Contra Cuba opera una de
las ofensivas más prolongadas, sofisticadas y sistemáticas de la
agresión ideológica. No se trata sólo de campañas
propagandísticas orientadas a desacreditar un proceso político
específico. Opera un dispositivo complejo de colonización
perceptiva, disciplinamiento emocional, administración semántica y
captura simbólica dirigido contra la capacidad de un pueblo para
narrarse a sí mismo desde coordenadas soberanas. Esta guerra se
sostiene con dinero de industriales especialistas en producción de
subjetividad, redes financieras, plataformas tecnológicas,
laboratorios académicos, industrias culturales, agencias de
inteligencia, conglomerados mediáticos y formas mercantiles del
sentido.
Desde el triunfo
revolucionario, la hostilidad contra Cuba se organizó bajo una doble
estrategia simultánea. Por un lado, el asedio material mediante
bloqueo económico, sabotajes, terrorismo, aislamiento financiero y
agresiones diplomáticas. Por otro, la instauración de una ofensiva
semiótica destinada a erosionar la legitimidad del proyecto
revolucionario dentro y fuera de la isla. La coerción económica
necesita fabricar una interpretación moral que invisibilice sus
causas y transfiera la responsabilidad del sufrimiento hacia las
propias víctimas. El bloqueo fabrica su relato. La escasez inducida
necesita una pedagogía de culpabilización. La asfixia financiera
demanda un aparato de producción emocional capaz de convertir al
agresor en supuesto defensor de libertades abstractas. Guerra
cognitiva como forma superior de intervención imperial.
No es propaganda
convencional. No apunta exclusivamente al contenido de las ideas.
Penetra hábitos afectivos, automatismos culturales, estructuras del
deseo y formas de reconocimiento social. Su objetivo estratégico
consiste en impedir la consolidación de una conciencia histórica
autónoma capaz de identificar las contradicciones estructurales del
capitalismo dependiente y del imperialismo. El problema central nunca
residió únicamente en las reformas económicas o en la
nacionalización de recursos estratégicos. El verdadero peligro es
la dimensión pedagógica del ejemplo cubano.
La Revolución misma en
manos de los pueblos organizados. Por eso la agresión mediática
organiza sistemas de radiodifusión clandestina, financiamiento de
publicaciones hostiles, operaciones psicológicas, fabricación de
rumores y campañas internacionales orientadas a representar a Cuba
como anomalía histórica. La construcción del enemigo debía
producirse mediante reiteración emocional, saturación informativa y
simplificación binaria. La complejidad concreta de la experiencia
cubana debía desaparecer bajo etiquetas homogéneas. La palabra "dictadura" funcionó como condensador ideológico destinado a
cancelar cualquier análisis estructural del conflicto. Y su aparato
mediático burgués y trasnacional desempeña un papel decisivo en
esta agresión.
Sus corporaciones
monopólicas en comunicación producen por décadas una narrativa
homogénea basada en la repetición de tópicos estandarizados. La
isla aparece frecuentemente representada como espacio congelado en el
tiempo, prisión geográfica, territorio de ruinas o escenario
exótico de carencias permanentes. La estetización de la precariedad
cumple aquí una función política precisa. La pobreza derivada del
bloqueo se transforma en espectáculo cultural despolitizado. El
sufrimiento concreto de la población se convierte en mercancía
visual consumible por audiencias globales. La violencia estructural
desaparece detrás de imágenes románticas o miserabilistas
cuidadosamente administradas. Esta canallada se intensificó con la
expansión de plataformas digitales y redes sociales. La guerra
cognitiva contemporánea ya no depende en exclusiva de "grandes
medios" centralizados.
Funciona mediante
ecosistemas algorítmicos capaces de distorsionar emociones,
polarizar percepciones y acelerar la circulación de contenidos
ridículos. La economía digital del escándalo favorece mensajes
inmediatos, reacciones impulsivas y narrativas fragmentarias. En ese
entorno, la complejidad histórica queda desplazada por consignas
virales. Cuba se transforma en objeto privilegiado de campañas
coordinadas donde bots, influencers financiados, operadores políticos
y plataformas trasnacionales convergen en la producción de
tendencias artificiales. No pocos sectores intelectuales reproducen
estas matrices coloniales. Bajo discursos aparentemente progresistas,
muchas veces se repite el vocabulario de los centros imperiales.
Conceptos deshistorizados
de democracia, libertad o derechos humanos se utilizan selectivamente
para condenar experiencias antimperialistas mientras se silencian
violencias estructurales producidas por el capitalismo dependiente.
