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26 octubre, 2018

La patología del lucro y el planeta desechable ——— Michael Parenti




Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Hace algunos años, en Nueva Inglaterra, un grupo de ecologistas preguntó a un ejecutivo corporativo cómo podía justificar su empresa (una fábrica de papel) el vertido de sus aguas residuales sin tratar a un río cercano. El río –que la Madre Natura había tardado siglos en crear– se utilizaba como agua potable, para pescar, pasear en bote y natación. En pocos años la fábrica de papel lo había convertido en una cloaca abierta altamente tóxica.

El ejecutivo se encogió de hombros y dijo que el vertido al río era la manera más económica de eliminar los desechos de la planta. Si la empresa tuviera que absorber el coste adicional de tratar el agua, podría perder su ventaja competitiva y entonces tendría que cerrar o irse a un mercado laboral más barato, lo que llevaría a una pérdida de puestos de trabajo para la economía local.

Libre mercado sobre todo

Era un argumento familiar: a la empresa no le quedaba otra alternativa. Se veía obligada a actuar de esa manera en un mercado competitivo. El negocio de la fábrica no era proteger el medioambiente, sino obtener un beneficio, el mayor beneficio posible, la rentabilidad más elevada. Beneficio es el nombre del juego. El propósito decisivo de los negocios es la acumulación de capital.

Para justificar su inquebrantable ansia de beneficios, EE.UU. corporativo promueve la clásica teoría del laissez-faire, que afirma que el libre mercado –un conglomerado de empresas no reguladas y desbocadas que persiguen ávidamente sus propios objetivos– está gobernado por una benévola “mano invisible” que produce milagrosamente resultados óptimos para todos.

Los partidarios del libre mercado tienen una fe profunda, permisiva, en el laissez-faire, porque es una fe que les resulta muy útil. Significa que no hay supervisión gubernamental, que no tienen que rendir cuentas por los desastres ecológicos que perpetran. Como codiciosos niños consentidos, son rescatados una y otra vez por el gobierno (¡vaya mercado libre!), para que puedan seguir tomando riesgos irresponsables, saqueando la tierra, envenenando los mares, enfermando a comunidades enteras, devastando regiones completas y embolsando ganancias obscenas.

Este sistema corporativo de acumulación de capital trata los recursos que sustentan la vida de la Tierra (tierras arables, aguas subterráneas, zonas húmedas, follajes, bosques, pesquerías, fondos del océano, bahías, ríos, calidad del aire) como si fueran ingredientes desechables presuntamente ilimitados que se pueden consumir o envenenar a voluntad. Como BP demostró a la perfección en la catástrofe del Golfo de México, las consideraciones del coste tienen un peso muy superior a las consideraciones de seguridad. Como concluyó una investigación del Congreso de EE.UU.: “Una y otra vez, se evidencia que BP tomó decisiones que aumentaron el riesgo de un reventón para ahorrar tiempo o dinero a la compañía”.

Por cierto, la función de la corporación transnacional no es promover una ecología sana, sino extraer tanto valor comercializable del mundo natural como sea posible, incluso si ello significa tratar el entorno como una letrina. Un agresivo capitalismo corporativo en permanente expansión y una ecología frágil, finita, van por un calamitoso camino de colisión, hasta el punto que ponen en peligro los sistemas básicos de toda la ecosfera, la delgada capa de aire fresco, agua y capa vegetal de la Tierra.

No es verdad que los intereses políticos-económicos lo nieguen. Es peor aún: han mostrado un antagonismo directo frente a quienes piensan que nuestro planeta es más importante que sus beneficios. Por lo tanto difaman a los ecologistas como “ecoterroristas”, “Gestapo de la EPA” [EPA=Agencia de Protección Ambiental de EE.UU., N. del T.], “alarmistas del Día de la Tierra”, “abraza-árboles” y creadores de “histeria verde”.

En una enorme desviación de la ideología de libre mercado, la mayoría de las deseconomías del gran capital se descargan sobre la población en general, incluidos los costes de eliminar desechos tóxicos, controlar la producción, eliminar residuos industriales (que componen entre 40 y 60% de las cargas tratadas por las plantas municipales de alcantarillado financiadas por el contribuyente), el coste de desarrollar nuevas fuentes de agua (mientras la industria y la agroindustria consumen un 80% del suministro diario de agua de la nación) y los costes de tratar la enfermedad y los daños causados por toda la toxicidad creada. Mientras transfiere regularmente al gobierno muchas de esas deseconomías, el sector privado alardea de su rentabilidad superior en comparación con el sector público.

