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11 noviembre, 2022

Marxismo, herramienta de análisis — Andrés Piqueras / Tita Barahona

 




REDACCIÓN CANARIAS-SEMANAL.ORG – 01/06/2022


El marxismo es una herramienta de análisis, la mejor, para entender y explicar las claves internas del funcionamiento del modo de producción capitalista, las formas de organización social y las ideologías a las que da lugar, los tipos de acción y de conciencia que genera, así como una guía política para superar el capitalismo y contribuir a la emancipación social.


Sin embargo, en las cuatro últimas décadas, paralelamente al surgimiento y hegemonía en las universidades de las teorías posmodernas, el marxismo fue prácticamente arrinconado como materia científica, también como herramienta política, al tiempo que lo hemos visto incluso reformulado bajo etiquetas como neomarxismo o postmarxismo.


Pero ¿requiere en realidad, el marxismo, este tipo de prefijos o añadidos? Post-marxismo, neo-marxismo, ¿son conceptos diferentes? ¿Qué tratan de explicarnos? Para aclararnos estas dudas entrevistamos al sociólogo y profesor Andrés Piqueras, autor de "De la decadencia de la política en el capitalismo terminal", una obra que explora estas cuestiones, entre otras muy pertinentes a nuestro mundo actual.




06 noviembre, 2022

Judith Butler o el fetichismo de la mercancía intelectual — Tita Barahona

 


Frente Antiimperialista Internacionalista – 06/11/2022


La filósofa Judith Butler, principal productora de la teoría queer e inspiradora del movimiento de la "identidad de género", volvió recientemente a Madrid tras su visita a Barcelona el pasado mes de enero para recibir el Premi Internacional Catalunya que concede la Generalitat.


Todos los grandes medios publicaron la noticia de su nueva visita, no sin añadir a su presentación la preceptiva etiqueta de ser "la personalidad intelectual más influyente del mundo".


En esta ocasión se le concedió la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Al acto acudió la ministra de Igualdad, Irene Montero, que escribió en su cuenta de Twitter:


"Judith Butler es una referencia indiscutible para las feministas. Nuestra lucha colectiva avanza con pensadoras y activistas como ella".



Seguramente, la señora Montero sabe que Butler no es una referencia para una parte importante del feminismo, que incluso la considera anti-feminista; pero conscientemente lo silencia, igual que lo hacen los medios corporativos al ocultar sistemáticamente que las críticas a Butler como las que se expresaron en la Universidad Complutense donde dio una conferencia provienen del feminismo. Llegan incluso al punto de asimilar esas críticas a las de la ultraderecha, por si cabía poca manipulación.


Así lo hizo el "progresista" diario Público en su noticia, donde señala que las protestas contra Butler en la Complutense no eran las primeras a las que la filósofa se enfrentaba:


"En 2017, la pensadora fue víctima de una caza de brujas en Sao Paulo. Una movilización en contra de los derechos LGTBIQ+", que provino de la derecha evangelista.


Lo cierto es que el aparato académico-mediático-político ha convertido a la controvertida filósofa estadounidense en poco menos que una celebrity de la intelectualidad y el "activismo".


Habría que preguntarse, ¿qué hace a Judith Butler ser objeto de tanto elogio, tantos premios, tantas traducciones, tantas entrevistas… mientras se orilla y ningunea a otras intelectuales que también escriben –sin tanta opacidad terminológica– sobre temas de sexo, género y feminismo, como, por ejemplo, sin salir de Estados Unidos, la profesora Martha Gimenez (1)?


¿Se trata de la calidad de sus escritos, la profundidad de su pensamiento, su claridad expositiva, su contribución a las luchas de emancipación social? Muy discutible.


Los intelectuales que están involucrados en el análisis materialista de la producción, circulación y consumo de los productos intelectuales ofrecen otra explicación.


En el mundo capitalista, lo mismo que hay una industria musical, del cine, de la moda, etc., también hay, aunque menos publicitada y reconocida, una industria de la alta cultura, de la teoría y los productos intelectuales en general, que está asimismo controlada por la clase propietaria de los medios de producción: la burguesía.


