Temo que cualquier otra
lectura de esta realidad abra las puertas a una pesadilla mucho más
generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey Epstein sigue vivo y
desde el cerrojo del infierno sigue observando, satisfecho, nuestra
ignorancia e indiferencia.
Una de las principales
características del caso Epstein es que en realidad no es ninguna
gran noticia, aunque mediáticamente se presenta como tal. Es una
cómoda incomodidad y un escándalo que no escandaliza a nadie, ya
que sus más de tres millones de archivos de horror no son más que
una bitácora del poder neoliberal, desposeído de cualquier noción
de lo humano.
La isla de Epstein es
una pequeña parte del archipiélago, que aborda los cinco
continentes y no es solo un lugar geográfico, sino una construcción
mental del poder que nos ofrece su propia proyección del futuro. Es
su plan.
Es curioso que los
supuestos enemigos del actual Gobierno estadounidense, que son los
demócratas, ya nos han mentido tanto que ahora cualquier prueba de
ellos contra Trump y los republicanos se ve como mentira. Aquí no se
trata del conocido cuento sobre el pastorcito mentiroso y el lobo.
Estamos sumergidos en un mundo de tanta manipulación
tecno-sicológica que lo que menos llama la atención y lo que menos
convence son las verdades que se ven opacas ante el sicodélico
brillo de falsedades y, para ser comprendidas, requieren algún grado
de esfuerzo intelectual y espiritual, algo que en estos tiempos es
cada vez más escaso.
La cultura occidental
idolatra el éxito, idealiza la riqueza, siempre perdona los
‘excesos’ de ‘los triunfadores’, se declara defensora de los
derechos, aunque en su cotidianeidad comercia con la
hipersexualización infantil, despreciando derechos, emociones e
incluso instintos.
Epstein ha sido un
peón en el ajedrez mundial de las corporaciones. Con sus redes
colaboraban las monarquías, los organismos de la ONU y los grandes
líderes de la opinión pública de todo signo político.
Eso se sabía, pero la
gran prensa mundial guardaba silencio. Esto se explica muy fácilmente
por el miedo a las demandas, la dependencia de los anunciantes, etc.
Además, un periodista rebelde y honesto, incluso en la democracia
más democrática, sabe que, en el mejor de los casos, arriesga su
trabajo y su carrera.
El caso Epstein no
muestra la ‘maldad de las élites’, sino el funcionamiento normal
de un sistema en el que el poder protege al poder, los medios de
comunicación controlan la opinión pública, la cultura popular
justifica a sus ídolos exitosos y los niños son material de
consumo.
Esta monstruosidad es
banal, repetitiva y reproducible.
La famosa película del
director de cine italiano Pier Paolo Pasolini ‘Saló o los 120
días de Sodoma’ no trata sobre las perversiones, como la
mayoría piensa. Es un retrato del poder del capitalismo, el que
siempre muta en fascismo, donde las élites se encierran en un
espacio oculto, las personas se reducen a sus funciones exigidas por
la autoridad y la violencia es natural. El poder fascista es
representado por el duque, el obispo, el magistrado y el presidente,
que reflejan distintas caras de la descomposición del sistema.
Pasolini muestra la
total perversión de los valores morales proclamados como el único
camino de esta falsa e hipócrita sociedad que niega y desprecia
cualquier destello de una espiritualidad verdadera.
En ‘Saló’
tenemos una villa, la seguridad, la desconexión del mundo exterior y
la impunidad absoluta. En el caso de Epstein, es una isla privada,
los aviones, las mansiones, lagunas legales y todo lo demás, que
coincide hasta en los detalles más mínimos. La normalización
rutinaria del horror en ‘Saló’ se realiza a través de la
cena, la historia, el castigo y otra vez la cena. En el caso de
Epstein, es a través de los masajes, los pagos, los regalos, los
vuelos, y la repetición de los actos. Y en ambos casos, las
violaciones no son más que un procedimiento administrativo ritual.
La estetización del
crimen es un arma aparte: la música, la amabilidad, los ambientes
ordenados y distinguidos, las conversaciones intelectuales en ‘Saló’;
y la caridad, las universidades, la filantropía y el glamur en el
caso Epstein obedecen a su único objetivo: hacer que la pesadilla se
vea decente y aceptable para que ninguno de los espectadores
sensibles se indigne antes de tiempo. Es importante que, en ambos
casos, las élites actúen de forma colectiva y no como individuos.
En ‘Saló’ no
existe un principal culpable, igual que en el caso Epstein también
es evidente que el financista estadounidense no podía actuar solo,
lo cubrían, usaban y aprovechaban miles de poderosos mientras se
podía, es decir, hasta su muerte, cuando la responsabilidad de los
demás se diluyó.
Muchos calificaron la
película ‘Saló’ de insoportable. El problema es que
Pasolini llamó a las cosas por su nombre, mientras que la realidad
del caso Epstein está inundada de eufemismos: «relaciones
inapropiadas», «contactos controvertidos»,
«acusaciones», etc. La película de ficción de 1975 nos
expone mejor las noticias de hoy. Incluso en su tiempo y en las
décadas siguientes, esta película, a pesar de no tener ninguna
escena explícita, escandalizaba a las mismas generaciones
consumidoras de Playboy y pornografía, moralistas hipócritas que se
vieron retratados en las escenas del filme.
La analista colombiana
Ana Lucía Calderón compara esta historia con otra, la del barrio
Bronx en el centro de Bogotá, ocurrido hace 10 años. Cuando el
Ejército entró al Bronx, se vieron prácticamente las mismas
realidades descritas en los expedientes del caso Epstein:
prostitución infantil, tráfico de drogas, esclavitud, torturas,
asesinatos, horror total. Todo, como siempre, bajo control del crimen
organizado a servicio de los poderosos, a su vez controlados por el
poder supremo, grupos oligarcas, los tres poderes de Estado y su
eterno aliado estratégico: los gobiernos de EEUU.
Prisión estadounidense de Abu Ghraib (Irak)
Después
de una descripción de la naturaleza y similitud entre ambos casos,
Calderón concluye:
«…Nadie está
viendo el trasfondo que trae consigo este tema. Después de poner en
todos los medios de comunicación día y noche, horrores y
padecimientos, al igual que lo hicieron con los bombardeos en Gaza,
saltan sesos por aquí, tripas por allá, en un par de semanas la
gente anestesiada ya no reacciona más. Eso es lo verdaderamente
aterrador. Se legitima el crimen, el exterminio, el saqueo, la
violación. No hay alteración social, ¿de qué?, si es que las
chicas jóvenes se publicitan en Instagram para ir a Arabia Saudí o
a Emiratos Árabes a las orgías y a comer caca de los jeques. Si las
redes están llenas de chicas invitando a otras, contando sus
experiencias que «valen la pena» porque reciben mucho dinero. Todo
se habla abiertamente, nadie siente vergüenza de exponer su
intimidad en las redes, pero sí de mirar a los ojos a otra persona y
tomar su mano. Se destapa todo esto cuando ya no tendrá repercusión
popular ni ninguna censura moral. Esto ya no asombra a nadie y como
la política de violación de soberanía nacional, tampoco.
