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13 abril, 2021

La desmemoria brutal: del Estado del bienestar a la sociedad del egoísmo

 

ESENCIAL O MENOS – 13/04/2021


Este artículo nos recuerda algunas cosas importantes que la desmemoria fomentada y la ensordecedora saturación de gilipolleces que nos inunda oculta y envuelve en su fétida niebla.


En primer lugar, que si en la Segunda Guerra Mundial se enfrentaron liberalismo, comunismo y fascismo, antes de ella el liberalismo había consentido y tolerado (y en ocasiones ayudado abiertamente) a los fascistas. Con toda claridad había expresado Winston Churchill públicamente su admiración por Mussolini y el fascismo, al que consideraba "la mejor vacuna contra la revolución de los obreros".


En segundo lugar, que el Estado de Bienestar no fue una graciosa concesión liberal, sino que su implantación reflejaba una correlación de fuerzas que obligaba a la burguesía a hacer concesiones. No debería sorprendernos que en Gran Bretaña quien venciera en la guerra perdiera inmediatamente las elecciones frente a un laborismo mucho más combativo que el que vino después. La clase trabajadora recordaba el papel de los conservadores y la burguesía antes de la guerra, quería un mundo diferente y deseaba algo más que volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de segunda, explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Además de eso, los que habían luchado en la guerra sabían usar las armas.


Aquel laborismo fue capaz de nacionalizar sectores esenciales de la economía. Luego, pasado el susto, la burguesía se lanzó a recuperar lo que había cedido, porque lo fundamental nunca lo soltó. Necesitó para ello rearmarse ideológicamente. Había perdido el miedo a la clase obrera pero conservaba el instinto de acumulación cuando cada vez le era más difícil acumular.


En España todo esto ocurrió mucho después y de una manera diferente. Nunca los socialistas llegaron a proponerse lo que habían hecho los laboristas en 1945. El espadón de Damocles sigue pendiendo sobre sus cabezas y las nuestras. Los que saben usar las armas son aquí otros.


Buena muestra de sumisión fue la aciaga reforma de la constitución, con nocturnidad y alevosía, impuesta por los poderes económicos, externos, pero también internos. Y son los internos los que han propiciado hechos tan escandalosos como el del llamado "banco malo", al que los bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la mitad del accionariado y el Estado financió el resto quedándose menos de la mitad. Mecanismo perverso, porque a cualquiera se le ocurre que si el poder financiero puede hacer suya por un euro una empresa, ¿por qué no puede hacerlo la colectividad?


Todo esto nos lleva al mismo lugar de partida, pero por el camino se nos han quedado virtudes cívicas y se ha ido encanallando una plebe ignorante cuyo número medra en la medida en que merma el pueblo soberano. Y que no se me dé por aludido nadie que se considere pueblo, porque el que se pica...

Juan José Guirado




La desmemoria brutal: del Estado del bienestar a la sociedad del egoísmo - Daniel Bernabé


Mil novecientos cuarenta y cinco fue uno de esos años donde todo cambió, donde empezó la segunda parte del siglo XX. La sentencia requiere de explicaciones, especialmente, como siempre suelo insistir, porque las palabras, sobre todo aquellas manidas, requieren siempre de apellidos. Con ese "todo" nos referimos a la sociedad entera, especialmente a la europea, y no a la sociedad como un bodegón superficial de actores inconexos que comparten lienzo, sino a una maquinaria estructurada cuyos engranajes no se comprenden los unos sin los otros. Con "cambio" no nos referimos a una evolución de las costumbres, sino a una reconfiguración de todas esas estructuras que conforman una sociedad, especialmente la económica, que en último término conforma los cimientos y vigas maestras sobre lo que se construye lo demás.


Ese cambio fue el resultado no simplemente de una voluntad transformadora, sino el producto de una serie de durísimas contradicciones que se habían acabado dirimiendo en la Segunda Guerra Mundial. De un lado, ese enfrentamiento fue la culminación y fin del sistema imperial del siglo XIX, un combate irresuelto en la Gran Guerra de 1914 que tuvo un segundo episodio, aún más trágico y destructivo, que dio comienzo el 1 de septiembre 1939 cuando la Wehrmacht invadió Polonia. Pero, sobre todo, en aquella guerra se enfrentaron los tres hijos ideológicos de la modernidad, liberalismo, comunismo y fascismo, para lograr el triunfo definitivo sobre sus contendientes. Aunque en nuestros días, de una forma ruin y cobarde, se intente equiparar el saludo romano y el puño en alto, lo cierto, es que fue el liberalismo el que consistió y toleró a los fascistas.