Esto ha sido así en toda la historia del capitalismo. El propio Marx ya señaló que las ideas dominantes en una época concreta son las ideas de la clase dominante.


Esta industria, que el filósofo Gabriel Rockhill llama "industria de la teoría global", es la que se encarga de manufacturar ideas que pone en circulación y presenta como las más importantes de este particular "mercado". Para ello cuenta con una infraestructura que incluye universidades, think tanks, fundaciones y agencias gubernamentales.


Esta red tiene la capacidad de transformar la producción de un teórico o una teórica particular en una mercancía que toda persona merecedora de llamarse intelectual debe leer y compartir, gracias a la amplia distribución y difusión que realiza de sus personas y obras.


Lo hizo tras la II Guerra Mundial, con los filósofos de la Escuela de Frankfurt, principalmente Horkheimer y Adorno (este último muy influyente en la obra de Butler) y con los filósofos franceses que son referencia del posmodernismo, como Jacques Derrida, Michel Foucault, Julia Kristeva, Jacques Lacan, entre otros, sobre los que el aparato analítico de la propia Judith Butler se basa en gran medida.


La industria de la teoría global recibe apoyo y financiación de agencias de inteligencia como la CIA, el MI6 británico y brazos del gobierno estadounidense como la USAID o la NED, así como de fundaciones ligadas a las familias de la oligarquía de ese país, como la Ford, la Rockefeller, la Carnegie y la Mellon.


En la fundación Mellon, Judith Butler fue investigadora principal en su sección de becas entre 2015 y 2020; becas que son soporte de los programas del Consorcio Internacional de Teoría Crítica (Consortium of Critical Theory Programme), de la que ella fue co-presidenta.


"Teoría crítica", porque precisamente uno de los objetivos es comercializar a los productores y productos de la industria de la teoría global como "críticos" y "radicales", pero una crítica y una radicalidad dentro siempre del campo anti-comunista.


Son intelectuales que critican ciertos aspectos del capitalismo o que incluso se presentan como marxistas, como es el caso del muy promocionado Slavoj Zizek, pero para los cuales no hay alternativa al capitalismo, porque –según ellos– la que hay es mucho peor. La propia Butler apoya al Partido Demócrata de su país. Lo ha demostrado en más de una ocasión donando a las campañas de Kamala Harris, quien, desde su anterior puesto de ex-fiscal, encerró en ese "instrumento de violencia" que, según Butler, es la prisión a miles de pobres y de minorías raciales.


Es decir: discursos aparentemente radicales, pero práctica política conservadora. Nada que suponga un desafío real al sistema de explotación y opresión que es el modo de producción capitalista. La obra de Butler es prueba de ello.


Estos intelectuales "críticos" y "radicales" son un soporte importante de lo que la CIA ha llamado la "izquierda compatible", es decir, la que ahora pasa por ser izquierda y está presente en los parlamentos y los gobiernos: compatible con el capitalismo y con el imperialismo.


No nos puede sorprender, por tanto, la cantidad de alabanzas que le dedican a Butler todas las figuras políticas de la izquierda compatible española, como es la ministra Irene Montero.


Esta izquierda solo se diferencia de la derecha en aspectos superficiales, generalmente de carácter socio-cultural, como es, por ejemplo, la llamada política de las identidades, a la que Butler contribuye con su discurso sobre los géneros. Ella ahora, de hecho, se declara "no-binaria" y pide que no se la trate de "ella" (she) sino de "elle" (they).


La industria de la teoría global, con sus mercancías intelectuales, de las que Butler es un producto estrella –quizás la más brillante de épocas recientes– es en realidad, como sostiene el profesor Rockhill, una parte importante del poder blando que se aplica en la guerra global contra el comunismo.


Y podríamos añadir, en el caso concreto de Judith Butler, contra el feminismo anti-capitalista.


