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08 noviembre, 2020

España y Chile: “No es lo mismo, pero es igual” — Sergio Rodríguez Gelfenstein

 


POLITIKA – 2020


Las derechas chilenas neoliberales (la gubernamental y la de oposición) han vociferado durante años que el sistema político chileno se construyó a imagen y semejanza del español. Los Pactos de la Moncloa significaron un acuerdo de clases para desmontar formalmente el sistema franquista, dándole continuidad ahora en condiciones de democracia. Por supuesto que hay particularidades en cada caso, pero en lo sustancial, las élites políticas chilenas modelaron el sistema con la vista puesta en el que se pactó en Madrid (veleidades de la historia) un 25 de octubre pero de 1977.


Efectivamente, una serie de características dan cuenta de la similitud entre ambos procesos: ambos emergieron de pactos multi partidistas y multi clasistas en los que participaron liderazgos domesticados incluso de izquierda que se plegaron a la corriente hegemónica que sin estar en la oposición al régimen saliente, manejaron el proceso en dirección de sus intereses prioritarios. La izquierda y las corrientes sindicales que llevaron la parte más difícil de la lucha contra la dictadura fueron excluidas de cualquier participación en la toma de decisiones, aceptando ser “furgón de cola” del tren de la “nueva sociedad” que nacía.


En los dos casos, los dictadores (Franco y Pinochet) dejaron claramente trazada la ruta que habría de venir. En España, a través del restablecimiento de la monarquía borbónica y en Chile, fijando “candados” que parecían hacer inamovible la Constitución impuesta a sangre y fuego por el tirano. Ambos modelos se sustentaban en el establecimiento de férreos sistemas represivos estructurados para favorecer al capital y marginar a las clases populares, atraídas por la necesidad de poner fin a las dictaduras.


Los dos países desarrollaron sus procesos atados a las órdenes del gran capital transnacional que es el que verdaderamente decide. España se ha mantenido amarrada a Alemania y Chile a Estados Unidos. Alemania, fue un actor clave por la influencia que ejerció en los actores nacionales que recibieron su apoyo, lo cual le permitió condicionar los resultados alcanzados a partir del uso deliberado de la coerción a través de las instituciones u organizaciones internacionales.


También se manifestó el deseo de fiscalizar el proceso de transición española por parte de Alemania, al manifestarse su interés por ocupar un papel central o privilegiado en el futuro, lo cual se hizo sin necesidad de utilizar un medio como el control directo y permanente de la situación interna, en tanto hubo confianza en los actores nacionales para alcanzar los objetivos propuestos.


En este sentido, Juan Carlos Pereira Castañares, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid señaló que: “La actitud de la República Federal de Alemania puede ser considerada quizá la más importante [entre] las potencias europeas. El propio ex-canciller Helmut Schmidt ha escrito que ´pensábamos que en España las circunstancias eran especialmente propicias para un giro hacia la democracia, y apoyamos a todos los partidos democráticos y sindicatos hasta donde pudimos`. En efecto, el Gobierno de Bonn se mostró especialmente activo, buscando una salida democrática al franquismo que conllevase la creación de un partido socialista de amplia base capaz de contener a los comunistas y de constituir a medio plazo una auténtica alternativa de gobierno”.


En el caso de Chile, después de las grandes protestas y movilizaciones del año 1986, la gigantesca introducción subrepticia de armamento al país por parte del Partido Comunista y el fallido atentado contra el dictador en septiembre de ese año, Estados Unidos entendió que Pinochet debía ser removido so riesgo de una salida revolucionaria a la dictadura. Antes que finalizara el año, se estableció un “puente aéreo” entre Washington y Santiago a través del cual congresistas, miembros del gobierno y militares de Estados Unidos comenzaron a presionar por igual a la dictadura y a la oposición de derecha para buscar un consenso que llevara a una salida negociada. La derecha opositora y las élites de algunos partidos que habían sido de izquierda y que fueron domesticadas en Europa, se plegaron a la negociación verificada a partir de la realización del plebiscito de octubre de 1988 y las elecciones de diciembre de 1989.


Algunas proyecciones recientes de estos pactos se han expresado a través de la exclusión, persecución y represión de las nacionalidades: en España a los catalanes y en Chile a los mapuche, cercenando la posibilidad de autodeterminación de pueblos sujetos al control del Estado central por vía de la fuerza y de una justicia entregada al Poder.


De la misma manera, ambos países insertos en modelos de economía ultra neoliberal desactivaron sus sistemas de salud pública generando una incapacidad manifiesta para manejar la pandemia, redundando en centenares de miles de infectados y miles de muertos.


Ahora, los dos países han querido seguir unidos por la sandez gubernamental, militar y policial, utilizando la mentira que desprecia la inteligencia del pueblo. El 20 de octubre del año pasado, dos días después que iniciara la gigantesca movilización social en Chile, el presidente Sebastián Piñera hizo una declaración en la que señaló que el país estaba "en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite, que está dispuesto a quemar nuestros hospitales, el Metro, los supermercados, con el único propósito de producir el mayor daño posible".


Tales palabras emitidas en un ambiente de confrontación, rodeado de militares fueron el preludio de la brutal represión que sobrevendría a partir de entonces. Como se señaló en su momento, nunca antes un jefe de Estado desde Pinochet había caracterizado la situación interna del país en tal dimensión.


Piñera, sustentó su llamado a las armas para reprimir al enemigo interno en un informe elaborado por la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército (DINE) que le había sido entregado por el entonces ministro de Defensa Alberto Espina. La “inteligencia chilena” había detectado que el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) de Venezuela, a las órdenes del G-2 (Servicio de Inteligencia cubano) habían gestado una "ofensiva insurreccional para Chile". Para cumplir la misión contaban “con un batallón de 600 agentes clandestinos, expertos en guerrilla urbana, quienes ingresaron a Chile como refugiados, muchos de ellos formados en escuelas subversivas cubanas como Punto Cero", señalaba con estulticia el limitado presidente.


Todos sabemos lo que vino después: violaciones a los derechos humanos incluyendo torturas, abusos sexuales, vejaciones, uso indiscriminado de la fuerza, heridos por armas de fuego, muertos, y más de 460 personas con daño ocular y pérdida de visión de uno o dos ojos. Según la fiscalía nacional un número irrelevante de personas han sido procesadas por la violencia institucional y una cifra mucho más ínfima se encuentra en prisión preventiva haciendo patente el objetivo de la guerra contra el pueblo inventada por Piñera.


Fue una institución del propio Estado chileno quien se encargó de desmentir al presidente. La Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) señaló que las pruebas suministradas por la DINE buscaban en el exterior, un culpable de la movilización popular, escudriñando en el intento de comprobar una hipótesis que se basaba en que las protestas estaban manejadas por organizaciones integrantes del Foro de Sao Paulo, aunque esto tampoco fue comprobado según el reporte de la agencia estatal. Incluso el fiscal metropolitano de la zona oriente de la capital del país, Manuel Guerra afirmó que la acusación de Piñera sobre la intervención extranjera en el estallido social chileno "fue solo humo".