Simbólicamente la violación a una persona o a un pueblo da lo mismo
y se compensa con dinero. Acostumbrémonos, ese es el mundo que
construimos, gracias a la inexistencia de otra opción colectiva de
la fantasía».
Temo que cualquier otra
lectura de esta realidad abra las puertas a una pesadilla mucho más
generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey Epstein sigue vivo y
desde el cerrojo del infierno sigue observando, satisfecho, nuestra
ignorancia e indiferencia.
Este
artículo
nos recuerda algunas cosas importantes que la desmemoria fomentada y
la ensordecedora saturación de gilipolleces que nos inunda oculta y
envuelve en su fétida niebla.
En
primer lugar, que si en la Segunda Guerra Mundial se enfrentaron
liberalismo, comunismo y fascismo, antes de ella el liberalismo había
consentido y tolerado (y en ocasiones ayudado abiertamente) a los
fascistas. Con toda claridad había expresado Winston Churchill
públicamente su admiración por Mussolini y el fascismo, al
que consideraba "la mejor vacuna contra la revolución de los
obreros".
En
segundo lugar, que el Estado de Bienestar no fue una graciosa
concesión liberal, sino que su implantación reflejaba una
correlación de fuerzas que obligaba a la burguesía a hacer
concesiones. No debería sorprendernos que en Gran Bretaña quien
venciera en la guerra perdiera inmediatamente las elecciones frente a
un laborismo mucho más combativo que el que vino después. La clase
trabajadora recordaba el papel de los conservadores y la burguesía
antes de la guerra, quería un mundo diferente y deseaba algo más
que volver a esa democracia que habían defendido a pesar de haber
sido ciudadanos de segunda, explotados y ninguneados bajo su bandera.
Los laboristas eran su esperanza de lograrlo. Además de eso, los que
habían luchado en la guerra sabían usar las armas.
Aquel
laborismo fue capaz de nacionalizar sectores esenciales de la
economía. Luego, pasado el susto, la burguesía se lanzó a
recuperar lo que había cedido, porque lo fundamental nunca lo soltó.
Necesitó para ello rearmarse ideológicamente. Había perdido el
miedo a la clase obrera pero conservaba el instinto de acumulación
cuando cada vez le era más difícil acumular.
En
España todo esto ocurrió mucho después y de una manera diferente.
Nunca los socialistas llegaron a proponerse lo que habían hecho los
laboristas en 1945. El espadón de Damocles sigue pendiendo sobre sus
cabezas y las nuestras. Los que saben usar las armas son aquí otros.
Buena
muestra de sumisión fue la aciaga reforma de la constitución, con
nocturnidad y alevosía, impuesta por los poderes económicos,
externos, pero también internos. Y son los internos los que han
propiciado hechos tan escandalosos como el del llamado "banco
malo", al que los bancos aportaron menos del 5% del capital y
se quedaron más de la mitad del accionariado y el Estado financió
el resto quedándose menos de la mitad. Mecanismo perverso,
porque a cualquiera se le ocurre que si el poder financiero puede
hacer suya por un euro una empresa, ¿por qué no puede hacerlo la
colectividad?
Todo
esto nos lleva al mismo lugar de partida, pero por el camino se nos
han quedado virtudes cívicas y se ha ido encanallando una plebe
ignorante cuyo número medra en la medida en que merma el pueblo
soberano. Y que no se me dé por aludido nadie que se considere
pueblo, porque el que se pica...
Mil
novecientos cuarenta y cinco fue uno de esos años donde todo cambió,
donde empezó la segunda parte del siglo XX. La sentencia
requiere de explicaciones, especialmente, como siempre suelo
insistir, porque las palabras, sobre todo aquellas manidas, requieren
siempre de apellidos. Con ese "todo" nos referimos a la
sociedad entera, especialmente a la europea, y no a la sociedad
como un bodegón superficial de actores inconexos que comparten
lienzo, sino a una maquinaria estructurada cuyos engranajes no se
comprenden los unos sin los otros. Con "cambio" no nos
referimos a una evolución de las costumbres, sino a una
reconfiguración de todas esas estructuras que conforman una
sociedad, especialmente la económica, que en último término
conforma los cimientos y vigas maestras sobre lo que se construye lo
demás.
Ese
cambio fue el resultado no simplemente de una voluntad
transformadora, sino el producto de una serie de durísimas
contradicciones que se habían acabado dirimiendo en la Segunda
Guerra Mundial. De un lado, ese enfrentamiento fue la culminación
y fin del sistema imperial del siglo XIX, un combate irresuelto en la
Gran Guerra de 1914 que tuvo un segundo episodio, aún más trágico
y destructivo, que dio comienzo el 1 de septiembre 1939 cuando la
Wehrmacht invadió Polonia. Pero, sobre todo, en aquella guerra se
enfrentaron los tres hijos ideológicos de la modernidad,
liberalismo, comunismo y fascismo, para lograr el
triunfo definitivo sobre sus contendientes. Aunque en nuestros
días, de una forma ruin y cobarde, se intente equiparar el saludo
romano y el puño en alto, lo cierto, es que fue el liberalismo el
que consistió y toleró a los fascistas.
Cuando
los ejércitos británico y francés estaban sitiados en Dunkerque,
París estaba a punto de ver la cruz gamada ondeando en sus avenidas
y Londres iba a ser presa de las bombas de la Luftwaffe, la
democracia liberal se pretendió resistencia épica a través de los
micrófonos de la BBC. Lo cierto es que cuando esas mismas
bombas habían asolado Alicante, Málaga, Madrid, Barcelona o
Guernika, esos mismos liberales miraban para otro lado. Antes de
que el fascismo convirtiera España en una fosa, Churchill
expresaba su admiración pública por Mussolini y el fascismo,
al que consideraba la mejor vacuna contra la revolución de los
obreros. El premier británico dejó grandes frases para
la historia y 43000 víctimas en suelo inglés por unas bombas
nazis que quizá nunca hubieran caído sobre las islas si la II
República española no hubiera perecido de inanición diplomática
liberal. Los brigadistas internacionales comunistas entendieron
antes que nadie lo que se jugaba en la península.
