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13 mayo, 2026

En la aneuronal pasta gris situada entre las coriáceas orejas de Trump

 


Fragmento extraído de The Shining City's Bridge to Nowhere (12/05/2026)


Se llama Nivel Mínimo Operacional y se alcanza cuando las reservas globales disponibles caen por debajo de los 6.800 millones de barriles diarios, que es el nivel mínimo necesario para mantener en funcionamiento los oleoductos y las refinerías. En ese punto, los precios del petróleo habrán subido a entre 300 y 500 dólares por barril. Nadie sabe lo qué ello supondría realmente, porque el récord histórico del precio del petróleo, alcanzado en 2008, fue de poco menos de 150 dólares por barril.


Veremos precios aún más altos a finales de junio, si la situación no mejora, algo prácticamente imposible, ya que la catastrófica situación en el sector de los seguros marítimos mantendrá los precios elevados durante al menos seis meses, incluso si se llegara a un acuerdo para cuando termine de escribir esto. Y, salvo intervención divina, el precio mínimo operativo llegará en septiembre de este año.


Como señala Martenson, se trata de una depresión económica mundial, y de un momento en el que se produce lo que se denomina "destrucción de la demanda", punto crítico en el que la gente común decide que ya no puede permitirse el lujo conducir su vehículo, salvo en casos de emergencia, y si es que consiguen combustible.


Pero, espera un momento, ¿no puede Trump simplemente elevar la intensidad a un nivel "cósmico" y darle una paliza a Irán hasta que se rinda? Bueno, díganmelo ustedes. Para empezar, Trump ya afirmó haberlo hecho: haber destruido la armada, el ejército y las fuerzas aéreas iraníes, y haber reducido a polvo todo lo que se asemejara a un lanzador de misiles balísticos. Buen trabajo, muchachos, es el "momento Miller". Solo que nada de eso ha sucedido realmente, excepto en la aneuronal pasta gris situada entre las coriáceas orejas de Trump. Ya han pasado un par de semanas desde que "profesionales de inteligencia" reconocieron que Irán podría conservar una capacidad operativa de más del 70% de sus misiles, capacidad que Irán afirma haber aumentado reemplazando los cohetes empleados y destruidos hasta alrededor del 120% de los niveles previos a la guerra. Me imagino que algunos se sentirán tentados a restarle importancia, por eso de que el enemigo siempre miente… solo que, posteriormente, se ha vuelto imposible negar que la mayoría de las antiguas bases militares estadounidenses en Oriente Medio han sido destruidas o gravemente dañadas, siendo hoy prácticamente inhabitables. Supongo que no mienten sobre eso, ¿no es así? Todo indica que los iraníes están diciendo la verdad.


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15 marzo, 2026

El precio de la arrogancia — Einar Tangen

 


Asia Narratives – 15/03/2026


El descenso a la oscuridad


La temeridad de Donald Trump me recuerda a El progreso del libertino, la brutal sátira de mediados del siglo XVIII de William Hogarth sobre la arrogancia, los excesos y la ruina autoinfligida. Narrada en ocho pinturas, la historia no trata sólo de vicios personales, sino también del previsible colapso que sobreviene cuando la vanidad sustituye al juicio.


La serie muestra a Tom Rakewell, un joven que hereda una fortuna y la dilapida de inmediato en un derroche de vanidad, excesos y decisiones imprudentes. Cada escena muestra una caída más pronunciada hacia el colapso —despilfarro, delirio y desesperación— hasta que la historia termina con Rakewell internado en un manicomio.


El término “progreso” utilizado por Hogarth para su serie es, evidentemente, irónico. Porque no se trata de progreso, sino de la inexorable mecánica de la autodestrucción. Comienza con arrogancia y prepotencia. Tom se rodea de aduladores, ignora las advertencias, juega temerariamente y cree que la fanfarronería sustituye al juicio. La imagen final revela la verdad: una figura patética, destrozada por los mismos excesos que una vez celebró.


Los paralelismos con Donald Trump son innegables. Su decisión de atacar a Irán se asemeja menos a una estrategia y más a la desesperada apuesta de un líder que intenta desviar la atención de sus problemas internos: el débil desempeño económico y las continuas controversias en torno al caso Jeffrey Epstein. El patrón refleja la secuencia de Hogarth: privilegio, arrogancia, amenazas teatrales, ridículas proclamas de victoria y la puesta en escena orquestada de un inepto empeñado en dominar la narrativa.


A diferencia del teatro político, las guerras no siguen guiones preestablecidos. La historia demuestra claramente que el conflicto bélico desata fuerzas que ningún líder puede prever ni controlar por completo. Lo que comienza como una distracción calculada puede desencadenar una reacción en cadena de consecuencias imprevistas. Cada escalada genera presiones, resentimientos y oportunidades de represalia que rápidamente superan las intenciones de quien la inició.


