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13 abril, 2021

La desmemoria brutal: del Estado del bienestar a la sociedad del egoísmo

 

ESENCIAL O MENOS – 13/04/2021


Este artículo nos recuerda algunas cosas importantes que la desmemoria fomentada y la ensordecedora saturación de gilipolleces que nos inunda oculta y envuelve en su fétida niebla.


En primer lugar, que si en la Segunda Guerra Mundial se enfrentaron liberalismo, comunismo y fascismo, antes de ella el liberalismo había consentido y tolerado (y en ocasiones ayudado abiertamente) a los fascistas. Con toda claridad había expresado Winston Churchill públicamente su admiración por Mussolini y el fascismo, al que consideraba "la mejor vacuna contra la revolución de los obreros".


En segundo lugar, que el Estado de Bienestar no fue una graciosa concesión liberal, sino que su implantación reflejaba una correlación de fuerzas que obligaba a la burguesía a hacer concesiones. No debería sorprendernos que en Gran Bretaña quien venciera en la guerra perdiera inmediatamente las elecciones frente a un laborismo mucho más combativo que el que vino después. La clase trabajadora recordaba el papel de los conservadores y la burguesía antes de la guerra, quería un mundo diferente y deseaba algo más que volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de segunda, explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Además de eso, los que habían luchado en la guerra sabían usar las armas.


Aquel laborismo fue capaz de nacionalizar sectores esenciales de la economía. Luego, pasado el susto, la burguesía se lanzó a recuperar lo que había cedido, porque lo fundamental nunca lo soltó. Necesitó para ello rearmarse ideológicamente. Había perdido el miedo a la clase obrera pero conservaba el instinto de acumulación cuando cada vez le era más difícil acumular.


En España todo esto ocurrió mucho después y de una manera diferente. Nunca los socialistas llegaron a proponerse lo que habían hecho los laboristas en 1945. El espadón de Damocles sigue pendiendo sobre sus cabezas y las nuestras. Los que saben usar las armas son aquí otros.


Buena muestra de sumisión fue la aciaga reforma de la constitución, con nocturnidad y alevosía, impuesta por los poderes económicos, externos, pero también internos. Y son los internos los que han propiciado hechos tan escandalosos como el del llamado "banco malo", al que los bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la mitad del accionariado y el Estado financió el resto quedándose menos de la mitad. Mecanismo perverso, porque a cualquiera se le ocurre que si el poder financiero puede hacer suya por un euro una empresa, ¿por qué no puede hacerlo la colectividad?


Todo esto nos lleva al mismo lugar de partida, pero por el camino se nos han quedado virtudes cívicas y se ha ido encanallando una plebe ignorante cuyo número medra en la medida en que merma el pueblo soberano. Y que no se me dé por aludido nadie que se considere pueblo, porque el que se pica...

Juan José Guirado




La desmemoria brutal: del Estado del bienestar a la sociedad del egoísmo - Daniel Bernabé


Mil novecientos cuarenta y cinco fue uno de esos años donde todo cambió, donde empezó la segunda parte del siglo XX. La sentencia requiere de explicaciones, especialmente, como siempre suelo insistir, porque las palabras, sobre todo aquellas manidas, requieren siempre de apellidos. Con ese "todo" nos referimos a la sociedad entera, especialmente a la europea, y no a la sociedad como un bodegón superficial de actores inconexos que comparten lienzo, sino a una maquinaria estructurada cuyos engranajes no se comprenden los unos sin los otros. Con "cambio" no nos referimos a una evolución de las costumbres, sino a una reconfiguración de todas esas estructuras que conforman una sociedad, especialmente la económica, que en último término conforma los cimientos y vigas maestras sobre lo que se construye lo demás.


Ese cambio fue el resultado no simplemente de una voluntad transformadora, sino el producto de una serie de durísimas contradicciones que se habían acabado dirimiendo en la Segunda Guerra Mundial. De un lado, ese enfrentamiento fue la culminación y fin del sistema imperial del siglo XIX, un combate irresuelto en la Gran Guerra de 1914 que tuvo un segundo episodio, aún más trágico y destructivo, que dio comienzo el 1 de septiembre 1939 cuando la Wehrmacht invadió Polonia. Pero, sobre todo, en aquella guerra se enfrentaron los tres hijos ideológicos de la modernidad, liberalismo, comunismo y fascismo, para lograr el triunfo definitivo sobre sus contendientes. Aunque en nuestros días, de una forma ruin y cobarde, se intente equiparar el saludo romano y el puño en alto, lo cierto, es que fue el liberalismo el que consistió y toleró a los fascistas.