El
2 de mayo de 1945 la Bandera Roja se alzaba sobre el Reichstag
con un Berlín ruinoso y humeante en el horizonte. El fascismo había
sido derrotado. Aquella bandera era la enseña de la Unión
Soviética, es decir, de una federación de naciones socialistas,
pero, como novedad histórica, aquella bandera representaba a la
clase trabajadora de todo el mundo. Una de las ideas de la
modernidad, la de que la clase era una casa común por encima de las
naciones había conseguido derrotar al nacionalismo exacerbado
interclasista que los industriales alemanes, y en general la
burguesía europea, había financiado generosamente como respuesta al
movimiento obrero. Los Estados Unidos respondieron, a
principios de agosto de 1945, con las bombas atómicas sobre
Japón, la metáfora más terrible de la historia, como
advertencia no sólo a la URSS, sino a aquella idea, el socialismo.
Una nueva guerra estaba a punto de empezar, aquella que se apellidó
"fría".
Pero
en aquel 1945, el cinco de julio, tuvo lugar otro hecho que casi
nunca se menciona: las elecciones en el Reino Unido, en las que se
impuso el Partido Laborista. Churchill y los
Conservadores fueron derrotados en lo que casi siempre se califica de
gran sorpresa inexplicable, ¿Cómo es posible que el
estadista que salvó a Inglaterra de los nazis, según se nos ha
contado, perdiera en los primeros comicios que tuvieron lugar con las
ruinas aún humeando? Quizá la sorpresa deja de serlo si
atendemos a que en ese momento la clase trabajadora no sólo tenía
memoria de cuál había sido el papel de los Conservadores y su
burguesía antes de la guerra, sino que quería un mundo diferente al
de antes del horror, deseaba que el enfrentamiento a sangre y
fuego con los fascistas sirviera para algo más que para volver a esa
democracia que habían defendido a pesar de haber sido ciudadanos de
segunda: explotados y ninguneados bajo su bandera. Los laboristas
eran su esperanza de lograrlo. Clement Atlee, el nuevo primer
ministro, fue de las pocas figuras que había pedido, unos años
antes, que su país apoyara al bando republicano en la Guerra Civil
española.
Y
algo cambió en el Reino Unido. Entre 1945 y 1951 se
nacionalizaron todos los sectores estratégicos del país: el
Banco de Inglaterra, las industrias energéticas, el ferrocarril, la
aviación y la siderurgia con la intención de lograr el pleno
empleo. Además el Estado se implicó en la construcción de
viviendas asequibles, en el refuerzo de un sistema de
educación y en la creación del sistema público de salud.
Del Estado de Guerra impuesto por Hitler, se
pasó al Estado del Bienestar impuesto por los
trabajadores. Aquel cambio, que pareció desterrar la impudicia
social victoriana para siempre, no fue producto tan sólo de unas
elecciones. Han leído bien, "impusieron": las papeletas
decidieron el resultado de las elecciones, pero lo que hizo
posible que ese resultado diera sus frutos fue la clase trabajadora
organizada en su partido y sus sindicatos. Y algo más que
siempre se obvia entre una mezcla de pudor y miedo. Aquellos
trabajadores sabían pegar tiros. De hecho habían estado
matando nazis cinco años y, cuando te has enfrentado a las SS, un
policía con porra te infunde poco respeto.
Aquella
remodelación a gran escala de la sociedad británica no se hizo
con el beneplácito de sus ricos, se hizo por su miedo e incapacidad:
su país era uno de los vencedores de la guerra, su clase la
había perdido. También, es cierto, que a diferencia de la
URSS, otros muchos sectores siguieron siendo privados, que los que
perdieron algo fue a cambio de una cuantiosa indemnización estatal y
de que, quien vivía en una mansión antes de 1945 siguió viviendo
en esa misma mansión después. Los ricos tan sólo dieron un paso
atrás, repartieron obligados algo de su gigantesco festín y
esperaron: es lo que tiene el dinero, que te da la
posibilidad de ser paciente. En 1947 una banda de
sociópatas con título de economista fundó en Suiza la
Sociedad Mont Pelerin: eran la resistencia silenciosa de
aquellos ricos. En 1979, Margaret Thatcher llegó al poder para
desmontar todo aquello que fue producto del espíritu de
1945. Y lo logró, sobre todo porque el siguiente laborista que
llegó a Downing Street tenía mucho más que ver con ella que con
Clement Atlee.
Cuando
en 2008 se desató la Gran Recesión, una crisis que no fue más
que la explosión de esa restauración conservadora impulsada por
Thatcher, entre otros, parecía que una época había
finalizado. En Europa se escucharon de nuevo grandes palabras e
incluso, algún político habló de reformar el capitalismo,
palabra tabú entre las élites: lo que no se nombra no existe, y lo
que no existe, aún existiendo, es imposible de cambiar. A
diferencia de 1945, la respuesta a aquella crisis no consistió en
ninguna reforma del sistema económico, sino en su dopaje, en
levantar a un muerto a base de anfetaminas. La droga, por si no lo
recuerdan aunque esto sucedió tan sólo una década atrás, la
pagamos entre todos recortando aún más ese Estado del Bienestar,
ese espíritu de 1945 del que nadie tenía ya constancia. Alemania,
esta vez, no mandó a sus panzers: tenía a Wolfang Schäuble.
Y sí, algo cambió al final, a pesar de todas las resistencias de
los de arriba y desmemorias de los de abajo. En algunos países
como Grecia, Portugal o España hubo destellos de aquella mitad del
siglo XX, a pesar de que la mayoría de hilos se habían roto.
Y
en 2020 pasó lo que pasó. Un virus nos puso la vida patas arriba
y, ese proyecto de restauración victoriana que había
sobrevivido a la Gran Recesión de 2008, a costa de nuestros
sacrificios, se mostró absolutamente incapaz de responder a
lo que estaba ocurriendo. En 2020, quizá lo recuerden, las
infalibles cadenas comerciales de la globalización se rompieron, el
Estado tuvo que tomar el timón en la tormenta y la sociedad, esa
que había llegado a ser negada por aquella banda de codiciosos, se
reveló como aquello que es indispensable para que un accidente
genético no convierta tu calle, tu barrio, tu ciudad en un jodido
escenario de Mad Max. Como en 2008, la Unión Europea se puso a
rescatar al sector privado, pero esta vez no se atrevió a socializar
la cuenta despidiendo médicos. Hasta se habló de profesiones
esenciales, esas de las que nadie se acuerda, esas que son las
peor pagadas, porque hacía falta un eufemismo para que la sociedad
siguiera funcionando aún cuando parecía que nada funcionaba.
Alguien, aún sabiendo que apuntaba demasiado alto, habló de "El
Espíritu de 2020".