La realidad se impuso rápidamente. La arrogancia se transformó en quejas y reproches. Tras su arriesgada apuesta, Trump ahora exige que otras naciones garanticen la estabilidad en el estrecho de Ormuz, uno de los puntos estratégicos energéticos más críticos del mundo. Su vulnerabilidad se conoce desde hace décadas, pero se la pasó por alto en su afán por el espectáculo. El resultado era predecible: la bravuconería se ha convertido en resentimiento y exigencia de que sean otros quienes resuelvan los problemas creados por su propia imprudencia.


Pero las consecuencias de tal comportamiento hoy en día son mucho mayores que en la época de Hogarth. En el siglo XVIII, un libertino podía arruinarse a sí mismo, a su familia y quizás a un círculo de acreedores. En el siglo XXI, las decisiones temerarias de líderes poderosos arrastran a naciones enteras —y en este caso, posiblemente al mundo— a la catástrofe.


Cuando los conflictos se intensifican entre estados con armas nucleares o sus aliados cercanos, el margen de error se reduce drásticamente. Los líderes que se arriesgan a desviar la atención de las crisis internas a menudo se ven atrapados por la misma escalada que ellos mismos provocaron. Una vez que el prestigio, el orgullo y la supervivencia política se vinculan a la acción militar, dar marcha atrás se vuelve cada vez más difícil.


La historia demuestra claramente que las guerras no se desarrollan según lo planeado. Los errores de cálculo, la falta de comunicación y la desesperación pueden transformar conflictos limitados en confrontaciones existenciales. Los momentos más peligrosos se producen cuando los líderes se sienten acorralados, cuando su supervivencia personal, su legitimidad política o su reputación histórica parecen depender de su negativa a ceder.


En tales circunstancias, lo impensable comienza a hacerse posible. Las armas nucleares se crearon como elementos disuasorios, pero la disuasión depende de actores racionales capaces de calcular las consecuencias. Cuando la desesperación reemplaza al juicio, esa premisa comienza a desmoronarse.


La sátira de Hogarth giraba en torno a un tipo de persona. El libertino es aquel que confunde el espectáculo con la estrategia, la arrogancia con la competencia y el ruido con la autoridad. Cree controlar los acontecimientos, incluso cuando sus propias acciones lo empujan inexorablemente hacia la tragedia.


Tres siglos después, la lección sigue siendo la misma. Los atuendos han cambiado, el escenario es global y lo que está en juego es muchísimo mayor, pero la esencia es la misma. La bravuconería del matón acaba por desmoronarse en el lamento del perdedor, dejando que otros se encarguen de las consecuencias.


Aún no hemos llegado a la escena final de Hogarth, donde el libertino yace destrozado en un manicomio rodeado por las ruinas de sus ilusiones. Pero la trayectoria resulta inquietantemente familiar. Y en la era de las armas nucleares, la tragedia ya no se limita al necio que inicia la historia: amenaza a todos los que deben vivir con sus consecuencias.


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10 marzo, 2026

La táctica de Trump y Netanyahu respecto a Irán — Einar Tangen

 


Asia Narratives – 10/03/2026


Las consecuencias no deseadas de la impostura y la guerra asimétrica


Donald Trump está haciendo exactamente lo que hacen los criminales cuando se enfrentan a las consecuencias: intenta eludir la responsabilidad. Como exabogado penalista, dicho patrón me resulta previsible y familiar. La bravuconería en el bar no sobrevive a las realidades de la sala de acusación. Los golpes de pecho se convierten en acusaciones. La fanfarronería se disuelve en recriminaciones contra otros y narrativas de victimización autocompasivas, precisamente lo que estamos viendo ahora.


La fanfarronería de Trump sobre su fuerza y liderazgo decisivo se ha diluido en culpar a otros —aliados regionales, agencias de inteligencia e incluso oponentes políticos— de una crisis que él mismo creó. Pero la cadena de acontecimientos que condujo a este momento no es difícil de rastrear.


Comienza con la presión en casa.


El continuo goteo diario de revelaciones sobre el expediente de Jeffrey Epstein que implican a Trump y a la élite global que lo rodea lo ha frustrado y preocupado en un momento en que su agenda nacional se tambalea. Con su base política fragmentada, sus índices de aprobación en desplome y sus políticas económicas en crisis, Trump necesitaba una distracción drástica, especialmente ante la proximidad de las elecciones intermedias.


