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17 octubre, 2023

Agonía de un invento macabro — Alejandro Kirk

 

A ninguno de los miembros del Consejo de Seguridad, al parecer, se le ocurrió consultar a los palestinos si les gustaría que vinieran colonos europeos a quedarse con sus campos y sus casas.


TeleSUR.net – 15/10/2023


Israel fue un invento macabro de las potencias que dominaban el planeta, cada una con su propio plan.


Hace cuatro días llegué a El-Jiam, un pueblo libanés fronterizo con Israel, ubicado a medio camino entre Siria y el mar, como enviado especial de teleSUR. Es montañoso, como todo El Líbano, y las casas están desperdigadas en un amplio espacio. Las calles de las partes antiguas siguen el patrón mediterráneo, sinuosas y angostas.


Mucha gente de por aquí se ha desplazado al norte del país, por temor a una nueva guerra con el vecino ocupante de Palestina. Aquí está viva la memoria de las invasiones israelíes y sus secuelas. Un periodista y dos ancianos asesinados en los últimos días por misiles israelíes en esta zona, han sido un buen recordatorio.


El-Jiam tiene una flecha enterrada en su pecho. Se llama Metulla, un vértice israelí de construcciones sólidas y modernas, y de calles amplias, con sembradíos que se advierten hacia el sur. Una colina domina la posición desde el lado libanés: las vallas, el muro, las banderas sionistas cada 30 metros. Con un telescopio se podría ver hasta la intimidad de esos hogares de colonos. Si es que fueran hogares, porque lo único que no se ve es gente. Metulla sería una ciudad fantasma, de no estar allí un contingente militar camuflado entre las viviendas evacuadas. Metulla es una zona militar cerrada, una zona de combate.


En esta colina se emplazan los periodistas de televisión para mandar sus despachos, con Israel al fondo. Yo también. Es un espacio imponente, y también revelador, porque basta pararse ahí para entender lo absurdo de la existencia misma de un “Estado” europeo en suelo palestino, pretendiendo que es suyo, que tiene un derecho divino sobre él. Eso, aún sin siquiera conocer de primera mano la dimensión del horror en Gaza, Cisjordania, o Jerusalén.


Basta pararse ahí, y observar las aldeas milenarias –algunas libanesas, otras palestinas ocupadas– para imaginarse vivamente la Nakba, la Tragedia de 1948, las caravanas de palestinos caminando, algunos con apenas lo puesto, por estas mismas colinas, perseguidos por bandas sionistas que estaban “limpiando” la tierra, para apropiársela, santificados por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.


A ninguno de los miembros del Consejo de Seguridad, al parecer, se le ocurrió consultar a los palestinos si les gustaría que vinieran colonos europeos a quedarse con sus campos y sus casas.


A ninguno de los que decidieron regalar las tierras palestinas se le ocurrió establecer el Estado de los judíos en suelo europeo. En Alemania, por ejemplo, el país que los quiso exterminar, y que lo intentó seriamente, asesinando a más de seis millones. O en Polonia, o Lituania, sedes de innumerables pogromos y persecuciones antisemitas. Esos países son los originarios de los fundadores de Israel, allá dejaron a sus familias y sus antepasados para embarcarse en una aventura violenta y fanática.


Estuve esta misma semana en el célebre "campo de refugiados" de Sabra y Chatila, en el centro de Beirut. Un enorme barrio pobre de la capital libanesa, con los vericuetos típicos de esas barriadas construidas sin plan, sin permiso y en la medida de las posibilidades. Marañas de cables eléctricos tapan la luz del sol en aquellas callejuelas llenas de gente, de niños y jóvenes. Ya van tres generaciones de palestinos esperando la oportunidad de retornar a sus tierras.


Sabra y Chatila es célebre, pero angustiosamente. En 1982, durante una invasión israelí, milicias libanesas clientes de Israel entraron al campo matando a destajo, mientras los soldados israelíes observaban complacidos, en primer lugar su jefe –y organizador de la masacre– el general Ariel Sharon, quien llegaría después a ser primer ministro en calidad de "moderado". Entre 500 y tres mil muertos fue el resultado de la orgía.