Un
año después, aquella suspensión del neoliberalismo, una que se
hizo a sotto vocce no sea que alguien se diera cuenta del truco, se
empieza a levantar. Alemania, que transigió con unos fondos
europeos que, aunque bajo examen, no conllevaban hombres de negro
dando tijeretazos a lo público, los paraliza tirando de un
socorrido legalismo que sólo es interés nacional y de clase
hecho toga. Aquí, en España, después un año donde lloramos por
las noches, solos, cuando la videollamada había finalizado,
después de aplaudir a los sanitarios, que se han dejado la piel
salvando a los que podían, perdiendo a muchos otros, se nos
ocurrió que era una gran idea discutir sobre si los impuestos eran
necesarios, todo porque una banda de niñatos digitales quería
tener dos Ferraris en vez de uno.
Este
fin de semana el Eurostat ha cargado a la deuda pública española
los 35000 millones de euros del SAREB, el organismo creado en 2012
para liberar a la banca de sus "activos tóxicos", los
inmobiliarios. El SAREB, denominado con un pueril eufemismo
como "banco malo", fue el encargado de limpiar los restos
de la resaca de la década de la especulación del ladrillazo. Los
bancos aportaron menos del 5% del capital y se quedaron más de la
mitad del accionariado. El Estado, o sea, usted, financió el resto
quedándose menos de la mitad: se fingió que no era una
empresa pública pese a serlo. No sólo pagamos el rescate
recortando servicios públicos, sanitarios entre otros, sino que
ahora vamos a añadir a la deuda pública su coste. La UE nos
lo ha recordado ahora, justo cuando íbamos a recibir los
fondos contra la crisis provocada por la pandemia, esos
que, también justo ahora, Alemania ha paralizado. La memoria
es oportuna cuando se trata de que la banca siempre gane.
Puede
que, reescritura de la historia mediante, también de una educación
que nos hace excelentes técnicos pero pésimos ciudadanos, nadie
supiera del Espíritu de 1945. Puede que la crisis de 2008 fuera un
despertar brusco de una ensoñación aspiracional y que por eso
llegamos a indignarnos pero no a discernir qué era lo
fundamental y lo accesorio. Puede que, si en vez de llevar en
primera plana la estafa del SAREB, el debate mediático sigue
centrado en el chalet de Iglesias y Montero, sea
difícil que nadie saque conclusiones. Puede que Pedro Sánchez
no sea Clement Atlee. Puede que si quisiera serlo se
jugara la celda, o algo peor, viendo los avisos de los militares sin
haberse ni acercado al inglés. Puede que sin clase
trabajadora organizada da igual lo que queramos creernos ser porque
en lo fundamental no somos nada. Puede que todo esto sea cierto,
pero dejen que les diga algo antes de terminar este artículo que,
como la mayoría, no valdrá absolutamente para nada.
Exacerba,
por no decir que jode, que después de todo esto, los analistas
políticos, probablemente con razón descriptiva, nos digan que Ayusoacierta al declararse defensora de la libertad porque conecta con
las "ganas de vivir" de la gente. Una libertad que no
es más que convertir Madrid en el meadero de Europa, una
libertad que es pronunciada por los hosteleros mientras que hacen un
bocadillo de calamares en un emotivo anuncio. Los mismos hosteleros
que se han tirado llorando un año, los mismos que fomentan en su
sector una precariedad recalcitrante, los mismos que no han recibido
un euro de la administración Ayuso pero no
tendrán reparos en pillar, como buitres, las ayudas directas
impulsadas por Unidas Podemos dentro del Gobierno "social-comunista".
Sí, aquello de "somos el 99%" era una auténtica
gilipollez.
El
lenguaje, que no es más que el cronista de la realidad, tiene en el
idioma castellano un registro de expresiones brutales porque,
sencillamente, este ha sido un país brutal. Una de ellas describe
perfectamente por qué no ha existido un renacer del espíritu de
1945, por qué nos cuelan el cambalache indecente del banco malo sin
que arda Troya, por qué el espíritu de 2020 se ha quedado tan sólo
en un fantasma pisoteado por una banda de turistas borrachos en el
centro de Madrid, mientras que pringamos la libertad en aceite
requemado: encima de puta, poner la cama.
Luisa
Toledo, mujer luchadora, consecuente y rebelde, te homenajeamos
desde la Población La Victoria en este momento que estás delicada de
salud. Tu ejemplo de lucha te hará salir adelante. A través de ti
saludamos a todas las mujeres trabajadoras y luchadoras.
Las derechas chilenas
neoliberales (la gubernamental y la de oposición) han vociferado
durante años que el sistema político chileno se construyó a imagen
y semejanza del español. Los Pactos de la Moncloa significaron un
acuerdo de clases para desmontar formalmente el sistema franquista,
dándole continuidad ahora en condiciones de democracia. Por supuesto
que hay particularidades en cada caso, pero en lo sustancial, las
élites políticas chilenas modelaron el sistema con la vista puesta
en el que se pactó en Madrid (veleidades de la historia) un 25 de
octubre pero de 1977.
Efectivamente, una serie
de características dan cuenta de la similitud entre ambos procesos:
ambos emergieron de pactos multi partidistas y multi clasistas en los
que participaron liderazgos domesticados incluso de izquierda que se
plegaron a la corriente hegemónica que sin estar en la oposición al
régimen saliente, manejaron el proceso en dirección de sus
intereses prioritarios. La izquierda y las corrientes sindicales que
llevaron la parte más difícil de la lucha contra la dictadura
fueron excluidas de cualquier participación en la toma de
decisiones, aceptando ser “furgón de cola” del tren de la “nueva
sociedad” que nacía.
En los dos casos, los
dictadores (Franco y Pinochet) dejaron claramente trazada la ruta que
habría de venir. En España, a través del restablecimiento de la
monarquía borbónica y en Chile, fijando “candados” que parecían
hacer inamovible la Constitución impuesta a sangre y fuego por el
tirano. Ambos modelos se sustentaban en el establecimiento de férreos
sistemas represivos estructurados para favorecer al capital y
marginar a las clases populares, atraídas por la necesidad de poner
fin a las dictaduras.
Los dos países
desarrollaron sus procesos atados a las órdenes del gran capital
transnacional que es el que verdaderamente decide. España se ha
mantenido amarrada a Alemania y Chile a Estados Unidos. Alemania, fue
un actor clave por la influencia que ejerció en los actores
nacionales que recibieron su apoyo, lo cual le permitió condicionar
los resultados alcanzados a partir del uso deliberado de la coerción
a través de las instituciones u organizaciones internacionales.
También se manifestó el
deseo de fiscalizar el proceso de transición española por parte de
Alemania, al manifestarse su interés por ocupar un papel central o
privilegiado en el futuro, lo cual se hizo sin necesidad de utilizar
un medio como el control directo y permanente de la situación
interna, en tanto hubo confianza en los actores nacionales para
alcanzar los objetivos propuestos.