Los super ricos son diferentes

¿No amenaza la salud y la supervivencia de los plutócratas corporativos el desastre ecológico tal como lo hace con nosotros, ciudadanos de a pie? Podemos comprender los motivos por los cuales los ricos corporativos pueden querer destruir las viviendas sociales, la educación pública, la seguridad social, Medicare y Medicaid. Recortes semejantes nos acercarían más a una sociedad de libre mercado desprovista de los servicios humanos “socialistas” financiados con fondos públicos que los reaccionarios ideológicos detestan, y recortes semejantes no privarían en nada a los super ricos y sus familias. Los súper ricos tienen más que suficiente riqueza privada para procurarse cualquier servicio y protección que necesiten.

Pero el medio ambiente es algo diferente, ¿verdad? ¿No habitan los reaccionarios acaudalados y sus lobistas corporativos en el mismo planeta contaminado que todos los demás? ¿No comen los mismos alimentos plagados de químicos e inhalan el mismo aire envenenado? En realidad no viven exactamente como los demás. Viven en una realidad diferente, a menudo residen en sitios en los que el aire es mucho mejor que en áreas de bajos o medianos recursos, tienen acceso a alimentos cultivados orgánicamente, especialmente transportados y preparados.

Los vertederos tóxicos y las autopistas del país generalmente no están situados dentro o cerca de sus ostentosos vecindarios. De hecho, los súper ricos no viven en vecindarios propiamente dichos. Usualmente viven en zonas con áreas arboladas, arroyos, praderas y sólo unas pocas calles de acceso bien controladas. Sus árboles y jardines no se fumigan con pesticidas. Las talas indiscriminadas no arrasan sus ranchos, tierras, bosques familiares, lagos y centros de vacaciones de primera.

A pesar de todo, ¿no deberían temer la amenaza de un apocalipsis ecológico provocado por el calentamiento global? ¿Quieren que la vida en la Tierra, incluidas sus propias vidas, se destruyan? A largo plazo, ciertamente se estarán condenando ellos mismos junto con todos los demás. Sin embargo, como todos nosotros, no viven a largo plazo, sino solo en el presente. Y lo que está en juego ahora mismo para ellos es algo más cercano y más urgente que la ecología global; los beneficios globales. La suerte de la biosfera parece una abstracción remota en comparación con la suerte de sus propias –y enormes– inversiones.

Con el ojo puesto en las pérdidas y ganancias, los dirigentes del gran capital saben que cada dólar que una compañía gasta en asuntos estrafalarios, como la protección medioambiental, es un dólar menos en sus ganancias. Distanciarse de combustibles fósiles y orientarse hacia la energía solar, eólica y mareomotriz podría ayudar a evitar el desastre ecológico, pero seis de las diez principales corporaciones industriales del mundo están involucradas primordialmente en la producción de petróleo, gasolina y vehículos a motor. La contaminación debida a los combustibles fósiles supone miles de millones de dólares en ingresos. Los grandes productores están convencidos de que las formas ecológicamente sustentables de producción amenazan con comprometer esas ganancias.

Las ganancias inmediatas para sí mismos son una consideración mucho más apremiante que una futura pérdida compartida por la población general. Cada vez que uno conduce su coche, sitúa su necesidad inmediata de llegar a algún sitio por encima de la necesidad colectiva de evitar la contaminación del aire que respiramos todos. Lo mismo pasa con los grandes protagonistas: el coste social de convertir un bosque en un páramo tiene poco peso en comparación con la ganancia inmensa e inmediata que proviene de la recolección de la madera y del logro de un buen montón de dinero. Y siempre se puede justificar mediante la racionalización: hay muchos bosques, más de los que la gente puede visitar; la sociedad necesita madera, los leñadores necesitan trabajo, etc.

El futuro es ahora

Algunos de los mismos científicos y ecologistas que consideran que la crisis ecológica es urgente nos advierten de manera algo irritante de una catastrófica crisis climática para “finales de este siglo”. Pero hasta entonces faltan unos noventa años, cuando todos nosotros y la mayoría de nuestros hijos estemos muertos, y por consiguiente, el calentamiento global es un problema mucho menos urgente.