Cuando los ejércitos británico y francés estaban sitiados en Dunkerque, París estaba a punto de ver la cruz gamada ondeando en sus avenidas y Londres iba a ser presa de las bombas de la Luftwaffe, la democracia liberal se pretendió resistencia épica a través de los micrófonos de la BBC. Lo cierto es que cuando esas mismas bombas habían asolado Alicante, Málaga, Madrid, Barcelona o Guernika, esos mismos liberales miraban para otro lado. Antes de que el fascismo convirtiera España en una fosa, Churchill expresaba su admiración pública por Mussolini y el fascismo, al que consideraba la mejor vacuna contra la revolución de los obreros. El premier británico dejó grandes frases para la historia y 43000 víctimas en suelo inglés por unas bombas nazis que quizá nunca hubieran caído sobre las islas si la II República española no hubiera perecido de inanición diplomática liberal. Los brigadistas internacionales comunistas entendieron antes que nadie lo que se jugaba en la península.


El 2 de mayo de 1945 la Bandera Roja se alzaba sobre el Reichstag con un Berlín ruinoso y humeante en el horizonte. El fascismo había sido derrotado. Aquella bandera era la enseña de la Unión Soviética, es decir, de una federación de naciones socialistas, pero, como novedad histórica, aquella bandera representaba a la clase trabajadora de todo el mundo. Una de las ideas de la modernidad, la de que la clase era una casa común por encima de las naciones había conseguido derrotar al nacionalismo exacerbado interclasista que los industriales alemanes, y en general la burguesía europea, había financiado generosamente como respuesta al movimiento obrero. Los Estados Unidos respondieron, a principios de agosto de 1945, con las bombas atómicas sobre Japón, la metáfora más terrible de la historia, como advertencia no sólo a la URSS, sino a aquella idea, el socialismo. Una nueva guerra estaba a punto de empezar, aquella que se apellidó "fría".


Pero en aquel 1945, el cinco de julio, tuvo lugar otro hecho que casi nunca se menciona: las elecciones en el Reino Unido, en las que se impuso el Partido Laborista. Churchill y los Conservadores fueron derrotados en lo que casi siempre se califica de gran sorpresa inexplicable, ¿Cómo es posible que el estadista que salvó a Inglaterra de los nazis, según se nos ha contado, perdiera en los primeros comicios que tuvieron lugar con las ruinas aún humeando? Quizá la sorpresa deja de serlo si atendemos a que en ese momento la clase trabajadora no sólo tenía memoria de cuál había sido el papel de los Conservadores y su burguesía antes de la guerra, sino que quería un mundo diferente al de antes del horror, deseaba que el enfrentamiento a sangre y fuego con los fascistas sirviera para algo más que para volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de segunda: explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Clement Atlee, el nuevo primer ministro, fue de las pocas figuras que había pedido, unos años antes, que su país apoyara al bando republicano en la Guerra Civil española.


Y algo cambió en el Reino Unido. Entre 1945 y 1951 se nacionalizaron todos los sectores estratégicos del país: el Banco de Inglaterra, las industrias energéticas, el ferrocarril, la aviación y la siderurgia con la intención de lograr el pleno empleo. Además el Estado se implicó en la construcción de viviendas asequibles, en el refuerzo de un sistema de educación y en la creación del sistema público de salud. Del Estado de Guerra impuesto por Hitler, se pasó al Estado del Bienestar impuesto por los trabajadores. Aquel cambio, que pareció desterrar la impudicia social victoriana para siempre, no fue producto tan sólo de unas elecciones. Han leído bien, "impusieron": las papeletas decidieron el resultado de las elecciones, pero lo que hizo posible que ese resultado diera sus frutos fue la clase trabajadora organizada en su partido y sus sindicatos. Y algo más que siempre se obvia entre una mezcla de pudor y miedo. Aquellos trabajadores sabían pegar tiros. De hecho habían estado matando nazis cinco años y, cuando te has enfrentado a las SS, un policía con porra te infunde poco respeto.