Olvidan, omiten o esconden el bloqueo. Tal asimetría revela hasta
qué punto la hegemonía burguesa opera sobre las formas mismas del
pensamiento crítico. La colonización cultural alcanza incluso a
quienes creen combatirla. Las conquistas sociales obtenidas en salud,
educación, ciencia y solidaridad internacionalista son
sistemáticamente minimizadas o desconectadas de sus condiciones
históricas concretas.
La participación cubana
en luchas anticoloniales africanas, el envío masivo de médicos a
regiones empobrecidas y la construcción de sistemas públicos
universales raramente reciben la centralidad mediática otorgada a
cualquier conflicto interno de la isla. La selección informativa
raras veces resulta inocente. Tal disputa por el sentido se libra hoy
en condiciones tecnológicas inéditas. Sus plataformas digitales
trasnacionales poseen una capacidad sin precedente para modular
visibilidad, jerarquizar contenidos y administrar flujos afectivos
colectivos. Los algoritmos no son entidades metafísicas autónomas.
Expresan prioridades
económicas, ideológicas y geopolíticas determinadas. Cuando las
plataformas privilegian contenidos polarizantes o sensacionalistas,
contribuyen objetivamente a destruir condiciones mínimas para el
análisis histórico riguroso. Todo esto contra Cuba revela
finalmente una verdad más amplia sobre el capitalismo: La producción
industrial de miedo, desinformación y fragmentación subjetiva se
transforma en requisito estructural de gobernabilidad.
Frente a este escenario,
la construcción de conciencia histórica crítica constituye una
necesidad civilizatoria. Defender la capacidad de los pueblos para
interpretar autónomamente su experiencia histórica representa hoy
una tarea inseparable de la lucha por la emancipación social. Cuba
ocupa un lugar central en esta confrontación porque simboliza la
persistencia inquebrantable de una voluntad soberana frente al
capitalismo y sus sistemas de agresión multidimensional y macabros
prolongados hasta la ignominia.
La perspectiva
mediática dominante sobre el conflicto de Ucrania a menudo esconde
verdades históricas y culturales cuyo reconocimiento quebraría la
narrativa que sostiene Occidente sobre el origen y la responsabilidad
del estallido bélico. Hablamos con el periodista ucraniano Oleg
Yasinski para profundizar en estos aspectos generalmente omitidos y
obtener así una perspectiva más clara sobre el momento
absolutamente crucial que atraviesa el mundo.
Se ha cumplido ya un año
desde que dio inicio la operación militar rusa en Ucrania. Un año
con todos sus acontecimientos, algunos de los cuales han ido
acelerando la historia y reconfigurando el tablero internacional; un
año que permite tomar perspectiva y analizar el conflicto en Ucrania
y el Donbass con mayor profundidad, hasta tantear sus auténticas
raíces y comprender su verdadera razón de ser en el engranaje
geopolítico global.
Para llevar a cabo ese
análisis, entrevistamos a Oleg Yasinski, testigo privilegiado de
la evolución de las relaciones entre Rusia y Ucrania desde que ambas
eran repúblicas soviéticas, un periodista independiente nacido en
Kiev que ha vivido como ciudadano y observado como analista la
transición hasta el actual conflicto, y que es capaz de nombrar con
lucidez y sin tapujos las causas y los responsables de esta
indeseable deriva.
¿Cómo eran las
relaciones entre Ucrania y Rusia en la época soviética? ¿Siempre
hubo tensiones soterradas o existía verdadera hermandad y armonía?
Mis recuerdos personales
son la fuente a la que puedo acudir para hablar de esto. En la época
soviética en la que crecí, Rusia y Ucrania eran el mismo país, un
solo pueblo, una sola cultura con sus diferentes matices. Si tengo
que resumirlo en dos palabras yo te diría que era nuestra infancia
feliz.
Mi propia infancia tuvo
lugar en Ucrania, en la Unión Soviética y, como digo, no sentíamos
que viviéramos en un país aparte, al igual, estoy seguro, que
tampoco lo sentían los niños de Bielorrusia, Rusia, Armenia,
Azerbaiyán o cualquiera de las otras repúblicas integrantes.
Sentíamos que vivíamos en un gran país, donde para poder
comunicarnos entre nosotros necesitábamos un idioma común. Y este
idioma era el ruso. En el caso de Ucrania, al menos en Kiev, donde yo
crecí, casi todos hablábamos ruso. Y desde los primeros años de la
escuela, nos obligaban a estudiar literatura ucraniana y el idioma
ucraniano. Así que éramos bilingües. Era parte del respeto de las
instituciones por la tierra en la que vivíamos. Y no hubo ninguna
contradicción porque las culturas rusa y ucraniana se complementan
perfectamente, y entonces compartían territorio, memoria y sueños.