Para no ser menos, en España se ha hecho pública una acusación de una lógica tan irracional que raya en lo absurdo. Según la justicia del Reino, Rusia hizo un ofrecimiento al ex presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont de 10.000 soldados para convertir Cataluña en "un país como Suiza". Los argumentos expuestos no resisten ni la más mínima consideración. En relación con esta acusación, se ha desatado por parte de la Guardia Civil bajo dirección del Juzgado de Instrucción número 1 de Barcelona la operación “Volhov”, nombre de una División que agrupó voluntarios españoles que combatieron junto al ejército nazi en el sitio a Leningrado, durante la invasión hitleriana a la Unión Soviética.


La dimensión de esta barbaridad supera cualquier análisis racional. La entrada de 10 mil soldados rusos en España significaría el inicio de la tercera guerra mundial, algo muy lejos del ánimo y la voluntad de las autoridades rusas y del presidente Vladimir Putin en su relación con Europa.


Pero el nivel político y cultural de las autoridades españolas, la mentira continuada de sus medios de comunicación y la reiterada suposición de que es posible mantener al pueblo en una ignorancia que abra paso a manipulaciones de todo tipo, hacen que declaraciones como esta, tengan espacio en la atribulada opinión pública española que ya no sabe en quien creer.


De la misma manera que se hizo en Chile, en España, el desarrollo de la operación Volhov ha significado la detención de 21 personas, muchas de ellas empresarios o profesionales y el registro de viviendas, oficinas y almacenes, bajo la acusación de malversación de fondos públicos, prevaricación y blanqueo de capitales. Todo esto bajo la suposición de que Rusia está conectada con el proceso independentista de Cataluña a fin de desestabilizar al Estado español según el documento judicial que lo afirma y que se ha filtrado a la prensa.


En Chile gobiernan la Unión Democrática Independiente (UDI) y Renovación Nacional, ambos partidos herederos de Pinochet y de su ideología. La oposición de derecha y centro estructurada en los partidos Demócrata Cristiano, Socialista, Por la Democracia y el recientemente creado Frente Amplio sirven de comparsa a la democracia de facto. En España, los partidos social demócratas denominados Socialista y Podemos son los que ostentan el gobierno. En este caso, es la oposición franquista agrupada en los partidos Popular, Ciudadanos y Vox la que sirve de comparsa, simulando oposiciones coyunturales mientras soportan por igual al sistema neoliberal monárquico. Tal vez, esa si sea una diferencia, aunque como dice Silvio Rodríguez eso “no es lo mismo, pero es igual”.

08 abril, 2020

Estado español. Pactos de la Moncloa: la gran estafa otra vez, no — Ángeles Maestro (Red Roja)


Resumen Latinoamericano  08/04/ 2020

Dice Rodolfo Walsh que las clases dominantes siempre han procurado que las trabajadoras y los trabajadores no tengamos historia, ni teoría, ni héroes, que se pierda la experiencia colectiva y que cada lucha deba empezar de nuevo. Cuando las principales organizaciones de las clases oprimidas se hacen cómplices de la amputación de la memoria, el desastre es mucho mayor.

*

Una vez más, cuando se oyen crujir los cimientos de la economía capitalista, sus representantes políticos invocan el conjuro de los Pactos de la Moncloa.

En una comparecencia reciente el presidente del Gobierno, aludiendo a la encrucijada «histórica» que vivimos, hacía esta afirmación: “Esa unidad a la que apelo se tiene que trasladar en una certeza: todos los partidos políticos vamos a trabajar en unos nuevos pactos de la Moncloa”.

Hace pocos días, el gurú de El País Joaquín Estefanía, dedicaba su columna de opinión al mismo tema, con el pomposo título de «El compromiso histórico español». Es curioso, porque este ex-director de El País, durante los años de la Transición era miembro de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), que proponía «echar abajo el Pacto de la Moncloa»(1). El mismo Estefanía escribió un importante libro titulado: «La Trilateral Internacional del capitalismo (el poder de la Trilateral en España)», publicado por Akal en 1979 y que se agotó en pocos días. En él analizaba con nombres y apellidos las ramificaciones de la Trilateral en los diferentes órganos de poder institucional y empresarial en el Estado español. Jesús Polanco, fundador del grupo PRISA le hizo una propuesta al joven Estefanía por la que vendió su alma: ser director de economía de El País a cambio de que no hubiera una segunda edición del libro. A veces, Roma sí paga a traidores. Jesús Polanco pasó a ser miembro de la Trilateral en abril de 1982 (2), muy probablemente como expresión del respaldo del capital internacional a la victoria del PSOE que se produciría pocos meses después.

El caso de Estefanía, como tantos otros –el más conocido es el de las tarjetas Black de Bankia– es representativo de la cara oculta de la Transición: el soborno de dirigentes políticos y sindicales de la izquierda.

El capital siempre llama al pacto social cuando las cosas no le van bien. Se olvida rápidamente de su liberalismo y apela a la solidaridad, al consenso y al Estado. No cabe duda de que la idea luminosa ha salido de las filas del Ibex 35. Los Pactos de la Moncloa fueron su mayor negocio –si no contamos el golpe fascista de 1936. En la Transición, la ventaja es que las ganancias llegaron sin coste político. Todo lo contrario. Como en todo gran pacto social, para el capital el beneficio es doble: consigue imponer sus objetivos y el enemigo de clase se autodestruye. Y el PSOE, representante privilegiado de la gran burguesía y hacedor de las agresiones más graves contra la clase trabajadora desde la Transición, se apresura ahora a cumplir su papel.

La estupidez más grande que podría cometer la clase obrera es creer lo que agitan profusamente los medios y, por supuesto, el Gobierno: que si VOX no quiere unos nuevos Pactos de la Moncloa, es porque serán buenos para las trabajadoras y trabajadores. Como ya escribí al analizar la sesión de investidura (3), el esperpento de la extrema derecha sirve como espantajo preventivo ante el cual cualquier otra opción se considera un mal menor

Recuperar la Memoria

Ante una situación extremadamente dura como la que se avecina, las trabajadoras y los trabajadores necesitamos recuperar la memoria y analizar objetivamente lo que realmente supusieron esos pactos y lo que ha sucedido desde entonces hasta ahora. Y, sobre todo, lo que implicó dejarse arrastrar por falsos llamamientos a la unidad que siempre suponen para nosotras retrocesos –ahora directamente hacia el abismo– y ganancias para ellos.

En los Pactos de la Moncloa hubo un elemento clave: el PCE, encabezado por su secretario general Santiago Carrillo. El resto fueron meras figuras decorativas hasta el punto de que Alianza Popular no los firmó y nadie se acuerda de ello; porque no importaba. El objetivo central era domesticar al potente movimiento obrero, combativo y organizado, que recorría el territorio del Estado español. Un movimiento obrero estructurado en torno a las Comisiones Obreras, o Comisiones Representativas, surgidas desde las mismas asambleas de fábrica o de tajo, y por lo tanto enraizadas, más allá de las cualificaciones o la ideología, en el conjunto de las trabajadoras y trabajadores y garantes de uno de los elementos claves de la lucha obrera: la unidad de clase.

