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31 octubre, 2017

¿Alguien se acuerda de lo que era la plusvalía? - Nazaret Castro




Inditex: la empresa que entendió que el negocio está en vender ropa y no en producirla
La deslocalización y tercerización de la producción de Inditex tiene dos ventajas: se abaratan costes y la responsabilidad se diluye

El grupo Inditex facturó 20.900 millones de euros en 2016 a través de una red de tiendas que llega ya a 93 países. Cada año se disputa con la sueca H&M y la estadounidense GAP el primer puesto mundial del sector. A su fundador, el gallego Amancio Ortega, lo describe la prensa económica como empresario modélico y hombre hecho a sí mismo. Y lo cierto es que supo revolucionar el sector de la indumentaria, dándole un giro de 180 grados a la concepción de la distribución y la logística.

El éxito de Zara se resume en una fórmula: diseños baratos que rotan rápidamente en las tiendas —la llamada fast fashion— y beneficios económicos basados en la reducción de costos, gracias a la innovación logística, pero también a la degradación de la mano de obra que cose las prendas que luego lucirán en los escaparates de tiendas ubicadas en las avenidas más caras de ciudades de más de medio mundo.

En la globalización, las grandes empresas conservan para sí las actividades más rentables de cada sector y externalizan todo lo demás a través de densas redes de subcontratas. El textil es un caso paradigmático: muchas grandes firmas no tienen un solo taller de confección. Inditex promovió un proceso de deslocalización de su producción a finales de los 90, desde los talleres de costura gallega a los países del Sur.

Se configura así un mercado global en que un puñado de corporaciones acaparan el valor gracias a los bajísimos costos de producción que ofrece una diáspora de maquilas, es decir, fábricas ubicadas en los países con los salarios más bajos del mundo, como Bangladesh, o en talleres clandestinos de São Paulo o Buenos Aires.

Según los cálculos de la Campaña Ropa Limpia de Setem, si partimos de una hipotética prenda vendida por 29 euros, la venta al por menor se lleva el mayor margen: 17 euros, es decir, un 59%. Le sigue el beneficio de la marca (3,6 euros), los gastos de los materiales (3,40 euros), los gastos de transporte (2,19 euros) y los intermediarios (1,2 euros). Los beneficios de la fábrica proveedora en algún país del Sudeste asiático suponen 1,15 euros (el 4%) y, para los salarios de los trabajadores, quedan apenas 18 céntimos: un 0,6% de los 29 euros que figuran en la etiqueta de la camiseta que se vende en un vistoso escaparate de, pongamos por caso, la Gran Vía madrileña.
Mientras Amancio Ortega es encumbrado a los primeros puestos de la lista Forbes de los hombres más ricos del mundo, con una fortuna de 66.000 millones de euros, las empleadas de Bangladesh que cosen las prendas que comercializa Zara cobran salarios de 50 euros mensuales por jornadas de sol a sol. ¿Alguien se acuerda de lo que era la plusvalía?

VIDAS QUE NO IMPORTAN



El derrumbe del edificio Rana Plaza, en Bangladesh, el 24 de abril de 2013, le mostró al mundo el rostro más perverso de este modelo. Murieron 1.129 personas, debido a las precarias condiciones de seguridad e higiene en las que trabajaban, y que siguen siendo la norma y provocando accidentes en medio mundo. Muchas veces, estas trabajadoras —porque son mayoritariamente mujeres— trabajan hacinadas e incluso encerradas, en condiciones análogas a la esclavitud.

La deslocalización y tercerización de la producción tiene otro ángulo perverso: la responsabilidad se diluye. Las grandes marcas, como Inditex, argumentan que no pueden fiscalizar a todos sus proveedores, aunque sí se benefician de sus bajísimos costos de producción. Además, el problema es estructural: si las trabajadoras del Sudeste asiático o Marruecos logran mejoras salariales, la producción tenderá a trasladarse a países donde las legislaciones laborales y ambientales sean más laxas, como de hecho ya están migrando a países africanos, como Etiopía y Sudáfrica. Como las grandes marcas no poseen talleres, sino que subcontratan a empresarios locales, pueden trasladar su producción de un país a otro con gran facilidad, siempre a la búsqueda de costes laborales más competitivos.

