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10 agosto, 2022

DESASTRE AUTOINFLIGIDO

 



"Si bien el colapso del sistema financiero internacional ya se está produciendo, sus efectos, hasta ahora, no se han sentido completamente, definitivamente no en los EEUU y ni siquiera en la UE. Una vez que la magnitud de este desastre autoinfligido se vuelva absolutamente innegable, incluso para la "prensa libre" neoconservadora, las cosas en Occidente comenzarán a cambiar políticamente. De modo que, no es momento de especular, sino de observar el desarrollo de los acontecimientos".


The Saker



17 diciembre, 2020

EL ESTADO DE ALARMA, INSTRUMENTO DE CONTROL SOCIAL A LAS PUERTAS DE UN CATACLISMO — Ángeles Maestro




Red Roja - 29/11/2020


Radios, periódicos y televisiones vomitan a todas horas datos y más datos, la mayoría incomprensibles y carentes del mínimo rigor.


Tras nueve meses de pandemia, con los servicios sanitarios otra vez al borde del colapso sin que se haya tomado medida significativa alguna –que no sea el confinamiento– para enfrentar una situación absolutamente previsible, y mientas las expectativas vitales se derrumban en los barrios obreros y para decenas de miles de pequeños y medianos empresarios, tenemos el derecho de afirmar que la estrategia del gobierno central, y de todos los gobiernos autonómicos, se dirige a utilizar todo tipo de instrumentos de control social y de represión contra previsibles revueltas populares.


La respuesta a la crisis: una gigantesca destrucción de capital al servicio de la oligarquía financiera y de las multinacionales de la energía


Aún no sabemos de dónde surgió el virus, pero sí sabemos que antes de que apareciera ya estaban encendidas todas las alarmas del estallido de una gran crisis y de que la situación social era explosiva en muchos países. En el caso del reino de España, "siendo un país rico, vive en situación de pobreza generalizada" afirmaba a principios de 2020 el Relator de la ONU para la Pobreza[1].


Como en todas las crisis capitalistas, y esta es de gigantescas proporciones, la destrucción de capital sigue su curso arrasador barriendo de la escena masivamente pequeñas y medianas empresas[2]. También como ocurre en las crisis, los bancos aceleran los procesos de concentración aderezados con la compra a precio de saldo de lo poco que queda de banca pública con la complicidad directa del Gobierno, como fue el caso de Bankia y con los correspondientes despidos masivos, al tiempo que se constituyen en administradores del crédito procedente de la UE.


En un escenario de empobrecimiento masivo y de hundimiento del modelo económico del turismo y del ladrillo, cuando urge abordar la reconstrucción productiva desde posiciones de soberanía, la UE ha decidido que las prioridades son la transición energética hacia una energía más verde y la digitalización. Esas son las condiciones para acceder a los 760.000 millones de euros del fondo de recuperación europeo, es decir, para asegurar a los bancos y a las multinacionales el control de esa ingente cantidad de dinero, negando cualquier soberanía. Todo ello cuando se está destruyendo el poco tejido industrial que queda y no es la contaminación ambiental el principal problema y cuando la digitalización –en manos del capital– servirá para intensificar la destrucción de puestos de trabajo. Es decir, mientras millones de personas se enfrentan a la destrucción masiva de sus condiciones de vida los bancos y las multinacionales, sobre todo las eléctricas y las de la energía se preparan para recibir una lluvia de millones.


A nadie se le oculta que la rápida extensión de la miseria es preludio de grandes explosiones sociales. También es evidente que el Gobierno asiste impasible al desastre que se vislumbra sin adoptar las mínimas medidas para enfrentarlo.


Un cataclismo para la clase obrera y para los sectores populares frente al que no se han tomado las medidas más imprescindibles.


El estupor de los primeros meses ante las duras consecuencias de la epidemia ha dado paso a la constatación del hecho innegable –excepto para quienes se tapan no sólo la boca, sino el cerebro– de que, mientras se multiplican los informes que revelan la causalidad esencialmente social de la pandemia, ni el gobierno "progresista", ni los gobiernos autonómicos han adoptado medidas perentorias imprescindibles, aunque tenían la capacidad legal de hacerlo.

Ni me sitúo en teorías conspiratorias, ni hablo de medidas revolucionarias.

He aquí algunos datos.

