25 noviembre, 2012

Dialéctica del cenit y el ocaso.


Texto de Miquel Amorós basado en la charla de título "Desarrollismo y Progresismo" enmarcada dentro de las "Jornadas Crítica al Progreso" organizadas por la Federación de Estudiantes Libertarios de la Universidad Autónoma de Madrid (FEL-UAM).


El capitalismo ha alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las medidas para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede presentarse como la única alternativa al caos; es el caos y lo será cada vez más. Durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, un puñado de economistas disconformes y pioneros de la ecología social constataron la imposibilidad del crecimiento infinito con los recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos, es decir, señalaron los límites externos del capitalismo. La ciencia y la tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos, originando de paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél al que habían arreglado los viejos. Tal constatación negaba el elemento clave de la política estatal de posguerra, el desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba para resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el que pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e igualitario gracias al desarrollo indefinido de las fuerzas productivas dirigidas por los representantes del proletariado. Además, el desarrollismo tenía contrapartidas indeseables: la destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la artificialización del territorio, la contaminación, el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el agotamiento de los acuíferos, el deterioro de la vida en medio urbano y la anomia social. El crecimiento de las fuerzas productivas ponía de relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante. La fe en el progreso hacía aguas; el desarrollo material esterilizaba el terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia. La revelación de que una sociedad libre no vendría jamás de la mano de una clase directora, que mediante un uso racional del saber científico y técnico multiplicase la producción e inaugurara una época de abundancia donde todos quedaran ahítos, no era más que una consecuencia de la crítica de la función socialmente regresiva de la ciencia y la tecnología, o sea, del cuestionamiento de la idea de progreso. Pero el progresismo no era solamente un dogma burgués, era la característica principal de la doctrina proletaria. La crítica del progreso implicaba pues el final no sólo de la ideología burguesa sino de la obrerista. La solución a las desigualdades e injusticias no radicaba precisamente en un progresismo de nuevo cuño, en otra idea del progreso depurada de contradicciones. Como dijo Jaime Semprun, cuando el barco se hunde, lo importante no es disponer de una teoría correcta de la navegación, sino saber cómo fabricar con rapidez una balsa de troncos. Aprender a cultivar un huerto como recomendó Voltaire, a fabricar pan o a construir un molino como desean los neorrurales podría ser más importante que conocer la obra de Marx, la de Bakunin o la de la Internacional Situacionista. Eso significa que los problemas provocados por el desarrollismo no pueden acomodarse en el ámbito del saber especulativo y de la ideología porque son menos teóricos que prácticos, y, por consiguiente, la crítica tiene que encaminarse hacia la praxis. En ese estado de urgencia, el cómo vivir en un régimen no capitalista deja de ser una cuestión para la utopía para devenir el más realista de los planteamientos. Si la libertad depende de la desaparición de las burocracias y del Estado, del desmantelamiento de la producción industrial, de la abolición del trabajo asalariado, de la reapropiación de los conocimientos antiguos y del retorno a la agricultura tradicional, o sea, de un proceso radical de descentralización, desindustrialización y desurbanización debutando con la reapropiación del territorio, el sujeto capaz de llevar adelante esa inmensa tarea no puede ser aquél cuyos intereses permanecían asociados al crecimiento, a la acumulación incesante de capital, a la extensión de la jerarquía, a la expansión de la industria y a la urbanización generalizada. Un ser colectivo a la altura de esa misión no podría formarse en la disputa de una parte de las plusvalías del sistema sino a partir de la deserción misma, encontrando en la lucha por separarse la fuerza necesaria para constituirse.

Al final de la era fordista, tras la subida de precios del petróleo como consecuencia del cenit de la producción en Estados Unidos, conocemos la salida que buscó la clase dirigente para preservar el crecimiento: un desarrollismo de nuevo tipo, neoliberal, basado primero en el fin del Estado-nación, la privatización de la función pública, el abandono del patrón oro, la energía nuclear, la eliminación de las trabas aduaneras, el abaratamiento del transporte, la globalización de los mercados, la expansión del crédito y la desregulación del mundo laboral. Una segunda fase, algo más keynesiana, rentabilizaría la destrucción acumulada mediante un desarrollismo llamado sostenible, integrando el punto de vista ecologista en un capitalismo “verde”. El Estado recuperaría un tanto su papel de impulsor económico que tenía en la época anterior de capitalismo nacional financiando dicha modernización y forzando el reciclaje de la población en el consumo de mercancía labelizada. También conocemos las alternativas progresistas neokeynesianas que en el marco del orden establecido reivindicaron “otra” globalización en donde las cargas estuvieran mejor distribuidas, o lo que viene a ser lo mismo, una mundialización tutelada por los Estados que respetara los intereses de la burocracia obrerista y el estatus de las clases medias. Esta propuesta descansaba en la falsa suposición de que el Estado era un instrumento neutral frente al capitalismo, y no la adecuada expresión política de sus intereses. Como quiera que fuera, ambas políticas –la neoliberal conservadora y la neokeynesiana socialdemócrata– fracasaron al tropezar el capitalismo con sus límites internos. La liquidación de las economías locales arruinó poblaciones enteras que se fueron acumulando en las periferias de las metrópolis, dando vida a inmensos poblados de chabolas. Innumerables masas emigraron a los países “desarrollados”, extendiendo las consecuencias de la crisis demográfica a las zonas privilegiadas del turbocapitalismo. Esta nueva mutación del capital creaba una nueva división social: los integrados y los excluidos del mercado. La contención de la exclusión quedó fundamentalmente en manos del Estado, en absoluto neutro, obligado a desarrollar para la ocasión políticas represivas de control de la inmigración y extenderlas a cualquier forma de disidencia. Por otro lado, el carácter eminentemente especulativo de los movimientos financieros internacionales y las políticas estatistas clientelares, tras una década de euforia, condujeron a la bancarrota general del 2008, agravada por las deudas que los Estados no habían podido rembolsar, precipitando una vuelta al neoliberalismo mucho más dura. Las medidas draconianas son necesarias para traspasar la crisis provocada por los Bancos y los Estados a la población asalariada, mayoritariamente hipotecada. La pauperización material de un tercio de la población se suma a una pauperización moral vieja de años, pero la incapacidad irremediable de crecer lo suficiente de los Estados Unidos y la Unión Europea si no es compensada con una demanda emergente, china o india, proporcionará un marco crítico duradero donde podrá invertirse el proceso de anomia. Potencialmente, y por mucho tiempo, el espectro de Grecia –las condiciones griegas—asediará la conciencia de los dirigentes. La venganza o la voluntad de desquite dominarán en los primeros momentos con toda la secuela de conflicto y violencia, pero para construir habrá de darse en las masas vapuleadas un sentimiento de dignidad a la par que el desarrollo de una conciencia verdaderamente subversiva.

Paradójicamente, en la fase actual de descomposición del sistema dominante, las contradicciones internas ocultan las externas. El drama de la exclusión, el paro, la precariedad, los recortes, los desahucios y el empobrecimiento de las clases medias asalariadas, al poner por delante sus intereses inmediatos todavía ligados al mantenimiento de un estilo de vida urbano, artificial y consumista, han oscurecido momentáneamente la cuestión esencial, el rechazo del credo del progreso, y, por consiguiente, el del modelo social y urbano que le es inherente. En consecuencia, la creciente “huella ecológica” y la insostenibilidad intrínseca de la supervivencia bien o mal abastecida bajo el capitalismo no se han tenido en consideración, por lo que las exigencias desindustrializadoras y desurbanizadoras parecen fuera de lugar. La protesta urbana, obrera o populista, rechaza pagar la factura de la gestión desarrollista anterior y así se contenta con exigir “otra” política, “otra” banca u “otro” sindicalismo, a lo sumo, “otro” capitalismo, pero jamás se planteará seriamente la ruralización o la desaparición de las metrópolis, es decir, otra manera de convivir, otra sociedad u otro planeta. La mayoría de los habitantes de las conurbaciones solamente busca o aspira a encontrarse con la naturaleza los fines de semana, en tanto que consumidores de relax y paisaje, por lo que una crítica antidesarrollista tiene serios problemas para darse a conocer fuera de estrechos círculos, ya que la mentalidad urbana es incapaz de asumirla y los desertores del asfalto son todavía pocos. Por otra parte, la población campesina, residual, sufre un deterioro mental aún peor, fruto de su suburbanización, y las más de las veces reproduce estereotipos ideológicos urbanos. La crítica antidesarrollista no cuaja pues, ni en el medio rural, que debía ser el suyo, ni en el medio urbano, mucho menos propicio. Por eso la materialización en la práctica del antidesarrollismo como defensa del territorio se ve sometida a multitud de inconsecuencias y limitaciones. El carácter específicamente local de dicha defensa juega en su contra. Apenas se conforma una oposición contra una nocividad particular, surgen acompañantes municipalistas, verdes o nacionalistas, que tratan de confinarla como “nimby” en la localidad, exprimirla políticamente y empantanarla en marismas jurídicas y administrativas. Solamente en los casos en que ha conseguido aliados de las conurbaciones gracias precisamente a los irregulares de la post ciudad, ha podido formularse un interés general y desarrollarse un conflicto de envergadura (p. e. contra trasvases, contra las líneas MAT, contra el TAV, contra autopistas, centrales eólicas, etc.). Resumiendo, la defensa del territorio está lejos mostrarse como el único conflicto realmente anticapitalista, ya que, debido a las condiciones hostiles que debe afrontar, no consigue constituir una comunidad de lucha estable y suficientemente consciente que contribuya con eficacia a incrementar el número de renegados de la urbe. Todavía no ha logrado transformar la descomposición urbana en fuerza creativa rural, ni la oposición al desarrollismo territorial en barrera contra la urbanización total.