Cuando los ejércitos británico y francés estaban sitiados en Dunkerque, París estaba a punto de ver la cruz gamada ondeando en sus avenidas y Londres iba a ser presa de las bombas de la Luftwaffe, la democracia liberal se pretendió resistencia épica a través de los micrófonos de la BBC. Lo cierto es que cuando esas mismas bombas habían asolado Alicante, Málaga, Madrid, Barcelona o Guernika, esos mismos liberales miraban para otro lado. Antes de que el fascismo convirtiera España en una fosa, Churchill expresaba su admiración pública por Mussolini y el fascismo, al que consideraba la mejor vacuna contra la revolución de los obreros. El premier británico dejó grandes frases para la historia y 43000 víctimas en suelo inglés por unas bombas nazis que quizá nunca hubieran caído sobre las islas si la II República española no hubiera perecido de inanición diplomática liberal. Los brigadistas internacionales comunistas entendieron antes que nadie lo que se jugaba en la península.


El 2 de mayo de 1945 la Bandera Roja se alzaba sobre el Reichstag con un Berlín ruinoso y humeante en el horizonte. El fascismo había sido derrotado. Aquella bandera era la enseña de la Unión Soviética, es decir, de una federación de naciones socialistas, pero, como novedad histórica, aquella bandera representaba a la clase trabajadora de todo el mundo. Una de las ideas de la modernidad, la de que la clase era una casa común por encima de las naciones había conseguido derrotar al nacionalismo exacerbado interclasista que los industriales alemanes, y en general la burguesía europea, había financiado generosamente como respuesta al movimiento obrero. Los Estados Unidos respondieron, a principios de agosto de 1945, con las bombas atómicas sobre Japón, la metáfora más terrible de la historia, como advertencia no sólo a la URSS, sino a aquella idea, el socialismo. Una nueva guerra estaba a punto de empezar, aquella que se apellidó "fría".


Pero en aquel 1945, el cinco de julio, tuvo lugar otro hecho que casi nunca se menciona: las elecciones en el Reino Unido, en las que se impuso el Partido Laborista. Churchill y los Conservadores fueron derrotados en lo que casi siempre se califica de gran sorpresa inexplicable, ¿Cómo es posible que el estadista que salvó a Inglaterra de los nazis, según se nos ha contado, perdiera en los primeros comicios que tuvieron lugar con las ruinas aún humeando? Quizá la sorpresa deja de serlo si atendemos a que en ese momento la clase trabajadora no sólo tenía memoria de cuál había sido el papel de los Conservadores y su burguesía antes de la guerra, sino que quería un mundo diferente al de antes del horror, deseaba que el enfrentamiento a sangre y fuego con los fascistas sirviera para algo más que para volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de segunda: explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Clement Atlee, el nuevo primer ministro, fue de las pocas figuras que había pedido, unos años antes, que su país apoyara al bando republicano en la Guerra Civil española.


Y algo cambió en el Reino Unido. Entre 1945 y 1951 se nacionalizaron todos los sectores estratégicos del país: el Banco de Inglaterra, las industrias energéticas, el ferrocarril, la aviación y la siderurgia con la intención de lograr el pleno empleo. Además el Estado se implicó en la construcción de viviendas asequibles, en el refuerzo de un sistema de educación y en la creación del sistema público de salud. Del Estado de Guerra impuesto por Hitler, se pasó al Estado del Bienestar impuesto por los trabajadores. Aquel cambio, que pareció desterrar la impudicia social victoriana para siempre, no fue producto tan sólo de unas elecciones. Han leído bien, "impusieron": las papeletas decidieron el resultado de las elecciones, pero lo que hizo posible que ese resultado diera sus frutos fue la clase trabajadora organizada en su partido y sus sindicatos. Y algo más que siempre se obvia entre una mezcla de pudor y miedo. Aquellos trabajadores sabían pegar tiros. De hecho habían estado matando nazis cinco años y, cuando te has enfrentado a las SS, un policía con porra te infunde poco respeto.