Primero fue Venezuela. La operación estadounidense que resultó en la captura de Nicolás Maduro fue controvertida e ilegal, pero logró su objetivo inmediato: la distracción. Los titulares cambiaron de la noche a la mañana. La historia se convirtió en una de bravuconería internacional en lugar de disfunción interna.


Para Trump, reforzó las lecciones de su mentor, el abogado caído en desgracia Roy Cohn: audacia, redoblar los esfuerzos y trabajar para distraer a los demás.


Envalentonado por el episodio venezolano, Trump concluyó que la misma fórmula podía aplicarse a un escenario más amplio. Irán, durante mucho tiempo retratado como el adversario existencial de Estados Unidos e Israel, se convirtió en el siguiente objetivo. El cálculo era sencillo: un rápido ataque de decapitación contra el liderazgo iraní demostraría el abrumador poder estadounidense, dominaría el ciclo informativo y reafirmaría el control de la narrativa política.


Pero este no fue un escenario que comenzó con Trump.


Durante más de tres décadas, Benjamin Netanyahu ha abogado persistentemente por que Washington se enfrente militarmente a Irán. Su pensamiento estratégico se remonta a un controvertido documento de 1996 conocido como "Una ruptura limpia: Una nueva estrategia para asegurar el reino", redactado por un grupo de estrategas neoconservadores estadounidenses, entre ellos Richard Perle.


El documento argumentaba que Israel debería abandonar el marco de la paz negociada y en su lugar remodelar el Medio Oriente a través de un realineamiento estratégico decisivo, debilitando o eliminando regímenes hostiles y enfrentando a las potencias regionales vistas como amenazas a largo plazo.


Aunque fue redactado para el primer mandato de Netanyahu hace casi treinta años y aparentemente rechazado, el diseño subyacente nunca desapareció. La seguridad regional se lograría mediante el desmantelamiento sistemático de los estados adversarios, no mediante la negociación y el acuerdo.


La realidad es que gran parte de lo previsto en el plan se ha cumplido. Sadam Husein fue expulsado de Irak, lo que derrocó al régimen y fracturó el Estado. Irak, Siria, Somalia, Líbano, Gaza y Yemen se han visto desestabilizados por un conflicto armado incitado entre facciones rivales. Egipto, Jordania, Turquía y los Estados del CCG se han visto sometidos a presión, y la historia ha equilibrado sus intereses económicos y de seguridad. Las negociaciones palestinas fracasaron, los asentamientos se expandieron y el proceso de paz se congeló. Irán, el objetivo final, fue contenido económicamente, pero mantuvo sus redes regionales en Irak, Siria, Líbano y Yemen.


Lo que Netanyahu necesitaba era un presidente estadounidense lo suficientemente imprudente —o lo suficientemente desesperado— como para intentar la última pieza: atacar a Irán, no para conquistarlo, sino para desestabilizarlo. Trump le brindó esa oportunidad.


Animado por el aparente éxito de Venezuela y rodeado de asesores que favorecían la confrontación, Trump decidió —en contra del consejo militar— que Irán podía ser controlado con los mismos instrumentos contundentes empleados en Venezuela: fuerza abrumadora y decapitación de líderes. En cambio, ha desatado una pesadilla estratégica.


El error fundamental fue asumir que Irán respondería como un estado convencional ante una presión militar abrumadora. No lo ha hecho. Irán lleva décadas preparándose para el conflicto con un adversario tecnológicamente superior. Sus estructuras de mando están dispersas. La sucesión del liderazgo ante ataques de decapitación está integrada en el sistema. Las unidades militares operan en células semiautónomas capaces de continuar la lucha incluso después de pérdidas devastadoras.


Los ataques de decapitación no ponen fin a estas guerras: las inician.


Trump, ante pérdidas cada vez mayores, ahora agrava sus propios errores de cálculo al intentar achacar la responsabilidad a actores regionales, irónicamente advertidos contra la escalada. Al insinuar que los países del Golfo eran de alguna manera cómplices —o al tratarlos como prescindibles—, ha dejado en evidencia a los países del Consejo de Cooperación del Golfo.


Se esperaba que Irán redirigiera sus represalias hacia sus vecinos árabes en lugar de hacia Washington. Esa suposición no comprende ni la estrategia iraní ni la política regional. Teherán sabe exactamente dónde se tomaron las decisiones. También comprende dónde residen las verdaderas vulnerabilidades de Estados Unidos —y, por extensión, de Israel—: no en el campo de batalla, sino en la arquitectura de la economía global.


Irán no puede derrotar a Estados Unidos en una guerra convencional. Pero no necesita hacerlo. Solo necesita hacer que el costo de la confrontación sea intolerable, tanto para Washington como para todo el sistema internacional que depende de la estabilidad de los mercados energéticos globales y del sistema de pagos basado en el dólar. Derrotar el sistema financiero subyacente de Estados Unidos pondría fin a su colonialismo financiero y a su estatus unipolar.


