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29 diciembre, 2015

"Una sociedad dominada por criterios empresariales" - Noam Chomsky

[A propósito del "consenso"]

Párrafos extraídos de El poder de los medios de comunicación, de Noam Chomsky (2004). Texto completo en pdf aquí.



[En 1937] hubo una importante huelga del sector del acero en Johnstown, al oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica de destrucción de las organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros, los del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos nosotros. Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo de ser americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atentan contra el orgullo de América, y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros. Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo público; después de todo, estamos hablando del poder financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de información y dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy eficaz. Más adelante este método se conoció como la fórmula Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también "métodos científicos para impedir huelgas". Se aplicó una y otra vez para romper huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como "el orgullo de ser americano". ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién puede estar en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien completamente necio.

De hecho, ¿qué pasa si alguien le pregunta si da usted su apoyo a la gente de Iowa? Se puede contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa nada. Esta es la cuestión. La clave de los eslóganes de las relaciones públicas como “Apoyad a nuestras tropas” es que no significan nada, o, como mucho, lo mismo que apoyar a los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto, había una cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de que la gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la buena propaganda, crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en torno a eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este tipo de cosas.


Todo eso es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente. Desde luego, consiste en algo concebido y elaborado con sumo cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para divertirse; está haciendo su trabajo, es decir, intentando inculcar "los valores correctos". De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el momento en que se da cuenta que está solo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que existe ahí afuera, y que es una locura pensar en que haya otra cosa. Y desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que es lo más lógico que se puede hacer.

Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como "Apoyad a nuestras tropas". Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles.


Esta es una idea de democracia. De hecho, si nos remontamos al pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue realmente en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un declive, al igual que lo hizo una rica y fértil cultura obrera vinculada directamente con aquellos. Todo quedó destruido y nos vimos trasladados a una sociedad dominada de manera singular por los criterios empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el pacto social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la única sociedad industrial -aparte de Sudáfrica, supongo- que no tenía un servicio nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso para elevar los estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de la población que no podían seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los sindicatos prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras formas de asociación en la esfera popular. No había organizaciones políticas ni partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al menos en el plano estructural. Los medios de información constituían un monopolio corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista. Los dos partidos eran dos facciones del partido del poder financiero y empresarial. Y así la mayor parte de la población ni tan solo se molestaba en ir a votar ya que ello carecía totalmente de sentido, quedando, por ello, debidamente marginada. Al menos este era el objetivo. La verdad es que el personaje más destacado de la industria de las relaciones públicas, Edward Bernays, procedía de la ComisiónCreel. Formó parte de ella, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra a desarrollar lo que él mismo llamó la ingeniería del consenso, que describió como la esencia de la democracia.

Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo: la comunidad financiera y empresarial, y para ellos trabajamos.

10 diciembre, 2012

EL CONTROL INSTITUCIONAL DE LAS LUCHAS SOCIALES

Miquel Amorós

Salvo en situaciones de peligro inminente del sistema de dominación, momento en que todas las reglas de juego quedan en suspenso y sólo la violencia de clase decide –una especie de tolerancia cero generalizada–, las instituciones han procurado integrar los movimientos de protesta antes que reprimirlos, delimitando un espacio por el que moverse y tendiéndoles puentes para comunicarse. En condiciones normales de dominio capitalista, la oposición y la protesta han tenido su estatuto legal y sus medios de presión y negociación, siendo las organizaciones catalogadas como representativas no sólo una parte importante del mecanismo de control social, sino el complemento necesario gracias al cual el interés particular de la dominación ha podido presentarse ante la sociedad como interés universal.

Sin embargo, el capitalismo no se queda mucho tiempo en la misma posición, y a medida que prosigue su avance, penetrando por todos los resquicios de la vida y acaparando todo el territorio donde ésta languidece, subvierte los cauces sociopolíticos que él mismo había establecido en la etapa precedente, obligándoles a perecer o adaptarse. Así, los mecanismos de integración y control tradicionales ‑los partidos, sindicatos y asociaciones, y con ellos, los parlamentos, los convenios y los medios de comunicación–, modernizados durante los años setenta, perdieron eficiencia en la década posterior. Desde entonces no representan más que una protesta ficticia, poco creíble, falsa, espectacular.

En la medida en que los intereses generales afloran, lo hacen al margen de las instituciones, al modo salvaje, puramente negativo, incontrolado.

Los motivos del colapso de la oposición institucionalizada no son difíciles de adivinar: por una parte la descomposición de la base social que la sostenía, las clases medias y trabajadoras; por la otra, el descrédito que se desprende de su propia inoperancia, fruto de la burocratización, la profesionalización y la corrupción.

Los patéticos intentos por reavivarla, bien a través de los autodenominados movimientos sociales, bien mediante las plataformas cívicas, es decir, por medio del juvenilismo y del ciudadanismo, no conducen a ninguna parte, pues por estar dentro del sistema no se oponen realmente a nada, ya que sus intereses se corresponden exactamente con los de la dominación. Su momento histórico ha caducado, se les ha pasado el arroz. Para la protesta verdadera la oposición institucionalizada es el problema, el enemigo y la amenaza.

