No basta con
transformar el mundo.
Eso lo hacemos sin
más.
Eso sucede ampliamente
incluso sin nuestro concurso.
También tenemos que
interpretar esa transformación,
precisamente para
transformarla,
para que el mundo no
siga cambiando sin nosotros
y no se transforme al
final en un mundo sin nosotros.
II. EL DESPLAZAMIENTO
DEL VACÍO DE SENTIDO
Dediquémonos ahora,
después de haber descubierto las dos raíces de la falta de sentido,
a los medios con que se intenta un remedio contra la misma; hay dos:
la ayuda externa y la autoayuda.
§ 3
La ayuda externa
A quien tan sólo haya
hojeado la literatura sobre esta cuestión tendría que
desconcertarle (que no es el caso) que sólo de vez en cuando –o
incluso cabe decir nunca– se habla de la falta de sentido efectiva
de nuestra vida, sino siempre sólo del sentimiento de la falta de
sentido, como si este sentimiento fuera la verdadera desgracia y sólo
se necesitara su eliminación; como si el dolor de muelas fuera la
enfermedad. En ningún autor se encuentra la inequívoca afirmación:
"Sí, nuestra vida carece efectivamente de sentido”: En
ninguno, la pregunta sobre si, en general, la añoranza de sentido
tiene sentido.
Por supuesto, esto no es
infundado, pues está claro que quien admitiera la falta de sentido
como un hecho se separaría de la técnica (que, como hemos visto, es
la raíz de la falta de sentido); y, además, que todo establishment,
no importa de donde sea, se vería condenado a la muerte justo por
ese distanciamiento de la técnica. Por eso la falta de sentido es
casi desplazada directamente.
Y no sólo por los
establishments que dan trabajo, sino también por los millones
de trabajadores que, si en realidad miraran de frente la falta de
sentido de su trabajo y su vida, tendrían que abandonar totalmente
su trabajo. De hecho, el número de honestos, es decir, de quienes
admiten su propia falta de sentido es incomparablemente menor que el
de los que la desplazan. Éstos –y se trata de cientos de
millones– subrayan muy comprensiblemente {y con más énfasis los
amenazados por el paro y los de hecho parados) que el trabajo como
tal es un sagrado derecho fundamental, que ellos reivindican.
Y como a sus ojos sería absurdo definir como un sinsentido algo que
proclaman como derecho sagrado, evitan eficazmente reconocer la falta
de sentido de su trabajo. Si se les recordara la verdad bíblica de
que el trabajo, incluso el más pleno de sentido, o sea, el que
satisface las necesidades inmediatas, se consideró en su origen y
hasta hace bien poco como maldición, no podrían admitirlo a
pesar del hecho de que su trabajo es más maldito que todos
los trabajos anteriores de la humanidad. Y no justo porque sean
incapaces de experimentar al mismo tiempo algo como "positivo”
o sea, sagrado, y como "negativo", o sea, sin sentido y
como maldición.
III. LA LUCHA CONTRA EL
SENTIMIENTO EN VEZ DE CONTRA LA COSA
§ 4
Extorsionadores del
sentido
Así argumentan, pues,
millones (si se puede hablar de "argumentar", ya que este
argumento jamás se formula explícitamente). Pero no todos los
millones sufren -y como vimos antes, con toda razón- la falta de
sentido. Volvamos, pues, a éstos.
Y dado que hay que
empezar de inmediato con la explicación de que ese sufrimiento, a
pesar de haberse convertido hoy en moda hablar sobre el sentimiento
de la falta de sentido, no se toma en realidad en serio. Lo que ahí
se pone de manifiesto, como ya se ha apuntado antes, es que se trata
sólo del sentimiento de la falta de sentido en vez de la falta
efectiva de sentido. Y cuando digo "trata'', no me refiero
sólo al tratamiento teórico, sino también al terapéutico.