Aquella remodelación a gran escala de la sociedad británica no se hizo con el beneplácito de sus ricos, se hizo por su miedo e incapacidad: su país era uno de los vencedores de la guerra, su clase la había perdido. También, es cierto, que a diferencia de la URSS, otros muchos sectores siguieron siendo privados, que los que perdieron algo fue a cambio de una cuantiosa indemnización estatal y de que, quien vivía en una mansión antes de 1945 siguió viviendo en esa misma mansión después. Los ricos tan sólo dieron un paso atrás, repartieron obligados algo de su gigantesco festín y esperaron: es lo que tiene el dinero, que te da la posibilidad de ser paciente. En 1947 una banda de sociópatas con título de economista fundó en Suiza la Sociedad Mont Pelerin: eran la resistencia silenciosa de aquellos ricos. En 1979, Margaret Thatcher llegó al poder para desmontar todo aquello que fue producto del espíritu de 1945. Y lo logró, sobre todo porque el siguiente laborista que llegó a Downing Street tenía mucho más que ver con ella que con Clement Atlee.


Cuando en 2008 se desató la Gran Recesión, una crisis que no fue más que la explosión de esa restauración conservadora impulsada por Thatcher, entre otros, parecía que una época había finalizado. En Europa se escucharon de nuevo grandes palabras e incluso, algún político habló de reformar el capitalismo, palabra tabú entre las élites: lo que no se nombra no existe, y lo que no existe, aún existiendo, es imposible de cambiar. A diferencia de 1945, la respuesta a aquella crisis no consistió en ninguna reforma del sistema económico, sino en su dopaje, en levantar a un muerto a base de anfetaminas. La droga, por si no lo recuerdan aunque esto sucedió tan sólo una década atrás, la pagamos entre todos recortando aún más ese Estado del Bienestar, ese espíritu de 1945 del que nadie tenía ya constancia. Alemania, esta vez, no mandó a sus panzers: tenía a Wolfang Schäuble. Y sí, algo cambió al final, a pesar de todas las resistencias de los de arriba y desmemorias de los de abajo. En algunos países como Grecia, Portugal o España hubo destellos de aquella mitad del siglo XX, a pesar de que la mayoría de hilos se habían roto.


Y en 2020 pasó lo que pasó. Un virus nos puso la vida patas arriba y, ese proyecto de restauración victoriana que había sobrevivido a la Gran Recesión de 2008, a costa de nuestros sacrificios, se mostró absolutamente incapaz de responder a lo que estaba ocurriendo. En 2020, quizá lo recuerden, las infalibles cadenas comerciales de la globalización se rompieron, el Estado tuvo que tomar el timón en la tormenta y la sociedad, esa que había llegado a ser negada por aquella banda de codiciosos, se reveló como aquello que es indispensable para que un accidente genético no convierta tu calle, tu barrio, tu ciudad en un jodido escenario de Mad Max. Como en 2008, la Unión Europea se puso a rescatar al sector privado, pero esta vez no se atrevió a socializar la cuenta despidiendo médicos. Hasta se habló de profesiones esenciales, esas de las que nadie se acuerda, esas que son las peor pagadas, porque hacía falta un eufemismo para que la sociedad siguiera funcionando aún cuando parecía que nada funcionaba. Alguien, aún sabiendo que apuntaba demasiado alto, habló de "El Espíritu de 2020".


Un año después, aquella suspensión del neoliberalismo, una que se hizo a sotto vocce no sea que alguien se diera cuenta del truco, se empieza a levantar. Alemania, que transigió con unos fondos europeos que, aunque bajo examen, no conllevaban hombres de negro dando tijeretazos a lo público, los paraliza tirando de un socorrido legalismo que sólo es interés nacional y de clase hecho toga. Aquí, en España, después un año donde lloramos por las noches, solos, cuando la videollamada había finalizado, después de aplaudir a los sanitarios, que se han dejado la piel salvando a los que podían, perdiendo a muchos otros, se nos ocurrió que era una gran idea discutir sobre si los impuestos eran necesarios, todo porque una banda de niñatos digitales quería tener dos Ferraris en vez de uno.