La gente de Sabra y Chatila es la que huyó desde los valles fértiles que tengo el privilegio de observar hoy, para pasar el resto de su vida en un ghetto de cemento. Ninguno, seguramente, esperaba morir ahí, y que luego fueran a morir sus hijos y nietos en la eterna espera.


Leo a una diputada comunista chilena, de origen hebreo, condenar "categóricamente" los "abominables crímenes de Hamas", y también criticar duramente al primer ministro Benjamin Netanyahu por el bloqueo infame a Gaza. Pero no menciona a los 2.500 civiles asesinados por Israel en ocho días. Ni a los más de 500 niños entre ellos. Para ella, una luchadora de los derechos humanos, el problema es el gobierno de Netanyahu, no el sistema racista implantado en Palestina. El problema, para ella, es un gobierno, no la ocupación misma.


Mucha gente "progresista" dice apoyar la causa palestina, pero rechazan la "violencia". Muchos, desde el inicio del Diluvio de Al Aqsa, están escandalizados, creyendo a pie juntillas la narrativa de los medios occidentales, que se centra en Hamas, y no en el hecho sin precedentes de la acción unida de todas las organizaciones de la resistencia palestina.


Está bien tener lástima por los palestinos, enviarles ayuda, solicitarle a Israel que modere un poco el ritmo del genocidio, pero no está bien que los esclavos se rebelen y linchen al amo que los discrimina, humilla, tortura y mata todos los días. Eso no, eso es "terrorismo", por eso aprueban que el sionismo se "defienda" asesinando en masa, al estilo nazi.


Yo fui uno de muchos que cayeron en la trampa de que lo justo es que existan dos Estados en Palestina: uno con sus pueblos originarios, y otro europeo sionista, porque es necesario que el pueblo hebreo tenga un hogar propio.


¿Quién determinó que el pueblo hebreo es sionista? ¿Por qué debe el pueblo hebreo tener un hogar propio, exclusivo y excluyente, a expensas de un pueblo tan milenario y semita como ellos? ¿Por qué el pueblo hebreo no puede convivir con sus hermanos palestinos en vez de exterminarlos?


Quienes afirman esas bestialidades son los sionistas, los nazis del siglo XXI. Los que utilizan el sufrimiento del Holocausto como ideología para exterminar a un pueblo que ni siquiera consideran humano, que sobra, como bien explicó el filósofo chileno-palestino Rodrigo Karmy. En el ejemplo de los nazis alemanes y de cualquier colonizador de "razas inferiores", cuyas opciones son ir a podrirse a otro lado, o morir: exactamente la opción que le ofrecen hoy al pueblo de Gaza.


Sea cual sea el desenlace del Diluvio de Al Aqsa, los colonos de Palestina ocupada saben que todo cambió, que ya no les será nunca más posible llevar sillas y champaña a las colinas para celebrar en vivo y en directo las masacres de palestinos indefensos, como en 2014. Saben que ya nunca estarán seguros en ninguna parte, que su ejército mítico "invencible" es incapaz de garantizarles nada.


En la URSS, en Vietnam, en Angola se derrumbaron ya otros míticos ejércitos invencibles, porque –como en Palestina– el adversario no es otro ejército, ni un grupito de rebeldes, sino un pueblo en rebelión, y con aliados poderosos.


Por primera vez desde 1948, el régimen se enfrenta a la pesadilla de una guerra que considera inevitable, pero que no tiene seguridad alguna de vencer si no es al precio de Pirro.


Alejandro Kirk, periodista.


El Jiam, Líbano.