Aquella remodelación a gran escala de la sociedad británica no se hizo con el beneplácito de sus ricos, se hizo por su miedo e incapacidad: su país era uno de los vencedores de la guerra, su clase la había perdido. También, es cierto, que a diferencia de la URSS, otros muchos sectores siguieron siendo privados, que los que perdieron algo fue a cambio de una cuantiosa indemnización estatal y de que, quien vivía en una mansión antes de 1945 siguió viviendo en esa misma mansión después. Los ricos tan sólo dieron un paso atrás, repartieron obligados algo de su gigantesco festín y esperaron: es lo que tiene el dinero, que te da la posibilidad de ser paciente. En 1947 una banda de sociópatas con título de economista fundó en Suiza la Sociedad Mont Pelerin: eran la resistencia silenciosa de aquellos ricos. En 1979, Margaret Thatcher llegó al poder para desmontar todo aquello que fue producto del espíritu de 1945. Y lo logró, sobre todo porque el siguiente laborista que llegó a Downing Street tenía mucho más que ver con ella que con Clement Atlee.


Cuando en 2008 se desató la Gran Recesión, una crisis que no fue más que la explosión de esa restauración conservadora impulsada por Thatcher, entre otros, parecía que una época había finalizado. En Europa se escucharon de nuevo grandes palabras e incluso, algún político habló de reformar el capitalismo, palabra tabú entre las élites: lo que no se nombra no existe, y lo que no existe, aún existiendo, es imposible de cambiar. A diferencia de 1945, la respuesta a aquella crisis no consistió en ninguna reforma del sistema económico, sino en su dopaje, en levantar a un muerto a base de anfetaminas. La droga, por si no lo recuerdan aunque esto sucedió tan sólo una década atrás, la pagamos entre todos recortando aún más ese Estado del Bienestar, ese espíritu de 1945 del que nadie tenía ya constancia. Alemania, esta vez, no mandó a sus panzers: tenía a Wolfang Schäuble. Y sí, algo cambió al final, a pesar de todas las resistencias de los de arriba y desmemorias de los de abajo. En algunos países como Grecia, Portugal o España hubo destellos de aquella mitad del siglo XX, a pesar de que la mayoría de hilos se habían roto.


Y en 2020 pasó lo que pasó. Un virus nos puso la vida patas arriba y, ese proyecto de restauración victoriana que había sobrevivido a la Gran Recesión de 2008, a costa de nuestros sacrificios, se mostró absolutamente incapaz de responder a lo que estaba ocurriendo. En 2020, quizá lo recuerden, las infalibles cadenas comerciales de la globalización se rompieron, el Estado tuvo que tomar el timón en la tormenta y la sociedad, esa que había llegado a ser negada por aquella banda de codiciosos, se reveló como aquello que es indispensable para que un accidente genético no convierta tu calle, tu barrio, tu ciudad en un jodido escenario de Mad Max. Como en 2008, la Unión Europea se puso a rescatar al sector privado, pero esta vez no se atrevió a socializar la cuenta despidiendo médicos. Hasta se habló de profesiones esenciales, esas de las que nadie se acuerda, esas que son las peor pagadas, porque hacía falta un eufemismo para que la sociedad siguiera funcionando aún cuando parecía que nada funcionaba. Alguien, aún sabiendo que apuntaba demasiado alto, habló de "El Espíritu de 2020".


Un año después, aquella suspensión del neoliberalismo, una que se hizo a sotto vocce no sea que alguien se diera cuenta del truco, se empieza a levantar. Alemania, que transigió con unos fondos europeos que, aunque bajo examen, no conllevaban hombres de negro dando tijeretazos a lo público, los paraliza tirando de un socorrido legalismo que sólo es interés nacional y de clase hecho toga. Aquí, en España, después un año donde lloramos por las noches, solos, cuando la videollamada había finalizado, después de aplaudir a los sanitarios, que se han dejado la piel salvando a los que podían, perdiendo a muchos otros, se nos ocurrió que era una gran idea discutir sobre si los impuestos eran necesarios, todo porque una banda de niñatos digitales quería tener dos Ferraris en vez de uno.


