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01 diciembre, 2023

Henry Kissinger, uno de los personajes más nefastos del siglo XX — André Pagliarini

 

Norberto Barreto Velázquez – 01/12/2023

   Traducido por Norberto Barreto Velázquez


La muerte de Henry Kissinger, uno de los personajes más nefastos del siglo XX, ha provocado muchas reacciones. Algunos obvian sus crímenes y lo presentan como un gran estadista. Quienes siguen este blog saben del profundo desprecio que siento por su figura. No le doy a Kissinger el beneficio de la duda, ni busco un balance académico que destaque sus “logros” diplomáticos y académicos. Para mí, Kissinger es la encarnación de mal en su forma más pura. Como bien nos recuerda el historiador André Pagliarini en esta nota, esa maldad se expresó en una profunda banalidad que le llevó a sacrificar miles de vidas. Pagliarini es profesor en Hampden-Sydney College en Virginia.


Henry Kissinger, Secretario de Estado norteamericano, en Madrid, con el general Francisco Franco y Laureano López Rodó, miembro del Opus Dei, el 22 de diciembre de 1973.


La banalidad de Henry Kissinger

André Pagliarini

NACLA - 30 de noviembre de 2023


El 29 de noviembre de 2023, murió Henry Kissinger a la edad de 100 años. El 25 de noviembre de 1970, a la edad de 47 años, tramaba la muerte de la democracia chilena. Ese día, escribió un memorándum al presidente Richard Nixon sobre los continuos esfuerzos del gobierno de Estados Unidos para desestabilizar la administración del presidente Salvador Allende.


“El programa tiene cinco elementos principales”, explicó. Incluyó: (1) Acción política para dividir y debilitar a la coalición de Allende; (2) Mantener y ampliar los contactos en las fuerzas armadas chilenas; (3) brindar apoyo a grupos y partidos políticos de oposición no marxistas; (4) ayudar a ciertos periódicos y utilizar otros medios de comunicación en Chile que puedan hablar en contra del Gobierno de Allende; y (5) el uso de medios de comunicación seleccionados [censurado] para resaltar la subversión de Allende del proceso democrático y la participación de Cuba y la Unión Soviética en Chile.


Según Kissinger, Allende era un problema especialmente molesto para Washington. Era un miembro incondicional del Partido Socialista de Chile y el candidato de una coalición de izquierda conocida como Unidad Popular que se impuso por un estrecho margen en las elecciones de 1970. El de Allende fue “el primer gobierno marxista que llegó al poder mediante elecciones libres”, se lamentó Kissinger por escrito a principios de noviembre de 1970. “Tiene legitimidad a los ojos de los chilenos y de la mayor parte del mundo; no hay nada que podamos hacer para negarle esa legitimidad o afirmar que no la tiene”. Como le recordó a su presidente, Estados Unidos apoyó técnicamente la soberanía de las naciones independientes en el hemisferio occidental, lo que hace que sea “muy costoso para nosotros actuar de maneras que parecen violar esos principios”. Cuando se trataba del Chile de Allende, Kissinger reconoció que “los latinoamericanos y otros en el mundo verán nuestra política como una prueba de la credibilidad de nuestra retórica”.


Socavar, atacar y luego culpar a la víctima: estos fueron movimientos recurrentes durante su tiempo como asesor de seguridad nacional y luego secretario de Estado. Pero la credibilidad en ese frente corría el riesgo de desacreditar en otro: “Nuestra falta de reacción ante esta situación corre el riesgo de ser percibida en América Latina y en Europa como indiferencia o impotencia frente a acontecimientos claramente adversos en una región considerada durante mucho tiempo nuestra esfera de influencia”. En opinión de Kissinger, Chile a principios de la década de 1970 colocó dos compromisos de política exterior de Estados Unidos en diametralmente opuestos: por un lado, el apoyo a la democracia en el extranjero incluso cuando su funcionamiento arrojó resultados que desagradaron a Washington y, por el otro, la afirmación de una primacía indiscutible en su supuesta esfera de influencia. Este, por supuesto, no era el primer lugar en el que los responsables de la política exterior de Estados Unidos tendrían que sopesar estas prioridades en competencia, ni sería el último. En última instancia, Kissinger instó a Nixon a “oponerse a Allende tan fuertemente como podamos y hacer todo lo posible para evitar que consolide el poder, teniendo cuidado de empaquetar esos esfuerzos en un estilo que nos dé la apariencia de reaccionar a sus movimientos”. Socavar, atacar y luego culpar a la víctima: estos fueron movimientos recurrentes durante su tiempo como asesor de seguridad nacional y luego secretario de Estado.