Este fin de semana el Eurostat ha cargado a la deuda pública española los 35000 millones de euros del SAREB, el organismo creado en 2012 para liberar a la banca de sus "activos tóxicos", los inmobiliarios. El SAREB, denominado con un pueril eufemismo como "banco malo", fue el encargado de limpiar los restos de la resaca de la década de la especulación del ladrillazo. Los bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la mitad del accionariado. El Estado, o sea, usted, financió el resto quedándose menos de la mitad: se fingió que no era una empresa pública pese a serlo. No sólo pagamos el rescate recortando servicios públicos, sanitarios entre otros, sino que ahora vamos a añadir a la deuda pública su coste. La UE nos lo ha recordado ahora, justo cuando íbamos a recibir los fondos contra la crisis provocada por la pandemia, esos que, también justo ahora, Alemania ha paralizado. La memoria es oportuna cuando se trata de que la banca siempre gane.


Puede que, reescritura de la historia mediante, también de una educación que nos hace excelentes técnicos pero pésimos ciudadanos, nadie supiera del Espíritu de 1945. Puede que la crisis de 2008 fuera un despertar brusco de una ensoñación aspiracional y que por eso llegamos a indignarnos pero no a discernir qué era lo fundamental y lo accesorio. Puede que, si en vez de llevar en primera plana la estafa del SAREB, el debate mediático sigue centrado en el chalet de Iglesias y Montero, sea difícil que nadie saque conclusiones. Puede que Pedro Sánchez no sea Clement Atlee. Puede que si quisiera serlo se jugara la celda, o algo peor, viendo los avisos de los militares sin haberse ni acercado al inglés. Puede que sin clase trabajadora organizada da igual lo que queramos creernos ser porque en lo fundamental no somos nada. Puede que todo esto sea cierto, pero dejen que les diga algo antes de terminar este artículo que, como la mayoría, no valdrá absolutamente para nada.


Exacerba, por no decir que jode, que después de todo esto, los analistas políticos, probablemente con razón descriptiva, nos digan que Ayuso acierta al declararse defensora de la libertad porque conecta con las "ganas de vivir" de la gente. Una libertad que no es más que convertir Madrid en el meadero de Europa, una libertad que es pronunciada por los hosteleros mientras que hacen un bocadillo de calamares en un emotivo anuncio. Los mismos hosteleros que se han tirado llorando un año, los mismos que fomentan en su sector una precariedad recalcitrante, los mismos que no han recibido un euro de la administración Ayuso pero no tendrán reparos en pillar, como buitres, las ayudas directas impulsadas por Unidas Podemos dentro del Gobierno "social-comunista". Sí, aquello de "somos el 99%" era una auténtica gilipollez.


El lenguaje, que no es más que el cronista de la realidad, tiene en el idioma castellano un registro de expresiones brutales porque, sencillamente, este ha sido un país brutal. Una de ellas describe perfectamente por qué no ha existido un renacer del espíritu de 1945, por qué nos cuelan el cambalache indecente del banco malo sin que arda Troya, por qué el espíritu de 2020 se ha quedado tan sólo en un fantasma pisoteado por una banda de turistas borrachos en el centro de Madrid, mientras que pringamos la libertad en aceite requemado: encima de puta, poner la cama.


Creo que no hay mucho más que decir.



23 noviembre, 2018

Diccionario del franquismo: protagonistas y cómplices (1936-1978) — Pedro L. Angosto


Portada del libro ‘Diccionario del franquismo. Protagonistas y cómplices, 1936-1978′ de Pedro L. Angosto. EDITORIAL COMARES



400 retratos de “los personajes más significativos” del régimen franquista para entender “el hecho histórico que más ha condicionado la vida de los españoles”.

eldiario.es / Juan Miguel Baquero / 21-11-2018

Cada cara al sol. Cada nombre, partícipe. Cada actor necesario en la ejecución del yugo de la dictadura. Es el retrato polifacético que deja el libro Diccionario del franquismo. Protagonistas y cómplices, 1936-1978, del historiador Pedro Luis Angosto. Casi 400 biografías de “los personajes más significativos del franquismo” como una guía para entender “el hecho histórico que más ha condicionado la vida de los españoles”.

La dictadura de Francisco Franco ha viciado el acontecer del pueblo español. Marcando el paso de la memoria durante 40 años, y llenando de fango el camino en el que chapotea la democracia.

Pero "en España una parte grande de la población sigue ignorando qué pasó durante ese periodo", dice el autor. Un desconocimiento latente "desgraciadamente, pese a lo mucho que se habla y sobre todo lo mucho y bien que se ha escrito", refiere Pedro L. Angosto, licenciado en Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Historia por la Universidad de Alicante.