Será necesaria otra vuelta de tuerca en la crisis para que la cuestión urbana –el problema de desmontar la conurbación- aparezca en el centro de la cuestión social. En efecto, la conurbación es la forma ideal de la organización del espacio por el capitalismo; una gran concentración de consumidores hecha posible por la abundancia hasta ahora ilimitada de combustible fósil barato y de agua potable. Es de suponer que un encarecimiento del combustible conduciría a una crisis energética que pondría en peligro la agricultura industrial, el sistema de vida urbano y la existencia misma de las conurbaciones. Igual sucedería con una sequía prolongada que exigiera la construcción de numerosas desaladoras funcionando con petróleo. Ese es el horizonte que perfila a corto plazo la gran demanda de los países emergentes y el cenit de la producción petrolífera a medio: el fin de la era de la energía barata. No hay remedio posible puesto que la energía nuclear y las llamadas “renovables” son caras, necesitan igualmente para su puesta en marcha ingentes cantidades de combustible fósil cada vez menos al alcance y el ritmo de su producción nunca podrá satisfacer las exigencias de un consumo creciente. El capitalismo verde es una falacia y la globalización está entrando en su fase terminal; las innovaciones tecnológicas no podrán salvarla. La perspectiva de un declive de la producción industrial de energía pinta de negro el futuro de las conurbaciones, puesto que un encarecimiento del transporte paralizará los suministros y las volverá inviables. Los bloques de viviendas, los rascacielos, los centros comerciales, los adosados residenciales, los polígonos logísticos, las autopistas y demás se deteriorarán a gran velocidad. Entonces, los sofisticados materiales de construcción, el aire acondicionado, los electrodomésticos, los ordenadores, la calefacción central, la telefonía móvil y los automóviles serán cosas del pasado. Además, el calentamiento global es imparable puesto que el consumo de energías contaminantes es imposible de aminorar, y, en pocos años, cuatro o cinco, desbocará el cambio climático y entonces los daños provocados serán irreversibles. El decaimiento de la agricultura industrial –esclava del fuel, de los abonos y herbicidas petroquímicos—junto con las secuelas del calentamiento ‑incremento del efecto invernadero, deforestación, erosión, salinización y acidificación de los suelos, desertificación, sequías e inundaciones– desembocarán en una crisis alimentaria de graves consecuencias. La mayoría de la población urbana quedará desabastecida, viéndose impelida violentamente a buscar comida y combustible fuera, desperdigándose por un campo esquilmado. El que este proceso de expulsión del vecindario se efectúe de forma caótica y terrorista o transcurra positivamente dependerá de la capacidad integradora de las comunidades de lucha surgidas de la deserción y la defensa del territorio. Si éstas son débiles no podrán enfrentarse a la avalancha de una población hambrienta y transformar su desesperación en fuerza para el combate por la libertad y la emancipación. La desagregación del turbocapitalismo daría lugar entonces a un reguero de formaciones capitalistas primitivas defendidas por poderes locales y regionales autoritarios. Será inevitable que la sociedad se contraiga y se vuelva intensamente localista, pero lo pequeño no siempre es hermoso. Puede ser horrible si la necesaria ruralización que habrá de afrontar las consecuencias de una superpoblación repentina y brutal, no discurre por vías revolucionarias, es decir, si se limita a una producción centralizada y privilegiada de comida y energía en lugar de orientarse hacia la creación de comunidades libres y autónomas capaces de resistir a la depredación post urbana. En definitiva, si el proceso ruralizador no respira esa atmósfera de libertad que antaño se atribuía a las ciudades.

A fin de no caer en profecías apocalípticas y evitar que la ciencia ficción se adueñe de los análisis futuristas postulando retornos al paleolítico o a la barbarie de género cinematográfico, conviene considerar la crisis energética como un marco general y un horizonte temporal que condicionará cada vez más el acontecer social con el chantaje consabido de ‘o la energía o el caos’ sin por lo tanto determinarlo completamente. La especulación novelesca es deudora de la actitud contemplativa frente a la catástrofe, típica de la religión -o de su equivalente secular, la ideología historicista- que considera lo que adviene como resultado forzoso y no como una posibilidad entre muchas, un desenlace en el tiempo fruto de múltiples variables: la conciencia del momento, la inteligencia de los cambios, la configuración de fuerzas independientes, la habilidad en captar las contradicciones que se manifiestan y en aprovechar las ocasiones que se presentan... Ni el resultado explica enteramente el proceso, ni el proceso, el resultado. El cenit no precede necesariamente a la extinción. Entre los dos interviene el juego dialéctico de la táctica y de la estrategia entre contrincantes con fuerzas desiguales, a corto y medio plazo. El juego de la guerra social. Las esperanzas de los sectores aferrados a la conservación del capitalismo de Estado en un decrecimiento paulatino, pacífico y voluntario serán prontamente desmentidas por la brutalidad de las medidas de adaptación a escenarios de escasez y penuria y la dinámica social violenta que van a originar. Si bien el colapso catastrófico no va a producirse en fecha fija, inminente, tampoco va a ser inevitable la entronización de un régimen ecofascista; sin embargo, la probabilidad más o menos cercana de ambos fenómenos puede servir para llevar la acción por derroteros consecuentes, lográndose así en las sucesivas confrontaciones una salida favorable al bando de los partidarios de un cambio social radical y libertario. Nada está decidido, por lo que todo es posible, incluso las utopías y los sueños.

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19 noviembre, 2012

El TAV - Entrevista a Miquel Amorós, escritor y activista

www.attacmadrid.org, 7 julio 2012

¿Qué es el TAV?

Antes que nada conviene aclarar que en una sociedad como la nuestra, donde tecnócratas expertos dirigen todos los aspectos de la vida y donde la libertad no es sino otro nombre del despotismo, el lenguaje no es un medio de comunicación entre personas libres, sino la herramienta por la cual los dirigentes transmiten sus ideas y sus órdenes a las masas dominadas. Cada palabra, especialmente si es un neologismo, sostiene una realidad opresiva disimulada tras una apariencia técnica. Sabemos que la técnica no es neutral ni el neologismo tampoco. Así pues por TAV no podemos entender simplemente un artilugio que marcha a 300 km/h. El TAV es el emblema tecnopolítico de la mundialización. En tanto que trasporte preferido de los dirigentes en la media distancia, es una condición necesaria de la economía globalizada; en tanto que figura política del marketing internacional ciudadano, es la pura Razón de Estado.

¿Por qué ahora hay tanta prisa con el TAV?

El TAV ha de construirse cuanto antes porque los intereses del poder así lo requieren. No se trata tanto de ganancias inmediatas, como por ejemplo las de las constructoras de obra pública, los fabricantes de trenes o las empresas de seguridad; tampoco de intereses privados ligados a oligarquías locales; es más bien cuestión de intereses generales relativos a la clase que domina el mundo, y del mundo tal como resulta del dominio de esos intereses. Cuando la población se concentra en unas pocas regiones metropolitanas, la acumulación ampliada de capital depende mucho más de la circulación, incluida la circulación de ejecutivos financieros, empresariales y políticos. Éstos necesitan un medio de locomoción más eficaz que el avión entre dos sistemas suburbiales, es decir, entre dos megaciudades: ese es el TAV.

¿Qué beneficios aporta?

La respuesta depende de si la pregunta se hace a los dirigentes o a los dirigidos. Para los primeros el beneficio es incuestionable, puesto que todo lo que contribuya a la movilidad colabora en la transformación del mundo conforme a su interés. La “intermodalidad”, es decir, la coordinación de las distintas formas de transporte, sería un buen ejemplo del mundo de los ejecutivos, donde “los rápidos se comen a los lentos”. Sin embargo, todo lo que resulta ventajoso para aquellos, forzosamente ha de resultar perjudicial para los demás, pues refuerza su sometimiento y su alienación.

Pero ¿y la rapidez?

Si el criterio racional contara, la fórmula perfecta sería un tren de bajo impacto que combinara celeridad y precio. Tales trenes existen y además competirían con las autopistas. Sin embargo para la clase cuyo tiempo es oro, una ganancia de segundos significa un lucro importante, por lo que la velocidad goza de prioridad absoluta. La alta velocidad de los trenes es la alta velocidad de los negocios.

Sin embargo, lo que es bueno para la economía ¿no es de alguna forma bueno para todos?

Más bien lo contrario. Si la riqueza se concentra, la pobreza se difunde. Indudablemente los bancos, los especuladores inmobiliarios, las refinerías, la industria turística, el comercio de coches y el sector logístico, van a amasar mucho dinero. Habrá migajas para unos cuantos. Pero en la medida en que se terciariza la economía con la inestimable ayuda de ese caballo de Troya en forma de tren, se imponen para la mayoría las condiciones de trabajo y de vida que le son propias: precariedad, salarios ínfimos, horas extras, hipotecas, vivienda indigna, transporte público infame... Eso es todo lo que saldrá ganando la mayoría.

¿Qué consecuencias tiene el TAV para las ciudades?

Las ciudades “situadas en el mapa” por el TAV acumulan población y, por lo tanto, van extendiéndose como mancha de aceite hasta penetrar en las provincias adyacentes. Mientras el centro de la ciudad original se museifica y peatonaliza para devenir mitad parque temático, mitad centro comercial, la periferia pierde sus límites y se transforma en un entorno artificial, caro, invadido por vehículos, ruidoso, contaminado e insalubre tanto física como síquicamente.

¿Qué papel juegan las estaciones?

Son los edificios por donde llegan las elites de la globalización; arquitectónicamente representan sus valores, sus delirios, su falta absoluta de sensibilidad y su mal gusto. Evolucionan hacia un híbrido entre el centro comercial y el complejo hotelero, pues la intención es que el transporte acabe siendo una actividad económica entre tantas, exactamente igual que sucede con los aeropuertos. La estación del TAV determina un reordenamiento total de la barriada donde se ubica que se convierte en un auxiliar monitorizado de la estación, a través de cuyas pautas toda la ciudad va a remodelarse. La estación en realidad es la ciudad futura en pequeño. Contiene una promesa de ciudad radicalmente distinta, carcelaria y consumista a partes iguales, que sólo espera inversiones para desplegarse.

¿Qué significa el TAV para el conjunto del país?

El TAV contrae el espacio a la vez que la economía lo coloniza. Tiene pues un efecto centralizador. Las conurbaciones quedan conectadas entre sí como densos nódulos de una red gobernada por un enjambre electrodirigente. El territorio resulta agredido de mil maneras, quedando fragmentado, desequilibrado y reducido a decorado paisajístico.

Entonces ¿hay que ir contra el progreso?

Solo si el progreso significa despilfarro energético y dilapidación de recursos, desequilibrio territorial, cultivos transgénicos, líneas de muy alta tensión, motorización, centrales nucleares, neurosis y exclusión social. El TAV es esa clase de progreso.

¿Cómo funciona la lucha anti TAV en Cataluña?

Desgraciadamente en Cataluña una lucha de esas características no existe. Lo que hay es una oposición farisea, mediatizada por partidos y alcaldes, que se opone a determinados trazados o que exige soterramientos, pero que no cuestiona la necesidad del TAV, ni mucho menos se interroga sobre la sociedad que lo reivindica. Las plataformas cívicas anti TAV hablan el mismo lenguaje que el poder que lo construye y concuerdan con sus fines. En sus métodos no buscan provocarlo, sino abrir vías de diálogo y colaboración institucional. Pero sucede que por propia naturaleza el TAV no puede permitirse demasiada flexibilidad y tiene poco que ofrecer aparte de dinero. Normalmente las inversiones culturales o deportivas suelen bastar para que los representantes de los intereses locales lesionados miren para otro lado. En último extremo las plataformas tratarán de consolarse con inútiles caceroladas, recogidas de firmas y pleitos administrativos.

¿Cuál es la alternativa?

