tener lugar la operación. Cada mes de junio, desde hace 21 años, la
Sexta Flota norteamericana, cuyo buque insignia tiene su base en
Gaeta (Italia), al sur de Roma, patrocina un gran ejercicio de la
OTAN en el Mar Báltico en el que participan decenas de barcos
aliados de toda la región. El ejercicio de ese año, que se iba a
celebrar en junio, fue bautizado como
Operaciones Bálticas 22, o BALTOPS 22. Los noruegos propusieron
que ésta sería la tapadera ideal para plantar las minas.
Los estadounidenses
aportaron un elemento vital: convencieron a los planificadores de la
Sexta Flota para que añadieran al programa un ejercicio de
investigación y desarrollo. El ejercicio, según hizo público la
Marina, implicaba a la Sexta Flota en colaboración con los “centros
de investigación y guerra” de la Marina. El evento en el mar se
celebraría frente a la costa de la isla de Bornholm y en él
participarían equipos de buceadores de la OTAN sembrando minas, y
los equipos competidores utilizarían la última tecnología
submarina para encontrarlas y destruirlas.
Se trataba tanto de un
ejercicio útil como de una ingeniosa tapadera. Los chicos de Panama
City harían lo suyo y los explosivos C4 se colocarían al final de
los BALTOPS22, con un temporizador de 48 horas. Los estadounidenses y
noruegos ya habrían abandonado el lugar antes de la primera
explosión.
Los días corrían en la
cuenta atrás. “El reloj avanzaba y nos acercábamos a la hora de
la misión”, recuerda la fuente.
Y entonces… Washington
se lo pensó mejor. Las bombas seguirían colocándose durante los
BALTOPS22, pero a la Casa Blanca le preocupaba que el plazo de dos
días para la detonación estuviera demasiado cerca del final del
ejercicio y pareciera obvio que Estados Unidos había participado en
la operación.
A la Casa Blanca le
preocupaba que el plazo de dos días para la detonación estuviera
demasiado cerca del final del ejercicio
En su lugar, la Casa
Blanca hizo una nueva petición: “¿Pueden los muchachos que están
sobre el terreno idear alguna forma de volar los gasoductos más
tarde, cuando se les ordene?”.
Algunos miembros del
equipo de planificación estaban enfadados y frustrados por la
aparente indecisión del presidente. Los buzos de Panama City habían
practicado repetidamente la colocación del C4 en las tuberías, como
harían durante los BALTOPS, pero ahora el equipo de Noruega tenía
que idear una forma de dar a Biden lo que quería: la posibilidad de
emitir una orden de ejecución con éxito en el momento que él
eligiera.
La Inmaculada
Concepción
Encargarse de un cambio
arbitrario y de última hora era algo que la CIA estaba acostumbrada
a gestionar. Pero la decisión también agudizó las preocupaciones
que algunos compartían sobre la necesidad, y la legalidad, de toda
la operación.
Las órdenes secretas del
presidente también evocaron el dilema de la CIA en los días de la
guerra de Vietnam, cuando el presidente Lyndon Johnson, enfrentado al
creciente sentimiento contra la guerra, ordenó a la Agencia que
violara sus estatutos –que le prohibían específicamente operar
dentro de Estados Unidos– espiando a los líderes antibélicos para
determinar si estaban siendo controlados por la Rusia comunista.
La Agencia acabó
accediendo, y a lo largo de la década de 1970 quedó claro hasta
dónde estaba dispuesta a llegar. Tras los escándalos del Watergate,
los periódicos revelaron que la Agencia espió a ciudadanos
estadounidenses, participó en el asesinato de líderes extranjeros y
socavó al gobierno socialista de Salvador Allende.
Aquellas revelaciones
condujeron a una espectacular serie de comisiones de investigación a
mediados de los años setenta en el Senado, dirigidas por Frank
Church, de Idaho, que dejaron claro que Richard Helms, director de la
Agencia en aquel momento, asumió que tenía la obligación de hacer
lo que el presidente quería, incluso si eso significaba violar la
ley.
En un testimonio inédito
a puerta cerrada, Helms explicó con pesar que “cuando actúas bajo
órdenes secretas de un presidente es como si tuvieras una Concepción
Inmaculada. “Tanto si está bien que la tengas como si está mal,
[la CIA] trabaja bajo reglas y normas básicas diferentes a las de
cualquier otra parte del Gobierno”. En esencia, estaba diciendo a
los senadores que él, como jefe de la CIA, entendía que había
estado trabajando para la Corona, y no para la Constitución.
Los estadounidenses que
trabajaban en Noruega seguían la misma dinámica y empezaron a
lidiar disciplinadamente con el nuevo problema: cómo detonar a
distancia los explosivos C4 por orden de Biden. Era una tarea mucho
más exigente de lo que pensaban en Washington. El equipo de Noruega
no podía saber cuándo pulsaría el botón el presidente. ¿Sería
en unas semanas, en unos meses, o en medio año o más?