Hay otros científicos que logran ser aún más irritantes cuando nos advierten de una crisis ecológica inminente y luego la postergan aún más. “Tendremos que dejar de pensar en términos de eones y comenzar a pensar en términos de siglos”, dijo un sabio científico citado en The New York Times en 2006. ¿Se supone que esto nos va a poner en estado de alerta? Si una catástrofe global tuviera lugar dentro de un siglo o varios siglos, ¿quién va a tomar hoy las decisiones terriblemente difíciles y costosas cuyos efectos se sentirán dentro de tanto tiempo?

A menudo nos ruegan que pensemos en nuestros queridos nietos, que serán las víctimas de todo esto (una llamada hecha usualmente en tono suplicante). Pero a la mayoría de los jóvenes a los que me dirijo en los campus universitarios les cuesta imaginar el mundo en el que sus inexistentes nietos vivirán dentro de treinta o cuarenta años.

Hay que olvidar semejantes advertencias. No nos quedan siglos o generaciones, ni tampoco muchas décadas antes que llegue el desastre. La crisis ecológica no es una urgencia distante. La mayoría de los que estamos vivos en la actualidad no tendremos probablemente el lujo de decir “después de mí, el diluvio” porque todavía estaremos presentes para vivir nosotros mismos la catástrofe. Sabemos que esto es verdad porque la crisis ecológica ya nos afecta con un efecto acelerado y agravado que pronto podría ser irreversible.


La locura de la codicia

Desgraciadamente, el medio ambiente no se puede defender a sí mismo. Es cosa nuestra protegerlo, o lo que quede de él. Pero todo lo que quieren los súper ricos es seguir transformando la naturaleza viviente en mercancía y la mercancía en capital muerto. Los inminentes desastres ecológicos no tienen mucha importancia para los saqueadores corporativos. No tienen en consideración la naturaleza viviente.

El lucro se hace adictivo. La fortuna incita a aumentarla. No hay límite para la cantidad de dinero que alguien pueda querer acumular, impulsado por la auri sacra fames, la maldita sed de oro. Por lo tanto, los adictos al dinero se apoderan de más y más, más de lo que pueden gastar en mil vidas de ilimitada indulgencia, impulsados por lo que comienza a parecer una patología obsesiva, una monomanía que borra toda otra consideración humana.

Están más y más ligados a su riqueza que a la tierra en la que viven, más preocupados por la suerte de sus fortunas que por la suerte de la humanidad, tan poseídos por su afán de de beneficios que no ven el desastre que amenaza. Hubo una caricatura del New Yorker que mostraba a un ejecutivo corporativo parado ante un atril dirigiéndose a una reunión empresarial con estas palabras: “Y así, cuando el escenario del fin del mundo esté plagado de horrores inimaginables, creemos que el período antes del fin estará repleto de oportunidades de beneficios sin precedentes”.

No es un chiste. Hace años señalé que los que negaban la existencia del calentamiento global no cambiarían de opinión hasta que el propio Polo Norte comenzara a derretirse. (Nunca esperé que realmente comenzara a derretirse durante mi vida.) Hoy enfrentamos una fusión ártica que involucra horrendas consecuencias para las corrientes oceánicas del golfo, los niveles del mar en las costas, toda la zona templada del planeta y la producción agrícola del mundo.

Por lo tanto, ¿cómo reaccionan los capitanes de la industria y de las finanzas? Como era de esperar: como especuladores monomaníacos. Escuchan la música: aprovechar, aprovechar. Primero, el derretimiento de Ártico abrirá un paso directo al noroeste entre los dos grandes océanos, un sueño más viejo que [la expedición de] Lewis y Clark. Eso posibilitará rutas comerciales más cortas, más accesibles y menos costosas. Ya no habrá que avanzar con dificultad por el Canal de Panamá o por el Cabo de Hornos. Los costes reducidos de transporte significan más comercio y más beneficios.

Segundo: señalan alegremente que el derretimiento abre vastas nuevas reservas petrolíferas a la perforación. Podrán perforar y extraer más del mismo combustible fósil que causa precisamente la calamidad que sobreviene. Más derretimiento significa más petróleo y más beneficios; es el mantra de los libres mercaderes que piensan que el mundo solo les pertenece a ellos.

Imaginad ahora que estuviésemos todos dentro de un gran autobús que circula velozmente por una carretera que termina en una caída fatal por un profundo precipicio. ¿Qué hacen nuestros adictos a las ganancias? Corren frenéticamente por todo el pasillo, vendiéndonos almohadas contra golpes y cintos de seguridad a precios exorbitantes. Ya habían calculado esa oportunidad comercial.