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07 septiembre, 2022

¡Good Morning Donetsk..! — Alejandro Kirk

 

Plaza de Lenin (Donetsk)


LA HAINE – 07/09/2022


En Donbás causan risa las afirmaciones del presidente-comediante Zelenski, que los rusos se bombardean a sí mismos y a su propia gente para culpar a Kiev


Desde Donetsk, el reportero Alejandro Kirk describe la vida cotidiana en esa ciudad asediada por la artillería ucraniana, y la esperanza de muchos en la zona del Donbás, de que Rusia responda con más energía y decisión hacia el centro del poder del régimen ucraniano, en Kiev.


"Buenos Días Donetsk", como los matinales de televisión (o la película sobre la guerra de Vietnam), es el chiste entre los pocos corresponsales extranjeros que permanecen aquí: buenos días, buenas tardes y buenas noches a cañonazos.


El área urbana de Donetsk es uno de los lugares más acosados por la artillería ucraniana en el Donbás: con estruendos nos despertamos y vamos a la cama de noche. Con estruendos disfrutamos de un café o una cerveza, o de un paseo por los muchos parques de la ciudad y sus hermosos lagos artificiales, todo de la era soviética. Con estruendos escribo estas líneas. En cualquier momento el estruendo puede caer en tu cabeza.


En cada uno de esos estruendos hay una casa, un edificio, un mercado destruidos, personas heridas o muertas. Siempre civiles. Esto ocurre diariamente desde 2014 en toda la periferia de la ciudad, y ahora incluye el centro, donde están las instituciones estatales, muchas escuelas, universidades, hospitales, centros comerciales, hoteles.


En promedio, todos los días alrededor de 300 proyectiles de obuses, cohetes y misiles se descargan sobre Donetsk y sus alrededores. Hay cuentas de Telegram que informan en minutos de cada ataque, precisando destino, origen, calibre y consecuencias.


Los artilleros ucranianos son precisos. En la periferia destruyen inmuebles todos los días pero en el centro eso rara vez ocurre, excepción hecha de dos escuelas y el edificio administrativo central.


Los proyectiles caen siempre cerca. Cerca del Teatro, de los hoteles principales, del Parlamento, de los restaurantes y cafés, de la casa de Gobierno. Rompen vidrios, matan uno que otro de los pocos transeúntes, y mantienen vivo su mensaje: podemos golpear donde queramos y a la hora que nos dé la gana.


Objetivos especiales de Ucrania son los servicios básicos: agua, electricidad, comunicaciones. Se trata de un castigo a la población civil, principalmente, porque rara vez golpean objetivos militares. Si lo hicieran, sería más fácil para las fuerzas rusas y las milicias de Donetsk ubicar el origen del fuego y destruirlo. Según informaciones oficiales, gran parte del fuego viene de zonas urbanas, pobladas, que sirven de escudo humano.


En Donetsk, en cambio, no hay artillería ni puestos de combate en residencias o escuelas. En realidad no se ven en ningún lado, y cuando se escuchan disparos, principalmente de los lanzacohetes múltiples Grad, emplazados en camiones, es desde las zonas rurales aledañas.


Todos sabemos que el fuego viene del oeste, de las zonas muy cercanas aun bajo control ucraniano. Los automóviles se estacionan preferiblemente en el lado oriental de los edificios, y por ahí es más seguro caminar. Un periodista ruso me comentó que en San Petersburgo (Leningrado) aun hay carteles callejeros, de la época de la Guerra, sobre el lado más seguro de la calle, opuesto a la dirección del fuego alemán.


El viernes 2 de septiembre, cerca de las 19 horas cayeron cinco proyectiles en pleno centro. El ruido es enorme y uno sabe a donde ir a reportear. Camino dos cuadras y encuentro una mujer anciana muerta frente al Parlamento, su hija desesperada. Dos cráteres en la avenida principal de la ciudad, que es flanqueada por jardines de rosas; Donetsk se enorgullece de ser "la ciudad de las rosas".


Hago un "standup" rápido y lo envío al canal por Telegram, con las imágenes de la destrucción y el cuerpo tapado de la víctima.