La lucha contra el TAV no tiene sentido sino dentro de la lucha contra el modelo político y económico de sociedad a la que va asociado. No ha de reivindicar sólo otro transporte, sino otra sociedad. Es una lucha contra todas las infraestructuras típicas de una economía desbocada, autopistas, superpuertos, túneles, macroaeropuertos, etc., y también una lucha contra el automóvil, la suburbialización, la alimentación industrial, la artificialización de la vida, la destrucción del territorio, la explotación del trabajo, etc. Es una lucha antidesarrollista y anticonsumista. La lucha de los afectados por el TAV es una lucha contra la clase dirigente, por lo que ha de saber reconocerse como lucha de clases. Ha de poner en marcha mecanismos organizativos autónomos capaces de elaborar puntos de vista críticos de manera colectiva, así como formas de lucha directa alejadas de la política y el sindicalismo. De ellas ha de nacer un sujeto histórico, una comunidad de oprimidos capaz de enfrentarse como clase a las fuerzas de la dominación y cambiar el mundo según sus deseos.

Vale, pero ¿no es eso abarcar mucho y apretar poco?

Evidentemente una lucha de tal envergadura no es cosa de meses ni de guerras civiles para mañana. Es cuestión de saber fijarse objetivos a medio y corto plazo, por ejemplo, la detención de las obras. Su simple parálisis daría un respiro al territorio y sus pobladores, ralentizando la degradación. Sabotear la política de tierra quemada que emplean los dirigentes, obligándoles a retroceder mediante movilizaciones lo más numerosas posible, como en Valsusa. Cuando es la causa de la libertad la que está en juego, primero hay que ir poco a poco; después, cuando pinten la ocasión, ya se procederá de golpe.

Para acabar y a nivel más personal, ¿qué es para ti el TAV?

Es la prueba de la insolente rapidez con que unos pocos, cuya autoridad cuestiono, deciden cómo va a ser la vida de todos.

18 noviembre, 2012

Galicia partida (TAV)

Miquel Amorós

     El tren de alta velocidad despierta tanto fervor entre los dirigentes paisanos que los sucesivos retrasos en las obras les han colocado varias veces al borde del ataque de nervios. La patronal gallega, harta de tanto aplazamiento, ha terminado por fabricar un “movimiento social” esperpéntico en pro del tren y el parlamento autonómico ha pedido por unanimidad la llegada del AVE cuanto antes. Bien sea por acudir a esa necesidad consustancial al poder de plasmar su esencia en obras faraónicas, o simplemente por electoralismo, lo cierto es que el clamor institucional y empresarial consiguió que el pasado agosto el presidente del gobierno sobrevolara las obras y prometiese que dicha “infraestructura” ‑junto con la financiación correspondiente– gozaría de prioridad absoluta en su segunda legislatura. El TAV cumple en Galicia el mismo papel que en otras autonomías, a saber, el de unificar los intereses de sus oligarquías proporcionándoles una reivindicación concreta que pueda disfrazarse de interés general. Así pues, el TAV, artilugio cuya construcción responde a los intereses de una minoría privilegiada y desarraigada, se transforma en un tema político del cual dependen ni más ni menos el futuro de Galicia y el de sus habitantes. Pues el TAV en los medios de comunicación no aparece como lo que es, es decir, como un capricho carísimo, elitista, destructor e inútil, sino como el apóstol mismo del progreso.


En una sociedad de masas, jerarquizada y globalizada, donde el poder pontifica con total impunidad sin que nadie pueda contradecirle, se llama progreso a los avances de la mundialización, o sea, a la adaptación de los países a los imperativos de la nueva economía y a las necesidades de sus dirigentes. Esta clase de progreso no tiene que ver con ninguna mejora social. Cuando por fin llegue el AVE a Vigo y A Coruña, la sociedad gallega no será ni un ápice más libre, ni menos enferma, más culta o más humana, ni siquiera más rica, puesto que si hay beneficios éstos irán a parar a los bolsillos de quienes explotan el territorio gallego y el trabajo de sus habitantes. El progreso que encarna el TAV es del mismo estilo que el que encarna la especulación inmobiliaria, el maíz transgénico o el chapapote: es el progreso del capitalismo, que se mire por donde se mire, significa la aniquilación de la vida social, la destrucción del territorio y el deterioro físico y mental de sus pobladores. La historia demuestra que lo que es bueno para la dominación económica y política ha sido siempre malo para el común. El TAV es necesario para la casta dominante, pues en una economía impulsada por las finanzas, la hipermovilidad de los dirigentes es una necesidad. La prueba es que el setenta por cien de quienes lo usan son directivos, empresarios, técnicos y políticos. Detrás de su construcción también se esconden múltiples intereses particulares: los fabricantes de trenes y automóviles, las empresas de seguridad, las grandes superficies, las cementeras, las cadenas hoteleras, las constructoras, las promotoras, los bancos, las cajas, etc. Pero además, el TAV es solamente una de las grandes infraestructuras, al mismo nivel que los macropuertos, los aeropuertos y las autovías. La financiación de todas ellas resulta tan onerosa que sobrepasa las posibilidades presupuestarias de las comunidades, y es lo que convierte el problema autonómico en asunto de Estado. Por otra parte, como los centros de poder financiero y político se concentran en la capital estatal, para que Galicia se conecte con el mundo el TAV ha de pasar primero por Madrid. A eso se le ha llamado siempre centralismo. En consecuencia, el abandono de la posición periférica en la economía y la política que es el emblema de la galleguidad bien entendida, la conexión con los centros de decisión reales, no significa otra cosa que el refuerzo de la centralización, puesto que para contactar con Londres o Francfort hay que conectarse primero con “la Meseta”. Para ser internacionales hay que ser primero nacionales. Con eso se da la paradoja de que los progresos en autogobierno que tanto adoran los políticos regionales son deudores de la dependencia más absoluta del Estado y de los centros de poder mundiales. A eso se le ha llamado toda la vida sucursalismo, el padre y la madre de todos los caciquismos. En ese contexto, la especificidad gallega –su historia, cultura, tradición, paisaje– no sirve para fundamentar el derecho histórico de un pueblo a organizar su convivencia de la forma más libre según su idiosincrasia, dígase lo que se quiera; de lo que realmente sirve es de imagen de marca para la comercialización del país, que un lobby regional de diputados, banqueros y empresarios ofrece en venta a los hombres de negocios foráneos. Como anécdota curiosa señalaría el frecuente recurso a la degustación gastronómica en la promoción capitalista de Galicia, metáfora poco sutil del canibalismo de la mercancía. La contemplación de un puñado de dirigentes masticando y engullendo bastaría para sugerir que la modernización gallega no es más que una fagocitosis.

El TAV es un factor de destrucción territorial de primer orden; sumado a los efectos de las demás infraestructuras, su impacto sobre la sociedad y el medio ambiente es equiparable al de una guerra. Altera los niveles freáticos, provoca corrimientos de tierras, crea montañas de residuos, destroza todo lo que encuentra por delante: valles, sitos arqueológicos, lugares históricos, caminos, veredas, etc. Los efectos nocivos son indiscutibles; en tan sólo los cien kilómetros entre Lubián y Ourense han de excavarse cincuenta y tres túneles y tenderse cuarenta viaductos. El trazado dentro de Galicia tendrá un total de cuatrocientos kilómetros, que supondrán más perforaciones y más puentes. Añádase además los correspondientes soterramientos (un 40% del recorrido), cubiertas, taludes, canteras y terraplenes, y obtendremos la obra de peores secuelas sobre el territorio que haya podido concebirse hasta hoy. Sus impresionantes necesidades energéticas obligarán a construir más centrales térmicas, seguramente previstas en un plan gallego de la energía (junto a las eólicas), aportando su óbolo a la contaminación. Y cuando las obras discurran por sitios habitados, los vecinos habrán de soportar accidentes, ruidos, polvo, lodo, fisuras en las casas, socavones, desvíos de tráfico y malos olores. Comarcas enteras quedarán separadas o peor comunicadas por el efecto barrera y el territorio en general resultará mucho más desestructurado, aunque por el lado de la circulación del capital y del poder quede mucho más “vertebrado”. Lo que llaman vertebración de Galicia es la vertebración de la clase dominante en Galicia, la garantía de su rápida conectividad.

Los únicos gallegos que van día sí día también a Madrid son los ejecutivos y los políticos. El resto sólo viaja en contadas ocasiones; su movilidad laboral no excede habitualmente los cincuenta km y el tiempo, a pesar de la presión del trabajo y el consumo, no resulta tan aúreo como para los dirigentes. De comunicar, el TAV no comunica más que a los ejecutivos y a los políticos en la media distancia, pero, en cambio, aísla mucho más a la población. En las actuales condiciones de explotación, los ricos son los veloces, y los pobres son los lentos, por eso la velocidad es un derecho y la lentitud, casi un delito. La proximidad entre los ricos progresa, a pesar de la distancia, gracias al creciente aislamiento de los pobres, a pesar de su vecindad. Al absorber todas las inversiones, el TAV descapitaliza el transporte público, y, en el caso concreto de Galicia, al construirse las vías sobre el terreno de las existentes, suprime de golpe la red de cercanías y obliga a recurrir a medios de locomoción privados. Si además, como ha pasado en los demás trayectos nacionales, se eliminan los trenes de largo recorrido para forzar el uso del AVE, al final tendremos una Galicia mucho peor comunicada que hace treinta años, sin cercanías ni trenes regionales, y con un tren hacia Madrid que cuesta el triple de caro. Habrá un sistema de transporte público tercermundista para los sumisos o resignados (a base de autobuses) y un transporte de alto estánding tecnológico para las elites. Según en qué dirección, mil kilómetros pueden ser más fáciles de recorrer que cuarenta. Pero ni aun así “tren de los privilegiados” funcionará medio bien. Para los dirigentes la clave está en la velocidad y las dificultades orográficas la rebajarán a los 220 km/h, por lo que el AVE, heraldo del poder de la tecnología incontrolada, no podrá competir excesivamente con el coche y el avión, quedándose con una menor cuota de mercado. El TAV es en conclusión una obra inútil, despilfarradora y perjudicial para los intereses de la población gallega. Sin embargo, no se le está construyendo por ser útil, barato o beneficioso, sino por todo lo contrario, porque su carencia absoluta de racionalidad y su realidad aberrante sirven para recordar a todos el carácter irracional, autoritario y perverso de la clase dominante, capaz de proceder con la población, si necesidad hubiere, igual que está procediendo con el territorio. El poder extrae la legitimidad y el reconocimiento de la población sometida, de su arbitrariedad sin límites y de su capacidad de avasallar, no de su amabilidad o de su conducta ecuánime.