Por lo general no se hace
esta distinción: la exposición filosófica del problema queda a
menudo completamente inarticulada. Pero puede valer como regla que lo
que vale no es la cosa misma, la sentida falta de sentido como
situación que hay que curar, sino el sentimiento de la falta de
sentido. Especialmente en Estados Unidos hay legiones de terapeutas
–llamémoslos extorsionadores del sentido– que ven en la
existencia de ese sentimiento su sentido de la vida, o sea, que viven
de su existencia; y que no sólo afirman que curan ese sentimiento,
sino que incluso anuncian sin vergüenza poder dar sentido a
la vida. Y no necesitamos siquiera ir a buscar a estos miles, pues
también nos llegan hasta Europa. A diario, a una hora determinada,
fluye el desatino contra ese sentimiento desde las bocas radiofónicas
de los triviales psicólogos, eclesiásticos y filósofos de todas
las denominaciones, que cuando emiten su sinsentido sobre el
"sentido" y sobre la "pérdida de sentido" se
parecen como un huevo a otro. En general, todos están orgullosos,
como modernos contemporáneos, de hallarse al corriente de la tercera
escuela psicoanalítica, que ha entronizado como enfermedad
actual el sentimiento de la pérdida del sentido en lugar del
complejo de Edipo y de inferioridad.

Y no sólo se presentan como los
apóstoles de esa tercera escuela; incluso tienen la
sorprendente audacia de poner en boca de Dios y de Jesús el
vocabulario que sólo pueden haber extraído de los escritos del
fundador de esa escuela, Victor E. Frankl, pues la Biblia no conoce
nuestro concepto de "sentido"; es una falsificación que
pueden permitirse impunemente por los conocimientos, claramente
escasos, de la comunidad radiofónica. Por supuesto, estos
predicadores del sentido no tienen exactamente el mismo interés,
pues utilizan expresiones que se contradicen entre sí de la manera
más ruda: lo principal es que aparezca el término "sentido";
así, unas veces se dice que Dios o Jesús es el sentido (o cosa que
es diferente, que el "sentido" de nuestra existencia es
seguir a Dios o a Jesús). Pero un minuto después nos exhortan a
aplicar voluntad al sentido (también ésta es una expresión
de Frankl), cosa que desemboca lisa y llanamente en una
contradicción, pues esta fórmula expresa sin ambigüedad que
debemos o tenemos que buscar y encontrar o, mejor, inventar (según
la expresión "dar sentido") el sentido por nosotros
mismos (escondido de manera insensata, Dios sabrá por qué genie
malin). De hecho, hace poco ha fluido de la radio (no menos
indulgente que el papel) la fórmula self-made-man: cada uno
es el forjador de su sentido. Y no basta que estos predicadores
radiofónicos de la tercera escuela de Viena nos aseguren, dándonos
palmaditas en la espalda, que con sólo poner una adecuada
voluntad al sentido ya habríamos conseguido la mitad del
objetivo ("Donde hay voluntad, hay un sentido": la misma
fuente), también se osa hacer pasar esta expresión
sinsentido-optimista, que naturalmente se aplaude con brío en
Estados Unidos, como una exhortación de Dios o Jesús: hace poco,
uno de estos sabios de Radiolandia incluso aseguraba que
"propiamente" Dios pensaba en ese "poner voluntad
al sentido" cuando nos creó; "propiamente": está
claro que el magister sabe mejor que Dios lo que éste tenía
en mente, pero por desgracia aún no lo podía haber formulado tan
bien como un franklista. El no creyente se cubre el rostro lleno de vergüenza.
Quienes nos animan a
combatir el sentimiento de la falta de sentido –y de estos hay
actualmente miles– no son mejores que lo eran los políticos,
cuando a los hambrientos de la región del Sahel les daban el consejo
de luchar contra su sentimiento de falta de pan: un cinismo
que aún no se ha permitido ningún hombre de Estado. Y cuando los
psicoterapeutas se atreven a engatusar con ese "poner
voluntad al sentido" a los millones que pasan su existencia
realmente sin sentido en los despachos o las fábricas o como parados
ante la televisión, no son mejores que serían los hombres de Estado
que recomendaran a los hambrientos un "poner voluntad a
saciarse" y les dieran a entender que esa voluntad ya es la
mitad del pan con que podrían saciarse enseguida si lo quisieran de
verdad.