(Publicado en Canarias Semanal, el 4 de noviembre de 2022)


(1) Martha Giménez es profesora emérita de Sociología en la Universidad de Colorado (EE.UU), feminista marxista, autora del libro Marx, Women, and Capitalist Social Reproduction: Marxists Feminists Essays (2019).



21 abril, 2022

La Unión Europea patrocina el linchamiento del pueblo ruso y de su cultura — Tita Barahona

 


FAI – 21/04/2022


Acabada la II Guerra Mundial y tras el descubrimiento de las horribles torturas y matanzas infligidas por los nazis a judíos, gitanos, socialistas, comunistas, anarquistas, homosexuales y todos los grupos que aquéllos consideraban infra-humanos, una pregunta ha sobrevolado las conciencias de millones de personas en el mundo: ¿Cómo fue posible aquel horror?


Hoy la respuesta se despliega clara ante nuestros ojos –para quienes puedan y quieran abrirlos. Con motivo de la escalada bélica en Ucrania por la intervención directa de Rusia, vemos cómo los gobiernos de la Unión Europea, servidores de Washington y miembros de su organización criminal, la OTAN, están convirtiendo al pueblo ruso –no sólo a su gobierno– en el nuevo judío, contra el cual se están orquestando pogromos(1) histéricos e inauditos.


Los medios a través de los cuales hacen prender en el público el sentimiento rusófobo no difieren en lo esencial de las técnicas de que se sirvió Joseph Goebbles, ministro de propaganda de Hitler, para inocular el antisemitismo y el anticomunismo en el cuerpo civil de Alemania.


Ciertamente, estamos asistiendo a la difusión constante –por prensa, radio, TV e Internet– del primero de los principios del famoso decálogo del propagandista nazi: la simplificación del relato y la creación de un "enemigo único" –Vladimir Putin–, al que en este caso se añade un "héroe" que lo enfrenta, Volodymr Zelensky. Si las armas bélicas tienen como objetivo vencer, las "informativas" lo tienen de convencer.


Para que este relato simple de héroes y villanos surta el efecto deseado, la Europa que presume de libertades censura todas las fuentes de información –vinculadas o no a Rusia–, de modo que el público no pueda conocer otra versión de los hechos distinta o complementaria de la que se dicta desde Washington y Londres, a través del gobierno de Ucrania.


Amordazado el "enemigo", al que se acusa de difundir "propaganda", opera a pleno rendimiento la que emiten los medios occidentales. Decir "medios de comunicación" es ya más que un eufemismo. Como se sabe, hace tiempo que las guerras no solo se dirimen en el campo de batalla, sino también en la esfera mediática, ya sea la privada –propiedad de corporaciones– o la pública –pagada con nuestros impuestos–, pero siempre al servicio del mismo amo.


Así que, más que de comunicación, es mucho más acertado hablar de medios de manipulación de masas, porque ya contamos con pruebas suficientes que lo avalan.


Sean medios públicos o privados, el resultado es el mismo: parcialidad, manipulación de imágenes y subtítulos, ocultación de información fundamental, tergiversación intencionada de los hechos; todo ello aderezado con la demonización del “enemigo” ("tirano", "loco", "dictador"…). Y entre medias, muchas mentiras que, como dijo Geobbles, repetidas hasta la saciedad se convierten en verdad. No es nada nuevo: la misma estrategia aplicaron cuando EEUU intervino militarmente en Afganistán, Yugoslavia, Irak, Libia, Siria, por citar los casos más recientes.




Pero esta vez, con el tema de Ucrania, se están alcanzando cotas difícilmente superables. Sabemos que en EE.UU. llevan años difundiendo el odio a Rusia o rusofobia dentro del país (cualquier traspiés de los demócratas, estos lo achacan a la «injerencia del Kremlin»). También sabemos, aunque es uno de los hechos que deliberadamente “nuestros medios” ocultan, que Rusia lleva tiempo rodeada en su frontera occidental por bases de la OTAN, con misiles que apuntan a su territorio.