En este sentido, Juan
Carlos Pereira Castañares, catedrático de la Universidad
Complutense de Madrid señaló que: “La actitud de la República
Federal de Alemania puede ser considerada quizá la más importante
[entre] las potencias europeas. El propio ex-canciller Helmut Schmidt
ha escrito que ´pensábamos que en España las circunstancias eran
especialmente propicias para un giro hacia la democracia, y apoyamos
a todos los partidos democráticos y sindicatos hasta donde pudimos`.
En efecto, el Gobierno de Bonn se mostró especialmente activo,
buscando una salida democrática al franquismo que conllevase la
creación de un partido socialista de amplia base capaz de contener a
los comunistas y de constituir a medio plazo una auténtica
alternativa de gobierno”.
En el caso de Chile,
después de las grandes protestas y movilizaciones del año 1986, la
gigantesca introducción subrepticia de armamento al país por parte
del Partido Comunista y el fallido atentado contra el dictador en
septiembre de ese año, Estados Unidos entendió que Pinochet debía
ser removido so riesgo de una salida revolucionaria a la dictadura.
Antes que finalizara el año, se estableció un “puente aéreo”
entre Washington y Santiago a través del cual congresistas, miembros
del gobierno y militares de Estados Unidos comenzaron a presionar por
igual a la dictadura y a la oposición de derecha para buscar un
consenso que llevara a una salida negociada. La derecha opositora y
las élites de algunos partidos que habían sido de izquierda y que
fueron domesticadas en Europa, se plegaron a la negociación
verificada a partir de la realización del plebiscito de octubre de
1988 y las elecciones de diciembre de 1989.
Algunas proyecciones
recientes de estos pactos se han expresado a través de la exclusión,
persecución y represión de las nacionalidades: en España a los
catalanes y en Chile a los mapuche, cercenando la posibilidad de
autodeterminación de pueblos sujetos al control del Estado central
por vía de la fuerza y de una justicia entregada al Poder.
De la misma manera, ambos
países insertos en modelos de economía ultra neoliberal
desactivaron sus sistemas de salud pública generando una incapacidad
manifiesta para manejar la pandemia, redundando en centenares de
miles de infectados y miles de muertos.
Ahora, los dos países
han querido seguir unidos por la sandez gubernamental, militar y
policial, utilizando la mentira que desprecia la inteligencia del
pueblo. El 20 de octubre del año pasado, dos días después que
iniciara la gigantesca movilización social en Chile, el presidente
Sebastián Piñera hizo una declaración en la que señaló que el
país estaba "en guerra contra un enemigo poderoso, implacable,
que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la
violencia y la delincuencia sin ningún límite, que está dispuesto
a quemar nuestros hospitales, el Metro, los supermercados, con el
único propósito de producir el mayor daño posible".
Tales palabras emitidas
en un ambiente de confrontación, rodeado de militares fueron el
preludio de la brutal represión que sobrevendría a partir de
entonces. Como se señaló en su momento, nunca antes un jefe de
Estado desde Pinochet había caracterizado la situación interna del
país en tal dimensión.
Piñera, sustentó su
llamado a las armas para reprimir al enemigo interno en un informe
elaborado por la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército
(DINE) que le había sido entregado por el entonces ministro de
Defensa Alberto Espina. La “inteligencia chilena” había
detectado que el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional
(SEBIN) de Venezuela, a las órdenes del G-2 (Servicio de
Inteligencia cubano) habían gestado una "ofensiva
insurreccional para Chile". Para cumplir la misión contaban
“con un batallón de 600 agentes clandestinos, expertos en
guerrilla urbana, quienes ingresaron a Chile como refugiados, muchos
de ellos formados en escuelas subversivas cubanas como Punto Cero",
señalaba con estulticia el limitado presidente.
Todos sabemos lo que vino
después: violaciones a los derechos humanos incluyendo torturas,
abusos sexuales, vejaciones, uso indiscriminado de la fuerza, heridos
por armas de fuego, muertos, y más de 460 personas con daño ocular
y pérdida de visión de uno o dos ojos. Según la fiscalía nacional
un número irrelevante de personas han sido procesadas por la
violencia institucional y una cifra mucho más ínfima se encuentra
en prisión preventiva haciendo patente el objetivo de la guerra
contra el pueblo inventada por Piñera.
Fue una institución del
propio Estado chileno quien se encargó de desmentir al presidente.
La Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) señaló que las pruebas
suministradas por la DINE buscaban en el exterior, un culpable de la
movilización popular, escudriñando en el intento de comprobar una
hipótesis que se basaba en que las protestas estaban manejadas por
organizaciones integrantes del Foro de Sao Paulo, aunque esto tampoco
fue comprobado según el reporte de la agencia estatal. Incluso el
fiscal metropolitano de la zona oriente de la capital del país,
Manuel Guerra afirmó que la acusación de Piñera sobre la
intervención extranjera en el estallido social chileno "fue
solo humo".
Para no ser menos, en
España se ha hecho pública una acusación de una lógica tan
irracional que raya en lo absurdo. Según la justicia del Reino,
Rusia hizo un ofrecimiento al ex presidente de la Generalitat de
Cataluña, Carles Puigdemont de 10.000 soldados para convertir
Cataluña en "un país como Suiza". Los argumentos
expuestos no resisten ni la más mínima consideración. En relación
con esta acusación, se ha desatado por parte de la Guardia Civil
bajo dirección del Juzgado de Instrucción número 1 de Barcelona la
operación “Volhov”, nombre de una División que agrupó
voluntarios españoles que combatieron junto al ejército nazi en el
sitio a Leningrado, durante la invasión hitleriana a la Unión
Soviética.
La dimensión de esta
barbaridad supera cualquier análisis racional. La entrada de 10 mil
soldados rusos en España significaría el inicio de la tercera
guerra mundial, algo muy lejos del ánimo y la voluntad de las
autoridades rusas y del presidente Vladimir Putin en su relación con
Europa.
Pero el nivel político y
cultural de las autoridades españolas, la mentira continuada de sus
medios de comunicación y la reiterada suposición de que es posible
mantener al pueblo en una ignorancia que abra paso a manipulaciones
de todo tipo, hacen que declaraciones como esta, tengan espacio en la
atribulada opinión pública española que ya no sabe en quien creer.
De la misma manera que se
hizo en Chile, en España, el desarrollo de la operación Volhov ha
significado la detención de 21 personas, muchas de ellas empresarios
o profesionales y el registro de viviendas, oficinas y almacenes,
bajo la acusación de malversación de fondos públicos,
prevaricación y blanqueo de capitales. Todo esto bajo la suposición
de que Rusia está conectada con el proceso independentista de
Cataluña a fin de desestabilizar al Estado español según el
documento judicial que lo afirma y que se ha filtrado a la prensa.