Henry Kissinger con el dictador chileno Augusto Pinochet en 1976. (Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile / Wikimedia Commons / CC BY 2.0 CL)


Como han señalado los obituarios críticos, Kissinger es notable por la devastación humana generalizada que permitió. Entre los ignominiosos más destacados se encuentran su campaña concertada contra Allende, que preparó el escenario para el ascenso al poder del bárbaro general Augusto Pinochet, y el bombardeo ilegal de cientos de miles de civiles en Camboya. “Es un acto de locura y humillación nacional tener una ley que prohíbe al presidente ordenar asesinatos”, dijo una vez, lo que llevó a todos los que sobrevivieron a su tiempo en el poder a preguntarse qué más estragos podría haber causado sin tal prohibición.


También son notables, sin embargo, las formas posiblemente más abundantes en las que Kissinger no tenía nada de especial. Al igual que muchos otros cortesanos insensibles de Washington a lo largo de los años, mostró una y otra vez un desprecio fulminante por la idea de que los poderosos pueden y deben estar limitados por las salvaguardas democráticas. Como una vez bromeó reveladoramente (guiño, guiño): “Lo ilegal lo hacemos de inmediato; Lo inconstitucional tarda un poco más”. La idea de que las personas fuera de Estados Unidos tienen derecho a la autonomía también lo ofendió. “No veo por qué tenemos que quedarnos de brazos cruzados y ver cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su gente. Los temas son demasiado importantes para que los votantes chilenos decidan por sí mismos”, afirmó en 1970.


El presidente Richard Nixon con el asesor de seguridad nacional Henry Kissinger (derecha) y el adjunto de Kissinger, Alexander M. Haig Jr., 1972.


Al igual que muchas criaturas de Washington antes y después de él, Kissinger con frecuencia priorizó su propia reputación. “La preocupación del Sr. Kissinger no es por los camboyanos, que no quieren más guerra”, como dijo Anthony Lewis en The New York Times en 1975, “Es por la credibilidad de Estados Unidos, y especialmente por la suya propia, que cree que sufriría si ‘perdiéramos’ Camboya. Debido a que el único acuerdo concebible ahora significaría la salida de [el presidente] Lon Nol, la guerra debe continuar. El señor Kissinger está dispuesto a luchar hasta el último camboyano”. Kissinger vio que su posición profesional en ese caso dependía de la muerte de hombres, mujeres y niños sin rostro en el extranjero. No fue el único en su indiferencia hacia la vida no estadounidense.


Y, sin embargo, Kissinger abrazó una morbosa nobleza obligada frente a Estados Unidos en el escenario mundial, una visión que se pone de manifiesto en una entrevista de 1972 en la que proclamó que “a los estadounidenses les gusta el vaquero… que cabalga solo por la ciudad, por el pueblo, con su caballo y nada más… Este personaje increíble y romántico me sienta bien precisamente porque estar solo siempre ha sido parte de mi estilo o, si se quiere, de mi técnica”.


Después de la violenta caída de Allende, quien se suicidó durante el golpe de Estado que asfixió a la democracia chilena durante una generación, Kissinger le dijo a Nixon que “en el período de Eisenhower, seríamos héroes”. Al situar explícitamente la traumática experiencia de Chile en 1973 dentro del mismo linaje que Guatemala en 1954 (e, indirectamente, Irán en 1953), Kissinger nos recuerda que él no fue más que un actor en la tragedia de la política exterior estadounidense de la Guerra Fría. De hecho, para un hombre que probablemente será celebrado en numerosos obituarios como un estadista de extraordinaria distinción, Kissinger no fue excepcional en lo más mínimo en la forma en que resolvió la frecuente tensión entre la democracia en el extranjero y las prerrogativas de la hegemonía estadounidense. A la hora de la verdad, a la mierda la democracia. En ese sentido, no había nada especial en él.


★


22 diciembre, 2020

EL IMPERIO INVISIBLE — Norberto Barreto Velázquez

 


El Imperio de Calibán – 21/12/2020


Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico. El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: “No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.”* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el “administrador” de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy, Donald Pease, Lany Thompson, Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer, Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa, entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su “invisivilidad”. Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui. No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize, de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019 y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por la naturaleza de esta bitácora y el tamaño de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo está escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflicto.



La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.




El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como “Baselandia”. Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.


Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes seguir haciéndolo visible.


* Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. Eeerrtyip