La fuerza organizada de quienes crean la riqueza y hacen posible la vida había conseguido imponer mediante luchas durísimas, con los sindicatos ilegalizados y centenares de sindicalistas en la cárcel, la Ley de Relaciones Laborales más progresista que se ha conocido.

Y se hizo en plena crisis económica. Llamo la atención sobre esto porque cuando se promulga esta Ley, en abril de 1976, la situación era muy parecida a la que se vivía en el momento de la firma de los Pactos de la Moncloa dieciocho meses después; sin embargo, en su preámbulo se alude, a diferencia de los Pactos, no a la crisis sino a las “legítimas aspiraciones de los trabajadores”. La crisis, y los sacrificios de “todos” necesarios para superarla, es el mantra que se repite cuando de lo que se trata, como ahora, es de imponer nuevos recortes de derechos y de condiciones de vida.

La Ley de Relaciones Laborales de 1976 establecía (4), entre otras cosas, que la naturaleza del trabajo determinaba el tipo de contrato; es decir, todo contrato era indefinido, salvo unas pocas excepciones. Se prohibía y se sancionaba el prestamismo laboral y las empresas de trabajo temporal; se reducía la jornada laboral, se ampliaba el permiso de maternidad, etc. Pero sobre todo, se regulaba el despido improcedente de forma favorable a las trabajadoras y los trabajadores. El artículo 35 disponía lo siguiente: «Cuando en un procedimiento por despido, el Magistrado de Trabajo considere que no hay causa justa para el despido, en la sentencia que así lo declare condenará a la empresas a la readmisión del trabajador en las mismas condiciones que regían antes de producirse aquel, así como del importe del salario dejado de percibir desde que se produjo el despido hasta que la readmisión tenga lugar”. En el apartado 4 de este mismo artículo se prohibía que el despido fuera sustituido por indemnización económica salvo acuerdo voluntario de las partes (5). Este artículo era esencial, como bien se puede comprobar ahora, para luchar contra las «listas negras» y la represión sindical.

Esta Ley es clave para desmontar el argumento central de quienes firmaron los Pactos en representación de la clase obrera: que la correlación de fuerzas no permitió hacer otra cosa. En este sentido, es importante destacar que esto ocurría a contracorriente del resto de los países centrales del capitalismo, donde los amplios derechos laborales conquistados por la victoria contra el fascismo en la II Guerra Mundial –que fue sobre todo una guerra de clases– habían entrado en fase de demolición con la piqueta de las políticas neoliberales.

En el Estado español la correlación de fuerzas en la lucha de clases era otra. A pesar de los durísimos coletazos del final de la Dictadura –los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975, el asesinato de cinco trabajadores y los cientos de personas heridas de bala el 3 de marzo de 1976 en Vitoria o la matanza de los abogados laboralistas de Atocha el 24 de enero de 1977– la combatividad y la organización del movimiento obrero eran grandes y crecientes. Además no se trataba sólo de reivindicaciones laborales. El movimiento estaba impregnado de contenidos políticos de ruptura con el Régimen que agonizaba y de exigencias de democracia y de control obrero en la empresa. La fuerza organizada de la clase obrera fue capaz de sobreponerse a los vientos neoliberales que empezaban a arrasar las políticas sociales en una CEE(6) con poderosas centrales sindicales y supuesto paraíso de los derechos sociales.

Año y medio después, los preceptos de esa Ley se convirtieron en agua de borrajas. No se produjo un cambio en la correlación de fuerzas, sino una monumental traición de clase.

Es curioso leer que el PCE defendía los Pactos argumentando que las medidas agresivas contra la clase obrera no iban a durar más de “año y medio”, el tiempo de acabar con la crisis, o que participar de ellos era la manera de evitar un golpe de Estado. Sucedió exactamente lo contrario. La crisis continuaría profundizándose y de hecho fue el gran pretexto para el nuevo ataque que vendría con la cínicamente llamada reconversión industrial, y el ruido de sables tomaría cuerpo el 23 de febrero de 1981. El saldo real, apabullante, fue que ante ambos acontecimientos la clase obrera era ya mucho más débil.

Lo más importante de los Pactos de la Moncloa no fueron sus medidas concretas contra la clase obrera: pérdida del poder adquisitivo de los salarios, facilitación del despido(7), etc, a cambio de una tímida reforma fiscal, muy por debajo de la existente en Europa occidental y que progresivamente, todos los gobiernos han ido cambiando a favor del capital. Mientras tanto, como sabemos, la evasión y el fraude fiscal adquiere proporciones gigantescas.

El cambio cualitativo que introdujeron los Pactos de la Moncloa y que los sitúan como piedra angular del retroceso imparable sufrido por los derechos laborales desde entonces hasta ahora, es de naturaleza ideológica. Esos acuerdos plasmaron con la firma de quienes tenían mayor influencia entre la clase obrera la preeminencia de la lógica del capital sobre cualquier otra consideración, y la aceptación del orden capitalista como algo natural y permanente. Se capitulaba ante el dogma central del capitalismo: para que a la clase obrera le vaya bien, lo prioritario es restaurar la tasa de ganancia del capital y, en aras de la competitividad, hay que liquidar los obstáculos que se le oponen: terminar con la negociación colectiva, reducir al máximo los costes laborales y «flexibilizar» tanto la contratación como el despido.

Bajo esa égida, y con un debilitamiento progresivo – organizativo, político e ideológico– contrarreforma tras contrarreforma, recorte tras recorte, hemos llegado al esperpento de la situación actual: con millones de personas trabajadoras en la miseria, más de un millón de jóvenes con alta cualificación en la emigración, los servicios públicos degradados y sometidos a la lógica del beneficio privado y condiciones de trabajo de semi-esclavitud.

El balance de estos cuarenta años en términos de clase es tan obvio que no merece la pena argumentarlo. Los enormes negocios de las privatizaciones de la banca pública y las empresas estratégicas de transporte, comunicaciones, energía, etc, son las grandes fortunas del Ibex 35; monopolios que a su vez, están en buena medida en manos de los grandes bancos.

La explotación y la miseria de millones de trabajadores y trabajadoras –12 millones en situación de extrema pobreza– se esconde bajo cifras indignantes. Mientras los beneficios empresariales de los grandes monopolios registraban crecimientos del 60% en los últimos años, el salario medio ha sufrido una pérdida de poder adquisitivo de 133 euros anuales.

Y en estas condiciones, ¿nos hablan de Pacto Social? ¿Qué más quieren robar?

No conviene engañarse. En las crisis, la inversión de capital se frena, e incluso hay una huida masiva de capitales como la que ya está sucediendo –tan patriotas ellos– porque no ven posibilidades de recuperar la tasa de ganancia. Y la inversión no vuelve hasta que no se ha producido un “saneamiento” –es decir la destrucción de empresas débiles, fundamentalmente la pequeña y mediana empresa– y condiciones más favorables de explotación de la mano de obra.