Pensar en una guerra
entre Rusia y Ucrania parecía una cosa completamente loca,
absolutamente imposible. Todavía estaban frescos los recuerdos de la
Segunda Guerra Mundial, que para nuestro pueblo era la Gran Guerra
Patria, y en esta guerra pudimos ganar porque no nos diferenciábamos
entre ucranianos, rusos, judíos, kazajos… Es más: se consideraba
de mal gusto poner énfasis en las diferencias nacionales. Claro que
cada pueblo, cada nación, tiene sus rasgos, pero eso era parte de la
enorme riqueza de nuestros países. De hecho, Ucrania, a la que ahora
el poder de Kiev trata de presentar como algo uniforme, también
tiene una enorme diversidad étnica, cultural y lingüística dentro
de su propio territorio.
¿Qué ocurrió
entonces para que se quebrara o se intoxicara esa relación?
Yo siento que con los
últimos años de Perestroika, cuando la prensa, entre comillas, “se
democratizó”, es decir, cuando apareció la prensa privada –que
servía a los intereses privados particulares de los diferentes
partidos políticos que surgían, con enorme presión e influencia de
Occidente (estoy hablando de la época de Gorbachov)– desde la
televisión central, o sea, para toda la Unión Soviética, nos
empezaron a contar otra historia, nos empezaron a hablar de cosas que
antes jamás podíamos escuchar por la televisión. Se trataba de un
trabajo mediático, muy profesional y muy convincente, y era un
estímulo nuevo y muy fuerte para la audiencia. Estando por fin
libres de censura, ávidos de recibir esa información, nos dejamos
permear por todo este discurso que fue anticomunista siempre. Porque
no era crítico sólo contra Stalin o contra el estalinismo, no sólo
criticaba los excesos o los momentos oscuros de nuestra historia,
sino al socialismo como sistema: era una crítica frontal, total, con
muchas cosas que ahora se llamarían 'fake news' –todavía no
usábamos tanto inglés–, y en todo ello hubo mucha semiverdad,
verdad y mentira, todo mezclado, todo revuelto. Y sin una preparación
especial, un ciudadano común, acostumbrado hasta entonces a solo un
punto de vista oficial, no podía orientarse en toda esta avalancha
de información.
¿Afectó esto a
Ucrania de manera particular?
Sí. En el caso de
Ucrania, al discurso anticomunista se sumaba también el discurso
antirruso, el discurso nacionalista. Por ejemplo, a los
colaboradores nazis en Ucrania empezaron a presentarlos como héroes
de la lucha por la independencia; comenzaron a inculcar,
sutilmente o directamente, la idea de que el pueblo ucraniano es muy
diferente del ruso, "porque los rusos son más salvajes que
nosotros, son asiáticos y nosotros somos los europeos, los
civilizados, que tenemos nuestras casas más limpiecitas, que los
rusos son borrachos todos y el pueblo ucraniano es muy trabajador",
etcétera… Es muy absurdo, porque dentro del territorio de Ucrania
hay más diferencias culturales internas que en las zonas de Ucrania
aledañas con Rusia propiamente…
O sea, yo siento
absolutamente, y te diría que ahora más que en cualquier otro
momento, que somos un solo pueblo con la misma historia, con la misma
memoria histórica, nos educamos con los mismos libros, con las
mismas películas… Por eso también me hago esta pregunta cada día
prácticamente: ¿Cómo ha sido posible todo esto?
¿Diría entonces que
el conflicto entre Ucrania y Rusia es en realidad una guerra civil?
Es una guerra civil por
eso, porque es un pueblo con la misma memoria, es un pueblo de un
solo territorio que durante cientos de años percibió este
territorio como tierra de todos nosotros. Los rusos y los ucranianos
étnicamente somos prácticamente lo mismo. Yo no lo creo si alguien
dice que físicamente podría distinguir a un ruso de un ucraniano.
Es absurdo, es imposible.
Por eso yo creo que
Ucrania fue elegida por Occidente como un laboratorio para
desestabilizar a Rusia. Estoy completamente seguro de que, si tomamos
cualquier pedacito de Rusia, del tamaño de Ucrania, y lo aislamos
mediante una cortina de medios de comunicación occidentales durante
unos ocho años, se puede idiotizar a mucha gente.