Galicia, todavía tiene la población bastante dispersa por el territorio, que es la forma más racional de habitarlo (cuenta con la mitad de todos los municipios del Estado). Esa particularidad la convierte en un lugar con alguno de sus antiguos atractivos intacto, pero desde el punto de vista económico eso es un arcaismo a suprimir, un obstáculo que la penetración de la mercancía va a liquidar. En la actualidad ya existen 500 aldeas deshabitadas y en los próximos diez años se extinguirán más de 8000 pequeños lugares poblados. El tramo de la alta velocidad Vigo-Coruña, cuyas obras debutaron en 2001 con la visita del presidente anterior, anunció la escisión en dos de una Galicia sintonizada con los flujos financieros mundiales: por un lado, una región costera metropolitana servida por el TAV y que abarcaría todas las capitales menos Lugo (eso que ganará Lugo); por el otro, un campo cada vez más fragmentado e inaccesible, a usar como reserva de espacio y fondo decorativo. Un campo no menos explotado, donde en lugar de grelos crecerían segundas residencias y donde en vez de recogerse nabos se recolectarían turistas rurales. La conurbación gallega atlántica –la Galicia económicamente correcta, la Galicia moderna, contaminada y terciaria-- será el fruto tanto de la construcción, la logística y el turismo, como de la despoblación efectiva del agro. La emigración, uno de los lugares comunes del galleguismo, cambiará de sentido: en lugar de orientarse hacia los grandes centros industriales de la península, tendrá que hacerlo hacia los empleos basura de la construcción, la hostelería y el comercio regionales. El desequilibrio territorial se verá incrementado por la metropolitanización y Galicia se parecerá cada vez más a cualquier conurbación de “la Meseta”, diferenciada de ella sólo por el márketing identitario. Bajo el capitalismo la identidad no puede existir si no es como franquicia. La vida discurre de la misma manera en los barrios dormitorio de Madrid, Valladolid o A Coruña: motorización generalizada, mercantilización de toda actividad, ordenanzas represivas, videovigilancia, hipotecas, soledad, masificación, depresión, hastío, infelicidad... En un creciente entorno artificial, los individuos se consumen en una miseria tecnológicamente equipada. Tras ese absurdo reposa una sociedad que necesita un TAV en cada área metropolitana. Por eso la protesta contra el TAV no será efectiva si no cuestiona tanto la sociedad de masas que lo construye como el estilo de vida que impone. No puede reducirse a una simple demanda de modificación de recorrido para salvar un valle como el de Cerdedo o una mina como la de Serrabal. Tampoco puede limitarse a la denuncia del impacto ambiental y la exigencia de indemnizaciones a los campesinos afectados, de reparaciones paisajísticas o de medidas de desarrollo local. El rechazo del TAV ha de ser total e innegociable. Todo lo que no sea pararlo, milita a favor del cemento y la segregación. Hay pues que tener muy claro que una sociedad sin TAV es una sociedad desmasificada y desmercantilizada, equilibrada con el entorno, sin políticos ni ejecutivos, sin sus campos de golf ni sus puertos deportivos, sin enormes infraestructuras ni metrópolis. La lucha contra el TAV ocurre en defensa del territorio y de la sociedad civil asentada en él, amenazados ambos por las decisiones unilaterales de los dirigentes y sus sistemas particulares de movilidad; es por tanto una lucha de la comunidad antidesarrollista contra los dirigentes, contra la clase dirigente. Galicia sólo puede ser Galiza fuera del capitalismo.

Vigo, C.S.A Cova Dos Ratos, Xornadas contra o TAV, 26 de octubre de 2008. Organizadas por el Grupo de Axitación Social, AMAL, OAR e AC Caleidoskopio.

El partido del Estado, por Miquel Amorós.



«Quien es causa del poder de otro, lo es de su propia ruina»
Maquiavelo

Un fantasma pena por el mundo al acecho de los vivos; el fantasma del Estado. La pregunta sobre su naturaleza ha dejado de ser la cuestión central de nuestra época. Vencido el segundo asalto proletario contra la sociedad de clases, los intereses estatales se supeditan a los del Capital y la iniciativa pasa definitivamente a las finanzas. En efecto, la Bolsa ha disuelto fronteras, y en todas partes, el holding, el trust, la multinacional, pasan pon encima de las instancias políticas y administrativas. Los diputados, los líderes sindicales, los intelectuales, los ministros, etc., ceden paso a los mánagers, a los expertos, al marketing. El principio de competitividad se impone sobre el principio de organización y el Estado se doblega ante la supremacía del Mercado. El poder real se manifiesta poco en la actuación administrativa y en la política cotidiana, porque ya no está en manos del funcionariado. El poder, en su crecimiento, se escapa del Estado. El progreso de la burocratización se ha detenido y, de nuevo, Estado y Capital, burócratas y financieros, son realidades separadas. En contraste con la evolución de los últimos cincuenta años, la tendencia histórica actual se dirige en el sentido de la pérdida progresiva de hegemonía del Estado.

La sociedad nacida tras la Segunda Guerra Mundial –en España, treinta años más tarde– basada en la integración política y social de los trabajadores, representados por los partidos y sindicatos, condujo a la parálisis de toda acción proletaria verdadera; la masa obrera, al beneficiarse de mejores condiciones de vida y de trabajo, rehusaba jugar el papel revolucionario que le atribuían, consolidándose un sistema político burocrático diferente, donde la carrera por el control total de la sociedad impelía al Estado, al aumento considerable de los gastos sociales. Ahora, la progresiva retirada del Estado de diversos sectores de la vida social como comunicaciones, transportes, sanidad, vivienda, enseñanza, etc., cuya apropiación en el curso de los últimos cincuenta o sesenta años fue defendida en tanto que servicio público, preocupa a políticos, intelectuales, funcionarios, y, en general, a quienes viven de su administración material o moral; el desasosiego que les causa la renuncia del Estado a representar el interés público está de sobras justificado, puesto que les coloca en mala posición como clase intermediaria que vive de representar dicho interés al menudeo, es decir, como clase al servicio del Estado, como burocracia, y pone en peligro sus lugares de trabajo. El que los mercados financieros internacionales determinen ahora ese interés y no los pactos políticos resultantes del equilibrio local entre fuerzas, implicará a medio plazo la liquidación de una parte de la burocracia estatal y el reciclaje del resto, principalmente en la dirección penal y asistencial. Al sufrimiento burocrático consiguiente se le denomina crisis de la política.

La primera fase de este proceso, la domesticación de los trabajadores mediante la extensión de la precariedad y la creación de un mercado de trabajo volátil abandonado por los sindicatos, fue la creación de un partido del orden unificado, a derecha y a izquierda, plasmación de la alianza conjunta entre Estado y Capital. La ficción del interés público –a veces orden público– necesaria hasta hoy mismo, se vuelve inútil al final, cuando triunfa el Mercado, la reunión de los intereses privados por excelencia, y la diferencia entre la administración del Estado y la de las empresas deja de existir. La actuación de un político, de un funcionario, del propio Estado, está en adelante sujeta a valoraciones traducibles en términos económicos (sale barata o cara, se gana o se pierde, es rentable o deficitaria, etc.). Y puestos en ese terreno, todo lo que hace un burócrata, lo puede hacer un empresario con mejores resultados. No es el fin de lo público, es el fin de la separación entre lo público y lo privado. Es la generalización del principio de competencia capitalista, un verdadero golpe contra el Estado, el paso de la explotación mediatizada a la explotación sin intermediarios, que inaugura obligatoriamente una fase de desburocratización parcial, o como la llaman los afectados, de desregularización.

Sucede que la gestión de las necesidades de la sociedad de masas es cada vez más complicada, más ineficaz y, sobretodo, más costosa. El Estado ha fracasado en la tarea de tallarse una sociedad a su medida y no puede huir hacia adelante, extendiéndose más allá de lo que puede controlar, sin agotar los medios económicos a su disposición. Toda intervención estatal necesita ser financiada y el Estado no puede endeudarse más allá de un cierto límite sin verse en bancarrota. La burocracia política pierde capacidad de maniobra y el Estado pierde el respaldo de sus principales acreedores, que le desposeen poco a poco de sus atributos, incluido el que constituyó siempre su mayor justificación, el monopolio de la violencia. En el modelo social americano, que soluciona el problema del paro y la marginación no sólo con ETTs y asistentes sino con carceleros, la gestión de las prisiones está pasando a empresas y se desarrolla el próspero sector de la policía privada. En el modelo ruso, las diversas mafias compiten ventajosamente con la fuerza institucionalizada en el ejercicio de la protección. El Estado había evolucionado en los últimos tiempos privilegiando la seguridad, pero ésta no ha mejorado con la expansión de aquél, de modo que, el resultado (el caos, la catástrofe), ineluctable ahora, sale menos gravoso sin gestores y es objeto de la iniciativa privada. En un mundo realmente caótico, el Estado aparece como la forma burocrática del desorden. En la lógica de la dominación, es ahora el Mercado y no el Estado quien ha de gobernar.

El Estado es una forma de dominación todavía política que va a transformarse en una forma particular de Capital gracias al recurso de métodos empresariales. La autonomía de las finanzas internacionales ha bloqueado el proceso de fusión de la burocracia privada de los ejecutivos con la burocracia estatal de los funcionarios y políticos, proceso sobre el que se asentaba el llamado «estado de bienestar» –que en España equivaldría al franquismo más la reforma política–, liquidando de un mismo movimiento todas las apariencias estatales de independencia, y eso es el centro de la cuestión. Y no es que la burocracia estatal no necesite marcar sus diferencias con los poderes financieros, es que no puede, ya que la razón de Estado se ha convertido íntegramente en razón de Mercado. La razón de Estado había sido hasta hoy el eje de toda la política contemporánea, debido a la necesidad de Estado que ha tenido la clase dominante para afianzar su supremacía. Por entonces ello supuso el condicionamiento de la acción política al objetivo único de la conservación del Estado. De esta forma el interés público fue identificado con el interés del Estado, y por ende, con el del poder dominante, primando sobre cualquier otro interés y justificando cualquier medio empleado. A diferencia de la razón de Estado totalitario, que de la ideología hacía Estado, la moderna razón hizo del Estado ideología. Al no haber autoridad por encima del Estado, la política perdió su cobertura ideológica y entonces recurrió a la necesidad económica, encarnación moderna del destino. La economía ha sido el límite ideológico del Estado que ahora se vuelve real.

El Estado como forma exclusiva de dominación al servicio de unos intereses ha entrado en crisis, y de ahora en adelante, toda crisis tendrá el efecto de acelerar el proceso globalizador de la economía. Finalmente, la dominación era un problema técnico, un problema que las tecnologías de la información resuelven sin pasar por la maquinaria del Estado, lo cual no es reflejo de una descentralización en la toma de decisiones sino, al contrario, de una centralización de nuevo tipo, porque mientras la burocracia se disuelve en el ciberespacio, el centro se ha virtualizado pero no ha desaparecido. El umbilicus mundi ha subido al cielo. La esencia del poder es de este modo casi inaprehensible, ya que éste no reside en un sólo país o en unas cuantas capitales sino que, gracias a las nuevas tecnologías, está en todas partes y en ninguna a la vez. Los dirigentes máximos habitan una metaciudad atravesada por autopistas electrónicas por donde circulan los capitales: un espejismo gobierna el mundo.