No contentos con estas medidas de claro carácter ofensivo, los gobiernos de la Unión Europea, siguiendo a su amo estadounidense, están poniendo en vigor políticas de corte neo-fascista que, aparte de la censura mediática, consisten en el señalamiento, la cancelación, la elaboración de listas negras de periodistas y otras personas que en las redes sociales publican información que diverge del relato oficial. E incluso, bajo el paraguas de la persecución de los “delitos de odio”, del espionaje o la “propaganda rusa”, se ha puesto en marcha una suerte de Gestapo que está deteniendo a supuestos “disidentes”. Tenemos a un periodista español encarcelado e incomunicado en Polonia, Pablo González, del que seguramente usted no ha oído hablar.


Que vivimos en un sistema casi-totalitario se puede afirmar ya sin reparo.


En 2014, Ucrania fue objeto de un golpe de Estado –el llamado Euromaidan– auspiciado por EEUU y la OTAN contra el gobierno democráticamente elegido de Viktor Yanukovich. Se sirvieron de los grupos neo-nazis existentes en el país, a los que armaron, para crear el caos y que Washington pudiera instalar en el poder a un candidato de su conveniencia (Petro Poroshenko, asimismo de simpatías neo-nazis), mientras Joe Biden, entonces vicepresidente con Obama, colocaba a su hijo en el consejo de administración de la empresa ucraniana de gas Burisma Holdings.


La relación de EEUU-OTAN con nazis viene de lejos(2). Poco después de la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial, que no fue obra de EEUU, como nos cuenta la propaganda de Hollywood, sino del ejército rojo de la Unión Soviética, la CIA reclutaba a Mykola Lebed, líder de una milicia nazi ucraniana, que supervisó la tortura y matanza de judíos en Krakow. No fue el único: Wernher von Brown llegó a jefe de la NASA con Kennedy; Walter Hallstein, a presidente de la Comisión Europea; Adolf Heusinger, a jefe de personal de la OTAN; Kurt Waldheim, a secretario general de la ONU; por citar algunos.


El mismo Ronald Reagan, en 1983, dio la bienvenida en la Casa Blanca al nazi ucraniano Jaroslav Stetsko, que estuvo implicado en la masacre de 7.000 judíos en Lviv. A este le dedicó las siguientes palabras: "Vuestra lucha es nuestra lucha, vuestro sueño es nuestro sueño".


Al golpe del Euromaidan de 2014 se resistieron las poblaciones de Crimea y la región del Dombass (repúblicas de Lugansk y Donestk). La primera votó en referéndum volver a Rusia. La segunda, desde entonces, ha sido objeto de ataques repetidos por parte del ejército ucraniano, matando a unas 14.000 personas, niños incluidos. Los acuerdos de Minsk, entre Francia, Alemania, Rusia, Ucrania y las repúblicas del Dombass (2014-15) fueron un intento de pacificación; pero Ucrania los ha violado sistemáticamente.


La guerra en Ucrania no empezó en febrero de 2022, sino en 2014; pero usted no se ha enterado, porque, durante estos 8 años, los grandes medios han guardado silencio. Esos ucranianos no interesaban, ni vivos ni muertos. Y ahora, la propia cadena pública española TVE2 se atreve a decir que el Dombass está "ocupado" por "separatistas rusos". Es decir: a personas que han nacido y residido toda su vida en esa región, el ente público español las llama, con todo el descaro, "ocupas".


De nuevo se trata de algo que sabemos hace tiempo: que escasean cada vez más los periodistas honestos y profesionales, y en su lugar proliferan los simples mercenarios (en muchos casos en nómina de servicios de inteligencia).


El gobierno salido del golpe de Estado en Ucrania prohibió todas las lenguas que se hablaban en el país, especialmente el ruso; ejerció una furiosa represión contra los disidentes, ilegalizó al Partido Comunista –recientemente a 11 partidos más–; ensalzó al colaboracionista nazi Stepan Bandera, ascendido a la categoría de héroe nacional, mientras convertía el país en un fango de corrupción y miseria (país más pobre de Europa), provocando la emigración de miles de ucranianos a Rusia y países europeos. Esta era y es la "democracia" ucraniana, que, según nos cuenta la propaganda Otanista, "defiende los valores europeos".