En definitiva, cuando tanto el Gobierno como el BCE ponen en poder de la banca y de las grandes empresas la capacidad de decisión sobre los fondos públicos, no sólo es que los vayan a emplear para rescatarse a sí mismos, sino que sus intereses son opuestos a la salvación de las decenas de miles de pequeñas y medianas empresas, de las que dependen millones de trabajadoras y trabajadores.

No insistiré aquí en la mezquindad de las ayudas directas del Gobierno, frente a las aplicadas por otros gobiernos, y su vergonzosa pasividad para intervenir empresas privadas, aun cuando la situación adquiere tintes dramáticos en la sanidad pública. Todo ello da idea de lo que se puede esperar de este Ejecutivo de coalición por sí mismo o, como podría ocurrir, si se acaba incorporando a la toma de decisiones alguna de las tres derechas.

No podemos seguir siendo presas del círculo vicioso que nos amarra desde la Transición: huir del PP para que gobierne el PSOE para, tras comprobar que practican las mismas políticas, hacer el mismo camino en sentido contrario.

Cuando la situación es tan dramática como la que vivimos –y la que asoma sabemos que será mucho peor– no podemos consentir que el caos y la barbarie sigan imperando.

Es intolerable que prevalezcan los mecanismos represivos en el confinamiento –con el esperpento de ver a diario a los representantes del ejército, la guardia civil y la policía informando de la evolución de la pandemia– mientras se mantiene la producción de bienes no esenciales a mayor gloria del capital, y condenando a una sobremortalidad evidente a los territorios donde se concentra esa clase obrera obligada a trabajar con riesgo de su vida (8).

No podemos consentir que permanezca impune el desmantelamiento de la sanidad pública, que está produciendo escandalosas carencias de atención y centenares de muertes perfectamente evitables. Porque ese deterioro, perfectamente planificado desde las Consejerías de Sanidad, tiene responsables concretos que han venido preconizando la superioridad de la sanidad privada, permitiendo la entrada masiva del capital privado –fondos buitres incluidos– en la gestión con fondos gubernamentales de la sanidad pública (9) y reduciendo y precarizando hasta extremos inconcebibles las condiciones de trabajo del personal.

Es una irresponsabilidad afrontar la hecatombe social y económica que se avecina permitiendo que la oligarquía financiera y monopolista siga imponiendo su ley de hambre, enfermedad y muerte.

Precisamente el desastre actual es el resultado de una izquierda débil y cobarde que, bajo el eufemismo del pacto social, ha venido aceptando la dictadura del capital, más salvaje cuanto más se debilitaba la clase obrera. Y aún siguen tratando de justificar su goteo incesante de concesiones con el argumento de una “correlación de fuerzas adversa” que, curiosamente, esta misma izquierda contribuye a alimentar paralizando movilizaciones y blanqueando mensajes combativos.

Es hora de enfrentar la situación desde claves diferentes. Desde posiciones que necesaria e imprescindiblemente tienen que enfrentar la lógica del capital.

No hay otra: o se salva al capital, o se salva al pueblo. La resolución de este dilema es una cuestión de poder. En ese sentido, lo que Red Roja propone no es un plan de choque de los muchos que se están proponiendo como peticiones o exigencias dirigidas al Gobierno, y que pueden muy bien compartirse, pero que no poseen, ni se plantean, el poder político para llevarlas a cabo.

El llamamiento de Red Roja plantea la necesidad de cambiar radicalmente el enfoque y construir un poder alternativo edificado sobre la hegemonía de la satisfacción de las necesidades sociales, que necesariamente tiene que romper con el orden existente, y que tenga al pueblo en el puesto de mando (10).






6 Comunidad Económica Europea

7 El empresario tenía libertad para despedir al 5% de la plantilla si la lucha obrera le obligaba a romper los topes salariales establecidos por los Pactos de la Moncloa.


9 En el año 1997 se promulgó la Ley de permitía la gestión por parte de empresas privadas de todo tipo hospitales, centros de salud, y centros socio-sanitarios «públicos». Eso sí, la financiación es siempre pública. Se aprobó en el Congreso de los Diputados con los votos de PP. PSOE, PNV, Coalición Canaria y Convergencia y Unió-. Un análisis de las consecuencias de la citada ley puede verse aqui. Maestro. A «Lay 15/97: el arte de confundirse con el paisaje. https://www.diagonalperiodico.net/cuerpo/ley-1597-arte-confundirse-con-paisaje.html



28 octubre, 2016

Reino de España: El país más corrupto de Europa - Gregorio Morán


Grosz

25/09/2016

Sorprender no sorprende, pero llama la atención que seamos el país más corrupto de Europa occidental. No estoy en condiciones de hablar de la Europa oriental poscomunista, porque no la conozco salvo los casos delirantes de Albania, Macedonia y Kosovo. Pero lo más llamativo es que nadie se haga la pregunta en voz alta, y que nuestros talentos mediáticos no se hayan detenido en pensar a qué se debe: si a nuestra tradición, si estará incluido en el ADN de los españoles, a la dieta, al peso de la familia como única institución respetable, es un decir; a nuestro inveterado desprecio por el Estado, primer pozo de corrupción nacional.

Aquí se viene abajo cualquier tipo de patriotismo aldeano. El parecido entre un delincuente económico catalán y otro madrileño, o asturiano, o gallego, es absoluto. Hago una excepción para el caso valenciano, porque cabe reconocer que ahí se han alcanzado cotas de imaginación y desparpajo que asombran incluso a los que creíamos no sorprendernos ya de nada. Ni siquiera al añorado Rafa Chirbes, veterano novelista especializado en la descripción de esas lides, se le hubiera ocurrido cosa tan simple y al tiempo tan sofisticada como la entrega de un billete negro de 1.000 euros para que cada militante del PP lo trasformara en dos billetes blancos de 500. Nada de improvisación, con sistema. De vivir aún, se quedaría de un pasmo; no hay imaginación literaria capaz de llegar tan lejos.

No se engañen. Superamos a los italianos y no por un asunto de finezza, como les gusta decir a los cursis, sino porque nuestra corrupción abarca al conjunto social, desde los jueces a los políticos, desde la banca convertida en una organización de timadores –eso fueron las preferentes– hasta la policía –¿se imaginan a un jefe del cuerpo de inspectores grabando una conversación con su superior máximo? Pues lo hemos vivido–.