. En el ámbito sanitario, el gobierno central y los autonómicos:

No han intervenido recursos –personal e instalaciones– de la sanidad privada, ni de la industria farmacéutica, ni de las empresas fabricantes de material necesario como respiradores, equipo de protección individual o mascarillas para ponerlos al servicio de las necesidades más acuciantes de la población. Las requisas, intervenciones y ocupaciones de empresas privadas estaban previstas en los artículos 8 y 13 del R.D. de Estado de Alarma del mes de marzo[3] y ninguna de ellas ni se adoptó entonces, ni nadie habla de ellas ahora, cuando según ellos mismos dicen, nos encaminamos al colapso sanitario

Cuando desde el inicio de la pandemia se hablaba de enormes carencias de personal en la sanidad, no han tomado medida alguna, ¡en 9 meses! para convocar ofertas públicas de empleo con condiciones laborales dignas. Estas convocatorias deberían servir para incentivar el regreso de las decenas de miles de profesionales sanitarios que emigraron tras encadenar años de contratos basura o para evitar, como está sucediendo, la cascada de bajas por depresión o estrés en una sanidad pública sobresaturada.

No han extendido de facto el derecho a la atención sanitaria a las personas inmigrantes sin papeles que siguen –a pesar de acumular todos los factores de riesgo social– sin tener acceso a la tarjeta sanitaria.

Los gobiernos autonómicos, con la complicidad del gobierno central, han hecho posible que toda la financiación adicional que se dispuso para la sanidad acabara en manos de empresas privadas (Ribera Salud, Indra, Telefónica, Pascual, etc), mediante la subcontratación de servicios diversos.


En el ámbito social, el gobierno central:


Aprobó una medida estrella, el Ingreso Mínimo Vital, cuya inoperancia da idea de lo ocurrido en otros sectores. Tras superar un laberinto burocrático, tarea casi imposible para la inmensa mayoría de las personas solicitantes, más del 60% de cerca de un millón de solicitudes, han sido rechazadas [4].

No se han paralizado los desahucios. Mas de un millón ejecutados desde 2008 [5], y en plena pandemia asiste impasible al drama humano cotidiano de dejar a las personas con menos recursos en la calle. En el Estado español se produce un suicidio cada 2,5 horas[6], buena parte de ellos por causas relacionadas con el desempleo y los desahucios[7]. Mientras, según cifras oficiales, hay 3,5 millones de viviendas vacías, con un importante porcentaje en poder de los bancos que promueven los desahucios.

El 30 de septiembre vencía la moratoria relativa al pago de hipotecas, de alquileres y suministros de agua, luz y electricidad contemplada en anteriores decretos [8]. El nuevo decreto de Estado de Alarma de 25 de octubre no la ha renovado; es decir, los bancos y las grandes multinacionales del agua, la luz y la electricidad tienen vía libre otorgada por el gobierno que "no deja atrás a nadie" para ejecutar nuevos desahucios y para cortar los suministros de bienes indispensables para la supervivencia a quienes de ahogan en la pobreza y en la enfermedad. El pago sólo se aplazó a partir de marzo y ahora llegan los recibos de golpe.

No ha reforzado el sistema educativo, ni para garantizar las más elementales medidas de seguridad, ni para permitir que el alumnado de los barrios obreros –afectados por cuarentenas sucesivas– pueda seguir las clases telemáticamente.

Tras más de 27.000 muertes de personas mayores no se han incautado las residencias privadas convertidas en auténticos "morideros" por obra de una voracidad empresarial que ha actuado y sigue actuando en connivencia con la pasividad de las administraciones. El clamor popular reclamando al Gobierno una Ley que regule el sector no ha tenido resultados[9].

Nada se ha hecho para mejorar la situación de miseria de las personas pensionistas, sobre todo de las mujeres, que además, en muchos casos, resultan ser quienes financian a sus familias. Más de seis millones de personas cobran pensiones inferiores a los 950 euros mensuales. El dato brutal es que mientras el número global de pensiones ha aumentado, desde enero a octubre de 2020 el número de pensiones mínimas ha sufrido una importantísima disminución, exactamente 49.646. Esta cifra casi multiplica por 10 el descenso sufrido por este grupo en 2019, que fue de 9.195 personas. Sin duda, este dato refleja, una vez más, que la vulnerabilidad ante la Covid no es la edad, sino la pobreza.