Un pueblo ha de estar
preparado para resistir la propaganda. Y yo siento que,
lamentablemente, nuestros pueblos, nuestra gente, todavía es muy
ingenua: ve la historia todavía como un cuento que no es. Yo creo
que nos faltó mucha capacidad crítica en la comprensión de la
historia, pero no olvidemos también que, en los últimos 30 años de
nuestra historia, no solo ucraniana sino rusa, todos los países de
la antigua Unión Soviética estuvieron expuestos a este bombardeo de
los 'shows' occidentales, de los valores occidentales. Y lo que
trataron de hacer esos medios de comunicación fue reformatear a la
juventud, cambiar nuestra mirada, destruir nuestra identidad.
En Ucrania esta política
ha sido incluso mucho más agresiva, era una cosa absolutamente
total, y por eso han logrado estos resultados. Yo te diría que
Ucrania hace ocho o nueve años era otro país, y ahora el pueblo
ucraniano es la víctima de una muy profesional manipulación
mediática e ideológica.
¿Cree que este
desenlace bélico era inevitable?
Me cuesta mucho hablar de
la inevitabilidad de las guerras porque siempre he creído que
tenemos que luchar por la paz, porque la guerra es lo peor que puede
pasar con nuestros pueblos, con nosotros. Así que siempre uno tiende
a mantener la esperanza hasta el último minuto.
Sin embargo, cuando
estuve en Ucrania, bastante tiempo, el año pasado, todo indicaba que
la guerra era absolutamente inevitable. Ucrania hacía todo lo
posible para hacer inevitable esta guerra.
¿A qué se refiere
exactamente?
La ingenuidad del pueblo
ucraniano, y en general de la gente en la antigua Unión Soviética,
es muy grande. Una especie de infantilismo político, no sé cómo
definirlo… y la gente realmente no entendía. Además, no tenían
otra fuente alternativa de información y desde hacía años los
nuevos programas de educación en Ucrania iban preparando la carne de
cañón… Hasta el punto en que llegué a reunirme con periodistas
ucranianos formados bajo el nuevo poder y me sorprendí mucho de que,
en un país que había sido un país culto de la Unión Soviética,
donde muchas cosas no entendíamos pero sabíamos muchas cosas
–éramos ingenuos pero sabíamos muchas cosas del mundo y de la
cultura mundial–, estos chicos y chicas (estoy hablando de personas
que se autodenominan periodistas, de 25 o 30 años de edad) no tenían
ni idea de nada prácticamente. Era evidente que se habían educado
bajo una construcción ideológica bestial que se instaló con mucha
fuerza, mucho poder, y que explica muchas cosas, tan absurdas, tan
salvajes, que ahora están pasando en Ucrania.
¿Qué otras
sensaciones le transmitió aquella estancia en Ucrania?
A Kiev, que es una de las
ciudades más bellas de Europa, este poder en los últimos ocho años
la convirtió en un basural, prácticamente. Uno veía el abandono
total de todo, de la infraestructura ucraniana… todo quedó
heredado de la Unión Soviética, no se construyó absolutamente
nada, y se notaba, se sentía que la gente que tiene poder en Kiev no
sienten absolutamente nada, les da absolutamente lo mismo este país:
son gerentes que tienen que controlar este territorio ocupado. Yo me
sentía como en un país tercermundista, como cuando uno está
llegando a una capital, a una ciudad pobre de un país
latinoamericano donde la gente apenas sobrevive y donde todos los
medios están fuertemente controlados por los grupos económicos que
lo manejan todo. Para mí fue un impacto psicológico muy fuerte.
¿Cuáles diría que
fueron los puntos de inflexión, de no retorno, en la escalada
bélica?
Pienso en dos puntos. El
primer punto de inflexión, el más obvio, el más evidente, es el
golpe de Estado, aquello que Occidente presentó al mundo como 'la
revolución de la dignidad' o la 'revolución del Maidán', con toda
la cobertura mediática necesaria
Pero era un golpe de
Estado. Cuando llegan al poder las marionetas de Occidente, con el
apoyo de las fuerzas absolutamente fascistas dentro de Ucrania –que
eran minoritarias pero muy bien organizadas y muy activas– sí que
vemos esta perfecta alianza entre un Gobierno neoliberal y los grupos
nazis que hacen el trabajo de campo amedrentando a la oposición,
controlando las plazas y las calles para que no haya ninguna voz de
protesta. Los que viven en Latinoamérica conocen perfectamente el
origen del paramilitarismo dentro de los Gobiernos neoliberales de
Latinoamérica y en ese sentido creo que Ucrania no inventó nada
nuevo, sino que repitió este mismo esquema.