En Chile gobiernan la
Unión Democrática Independiente (UDI) y Renovación Nacional, ambos
partidos herederos de Pinochet y de su ideología. La oposición de
derecha y centro estructurada en los partidos Demócrata Cristiano,
Socialista, Por la Democracia y el recientemente creado Frente Amplio
sirven de comparsa a la democracia de facto. En España, los partidos
social demócratas denominados Socialista y Podemos son los que
ostentan el gobierno. En este caso, es la oposición franquista
agrupada en los partidos Popular, Ciudadanos y Vox la que sirve de
comparsa, simulando oposiciones coyunturales mientras soportan por
igual al sistema neoliberal monárquico. Tal vez, esa si sea una
diferencia, aunque como dice Silvio Rodríguez eso “no es lo mismo,
pero es igual”.
Hugo Larrosa, empresario,
o sea torturador. Canal 24 horas.
106 latigazos en la
espalda recibe un ex trabajador del DUOC mientras lee los artículos
del Código del Trabajo. Una performance de protesta por la expulsión
de 106 profesoras y profesores que exigían mínimas condiciones
laborales, luego de incluso 20 años trabajando para tan católica
institución. La respuesta de aquella había sido, no obstante, la
misma razón por la que defienden aquello que llaman “flexibilidad”:
poder deshacerse de los trabajadores de forma incluso más económica
que del mobiliario en desuso, o sea, sin ningún costo.
Un vídeo circula por la
red. Un vídeo muestra el gordo cuerpo que le corresponde a un
empresario, sobre otro fragilizado y anónimo de un trabajador que
grita. Los pantalones están abajo, el empresario sobre la espalda
del trabajador mira a la cámara, ríe y golpea el culo enrojecido de
la figura totalmente abatida, ya entregada, extenuada de una lucha
que le aparece por todos lados imposible. Esto no es una performance.
Esto, ese burgués gordo, grotesco, riendo y azotando a sus
trabajadores no es una performance. No lo es.
¿En qué siglo estamos?
Parece una pregunta legítima, como hace algunos años la de aquel
periodista británico que con horror reconocía en Chile las
condiciones laborales del XIX. Pero no. Qué alivio sería la
linealidad del tiempo. Pero no. El tiempo no avanza y las cosas más
horrendas quedan atrás, no. El mundo se organiza y se disputa. Y
aquí con enceguecedora claridad organizaron su destrucción; la
catástrofe administrada. Ahora, se salvan, buscan salvarse. No lo
consentiremos.
Sadismo institucional:
las instituciones en este país dicen incluso lxs experts, no solo
son injustas sino crueles. Todo quien haya tenido alguien con alguna
enfermedad grave lo sabe. O aquel que haya visto el salir del mundo
laboral de otra persona o, más bien, su imposibilidad. Un ejemplo
minúsculo: al mismo momento que lxs trabajadorxs precarizadxs son
obligadxs a cotizar en una “seguridad social” que solo asegura su
pobreza, los planes de los seguros de salud tienen una de sus mayores
alzas del último tiempo[1].
Masoquismo del mérito:
todo el mundo sabe que es un robo. Sin embargo, un contrato
indisoluble parece organizar un goce por merecer, o sea, ser
reconocido por la propia institución de la crueldad, de la que se
espera, por ello, frialdad. En aquel caso de los trabajadores
y trabajadoras torturadas, otrxs entrevistadxs en la nota
periodística, matizaron las golpizas señalando que a pesar
de que después de todo aquel empresario entregaba diversos
reconocimientos a los trabajadores obedientes. Les asistía si tenían
algún problema de salud o regalaba inesperadamente pasajes al
extranjero. Rasgo de este masoquismo sociológico: frialdad más que
como distancia, como ausencia de reparo al pasar de un extremo de
familiaridad a un extremo de objetivación de un momento a otro. De
amigo a juguete, muñeco, desperdicio. Eso organiza el goce y, tal
como en el caso de la película An american crime, de ese
contrato participamos todxs.
Transición al
fascismo: hacer Bolsonaro innecesario.
Otra vez Piñera y el
Comando Jungla. Prensa.
El 28 de junio de 2018
Piñera, cuyo cuerpo apenas se soporta, llega temprano a Temuco. Se
dirige al Encuentro Empresarial de La Araucanía (ENELA) y sale
satisfecho. Viene a asegurarle millones a los grandes empresarios del
agro llamándoles medianos agricultores. Viene a asegurarle millones
a los inversionistas del turismo llamándole inclusión a la
museificación de las vidas ancestrales. Viene a asegurarle millones
a los grandes capitales extractivos llamándole lucha contra el
terrorismo.
Por cierto, mismo día,
algo un poco más tarde. Figura el cuerpo insostenible del presidente
corporativo rodeado de agentes de Fuerzas Especiales recién
estrenados. Nuevas tanquetas, drones, armas, cámaras y armaduras
para un también nuevo grupo especial de 80 milicos llamados
policías, conocidos como Comando Jungla y luego intentados negar en
su existencia por el mismo esperpento que figura dando el discurso,
diciendo que la lucha es “sin tregua y sin cuartel, y sin dudas y
sin debilidad, contra la violencia y contra el terrorismo”[1].
Diciendo que terrorismo es el nombre de todos los que se oponen al
progreso, o sea, a darle todos esos millones a los empresarios para
que en nombre del Estado de Chile exploten a los habitantes del
territorio y maten a quiénes se opongan al saqueo.
Diciendo también que
tendrán que “aprender a combatir a los enemigos pasivos o
cómplices del terrorismo”, o sea a todxs nosotrxs que nos oponemos
a hablar únicamente la lengua del Imperio. Y diciendo también que
“nuestros carabineros merecen mejor protección, porque arriesgan
sus vidas y su integridad física (…) pero además porque un
carabinero bien protegido es un carabinero mucho más eficaz”.
Piñera declaró la guerra materialmente a todo aquel que defienda la
tierra del saqueo organizado por el Estado y entregado al mercado
financiero; al mismo tiempo que a toda persona que no solo
solidarice, sino que simplemente no les condene. Y todo, buscando
para las policías la distancia del dron, matar sin ser matado.
Cazar.
Perseguir potencias de
fractura.
La guerra, nos dicen, no
es contra el pueblo mapuche al que únicamente entienden produciendo
valor para otros dentro del museo a cielo abierto del fascismo
multiculti. La guerra es, ciertamente, contra toda potencia de
fractura, contra todas las vidas que desmienten en su práctica el
imperativo de siempre producir más o morir, contra todas las
corporalidades que ensayan formas de vida que merecen ser vividas.
20 de septiembre de 2018.