Existe aún una razón mayor de rechazo todavía no expuesta, y ésta se deduce de la incompatibilidad absoluta del capitalismo en su fase actual con las formas burguesas democráticas, por la imposibilidad de formularse en ellas un interés de clase que pueda disfrazarse de general, es decir, que pueda separarse un ápice de los intereses privados de las grandes empresas y los bancos. En la sociedad del espectáculo no puede haber, ni siquiera entre los estratos dominantes, debate libre o información mínimamente veraz. Por eso la protesta salvaje no se erige en defensa de intereses verdaderamente generales, sino como rechazo frontal del interés privado representado en las instituciones.

Eso es bien visible en los conflictos territoriales y en las luchas antidesarrollistas. La protesta nace en nombre de intereses concretos lesionados, casi siempre locales, pero si consigue forzar algo parecido a un debate público, si logra edificar medios contra informativos e instituciones alternativas que lo hagan posible, entonces dicho interés puede reformularse como interés general, al margen y en contra de los mecanismos de integración y control institucional.

La sociedad capitalista ha sido siempre una sociedad disciplinaria y ese aspecto no ha cambiado con la mundialización y el nuevo ciclo verde. Pero ya no se trata de disciplinar al individuo como productor, padre de familia (es decir, como reproductor), creyente o patriota. Por eso los clásicos lugares de domesticación, la familia, la escuela, el ejército, la iglesia y la fábrica, entran en crisis. La quiebra de los mecanismos de integración y control político es parte de esa crisis, pues tampoco es cuestión del individuo como militante o votante. En el nuevo capitalismo el individuo ha de ser adiestrado solamente como habitante, a la vez consumidor y turista, para lo cual no tiene más que pasar de un lugar de encierro a otro, de su casa al trabajo o la escuela, del trabajo al sindicato, etc. Toda la sociedad, gracias a la urbanización total del territorio, se convierte en un gigantesco lugar de confinamiento, sin más reglas que las del consumo y las del espectáculo. La información es pura propaganda del nuevo régimen. Eso implica un nuevo reparto del espacio (incluido el virtual) y nuevo ordenamiento del tiempo, y por lo tanto, nuevos mecanismos de control social, nuevos métodos de integración. El control ha de enfrentarse al relajamiento de las barreras antaño bien específicas. En las empresas se hablará de Responsabilidad Social Corporativa ‑abreviando, RSC–; en los consistorios de las grandes urbes, de dispersión de los guetos de inmigrantes; en la administración y gestión del territorio, de gobernanza interactiva o participación transversal.

Todas ellas forman parte de la misma realidad que los códigos penales “de la democracia”, las recientes ordenanzas municipales, la video vigilancia, el sistema FIES, los campos de internamiento de indocumentados, los centros comerciales, la ingeniería genética y la autodenominada “economía sostenible.” Pues las mencionadas RSC, impedimento de suburbios étnicos y “democracia participativa”, no discurren en un ambiente democrático burgués tradicional, sino que están inmersas en un estado de excepción difuso, disimulado y sancionado por leyes.

La Responsabilidad Social Corporativa es una filosofía patronal que recuerda al fordismo y a la cogestión alemana de posguerra, aunque sin su voluntad hegemónica. Nació como reacción de un sector del empresariado a la ola de escándalos tipo Enron y a la actual crisis financiera e inmobiliaria. Dicha crisis ha modificado el modelo económico desarrollista, al trasladar al Estado y a las industrias de alta tecnología, la función que desempeñaba la especulación monetaria o bursátil, el endeudamiento y la urbanización, consolidando la división de la masa laboral en dos mitades completamente ajenas una de la otra. Por una parte, los trabajadores “privilegiados”, o sea, con empleo fijo, convenios regulares e hipotecas pagaderas; por la otra, los trabajadores precarios, con contratos basura o cobrando en negro, atrapados por las deudas, en su mayoría inmigrantes o jóvenes acabados de incorporar al mercado.

Unos están ligados a los sectores económicos emergentes, a bastiones de la burocracia sindical, o al Estado (funcionarios); otros, al sector duro de la economía: el turismo, la construcción, el comercio, la distribución, la limpieza o el cuidado de ancianos. Para éstos sirven la política del palo, los horarios infames, el sueldo mínimo, el permiso de residencia y la amenaza de exclusión. Para los otros, la estabilidad, la promoción, la formación continua, el reparto de beneficios, la ecología de empresa, la conciliación familiar y los siquiatras. Unos son controlados por asistentes sociales, educadores del suburbio y policías de proximidad; los otros, mediante los burócratas sindicales, la sicofarmacopea y la RSC. Esta última, ni que decir tiene, cuenta con el mayor beneplácito de los sindicatos y los ministerios, que son quienes realmente la promocionan. No constituye más que un factor de división añadido en el mundo del trabajo, desempolvar una vieja máxima patronal contra la lucha de clases: “un trabajador satisfecho con la empresa es un defensor acérrimo de la empresa”. Ahora aparece como subproducto del desarrollismo “sostenible”, sin más objetivo que el de impedir la emergencia de un movimiento autónomo al calor de una coyuntura laboral conflictiva.