Un ejemplo para clarividentes. Es sabido que los jueces italianos y la sociedad organizaron Mani Pulite (Manos Limpias), que arrasó la corrupción en la clase política y empresarial italiana, tanto y de tal manera que el miedo de la clase dominante les trajo a Berlusconi. Pero nosotros fuimos más lejos. La organización Manos Limpias estaba formada por un puñado de delincuentes, de la extrema derecha, yo conocí a uno, un tal Bernard, allá por los primeros años de la transición, que trabajaba de sicario político y económico de Blas Piñar, en Fuerza Nueva. Lo escribí. Nadie dijo nada, nadie se acordaba de nada, como si se tratara de otra persona. Conservo de él una buena colección de fotografías en plena acción fascista. ¡Los restos del franquismo se habían convertido, ante el silencio cómplice de la izquierda, en los justicieros! (La izquierda, como siempre por las nubes, siempre exigiendo lo que la derecha, pero con mayor vehemencia. ¡Nosotros lo que queremos es un referéndum! Volvemos a los éxitos radicales de finales de los setenta, cuando el mayor triunfo de la izquierda radical fue que le proporcionaran, la derecha en el poder, un trabajo seguro. Desde catedrático con mando en plaza hasta asesor áulico).

Estamos atados de pies y manos por la ley de defensa del honor. Una joya creada por decreto para protegerse aquella clase política abnegada, comprensiva y patriota. Proteger y amparar a los delincuentes. En el fondo, digámoslo en voz baja, pero al menos para que quede escrito en alguna parte: en España no hay extrema derecha con peso político, al menos de momento, en ninguna parte de Madrid a Barcelona, de Valencia a A Coruña. Y no la hay por algo tan obvio como que está en el poder.

Buena parte de las leyes de la bendita transición fueron redactadas para proteger a los delincuentes, de ahí el interés en el garantismo. Un garantismo jurídico elaborado por los grandes bufetes para crear la cortina impenetrable que hace imposible que los estafadores, sus clientes, vayan a la cárcel. Soy lego en asuntos judiciales, pero que el tema de las tarjetas de Bankia ocupe el lugar que debería servir para revisar la gestión del banco y llevar a la cárcel a quienes vaciaron el banco, que fueron varios, me llena de zozobra. Y esto es válido para la banca en general, una organización profesional que no dudo tendrá a algún empleado aún con manguitos y cierta dignidad profesional, pero que han acabado siendo auténticos nidos de estafadores. Impunes.

Leo milagrosamente en un diario –una noticia crítica en un diario es cada vez más un milagro laico; ahora lo normal es trabajar con la lengua, y no me refiero al idioma, sino a la lengua propiamente dicha que te permite ser gracioso charlista para amas de casa o tertulianos– el nacimiento del ocupa. No del okupa, de procedencia vasco-abertzale, joven que toma una casa vacía desde hace años. El nuevo ocupa es un señorito atorrante, que dirían en América, porque va con c. Ni siquiera asalta su casa, sencillamente le cambia la cerradura y se instala dentro. Luego usted debe negociar cómo lo saca. No cuente con la policía, porque al menos los Mossos consideran que forzar la puerta manipulada constituiría un allanamiento de la morada del delincuente. El genio del invento es un tal Bruno, sin apellido, la prensa no hará tal desaire a un delincuente, uruguayo. Suele escoger casas con piscina, dueños ausentes y esperar que le paguen, para volver a repetir la hazaña. Una sociedad que permite esto y la policía y los jueces se muestran graciosos y benevolentes sirve para imaginar qué harán con un dirigente de banca, un mafioso de la droga o un blanqueador internacional.

La transición diseñó una legislación para delincuentes; fue uno de sus éxitos más silenciados. Te daban el caramelo de la urna y al tiempo te concedían el derecho a militar en un partido que olía a pescado podrido. Baste como ejemplo el reciente fallecimiento de Joaquín Rivero, el pata negra del ladrillo, de la ganadería de Jerez de la Frontera. Societario del Club de los Constructores Medio Muertos, pero forrados: Luis Portillo, Jové, Fernando Martín, Rafael Santamaría, Díaz de Mera, el Pocero o Bautista Soler. Una sociedad que los plumillas denominan “los señores del ladrillo”. ¡Un respeto!

Me ha emocionado leer la necrológica de este “señor del ladrillo” que le ha dedicado el periódico más influyente. Se le recuerda cuando entró en la lista Forbes entre las mil personas más ricas del mundo. Léanlo, no tiene desperdicio y lo firma un tal Noceda, que precisa de este delincuente del ladrillo que pertenecía “a una familia prócer de Jerez (era primo de Teresa Rivero, esposa de José María Ruiz-Mateos)”. Ya lo saben, “prócer” consiste en estafar como Ruiz-Mateos vendiendo acciones por botellas de vino añejo. Ni los chalanes de mi niñez hubieran osado tales desvergüenzas.

Y sigue el plumilla, en otra frase sobre este “señor del ladrillo”: “La burbuja estalló sin que Rivero ni la mayor parte de sus colegas hubieran hecho los deberes”. O lo que es lo mismo, haber soltado amarras y pasarle el muerto a los ayuntamientos y a los ciudadanos. Ahora, a esto se le llama “hacer los deberes”. La Fiscalía Anticorrupción le acusó de información privilegiada. Se lo pasó por sus partes endurecidas de tanto montar a caballo por las dehesas. Lo que sí me gustaría saber es qué ocurría con la condena de cuatro años de cárcel que le impuso el Tribunal Correccional de París, con multa de 375.000 euros y una indemnización de 208 millones por malversación y blanqueo.

¡Ay, estos señores de Jerez! Desde que ganaron la guerra no han dejado de pensar que la vida es breve y la estafa un incidente. Otro prócer. ¡Tú vota, chaval, lo demás déjanoslo a nosotros! Llevamos toda la vida ocupándonos de eso. Ese fue el mayor éxito de la transición: que nos entendiéramos. Pero cada uno en su sitio.

La transición diseñó una legislación para delincuentes; fue uno de sus éxitos más silenciados.


31 julio, 2016

Una España como la de Los Santos Inocentes, pero con Smartphones.

artículo completo en: esencial o menos


"Cuando el PSOE llegó al poder en el 82 Alfonso Guerra dijo que “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Pasados cerca de 40 años de democracia en España, a día de hoy, no sólo no ha cambiado sino que las diferencias sociales se han agrandando y se ha profundizado en la división del pueblo. Una España como la de Los Santos Inocentes pero con Smartphones.

Porque la clase dominante, antes apoyando a Franco y ahora demócrata de toda la vida pero siempre manejando los hilos del poder, ha impuesto su discurso ideológico y el relato de su historia. Así, en este paradigma las clases no existen, son un invento de la izquierda trasnochada. Porque, en todo caso, se admite la existencia de una gran clase media con aires de grandeza que repudia su propio origen. Porque ha sido generalizado el convencimiento de que una persona que tiene un bar con dos camareros contratados y trabajando 14 horas diarias es un empresario (un emprendedor) y, por tanto, tiene más en común con la idea de empresario tipo Florentino Pérez que con su vecino reponedor en el Carrefour, con el inmigrante marroquí que se cruza todos los días camino del trabajo y vino a España a buscarse un futuro mejor o con los jóvenes que abarrotan las oficinas de (des)empleo buscando acceder en unas condiciones dignas al mercado laboral. Se cree que sus intereses de clase están más próximos a los empresarios simplemente porque puede financiarse a plazos un viaje de vacaciones con su familia a la Riviera Maya. Y además hemos llegado a esta situación por convencimiento propio. Se dice que no hay nada más estúpido que un obrero de derechas, a lo que yo añado de derechas sí, pero además convencido y contento."