La mundialización no es solamente una simple amplificación y aceleración de la internacionalización de los intercambios comerciales, es la proclamación de la autonomía total y del dominio del capital financiero sobre el capital industrial y el Estado. Significa, entre otras cosas, la redefinición de la división internacional del trabajo, el fin del trabajo asalariado como forma de inserción social y el fin del control estatal del capital privado. O en otras palabras, el fin de la clase obrera, la imposibilidad de un capitalismo nacional, la liquidación del Estado–nación. El proceso ya se había desarrollado en el periodo histórico anterior, el de la hegemonía de las dos superpotencias, EE.UU. y la URSS, que eran dos Estados mundiales. El camino de la mundialización conduce a la disminución del peso específico de los partidos y de los parlamentos, «del poder de decisión de la ciudadanía» como dice el vocero europeo de la burocracia bienpensante Le Monde Diplomatique, que ante sus feligreses promueve una resurrección del espíritu nacional y un culto sin disimulos al Estado. Se clama por una unión sagrada entre partidos de izquierda apoyada por los sindicatos y las asociaciones y se ensalza la punta de lanza de esa unión: la masa de funcionarios de a pie, bautizada como «mano izquierda del Estado», y sus mandos, o «petite noblesse d’Etat». La conversión de estalinistas y ecologistas a este nacionalismo de circunstancias es un hecho. Paradójicamente, el nuevo nacionalismo de Estado ha de librar batalla en el campo supranacional. A una internacional de los financieros ha de oponer una internacional de la burocracia: eso es el partido del Estado.

Los ideólogos extremistas del partido del Estado pretenden una federación de Estados que implicaría una especie de Estado europeo, y por de pronto, reivindican que las naciones transfieran poder al parlamento europeo y que éste reciba el mandato de las políticas «nacionales». También reclaman «un espacio público europeo que permita a los ciudadanos participar en la edificación de la Unión» (Le Monde Diplomatique, marzo de 1996). Pero la Unión Europea no es una federación sino un mercado, por lo que el parlamento europeo no es más que una instancia secundaria, un adorno, los parlamentos nacionales no tienen poder real que transferir, las políticas nacionales no existen y el terreno político europeo se halla hipertrofiado con toda clase de asociaciones, como el Forum Cívico Europeo, las Conferencias interciudadanas europeas, el Comité Europeo por el respeto de las Culturas y de las Lenguas, el Foro Europeo de la Juventud, organizaciones diversas, sindicales, de enseñantes, de investigadores, etc., verdaderos viveros no gubernamentales de burócratas de todo pelo. Tras esa «utopía» estatalista se esconde en realidad el deseo de ampliar la base internacional del partido, de crear una nueva zona de mediación interestatal, con asociaciones y organismos subvencionados no necesariamente útiles, pero que creen empleos para la «ciudadanía» de aspirantes a dirigentes.

El partido del Estado es la idea madre de la intelectualidad estatista, ansiosa por inventar un nuevo discurso políticamente correcto más allá de las habituales coartadas pacifistas, feministas o ecologistas. Pero en el plano de la acción, la burocracia política es incapaz de una coalición internacional que sea otra cosa que un club del estilo de la Internacional socialista, debido a la disparidad de intereses de sus componentes, y difícilmente forma una a escala nacional. Pero por encima de todo, la burocracia es incapaz de oponerse seriamente a las causas profundas de la mundialización, porque sólo cree en el poder y éste ya no reside en el Estado. Así pues, con la totalidad del discurso panestatista solamente comulgan los menos «realistas», quienes identifican todavía Estado y poder, como por ejemplo los estalinistas y su cohorte de izquierdistas. Y es que los intereses de la burocracia no apuntan a un Capitalismo de Estado sino a un Estado en el Capitalismo. Como los antiguos mandarines, la burocracia es una clase que no detenta el poder sino que lo administra, que no posee nada, que no controla su reproducción y que se representa a sí misma representando a otros: al Estado, al Ciudadano, al Obrero... No ejerce función de dirigente sino de transmisor. Obedece y manda. Además, de acuerdo con la naturaleza de su mediación varían sus intereses. Por consiguiente, su partido, el partido del Estado, otrora llamado «la unidad de la Izquierda», no puede existir unificado orgánicamente, a lo sumo puede funcionar coaligado. No es un partido ideológico sino un conglomerado de intereses varios y de clientelas diversas. Cada fracción defiende sus intereses específicos y la mayoría –los socialdemócratas y los sindicatos– propugnan «terceras vías» o «nuevos centros», o sea, que se sitúan fuera de él, en un lugar indeterminado entre la estatización y el mercado global, más cerca del segundo que de la primera. Como dijo González a sus compadres italianos, «Un Olivo mundial sólo puede entenderse como una declaración de intenciones». En resumen, una internacional de la burocracia no sirve más que para cantar, el huevo se pone en otro nido. Disimulan, cada sector a su modo, el hecho flagrante de que, para poder seguir en política, el partido del Estado ha de «estar constantemente ajustando la política según la orientación de los mercados» (G. Schroder), es decir, ha de hacer exactamente lo contrario de lo que ha pregonado.

En tanto que representante de los intereses generales de la burocracia, el partido del Estado parte de los principios que la justifican, como el de la separación entre el ciudadano y la administración pública –la separación entre gobernantes y gobernados, o sea la especialización del poder– o el de la necesidad del mantenimiento permanente de aparatos policiales y ejércitos. Es un partido de orden –no conviene olvidar que el partido del Estado puede llegar a ser el partido del crimen de Estado cuando crea que el orden lo requiere– que dice defender la «justicia social» a su manera, con una gran burocracia asistencial. Sus falsos contrincantes, o lo que es lo mismo, sus verdaderos interlocutores, las fuerzas que dirigen el Mercado, el partido de la Mundialización, no son enemigos jurados de la burocracia ni pretenden abolir el Estado. Quieren simplemente someterlo a las leyes económicas y dan preferencia al desarrollo de una burocracia judicial y carcelaria, con el fin de controlar las contradicciones de la Economía. Piensan que el orden planetario puede concebirse de forma diferente a la del Estado mundial, a saber, como un espacio sometido a la Economía incontrolada y vigilado por un Estado gendarme. Entonces, partidarios también del Estado hasta cierto punto, no solamente no combaten al partido del Estado, partidario del mercado global también hasta cierto punto, sino que frecuentemente se sirven de él para imponer sus planes sin despertar resistencias que les inquieten, puesto que se ha de favorecer al máximo la adaptación de las estructuras productivas locales al mercado mundial autoorganizado y el descontento generado ha de adoptar formas inocuas y perseguir fines irrelevantes, tareas ambas que hasta hoy constituían la misión histórica de dicho partido: en Europa han sido llevadas a cabo mayormente por gobiernos socialistas, normalmente con apoyo estalinista. No es nada extraño entonces que entre las distintas esferas de poder haya una cierta permeabilidad y que los dirigentes circulen por ellas, como lo demuestra la buena acogida que reciben en los círculos empresariales o el paso cada vez más extendido de la política a los negocios; diríase que, siendo la política algo subalterno, un dirigente llega a la madurez cuando la deja.

El partido del Estado se quiere constituir cuando el trabajo contrarrevolucionario del Estado y de sus partidarios se está acabando. La posibilidad de verdaderos movimientos sociales que atacan las bases de la miseria y de la opresión, discuten sobre la reorganización social y formulan proyectos de emancipación humana se ha vuelto irreal; solamente se dan movimientos de supervivencia perfectamente controlables. El partido del Estado, en su etapa actual, no significa un obstáculo para la economía, antes al contrario, es el partido de la economía. Como dijo un significado experto, «sin el Estado no se puede hacer nada». Todavía tiene que dirigir el proceso globalizador, tal como demuestran los ascensos de Blair, Jospin, D’Alema... Todavía ha de realizar la tarea de su antagonista, a saber, la de desmantelar el Estado. Así pues, el partido del Estado se bate por su última tarea, la de preparar la transición hacia un orden mundial en el que ya no será necesario.
Cuando la sociedad funciona a través de una fuerza organizada y separada que recauda impuestos, decreta normas y las hace cumplir, estamos ante un hecho político singular, el Estado. No es una realidad intemporal, tiene fecha de nacimiento y también de caducidad. Como acertadamente dice Bakunin, el Estado es una forma histórica de sociedad, y como tal, perecedera: “Es la autoridad, es la fuerza, es la ostentación y la infatuación de la fuerza.” En efecto, el poder –la autoridad que confiere el monopolio de la fuerza– es el elemento clave del Estado y la razón última de su ser. A diferencia del antiguo, el Estado moderno –después de que Maquiavelo revelara su verdad íntima– no necesita razones divinas para explicarse, se justifica por sí mismo, él mismo es su propia finalidad. A eso llamaron la Razón de Estado. Sin embargo dicho Estado ordena una sociedad dividida, donde a lo largo de la reciente etapa histórica, una actividad específica, la economía, se ha vuelto independiente y ha acabado por dominar el resto de actividades sociales, particularmente la política, es decir, el ejercicio del poder. La clase dominante, la burguesía, es la clase que controla la economía. Lo económico es cada vez más infraestructura y superestructura pues lo político ha perdido toda su autonomía: la Razón de Estado se ha convertido en Razón de Mercado. Más adelante, en una etapa posterior, cuando los gobiernos establezcan el desarrollo económico como directriz absoluta de la política estatal, el Estado, que ha perdido su carácter político a nivel nacional, da un paso adelante en su dependencia económica y de instrumento exclusivo de dominación de una burguesía local cualquiera pasa a obedecer los designios de la elite corporativa internacional. Las relaciones interestatales dejan también de ser estrictamente políticas. A semejanza del planteamiento de Hobbes, una nueva teoría capitalista del Estado se fundaría en un contrato de sumisión ideal por el cual los individuos con derecho a voto (o ciudadanos) renuncian a sus derechos políticos en la medida que traban la libre desenvoltura de las finanzas internacionales. Algunos detalles parecen corroborarlo, como determinadas medidas de orden público y de reforma financiera, y, sobre todo, las cláusulas relativas al déficit presupuestario y al pago de la deuda estatal incluidas no hace mucho en el ordenamiento jurídico constitucional. Desde entonces los individuos, que ya no existían “de facto” como seres independientes frente a los mercados nacionales, dejan de hacerlo legalmente, porque han traspasado “de jure” –o lo han hecho otros en su nombre-- su libertad al Mercado mundial.