Caminamos dos cuadras más y llegamos al arbolado y bien mantenido boulevard Pushkin, zona de restaurantes y cafés. Dos cráteres más alrededor del Teatro Dramático. El quinto impacto fue en el tope de un edificio alto. Llegan los servicios de emergencia, los especialistas militares, comienza inmediatamente la reparación de los cables del trolley, y observo con deleite (si cabe) a dos chicas fumando relajadas en el porche de un restaurante, a unos 20 metros.


Otro "standup", imágenes de los vidrios quebrados del teatro, de las esquirlas de metralla repartidas por todos lados. Nuevo envío al canal, fin de la jornada, por ahora.


Nos vamos a otro restaurante cercano, llamado Happy Life, popular entre los periodistas, y bebemos una cerveza para comentar. Es una terraza frente al Boulevard. Está semiocupado, hay varios soldados con sus novias o esposas, conversan, ríen. La vida sigue, y uno piensa que gente asi es imbatible, pero hay señales de que la paciencia se va a agotando.


"¿Por qué Rusia no acaba de una vez con esto?"


Recorremos habitualmente zonas semiaisladas o descuidadas de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk. Son pequeñas comunidades recién liberadas a las que no llega aun la asistencia humanitaria organizada y sistemática. Gente que no tiene nada, ni puede ir a ninguna parte, y a quienes llevamos una modesta ayuda en alimentos y agua en un furgón Uaz ("Bujanka") comprado por el periodista ruso Nikita Tretyakov con ese único fin.


La ayuda se financia con contribuciones privadas de usuarios del canal Telegram de su agencia de noticias Regnum. El proyecto lleva tres meses y hemos hecho hasta ahora 18 viajes, a menudo por zonas minadas y bajo ataque constante. Casi siempre nos guían soldados de las milicias que encontramos por ahí, y que conocen bien el terreno, para evitar las minas dejadas allí por los ucranianos.


En el trayecto, reporteamos. Hablamos con las personas, casi nunca con funcionarios. Nos cuentan que muchas veces han podido sobrevivir porque los soldados rusos y milicianos comparten con ellos sus raciones de comida y agua. Este solo hecho, reiterado, marca una diferencia notable con el comportamiento de los batallones nazis y de las tropas ucranianas.


Hay agradecimiento, pero también pena. Han perdido mucho, y tienen urgencia en rehacer sus vidas. La pregunta que se va repitiendo más y más es: "¿Por qué Rusia no acaba de una vez con esto?"


Esta misma pregunta se hace aun más urgente en la región de Zhaporozhye, donde se ubica la central nuclear más grande de Europa, construida por la Unión Soviética en los años 80, y que desde hace tres semanas es objeto constante de ataques ucranianos, e incluso intentos de apoderarse de ella por sorpresa.


En todos lados causan risa las afirmaciones del presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, que los rusos se bombardean a sí mismos y a su propia gente para culpar a Kiev.


La escala de este conflicto es pequeña, si se quiere ver así. Rusia no ha comprometido más de 150 mil soldados profesionales (de 900.000 que componen su ejército), que van lentamente venciendo a una fuerza numéricamente muy superior. No ha usado Moscú todavía su inmenso poder militar.


Para dimensionar la escala, conviene retroceder a agosto-septiembre de 1943, cuando la misma zona de Zaporozhye era escenario de la batalla por el rio Dnieper, entre soviéticos e invasores alemanes. El frente se extendía por 1300 kilómetros. En la batalla participaron cuatro millones de soldados y murieron cerca de 400 mil en menos de un mes de combates.


"Cuatro misiles a la Rada (Parlamento) y a los bancos en Kiev y esto se acaba", me dijo un vecino de Pervomaisk (Primero de Mayo) en la RP de Lugansk, tras un insólito ataque a un edificio residencial, un cohete Himars de la OTAN, que destruyó nueve pisos de un solo golpe.


El vocero militar de Donetsk, Eduard Basurin admite que los nuevos obuses de 155 mm y los lanzacohetes múltiples Himars presentan un problema que no tiene solución táctica: son de alta movilidad, se disparan de distancias lejanas y es muy difícil ubicarlos. Por eso, dijo, la respuesta se concentra en los depósitos de municiones y bases militares.