Que nazis hay en todas partes ya lo sabemos, pero no en todas partes están en los gobiernos ni son prominentes en las fuerzas armadas. Batallones como Azov y Centuria, entre otros, de clara ideología neo-nazi, que no ocultan, son columna vertebral del ejército ucraniano, a los que la OTAN y la CIA llevan varios años entrenando. Son los que están cometiendo las atrocidades que ellos mismos graban y difunden en redes sociales, como atar a postes a civiles con plástico adhesivo que les cubre de pies a cabeza, golpearlos, humillarlos, pintarles la cara de verde si son gitanos, y dejar que mueran, inmovilizados, de frío e inanición.


Las hazañas de estos nazis no se las muestran los grandes medios de propaganda bélica Otanista. Es más, niegan su existencia los mismos que hace unos años nos hablaban de ellos. Y son estos nazis y su actual presidente a los que la Unión Europea está armando hasta los dientes, invirtiendo el dinero de nuestros impuestos, no en sanidad, educación, investigación…, sino para que Ucrania –que es un simple peón– le haga la guerra a Rusia de parte de EEUU-OTAN(3). Y aún el «héroe» Zelensky le acaba de pedir a la Unión Europea que le dé 7.000 millones de dólares al mes para pagar salarios, cuando él tiene una fortuna blindada en paraísos fiscales. Pero en el El País se preguntan si no será «el nuevo Moisés bíblico». El grado de ridículo supera incluso al de manipulación.


Es más, en los países europeos, que presumen de democracia, la intervención en esta guerra ni siquiera ha sido votada en los parlamentos, no digamos sometida a referéndum. Nos han metido en una guerra cuyas consecuencias pagaremos los de siempre: las clases trabajadoras. Pero, para eso está la propaganda: para hacernos sentir contentos de empobrecernos para que "se fastidie Putin". Algunos mandatarios, como el italiano Mario Draghi, han llegado a tal grado de miseria moral, que nos pide elegir entre «tener paz o aire acondicionado encendido».


Si bochornoso ha sido el espectáculo del parlamento español aplaudiendo la intervención telemática del "héroe" Zelensky, al unísono, incluida la bancada que pasa por ser "la izquierda" (en otros parlamentos europeos, como el Griego, queda aún algo de dignidad), más bochornosa si cabe está siendo la actuación del jefe de la diplomacia europea, agitando rabiosamente el odio a Rusia, diciendo que "esta guerra se gana en el campo de batalla", cuando su labor debería ser buscar una solución pacífica, dialogada, al conflicto. Valiente diplomacia la que ejerce el millonario Josep Borrell, perrillo faldero del señor Biden.


Llamamientos a donar para ayuda del pueblo ucraniano, que sufre las "atrocidades de Putin". Sanciones económicas a Rusia, que, en todo caso dañarán a su población; condenas del Consejo de Seguridad de la ONU, llamamientos a poner a Putin ante el Tribunal de la Haya por "crímenes de guerra" por parte de una potencia, EEUU, que es responsable de los mayores crímenes de guerra que se han cometido en el último medio siglo y nunca han sido condenados ni juzgados; es más, EEUU no forma parte de ese tribunal e incluso se ha atrevido a amenazar a sus jueces para que no investiguen sus crímenes.


Ni llamamientos, ni condenas, ni peticiones similares se han hecho en el caso de otras invasiones militares, que han dejado mucha más muerte y destrucción: Afganistán, Irak, Libia, Siria, Somalia, Yemen…. En Mali, recientemente, el ejército francés bombardeó un cortejo de boda, matando a 19 civiles; Marruecos está machacando al pueblo saharaui, con la vergonzosa connivencia del gobierno de España. El Estado de Israel prosigue el genocidio del pueblo palestino, que no tiene ejército. Mientras escribimos estas líneas, está atacando a los fieles congregados en la mezquita de Al-Aqsa y bombardeando los alrededores de Damasco. Solo el año pasado Israel mató a 354 palestinos, entre ellos 76 niños. Pero no fue suficiente para que lo suspendieran del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, como han hecho con Rusia, ni se le han impuesto sanciones. Ya sabemos: es protegido de EEUU.