Por eso ha confeccionado "un libro asequible a todo el mundo" que proporciona "información sobre la mediocridad y la perversidad de quienes mandaron en España a sangre y fuego". Una suerte de fotografías de los personajes "que tanta incidencia tienen todavía en nuestro devenir", subraya.

El perfil de los “cómplices”

Las páginas de Diccionario del franquismo (Editorial Comares) quieren aclarar la vida y obra de quienes construyeron el franquismo. El perfil de los "cómplices" que "contribuyeron a su perpetuación, eliminando así la libertad de los españoles". Porque "conocer sus trayectorias vitales es perentorio para reconstruir nuestra historia y edificar un futuro democrático y justo".

"Empecé a seleccionar a los personajes biografiados dependiendo de su peso en la trama golpista y en el posterior desarrollo de la dictadura", cuenta Pedro Angosto a eldiario.es Andalucía. "Es posible, pese al tiempo dedicado, que falten nombres, pero creo que cualquier persona que se acerque a este libro tendrá una idea clarísima de quiénes fueron los inventores de esa monstruosidad que fue la dictadura franquista", expone.

Y los nombres van más allá del Ejército. "Los militares fueron el brazo ejecutor, pero cómo olvidar a los cardenales Gomá y Pla y Deniel, a Nicolás Franco, que tanto tuvo que ver con su designación como Jefe del Estado y Caudillo de España, o a Juan March y Francesc Cambó, financiadores del golpe", explica el historiador.

Entre los biografiados "los hay de una crueldad increíble como el propio Franco, Queipo de Llano, Yagüe, Conesa o El Algabeño, de una crueldad insaciable, física, corporal, irracional y extrema", dice el autor. Y luego estaban otros sujetos "más teóricos, los incitadores, muchos de ellos altos dignatarios de la Iglesia, de la burguesía o la nobleza, pero también hay intelectuales como Eugenio D’Ors, uno de los armadores ideológicos del fascismo español".

Criminales amnistiados

Pero solo un manto de silencio cayó sobre estos "cómplices" y ejecutores del franquismo. "Pese a los crímenes de Lesa Humanidad que se cometieron, ni un sólo alto cargo de la dictadura ha sido juzgado, ni siquiera acusado dentro de nuestras fronteras", refiere Angosto. Esta amnistía, el "pacto de silencio" que surge de la Transición, "se está resquebrajando", apunta: "no hay día en que no tengamos noticia del descubrimiento de una nueva fosa con cientos de cadáveres, y esa ruptura necesaria terminará por afectar al régimen".

La materia prima para ejecutar la obra han sido "documentos de primera mano" aliñados con "abundantes declaraciones y escritos de los propios biografiados". "Numerosas investigaciones" históricas como base para conocer a los coautores "de aquel régimen que mantuvo a España y a su sociedad bajo el yugo de una de las dictaduras más largas de la Europa del siglo XX".

Una etapa oscura que baña al presente. Una dictadura que nace de un genocidio fundacional y acaba aplicando la pedagogía del terror hasta el último día. Bañando con su rastro mucho más allá de "los años que siguieron a la muerte de Franco".

Sin contar la historia "nunca lograremos acabar con ese vacío", apunta Pedro L. Angosto. Y sin difusión, "nuestra labor historiográfica continuará rodeada de silencio mientras los medios ultras continúan imponiendo la monstruosa ‘historia oficial' ".

Romper “el silencio” del franquismo

El diccionario biográfico de la dictadura rompe, desde dentro, "el silencio sobre la historia del franquismo", como escribe en el prólogo el historiador Josep Fontana .En el "pacto de la Transición", dice, está la clave de esta España desmemoriada. Como una ley de Punto Final con una herramienta necesaria: "una especie de neutralidad que ha favorecido la aparición de un revisionismo histórico que pretende demostrar que la guerra civil no fue más que un enfrentamiento entre dos bandos igualmente culpables".

Y esa falsa equidistancia "explica escándalos" como el protagonizado por la Real Academia de Historia con el Diccionario Biográfico Español al dulcificar la figura del dictador Francisco Franco: "inteligente y moderado", "valeroso y católico". En las mismas páginas donde los "perdedores" eran Manuel Azaña, Juan Negrín o Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y canoniza a Mariano Rajoy o Rodrigo Rato. La versión digital del proyecto –financiado con dinero público: 6,5 millones de euros– ya rectifica y califica a Franco como "dictador".