Este fin de semana el Eurostat ha cargado a la deuda pública española los 35000 millones de euros del SAREB, el organismo creado en 2012 para liberar a la banca de sus "activos tóxicos", los inmobiliarios. El SAREB, denominado con un pueril eufemismo como "banco malo", fue el encargado de limpiar los restos de la resaca de la década de la especulación del ladrillazo. Los bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la mitad del accionariado. El Estado, o sea, usted, financió el resto quedándose menos de la mitad: se fingió que no era una empresa pública pese a serlo. No sólo pagamos el rescate recortando servicios públicos, sanitarios entre otros, sino que ahora vamos a añadir a la deuda pública su coste. La UE nos lo ha recordado ahora, justo cuando íbamos a recibir los fondos contra la crisis provocada por la pandemia, esos que, también justo ahora, Alemania ha paralizado. La memoria es oportuna cuando se trata de que la banca siempre gane.


Puede que, reescritura de la historia mediante, también de una educación que nos hace excelentes técnicos pero pésimos ciudadanos, nadie supiera del Espíritu de 1945. Puede que la crisis de 2008 fuera un despertar brusco de una ensoñación aspiracional y que por eso llegamos a indignarnos pero no a discernir qué era lo fundamental y lo accesorio. Puede que, si en vez de llevar en primera plana la estafa del SAREB, el debate mediático sigue centrado en el chalet de Iglesias y Montero, sea difícil que nadie saque conclusiones. Puede que Pedro Sánchez no sea Clement Atlee. Puede que si quisiera serlo se jugara la celda, o algo peor, viendo los avisos de los militares sin haberse ni acercado al inglés. Puede que sin clase trabajadora organizada da igual lo que queramos creernos ser porque en lo fundamental no somos nada. Puede que todo esto sea cierto, pero dejen que les diga algo antes de terminar este artículo que, como la mayoría, no valdrá absolutamente para nada.


Exacerba, por no decir que jode, que después de todo esto, los analistas políticos, probablemente con razón descriptiva, nos digan que Ayuso acierta al declararse defensora de la libertad porque conecta con las "ganas de vivir" de la gente. Una libertad que no es más que convertir Madrid en el meadero de Europa, una libertad que es pronunciada por los hosteleros mientras que hacen un bocadillo de calamares en un emotivo anuncio. Los mismos hosteleros que se han tirado llorando un año, los mismos que fomentan en su sector una precariedad recalcitrante, los mismos que no han recibido un euro de la administración Ayuso pero no tendrán reparos en pillar, como buitres, las ayudas directas impulsadas por Unidas Podemos dentro del Gobierno "social-comunista". Sí, aquello de "somos el 99%" era una auténtica gilipollez.


El lenguaje, que no es más que el cronista de la realidad, tiene en el idioma castellano un registro de expresiones brutales porque, sencillamente, este ha sido un país brutal. Una de ellas describe perfectamente por qué no ha existido un renacer del espíritu de 1945, por qué nos cuelan el cambalache indecente del banco malo sin que arda Troya, por qué el espíritu de 2020 se ha quedado tan sólo en un fantasma pisoteado por una banda de turistas borrachos en el centro de Madrid, mientras que pringamos la libertad en aceite requemado: encima de puta, poner la cama.


Creo que no hay mucho más que decir.



12 mayo, 2019

“Los Estados (España y Portugal) alteran nuestra percepción de la península (Iberia)” — Juan José Guirado


Sugiero la lectura de este interesante y esclarecedor artículo: Geografía horizontal e Historia vertical, publicado en el blog 'esencial o menos', del cual cito aquí el primer párrafo de su introducción.

«En el mapa físico de España que estamos acostumbrados a ver se hace difícil prescindir del corte que supone la frontera portuguesa. Los ríos que nos resultan familiares nos abandonan y se pierden en tierras mal conocidas, como si la raya tuviera existencia física más allá de las abandonadas aduanas. Es la fuerza de los mapas sobre nuestra conciencia del territorio. Los Estados (España y Portugal) alteran nuestra percepción de la península (Iberia)».