Para el Jefe de Gobierno de la RP de Donetsk, Denis Pushilin, el dilema de los nuevos armamentos de la OTAN en manos ucranianas plantea la necesidad de ampliar la zona de seguridad de la república a por lo menos 70 o incluso 130 kilómetros de las fronteras. O sea, cerca de Kiev.


Moscú asegura que todo va de acuerdo a su plan, y que se cumplirán todos sus objetivos, sea por negociaciones o por la fuerza: desnazificación, desmilitarización y neutralidad de Ucrania. Para Rusia, esta es una "operación militar especial" limitada, no una guerra total, que involucraría la movilización de reservas y un ataque frontal a todo el territorio ucraniano.


Tan es así, que en el curso de la Operación, el ministerio de Defensa ruso ha organizado juegos militares internacionales y una conferencia internacional de seguridad y defensa, y en estos días tienen lugar maniobras combinadas de amplio alcance en el extremo oriente, con participación de varios países, incluida China.


La facilidad aparente con que la artillería ucraniana golpea, está al parecer destinada a crear la impresión mediática de que han logrado detener el avance ruso, que están recuperando territorio, y que ellos tienen la iniciativa estratégica. Tal era la convicción de un grupo de periodistas occidentales que llegó hasta la zona en dias pasados, para unirse a un tour del Ministerio de Defensa ruso en el Donbás y Zaporozhye.


En el campo de batalla, sin embargo, los intentos de contraofensiva han fracasado, incluidas dos incursiones de comandos a través de un lago para apoderarse por sorpresa de la Central Nuclear, coincidiendo con la visita de una comisión investigadora de la Agencia Internacional de Energía Atómica de la ONU, presidida por el argentino Rafael Grossi.


Ucrania heredó de la URSS una industria potente, asi como tecnología y ciencia avanzadas, pero hoy es un país empobrecido por 30 años de abandono, saqueos, corrupción y desindustrialización. Es visible cuando se recorren los territorios hoy controlados por Rusia. El país depende enteramente de Occidente para pagar sueldos y salarios, y mantener la guerra. En los últimos seis meses ha recibido -en calidad de préstamos y ventas- asistencia similar a todo el presupuesto militar anual de Rusia.


No obstante, todas las consideraciones geopolíticas carecen hoy de importancia para los ciudadanos comunes que viven bajo el azote de la artillería. Como muchos, el primer secretario del Partido Comunista de Donetsk, Boris Litvinov, opina que Rusia debe aumentar la fuerza del ataque y dirigir su estrategia hacia donde se toman las decisiones: Kiev. Para Litvinov, Ucrania ha demostrado que es un Estado que no justifica su existencia, y debe ser desmantelado cuanto antes.


Muchos por aquí coinciden con él.


Alejandro Kirk es corresponsal de HispanTV en Donbás.


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06 agosto, 2022

La Unión Europea envía armas a los nazis, con el pretexto de «los valores que compartimos»

 



fi-fi-ficción – 06/08/2022


CON EL PÉTALO DE UNA BOMBA


Alejandro Kirk


Por contar historias como estas, gente inteligente y de buenos sentimientos, incluso amigos de toda la vida, me han denunciado. Propagandista del zar Putin es lo menos que me dicen. También «nostálgico del stalinismo». Otros me anuncian la pena de muerte.


La guerra es un compendio de horrores. También de actos maravillosos de amistad, solidaridad, heroísmo y amor. Alejandro Kirk nos cuenta todo eso en estas terribles líneas. El horror viene de los nazis de Ucrania, horror que en «occidente» nadie cuenta. La Unión Europea le envía armas a los nazis, con el pretexto de «los valores que compartimos». Ningún medio «occidental» menciona los crímenes cometidos por sus protegidos. Desde la seguridad de mi hogar le envío a Alejandro mi admiración y mi amistad. Cuídate hermano. Cuídate [N de Politika]


El presidente de Ucrania, Volodymir Zelensky, recientemente dijo a sus conciudadanos que el respeto por la vida de cualquier ser humano es precisamente lo que hace a Ucrania diferente de Rusia.