El segundo punto de
inflexión fue el cierre de los medios de comunicación en Ucrania,
los medios de la oposición, que se llevó a cabo entre 2020 y 2021,
ya que, claramente, al estar preparando una guerra hay que aplicar
una censura de guerra
A partir de ahí,
cualquier mirada o voz crítica, por muy débil, suave o conciliadora
que fuese, fue interpretada como propaganda rusa, como trabajo de
agentes de Putin. Sin mayores explicaciones y violando la
Constitución ucraniana cerraron primero los canales de televisión
abierta, después la prensa, y después aplicaron una censura muy
fuerte en Internet. Los ucranianos quedaron así aislados de la
información del mundo, bajo la presión de la propaganda oficial del
Gobierno.
En ese momento, muchos de
nosotros, desde Ucrania, pensamos que ya se había tomado la decisión
y Ucrania sería sacrificada para esta guerra que le encargó al
Gobierno de Kiev su dueño. Y la situación se volvió irrespirable:
ya no podíamos opinar, ya no podíamos discutir. Había ya en vigor
leyes mediáticas ucranianas que prohibían hablar bien de la Unión
Soviética. Aunque Ucrania existe (o existió, no sé qué tiempo
verbal elegir) gracias a la Unión Soviética. Hasta los trabajadores
de la televisión se reían, la situación era demasiado absurda.
Pero el público, millones de personas que veían esos programas, no
entendían la ironía de la situación. Y para los jóvenes
ucranianos, esta fue la única realidad que aprendieron.
Antes comparó su
visión de Kiev con la de "una ciudad pobre de un país
latinoamericano donde la gente apenas sobrevive", y más tarde
ha comparado su situación con la de "los Gobiernos neoliberales
de Latinoamérica"… ¿ve usted tan claro este paralelismo
entre Latinoamérica y Ucrania?
Yo veo en Ucrania la
copia de la Latinoamérica de la época de los 70 y 80, de la época
de las dictaduras incluso, o de las pseudodemocracias posteriores.
Está calcado prácticamente todo.
Si tradujésemos al
ucraniano algunos discursos de Pinochet, creo que no habría ninguna
diferencia. De hecho, muchas veces pensé que alguien se dedica a
traducir al ucraniano todos estos discursos, todos estos argumentos,
porque son demasiado parecidos.
Si hablamos de una
dictadura con las condiciones de una democracia formal, no hay mejor
ejemplo que Colombia, la Colombia anterior a Gustavo Petro, para ser
precisos. Colombia, al igual que Ucrania, es un país riquísimo, con
una ubicación geopolítica insuperable, clave en su región, con una
enorme riqueza natural, con un pueblo muy trabajador, un país
campesino. Ucrania fue el granero de Europa; y de Colombia también
conocemos la importancia de su campesinado. Vemos en ambos casos los
conflictos en torno a los cultivos, este control desde afuera:
control militar, control económico, control político, control
mediático… una situación en la que hasta un jardinero de la
embajada de los EEUU tiene más poder que el presidente de la
república…
Esta cosa tan
caricaturesca, tan evidente y que conocemos tan bien en
Latinoamérica, en Ucrania ha sido copiada absolutamente al pie de la
letra. Y como los ucranianos no son latinoamericanos, no tienen este
trauma histórico, y como los EEUU es algo muy lejano, fue muy
fácil engañar a la juventud ucraniana y contarle otra historia
sobre los EEUU. Así que la situación es
muy parecida.
El fenómeno del
paramilitarismo con los grupos nazis en Ucrania también parece
absolutamente calcado, porque igual que ha sido muy eficiente en
Colombia, ha sido muy eficiente en Ucrania
No sólo para amedrentar
a la oposición política, sino para algo más importante: dentro del
Ejército ucraniano, los grupos como Azov y otros similares se
convirtieron en los comisarios y están amedrentando a los militares,
luchando contra cualquier duda, contra cualquier disidencia, para
evitar cualquier posibilidad de una rebelión dentro de Ucrania. Lo
que para el pueblo ucraniano sería sin duda la mejor solución a
esta tragedia.
Además, en Ucrania los
paramilitares están usando directamente simbología nazi, los
nombres de batallones nazis… no esconden sus simpatías. Y una de
las últimas noticias, lamentablemente muy predecible: que en Kiev
fue demolido el monumento al general del Ejército soviético,
general Vatutin, quien liberó a Kiev de los nazis, y ahora están
pensando en profanar la tumba que estaba bajo el monumento. Es una
consecuencia lógica del tipo de poder que ahora está gobernando el
territorio ucraniano. Ni siquiera me gusta llamar a esta cosa
'Ucrania'. Ucrania para mí es otro país.