El mismo esperpento, otro discurso. Ahora está parado en el “museo
de la educación Gabriela Mistral”[2]. Dice obviedades de la lengua
imperial: que (nuevamente) una minoría ha hecho que se viva con
“miedo” en las aulas; que se necesita paz y tranquilidad; y que
paz y tranquilidad significan obediencia. Sus asesores le escogen
cuidadosamente dos episodios en dos liceos importantes para el
movimiento estudiantil: el Instituto Nacional y el Barros Borgoño.
Señala que el principal problema es que ni los profesores ni los
establecimientos cuentan con las armas para enfrentar la violencia de
los jóvenes y que las armas son la expulsión y la represión.
Comienza desde ahí un
asedio constante a todos los establecimientos que habían sido puntos
densos de expresión de las potencias políticas en las primeras
décadas del nuevo milenio. Invaden, golpean, detienen, torturan,
cazan o simulan cacerías. Se les dificulta a los propios estudiantes
ver el agenciamiento político del que son parte. El asedio cansa,
reduce, hostiga, busca precisamente la abdicación, que por fin
renuncien, que se vuelvan el sueño de Pinochet: estudiantes que solo
estudian, trabajadores que solo trabajan. Pero la insurrección
encuentra siempre otros cauces.
Y lo saben y lo temen. La
persecución a la niñez y a la adolescencia que se ha mostrado una y
otra vez insumisa al acostumbramiento que el masoquismo del mérito
impone, busca expandirse. El sentido común se ha desplazado tanto ya
hacia el fascismo que un ridículo grupo de diputados del llamado
Movimiento Acción Republicana, seguidores del excandidato
presidencial que corrió a sacarse fotos con Bolsonaro[3], buscan
imponer literalmente un toque de queda para los jóvenes, al
que llaman Horario Protegido. Protegido de los jóvenes, cabría
aclarar. Dicen que entre 12 de la noche y 6 de la mañana los jóvenes
“no tienen nada que andar haciendo solos en la calle” (de verdad
lo dicen[4]) y que “solo podrán circular por la vía pública los
menores de edad que se encuentren debidamente acompañados de un
adulto responsable, con la finalidad de proteger al menor”. Limpiar
la calle significa siempre abrir una zona de cacería.
Estudiantes dando cara a
la cacería. Prensa.
Vigilar de cerca, de
lejos. Vigilar.
Y es que hay aquí la
instalación de un dispositivo de fascitización que vuelve
innecesarias figuras tan costosas (económico-políticamente) como
Bolsonaro. Y este dispositivo que, a nivel de las políticas sobre
los territorios, instala el paradigma de la cacería, de que todo
aquello que atenta contra la acumulación y su enaltecimiento puede
ser cazado y desechado; a nivel micropolítico rentabiliza todas las
formas del miedo, las vuelve reactivas, temerosas, conservadoras.
Todos los signos
tenebrosos e incomprensibles por ser demasiado explícitos que surgen
a partir de la devastación organizada por los mismos que nos buscan
convencer de salvar el planeta, instan a un refugio, a una ceguera
voluntaria para seguir alimentando la ruina y así el dogma encuentra
su alimento. Diferentes expresiones de lo más conservador de las
religiones coinciden en la defensa de la tradición, de los valores
fundamentales, etc.[1], y su ramificada instalación financiada por
lo más conservador de todos los signos partidistas adquiere un uso
directamente político. Son el cuerpo de contención de todo contagio
que active la politización de la cotidianidad. Instalan las
condiciones de verificación de los más desinformados miedos y las
más dogmáticas creencias. Buscan (volver a) hacer de la
fascitización una realidad moralmente deseable.
Y se expresan también en
las redes y la televisión. La insistencia de su discurso pasa de la
risa y la burla al desplazamiento de lo que es posible aun decir. El
modo en que se relacionan ambas tecnologías de producción
discursiva es fundamentalmente demencial. En la televisión se agotan
las horas de los matinales exponiendo todos los detalles del último
femicidio sin resolver. Buscan producir el efecto de la serie
policial, capturar sus espectadores, vender su atención; y hablan y
hablan y hablan sin ninguna elaboración más que la medida de sus
anunciantes. Y en las redes se escribe sobre todo y se intercambian
los más variados memes, cuyo efecto de conjunto y más allá de los
usos excepcionales sigue siendo volver suficientemente superficial
cualquier enfrentamiento, todo sufrimiento que encarna el despliegue
del contemporáneo régimen de administración de la ruina.
A estas alturas el sonido
del dron es la campana que confirma quienes son los pecadores. Y por
las pantallas y comentarios se reafirma que todo el desastre que es
la política, es decir, nuestra forma de vida puede resolverse ni
siquiera con tecnología, sino tan solo tecnificando la vigilancia.
Que el mundo iría bien de no ser por aquellos que se les ocurre
interrumpir el progreso, o sea el saqueo y que, por tanto, la
libertad y la justicia la escribirían ellos y con nuestra sangre.
Nosotrxs no creemos en el
lenguaje del Imperio.
"Drones policías".
La Tercera.
Volver
la realidad totalitaria
Hay quienes insisten en
asombrarse de la extrañeza de las que aun llaman relaciones
internacionales, por ejemplo, con el caso de China. Y, sin embargo,
cuanto más se buscan razones para el asombro, más claramente se
deja a ver que el acomodo es antes entre disciplinamiento, control
y explotación, que entre naciones. El agregado de los valores
fundamentales es, sobre todo, un operador de la mutación. La cual,
por su parte, es un intento desesperado por sostener las condiciones
de acumulación, frente a su imposibilidad radical, a tal punto que
dicha imposibilidad beneficia las nuevas-viejas-formas de
disciplinamiento y control. El objetivo, por ejemplo, no es tanto
establecer lazos comerciales con China, como hacer uso de lo más
eficaz de su modelo. La cínica sorpresa que causa la relación entre
totalitarismo y capitalismo debiese quedar neutralizada y descartada
tan rápido como los mismos defensores de la sorpresa abandonarían
cualquier pretendido compromiso con la pluralidad en nombre de
cualquier valor que, literalmente, permita seguir la acumulación.
¿Qué es sino aquel modelo de gobierno que los esperanzados morales
llaman corrupción?
Hay un uso evidente de la
corrupción no solo para perseguir gobiernos inclinados tan solo
hacia otro lugar; sino también para premiar la aplicación
de las doctrinas. Así, en diversos territorios los policías que
asesinan luchadoras y luchadores sociales y los políticos que les
mandan, son de una u otra forma, tarde o temprano premiados por su
acción que, por ahora, excede el régimen de lo legal. Y, a
la vez, se alista todo para la transformación radical de lo que se
ajusta a derecho. Con la disciplina de un partido leninista y bajo la
apariencia de las oportunidades de mercado, se intensifica el
despliegue de la arquitectura jurídica del saqueo global
iniciado hace un par de décadas. Tanto aquella alianza de la derecha
latinoamericana que han llamado ProSur, una especie de Sur
Premium; como aquel pacto multilateral conocido bajo la sigla
TPP-11 que viene a normar desde las Corporaciones los ya tristes
regímenes jurídicos nacionales, instalan las condiciones para una
transición casi imperceptible a un totalitarismo fundado en defensa
de valores que no cesará de transgredir, como la paz, la vida, la
libertad y todas esas palabras que por fuerza de repetir han
convertido en balbuceos.