La gente de buenos sentimientos sólo desea paz, fraternidad, justicia y solidaridad. Tales sentimientos se manifiestan en todas las expresiones humanas: políticas, ideológicas, nacionales, religiosas, afectivas. El amor por los niños y niñas es la máxima promesa pública de toda autoridad.


Pero en las calles y parques de Donetsk algo no cuadra: caen cápsulas, impulsadas por morteros. Proyectiles que vienen del norte, de la vecina zona de Adveedka, controlada por Ucrania. Proyectiles que contienen los llamados «pétalos» o «mariposas», que en el aire se desprenden y caen delicadamente sobre el suelo.


Son de plástico, de 12 por cinco centímetros, del color intenso de las hojas que cubren en esta época veraniega las arboladas avenidas y patios de la ciudad.


Podrían definirse como las «solo-mata-niños». O animales. Una presión de cinco kilos basta para detonarlas. A veces basta apretarlas con las manos. O una ola de calor. Un adulto puede perder sus piernas o sus brazos.


Están prohibidas por las convenciones internacionales de las que Ucrania forma parte. Pero ahi están, por calles y parques, para que funcionen según su diseño. La última vez llovieron sobre la ciudad el sábado 30 de julio, la noche en que no hay toque de queda. Y en la mañana del domingo 31, cuando las familias suelen pasear.


Nadie en Donetsk da crédito alguno a la versión ucraniana de que las fuerzas rusas lanzan estos artefactos contra su propia gente.


Pero sí, muchos creen que no es más que otra muestra del odio antirruso fomentado en Ucrania desde el golpe de Estado neonazi de 2014. Odio que esta gente ha sentido día a día, cañonazo a cañonazo, desde 2014, a un costo de cerca de 14 mil vidas.


Y que seguimos sintiendo todos los días quienes estamos aquí, y que al salir a cualquier lado debemos estar pendientes de los silbidos de misiles, y de los «pétalos» en el piso. Atentos a los niños y los perros.


Y aun así viviendo, riendo, conociendo gente valiente y digna, como la joven Daria, madre, propietaria de un café, profesora de danza. «Cuando le cuento a mis familiares en Ucrania de lo que pasa aquí, no me creen», dice, «culpan a los rusos».


«Entiendo que nos disparen», agrega. «Combaten como combaten de este lado, defienden su territorio, pero no puedo entender esos ‘pétalos’. Eso no tiene explicación».


Muchos se han ido de Donetsk desde 2014, cuando comenzó la guerra. Y otros han partido desde marzo, cuando llegamos al Donbás, y especialmente desde junio, cuando recrudecieron los ataques al centro de la ciudad. Habituados ya al estruendo constante de la artillería que viene y va, también nos hemos ido acostumbrando a los «arribos», como le llaman aquí a los proyectiles que llegan.


Como aquella mañana de junio cuando, tomando un café, el inmenso estruendo nos levantó de las sillas. Corrimos en la dirección del ruido, siguiendo a patrullas y bomberos. Llegamos a la Escuela Pública #5, en pleno centro, vi los vidrios quebrados, una puerta abierta, el sol intenso, corro hacia adentro con mi cámara y tropiezo con algo. Veo con espanto el cuerpo de una mujer de unos 40 años en el piso, su cabeza sobre un charco de sangre.


Era la cocinera. Muerta mientras trabajaba Un lunes a las 11:00 am, hora en que padres y profesores se reúnen para planificar la semana y para recibir el alimento para los niños que reciben educación a distancia.


Estando ahí nos enteramos de que otra escuela cercana recibió también cargas, a la misma hora y con la misma precisión. Corrimos ahí. Otra mujer muerta, la entrada destruida, las camas de la siesta infantil cubiertas de escombros.