La sanciones a Rusia no dañan la economía rusa como EE.UU desearía; dañan la economía europea, pero la Unión Europea está dispuesta a pegarse un tiro en el pie, a sacrificar a su propia población trabajadora provocando el deterioro de sus condiciones de vida y recortes en servicios sociales, para favorecer a EE.UU, que nos venderá su gas –obtenido de fracking– un 40% más caro que el ruso y más contaminante. Pero ya tienen el chivo expiatorio al que echar la culpa de todas las calamidades que nos vendrán encima, el mismo que ha estado utilizando EEUU en los últimos años: todo será culpa del «malvado Putin».


LA RUSOFOBIA DESATADA… ¿CANCELARÁN TAMBIÉN A TOLSTOI Y DOSTOYEVSKY?



La demonización del presidente de la Federación Rusa se extiende a todo su pueblo. Lo nunca visto: cancelación de todas sus manifestaciones culturales (teatro, ballet clásico, conciertos, literatura, ciencia, deportes, cine…). La enorme cultura rusa tachada de un plumazo. Algunas universidades quieren hacer piras con los libros de Dostoyevsky, Tolstoi, Gorki… Me pregunto si la Filmoteca Nacional eliminará también las películas del maestro del cine, Sergei Eisenstein. La neo-Gestapo europeo-estadounidense extorsiona a los países del mundo para que se sumen a las sanciones a Rusia, así como a los ciudadanos rusos que viven fuera de su país a declararse contrarios al gobierno ruso si quieren conservar sus trabajos. En Finlandia han llegado al extremo de negarse a operar a un jugador de hockey ruso. A ver si esto no es un auténtico programa de exterminio.


La rama española de esta neo-Gestapo está cancelando las cuentas bancarias de civiles rusos que tienen permisos de residencia y trabajo, de modo que ni siquiera pueden pagar las facturas de sus consumos básicos. Algunos "refugiados" traídos de Ucrania ya están empezando a agredir por la calle a personas que oyen hablar ruso, los escaparates de comercios rusos aparecen con pintadas xenófobas, los niños rusos son agredidos por sus compañeros en los colegios… El pogromo en toda su virulencia, mientras se hace tabla rasa de los crímenes de lesa humanidad cometidos por EEUU, Reino Unido, Francia y otros países "aliados" en varias partes del mundo, en el pasado y en el presente.




Nuevos pogromos para los nuevos apestados. La Europa que dice combatir los "delitos de odio" está expandiendo el odio étnico y cultural, la rusofobia, por todo el orbe de lo que llaman "el mundo civilizado". La Unión Europea, en su servilismo al capitalismo e imperialismo estadounidenses, se está convirtiendo en un ente neo-fascista y esto tendrá serias consecuencias.


En este mundo del blanco y el negro, del "si no estás conmigo, estás contra mí", seguramente me tacharán de ser "pro-rusa". Nada más lejos de la realidad. No siento simpatía por ningún Estado capitalista, incluido el ruso; ni por ningún mandatario de un Estado capitalista, incluido Vladimir Putin. Tampoco se trata de justificar una guerra por el hecho de que haya otras; sino de llamar la atención sobre el doble rasero aplicado por EEUU-EU-OTAN, con sus medios de propaganda, y la deriva fascista a que nos está conduciendo. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.


(Publicado en Canarias Semanal, el 18 de abril de 2022)


Notas:


(1) Pogromo es la palabra que se utiliza para designar el linchamiento multitudinario –espontáneo o premeditado– de un grupo humano en particular. Durante siglos, en los reinos de confesión cristiana, fueron los judíos las víctimas de numerosos pogromos, alentados sobre todo por el clero, cuya propaganda antisemita consistía principalmente en señalarlos como los "asesinos de Cristo".