Esa expresión, “costes competitivos”, oculta tras su retórica economicista las vidas encadenadas y muertes evitables que hay detrás de los salarios que se pagan. Mientras, los países del Sur se ven obligados a entrar en esa competición por los sueldos más bajos, que no les permiten salir de la miseria pero que siempre serán, se dice, mejor que el desempleo. De un lado, una multiplicidad de talleres semiclandestinos y trabajadores sobreexplotados; al otro extremo de la cadena, los consumidores. En medio, un grupo cada vez más reducido de grandes grupos transnacionales que controlan la distribución y comercialización de la ropa, expulsando del mercado y de las principales calles de tiendas a aquellas cadenas más pequeñas y destruyendo el pequeño comercio por no poder competir con estos gigantes. Es lo que se ha venido a llamar la teoría del embudo, que da el poder de imponer sus reglas a los distribuidores.

La expresión “costes competitivos” oculta las vidas encadenadas y muertes evitables que hay detrás de los salarios que se pagan.

La ropa es mucho más que un elemento para satisfacer la necesidad de abrigo. En una sociedad de consumo, donde tanto tienes, tanto vales, la indumentaria aporta, en gran medida, nuestra identidad. Los vaivenes de la moda incitan al consumismo, a la compra de nuevas prendas, porque las de la temporada pasada no sirven, aunque estén como nuevas: es lo que se ha venido en llamar obsolescencia percibida, que se combina con la obsolescencia programada, es decir, la fabricación de prendas cada vez menos duraderas.
Además, las empresas del fast fashion, como el holding gallego, han sido abanderadas de un modelo de belleza inalcanzable y frustrante. Por la omnipresencia de las marcas de moda en los medios de comunicación y en las calles, las empresas del sector están determinando, en gran medida, los contenidos simbólicos que recibimos, y que impactan de forma muy particular sobre las mujeres. Motivos no faltan para buscar alternativas más justas y sostenibles al emporio de Amancio Ortega.

21 mayo, 2016

Mi vida como obrera de Inditex - Nadia Celaya



CAPITALISMO Y PATRIARCADO

Mi vida como obrera de Inditex / Nadia Celaya

Trabajamos ocho horas a un ritmo agobiante, sin hablar ni levantar la cabeza para llegar a la producción que nos exigen.

A la voz de ¡ya! comienza el cambio de turno. En mi caso ocurre a las 21:55 hs. Nos vamos acercando hasta el puesto de la encargada mientras esquivamos las rápidas sonrisas cansadas de quienes reemplazamos. Nuestra respuesta son las ojeras resignadas a las que les quedan 8 horas de trabajo por delante.
Es el turno de noche de un centro logístico auxiliar de Inditex. Trabajamos por campañas con un contrato de fin de obra que nunca sabes cuándo va a acabar.

Nos dividen por mesas, 7 u 8 mujeres en cada una dirigida por una encargada de mesa. Porque en esta empresa existe la encargada a la que nunca se le ve, las encargadas de los turnos, las segundas encargadas, las encargadas de mesa, luego están las trabajadoras fijas, las que llevan varias campañas, las nuevas y finalmente y frecuentemente las chicas de ETT´s. Dependiendo en qué grupo de estos te encuentres serás tratada de una manera u otra. Ni qué decir tiene quien recibe el peor trato.