¿Qué puntos de
coincidencia ve entre el actual conflicto y el que se vivió en
territorio ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial?
El enemigo de nuestros
pueblos, o de nuestro pueblo ruso-ucraniano, para ser preciso, es el
enemigo de todos los pueblos del mundo entero. De nuevo quiere
apoderarse de nuestros recursos y territorios. Y no se trata solo de
Ucrania, sino del territorio postsoviético, de nuestros países,
repúblicas donde todavía, a pesar de la prensa, a pesar de todo,
sobrevive la memoria histórica. La humanidad tuvo esta experiencia
de sociedad no capitalista. Que no solo sobrevivió sino también
supo vencer al peor enemigo de la humanidad que en ese momento fue el
fascismo alemán. Así que es un territorio muy simbólico, muy
importante.
Y para acabar con esta
memoria y apoderarse de nuestros recursos, obviamente, hay que
enemistar a nuestros pueblos. Para eso trabajan los medios. Y de
nuevo se acude al fascismo, porque como herramienta ideológica es
más segura para este gran capital trasnacional que reordena ahora el
planeta.
La diferencia es que esta
vez las élites occidentales están más unidas que antes, o más
bien más controladas por el Gobierno norteamericano, y esta vez
controlan el arma más poderosa de nuestros tiempos: los medios de
comunicación, y no solo los medios, sino también las redes
sociales, que llegan a ser más importantes que los medios, porque
vemos que la juventud, incluso los adultos, pasan más tiempo en las
redes sociales que viendo la televisión. Y controlando estos medios
se puede formatear la opinión pública, contar cosas que no existen,
esconder verdades… todo lo que ellos están haciendo con tanta
eficiencia.
Yo creo que no es una
guerra solo contra Rusia, es una guerra contra todos. El blanco
principal de Washington es China, pero antes de enfrentarse a China
hay que debilitar o dividir a Rusia. Lo que estamos tratando de
aprender del presente es a no hacer grandes planes para el futuro
porque la realidad es siempre más compleja. Creo que estamos frente
a una realidad muy difícil, es un conflicto puede resolverse muy
pronto. El sistema ha acumulado muchas contradicciones.
¿Qué papel tiene
Europa en todo esto?
Europa ya es el patio
trasero de EEUU gracias a la OTAN y a la Unión Europea. Me acuerdo
que cuando vivíamos aún en la Unión Soviética, estando ésta a
punto de dividirse en Rusias, Ucranias u otros países más pequeños,
nos hablaban de que la Unión Europea sería una construcción que
funcionaría como contrapeso a EEUU y que iba a fortalecer la
independencia europea. Y nos gustaba mucho este discurso. Ahora
estamos viendo que se dio justamente al revés: que Europa es un
patio trasero de los EEUU compuesto por repúblicas bananeras. Es
muy gracioso ver que Honduras, ahora, con su actual Gobierno, tiene
una política exterior mucho más digna, mucho más independiente que
países como Francia o Alemania, que para nosotros han sido ejemplos
de la independencia europea.
Con todo este 'show' de
la independencia ucraniana en los últimos años se usó mucho la
consigna "Ucrania es Europa", como si hiciera falta:
Ucrania es de hecho el centro geográfico de Europa. Lo irónico es
que, en esta situación, con Europa convertida en una herramienta o
en un rehén de los Gobiernos norteamericanos contra Rusia o China,
siento que Ucrania no es Europa; más bien ahora Europa es Ucrania.
Es decir, han convertido a Europa en lo que ya convirtieron un
poquito antes a Ucrania: Europa está siendo sacrificada y está
claro, para cualquier mirada atenta y desprejuiciada, que los EEUU están preparando un enfrentamiento armado, con alta probabilidad
nuclear, en el territorio de Europa, para salvar su economía, para
salvar sus intereses y para salvar su dominio mundial.
Acaba de decir que ese
enfrentamiento tiene "alta probabilidad nuclear". ¿Por qué
le parece tan probable?
Creo que estamos frente
un riesgo real de uso de armas nucleares en Ucrania; armas que puede
usar la OTAN –la OTAN son los EEUU– para acusar a Rusia. Los
EEUU ya lo han hecho varias veces, aplican esto prácticamente en
todas las guerras: operaciones de falsa bandera para acusar a otros
países de sus crímenes militares. Y después no importa porque la
memoria humana es corta y la memoria de los medios de comunicación
es aún más corta.
¿Y considera que es
una deriva imparable, o estamos a tiempo de evitarlo?