24 agosto, 2015

Agrupémonos... ¿todos?

Santiago Carrillo saluda reverencial a la reina

"La ingenuidad es un modo de ser inocente. El infantilismo, un modo de ser idiota. Esa es la diferencia". Virgílio Ferreira

No lo olvides, pueblo.

22 noviembre, 2013

Breve hipótesis sobre la Transición Española - Loam


Plan premeditado y urdido por todas las fuerzas políticas que en ella participaron, la Transición fue una añagaza en cuya elaboración sólo existieron dos bandos arropados por una claudicante comparsa. Paradójicamente, estos dos bandos opuestos, sólo en principio opuestos (tan opuestos que Carrero tuvo que ser sacrificado), provenían de la misma estaca: ambos eran herederos del franquismo y pertenecientes a la élite del Régimen, uno apostaba por conservar la vieja estructura intacta: Iglesia, Ejército y Doctrina. El otro apostó todo a la economía, al mercado y a los bancos. Fue a éste al que Henry Kissinger vino a dar el imperial beneplácito. De parte del primero estuvo el Vaticano, la Liga Árabe, y las dictaduras sudamericanas, de parte del segundo los EE.UU., la Europa del mercado e Israel. En el ámbito ideológico, la apuesta del bando mercantilista era una apuesta a largo plazo. Se trataba, en primer lugar, de preservar el monopolio económico de la clase dominante y ampliarlo, a sabiendas de que, más temprano que tarde, podría recomponer los aspectos ideológicos y sociales más debilitados del Régimen (eso es lo que está sucediendo ahora). La táctica de los primeros, digamos la “más nostálgica”, consistía en salvaguardar los férreos principios del Régimen, su liderazgo y el privilegiado protagonismo ejercido durante cuarenta años (y defenderlo por las armas si fuera preciso - Carrero Blanco). Podríamos decir que, para este bando, la economía debía estar al servicio de la ideología dominante, del Régimen, mientras que la estrategia del segundo, se basaba en los "principios del movimiento"… pero del capital, cuyo control antepuso a cualquier otra cuestión, sabiendo que teniendo el control del mismo se aseguraba el control del Estado.
En este proceso, la izquierda estuvo de antemano neutralizada por sus propios representantes que por miedo, por un pragmatismo “a la baja” o simplemente por sacar tajada, en lugar de plantear las exigencias que las bases reclamaban, fueron cómplices sumisos de aquella orquestada farsa.
Finalmente, no tardaron los dos “bandos de la misma cara” en fundirse en un financiero abrazo, y el Régimen, ya sin disimularlo, Boletín del Estado en mano comenzó, "democráticamente" eso sí, a desvelarnos los crudos resultados de aquel vergonzoso amaño.


26 noviembre, 2012

Liquidación social y liquidadores. La generación de los ideales revolucionarios ante el fin de la clase obrera en occidente.