06 octubre, 2018

Sostenella y no enmendalla - Juan José Guirado / Albert Recio


esencial o menos - 5/10/2018

Sostenella y no enmendalla. Esta podría ser la divisa de los que pilotan el sistema capitalista universalizado. El capital, como ocurre en la naturaleza con muchas especies, ha entrado en un nicho ecológico del que no sabe, no quiere o no puede salir. Como el guepardo, que ha evolucionado buscando su salvación en la carrera rápida y corta, de modo que le es muy difícil escapar de esa vía y su supervivencia está amenazada por los cambios rápidos de su hábitat, la carrera rápida y corta de cada capital particular en pos de la ganancia, en competición constante con los otros, impide los cambios que serían necesarios para emprender otro camino. Por eso, la anhelada "refundación del capitalismo", en el supuesto de que fuera un planteamiento sincero, repite la trayectoria anterior, radicalmente agravada.

Haría falta un poder superior que disciplinara y redireccionara los flujos de capital en un sentido diferente, y hoy ese hipotético poder es el poder financiero, que también está fragmentado por su competencia interna, y lo único que lo pone de acuerdo es la defensa del sistema tal y como es.

Pero sus enemigos, que objetivamente somos casi todos, no están menos divididos. Por intereses a corto o largo plazo; por ideologías, clases sociales, nacionalidades. Se producen así alianzas puramente coyunturales, y los aliados de ahora mismo divergen pronto, por una diferente percepción de los problemas actuales o futuros y sus posibles soluciones.

Este artículo de Albert Recio en mientras tanto expone la situación, y analiza los tres grandes problemas que dificultan las soluciones:

- El dilema entre crecimiento y ajuste ecológico. Como las soluciones a muy corto plazo son crecentistas, se hace impopular proponer una sociedad estabilizada.
- Cierta indefinición del sujeto de los cambios. En principio es la clase trabajadora en sentido amplio, la que realmente crea el valor. De ella depende la producción. Pero, ¿cómo ponerla de acuerdo, si está cada vez más diversificada, y son muchos los que están a ambos lados de la valla? Un trabajador por cuenta ajena puede ser a su vez pequeño accionista, un falso autónomo puede sentirse empresario, la seguridad laboral depende de la fortaleza del empleador. Los intereses más inmediatos pueden llevar a un trabajador concreto o a un grupo entero a defender políticas antiecológicas, militaristas, xenófobas, fascistas...
- Las experiencias fallidas, que tienen también una doble lectura posible. Pueden verse como puertas definitivamente cerradas, o como experiencias útiles para corregir trayectorias defectuosas.

Por encima de estos dilemas paralizantes debe estar la convicción de la necesidad imperiosa de sustituir este sistema suicida. Habrá que recuperar el tiempo perdido en estos diez años, en que hemos estado "...demasiado ensimismados en cultivar las diferencias". Demasiado incapaces de construir un mínimo esquema a partir de las cosas que conocemos o deberíamos conocer. Urge una reconstrucción del pensamiento crítico que vaya más allá de la denuncia. Que aporte respuestas que nos alejen del mundo de la desigualdad insoportable, la catástrofe ambiental, la exclusión social y el autoritarismo que dominan el ambiente."

El Roto


Cuaderno postcrisis: 10

Albert Recio Andreu

I

Hace diez años, el sistema financiero se tambaleó. Y con él, tembló el complejo entramado de la economía capitalista mundial. La crisis de los grandes bancos mundiales provocó una recesión sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, y sus efectos se extendieron paulatinamente a muchos espacios del planeta. Lo que comenzó poniendo en evidencia las fragilidades, las irresponsabilidades y la criminalidad inherentes al modelo neoliberal, se acabó convirtiendo en un ajuste que ha debilitado las condiciones de vida de mucha gente, los derechos laborales y los servicios públicos en muchos países. Las élites capitalistas consiguieron externalizar gran parte de los costes del mal que ellos habían generado hacia el conjunto de la población, y tuvieron éxito en conseguir que las políticas económicas desarrolladas por los Estados y los organismos internacionales no supusieran un viraje profundo en la dinámica iniciada a mitad de la década de 1970.