(2) Lo cuenta el periodista de investigación Christopher Simpson en su libro Blowback: America’s Recruitment Of Nazis And Its Effects On The Cold War, Weidenfield & Nicolson, 1988. Véase también https://www.voltairenet.org/article216408.html


(3) Ellos mismos lo reconocen abiertamente. Eliot A. Cohen, que fue consejero de la Secretaria de Estado Condoleezza Rice (2007-09) durante el mandato de George W. Bush, ha dicho, en un artículo de la revista The Atlantic, que la de Ucrania es una guerra indirecta entre EEUU y Rusia, que incluye guerra económica y guerra informativa.



30 diciembre, 2021

Cuando las críticas razonadas se convierten en "fobias" — Tita Barahona

 


Canarias Semanal.org – 12/12/2021


Hemos señalado en alguna otra ocasión que cuanto más avanza la desigualdad social en los países del centro capitalista, más se preocupan las elites dirigentes en reforzar la política de las identidades, que implica una supuesta defensa de los derechos de mujeres, homosexuales, poblaciones indígenas, minorías raciales, personas transexuales, discapacitadas, grupos religiosos, etc., obviando que dentro de cada uno de estos grupos hay diferencias de clase (económicas, educativas, residenciales, entre otras).


Aunque es lamentablemente cierto que existe la discriminación por sexo, edad, nacionalidad, orientación sexual, etc., el hecho de convertirlas en identidades y poner el acento en ellas tiene por finalidad obscurecer la estructura clasista en la que se sustenta el sistema capitalista. Y son precisamente los partidos llamados progresistas, de influencia posmoderna, que pasan por ser la “izquierda” del espectro político institucional, los abanderados de esta tendencia (en otros lugares llamada woke).


Una tendencia que está llevando a excesos tanto de censura descarada como de manipulación mediática y simplificación de temas que son complejos y tienen, por tanto, distintos niveles de análisis. Así, censurar actos, charlas, libros, cuentas en redes sociales, etc., se está convirtiendo en un deporte nacional –llamado “cultura de la cancelación”– en países como Reino Unido, Estados Unidos o Canadá, y que se extiende como mancha de aceite al resto del mundo.


Se trata de una “cultura de la cancelación” que incluye la quema de libros, por si pensábamos que los tiempos de la Inquisición habían pasado a la historia. En algunas escuelas católicas de Canadá se llegaron a quemar, en 2019, varios miles de ellos, incluidos tebeos de Astérix y Tintín, por considerarse que propagaban estereotipos sobre las poblaciones indígenas. Esto en un país cuyos grupos indígenas sufren todavía una notable discriminación.


La racha de los índices expurgatorios ha llegado también a Cataluña, donde bibliotecas de colegios han depurado cuentos tradicionales como Caperucita Roja, por sexistas, mientras el colmo del sexismo, la pornografía, sigue libre llegando a los móviles de niños y adolescentes. En Reino Unido, grupos de “transactivistas” quemaron los libros de Harry Potter, porque su autora fue acusada de “tránsfoba” por decir públicamente que el sexo (varón-mujer) existe.


Canadá volvió a reabrir el debate sobre los excesos de esta “cultura de la cancelación”, cuando en noviembre pasado el Consejo Escolar de Toronto suspendió el acto en el que la Premio Nobel de la Paz de 2018, Nadia Murad, iba a presentar su libro titulado “Yo seré la última: Historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico”. El motivo alegado fue que podía ofender a los alumnos musulmanes.


La presentación del libro de Murad pudo enseñar a esos alumnos musulmanes los horrores a los que pueden conducir ciertas interpretaciones de los “textos sagrados”. Sin embargo, se dio más prioridad a no “ofender” a musulmanes que a la exposición y denuncia de las ofensas a las que Nadia Murat fue sometida por ser mujer y yazidí. La censura de su charla añadió una ofensa más, pero esta vez en nombre del “progresismo” y la “inclusividad” ¿Cabe mayor irracionalidad?