No ha adoptado medida alguna que obligara a gobiernos autonómicos y municipales a la mejora del transporte público en las grandes ciudades para evitar las aglomeraciones (en Madrid la frecuencia de paso de trenes en el metro en hora punta llega a ser superior a los 10 minutos) que son, obviamente, los mejores caldos de cultivo para la transmisión del Covid 19. Las condiciones en las que se realiza el transporte desde los barrios obreros, en los que se acumulan todos los factores de riesgo, al puesto de trabajo donde reina el patrón y la seguridad se supedita al beneficio, hacen que las medidas preconizadas para evitar contagios parezcan una broma macabra.


Y mientras, los medios de comunicación dedican más del 80% de su tiempo a extender el miedo a la pandemia.


Radios, periódicos y televisiones vomitan a todas horas datos y más datos, la mayoría incomprensibles y carentes del mínimo rigor, aderezados con análisis de tertulianos y de supuestos expertos, todos en la misma dirección. El resultado es la creación de sentimientos de pánico, de miedo a tener la mínima relación social y de inseguridad ante todo lo que suponga salir de casa, que colonizan las cabezas de millones de personas. Todo ello sin que en tan largas horas dedicadas al tema se informe de la situación en Cuba, en Vietnam o en China, países en los que la pandemia está controlada y en los que la población ha vuelto a sus relaciones sociales habituales.

Dado que todos los grandes medios de comunicación son propiedad, directa o indirectamente, de las mismas multinacionales y bancos que gestionan la crisis a su mayor beneficio, caben pocas dudas acerca de que la creación de un estado de miedo generalizado y de preconización del aislamiento social es el ambiente más propicio para conjurar lo que más temen: que la clase obrera y los sectores populares den un puñetazo en el tablero.

El miedo y la creación de una psicosis de guerra –las ruedas de prensa con militares y guardias civiles servían directamente a ese objetivo– son el mejor instrumento para disciplinar a las masas y para neutralizar, mediante la criminalización, cualquier desobediencia o resistencia.

Si a ello le añadimos el discurso que desde el gobierno "progresista" se extiende a los sectores populares proclives a la movilización a través de sus alguaciles políticos y sindicales subvencionados, de que no se debe criticar al PSOE, ni a Podemos, porque peor es que venga la derecha, el control social está garantizado. Las únicas movilizaciones admisibles son aquellas dirigidas contra los gobiernos del PP.

Ese es el servicio fundamental que presta al capital, Podemos y en general la auto-proclamada izquierda institucional: controlar el estallido de la revuelta social cuando en enero los ERTEs acaben y comience la cascada de empresas en bancarrota.

Y la función ha empezado. Ante las brutales cargas policiales contra la juventud vallecana, con varias personas heridas y detenidas, que exhibía su conciencia de clase frente a la segregación impuesta a los barrios obreros gritando "menos policía y más sanidad", la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid, con fuerte presencia de Podemos e IU, envió el siguiente twit: "En Vallecas se han producido disturbios en los que las asociaciones de vecinos no tienen nada que ver".

En los últimos días las movilizaciones de jóvenes ocurridas en varias ciudades se han sancionado desde Podemos atribuyéndolas a la extrema derecha o a posiciones negacionistas, adelantando la criminalización de la protesta y, precisamente, la utilización de la alarma al servicio del control social. Todo ello en un intento de ocultar la evidencia de que en momentos en los que la miseria y la desesperación invaden a millones, es precisamente la supuesta izquierda institucional, débil y cobarde, la que alimenta el fascismo.


La lucha de clases no se confina.


Desde todas las instancias del poder, desde los aparatos represivos a los medios de comunicación, se preparan para hacer frente a rebeliones sociales que sin duda van a producirse.

Cuando el hambre y la desesperación se extienden sin que, como he argumentado, los gobiernos adopten siquiera las medidas más elementales para paliarlas, no se puede caer en el juego de quienes pretenden confinar la resistencia y la movilización social, por la vía de la criminalización.

Es preciso que desde posiciones de independencia de clase se desenmascare la complicidad del gobierno "progresista" y de sus agentes políticos y sindicales con la estrategia de la oligarquía nacional y europea, mientras deja sumirse en la miseria y la desesperación a millones de personas de la clase obrera y pequeños y medianos empresarios condenados a la ruina más absoluta.

En este momento no son suficientes críticas abstractas al capitalismo o a las clases dominantes. Dos líneas de trabajo, íntimamente conectadas, deben regir la acción dirigida a enfrentar lúcidamente el cataclismo que se avecina.