La presencia de la
policía, de sus agentes y de sus máquinas, se acrecienta al compás
de la defensa o simple aprobación sin defensa alguna de los
proyectos que reestructuran el orden de lo jurídicamente aceptable,
teniendo por resultado, una vez más, el desplazamiento de lo
acostumbrado. Los checkpoints, así como las fechas y los lugares que
los justifican se multiplican casi sin que podamos darnos cuenta. La
vestimenta de la policía militar se hace tan frecuente como la del
tradicional paco citadino, en lugares y momentos que hace algunos
años hubiera escandalizado, aunque sea para guardar las apariencias.
Los colegios y las universidades tienen hoy prácticamente las
puertas abiertas a las policías que no dudan en ver en aquellos y
aquellas que las habitan sus adversarios políticos.
Y la mutación es tal que
sobran las palabras para describirla, pero hay muy pocas para decir
lo que nuestros cuerpos constatan. No es que nos falten nombres para
la catástrofe, sino para aquello que nos pasa con ésta. Las
transformaciones que deshacen las relaciones internaciones,
interrelacionando de diverso modo disciplina, control y explotación,
mediante ese difuso operador valórico, encuentran en la expansión
de la policía como ejército corporativo las condiciones de su
realización. Nosotrxs sentimos, antes que explicamos esta
transformación, vemos la amenaza a la semilla, al bosque, al agua, a
lo viviente. Olemos el multiplicarse de la hidra. Vemos, aunque sea
en reflejos, la guerra en curso como mutación general del orden de
extracción. Nos sabemos en la noche y es ahí donde mejor tendremos
que movernos.
習近平和糞便
Organizar
el desacato: una micropolítica de masas activa
Aquello que llamamos
masoquismo del mérito se ve potenciado, intensificado y
sobre-organizado, mediante la perpetuación y penetración de la pax
crediticia. Efectivamente como lo señalan Gago y Cavallero en su
último libro, la deuda instala una economía de la obediencia que
refuerza el masoquismo y hace aún más abstracto el lugar desde
donde se instala la crueldad de la institución. La financiarización
de todo, hemos dicho antes y han mostrado tantxs otrxs, permite
precisamente continuar con la acumulación en condiciones de abierta
catástrofe. Lo permite pues la hace en sí misma rentable.
Hace unos días atrás, Mike Pompeo, celebraba la oportunidad de
negocios que significa el derretimiento del ártico por el petróleo
y la circulación (cómo no). Y a nivel cotidiano permite extorsionar
la cooperación social y en último término de la propia vida. Vivir
en deuda y, de hecho, nacer en deuda merced el dichoso
sistema de AFP, el cual implica nacer debiendo individualmente la
posibilidad de no morir de hambre cuando ya no podamos trabajar.
Es que, precisamente como
señala Suely Rolnik también en su publicación más reciente, esta
acumulación por devastación de la vida humana y no humana nos
afecta a todxs, aun cuando resintamos su violencia, en intensidades
distintas, de modo singular. El malestar está ahí, insiste, señala,
alarma. La vida busca perseverar. Este deseo de perseverar busca
hacerse un cuerpo, lo que implica también un nombre a aquello que
nos pasa, es decir, que nos atraviesa, nos hace frágiles,
permeables. Todo aquello pareciera conducirnos a presenciar un
límite. Una zona trágica si se quiere, desde donde ya no se
puede permanecer igual. Justamente porque aquel deseo de
perseverar, aquella vida que merecer ser vivida, es productora de
diferencias. Contra esa necesidad de un ensayo radical de
otros modos de vivir(nos) es que se buscan cerrar los mecanismos de
la totalitarización.
La noche fascistoide
neoliberal pretende precisamente que volvamos a perder de vista lo
evidente de la organización financiera de todas las catástrofes
locales. Buscando instalar distintos mecanismos de individualización
de la gestión del malestar. Robar la atención, espectacularizar la
vida, militarizar los territorios, arruinar el presente, gobernar a
distancia mediante deuda y dron, perseguir y asesinar forman parte de
los mecanismos para dirigir, potenciar e intensificar la deriva del
malestar hacia una micropolítica reactiva que, reduciendo nuestra
experiencia del mundo a la de la identidad y del sujeto, le proponen
luego salvarlo. Instalar las nuevas-viejas-formas. Al reducirlo así,
se dispara la dinámica culpabilizadora, responsabilizándonos cada
unx a sí mismx, o bien, a quien pueda servir de chivo expiatorio. Y
en ese momento todo intento de alivio, no hace sino reforzar el
contrato masoquista, la deuda impagable: nunca nadie es la
foto del Instagram; la lucha en contra de los derechos de otrxs no
defiende “los tuyos”.
Es, por otra parte, la
comunalización de este malestar aquello que puede permitir la
actualización de los agenciamientos del deseo, es decir, la
producción de formas nuevas, no en el sentido de una innovación,
sino de la creación de nuevas preguntas, de otras formas de hacernos
persistir en esta experimentación, de encontrarnos en la duración
de esta intensidad. No hay una gran catástrofe por venir,
puesto que ya la habitamos. Y es aquí donde organizar el
desacato se hace vital y precioso. Todo proceso de germinación es
lento y es por eso que una micropolítica activa y de masas, como se
hace ver en las alianzas imprevistas entre feministas y deudoras;
entre estudiantes y pueblo mapuche; entre jubiladxs y precarixs; no
parece buscar una resolución, un alivio rápido, sino preparar un
terreno fértil como decía una compa de Brasil frente al desastre
Bolsonaro. Abrir un espacio para errar mejor, permitir que este
deseo, que este perseverar que mueve la vida a buscar nuevas formas
se exprese, se actualice. Armar las estrategias para respirar y,
mientras tanto, contribuir a que lo agónico termine de morir. No
consentir, no salvarles. Desobedecer, desacatarles. Insistir en este
malestar que no nos deja indiferentes; resistir a todas las formas de
cancelación de la vida que buscan redirigir nuestras potencias
creativas a la salvación del mundo que han destruido y acá no
escatimar: buscar nuevas formas de un internacionalismo molecular,
cuidarnos, sabernos, intuirnos, re-conocernos. Y así, poder
persistir en el deseo de esta vida que empieza ya a producir sus
próximas formas.