Porque, vamos a ser serios: en todas las religiones hay grupos fundamentalistas, pero no todas las personas que las profesan lo son y, es más, pueden llegar a ser firmes opositoras de esos fundamentalismos. Esto parece ignorarse. Es como si una conferencia sobre el Opus Dei o los Legionarios de Cristo se cancelara con la excusa de que podría ofender a los cristianos, u otra sobre los judíos ortodoxos (donde la situación de las mujeres no es mejor que en ambientes islamistas) sobre la base de que podría ofender a todos los judíos.


Sin embargo, ahora resulta que cualquier crítica a los excesos del fundamentalismo islámico, como el que hoy gobierna en Afganistán, es fomentar la “islamofobia”. Así lo consideraba hace poco un artículo de El País, en el que se trataba de justificar el uso del burka y veía sospechosas motivaciones “ideológicas” en la difusión de las fotografías que muestran cómo vestían muchas mujeres en Kabul en la década de 1970, cuando no había códigos de vestimenta obligatorios como en la actualidad.


Es la misma postura que contempla como “empoderante” el uso del hiyab aun cuando vemos que muchas jóvenes de familias musulmanas lo llevan no por convicción sino por presión familiar y comunitaria. Pero no critique o no opine usted sobre este tipo de coacciones, que sufren solo las mujeres, porque los y las “progres” la tacharán de “islamófoba” y de hablar desde el “privilegio” de ser “mujer blanca”, aunque recién la hayan desahuciado o no tenga suficiente para alimentar a sus hijos.


Y es la misma lógica -si se puede llamar así- que censura o silencia cualquier postura crítica con las leyes de la “identidad de género” (o leyes trans) estampando el sello de “transfobia”; la que obliga a dejar sin subvenciones a refugios para mujeres maltratadas o víctimas de violencia sexual porque en ellos no se admite a “mujeres con pene” -como ha ocurrido en algunos países-; la que impide que se publiquen leyes prohibiendo la ablación del clítoris porque también "ofende" al colectivo trans. Las ofensas a las mujeres más vulnerables no cuentan.


Por no “ofender” a las personas trans, "no binarias", "dos-espíritus", "poliamorosas" y todas las demás identidades de nuevo cuño, inventadas para dar de comer a ciertas industrias, ya no se puede hablar de varones y mujeres, sino de “personas gestantes”, “personas inseminantes” y otros neologismos similares, que, si no los aceptas, serás una “tránsfoba”.


Las asociaciones que componen el lobby trans han llegado al extremo de pedir a los biólogos que cambien el nombre a las llamadas células-madre (ofende también). Y en el museo de Ciencias Naturales de Londres han logrado que sus directivos prometan cambiar el módulo sobre la reproducción humana –titulado “¿Niño o Niña?”–, porque no es una “narrativa inclusiva”.


Que todo esto es un despropósito lo saben muchas personas de todas las orientaciones políticas; pero lo peor es que el reconocerlo abiertamente se está dejando a los medios de la derecha y ultraderecha; porque el resto cierra la puerta a cualquier cuestionamiento, debate o disentimiento con la postura “oficial” del progresismo woke, al que se adhiere, que ve fobias (miedos irracionales) donde sólo hay razonamientos.


Así le resulta muy fácil a ese progresismo woke (licuado posmo-socioliberal en que se ha convertido la “izquierda”) asimilar las posturas críticas con el islamismo o el transgenerismo con la ultraderecha, del mismo modo que hace con quienes cuestionan al actual gobierno, “el más progresista de la historia”, a imitación de lo que ocurre en EE.UU, donde las élites demócratas gobernantes tachan de “pro-Trump” a todo quisque que ose poner en cuestión sus políticas.


Las y los anticapitalistas, quienes luchamos por una auténtica transformación social, debemos denunciar alto y claro este tipo de manipulaciones, preguntarnos quiénes se están beneficiando de esta llamada “cultura de la cancelación”, a dónde nos dirige, a qué intereses está sirviendo realmente, cuando vemos que la voz de la sensatez se está arrinconando en un terreno muy peligroso, que es el del fascismo.