Por un lado es necesario "identificar" cuál es el elemento que más "destroza" a siniestro y hasta a diestro; cuál es el elemento sobre el que se puede acumular más fuerza en contra y que, además, sea un pivote sobre el que descansa todo el sistema; es decir, aquel elemento que, si logramos desprendernos de él, habremos dado pasos de gigante para acabar con el capitalismo. Este no es otro que el capital financiero, al que urge expropiar de nuestras vidas y contra el que hoy entran en contradicción la mayoría de sectores populares"[10].

Es de gran importancia que frente al poder de la banca, que objetivamente aniquila no sólo a la clase obrera, sino a pequeños y medianos empresarios, se pueda construir una alianza que impida que este sector alimente las filas del fascismo.

Por otro lado, es decisivo que se activen de manera unitaria espacios de organización y de movilización, creando desde la base estructuras de poder popular, de defensa intransigente de la vida en todas sus facetas y de preparación para el duro periodo de confrontación de clase que cada vez está más cerca.


NOTAS

1 https://news.un.org/es/story/2020/02/1469232

2 https://www.vozpopuli.com/economia-y-finanzas/pymes-destruccion-empleo-despidos_0_1408959747.html

3 https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2020-3692

4 https://confilegal.com/20201027-el-laberinto-del-ingreso-minimo-vital-mas-del-60-de-las-solicitudes-son-rechazadas/

5 https://afectadosporlahipoteca.com/2020/01/28/desde-2008-se-han-producido-1-002-000-desahucios/

6 https://www.mscbs.gob.es/gabinete/notasPrensa.do?id=5006

7 https://www.elsaltodiario.com/vivienda/relacion-suicidios-desahucios

8 https://elderecho.com/la-prorroga-la-moratoria-hipotecaria-alquiler-prohibicion-cortes-suministro-vence-miercoles

9 https://marearesidencias.org/

10 https://redroja.net/articulos/informe-politico-octubre-2020/

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Nines Maestro en la asamblea de Mérida (23/11/2020)



Ángeles Maestro Martín. Capitalismo y salud



26 marzo, 2020

¿Salvar al capital o salvar al pueblo?



Ángeles Maestro - Red Roja 25/03/2020

Expropiar la banca, las empresas estratégicas y, por supuesto, la sanidad privada incluidas las farmacéuticas.

La actual crisis sanitaria y social tiene proporciones gigantescas y consecuencias aún por determinar, sin parangón desde hace décadas.

La sanidad pública se desborda mientras los hospitales de gestión privada con financiación pública miran para otro lado, mantienen buena parte de sus instalaciones cerradas y continúan su actividad habitual. Las aseguradoras privadas, en medio de la tragedia, multiplican la publicidad pretendiendo hacer su particular agosto con la angustia de la gente mientras aprovechan las medidas del gobierno para reducir plantillas.

Al tiempo, aparece una auténtica hecatombe social.

El confinamiento decretado para intentar minimizar los contagios ha revelado toda la magnitud del criminal desorden capitalista. La policía, la guardia civil y el ejército han tomado las calles para evitar que la gente salga de casa sin motivo justificado mientras se deja al libre albedrío del gran capital mantener o no la producción. La incongruencia produce situaciones aberrantes como trabajadores y trabajadoras yendo a trabajar a sectores no indispensables, hacinadas en el metro, mientras el ejército metralleta en mano o la policía, les impiden dar un paseo por su barrio el fin de semana. Al tiempo, las redes sociales reflejan un número creciente de abusos, arbitrariedad y brutalidad policial en aplicación, precisamente, de la Ley Mordaza.

De hecho, las empresas que han cerrado lo han hecho, en la mayoría de los casos, como consecuencia del plante y la exigencia del personal. Miles de empresas mantienen su producción de bienes y servicios no indispensables; y lo hacen exponiendo a sus plantillas - aún con casos positivos y síntomas, y bajo amenaza de despido - a correr el riesgo de contagio y convertirse en nuevos focos de infección. Uno entre tantos casos denunciados ha sido el de la multinacional danesa VESTAS que fabrica aerogeneradores y que obliga a trabajar a las 1.300 personas de su plantilla en su sede de Zaragoza a pesar de tener varios casos confirmados de Coronavirus. Los sindicatos han denunciado que esa empresa almacena y oculta miles de mascarillas, guantes de nitrilo, gafas y monos de seguridad, etc[1].

El sindicato CGT de AIRBUS, tras comprobar que tanto en la empresa como en industrias auxiliares había centenares de trabajadores y trabajadoras con síntomas - positivos o en cuarentena - y ante la negativa de la empresa a parar la producción, han convocado huelga indefinida a partir del 30 de marzo. El objetivo es dar cobertura a todas las personas que decidan no acudir al trabajo.