Miles de psicoterapeutas
engañan con semejantes discursos solemnes a los pacientes que les
consultan porque sienten crónicamente un "vacío de sentido".
En vez de conceder con honestidad a los pacientes: "Tiene razón,
su sentimiento es legítimo. De hecho, para usted, la vida que lleva
(como trabajador en la fábrica de agujas o como vitalicio face
lifter o como vendedor de lotería) no tiene ningún sentido, por
más que su actividad pueda ser útil para esta o aquella persona o
aunque sea 'humanizada'. Pero no crea que la expresión 'sentido de
la vida', que usted utiliza, tiene algún sentido o que usted había
tenido alguna vez antes lo que me transmite con tanto dolor como un
objeto perdido; lo anterior no era una posesión de sentido, sino una
situación en que usted no tenía hambre de sentido. O incluso,
podría hacer que le prepararan una prótesis de sentido para
un sentido supuestamente perdido. ¿Por qué presupone usted que una
vida, además de estar ahí, también debería o podría 'tener' algo
más, eso que usted denomina 'sentido'? No deje que le hagan creer
que podría encontrar su sentido de vida (pues no está
escondido en ninguna parte; es más, no existe); o incluso que otro,
por ejemplo, yo, el supuesto terapeuta, pueda encontrarlo para usted
y, luego, implantárselo como un diente postizo. No, lo único que
usted no ha perdido, porque jamás lo había poseído, tampoco puede
volver a encontrarlo nadie con la mejor voluntad. E incluso
suponiendo que su vida 'tenga' un 'sentido': qué mezquino y
contradictorio, por no decir inmoral, tiene que ser un sentido si se
esconde tan profundamente (a pesar de que, en teoría, tiene el
'sentido' de servir como guía y justificación de su vida) que
resulta ilocalizable e irreconocible, es decir, si falla totalmente
respecto a su función. El trivial lenguaje filosófico usual
prefiere utilizar la expresión sentido profundo y supone que
la vida o el mundo debe tener un sentido semejante; pero el discurso
de la 'profundidad' sólo surge de que la búsqueda del sentido, en
cuanto sinsentido, se queda en suposición; por eso se escava siempre
'más profundamente': “cuanto menos se encuentra, más profundo
tiene que ser. Cuanto peor, mejor''. Al respecto tengo que recordar
que no son palabras mías, sino más bien las ficticias de un
psicoterapeuta honesto.
No, el sentimiento de
la falta de sentido de la vida no es un síntoma que necesite un
tratamiento, sino un sentimiento del todo justificado ante el hecho
de la falta de sentido, un signo de la disponibilidad intacta a la
verdad, por no decir directamente: un síntoma de salud. Claro
que esta disponibilidad a la verdad, por paradójica que pueda sonar,
exige que dejemos de buscar "sentido''. En cualquier caso: los
realmente enfermos –y hay cientos de millones– son quienes nunca
han notado que llevan, de hecho, una vida sin sentido, o sea, quienes
pronto aprendieron con éxito a vivir en la falta de sentido y a no
esperar otra cosa.

Y en cuanto a los miles
de terapeutas, se parecen a los barkeepers de los poblados del
salvaje Oeste en que se agolpaban los buscadores de oro: esos dueños
de los bares no excavaban en busca del supuesto oro, sino que lo
encontraban gracias a los que acudían en su busca y que, en el 99
por ciento, se arruinaban. O con otra imagen: se parecen a los
médicos que en vez de mandar a los hambrientos a la posada, les
suministran una inyección contra la sensación de hambre. A cambio
de un honorario, claro.
Günter Anders. La
obsolescencia del hombre (Vol.II) Sobre la destrucción de la vida en
la época de la tercera revolución industrial.
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