La ilusión más peligrosa en Washington hoy en día es la creencia de que Estados Unidos controla el tiempo. Trump parece creer que si la presión política se vuelve demasiado fuerte, puede simplemente declarar la victoria, ordenar la retirada y el asunto estará zanjado. Pero las guerras asimétricas no funcionan así.


El sistema iraní está diseñado para resistir tales decisiones. Cuando un comandante muere, otro avanza. Cuando una red es destruida, otras siguen operando. La guerra se centra menos en batallas decisivas y más en la resistencia. Esto significa que el conflicto continuará mucho después de que se desvanezca la lógica política que motivó a Washington.


Esto da lugar al escenario distópico definitivo: la opción nuclear.


Incapaz de detener las consecuencias económicas de las acciones militares que inició, Trump se verá enfrentado a una elección: comprometerse con una invasión a gran escala y una guerra eterna o optar por la opción nuclear.


Un ataque contra las principales ciudades de Irán, con un arma del tamaño de cien bombas como la de Hiroshima, no sería un acontecimiento regional. Sería un acontecimiento planetario.


La región inmediata —que abarca Oriente Medio y Asia Central— se enfrentaría a lluvia radiactiva, agua contaminada, colapso económico y una de las mayores crisis de refugiados de la historia moderna. Además, el humo y el hollín de las ciudades en llamas penetrarían en la atmósfera superior, atenuarían la luz solar, acortarían las temporadas de cultivo y sembrarían el caos en los mercados de alimentos y energía de Eurasia y el norte de África.


A nivel mundial, los efectos serían catastróficos. La ubicación de Irán bajo las grandes corrientes en chorro euroasiáticas implica que la precipitación atmosférica no se limitaría a un solo lugar, sino que rodearía el planeta y afectaría a todos los continentes.


Creando una disrupción climática de muchos años, las cosechas se reducirían en todos los continentes. Los sistemas energéticos colapsarían. Los mercados financieros tendrían dificultades para hacer frente a la enorme depresión mundial, acompañada de agitación social.


La historia demuestra que las guerras siempre escapan a las intenciones de quienes las inician. Trump creía estar tomando la iniciativa. En realidad, ha caído en una trampa que Netanyahu lleva tres décadas esperando pacientemente utilizar.


Lo más aterrador es que para Trump no se trata de estrategia, sino de una distracción. Una presidencia bajo presión interna recurre al truco más antiguo de la política: la guerra. Pero cuando esa guerra involucra a un adversario que ha calculado una respuesta asimétrica imprevista, las consecuencias no se medirán en encuestas ni en titulares. Se medirán en vidas, en medios de vida, en los frágiles hilos que mantienen unida la economía global. Trump puede creer que puede cambiar la atención en casa por un teatro de operaciones militar en el extranjero, que puede retirarse cuando la presión aumenta. No puede. Y el resto del mundo tampoco. Cuando el cálculo de la supervivencia política se encuentra con los instrumentos de la destrucción planetaria, la apuesta ya no es local, sino existencial.


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22 junio, 2025

Pederasta evita prisión tras aceptar bombardear montaña

 



Normal Island – 22/06/2025

   Traducción del inglés: Arrezafe


El violador de menores en serie Donald Trump evitó la cárcel tras aceptar bombardear una montaña como "servicio comunitario". Confundidos, muchos pedófilos en Estados Unidos se preguntan por qué la justicia no les dio la misma oportunidad.


Por su parte, el presidente estadounidense, Benjamin Netanyahu, accedió a perdonarle la vida a Trump tras darse cuenta de que era la única persona en el mundo tan estúpida como para creer que podía volar una montaña. Netanyahu quería que volaran esa montaña porque bajo ella solía haber una base enemiga, pero dicha base fue desmantelada hace meses. Aun así, era necesario bombardear la montaña porque Israel está perdiendo la guerra que inició de mala manera y ahora necesita fingir que está teniendo éxito.


Netanyahu difícilmente podría admitir que varias ciudades israelíes hayan sido arrasadas en vano. Tras atacar a Irán sin percatarse de que éste podía contraatacar, ha dejado su país con un aspecto más turbulento que el dormitorio de un adolescente. Irónicamente, lo hizo porque él también quiere evitar la cárcel. Es asombroso cómo todos estos tipos, que deberían estar en prisión, nos van empujando a la Tercera Guerra Mundial, ¿verdad?