"Confieso que nunca he entendido que se pueda valorar del mismo modo una República que formó maestros, abrió escuelas y creó bibliotecas públicas en los pueblos, y un régimen militar que asesinó maestros, cerró escuelas y quemó libros", señala Fontana. En "uno de sus últimos textos", recuerda Pedro L. Angosto.

14 marzo, 2018

No podemos y no debemos olvidar.


El Estado español es el segundo país del mundo en personas enterradas en fosas comunes, sólo por detrás de Camboya. Según la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, 114.226 hombres y mujeres asesinados/as por el franquismo permanecen en 2.382 enterramientos irregulares con cuerpos sin identificar.



Esta foto pertenece a la reapertura en 2008 de una fosa en Murillo de Gállegos, Zaragoza, de donde se recuperaron los restos de nueve fusilados en 1936. No podemos olvidar que las cunetas de nuestras carreteras esconden los cuerpos de una generación que luchó y dio su vida por la libertad.


26 octubre, 2016

"Una España como la de Los Santos Inocentes pero con Smartphones"


El truco franquista - Fran Delgado

Decía Kevin Spacey en Sospechosos habituales que el mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía. Algo así parece que sucede en nuestro país con Franco. El pasado 18 de julio se cumplieron 80 años del golpe de Estado que terminó con la ilusión de la realidad Republicana en España, esa que retrató Orwell en los primeros días de su estancia en Barcelona en Homenaje a Cataluña. Resulta curioso la indiferencia con la que se ha pasado por alto este hecho en nuestro país o, en el peor de los casos, lo que más ha llamado la atención ha sido algún enaltecimiento del golpe de militar por parte de algún representante político y debates televisivos a mayor honra del dictador. Era lo que se podría esperar si tenemos en cuenta los monumentos, calles y demás honores que tienen en nuestras ciudades los golpistas, mientras sus víctimas no logran el descanso en las cunetas de todo el territorio nacional. Este tipo de cuestiones, simplemente, no serían permitidas en cualquier democracia. Pero esto es España.
Hay que referirse a un país en el que los 40 años de terrible represión de dictadura franquista son aceptados de forma más o menos amplia, sin el más mínimo reproche social. Todos podemos conocer en nuestro entorno a alguna persona que legitime de forma velada (y muchas veces explícita) el golpe militar del 36, pero, eso sí, no acepta que se le llame descriptivamente facha. En su defensa siempre hablan de las atrocidades que cometieron ambos bandos en la guerra civil, haciendo un planteamiento falso que omite el levantamiento contra el orden republicano constitucionalmente establecido y la represión posterior a la guerra. Igualmente hemos vivido alguna historia familiar que se tiene oculta, que cuando se habla sobre ella aparece un silencio incómodo, casi vergonzoso, que indica que eso no debe tratarse, que ya pasó y debe olvidarse. Lo observamos a diario. “Yo no soy fascista, soy patriota”, “Es que la República era un caos”, “Con Franco en España se vivía bien”, “Hablar de memoria histórica es reabrir heridas”… y un largo número de frases cuyo único objetivo es dar una imagen suavizada de los que fue una cruel dictadura que asesinó a miles de personas. Pasar página, pelillos a la mar.
Incluso en el ámbito académico al régimen franquista se le define como autoritario no como totalitario, queriendo, de esta manera, atenuar el grado de crudeza de la dictadura española. Fueron 40 años de franquismo que marcaron profundamente la idiosincrasia, la actitud y los comportamientos políticos que calaron en una generación, que se trasladó a las siguientes y que perviven en la actualidad. Es lo que se ha denominado franquismo sociológico, un hecho de tolerancia social por el que se aceptan los comportamientos fascistas como algo no especialmente malo, que, unido a una élite proveniente del régimen que protagonizó el cambio de régimen sin perder el poder económico, político y mediático, lideraron una transición gatopardista que sirviera para asegurar su posición privilegiada, es lo que nos ha conducido hasta la situación de nuestros días.
Cuando el PSOE llegó al poder en el 82 Alfonso Guerra dijo que “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”.
Pasados cerca de 40 años de democracia en España, a día de hoy, no sólo no ha cambiado sino que las diferencias sociales se han agrandando y se ha profundizado en la división del pueblo. Una España como la de Los Santos Inocentes pero con Smartphones.
…Porque la clase dominante, antes apoyando a Franco y ahora demócrata de toda la vida pero siempre manejando los hilos del poder, ha impuesto su discurso ideológico y el relato de su historia. Así, en este paradigma las clases no existen, son un invento de la izquierda trasnochada.
…Porque, en todo caso, se admite la existencia de una gran clase media con aires de grandeza que repudia su propio origen.
...Porque ha sido generalizado el convencimiento de que una persona que tiene un bar con dos camareros contratados y trabajando 14 horas diarias es un empresario (un emprendedor) y, por tanto, tiene más en común con la idea de empresario tipo Florentino Pérez que con su vecino reponedor en el Carrefour, con el inmigrante marroquí que se cruza todos los días camino del trabajo y vino a España a buscarse un futuro mejor o con los jóvenes que abarrotan las oficinas de (des)empleo buscando acceder en unas condiciones dignas al mercado laboral. Se cree que sus intereses de clase están más próximos a los empresarios simplemente porque puede financiarse a plazos un viaje de vacaciones con su familia a la Riviera Maya. Y además hemos llegado a esta situación por convencimiento propio. Se dice que no hay nada más estúpido que un obrero de derechas, a lo que yo añado de derechas sí, pero además convencido y contento.

