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01 junio, 2021

COLOMBIA: necropolítica y militarización del Estado

 


La inmoralidad del Estado colombiano

Marcos Roitman RosenmannLA HAINE.org – 01/06/2021


El narcorégimen de Colombia se entrega por completo a la estrategia contrainsurgente diseñada por EEUU para la región


Mientras asesinan a dirigentes sindicales, defensores de los DDHH, líderes campesinos y de pueblos originarios, el Estado colombiano se entrega por completo a la estrategia contrainsurgente diseñada por EEUU para la región.


No hay tregua. Ni los acuerdos de paz han sido respetados ni las comisiones de seguimientos han podido desarrollar su labor. Las amenazas y la impunidad con la cual actúan los grupos paramilitares, amén de la violencia implementada por las fuerzas armadas y la policía, han dejado un reguero de muerte. Según Indepaz (Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz), tan sólo en 2021 han sido asesinados 66 líderes sociales, defensores de los DDHH y firmantes del acuerdo de paz. Y en el marco del Paro Nacional, desde el 28 de abril al 23 de mayo, se cuentan 61 víctimas mortales. Según la misma institución, se han perpetrado 40 masacres con 149 víctimas entre niños, hombres y mujeres. El objetivo: desarticular, descabezar los movimientos sociales y las organizaciones populares.


Bajo el manto de la seguridad democrática, se niegan derechos políticos, suspenden las garantías del habeas corpus y se generalizan las detenciones ilegales. Los falsos positivos, aquello que se suponía formaba parte del pasado, emerge con mayor intensidad. No es únicamente Iván Duque o su mentor Álvaro Uribe quienes definen las estrategias y apoyan las acciones genocidas. Ellos son hombres de paja, sus decisiones no les pertenecen. Colombia ha renunciado a ejercer la soberanía sobre su territorio, sea en los aspectos de seguridad, justicia o relaciones internacionales. Las líneas maestras las diseña el Pentágono, la Casa Blanca, las trasnacionales, las agencias de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), la Central de Inteligencia (CIA) el embajador de EEUU y el lobby armamentista.


En las recientes dos décadas, 107 mil 573 militares colombianos han sido entrenados en territorio estadunidense. Sus fuerzas armadas hablan el lenguaje de la muerte y la guerra sucia.


Dependientes tecnológica e ideológicamente del imperialismo del país del norte, juegan, además, un rol activo en la política desestabilizadora en Venezuela. Baste recordar el fiasco del llamado concierto Venezuela aid live, celebrado en febrero de 2019, con el fin de apoyar el paso de camiones con supuesta ayuda humanitaria desde Cúcuta, bajo la mirada del grupo de Lima, la presencia de Juan Guaidó, los presidentes de Chile, Sebastián Piñera, el paraguayo Mario Abdó e Iván Duque, que cumplía las órdenes de Elliot Abrams y Mike Pompeo.


En este panorama, el presidente de turno se ve relegado a ser una figura de segundo orden. Su rol se reduce a impedir que tenga éxito cualquier proceso democrático y participativo que altere su papel como gendarme en la región. Washington tiene en Colombia su colonia más preciada. Aunque formalmente no existen instalaciones militares de su propiedad, la presencia de contratistas y enclaves con personal estadunidense se realiza mediante la utilización de bases aéreas: Palanquero, Apiay y Malambo, los fuertes Tres Esquinas y Tolemaica, entre otras y las navales de Cartagena y Bahía Málaga, todo, eso sí, bajo un acuerdo de cooperación etiquetado como lucha contra los cárteles de la droga y el narcotráfico.


En Colombia, no hablamos de militarismo, sino de necropolítica y militarización del Estado. Las fuerzas armadas han incrementado sus tropas 100 por ciento en lo que va de siglo XXI, situándose por encima de los 480 mil efectivos, con un gasto militar equivalente a 16 por ciento del total del presupuesto, sólo por detrás de EEUU para todo el continente.


Asimismo, en 2020 la ayuda militar de Washington alcanzó la cifra de 244,4 millones de dólares. Colombia se ha convertido en un país en el que la represión se ejerce bajo la fórmula de violencia extrema, siendo el terrorismo de Estado la manera que tiene el poder para frenar los movimientos populares, y las luchas democráticas. Nunca en América Latina hubo un Estado sin control judicial ni límites políticos para acometer la represión de sus clases populares, la juventud, los pueblos originarios, si no fuese bajo la fórmula de un golpe de Estado. Pero Colombia realiza dicho genocidio amparándose en una fachada democrática.


En Brasil, Chile, Argentina, Uruguay o Paraguay, las políticas de exterminio y el asesinato político se llevaron a cabo bajo la doctrina de la seguridad nacional, con dictaduras y al margen del estado de derecho. En el punto más álgido de la guerra fría, lograron una coordinación regional gracias al apoyo del entonces secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger. Así se gestó la Operación cóndor.