En fin, Trump bombardeó la montaña iraní seis veces con nocturnidad y alevosía, con la esperanza de causar una catástrofe humanitaria. Esperaba que hubiera uranio enriquecido almacenado bajo la montaña. Sin embargo, los iraníes tuvieron buen cuidado de mantener todo el uranio fuera del alcance de Trump, como un adulto que esconde las cerillas a un idiota. Esto significa que la aventura de Trump no desembocó en Chernóbil II y que en realidad no logró gran cosa.


Tras desahogarse en la montaña, Trump declaró que la misión fue un "éxito total", aunque, sorpresa, la montaña aun sigue en pie. Dijo tener la "esperanza" de que el éxito de la misión signifique que sus "desnudos serán borrados de los archivos de Epstein". Seamos sinceros, no es necesario verlos.


Cuando Trump le preguntó si su nombre sería limpiado, un portavoz israelí respondió: "No seas bobo, todavía no has enviado tropas a morir por Israel, maldito idiota".


¿No es excitante?, al parecer muchos soldados estadounidenses podrían estar a punto de morir para evitar que Trump pueda acabar en prisión. Por que claro, no se puede esperar que los israelíes se hagan cargo de su propia guerra, ¿verdad? A los estadounidenses les encanta morir por Israel y, además, los israelíes están demasiado ocupados matando mujeres y niños en Gaza.


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20 abril, 2025

Los alumnos aventajados de Trump en América Latina

 


Diario Red – 19/04/2025


El magnate mandatario estadounidense ha puesto el foco en América Latina. Para defender los intereses imperiales de Estados Unidos, se valdrá de aliados locales como Javier Milei, Daniel Noboa, José Raúl Mulino o Nayib Bukele.


Donald Trump busca seguidores en América Latina… y no precisamente de bajo rango. Las bases de la ultraderecha latinoamericana acostumbran ya a ser fanáticas trumpistas, fundamentalmente porque han validado el relato mentiroso de la extrema derecha norteamericana sobre "lo woke". El movimiento Make America Great Again (MAGA) es el principal impulsor de las nuevas corrientes del viejo odio contra las mujeres, las diversidades o los migrantes.


Pero no son estos los seguidores que le interesan a Trump; al fin y al cabo, ya cuenta con ellos. No, el Gobierno estadounidense pretende asegurar el favor de ciertos gobiernos en la región, más allá de que le rían las gracias influencers ultraderechistas de tres al cuarto bajo la manida excusa de la "batalla cultural". Y para ello “seduce” a presidentes y líderes afines que están en disposición de arrodillarse ante el jefe: el argentino Javier Milei, el ecuatoriano Daniel Noboa, el panameño José Raúl Mulino y el salvadoreño Nayib Bukele, entre otros.


Trump se juega mucho en la región, pues América Latina es plenamente estratégica para un Estados Unidos que parece abrir una nueva etapa en su ciclo imperial decadente. Recursos naturales, energéticos y minerales se suman a las exigencias logísticas y militares de un gobierno que ha puesto sus ojos sobre el continente americano en detrimento de otros como Europa. Y para hacer valer sus intereses, la administración Trump echa mano de los gobiernos cipayos locales, pues esta estrategia es siempre menos violenta que la de la injerencia explícita.


El imperialismo estadounidense tiene una larga experiencia en esto. Así como Oriente Medio, Asia Central o el Sudeste Asiático han exigido a Washington “mancharse” de manera más clara mediante guerras o masacres, en el caso de América Latina, quizá por su cercanía, la estrategia ha sido distinta. Por supuesto, Estados Unidos fue un actor crucial en el establecimiento de dictaduras militares en la región, aunque a menudo su penetración fue a través de las embajadas y de políticos cómplices desde el terreno. Sin duda una injerencia menos cruda, aunque igualmente dañina.


El siglo XXI no es una excepción y, ante lo que se evidencia como un "repliegue americano" como parte del largo ciclo de Pivot to Asia que Estados Unidos promulga en su estrategia contra China, Trump vuelve a activar viejos mecanismos de intervención imperial en América Latina. Para ello, el (no tan) nuevo enfoque para la región es claro: hay gobiernos "muy buenos" (es decir, alineados con los norteamericanos) y gobiernos "muy malos" (es decir, pragmáticos e independientes o directamente confrontativos con Washington). Queda poco espacio para los grises.


En este sentido, Donald Trump perfila a sus súbditos en la región y les recompensa: Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, José Raúl Mulino en Panamá o Nayib Bukele en El Salvador. Estos son algunos de los alumnos aventajados del trumpismo en América Latina, pues de ellos espera Trump obtener sendos réditos estratégicos y económicos a cambio de apoyo cuando lo necesiten. Entretanto, el gobierno de Estados Unidos espera ver emerger futuros gobiernos aliados en la región y, para ello, no dudará en participar directa o indirectamente de las diversas competencias electorales que tengan lugar.