Tenemos que alzarnos de nuestros asientos, colocarlos rápidamente bajo supervisión adulta, correr al frente del autobús, apartar rápidamente al conductor, agarrar el volante, reducir la velocidad del autobús y dar media vuelta. No es fácil, pero todavía puede ser posible. En mi caso, es un sueño recurrente.

30 diciembre, 2017

Y así, hasta el impacto final






"Cuanto más desagradable se vuelve la realidad, menos personas quieren asumirla, y más quieren evadirse cotilleando sobre ridículos pseudoeventos protagonizados por celebridades. Esas son las distracciones de una civilización agonizante (...) Más que la raza, la clase, la fe o la política, es hoy la cultura lo que fracciona la sociedad en dos partes antagónicas que ya no hablan la misma lengua: las víctimas de una cultura masiva, iletrada, peterpanesca, y una minoría letrada y marginalizada". Chris Hedges
“No es que al planeta le quede poco tiempo, es que a la especie humana le queda, de seguir un cuarto de hora más así, poco tiempo en el planeta”. Luis López
“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”. (Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809)


07 noviembre, 2017

Lo que arrasa los pueblos se llama capitalismo - Ricardo Candia Cares



31/03/2015
¿Y después de ver las imágenes de la gente atrapada más que por el lodo, por el desprecio, el olvido y la explotación, es posible creer que el odio es un sentimiento al que no tenemos derecho?

¿Luego de ver a mujeres temporeras atrapadas en modernos cepos, esclavizadas lejos de sus familias, arracimadas en barracones no más decentes que un muladar, explotadas por mezquinos pesos, no vale suplicar a la naturaleza por un cataclismo que extermine la codicia, el egoísmo y la barbarie en todas sus formas?



Lo que más emputece es que esas aguas enrabiadas no se lleven a los poderosos responsables inmediatos de los efectos mortales del expolio de la tierra.

Enerva que no sea posible aún que por cada desgracia que se paga puntual mediante el sufrimiento de los más desposeídos, no haya como contraparte un lodazal que sepulte para siempre a los malditos que han creado las condiciones para todas las tragedias.



Y apena que la ingenuidad de la gente, tan mortal como las avenidas de los ríos que solo cumplen con exigir que el lugar que la tierra les ha reservados desde miles de años, no desaparezca con las avalanchas, los tsunamis o los terremotos.

Estas desgracias no pueden ser adjudicadas a las variables de la naturaleza como quieren hacer creer para ocultar la responsabilidad del Estado en la prevención y la consideración racional y cuerda del territorio.




Cada una de las inclemencias naturales es tan propia de la tierra, como el cielo y las nubes. Y han hecho sus caminos con la calma que solo estampan las edades misteriosas que no caben siquiera en la imaginación. Utilizadas con fines ajenos al dictado irrevocable de la naturaleza, las aguas no hacen más que exigir lo suyo.



El capitalismo no tiene respeto sino por las ganancias. Para esta lepra del siglo la tierra y sus maravillosos accidentes no son sino lugares susceptibles de ser arrasados para extraer materias que son de manera simultánea de felicidad y tragedia. La diferencia la pone el número de afectados: el disfrute de un puñado de sujetos, equivale a la maldición de millones de seres humanos.



Espoloneados con símbolos que no valen sino el trapo en que se dibujan, la gente intenta ponerse de pie relevando sus reservas sobre exigidas de tolerancia. El Estado brilla solo en el relumbre de las armas que se despliegan para advertir que los reclamos deberán cursar por el entramado artificial y estéril de las ventanillas que tienen la capacidad de amortiguar la rabia. Todo el resto es susceptible del gatillo fácil de los soldados que históricamente han puesto lo suyo con buena puntería contra el pobrerío.



Arrecian las campañas solidarias que suplantan las responsabilidades de quienes se suponen con el deber de cuidado, de velar por el bien público, y por la seguridad de la población. De a poco, la solidaridad ancestral de la gente víctima de la inercia y de complicidad criminal de las autoridades, van juntando lo esencial para sobrevivir.

Cerca de ahí, agazapados, los vivos y tramposos de siempre ya sacan cuentas de los negocios que se vienen con la eterna reconstrucción, la especulación con los artículos de primera necesidad y la desesperación de la gente desamparada.