Las crisis, los auges y recesiones, son inherentes a la historia del capitalismo. Que las crisis se manifiesten en primer lugar en la esfera financiera también es habitual. El sector financiero constituye el segmento más especulativo, inestable y volátil de la economía capitalista, y es allí donde se manifiestan con mayor intensidad las convulsiones sísmicas de la economía mercantil. Un sector financiero, por cierto, cuyo gigantismo se había desarrollado al calor de las políticas neoliberales, las potencialidades de las nuevas tecnologías de la información, y la globalización. Un sector que había propiciado, a la vez, una alarmante situación de endeudamiento global y un enorme potencial para el desarrollo de enriquecimiento rentista de las élites mundiales. El endeudamiento era en parte un propio subproducto de la liberalización financiera. Pero era también el resultado de las contradicciones puestas en marcha por el modelo neoliberal: la necesidad de promover el crecimiento del consumo en un contexto de salarios congelados (o a la baja), la necesidad de mantener vivo el comercio internacional en un mundo con países con balanzas comerciales permanentemente deficitarias, la necesidad de mantener un sector público enfrentado a demandas crecientes y recortes de impuestos

Y, pese a ello, la crisis cogió por sorpresa a los grandes líderes económicos. Y a la mayor parte de la “academia universitaria”, más atenta a desarrollar un análisis formalista que a analizar el funcionamiento del capitalismo real. Un capitalismo que, más que confiar en la capacidad autorreguladora del mercado para salir de la crisis, optó por una intervención pública masiva para evitar el colapso. Bastó una quiebra bancaria —la salida normal en una sociedad de mercado— para forzar a los gobiernos a financiar masivamente al sistema financiero y evitar su quiebra sistémica. Confundir el capitalismo moderno con el mercado es un error. El capitalismo real es una compleja combinación de mercados, empresas (en muchos casos enormes organizaciones verticales que expanden su poder más allá de los límites formales de la propia empresa a través de complejas redes interempresariales) y un sector público imponente. Sin este tercer factor, la crisis de 2008 posiblemente hubiera sido un proceso mucho más caótico de lo que realmente ha resultado.

II

La crisis, que puso en evidencia las debilidades y defectos de las políticas neoliberales y los gravísimos problemas generados por la financiarización económica, no ha servido para reorientar el funcionamiento global del sistema. Más bien al contrario. El sistema financiero ha sido salvado a costa de la sociedad (y ha aumentado la concentración bancaria). El nivel de endeudamiento global ha seguido creciendo (aunque en algunos países parte del endeudamiento privado se ha endosado al sector público). El proceso de financiarización se ha visto favorecido por las heterodoxas políticas monetarias adoptadas por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo con el pretexto de evitar el colapso económico. Se han seguido implementando reformas laborales orientadas a desmantelar normas que en el pasado operaban como garantías de derechos sociales y acotaban el poder del capital. En algunos países se han impuesto políticas de austeridad que han implicado graves costes sociales y un desmantelamiento de los servicios sociales.


Han aumentado las desigualdades de renta y la minoría del 1% (o el 5%) ha acumulado riqueza a expensas del resto. En una visión mundial este dato cabe matizarlo. Como explica el detallado trabajo de Branko Milanovic (Global Inequality, Harvard University Press 2016), en su conjunto, la desigualdad de renta mundial entre individuos ha disminuido, fundamentalmente por efecto del crecimiento de la economía china, que ha mejorado la renta de millones de personas. Pero este mismo autor señala dos hechos cruciales. De un lado, el estancamiento absoluto y la pérdida relativa de la renta de la mayoría de la población de los países desarrollados. Del otro, que a pesar de la mejora de la población china (y parte de la India), la renta media de los países ricos (incluso la de la mayoría de sus pobres) sigue siendo mucho mayor que la de estas nuevas capas emergentes de asiáticos beneficiados por la globalización. Los impactos de la crisis han tenido dimensiones de género, clase y país.

La crisis, en suma, no ha generado ni una “refundación del capitalismo” ni una reorientación sustancial. Más bien ha servido para implementar políticas que han reforzado las tendencias anteriores. Se han introducido soluciones de emergencia, que han servido para apedazar y apuntalar una economía llena de contradicciones. El sistema no ha se ha derrumbado, pero las soluciones adoptadas prometen la reaparición de muchos problemas graves en el futuro próximo. Algunos, como el aumento de la pobreza, ya son visibles.