Miquel Amorós

El 19 de julio de 1936 el proletariado español respondió al golpe de estado franquista desencadenando una revolución social. El 23 de febrero de 1981 tuvo lugar un golpe de estado ante la indiferencia más absoluta de los proletarios, quienes apenas movieron el dial de la radio o el mando del televisor. El contraste de actitudes obedece al hecho de que el proletariado era en el 36 el principal factor político social, mientras que en el 81 no contaba ni siquiera como factor auxiliar de intereses ajenos. Si el golpe del 36 iba en contra suya, el del 81 fue un ajuste de cuentas entre diferentes facciones del poder. Ni en los análisis más alarmistas la conflictividad obrera fue tomada en consideración por la sencilla razón de que era mínima. Los golpistas pasaron del proletariado porque no era más que una figura secundaria de la oratoria política, algo históricamente agotado. Durante los años de la “transición económica” hacia las nuevas condiciones del capitalismo mundial –los 80– la clase obrera fue fragmentándose y resistiendo a escala local a su “reconversión” en clase subalterna, hasta la huelga mediática del 14 de diciembre de 1988, cuando se convirtió en masa de maniobra de operaciones políticas y sindicales que terminaron por destruirla. El movimiento antinuclear y el movimiento vecinal habían terminado un lustro antes. Uno de los resultados de ese periodo fue la ruptura entre los obreros adultos, mejor situados en las fábricas, y los obreros jóvenes, peones y precarios, que impulsaron las primeras asambleas de parados. Esa fractura tuvo sólo un fruto comestible: una nueva conciencia basada en la crítica radical del trabajo asalariado, deteriorado en extremo, o lo que viene a ser igual, basada en el rechazo del trabajo como actividad central de la vida cotidiana. A partir de 1985 se desarrolló un medio juvenil fuera del mercado laboral, preocupado por la okupación, la represión, la contrainformación, el antimilitarismo, el feminismo, la movilización estudiantil, etc. En ese medio la cuestión social perdía su carácter unitario y se desagregaba, replanteándose sus pedazos como problemáticas particulares. El centro de gravedad social se desplazó desde las fábricas a los espacios de relación juveniles, herederos involuntarios de tareas históricas imposibles de asumir por el carácter heterogéneo de esos espacios, lo que contribuyó a la confusión de la década siguiente. Todos los esfuerzos por coordinar actividades, fomentar debates y conectar con luchas urbanas tropezaron con los mismos problemas: la dispersión, la ausencia de reflexión, el compromiso relativo, la falta de referencias, el enclaustramiento... Al no resolverse, conforme desaparecían las luchas reales el medio juvenil se volvía un gueto conformista en el que la crítica social revolucionaria era sustituida por la indefinición, la pose, los tópicos contestatarios y la moda alternativa. Se revelaba como un medio de transición para una vida adulta integrada, como el instituto, la FP o la universidad. Los intentos habidos entre 1989 y 1998 por superar esa situación fueron puramente organizativos, formalistas, a base de “campañismo” y encuentros de la diáspora antiautoritaria, por lo que a la larga resultaron un fracaso. Así terminó la llamada “área de la autonomía.” Había que haber llevado a cabo una reflexión profunda sobre los logros y los fracasos de las luchas precedentes, pero antes incluso que analizar las derrotas y recuperar la memoria de las luchas radicales, había que efectuar una crítica despiadada al propio medio, a sus inconsecuencias, a su frivolidad y a su falta de coraje intelectual, con el fin de depurarlo tanto de adherencias sentimentales burguesas como de mitos y prácticas militantes. No se hizo lo suficiente o se tardó demasiado y el medio se estancó, permitiendo la amalgama con los residuos del izquierdismo y del patriotismo periférico, que trataron de reconstruir a toda prisa un nuevo espacio social, el espacio que había sido abandonado por los partidos y sindicatos al incrustarse en el aparato de la dominación. Las movilizaciones contra la Guerra del Golfo y por el No a la OTAN, las campañas por el 0’7%, por la renta básica o por los zapatistas, fueron las primeras martingalas de ese intento de acercamiento a la política institucional que en 1997 cristalizó en el “ciudadanismo”. Durante el proceso de globalización de la economía y de la reestructuración de la clase dominante, el propio sistema de dominación se puso a la cabeza de la lucha contra los desastres que él mismo había provocado y con Internet de por medio creó el espejismo de un “espacio ciudadano” donde desarrollar las actividades complementarias a la política institucional de los partidos y sindicatos. Toda la escoria posmoderna y toda la chusma vanguardista que pululaban en los medios juveniles, deseando reciclarse en algo por el estilo, se apuntaron al carro y alumbraron “plataformas”, “espacios”, “colectivos”, “redes”, “casals de joves”, y “fórums”, que redescubrieron los encantos del sindicalismo minoritario, del nacionalismo, del tercermundismo, de las subvenciones y de la política neoestalinista. Las nuevas tecnologías proporcionaron la estructura mínima para garantizar las apariencias de movimiento. Con el impacto de Seattle, del localismo se pasó sin transición a operar a escala internacional. El gueto juvenil se vio de pronto sumergido en los montajes ciudadanistas, los movimientos contra cumbre y contra la guerra, verdaderos estados generales de la confusión y la recuperación, que, después de Génova, se convirtieron en la quinta rueda del carro electoral de la socialdemocracia. El impacto tecnológico había creado en las masas juveniles la ilusión de una comunidad mundial provista de un proyecto de cambio social, mientras que el turismo antiglobalización fomentaba la ilusión de un movimiento anticapitalista. Pero lo que las telecomunicaciones facilitaron fue un espacio virtual, y por consiguiente irreal, donde verter la frustración y la miseria espiritual de miles de personas, de forma que la abundante base social sobre la que erigir una causa quedase atrapada en las redes de la inexistencia. Y mientras se generalizaba el espectáculo de un movimiento, las líneas de comunicación directa subsistentes quedaban irremisiblemente dañadas, como demuestra la desaparición de revistas, el cierre de locales, librerías o editoriales, la decadencia de las asambleas, la degeneración del lenguaje, etc.
El espectáculo como relación social se había apoderado de la sociedad y los jóvenes tecnófilos se habían convertido en la vanguardia de su imperio; por primera vez y gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación irrumpían los jóvenes como masas, aportando al espectáculo de la acción los rasgos psicológicos de la pubertad, a saber, el culto del presente, el rechazo del esfuerzo y de la experiencia, el narcisismo, la búsqueda de la satisfacción inmediata, la confusión entre el ámbito privado y la vida pública, entre lo serio y lo lúdico, etc. Las masas juveniles son más sensibles que las adultas al mayor mal de la sociedad del espectáculo: el aburrimiento. Lejos de sentir como suya la causa de la libertad o la lucha contra la opresión social, lo que realmente sienten es una necesidad ilimitada de entretenimiento. Las masas juveniles, profundamente despolitizadas y sin ningún interés por politizarse, salieron masivamente a la calle a divertirse luciendo su pañuelo palestino, escenificando su falsa generosidad y proclamando su compromiso volátil. En la sociedad del espectáculo la protesta es una forma de ocio y el pathos trágico de la lucha de clases ha de retroceder ante la comicidad, el desenfado y la fiesta, formas genuinas del espíritu contestatario que halló en las cacerolas su mejor medio de expresión. Forzosamente, entre los autoproclamados portavoces de la movida juvenil tenía que dominar una actitud que pretendía ser pragmática, es decir, levemente crítica y profundamente conformista, dispuesta a caminar por las sendas trilladas y a discurrir por los cauces inocuos. Encontraron sus herramientas intelectuales en ideologías light como el negrismo, el castoriadismo, el ecologismo, o los productos de las marcas IPES y ATTAC. Conceptos como “movimiento de movimientos”, “lo social”, “el imaginario”, “ciudadanía”, “pluralidad”, etc., sirvieron para la evacuación de arcaísmos ideológicos obreristas, derribando de paso conquistas intelectuales básicas, aportaciones críticas imprescindibles, y en general, echando por la borda todo el bagaje teórico de la lucha precedente. Como coartada política se buscó un proletariado de sustitución en los seres inermes y amorfos calificados por los pensadores orgánicos de “multitud”, ciudadanía, sociedad civil o simplemente “la gente”. El nuevo sujeto histórico era pura ficción puesto que el verdadero había sido liquidado por el capitalismo, pero su imagen ficticia era necesaria porque el espectáculo del combate social necesitaba un fantasma; su legitimidad no podía apoyarse en una clase real sino en una de prestado. Una nueva clase imaginaria escapaba de los verdaderos escenarios de lucha para situarse en el terreno del espectáculo, puesto que ni ella era clase, ni su lucha era lucha. Después de la manifestación de Barcelona “contra la Europa del capital”, todo fue procesión pactada y controlada. Quienes ante la crisis de las ideologías obreristas optaron por la protesta encarrilada y falaz, optaban realmente por PRISA y la socialdemocracia (y lo sabían). La adopción del pacifismo como principio indiscutible de acción purgó de las asambleas y las manifestaciones a los radicales, pero su objetivo principal era el diálogo con el poder. No querían enfrentarse a nada; no aspiraban a cambiar el mundo sino a participar en su gestión. Con ellos otra gestión capitalista era posible. Lo que pretendían reformar no eran más que los mecanismos de cooptación de la clase dominante. Las páginas web, las ONGs, los foros sociales y las concentraciones anticumbre eran los instrumentos de acceso a la elite. Su lenguaje se iba volviendo cada vez más apologético: con las fórmulas verbales adecuadas el plomo de la nimiedad –votar, enviar mensajes, navegar por la red, amontonarse— se transmutaba en el oro de la lucidez histórica y el heroísmo. Tal disparatado discurso quería cubrir una actitud colaboradora hasta lo indecente, por eso en la medida que definían una política “desde abajo a la izquierda”, aunque la maquillaran con añadidos “imaginativos”, ésta era la política de siempre; en la medida que reclamaban una alianza, era con los partidos y sindicatos de siempre; en la medida en que llamaban a votar, era a los candidatos de siempre. En realidad nos contaban que una vía más asistencial hacia el totalitarismo era posible, para lo cual otra burocracia dirigente era necesaria. Quienes hablaban y se comportaban de tal guisa, habiendo querido ser reformistas, acababan llamando a la puerta del poder como vulgares pretendientes. Si hoy nos podemos alegrar de su fracaso fue porque contaron con la complicidad de las masas. Igual que cualquier partido, pensaron que el número de manifestantes, de votantes o de mensajes SMS bastaba para justificar sus pretensiones políticas. Sin embargo, sentarse sobre las masas es como sentarse sobre un dedo. El mismo tedio que las mueve, las paraliza. Despolitizadas por definición, no son ni pueden ser ningún sujeto político dispuesto en todo momento a seguir a sus dirigentes. Las masas no quieren hacer política, quieren ser objeto de la política; no quieren cambiar la sociedad, en todo caso quieren que alguien se ocupe de ellas. Por eso son masas. Los verdaderos dirigentes lo sabían. La eternidad de la lucha de clases era un tabú intocable que no se empezó a profanar hasta después de la huelga general francesa de diciembre de 1995. Para el activismo social continuista la existencia de una clase portadora de los ideales manumisores estaba fuera de cualquier duda, puesto que si hubiera prescindido del concepto el edificio teórico por él sostenido se hubiera desmoronado, y con él la justificación de dicho activismo. Pero como los hechos eran tozudos, la clase obrera iba evaporándose, convirtiéndose sólo en un lugar común de la verborrea social obrerista, en un dogma de consolación. La agitación social que se mantuvo en esas posiciones se desconectó de la realidad, degradándose y quedándose al margen, dando pie a tertulias inocentes o a sectas fundamentalistas. La alternativa a la fe, a falta de una verdadera crítica del periodo final de la lucha de clases, a falta de una crítica de la recuperación posmoderna, a falta del restablecimiento de una perspectiva histórica de los combates sociales, tenía que ser otra fe. Así los nuevos remedios para el sectarismo, fueron forzosamente sectarios. Hubo intentos verdaderamente cómicos de restaurar la ideología leninista, voluntaristas anclajes en el anarcosindicalismo y sospechosas reposiciones del situacionismo. Para sus partidarios no había nada nuevo bajo el sol; todo estaba dicho. La aparición de las masas juveniles con toda su alegre intrascendencia no hizo sino reforzar ese atrincheramiento. La huida hacia delante ante las nuevas realidades se resolvió en dos opciones igualmente delirantes: o la posmodernidad “plural” anteriormente descrita, o las viejas ideologías, opción subdividida entre la fosilización contemplativa o el activismo extremista. Los activistas sectarios eran los partidarios del enfrentamiento inmediato con el sistema y por lo general se despreocupaban de las contradicciones que oscurecían e impedían la reformulación de la cuestión social, planteando la supremacía de la acción práctica sobre la reflexión y reduciendo ésta a una actividad subalterna al servicio de aquella. De este modo la crítica social quedaba disminuida a propaganda, simplificada en análisis, fórmulas y consignas aptas para el consumo quinceañero. En caso extremo, había incluso quienes veían en la reflexión, a no ser que se limitara a la glorificación de las llamas, un impedimento más que una guía para la acción. Caían en un pragmatismo de otro tipo y el empobrecimiento de la crítica comportado fue también el de la propia acción. El menosprecio del pensamiento es el de la estrategia. La acción privilegiaba uno de sus momentos, el choque, y se olvidaba de los demás. Aparecía como respuesta inmediata independiente del lugar, del tiempo y de la oportunidad, puntual, minoritaria y violenta. La acción devenía un fin en sí misma, más necesitada de técnica que de ideales. Para el activista no era necesario saber nada que no estuviera directamente relacionado con la acción. Y ésta no trataba de delimitar campos para lograr un terreno donde los oprimidos ejercitasen la libertad, sino que pretendía ser un acto ejemplar susceptible de despertar admiración y tener imitadores. El grado de destrucción conseguido determinaba la calidad, pues el fetichismo de la acción inducía a la mistificación de la violencia y asimilaba ésta al radicalismo; asimismo confundía con frecuencia dominación con represión de tal forma que, creyendo combatir al orden establecido simplemente disputaba con su policía. En los medios activistas, a la falsa oposición entre teoría y práctica correspondía la contraposición entre organización de masas y agrupación informal. Hasta entonces la organización siempre había significado fuerza; no negaba la informalidad sino que la complementaba: la sociabilidad de clase, los entramados de ayuda mutua y solidaridad, el compañerismo, la entrega... proporcionaban a la organización solidez a la vez que la impedían degenerar en burocracia. Evidentemente las estructuras informales son hoy la única forma posible de organización entre otras cosas porque las bases informales que constituían los cimientos de formas más coordinadas han sido destruidas por el enemigo. La enorme dificultad que existe para que los individuos entablen relaciones transparentes y se comprometan con la causa de la libertad obliga a ser muy flexible en cuestiones organizativas, pero eso no es un logro, sino una condición impuesta por el deterioro de las personas y de las luchas. Los niveles de organización dependen del desarrollo de la conciencia de clase y esta depende de las luchas. La estructura informal se impone cuando no hay clase manifiesta y las fuerzas son débiles y dispersas. La organización es por lo tanto un proceso que está en función de la generalización y la radicalización de las luchas, ambas cosas necesarias para la aparición de proyectos revolucionarios de envergadura. Por otro lado, la informalidad no es una vacuna contra la burocracia; la burocracia puede muy bien adaptarse a las apariencias de informalidad. Tampoco es un remedio contra la infiltración; los provocadores saben manejarse tanto por esos medios como por los otros. Son otros factores los que cuentan: la experiencia, la calidad humana, la astucia... Lo que desde luego no se puede hacer informalmente es pasar a la ofensiva, pero por desgracia, estamos lejos de poder permitirnos algo parecido a eso.