Sus acciones, detención ilegal, tortura y la desaparición forzada se llevaron a cabo de forma clandestina. Pero en Colombia no hace falta una dictadura formal, lo es de hecho. Bajo una Constitución dizque democrática se avalan, permiten, defienden y fomentan el asesinato político, criminalizando la protesta social, negando a su pueblo el derecho de vivir en paz.


La tragedia de ver cómo en Colombia su juventud, sus mejores hijos e hijas son acribillados, torturados y violadas, deja al descubierto el desprecio por la vida de los otros, los valores democráticos y la indignidad de una élite que ha decidido vender su país a cambio de unas migajas.


Sólo merecen el desprecio. La dignidad está donde siempre: en la gente de los pueblos y ciudades de Colombia que salen a las calles y luchan por recuperar su independencia y soberanía, secuestradas por una plutocracia al servicio de fuerzas extranjeras.




18 noviembre, 2014

México: Narcoestado asesino

México: Narcoestado asesino

Desde el año 2000, cuando el jefe del gobierno era Vicente Fox, hasta hoy, en México se han perpetrado unas 100.000 ejecuciones relacionadas con las mafias del narcotráfico, según ha informado Judith Galarza, Secretaria Ejecutiva de la Fundación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos y Desaparecidos: “México es una tumba, es el mismo modelo que están aplicando y le aplicaron a los colombianos. En todo el territorio hay cientos de fosas clandestinas, y ha habido más de 100.000 asesinados en 12 años”.

En las últimas dos décadas se han contabilizado más de 50.000 detenciones y desapariciones, y durante el tiempo de gestión del Presidente Enrique Peña Nieto se han sumado más de 330 casos de agresiones a defensores de los derechos humanos en México. Esta es una realidad que ocultan los medios de propaganda privados, que en su mayoría están alineados con la política de Peña Nieto, orientada a favorecer los intereses de quienes realmente ostentan el poder en México, las mafias del narcotráfico y las grandes multinacionales, principalmente estadounidenses. Un modelo que coincide como calcado del colombiano, donde Estados Unidos también tiene un papel esencial en el negocio de la droga y de la muerte.

En este contexto se produjo la masacre contra los 43 estudiantes normalistas del pasado 26 de septiembre, asesinados por orden del estado mexicano en Iguala, estado de Guerrero. Aunque fue la gota que movilizó a la opinión internacional abriendo los ojos de la realidad política de México, en realidad su asesinato no fue un hecho excepcional, sino un acto indeseablemente cotidiano en vecino del sur de Estados Unidos.

Aquel día, 26 de septiembre, fueron asesinados seis estudiantes, y 43 fueron "desaparecidos". Ahora ya se sabe la verdad: el estado mexicano ordenó su muerte:

“La policía se los llevó (…) El Ejército y la Policía Federal Preventiva hizo una especie de bloqueo para que nadie pasara hasta que terminará la represión, hubo muchos heridos, pero se llevaron a 43 personas porque no cabían más en las camionetas.” Los estudiantes habían organizado una movilización que tenía entre sus objetivos sabotear una reunión en Iguala, en la que el hoy ex alcalde pretendía presentar a su esposa como posible candidata para sustituirlo en el cargo.

Los 43 estudiantes desparecidos tenían entre 19 y 25 años, y en su mayoría campesino indígenas, de procedencia humilde, que se estaban formando como profesores bajo una visión socialista, humanista, para retornar a sus comunidades de orígenes y seguir así trabajando en sus comunidades. De hecho, las escuelas normales son casi la única opción en Mexico para los más pobres, y están en el punto de mira del gobierno, porque son creadores de conciencia social, de semilla de lucha.

Hoy ya se sabe qué les hicieron a los 43 estudiantes desarmados, tal y como ha confirmado el procurador general de la República: los desaparecidos el pasado 26 de septiembre en el estado mexicano de Guerrero fueron secuestrados por la policia de Iguala, asesinados y después quemados en el basurero de Cocula. Algunos de ellos estaban inconscientes, aún vivos. Los asesinos hicieron guardia para asegurarse de que el fuego durara horas –más de 12–, arrojaron piedras, neumáticos y gasolina a los cuerpos. Alrededor de 15 de las víctimas murieron por asfixia. Los restos están tan calcinados que no todos van a poder ser identificados: el objetivo de los criminales era no dejar el menor rastro, y prueba de ello es que quemaron hasta las ropas de los que participaron en la matanza de los estudiantes.

No se trata, repetimos, de un hecho aislado. Es el pan de cada día de un país en el que la ley la imponen los narcotraficantes, con la colaboración de las autoridades y las fuerzas del orden; un estado donde, los que mandan, es decir, las multinacionales realizan sus negocios, legales o ilegales, bajo la protección de una clase política corrupta y criminal, de un gobierno que se confunde y entremezcla, como sucede en cualquier régimen donde rige la barbarie capitalista, con las grandes corporaciones criminales, a las que sirven y a las que pertenecen.

http://cuestionatelotodo.blogspot.com.es/