Desde que el desarrollismo es ley, Estado y Capital dejaron de ser realidades distintas. Interés público e interés privado económico coincidieron en apariencia. El código mercantil pasó a ser la fuente principal de derecho civil. Esa nueva racionalidad desencadenó una reorganización de las fuerzas económicas de tal magnitud que pusieron fin a la democracia típicamente liberal, al Estado-Nación y al capitalismo nacional. Se dieron entonces las condiciones de una separación radical entre producción y finanzas, que se concretó en una deslocalización productiva, una circulación plenamente libre de capitales y una expansión unilateral del crédito (y del riesgo financiero) a escala mundial. La mundialización tuvo profundas consecuencias: la supresión de barreras a la especulación, la desregulación del mercado laboral, la corrupción del sistema de partidos, la pérdida de influencia de los sindicatos, la atomización y dispersión del proletariado, la liquidación definitiva de la agricultura no industrial, la decadencia de las clases medias, el endeudamiento institucional y social... En una primera fase que podríamos calificar de neoliberal, el periodo eufórico de las burbujas inmobiliarias, tecnológicas y, en general, financieras, el papel del Estado tendía a reducirse al mínimo. El Estado había perdido su función mediadora entre la sociedad y los mercados, por lo que sus servicios habían dejado de ser necesarios. El Estado se justificaba exclusivamente por la Economía, esfera adonde se había desplazado el poder: tenía que estar a su servicio. La sociedad globalizada requería pues un desmantelamiento del Estado en todos los sectores ajenos a la defensa de la violencia económica, pero el Estado mínimo no es un Estado fantasma, sino un Estado policía. Es bien sabido que la libertad económica se lleva mal con las libertades sociales, pero ahora incluso con el espectáculo de la libertad. Las medidas disuasorias dominaron pues sobre las preventivas. La desregulación de los mercados, la contaminación o el agujero en la capa de ozono no implicaban un desarrollo de los medios de control social tradicionales puesto que la prevención y el garantismo resultaban caros, sino solamente el incremento de los mecanismos de choque, especialmente las fuerzas de intervención rápida, los programas de evacuación, los centros de detención de indocumentados y el armamento antialgaradas. El Estado policía ya no podía permitirse un adiestramiento positivo de la población bajo condiciones de supervivencia cada vez más extremas y tenía que habituarse a la contención y la concentración. El Estado policía no es un Estado de derecho al margen de la economía, sino un Estado de excepción donde la ley deroga todas las garantías jurídicas que obstaculicen el dominio absoluto de la economía. Imperio de la ley sí, pero de la ley de los mercados. La libertad de las personas es sólo un subproducto degradado de la libre circulación de los capitales.

El Estado-Nación, sin embargo, no se disolvió sino idealmente, sobre el papel. En Francia la industria nuclear, terreno en el que un cierto interés nacional de clase puede formarse, impedía esa disolución, y, en el resto de estados, precisamente la desaparición de ese interés desempeñaba el mismo papel. Los tejemanejes de la economía real y los fondos europeos los Estados proporcionaron suficiente efectivo para conservar e incluso agrandar el aparato político-burocrático, dando lugar a una patrimonialización partidista de la cosa pública favorecida por una Ley de Transparencia ausente. Así pues, la “clase” política estableció alianzas con los principales grupos de poder económico: los bancos, las grandes constructoras, las eléctricas, las grandes compañías del gas y el petróleo, las multinacionales del transporte y la distribución... El resultado fue que los Estados no defendían intereses económicos generales sino intereses particulares. Puede que los organismos directores de la economía global tales como el Tesoro americano, el FMI, la OMC, la Comisión Europea, el BCE, etc., dictaran orientaciones, pero no suplantaban a la oligarquía nacional político-burguesa: el Estado se debía antes a las corporaciones que trataban con él a través de su propia clase política y esa prioridad determinó una globalización más caótica de lo que cabía esperar. Es más, cuando la crisis ecológica se vio reforzada por el fenómeno del calentamiento global y el aumento exponencial de la demanda energética, reorientando los mercados capitalistas hacia el negocio verde, la función de conciliar la ecología con la globalización fue otorgada por sucesivas “Cumbres de la Tierra” al Estado. El ambientalismo se convirtió en una fe política, con dogmas, íconos y soluciones sencillas “de mercado” para todos los problemas. Tras ellas el Estado tuvo que encargarse de poner en marcha los dispositivos locales de los nuevos mercados mundiales de la descontaminación, la descarbonización y de la energía, responsabilizándose de los residuos y subvencionando los sectores insuficientemente rentables como el de los agrocombustibles o el de las renovables industriales. La etapa del “desarrollo sostenible”, la que correspondía a la valorización del territorio, devolvió protagonismo al Estado en tanto que promotor y legislador de la “sostenibilidad”, nueva propiedad de la acumulación de capitales, pero sobre todo, como Estado inversor, costeando las infraestructuras, a menudo innecesarias, como megapuertos, aeropuertos, trenes de alta velocidad y autopistas, fruto de la megalomanía dirigente combinada con el interés privado y la corrupción política. El desarrollismo es una constante huida hacia delante y toda huida capitalista hacia delante ha de ser tutelada y financiada por el Estado. Cuando el coste es ruinoso se le llama crisis.

Las crisis ponen cada cosa en su sitio. La verdadera naturaleza del sistema queda al descubierto y el lado ficticio del dinero y del crédito se hace patente cuando el descontrol financiero y estatal sobrepasa los límites. La relación Estado/Economía tiende a invertirse: a fin de cuentas el Estado puede existir sin capitalismo pero el capitalismo jamás subsistirá sin el Estado. Cuando el Estado es amenazado por la Economía se descubre que en realidad la Economía depende del Estado. El Estado, o sea, la fuerza (y la autoridad que ésta confiere), es en último extremo su único baluarte. El valor, el factor abstracto convencional que fundamenta el capitalismo, no tiene otro asidero más seguro. La globalización ha acarreado un capitalismo de Estado. Efectivamente, el capital no es una acumulación de objetos, conocimientos y medios, sino una relación social mediatizada por todos ellos, pero cuando por ejemplo, un enorme agujero crediticio, o una gigantesca acumulación de activos ficticios, o el agotamiento previsible del petróleo, quiebran esa relación con más eficacia que una insurrección popular, solamente la fuerza estatal puede recomponerla y asegurarla. Las crisis, al señalar el Estado como tabla de salvación, le transfieren el poder que los mercados le habían arrebatado. El Estado se convierte en el gran interlocutor, no porque haya recuperado sus antiguas funciones políticas, sino porque se ha puesto realmente al servicio del interés general económico: se ha vuelto economista. La autoridad estatal sustituye en el tajo a la pretendida autorregulación de las finanzas incontroladas. El nivel de endeudamiento condiciona por supuesto su libertad de movimientos puesto que sus acreedores ante todo han de asegurarse el reembolso de los préstamos y el pago de intereses; pero la gravedad de las crisis, es decir, la amenaza del colapso económico, amplía los márgenes de actuación. El salvador ha de ser salvado previamente si las circunstancias lo requieren.

El Estado parece ser la respuesta a todas las cuestiones sociales y el amigo de todas las clases. Los bancos y los Gobiernos autonómicos recurren al Estado para ser intervenidos; los empresarios apelan al Estado en demanda de liquidez; los funcionarios le exigen moderar los ajustes; los sindicatos mendigan empleos, los comerciantes, rebajas de impuestos; e igualmente se dirigen al Estado los pensionistas, los inmigrantes, los mineros, los compradores de productos financieros tóxicos, los fabricantes de placas solares..., cada cual con sus problemas particulares. Ya no se ocupan los lugares de trabajo, ni ocurren manifestaciones en los barrios; se viaja a la capital para llamar la atención del Gobierno, o en su detrimento, del ministerio correspondiente, con la esperanza de sentarse en una mesa de negociación. Advirtiendo de su perversa y abstracta naturaleza, alguien dijo que el Estado era el mal, pero resulta que es un mal con el poder de intervenir en una sociedad paralizada. Las crisis económicas y ecológicas actuales desembocan en crisis laborales, fiscales, crediticias y asistenciales, pues la transferencia de capitales que debe colmar la deuda energética, bancaria y administrativa se efectúa a costa de la población. El Estado ha de asegurar que el proceso discurra con orden y que la destrucción definitiva de la sociedad civil no genere focos de resistencia que causen a los dirigentes problemas de consideración. El Estado lo es todo, porque sus súbditos no son nada. En esa atmósfera de temor y sumisión, la lucha de clases, lejos de reaparecer como lucha contra el Estado, se disuelve en peticiones ciudadanistas de reforma política que sitúan al Estado en el máximo nivel, por encima de todas las clases. Si, al final, todo es cuestión de poder, la correlación de fuerzas no puede ser más desfavorable para los inconscientes desposeídos. Los usurpadores de la representación popular, los autoproclamados portavoces de la ciudadanía, “los macarras de la tiranía” en palabras de Sexby, los han persuadido de prostituir su libertad para mejor entregarlos al enemigo.

Nosotros venimos llamando partido del Estado a la tendencia que propugna una conciliación entre capitalismo y parlamentarismo, a través de una fórmula que, todo y alentando el crecimiento económico y la oferta de empleos, permita un juego político menos condicionado por la economía. Para los partidarios de otro tipo de capitalismo, de un capitalismo políticamente correcto, con rostro humano, el Estado es el bien supremo. Es la llave maestra de todas las puertas que conducen a la reinvención de la democracia populista, y el motor de una nueva sociedad, capitalista por supuesto, pero mucho más receptiva a las pequeñas empresas políticas, gracias a sus canales de participación. Hablamos de un partido que se opone a la reducción del número de concejales y diputados; bien al contrario, pide la expansión de la burocracia, pues representa a las clases medias en descenso, cuyo componente más afectado es el funcionariado. Del movimiento contracumbres a los indignados del 15-M, pasando por la creación o renovación de partidos terceros a base de antiguos fragmentos estalinistas, socialdemócratas o nacionalistas, se levanta una falsa oposición que en nombre de las masas ciudadanas en precario llama al gobierno lo mismo para un roto que para un descosido. Así igual pide al Estado que aplique la tasa Tobin, que decrete la Renta Básica, reforme la ley electoral, elabore un programa decrecentista, consiga créditos para las pequeñas empresas, desoiga las recomendaciones de las autoridades monetarias o nacionalice la Banca. En resumen, que el Estado detenga, regule o simplemente negocie los plazos de la transferencia de capitales desde las clases endeudadas hacia las finanzas especulativas. Que gestione la crisis en beneficio de las clases perdedoras en el mercado mundializado, justamente lo que el Estado no puede hacer porque su misión es exactamente la contraria. El Estado no es un islote en un mar de finanzas embravecidas, sino una institución de la economía globalizada. El verdadero partido del Estado sería el de los partidarios del mercado mundial y del crédito a muerte; la elite política financiera e industrial que está al mando. En pocas palabras, los grandes partidos oficiales. Y lo que hemos llamado hasta ahora partido del Estado, sería mejor el partido del Estado nodriza, una especie de Partido Nacional que reclamaría para el Estado funciones dirigentes propias de la etapa preglobalizante. Partido pues de la burocratización intensiva, del presupuesto hinchado y de la deuda estatal, del mercado nacional, del empleo subvencionado, sin otra finalidad que la reconstrucción de la influencia perdida de una casta populista que ha servido bien a la dominación hasta la irrupción brutal de las fuerzas económicas transnacionales.