Llegamos a las mesas. Normalmente hay dos tareas: sacar prenda y emperchar. Sacar prenda consiste básicamente en volcar grandes cajas llenas de ropa en la mesa y sacarlas de la bolsa. Es el trabajo más aburrido y duro físicamente pero te libra de la presión agobiante de tener que cumplir los objetivos. Enfrente están las que emperchan toda la prenda que se ha sacado, están clavadas en el mismo sitio de pie articulando una y otra vez el mismo juego de muñecas. A ser posible más de 300 veces a la hora.

Esa prenda pasa por un túnel de planchado y llega a la embolsadora, donde trabajan los chicos. El trabajo está dividido por sexos; ellos son mozos de almacén, cargan y descargan camiones, mueven cajas y prendas y embolsan las perchas con una máquina. Nosotras somos operarias textiles, emperchamos, etiquetamos y planchamos. Esta barrera es casi infranqueable.

La velocidad comienza a recorrernos a todas. Hay que sacar deprisa para pasar la ropa a las que emperchan, no pueden quedarse sin prenda, pues "pierden tiempo" y podrían no llegar a la producción. Cada minuto cuenta. ¡Más rápido! dice una voz que se repite no sólo en tu cabeza.

Ante la atenta mirada de todo tipo de encargadas y cámaras de vigilancia, empieza la competición. Cuanto más rápida seas más posibilidades tienes de quedarte hasta el final de la campaña y que te llamen para la siguiente.

A las 2:00 de la mañana hacemos el descanso de 15 minutos. Cogemos nuestro kit de mano: agua, algo para engañar al hambre, crema de manos, crema antiinflamatoria e ibuprofeno. Si tu dolor se va por otros derroteros, alguien tendrá todo lo que le falta al botiquín de la empresa. Es increíble como en esos pocos minutos nos da tiempo a almorzar, fumar dos cigarrillos, beber e incluso hablar. Por eso no es necesario que nos aumenten el tiempo de descanso.


Volvemos a entrar y entonces te acuerdas de ese curso que te impartieron de riesgos laborales. Es muy importante que se roten los puestos, cada una vuelve a su sitio. Las cajas se cogen entre dos, se pierde demasiado tiempo. Una cómoda y buena postura para trabajar adecuada a tu altura, solo existen palets del mismo tamaño para elevarte un poco sobre la mesa. ¿Ese curso no debería ser impartido a la empresa? ¿No tendrían ellos la obligación de cumplir esas normas?

Creo que a nuestro gran jefe superior, Amancio Ortega, le trae sin cuidado cuánto de cargada esté nuestra espalda, cuántos arañazos y heridas tengamos por los brazos, cuánto de hinchadas estén nuestras manos, cuantos moratones y quemazos sobresalgan de nuestros cuerpos, cuanta fibra, polvo y vapores respiren nuestros pulmones a cada segundo. Al igual que le trae sin cuidado cada una de las miserables vidas de las mujeres de la India o China que confeccionan a destajo cada una de las prendas que emperchamos.

Dicen que gracias a estos centros logísticos es con lo que ha conseguido crear su imperio. Alabado por conseguir que tan solo discurran 20 días desde que se diseña una prenda hasta que llega a las tiendas de cualquier parte del mundo. Se olvidan de que quien consigue eso, somos todas las manos por las que pasa la ropa, trabajando largas horas a un ritmo frenético por menos de 4 euros a la hora. ¿Cómo realmente ha amasado su fortuna Amancio Ortega?

La jornada continúa y empiezas a ser consciente de cada minuto que pasa, no hay lugar para el cansancio aunque a cada rato te pesa más el cuerpo y la mente. Y a pesar de que tus ojos ya están rojos, vuelven a repetirte que no puedes bajar la producción.

Por fin son las 5:55 ¡ya! y salimos corriendo con nuestras sonrisas cansadas pasando el relevo a las ojeras resignadas. Unas pocas nos iremos a dormir, otras empezaran su otra jornada de trabajo, la que ocupa el cuidado de los hijos, la cocina, la lavadora y la limpieza de la casa.

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