De todos ellos espera obtener grandes cosas… y a todos ellos espera poder ayudarles para que se perpetúen en sus respectivos países. Por supuesto, Trump está dispuesto a deshacerse de cualquiera de ellos si su legitimidad se viene abajo y, entonces, "si te he visto no me acuerdo"… pero, mientras tanto, todos ellos aceptan una sumisión temporalmente ventajosa para sus gobiernos.


Javier Milei está plenamente dispuesto a entregar considerables concesiones a Estados Unidos en el proceso de subasta de los activos públicos argentinos. A su vez, pretende facilitar, mediante mecanismos como el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) la penetración del capital privado estadounidense en los recursos minerales y energéticos del país. A cambio, recibe el apoyo de un Fondo Monetario Internacional que nuevamente ha endeudado al país y, de paso, invitaciones personales a Mar-a-Lago. Ciertamente, Milei le sale muy barato a Trump.


José Raúl Mulino amagó con plantarse frente al impulso del imperialismo trumpista contra Panamá, solo para terminar haciendo enormes concesiones. Panamá ha cancelado su participación en la Ruta de la Seda de China y, además, ha firmado un acuerdo que permite el despliegue de tropas estadounidenses en suelo nacional panameño. A su vez, Daniel Noboa pretende modificar la Constitución de Ecuador para que Estados Unidos pueda instalarse militarmente en el país.


El caso de El Salvador es también llamativo. A cambio de un lugar destacado en el ecosistema de la ultraderecha occidental y en conferencias como la CPAC, Bukele ha aceptado asumir parte de la agenda migratoria y racista del gobierno de Trump, poniendo a su disposición su macrocárcel, el CECOT, donde se violan sistemáticamente los derechos humanos. Eventualmente, podría incluso permitir el establecimiento de una suerte de Guantánamo en el departamento salvadoreño de San Vicente. A cambio, es probable que Trump brinde reconocimiento diplomático y apoyo financiero al gobierno de Bukele cuando así lo necesite.


Por supuesto, los perjudicados son los pueblos que pierden soberanía y agravan su dependencia con Estados Unidos. Incluso aquellos gobiernos que puedan ver temporalmente aliviadas sus cargas (es el caso del gobierno argentino), lo hacen a un precio altísimo: someter la política exterior nacional a los intereses norteamericanos y alejarse de la imprescindible integración regional.


Claro que para dirigentes como Noboa, Bukele, Mulino o Milei es muy jugoso. Son poderes cipayos, históricamente asociados a nivel político, económico y cultural con el hegemón del norte, por lo que no hallan contradicción alguna en semejante sumisión. Al contrario, con seguridad encuentran cierto gusto al vender sus países al Tío Sam.


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06 febrero, 2025

CRIMINAL EN JEFE

 


No eres más que un inflado saco de mierda e ignorancia del que emanan como pedos tus desatinadas bravuconadas. No eres más que un gaznápiro situado, una vez más, en un cargo que siempre te vino grande. El sangriento capital utiliza peleles engreídos como tú (y todos tus antecesores) para abastecer su burdel de prostituidas marionetas. Eres un caduco paquete plastificado de chope. El mundo entero te ha visto lamer el canceroso culo de Benzion Mileikowsky, genocida sionista conocido por Netanyahu, el mismo que te ha obsequiado, como se obsequia a una ramera, una dorada, criminal y amenazante “joya”, réplica de la que utilizó para asesinar vilmente a la población libanesa. Pero tú, presuntuoso ególatra, no te enteras de nada, tienes el cráneo atarugado de dinero, no captas los sutiles mensajes de tu pérfido invitado en jefe. No eres más que chirriante mercancía, una mercancía tan devaluada que te han hecho presidente del país más podrido del mundo. Criminal.


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30 marzo, 2021

"Si saca el rabo, se le hunde el hocico; si saca el hocico, se le hunde el rabo"

 





Transcripción:


Trump - Yo simplemente bombardearé a esos idiotas. Y, así es, yo volaré el oleoducto, yo volaré la refinería, yo volaré cada pulgada, no quedará nada. ¿Y sabéis qué? Tendrás a Exxon allí y en dos meses... ¿habéis visto qué buenos son estos muchachos, las grandes compañías petroleras? Ellos reconstruirán esa mamonada, la embellecerán y la cercarán, y yo me quedo con el petróleo.


Trump - Y entonces dicen "él ha dejado tropas en Siría". ¿Sabes lo que he hecho? He dejado tropas para quedarme con el petróleo, yo me quedé con el petróleo. Las únicas tropas que mantengo están apropiándose del petróleo, están protegiendo el petróleo, yo estoy quedándome con el petróleo...