En esta situación de
riesgo, la respuesta definitiva tiene que venir no de los Gobiernos,
sino de los pueblos. De los pueblos de Europa, del pueblo ruso, y del
pueblo ucraniano también, porque a pesar de todo hay allí gente que
entiende lo que está pasando.
Por otra parte, creo que
este momento histórico de crisis total es una gran oportunidad
también para crecer. Porque, al igual que ocurre a nivel personal,
no se puede crecer sin atravesar crisis. También esta crisis
peligrosa, sangrienta, con tan elevado costo humano, es una
posibilidad para dar un paso más hacia el humanismo, para que
entendamos que, dentro del modelo neoliberal, dentro de este 'paraíso
capitalista' que es netamente una construcción mediática, no
tenemos ningún futuro.
Ni yo ni nadie en el
mundo conoce los detalles o la forma que tomarán los
acontecimientos, pero creo que lo que está pasando ahora es una gran
lección para todos nosotros. Para que la juventud rusa aprenda ahora
que existen otros valores, para que acudamos más a la memoria
histórica de nuestros pueblos, para que tomemos más contacto con
nosotros mismos.
Creo que, a la humanidad,
a Rusia y a todas las fuerzas que realmente están contra la muerte y
contra la guerra, no les queda otra opción que vencer a la OTAN y al
enemigo de la humanidad, que son los EEUU.
La provocación llevada a
cabo con la colocación de un tanque ruso destrozado cerca del
edificio de la embajada rusa en Berlín no fue apoyada por los
alemanes, señaló la misión diplomática rusa, y agradeció a
cuanto llevaron flores al tanque, acción espontánea de la gente
común que convirtió el tanque en un ''símbolo de la lucha contra
el neonazismo en Ucrania'', según la misión diplomática.
El tanque ruso fue
emplazado cerca de la embajada rusa por activistas ucranianos. Muy
pronto, ciudadanos alemanes comenzaron a colocar flores en el tanque,
y llevaron miles de flores a la embajada.
Posteriormente, los
vándalos pisotearon y se llevaron las flores, y también cercaron el
tanque. Sin embargo, la población continuó llevando ramos de flores
durante todo el día, arrojándolas por encima de la cerca al tanque.
"Jeffrey Goldberg,
editor principal de The Atlantic, ha difundido durante
dos décadas propaganda de guerra descaradamente falsa con
consecuencias desastrosas. Al servicio de la maquinaria
militar-industrial, Jeffrey Goldberg desempeñó un papel clave en
las relaciones públicas, empujando a Estados Unidos a la guerra contra Irak y promoviendo la agenda de inteligencia de ocupación militar israelí. No
obstante, ha sido recompensado por sus mentiras y fracasos como
editor principal en The Atlantic Monthly." [fuente: SHAME]
Esta portada de The
Atlantic (diciembre de 2021) es un claro ejemplo
de la descarada propaganda imperialista occidental. Bajo el titular, "Los Tipos Malos Están Ganando", podemos ver a Nicolás Maduro,
Aleksandr Lukashenko, Vladimir Putin, Xi Jinping y Recep Tayyip
Erdoğan, mandatarios que, en mayor o menor medida, suponen un obstáculo para el globalismo imperialista angloamericano. La portada se remata con una
tendenciosa sentencia: "Cómo una nueva liga de autócratas se está
burlando de Occidente".
Arrezafe se complace en
dar respuesta a esa portada con esta otra, bajo cuyo titular, "Los
Criminales Están Perdiendo", podemos ver a Boris Johnson, Barak
Obama, Joe Biden, George W Bush, Bill Clinton y Donald Trump, todos
ellos criminales de guerra al servicio de la oligarquía capitalista
occidental. Una lista (incompleta) de los países invadidos y/o
sancionados bajo sus mandatos y una contra-sentencia: "Cómo una
vieja banda de OLIGARCAS están DESTRUYENDO el PLANETA".
Cinco millones de
personas, las mismas que, a diario, sufren carencias y
desabastecimiento, salieron a las calles de toda Cuba, de manera
festiva, este Primero de Mayo, en respaldo a la Revolución (1).
Pero ¿a quién llevan
a los platós de televisión para saber la "opinión del pueblo
cubano"? A artistas multimillonarios como Yotuel Romero (2) o
William Levy, que no viven en su país de nacimiento desde hace
décadas y que, hoy, ensalzan al opresor, EEUU, al régimen que
asfixia a la Isla de manera despiadada. Pero que ayudó a la familia
de Levy a “emprender una vida llena de oportunidades” (3).