   En la sociedad industrial desarrollista, la concentración de poblaciones masificadas en espacios asfaltados y urbanizados, sometidas a una clase dominante extremadamente jerarquizada y móvil, requiere un aparato de poder complejo y desarrollado, una sofisticada “megamáquina”. La conservación de las condiciones capitalistas esenciales obliga no sólo al sacrificio de la política autónoma, sino a la reducción de la burocracia partidista, de forma que la alternativa entre un Estado demócrata repleto de diputados y otro autoritario relleno de cargos arbitrarios es falsa; en una sociedad esclavizada por “los mercados” la opción discurre entre un Estado capaz de saldar sus deudas y otro insolvente. El primero puede permitirse mayor imaginería democrática a la hora de aplicar las medidas terroristas que impone la buena marcha de la economía. El segundo ha de plegarse a las exigencias de instancias exteriores cuyas órdenes se manifiestan a través de un Estado mejor administrado que les sirve de referencia, como es el caso de Alemania. En el otro extremo, una sociedad libre de condicionantes económicos es más que nunca una sociedad emancipada de condicionantes políticos, libre pues tanto del Mercado como del Estado. Una sociedad sin cargos electos, sin ejecutivos, consejeros ni asesores. Es una sociedad sin dirigentes ni expertos que ha de funcionar fuera de la economía autónoma y de la política profesional o amateur. Eso significa que ha de recrear en su seno condiciones no capitalistas suficientes e instituciones democráticas horizontales que hagan posible una existencia sin Estado. En palabras de P. J. Proudhon, “Encontrar una forma de transacción que, unificando la divergencia de intereses, identificando el bien particular con el general, borrando la desigualdad natural mediante la formación, resuelva todas las contradicciones políticas y económicas; aquella donde cada individuo sea a la vez productor y consumidor, ciudadano y príncipe, administrador y administrado; donde la libertad aumente siempre sin que nunca sea necesario alienar nada; donde el bienestar crezca infinitamente, sin que nadie sufra, bien de parte de la sociedad o bien de sus conciudadanos, ningún perjuicio, ni en su propiedad, ni en su trabajo, ni en su peculio, ni en sus relaciones de interés, opinión o afecto con sus semejantes... Yo no pido ni el bien, ni el manejo de los asuntos de nadie, y no estoy dispuesto a sufrir que el fruto de mi laboriosidad sea presa de alguien. También deseo el orden, tanto o más que quienes lo perturban con su pretendido gobierno; pero lo quiero como efecto de mi voluntad, como una condición de mi trabajo y una ley de mi razón. No lo soportaré jamás si proviene de una voluntad exterior, que me impone como condiciones previas la servidumbre y la esclavitud”. (Idea general de la revolución en el siglo XIX”)

    En 1850 Proudhon, cuyos conceptos de propiedad y de trabajo derivaban de la economía “moral” típica del proletariado primitivo, creía que podría saltarse la lucha de clases con esa fórmula transaccional que él llamó “contrato”, especie de pacto social federativo desde la base social organizada, “en lugar de la alienación de las libertades, del sacrificio de los derechos, de la subordinación de las voluntades.” Es en cierto modo lo que hoy ensalza cierto ciudadanismo económico y municipalista, pacifista, encandilado con las cooperativas autogestionadas, las redes de consumidores y las monedas que llaman solidarias. Sin embargo, la historia, y, por consiguiente, la memoria de la experiencia, nos han enseñado que el conflicto es insoslayable, que la dominación utilizará todas sus fuerzas y recursos a su disposición para mantener la población en un estado de sumisión permanente, que la liquidación de los múltiples intereses de clase o de casta y que la supresión una tras otra de todas las piezas de la maquinaria gubernamental será obra de un sujeto revolucionario todavía por formar, y que el pacto o contrato social que lo constituya no se acordará en luchas laborales o reformas políticas, sino en revueltas territoriales y crisis urbanas. Cuando triunfe, los acuerdos entre iguales sustituirán a las leyes, y la libre federación de comunidades hará lo mismo con el Gobierno y el Estado. Es un camino largo y difícil, pues ha de pasar por encima de muchos cadáveres vivientes que, a pesar de haber sido sentenciados por la evidencia histórica, se obstinan en seguir coleando, abrazados al mundo tal cual es, el único lugar donde su sinrazón cobra sentido.


10 noviembre, 2012

El aire de la ciudad: el fin de la libertad en la generalización de lo urbano,


Miquel Amorós.

Si como dijo Hegel el aire de la ciudad nos hace libres, en la misma medida el aire de la conurbación nos hace esclavos. Si el ágora, el foro o la plaza pública hicieron posible la libertad y la igualdad, su desaparición las aniquila. La conurbación que sustituye a la ciudad -y que algunos llaman posciudad- tiene características bien diferentes. La conurbación es exactamente lo contrario de la ciudad, lo opuesto de un lugar a la medida del habitante: es una no-ciudad, un espacio hecho a la medida del automóvil. Un amontonamiento aleatorio de edificios desparramándose por el territorio sin más orden que el que imponen los cinturones y ejes viarios. Lo que define la ciudad es el espacio público, el terreno común donde se dan las condiciones de una vida pública, allí donde los habitantes, a los que llamamos con propiedad ciudadanos, pueden expresarse; allí donde pueden formular y defender un proyecto colectivo. Gracias a esa dimensión política, la polis, es decir, la ciudad, fue el lugar privilegiado de la historia, de la historia como despliegue de la libertad. En cambio, en la conurbación no existe espacio público; se sigue llamando así a una zona neutral donde son imposibles las relaciones urbanas, el diálogo político o la gestión ciudadana; un espacio-espectáculo que no llama a prácticas comunitarias sino a circos que consagran la pasividad. Lo que define a la conurbación es el espacio circulatorio, el asfalto, que abarca prácticamente todo el espacio no construido. Un espacio donde se puede ir de un lado a otro sin tocarse, pero donde los encuentros son imposibles; un lugar muerto en el que se deshacen la libertad y la historia. Desde que la ciudad no es ciudad, los ciudadanos no son ciudadanos. Los que ahora se llaman así son sólo votantes, sin un sentido particular de pertenencia, puesto que la conurbación no pertenece a los que la habitan. El urbanismo ha sido el instrumento de esa desposesión.

El urbanismo surge cuando los destinos de la ciudad caen en poder de la burguesía. El urbanismo no es más que la proyección de la ideología burguesa en el espacio ciudadano, o lo que es lo mismo, la herramienta mediante la cual se convierte la ciudad en un centro de acumulación de capital. Sus primeros pasos son quirúrgicos: a costa de los huertos conventuales desamortizados, de las murallas y de las venerables callejuelas, se ensanchan plazas y se abren vías rectas de penetración que establecen el primer peldaño en el predominio de la circulación sobre el lugar: circulación de tropas, de mercancías, de carruajes..., de capital en suma. La mercancía coloniza las relaciones sociales e introduce un nuevo concepto del tiempo: el tiempo es oro. Las masas ciudadanas se ponen en movimiento espoleadas por la prisa que les impone la economía. La ciudad crece porque ha de absorber los excedentes depauperados de población campesina que fluyen a ella en busca de trabajo y porque la nueva clase dominante necesita un espacio propio. La burguesía mediante reformas interiores, fabrica nuevos centros donde concentrar la actividad comercial y financiera. El centro se segrega de la periferia, adonde se instalan las actividades industriales, se trasladan los mataderos, los cementerios, los manicomios y las cárceles. Para vivir la burguesía construye nuevos barrios, los ensanches, separados de los viejos barrios de artesanos y obreros. El espacio público al aburguesarse, desaparece; la burguesía es una clase que sobrevalora su intimidad. En los exclusivos ensanches los edificios son altos, con amplias viviendas, las calles espaciosas, con comercios y establecimientos de lujo. La idea burguesa de edificio público no es el palacio, ni la modesta “casa del pueblo”. El inmueble grandioso representa la ideología burguesa de progreso. Así se construirán gracias al uso del hierro los nuevos consistorios, preferentemente en un estilo ecléctico, las centrales de Correos y Teléfonos, los mercados municipales, las estaciones del ferrocarril y todas las sedes de bancos y grandes empresas. La función de la mole de ladrillo, hierro y cemento no es otra que la de plasmar en el espacio la nueva jerarquía social que rige en la ciudad, preocupada exclusivamente por el movimiento de mercancías y dinero. Con su imponente presencia el inmueble ha de inhibir cualquier práctica cotidiana típica de una sociedad igualitaria, paralizar la dinámica social a su alrededor; en resumen, ha de mantener el orden.

El diseño en cuadrícula u ortogonal no da significación alguna a valores colectivos, más bien revela una parcelación del terreno que obedece a razones económicas: la creación del mercado inmobiliario. Al mismo tiempo que la burguesía hace negocio con los terrenos, consagra la privacidad como valor supremo, pues al contrario de lo que sucede en los barrios obreros, en los ensanches se prima lo interior sobre lo externo y, como consecuencia, se desvaloriza la vida social. La preponderancia de la circulación sobre el lugar es también la de la vida privada, urbanísticamente representada por la isla de casas, la manzana. La ciudad burguesa es una ciudad rota, en la que cada fragmento cobra autonomía: el centro político, el centro comercial y financiero, el ensanche residencial burgués, las barriadas obreras, los suburbios fabriles, la plaza de toros... Los espacios antaño comunes pierden su capacidad de relación y de comunicación, las calles separan las casas, las escaleras separan los pisos y los vecinos, encerrándose en ellos, se separan del mundo. El movimiento repetido al infinito acaba con la experiencia del espacio. Separa el espacio del tiempo y de la memoria; los monumentos son homenajes al olvido. Al someterse a la circulación la ciudad pierde su ritmo. La calle ya no se habita; es solamente un lugar de paso para ir de compras o al trabajo.

En el estado español, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, las grandes ciudades dieron un salto cualitativo en la urbanización. Los Planes de Desarrollo y la entrada de capital foráneo fueron para la época el equivalente de lo que fueron derribo de las murallas y la llegada del ferrocarril para el periodo anterior. La actividad industrial pasó a ser preponderante y a concentrarse alrededor de las ciudades, forzando un vaciado de población rural. En quince años la población de muchas ciudades llegó a duplicarse. La oleada migratoria apenas pudo ser albergada en bloques de pisos, polígonos y grupos de viviendas, de arquitectura pésima, vertical y barata, ubicados según el precio del suelo con el objetivo de contener el mayor número posible de habitantes por metro cuadrado. La manzana como unidad edificatoria fue definitivamente abandonada y el bloque abierto pasó a ser la unidad celular del tejido urbano. Espacialmente significaba un grado myaror de privatización y de anonimato. Aunque por primera vez, o casi, el crecimiento estuvo planificado, los Planes Generales de Ordenación no sirvieron más que para rellenar con total permisividad los terrenos situados entre la ciudad histórica y una ronda viaria diseñada ex profeso, plasmando un esquema de crecimiento concéntrico -como una mancha de aceite— que nunca será modificado. El deterioro de los barrios populares provocó la huida de las clases medias a la periferia, lo que a su vez obligó a largos desplazamientos y generalizó el uso del automóvil. La ciudad se sale de sus límites merced al vehículo de motor. Al expandirse se multiplican las distancias y pierde la forma, exigiendo cada vez más medios de transporte. El tráfico rodado aparece tímidamente y toma posesión de las calles. En pocos años será el amo absoluto de la ciudad industrial. Durante los años sesenta las ciudades no solamente se extendieron sino que se suburbializaron. La motorización de la población, el almacenaje masivo de gente en los extrarradios, la degradación de los centros históricos y la destrucción de los huertos urbanos fueron fenómenos simultáneos. A los problemas económicos se añadieron los relativos a la miseria cotidiana, o, dicho con palabras prestadas de la sociología, a la “mala calidad de vida”.