Entrevistadora - Quedándome... no estamos "quedándonos"...

Trump - Bueno, tal vez sí, tal vez no pero...

Entrevistadora - Estamos protegiendo las instalaciones.

Trump – No lo sé, tal vez debamos hacerlo, pero tenemos el petróleo, ahora mismo Estados Unidos tiene el petróleo. Así que ellos dicen "él ha dejado tropas en Siria". No, yo las he sacado todas, excepto las que protegen el petróleo. Nosotros tenemos el petróleo.


Nos hemos quedado con el petróleo, tenemos el petróleo. El petróleo está asegurado. Hemos dejado tropas allí sólo por el petróleo.


El cese el fuego funciona muy bien. Nos hemos apropiado del petróleo. Nos retiramos y nos quedamos con el petróleo. Otros pueblos pueden patrullar la frontera de Siria, francamente, y Turquía les deja. Ellos han estado combatiendo mil años. Dejemos que lo hagan. Nosotros no queremos hacer eso. Nosotros queremos traer nuestros soldados a casa. Pero hemos dejado soldados simplemente porque nos quedamos con el petróleo. Me gusta el petróleo, nos quedamos con el petróleo.


Mohammad Javad Zarif - [risas] Parece que los Estados Unidos permanecen [en Siria] para proteger el petróleo. Al menos el presidente Trump es honesto al decir lo que los Estados Unidos pretende hacer.



08 enero, 2021

Estados Unidos, la democracia que nunca fue ——Marcos Roitman Rosenmann

 


Correo del Alba ☆ - 08/01/2021


Vaya por delante la condena. Pero de allí a lanzar loas a la democracia estadounidense es una falta de respeto. Menos aún señalar su ejemplaridad. Azuzados por el presidente Donald Trump, sus seguidores no dudaron en asaltar el Capitolio bajo la consigna de haber sido víctimas de fraude y robo en las elecciones presidenciales. Son muchos quienes le siguen, dentro y fuera de las instituciones. Cien representantes en la Cámara y siete senadores han negado validez al triunfo de Biden. Para ellos, América se encuentra secuestrada por vendepatrias. Por consiguiente, la sociedad estadunidense es víctima de una conspiración de negros, latinos, minorías sexuales, comunistas y socialistas, cuya finalidad es destruir el país.


Las imágenes de ciudadanos trepando paredes, rompiendo ventanas, invadiendo despachos, son un jarro de agua fría para quienes han aupado a Estados Unidos como salvaguarda de la democracia mundial. Analistas políticos, especialistas en relaciones internacionales, corresponsales, hacen piña. Solo hay un responsable de la violencia: Donald Trump, un desequilibrado que no asume su derrota. Las cadenas de radio y televisión informan en tiempo real y a la par dan a conocer tuits de jefes de Estado y gobierno occidentales mostrando su rechazo a la toma del Capitolio y su reconocimiento a Joe Biden. El momento era relevante, se estaba validando formalmente, en sesión plenaria, la designación de Joe Biden como presidente. Penúltimo acto para el traspaso de poderes en la Casa Blanca el 20 de enero. Pero el ícono del poder legislativo, el Capitolio, era víctima de un ataque, según diría Hillary Clinton, perpetrado por terroristas nacionales. El acto protocolario se veía empañado, suspendiéndose la votación que ratificaba a Joe Biden como presidente. La “invasión” se cobraba la primera víctima, una mujer era abatida mientras trataba de colarse en la sala de sesiones.


Definir el sistema político estadunidense como una democracia, salvo que el concepto quede restringido a la mínima expresión, resulta poco serio. De ser así, son hechos auténticamente democráticos morirse de hambre o no tener cobertura médica. Pero vayamos a deshacer el entuerto. Esos senadores y diputados, reunidos en sesión plenaria, salvo excepciones, son los que, independientemente de su partido, han avalado anexiones territoriales, guerras, invasiones, golpes de Estado, bloqueos a terceros países, consolidado tiranías y financiado gobiernos autocráticos, lo cual contradice su respeto y apego a los valores democráticos. En América Latina, Asia y África hay ejemplos que harían enrojecer a cualquier demócrata. Sin olvidar que Trump no ha sido el primer presidente en mentir. Desde el genocidio de los pueblos originarios, la anexión de los territorios pertenecientes a México, la guerra contra Cuba, Vietnam y más recientemente la guerra contra Irak se fundan en mentiras. ¿Acaso se encontraron las armas de destrucción masiva? Ésa es la historia de Estados Unidos. Howard Zinn, Charles W. Mills, Sheldon Wolin o Noam Chomsky, entre otros, han cuestionado el sistema político que prevalece en Estados Unidos, tras sus actuaciones en Vietnam, Centroamérica, Chile e Irak, además de las leyes emergentes con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Totalitarismo invertido es la definición de Wolin para referirse al orden político en Estados Unidos, nacido de los atentados a las Torres Gemelas.