Cual aves carroñeras, ya dispondrán de sus planes para ver donde hiede más, por donde vendrá el mejor negocio.



Las tragedias que con una frecuencia abismante paga al contado el pueblo llano, no son casualidades adjudicables a la alineación maléfica de los planetas, ni a la irritación de un dios vengativo. Son claramente responsabilidad de una forma de construir un país librado al caos inhumando del capitalismo más desvergonzado.

Casi toda muerte no natural, si se mira bien, tiene su raíz en la manera en que se ordenan explotados y explotadores en la copia feliz del edén.



Cada hombre y mujer de trabajo se expone cada día al riesgo de condiciones laborales desamparadas, a una salud vergonzante, a un transporte urbano zoológico, un sistema de pensiones miserables, y a una tan vasta como inexpugnable red de conspiraciones secretas para esquilmarla, mediando un miserable sueldo.

Cuando el capitalismo no mata por la explotación inmisericorde, lo hace por la bala del custodio uniformado. Y ahora por estas calamidades de las que no se va a saber nunca qué venenos diseminó en esos barros metalizados causantes de cánceres y malformaciones.

Las razones de Estado, herramienta de sinvergüenzas y criminales, ocultarán  más que el lodazal,  la verdad de la tragedia.


01 noviembre, 2016

Capitalismo y catástrofe - Ciro Mesa Moreno





El estado de excepción en el que vivimos: la regla
W. Benjamin

I

“Catástrofe” no indica aquí el colapso de la sociedad capitalista. Así entendido, el concepto resulta acrítico, apologético, ya que una teoría del derrumbe del capitalismo, aun a su pesar, proyecta sobre el proceso histórico un sentido del que carece. Para afilar críticamente el concepto se hace necesario referirlo al proceso de devastación de la tierra y los trabajadores que, según Marx, es inherente al funcionamiento “normal” de la sociedad capitalista. Así, “catástrofe” no señala el derrumbe del vigente sistema social, sino la maldición que el poder del capital, a través de su propia perpetuación, proyecta por la naturaleza externa e interna, la vida dañada de tantas maneras, la desposesión y aniquilación de etnias y culturas. No el desastre del capitalismo que colapsa, sino del mundo desolado por la valorización del valor.

Pensar así lo catastrófico requiere suspender la resonancia temporal que late en la palabra; suspender la referencia a sucesos que alteran repentinamente el curso regular de las cosas. Se trataría, más bien, de indicar el desastre como una característica estructural, permanente, sistémica, de la propia forma capitalista de mediación social. De pensar la catástrofe, como “el elemento vital del capitalismo” (Rosa Luxemburg). No el derrumbe final, ni las crisis que alteran la anómala normalidad de la acumulación, sino esa normalidad misma seria lo catastrófico. Como enseñó W. Benjamin, que la cosa siga igual, que todo siga su marcha, es la catástrofe.

La asociación de representación de la catástrofe con la cotidianidad del funcionamiento normal de la sociedad capitalista tiene un sentido crítico. Al dominio del capital le es inherente la peculiaridad de imponerse a través de constricciones impersonales, de prácticas e interrelaciones racionalizadas técnicamente por mediciones temporales abstractas. De ahí que lo catastrófico de su funcionamiento cotidiano se naturalice y tienda a ocultarse en lo inaparente. Lo propiamente desastroso para el pensamiento crítico sería volverse ciego al espanto normalizado. Lo ocultado por esa naturalización —“ideológica” en sentido estricto— puede iluminarlo la noción critica de catástrofe.

II

El vínculo entre capital y catástrofe esta sellado desde el principio. Ciertamente, mientras el opio de la religión del progreso (Gramsci) mantenga adeptos, mientras se quiera fetichizar lo existente desde las pequeñas ventajas que algunos crean poder disfrutar hoy, será oportuno recordar, como Derrida en 1995, que “jamás [como ahora] la violencia, la desigualdad, la exclusión, la hambruna y, por tanto, la opresión económica han afectado a tantos seres humanos, en la historia de la tierra y de la humanidad”. Pero, junto a esto, habrá que recordar también que la catástrofe está instalada en el capitalismo desde el origen y como origen. Recordar que la “dislocación del mundo” tan notoria en el actual “turbo‐capitalismo” de los mercados financieros globales no es una deriva excepcional o una desviación, sino algo inherente a la forma capitalista de mediación social.


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