En realidad la actitud activista y la contemplativa se comprenden perfectamente si nos damos cuenta de que no son más que formas políticas de la mentalidad adolescente y la senil. Dado que la dominación tiende a mantener a toda la población en minoría de edad permanente, el activismo se da también en gente ya muy entrada en años. Dentro del sistema se suele estar en la edad del pavo, pero una adolescencia perenne no excluye los síntomas de la senilidad, por eso ambas mentalidades son menos opuestas de lo que parece; con facilidad se pasa de la herejía a la ortodoxia, y el extremista de hoy puede con toda probabilidad convertirse en el pacifista renegado de mañana. La inconsecuencia es un aspecto de la inmadurez cercana a la esclerosis, que lo es de la vejez, por lo que no son de extrañar tales mutaciones. La inmensa capacidad de autoengaño de cadetes y vejestorios contribuye a ello. De la improvisación y atolondramiento activistas puede pasarse sin etapas intermedias a la sofisticación ideológica y la corrección política. Son conductas que anuncian una toma de conciencia de clase, pero de la clase que domina. Juvenilización y senilización son dos lados del proceso masificador, destructor de la individualidad y por tanto, de las clases oprimidas en tanto que comunidades de individuos conscientes. Dicho proceso prosigue hasta su conversión en masas. Han mantenido un grado elevado de conciencia social solamente aquellos que han sabido tener la edad apropiada, sacando el mayor partido de su experiencia y de la experiencia de otros. Así han podido escapar a las trampas de la ideología, del espectáculo y del activismo, reanudando la tradición de los oprimidos. Ellos son los verdaderos radicales, porque no contemporizan, porque no pactan, porque no olvidan; en una palabra, porque van derechos a la raíz de las cosas. Pero sólo van derechos los que saben reconocer dicha raíz, y tal conocimiento no está ligado a ningún lugar, sino a la historia: no depende del espacio, sino del tiempo.