Oportunidades solo para
elegidos. No para Jennifer Castro, joven cubana de 19 años que,
recién llegada "a tierras de libertad" –así nos lo cuentan–,
moría durante un tiroteo en Florida (4). En EEUU, más de 40 mil
personas fallecen cada año por dicha causa (5), que es la más común
de muerte entre jóvenes y menores, por encima de los accidentes (6).
En el último mes, dos
presos de la base de Guantánamo –territorio, recordemos, robado
por EEUU a la soberanía de Cuba– salían en libertad sin cargos,
tras haber estado ¡20 años en prisión! (7) El yemení Hassan
Bin Attash, el prisionero más joven, había sido detenido con 17
años y torturado durante dos, en ocasiones hasta doce horas al día,
por el régimen de EEUU (8) (9). Pero la prensa servicial de
Occidente, ¿a quien acusa de no respetar a los presos? ¡A Cuba!
Es la "tierra de
libertad", donde los derechos laborales y sindicales ni se conocen.
Hace días, la prensa nos vendía como una "gran victoria laboral
en Amazon" que "un almacén de Nueva York" aprobara "la
creación del primer sindicato de la compañía" (10). Victoria no,
vergüenza. En Cuba -¡contraste absoluto!- los trabajadores y
trabajadoras son parte de la dirección de las empresas y la palabra
“despido” apenas se conoce.
EEUU y la prensa sumisa
atacan también a China y hacen lo imposible por destruir la
reputación de empresas como Huawei (11). Una sencilla comparación.
El magnate estadounidense Jeff Bezos, dueño de Amazon, esa empresa
donde sindicalizarse es un acto de heroísmo, tiene una fortuna de
200 mil millones (12). Huawei, que es propiedad de su plantilla
(13), acaba de repartir casi 10 mil millones de dólares de
beneficios entre sus 130 mil empleados y pensionistas, a 73 mil
por cabeza (14).
¿Qué ocurriría si un
primer ministro, en público, animara a su ciudadanía a armarse
frente un sector étnica y religiosamente diferente? Nada, si el país
es Israel, protegido por EEUU, la Unión Europea y el sistema
occidental de medios (15). No hay escándalo porque sus fuerzas
armadas, el pasado año, asesinaran a 355 palestinos y palestinas
e hirieran a más de 16 mil (16). O porque, en los cuatro primeros
meses del 2022, hayan asesinado ya a 47 civiles, 8 menores. Silencio
absoluto. Porque lo que hoy toca es la propaganda de guerra contra
Rusia (17) (18).
El 6 de abril, Puerto
Rico sufría un gran apagón, que tardó cuatro días en ser
subsanado completamente (19) (20) (21). En el año que lleva la
empresa privada Luma gestionando el servicio, ha habido en la isla
14 grandes apagones y el precio de la luz ha aumentado un 64% (22).
Pero ¿han leído artículos hablando de la ineficiencia de la
privatización? Jamás. Pero si en Cuba se producen apagones,
porque el Gobierno de EEUU sanciona a las navieras que llevan el diésel a sus centrales eléctricas (23), entonces sí: la culpa es
del "sistema comunista" que no funciona (24).
En Venezuela se acaba de
cumplir el aniversario de dos intentos de "golpe de estado
mediático". Hace veinte años, la prensa mundial apoyaba, sin
fisuras, el golpe contra Hugo Chávez (25), y hace dos, blanqueaba la
Operación Gedeón, un intento de invasión del país mediante
mercenarios (26). Durante los meses previos, los medios bombardearon
con un millón de mentiras a la opinión pública internacional, para
que esta, anestesiada, diera por buena la "salvación golpista" (27). ¿Se acuerdan del editorial de "El País", titulado "Golpe
a un caudillo" (28)? Es el mismo diario que, hoy, protesta
porque la alcaldía de Caracas ha cambiado su escudo, sin consultar
–¡súbdito irreverente!– a la corona española (29). "El
chavismo entierra el legado español del escudo de Caracas",
denunciaba el rotativo "progresista".
Y por último, hablemos
de libertad de prensa. La justicia británica ha aprobado la orden de
extradición a EEUU de Julian Assange, quien reveló decenas de
crímenes de guerra en Afganistán e Iraq (30). Lleva casi diez años
encerrado y le espera una condena de por vida por parte del régimen
de EEUU. Por cierto, ¿saben a quién debemos la imagen de la
detención de Julian Assange? Al único medio que hizo guardia día y
noche, durante meses, en la puerta de la embajada de Ecuador en
Londres: Ruptly, perteneciente a Russia Today (31). El canal que,
hoy, está perseguido, vetado y censurado por los campeones de la
libertad de prensa… y del cinismo universal (32).