La crisis financiero-inmobiliaria es una crisis interna, estructural, que ha inducido cambios macroeconómicos en el modelo capitalista, pero dichos cambios no cuestionan los límites externos de dicho modelo, aquellos a los que el desarrollismo (el crecimiento) obliga a retroceder, con la secuela inacabable de catástrofes ecológicas y sociales. La verdadera crisis es externa, es la que se deduce de la incompatibilidad radical entre el capitalismo y la vida en la tierra. Todo avance del sistema implica no solamente una artificialización mayor de la vida, una anomia social y un desarraigo material y moral completo, sino la creación de unas condiciones cada vez más extremas de supervivencia que extienden por doquier la posibilidad de conflictos. La cuestión social moderna no es capaz de surgir en las crisis internas sino como espectáculo, pues dentro del sistema los mecanismos de integración todavía funcionan. Un ejemplo clarísimo han sido los movimientos alter globalizadores, venidos muy a propósito para reestablecer la legitimidad de la política.

La cuestión social emerge en los límites transgredidos por el crecimiento capitalista y no como pura negación, al modo de los guetos franceses o ingleses, sino como defensa de otra forma de vida, de una vida fuera del capitalismo. La cuestión social aflora, aun contra el deseo de sus protagonistas, en la defensa del mundo rural, en la lucha contra las centrales nucleares y los trasvases, en la resistencia a la urbanización, en el sabotaje de la agricultura transgénica, en el combate contra la construcción de grandes infraestructuras, desde el Tren de Alta Velocidad a las Líneas de Muy Alta Tensión, pasando por los cinturones, los aeropuertos y las autopistas.

Los dirigentes son conscientes de que el conflicto principal latente no lo representan las movidas estudiantiles contra el plan Bolonia o los intentos por importar la revuelta griega, sino la “cultura del no” de la defensa del territorio. Sólo en dichos conflictos han hecho aparición formas incipientes de democracia directa (por ejemplo, la Asamblea Anti TAV, la coordinadora Galiza Non Se Vende y en mucha menor medida la Plataforma en Defensa de las Tierras del Ebro) y han sido presentados modelos alternativos al desarrollismo no capitalistas. Los dirigentes más ligados al capitalismo verde y al Estado creen que en la nueva fase desarrollista, mucho más destructiva que las anteriores por más que proclame su respeto al medio ambiente, el conflicto no podrá ser impedido, por lo que ha de reconocerse y reconducirse. En segundo lugar, la colaboración de la población en todo el proceso de reconversión verde es más necesaria que en fases anteriores, dado que ha de disciplinarse según pautas ecológicas de consumo, movilidad y ahorro en aparente contradicción con el despilfarro precedente. Llega pues la hora de la “democracia participativa”, de la búsqueda de interlocutores auxiliares para los conflictos entre la sociedad civil y los intereses empresariales aliados con la administración. Dado que las formas de integración tradicionales no pueden ser útiles directamente, son necesarios organismos intermediarios de transacción capaces de sostener y defender acuerdos puntuales a cambio de tolerar las agresiones al territorio. No basta con la creación de lobbys propagandísticos y Comisiones Locales de Información –en realidad, de Desinformación– como en la época de construcción de las centrales nucleares. Los consistorios de los pueblos, las asociaciones vecinales y las plataformas cívicas son ese eslabón perdido de la seudo democracia posburguesa, al que se le asigna el trabajo de desactivación de la protesta salvaje y sus modales anticapitalistas. La llamada democracia participativa no es en realidad ninguna democracia. No aparece para defender un interés general a partir de una agresión concreta, sino para negociar intereses particulares enfrentados, los de los grupos de afectados y las corporaciones económico-administrativas.

No emana de las luchas antidesarrollistas, sino de las disposiciones contra ellas. No interviene para impedir la destrucción del territorio, sino para elevar el precio de dicha destrucción, incorporándole los costes sociales tal como los valora el mercado. La democracia participativa solamente fija unos nuevos límites institucionales, cuyo conocimiento es propagado por los Mass media, más allá de los cuales entra en juego la fuerza pública. Así pues, desempeña el poco honroso papel de obstaculizar el resurgimiento de la democracia real, de la autogestión territorial, que no tienen otra base que la apropiación del territorio por sus habitantes, su rescate del mercado.

En resumen, toda lucha que no cuestione el modelo de sociedad capitalista esta condenada a reforzarlo. Nadie puede ignorar que los intereses económicos dominantes son radicalmente contrarios a los de los habitantes. Y asimismo nadie puede ignorar que el sistema político en el que transcurren los conflictos no es democrático burgués, sino criptototalitario. Por lo tanto, las formas de representatividad institucional están al servicio directo del capitalismo y son incompatibles con la democracia horizontal de las asambleas, la única verdadera para los oprimidos.

Las luchas en defensa del territorio que no tengan en cuenta eso no son luchas reales, sino simulacros, y sus agentes trabajan para el enemigo.

Charla-debate en la universidad pirata de Viladecans, 9 de diciembre de 2009. Reproducido en el libro “Ez Araban Inon!”, de la Asamblea contra el TAV de Gasteiz, junio de 2010.