Ese es el error. Negar la existencia y la permanencia de esa élite proveniente del franquismo en el poder, rechazar los lazos comunes que tenemos y que conforman la conciencia e intereses colectivos y de solidaridad de la ciudadanía como base de la estructura social, admitir el franquismo como un mal menor en nuestra historia y convencernos del argumento falaz de que en esta injusta y desigual sociedad todos tenemos las mismas oportunidades. 
La reparación de la memoria histórica, recordando todo lo acontecido y poniendo en valor el honor de los ajusticiados por el régimen franquista no es un acto de revanchismo guerracivilista, sino de justicia. Negarla es aceptar el truco del diablo.

31 julio, 2016

Una España como la de Los Santos Inocentes, pero con Smartphones.

artículo completo en: esencial o menos


"Cuando el PSOE llegó al poder en el 82 Alfonso Guerra dijo que “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Pasados cerca de 40 años de democracia en España, a día de hoy, no sólo no ha cambiado sino que las diferencias sociales se han agrandando y se ha profundizado en la división del pueblo. Una España como la de Los Santos Inocentes pero con Smartphones.

Porque la clase dominante, antes apoyando a Franco y ahora demócrata de toda la vida pero siempre manejando los hilos del poder, ha impuesto su discurso ideológico y el relato de su historia. Así, en este paradigma las clases no existen, son un invento de la izquierda trasnochada. Porque, en todo caso, se admite la existencia de una gran clase media con aires de grandeza que repudia su propio origen. Porque ha sido generalizado el convencimiento de que una persona que tiene un bar con dos camareros contratados y trabajando 14 horas diarias es un empresario (un emprendedor) y, por tanto, tiene más en común con la idea de empresario tipo Florentino Pérez que con su vecino reponedor en el Carrefour, con el inmigrante marroquí que se cruza todos los días camino del trabajo y vino a España a buscarse un futuro mejor o con los jóvenes que abarrotan las oficinas de (des)empleo buscando acceder en unas condiciones dignas al mercado laboral. Se cree que sus intereses de clase están más próximos a los empresarios simplemente porque puede financiarse a plazos un viaje de vacaciones con su familia a la Riviera Maya. Y además hemos llegado a esta situación por convencimiento propio. Se dice que no hay nada más estúpido que un obrero de derechas, a lo que yo añado de derechas sí, pero además convencido y contento."

11 abril, 2014

Ni la memoria, ni la sangre, ni el dolor, ni la injusticia se borran por decreto.




EL GOBIERNO PRESIDIDO POR MARIANO RAJOY CERRÓ HACE DOS AÑOS EL GRIFO DE LAS SUBVENCIONES PARA EXHUMACIONES, NADA MÁS LLEGAR AL PODER. ESPAÑA ES EL SEGUNDO PAÍS DEL MUNDO, TRAS CAMBOYA, CON MÁS DESAPARECIDOS. SE HA EXHUMADO A 6.300 DE LOS 113.000 ASESINADOS EN LA GUERRA Y EL FRANQUISMO.