Fuimos hasta el complejo penal de Yelenovka, donde están los prisioneros –soldados ucranianos, militantes neonazis y mercenarios–capturados en la metalúrgica de Azovstal, en Mariupol. Un misil ucraniano cayó en el centro de la cárcel y mató a más de 50, con más de cien heridos. No hay error posible: esa cárcel está en el medio de la planicie.


Uno anda por ahí con la cámara, o el celular, tratando de mantener la calma, de no prejuiciarse, de observar desde cierta distancia, sopesando los factores del hecho, pensando en quienes pueden tener una motivación y sacar beneficio de estos crímenes.


Pero uno anda por ahí también conociendo gente, muchos de ellos soldados y milicianos como Sasha y Sergei, dos combatientes cansados a bordo de un Niva, cerca de la línea del frente. Se entabla una conversación:


— ¿Hacia donde van?

— A Novolugansk

— ¿Qué llevan ahi?

— Alimentos y agua


Novolugansk es un pueblo a unos 60 kilómetros al noroeste de Donetsk. Un pueblo minero recién tomado por las fuerzas rusas y las milicias populares.


— Nosotros los guiamos, es muy peligroso, está todo minado, dice uno de ellos.


Y agrega: «Manténgase cerca. Si aceleramos, aceleren también: está todo minado y los drones nos vigilan. También nos pueden ver desde el otro lado.


Así comenzó una carrera loca por caminos imposibles, en que el Lada Niva de los militares y nuestro furgón UAZ «Bujanka» (Pan de molde) mostraron su naturaleza guerrera.


Al llegar nos cuentan que Sasha y Serguei iban todos los días desde la retirada de los ucranianos a compartir sus raciones y cualquier alimento que encontraran.


Repartimos los alimentos, se corrió la voz, la gente llegaba de todos lados, se ordenaba detrás del furgón, sin gritos, peleas ni avivados, y muchas historias que contar.


La misma experiencia de Mariupol, Popasnaya, Lisichansk y Severodonetsk, donde encontramos a decenas de Sashas y Sergueis que compartían sus raciones militares con la población civil atrapada en el conflicto.


¿Son estos militares alegres, sucios y cansados quienes de noche lanzan minas parecidas a juguetes para matar niños?


Marina, profesora de inglés en Mariupol, me dice: «Yo siempre fui ucraniana, orgullosa de ser una mujer ucraniana. Pero ya no. Todo cambió. Los únicos que se han preocupado de nosotros son los soldados rusos».


Y en Novolugansk, Victoria, joven madre de dos niñas, cuyos ojos cansados no medraban su intensa belleza: «Nos decían (los ucranianos) todos los días que nos fuéramos de aquí. Pero nos quedamos. Ahora vemos algo de luz. El hogar es el hogar». Más tarde vi su casa, enteramente destruida. En su puerta, un inmenso árbol de moras.


Casi la misma frase de Daria en el centro de Donetsk, quien confesó que durante los primeros tres meses de la operación rusa no salió de su casa. O de Yulia, habitante del distrito de Petrovska, el más golpeado por la artillería ucraniana, cuya hija le ruega que vaya nada menos que a Mariupol, hoy más segura que Donetsk.


La prensa occidental no viene al Donbás, no le interesan estas historias. No quieren saber lo que se ha vivido aquí por ocho años, y mucho menos quieren contarlo.


Por contar historias como estas, gente inteligente y de buenos sentimientos, incluso amigos de toda la vida, me han denunciado. Propagandista del zar Putin es lo menos que me dicen. También «nostálgico del stalinismo». Otros me anuncian la pena de muerte.


Yo no respondo, no me enojo, no me ofendo. Puedo errar. Yo sólo camino, observo y relato lo que encuentro en estas estepas. No hay más que eso, pero tampoco menos.


Alejandro Kirk – desde Donestk


Fuente:

https://www.lapluma.net/2022/08/05/con-el-petalo-de-una-bomba/


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