15 marzo, 2026

El precio de la arrogancia — Einar Tangen

 


Asia Narratives – 15/03/2026


El descenso a la oscuridad


La temeridad de Donald Trump me recuerda a El progreso del libertino, la brutal sátira de mediados del siglo XVIII de William Hogarth sobre la arrogancia, los excesos y la ruina autoinfligida. Narrada en ocho pinturas, la historia no trata sólo de vicios personales, sino también del previsible colapso que sobreviene cuando la vanidad sustituye al juicio.


La serie muestra a Tom Rakewell, un joven que hereda una fortuna y la dilapida de inmediato en un derroche de vanidad, excesos y decisiones imprudentes. Cada escena muestra una caída más pronunciada hacia el colapso —despilfarro, delirio y desesperación— hasta que la historia termina con Rakewell internado en un manicomio.


El término “progreso” utilizado por Hogarth para su serie es, evidentemente, irónico. Porque no se trata de progreso, sino de la inexorable mecánica de la autodestrucción. Comienza con arrogancia y prepotencia. Tom se rodea de aduladores, ignora las advertencias, juega temerariamente y cree que la fanfarronería sustituye al juicio. La imagen final revela la verdad: una figura patética, destrozada por los mismos excesos que una vez celebró.


Los paralelismos con Donald Trump son innegables. Su decisión de atacar a Irán se asemeja menos a una estrategia y más a la desesperada apuesta de un líder que intenta desviar la atención de sus problemas internos: el débil desempeño económico y las continuas controversias en torno al caso Jeffrey Epstein. El patrón refleja la secuencia de Hogarth: privilegio, arrogancia, amenazas teatrales, ridículas proclamas de victoria y la puesta en escena orquestada de un inepto empeñado en dominar la narrativa.


A diferencia del teatro político, las guerras no siguen guiones preestablecidos. La historia demuestra claramente que el conflicto bélico desata fuerzas que ningún líder puede prever ni controlar por completo. Lo que comienza como una distracción calculada puede desencadenar una reacción en cadena de consecuencias imprevistas. Cada escalada genera presiones, resentimientos y oportunidades de represalia que rápidamente superan las intenciones de quien la inició.


La realidad se impuso rápidamente. La arrogancia se transformó en quejas y reproches. Tras su arriesgada apuesta, Trump ahora exige que otras naciones garanticen la estabilidad en el estrecho de Ormuz, uno de los puntos estratégicos energéticos más críticos del mundo. Su vulnerabilidad se conoce desde hace décadas, pero se la pasó por alto en su afán por el espectáculo. El resultado era predecible: la bravuconería se ha convertido en resentimiento y exigencia de que sean otros quienes resuelvan los problemas creados por su propia imprudencia.


Pero las consecuencias de tal comportamiento hoy en día son mucho mayores que en la época de Hogarth. En el siglo XVIII, un libertino podía arruinarse a sí mismo, a su familia y quizás a un círculo de acreedores. En el siglo XXI, las decisiones temerarias de líderes poderosos arrastran a naciones enteras —y en este caso, posiblemente al mundo— a la catástrofe.


Cuando los conflictos se intensifican entre estados con armas nucleares o sus aliados cercanos, el margen de error se reduce drásticamente. Los líderes que se arriesgan a desviar la atención de las crisis internas a menudo se ven atrapados por la misma escalada que ellos mismos provocaron. Una vez que el prestigio, el orgullo y la supervivencia política se vinculan a la acción militar, dar marcha atrás se vuelve cada vez más difícil.


La historia demuestra claramente que las guerras no se desarrollan según lo planeado. Los errores de cálculo, la falta de comunicación y la desesperación pueden transformar conflictos limitados en confrontaciones existenciales. Los momentos más peligrosos se producen cuando los líderes se sienten acorralados, cuando su supervivencia personal, su legitimidad política o su reputación histórica parecen depender de su negativa a ceder.


En tales circunstancias, lo impensable comienza a hacerse posible. Las armas nucleares se crearon como elementos disuasorios, pero la disuasión depende de actores racionales capaces de calcular las consecuencias. Cuando la desesperación reemplaza al juicio, esa premisa comienza a desmoronarse.


La sátira de Hogarth giraba en torno a un tipo de persona. El libertino es aquel que confunde el espectáculo con la estrategia, la arrogancia con la competencia y el ruido con la autoridad. Cree controlar los acontecimientos, incluso cuando sus propias acciones lo empujan inexorablemente hacia la tragedia.


Tres siglos después, la lección sigue siendo la misma. Los atuendos han cambiado, el escenario es global y lo que está en juego es muchísimo mayor, pero la esencia es la misma. La bravuconería del matón acaba por desmoronarse en el lamento del perdedor, dejando que otros se encarguen de las consecuencias.


Aún no hemos llegado a la escena final de Hogarth, donde el libertino yace destrozado en un manicomio rodeado por las ruinas de sus ilusiones. Pero la trayectoria resulta inquietantemente familiar. Y en la era de las armas nucleares, la tragedia ya no se limita al necio que inicia la historia: amenaza a todos los que deben vivir con sus consecuencias.






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