Presidentes como Kennedy, Nixon, Carter, Ford, Clinton, Reagan o Bush, padre e hijo, con todos los matices, se han saltado preceptos democráticos como la no intervención, el derecho de autodeterminación o el respeto a los derechos humanos. Además, durante sus administraciones, han utilizado mecanismos poco ortodoxos, democráticamente hablando, como avalar la tortura, crear noticias falsas, contratar mercenarios o desvalijar países enteros de sus riquezas. Sin despreciar la persecución a periodistas y aplicar la censura en las informaciones sobre las actividades de espionaje en su propio país o a sus aliados. Julian Assange y Edward Snowden son un ejemplo de lo dicho.


Crímenes y criminales de guerra, cuya impunidad está garantizada al no reconocer el Tribunal Internacional Penal, campan por su territorio, dan conferencias y reciben premios Nobel. Henry Kissinger, sin ir más lejos. Ninguna administración estadounidense está libre de haber patrocinado guerras, vender armas, traficar con estupefacientes, derrocar gobiernos democráticos y torcer el brazo a quienes se enfrentan y rechazan sus políticas unilaterales de corte autoritario. Pero si no es suficiente, debemos recordar que en su política doméstica Trump no ha sido una anomalía, al margen de sus excentricidades. Obtuvo más de 70 millones de votos. Además, las organizaciones supremacistas, neonazis, llevan décadas existiendo. La Asociación Nacional del Rifle y lobby, que van desde las farmacéuticas, compañías de seguros, multinacionales de la alimentación y las empresas tecnológicas de Silicon Valley, cuentan con un apoyo bipartidista. El Ku Klux Klan, el Tea Party, White Power, Skin Heads o Metal Militia no han sido creados por Trump, otra cosa es que los condene. Por otro lado, fue Barack Obama, premio Nobel de la Paz, quien aceleró la construcción del muro fronterizo con México, y según José Manuel Valenzuela Arce en Caminos del éxodo humano, durante su presidencia las deportaciones sumaron “dos millones 800 mil personas”. En resumen, definir el sistema político bipartidista que rige Estados Unidos como un orden democrático es un despropósito si se trata de caracterizar el régimen político. Otra cosa es defender el imperialismo estadounidense, sus estructuras de poder y dominación y adjudicarles el papel de guardián de los valores occidentales, dizque democráticos. Pero ya sabemos, democracia y capitalismo son incompatibles.

25 diciembre, 2020

Falsas expectativas

 

En realidad, el mandato de Trump ha mostrado sencillamente lo que realmente fue todo este tiempo: presidente de Estados Unidos. Mejor que algunos, peor que otros, espantoso como todos, la misma clase de monstruo que sus predecesores, dado que, como ellos, encarnó el rostro de la fuerza más malvada y destructiva de la tierra, a saber, el gobierno de los Estados Unidos.


Ahora se va, con sus crímenes imaginarios todavía considerados reales y sus crímenes reales completamente ignorados. No podremos crear un mundo saludable hasta que encontremos la manera de trascender nuestra relación enfermiza y delirante con la narrativa mediática que tan fácilmente oscurece nuestra perspectiva de lo que realmente está sucediendo.


http://www.informationclearinghouse.info/56083.htm

Traducción del inglés: Arrezafe

08 noviembre, 2020

Pues, mire usted...

 



Autos de uso – Carlos Puebla y sus Tradicionales

[Podemos sustituir Nixon por Trump y Ford por Biden, nada ha cambiado sustancialmente]

Cuando quitaron a Nixon

hubo quien me preguntó

qué opinión me merecía

Mister Ford.


Pues mire usted

pues mire usted

a mi me parece Ford

lo mismo que el Chevrolet.


Yo quiero que usted me diga

qué podría opinar yo

sobre el recién estrenado

Mister Ford.


Pues mire usted

pues mire usted

a mi me parece Ford

lo mismo que el Chevrolet.


Mister ford no es zapatero

mecánico ni pintor

no es más que otro millonario

Mister Ford.


Pues mire usted

pues mire usted

a mi me parece Ford

lo mismo que el Chevrolet.


Este criminal insigne

gran compinche de Saigón

nos deja una gran herencia

Mister Ford.


Pues mire usted

pues mire usted

a mi me parece Ford

lo mismo que el Chevrolet.


Es como un auto de uso

reparado y de ocasión

un tarado reparado

Mister Ford.


Pues mire usted

pues mire usted

a mi me parece Ford

lo mismo que el Chevrolet.