Si a la crisis económica en términos convencionales sumamos las cuestiones relativas a la crisis ecológica la situación es aún más dramática. Mientras proliferan las evidencias de los efectos del cambio climático, los diez últimos años no han aportado cambios sustanciales en la organización de la actividad económica. El único cambio palpable es el crecimiento de las energías renovables a costa de las tradicionales en la producción de electricidad. Se trata de una de las adaptaciones teóricamente más fáciles de realizar para las economías capitalistas. Al fin y al cabo, el cambio técnico y la sustitución de materiales ha formado siempre parte de la dinámica de acumulación. Y de ello ya han tomado buena nota los grandes grupos energéticos, que ya están focalizando sus inversiones hacia las “nuevas energías”. La idea de que basta con sustituir una energía por otra no sólo es atractiva para las empresas capitalistas, sino también para la mayoría de la población rica a la que se le promete que podrá mantener las mismas pautas de consumo (y además sin contaminar) simplemente cambiando el mix energético. Algo que es más que dudoso si se considera la crisis ecológica en su conjunto. Ni está claro que las energías renovables puedan garantizar el mismo flujo de energía barata que el petróleo y el carbón (sobre todo si se tiene en cuenta el ciclo completo de consumo energético que incluye la producción de equipos e infraestructuras renovables), ni mucho menos se puede reducir el problema ambiental a una sola cuestión. Aunque tuviéramos un suministro ilimitado de energía, el impacto sobre los ciclos vitales de la mayoría de especies, sobre los suelos fértiles, sobre los ciclos del agua, el uso del espacio o la creciente demanda de minerales acabarían por generar (si no lo están haciendo ya) otro tipo de tensiones. Las sociedades capitalistas que han experimentado niveles de consumo impensables en otras épocas son como una especie de plaga que devora todo lo que considera necesario para su continuidad y, a diferencia de otras especies, utiliza el cambio técnico como mecanismo de mutación cuando ha agotado alguno de sus inputs esenciales. El problema es que las dimensiones del planeta son las que son, y no parece racional pensar que este movimiento no tendrá fin.

La crisis ha generado mucho sufrimiento y, en los países desarrollados, ha acelerado las tendencias a la degradación de las condiciones de vida y trabajo de gran parte de la población. Las respuestas a la crisis han reforzado el poder de las élites dominantes sin abrir vías sólidas para afrontar los problemas endémicos de inestabilidad o desigualdad, ni para afrontar en serio los retos que plantea la crisis ecológica.

III

Todo lo anterior no tiene nada de original. Es un resumen apresurado de lo ocurrido en la última década, sin entrar en mucha profundidad. La pregunta verdaderamente relevante es por qué ante tamaño desastre no se ha configurado una propuesta mínimamente sólida para, cuando menos, propiciar alguna política nueva. Hay un vacío enorme entre la evidencia (incluso en los medios convencionales) del tamaño de las desigualdades y los peligros de la crisis ambiental y la inexistencia de propuestas de cambio movilizadoras. El auge de las propuestas derechistas y el repliegue hacia lo nacional-identitario en casi todos los países desarrollados tiene una de sus bases en esta falta de alternativas a la hegemonía capitalista. Una hegemonía que se ha consolidado menos por méritos propios que por el fracaso de sus presuntos oponentes. Este debería ser el núcleo de trabajo de cualquier persona interesada en afrontar en serio los problemas de la sociedad actual, especialmente de aquella gente que lleva años peleando en mil y una resistencia a los impactos del capitalismo. Y, más especialmente, entre la gente con capacidad técnica e intelectual para hacerle frente.

Hay que empezar por reconocer los problemas básicos que impiden pensar alternativas. Considero al menos tres tipos de cuestiones.

En primer lugar, está el dilema entre crecimiento y ajuste ecológico. Tradicionalmente, la izquierda se situaba en lado del crecimiento. Y, aún ahora, muchas de las propuestas de los partidos de izquierda se sitúan en una óptica post-keynesiana. El problema de las políticas expansivas de este tipo choca no sólo con la necesidad de llevar a cabo una reconversión ecológica, sino también con una cuestión más inmediata: el sujeto público que las puede llevar a cabo. En el contexto de globalización actual, las políticas expansivas de corte nacional están expuestas a múltiples problemas. Y, hoy por hoy, la izquierda no tiene capacidad de intervenir con éxito en estructuras supranacionales donde estas políticas serían realizables. Y la creciente consciencia ecológica de una parte de la izquierda les ha hecho perder su atractivo. Hay que reconocerlo estamos atrapados en una trampa siniestra: si se acelera el crecimiento, se agravan los problemas ecológicos; si la economía se contrae, en el contexto actual, se genera un grave problema social. Un dilema que no se puede resolver con eslóganes simplones, sino que exige la elaboración de propuestas que combinen una política seria de ajuste ecológico, de reducción de las desigualdades y de reforma institucional.