El C4 fijado a los
gasoductos se activaría mediante una boya de sonar lanzada por un
avión con poca antelación, pero el procedimiento requería la
tecnología más avanzada de procesamiento de señales. Una vez
instalados, los dispositivos de temporización retardada fijados a
cualquiera de los cuatro oleoductos podrían activarse
accidentalmente por la compleja mezcla de ruidos del fondo del mar
Báltico, muy transitado, procedentes de barcos cercanos y lejanos;
perforaciones submarinas; fenómenos sísmicos, olas e incluso
criaturas marinas. Para evitarlo, la boya de sonar, una vez en su
lugar, emitiría una secuencia de sonidos tonales de baja frecuencia
únicos –muy parecidos a los emitidos por una flauta o un piano–
que serían reconocidos por el temporizador y, tras unas horas de
retardo preestablecidas, activarían los explosivos. (“Se necesita
una señal lo bastante robusta para que ninguna otra señal pueda
enviar accidentalmente un impulso que detone los explosivos”, me
explica el Dr. Theodore Postol, profesor emérito de Ciencia,
Tecnología y Política de seguridad nacional del MIT. Postol, que ha
sido asesor científico del jefe de Operaciones Navales del
Pentágono, señaló que el problema al que se enfrentaba el grupo en
Noruega debido al retraso de Biden era una cuestión de azar: “Cuanto
más tiempo estén los explosivos en el agua, mayor será el riesgo
de que una señal aleatoria active las bombas”).
El 26 de septiembre de
2022, un avión de la Marina noruega realizó un vuelo aparentemente
rutinario y lanzó una boya de sonar. La señal se propagó bajo el
agua, inicialmente al Nord Stream 2 y luego al Nord Stream 1.
El 26 de septiembre de
2022, un avión de vigilancia P8 de la Marina noruega realizó un
vuelo aparentemente rutinario y lanzó una boya de sonar. La señal
se propagó bajo el agua, inicialmente al Nord Stream 2 y luego al
Nord Stream 1. Pocas horas después, se activaron los explosivos C4
de alta potencia y tres de las cuatro tuberías quedaron fuera de
servicio. A los pocos minutos, los charcos de gas metano que quedaban
en los gasoductos destruidos podían verse esparciéndose por la
superficie del agua, y el mundo se enteró de que había ocurrido
algo irreversible.
Las repercusiones
Inmediatamente después
del atentado contra el oleoducto, los medios de comunicación
estadounidenses lo trataron como un misterio sin resolver. Rusia
fue citada repetidamente como probable culpable, tras las
calculadas filtraciones de la Casa Blanca, pero sin establecer nunca
un motivo claro para semejante acto de autosabotaje, más allá del
castigo a Europa. Unos meses más tarde, cuando se supo que las
autoridades rusas habían buscado discretamente estimaciones del
coste de reparación de los oleoductos, el
New York Times resumió la noticia como “complicadas
teorías sobre quién estaba detrás” del ataque. Ningún gran
periódico estadounidense profundizó en las amenazas contra los
oleoductos formuladas previamente por Biden y la subsecretaria de
Estado Nuland.
Aunque nunca quedó claro
por qué Rusia querría destruir su propio y lucrativo oleoducto, el
secretario de Estado Blinken ofreció una justificación reveladora
de la acción ordenada por el presidente.
Preguntado en una
conferencia de prensa el pasado septiembre sobre las consecuencias
del empeoramiento de la crisis energética en Europa Occidental,
Blinken
describió el momento como potencialmente bueno:
“Es una oportunidad
única para eliminar de una vez por todas la dependencia de la
energía rusa y, por lo tanto, quitarle a Vladimir Putin el arma de
la energía como medio para avanzar en sus designios imperiales. Eso
es muy importante y ofrece una tremenda oportunidad estratégica para
los años venideros, pero mientras tanto estamos decididos a hacer
todo lo posible para asegurarnos de que las consecuencias de todo
esto no las sufran los ciudadanos de nuestros países ni, para el
caso, de todo el mundo”.
“Tengo que admitir
que el tipo tiene un par de pelotas. Dijo que iba a hacerlo, y lo
hizo”.
Más recientemente,
Victoria Nuland expresó su satisfacción por la desaparición del
más reciente de los oleoductos. En una comparecencia ante el Comité
de Relaciones Exteriores del Senado a finales de enero, dijo al
senador Ted Cruz: “Al igual que usted, me complace mucho, y creo
que a la Administración también, saber que el Nord Stream 2 es
ahora, como a usted le gusta decir, un trozo de metal en el fondo del
mar”.
La fuente utiliza una
expresión mucho más coloquial para calificar la decisión de Biden
de sabotear más de 1.500 millas de oleoducto ruso-europeo cuando se
acercaba el invierno. “Bueno”, dijo, hablando del presidente,
“tengo que admitir que el tipo tiene un par de pelotas. Dijo que
iba a hacerlo, y lo hizo”.
Cuando le pregunté por
qué creía que los rusos no habían respondido, dijo cínicamente:
“Quizá esperan tener la capacidad de hacer lo mismo que hizo
Estados Unidos”.
“Es una bonita historia
de primera página”, concluye la fuente. “Detrás había una
operación encubierta que colocó a expertos sobre el terreno y
equipamiento que funcionó con comunicaciones cifradas”
“El único fallo fue la
decisión de hacerlo”.
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Este artículo se publicó
originalmente en inglés en Substack.
Seymour Hersh ha cedido
los derechos de la traducción en español a CTXT.
Traducción: La Redacción
de CTXT, con la ayuda de Sebastiaan Faber.
Fuente:
https://ctxt.es/es/20230201/Politica/42111/Seymour-Hersh-Estados-Unidos-explosion-nord-stream-guerra-Rusia-energia-Alemania-Biden.htm
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