Pero mientras que cualquier manifestación pública era reprimida, el coche propio, la televisión y una mínima capacidad de consumo ensanchaban los límites de lo privado. El fútbol sucedió a los toros como primer espectáculo de masas. La zonificación como principio exclusivo, la privatización equipada y la dictadura de la circulación caracterizaron el urbanismo desarrollista, dando como resultado una aglomeración de individuos con escasos vínculos entre sí, indiferentes al lugar, automovilistas esclavos de las leyes dictadas por las “infraestructuras”, bien fuesen circunvalaciones o autovías radiales.
El desarrollismo no fue sin embargo un rasgo específico de la dictadura franquista. Formulado por primera vez por el presidente norteamericano Truman en 1949, fue la doctrina oficial de todas las clases dirigentes y de todos los que hablaban en nombre de las clases oprimidas. Por eso el cambio de régimen alumbró una clase política separada pero no supuso un cambio de orientación en el fascismo urbanizador y mucho menos un retorno de la vida pública. Tras un corto espejismo se produjo una profesionalización acelerada de la política y el sindicalismo a la par que una desactivación del movimiento vecinal, procesos que sustituyeron a los mecanismos represivos anteriores de forma mucho más eficaz. España siguió siendo “una, grande y urbanizable”. Los nuevos PGOU eran trajes aparentemente distintos pero hechos a con los mismos patrones. Unos pocos zurcidos, más verticalidad, mayor zonificación, mucha más motorización y de nuevo un desarrollismo sin otra justificación que la continuidad del proceso especulativo, puesto que la población dejó de crecer durante casi dos décadas. Bajo la consigna “la tierra para el que la recalifica”, los especuladores colmaron de edificios los huecos de las ciudades hasta un segundo, tercero o cuarto cinturón, consumiendo el suelo de uso industrial periclitado y lo que quedaba de suelo agrícola, para soldarse luego con las ciudades y pueblos circundantes y constituir una gran área metropolitana. El fenómeno ha sido llamado “periurbanización”. Las antiguas barriadas céntricas se despoblaron y fueron parcialmente reocupadas por población marginal, acentuándose el deterioro de los lugares. Los viejos ensanches también empezaron a perder gente; buena parte del relevo generacional buscó casa en la primera o segunda corona metropolitana, ya por deseo de mejor entorno, ya por precios más asequibles. Gracias a la derrota del movimiento obrero pudieron pacificarse los escasos lugares liberados a la vida pública y lograron disolverse las ansias emancipadoras en un océano de consumismo y evasiones lúdicas. El subdesarrollo intelectual del habitante resultaba tan acentuado por el urbanismo que era muy fácil de adoctrinar para el consumo y las hipotecas. El desarrollismo exacerbó todas las taras del urbanismo burgués: la fragmentación de la ciudad, la destrucción del territorio, la masificación, la inmadurez mental, el predominio de la movilidad sobre los lugares, la urbanización sin límites... Los materiales prefabricados prepararon a los consumidores para una la uniformidad absoluta a traves de unos cualtos milllones de pisos, apartamentos y casas idénticos. Una arquitectura anónima entraña un modo de vida impersonal, insensible a la belleza tanto como a la fealdad, regido por una idea de confort privado que descansa en el ascensor, las cristaleras, el aire acondicionado, los cuartos de baño y sobre todo en la bunkerización, a base de alarmas, códigos de acceso y puertas blindadas. El desarrollismo urbano, tanto en la Dictadura como en la Democracia posdictatorial, transformó la ciudad en mero soporte de la circulación autónoma y de ahí vino lo demás. Al resultado final ya no se le podía llamar ciudad, puesto que se trataba de una extensión urbanizada sin fronteras, sin forma y sin carácter; un nódulo, o un “hub”, o un punto de articulación del retículo de la economía mundializada, semejante a cualquier otro. Patrick Geddes tempranamente llamó a eso “conurbación”; otros le llamaron “sistema urbano”. No era un fruto de la globalización; era la conditio sine qua non de su funcionamiento. La globalización descansa sobre una red de territorios hiperurbanizados por donde se mueven en tiempo real la información y los capitales; sobre un racimo pues de conurbaciones.

La conurbación de la era globalizadora tiene tres rasgos que la acompañan: ausencia de límites (“generalización de lo urbano”), diversidad de centros (“multipolaridad”) y desagregación social extrema (atomización). Son los trazos requeridos por una economía terciaria que, al separar geográficamente el proceso productivo de los lugares de consumo, eleva la circulación al rango de actividad preponderante. Y con la circulación todos los aspectos relacionados: el almacenamiento, la manipulación, la distribución y transporte. Para adaptarse a una economía de servicios, la conurbación debe por una parte sobrepasar un determinado tamaño crítico que la haga rentable como mercado; por la otra, disolver su centro en una red eficaz de polos especializados. La población necesaria viene de lejos, expulsada de sus países por la liquidación de las formas de sociedad anteriores a la globalización. Finalmente, la conurbación ha de conectarse con las demás de todas las maneras y a toda velocidad. La permanencia dentro de la red de flujos capitalistas exige grandes infraestructuras, suministro regular de gasolina, una mayor oferta de servicios a las empresas y un márketing espectacular a base de eventos mundiales de tipo deportivo o cultural. La conurbación es un territorio-empresa en perpetua exposición y promoción, cuya entrada ha de ser cómoda y la salida, fácil. La actividad a la que sus habitantes dedican el mayor tiempo es circular, ir desde su suburbio-dormitorio al trabajo o al centro comercial. El espacio urbano es ahora un espacio sin conflictos, sin sucesos, donde nunca pasa nada; un espacio sin pasado, y, por lo tanto, sin historia. Las torres de veinte o treinta pisos son el paradigma de la soledad y de la paz urbana. Un lugar inhóspito, donde nadie entabla relaciones gratificantes, ni establece sólidas ataduras, ni piensa en quedarse para siempre. Un lugar peligroso donde el azar reparte la mala suerte, puesto que pesar de que los individuos han sacrificado su libertad, su independencia e incluso su salud a la protección que les brinda la economía y al Estado, la sensación de inseguridad es considerable. Un lugar apto para personal gregario y gente infeliz y depredadora.

La memoria histórica ha sido borrada gracias a la destrucción o a la museificación de los lugares donde alguna vez hubo vida y hubieron tensiones. Su significación ha sido extirpada de cuajo o desnaturalizada por el relato entre aséptico y feliz de los paneles para visitantes. Los recorridos por ellos se ordenan al ritmo del museo, confundiéndose con los itinerarios turísticos. La conurbación ha perdido toda seña de identidad, cualquier significado cultural o histórico, cualquier especificidad: puede ser cualquier parte, un lugar provisional y estéril, un no-lugar. Los dirigentes intentan ofrecerle una identidad nueva a través de la arquitectura monumental de “marca”. Dicha arquitectura es independiente del lugar donde se ubica; igual podía estar en cualquier otro lado y por eso resulta ideal para la conurbación: refleja fidedignamente la disolución de la ciudad, el desarraigo reinante sobre el cadáver de los valores comunitarios. El arquitecto “artista” es indiferente al ambiente, enemigo de la trama, hostil al equilibrio con el entorno. El exabrupto tecnológico, la salida de tono, en fin, la grosería edificada, es justamente lo que busca, su “firma”. El alarde constructivo no ha de arraigar para nada, solamente aterrizar. Tiene por eso un regusto extraño, como venido de una realidad “marciana”. No puede establecer una relación mínima con los habitantes, pues estos, en cierto modo, también son “marcianos”. Los monumentos de la era de la globalización desrealizan los lugares, los acercan a la virtualidad. En tanto que imágenes, son señas de una realidad aparte, donde todos han de comportarse como espectadores. Son como los macroacontecimientos: enormes operaciones de publicidad que de paso hacen tabla rasa con la historia. Su presencia en ese caos neutralizado materializa la concepción del mundo que tienen los responsables del totalitarismo urbano, y afirma con contundencia el modelo criminal de sociedad que estos ha elegido en nombre de todos.

Si la política de infraestructuras tiene un punto débil, ese no es el suministro de agua potable, la producción ingente de residuos o la generalización de conductas anormales; hace mucho tiempo que la conurbación dejó atrás las condiciones humanas de vida. El talón de Aquiles es el petróleo. El avance de los suburbios depende de la proliferación de automóviles y de la disponibilidad ilimitada de carburante. Así pues, el final del ultradesarrollismo urbanizador -del capitalismo— no vendrá de la mano de un cambio climático o de una epidemia mortífera sin igual, sino de una sencilla crisis energética. Los combustibles fósiles hicieron posibles las industrias, los transportes, y, por lo tanto, las conurbaciones. Están tan íntimamente ligados a la economía global que cuando empiecen a escasear ésta no sobrevivirá. El crecimiento en un contexto de recesión de la producción petrolífera conduce al colapso social. Hoy por hoy ninguna energía, ni siquiera la nuclear, puede tomar el relevo. Todo el sistema económico dejará de ser rentable. Las conurbaciones, sin automóviles, no serán viables. Millones de segundas residencias quedarán vacías o serán ocupadas por fugitivos de las metrópolis. Y eso es lo que sucederá dentro de unas décadas, pocas. De nuevo volverán condiciones objetivas que empujen a los individuos proletarizados a mirar el mundo fríamente y actuar en consecuencia. No se trata pues de sentarse y esperar a que pase por la puerta el cadáver del capitalismo. Conviene ir sabiendo por donde hay que tirar. La lucha por liberar el espacio urbano será la nueva lucha de clases. Un programa radical ha de oponerse al desarrollismo y reclamar un retorno a la ciudad, es decir, al ágora, a la asamblea. Ha de proponerse fijar límites al espacio urbano, devolverle la forma, reducir el tamaño, frenar la movilidad. Reunir los fragmentos, reconstruir los lugares, restablecer relaciones solidarias y lazos fraternales, recrear la vida pública. Desmotorizarse, vivir sin prisas. Olvidarse del mercado, relocalizar la producción, mantener un equilibrio con el campo, demoler las tres cuartas partes de lo construido, deshormigonar el territorio. La economía ha de volver a ser un simple asunto doméstico. Salir del anonimato. El individuo ha de desarrollarse hasta encontrar su punto en la colectividad y echar raíces. La ciudad ha de generar una atmósfera que al respirarla haga libres a sus habitantes.

* Conferencia dada en el Ateneo Libertario de El Cabanyal, Valencia, 16-VI-2007