En segundo lugar, está la cuestión del sujeto. El planteamiento clásico se basaba en lo que ahora se conoce como el problema del 1% (la élite capitalista) enfrentado al 99% (la clase obrera). La realidad es por desgracia más compleja. Las sociedades capitalistas desarrolladas tienen mayor diversificación social, en la que existen estratos diferenciados por motivos de posición laboral, nivel educativo, renta, etc. Aunque la crisis ha frenado expectativas y debilitado estatus, las diferencias persisten e impiden establecer alianzas mayoritarias en temas como los impuestos, la estructura salarial o las regulaciones ambientales. Además las enormes diferencias existentes entre los distintos países en temas como la renta, los servicios públicos, o el sistema fiscal, operan como otro elemento de diferenciación y abren un espacio a las políticas reaccionarias. Construir una alternativa exige entender esta estructura social y analizar cuáles son las mediaciones que pueden permitir acumular un mayor número de fuerzas.

La tercera cuestión es la de qué tipo de modelo plantear tras las fallidas experiencias soviéticas. Marx y Engels se opusieron con buenas razones al socialismo utópico que propugnaba la construcción de una sociedad ideal basada en las ideas de pensadores bienintencionados. Una sociedad no se crea de la nada, independiente de las dinámicas sociales imperantes. Se centraron más bien en desarrollar la crítica de la sociedad capitalista, aunque no rehuyeron hacer propuestas concretas (el mismo Manifiesto Comunista introduce un programa reformista bastante concreto). Cuando los bolcheviques tomaron el poder tampoco tenían una idea clara de cómo organizar la economía, aunque ya se pensaba en algún tipo de planificación para combatir la tendencia al descontrol de la economía capitalista. El debate de los años posteriores a la revolución, los vaivenes entre la economía de guerra, y la NEP indican la complejidad de la cuestión. Aunque finalmente se saldó con el desastre estalinista por todos conocido. Tampoco la experiencia china se salvó de desastres y vaivenes para culminar en una variante peculiar de capitalismo con una pesante presencia estatal. Seguramente era inevitable que los intentos de instaurar un modelo alternativo al capitalismo experimentaran enormes dificultades y vías muertas (aunque posiblemente las cosas hubieran ido mejor si no se hubieran impuestos opciones autoritarias que bloquearon la posibilidad de un debate racional). Pero tanto estas experiencias como las que conocemos de la diversidad de las economías capitalistas reales pueden constituir un importante punto de partida para repensar una alternativa social. Los utopistas decimonónicos tenían sólo la referencia de sus propias elucubraciones mentales. Pero hoy, en cambio, contamos con una panoplia de experiencias económicas, de una enorme diversidad de instituciones y regulaciones que pueden servir de base para elaborar no un nuevo proyecto utópico, pero sí un marco de referencia en el que situar la transformación social. La lucha contra el capitalismo no sirve de nada si se limita a la denuncia de sus males. Requiere proponer formas diferentes de organización social. Y éstas deben partir del conocimiento de las experiencias sociales de los dos últimos siglos, de los éxitos y los fracasos. Pero exige un esfuerzo colectivo de construcción de propuestas transformadoras.

IV

En 2008 se pusieron de manifiesto muchos de los peores aspectos del capitalismo neoliberal. Diez años más tarde, estamos más o menos en la misma situación, pero en muchas partes del mundo los problemas sociales y ecológicos se han agravado. Y existen nuevas amenazas que conducen a la barbarie. Por eso es tan necesario contar con alguna hoja de ruta que nos permita salir de esta situación. No la hemos tenido en el momento de la crisis (lo que facilitó que se acabara imponiendo la salida neoliberal). Y seguimos sin tenerla, demasiado ensimismados en cultivar las diferencias. Demasiado incapaces de construir un mínimo esquema a partir de las cosas que conocemos o deberíamos conocer. Urge una reconstrucción del pensamiento crítico que vaya más allá de la denuncia. Que aporte respuestas que nos alejen del mundo de la desigualdad insoportable, la catástrofe ambiental, la exclusión social y el autoritarismo que dominan el ambiente.
30/8/2018