¿Dónde está el dinero?

Podría pensarse que esta penuria desesperada de medios de la sanidad pública y de miseria en millones de hogares es consecuencia de la ausencia generalizada de recursos. No es así, ni muchísimo menos. Recuerdo algunos datos relativos a fondos que salen de los Presupuestos Generales del Estado, que van a parar a sectores de discutible prioridad y que no ha alterado en absoluto el Estado de Alarma:

El pago sólo de los intereses de la Deuda[2] que se triplicó tras transferir decenas de miles de millones de euros de dinero público a la banca y que no devolvió –sin contar los vencimientos de capital– supone 31.400 millones al año, 86 millones de euros/día[3].

El gasto militar, 31.400 millones de euros al año, 87 millones de euros/día[4]

Las subvenciones a la iglesia católica, más 11.000 millones/año, 30 millones de euros/día[5]

El pago a la casa real, ocho millones de euros/año, 22.000 euros/día[6]

A todo ello hemos sumar los datos de evasión fiscal de los grandes bancos y empresas, que si en condiciones normales provocan indignación, hoy son directamente escandalosos.

Las empresas del Ibex 35 mantienen 805 filiales en paraísos fiscales, el 80% en la propia UE, hacia los que desvían beneficios empresariales, ocasionando pérdidas multimillonarias en los ingresos del Estado por el ya muy mermado Impuesto de Sociedades. De esta forma, a pesar del incremento espectacular de beneficios declarados estos últimos años, los ingresos estatales por este impuesto han sido la mitad, mientras los ingresos procedentes de impuestos indirectos como el IVA han subido un 14%. Los beneficios de estas empresas en los años 2018 y 2019, según la CNMV, suman 77.677 millones de euros.

Las empresas del Ibex que más filiales poseen en paraísos fiscales son el Banco de Santander con 207, le siguen ACS con 102, Repsol con 70, Ferrovial con 65 y Arcelor Mital con 55[7].

Y un respirador, material por el que clama la sanidad pública, cuesta 4.000 euros

El gran capital aumenta su poder con el Estado de Alarma

Y frente a esta situación, que ya partía antes del coronavirus de condiciones de miseria dramáticas para 12 millones de personas, y de penuria para más de la mitad de la población[9], el Gobierno en la declaración del Estado de Alarma se ha limitado a poner ridículos parches frente al desmoronamiento social y económico en curso.

Ha establecido estrictos mecanismos de control social de la población, algunos de ellos de más que dudosa justificación, mientras el capital sigue actuando en función de sus beneficios y en contra de la salud de la población, empezando por sus propios trabajadores y trabajadoras.

Las medidas económicas anunciadas por el Gobierno del PSOE-PODEMOS el pasado 17 de marzo, tal y como ocurrió hace una década, ponen en poder de la banca y de las grandes empresas la capacidad de decisión sobre los fondos públicos que, indudablemente, van a emplear para rescatarse a sí mismos. La oligarquía económica y financiera, cuyas empresas y bancos están interpenetrados, no sólo se verá beneficiada por esta gigantesca emergencia sanitaria y social, sino que es la banca la que decidirá a qué empresas concede créditos con el aval del Estado y a cuáles no.

Como mandan los cánones de la lucha de clases, el gran capital, con el gobierno "progresista" a su servicio, mantiene el cetro del poder, aún más acrecentado, para beneficiarse del desastre de la inmensa mayoría.

Veamos el mecanismo.

De los 200.000 millones que se anuncian, 100.000 son avales del Estado que el gobierno pone en manos de los bancos para que los administren. Es decir, son los bancos los que valorarán la solvencia de las empresas que los soliciten y quienes decidirán a cuáles de ellas se darán y a quiénes no, en función de su capacidad de asegurar la devolución del crédito concedido. Y sin ningún riesgo, porque si en algún caso hubieran errado la decisión y se produjera un impago, actuaría el Estado como aval.

¿Existe alguna duda de qué empresas serán consideradas solventes, teniendo en cuenta que los mismos capitalistas son dueños de bancos y grandes multinacionales? ¿Cabe alguna posibilidad de que las más de 150.000 pequeñas empresas o los más de tres millones de autónomos que están viendo hundirse su negocio accedan mayoritariamente a esos créditos? Es evidente que no.

Es a los bancos, pues, a quienes se les ha hecho el enorme regalo de poder vender su materia prima, el dinero, dando créditos por valor de la enorme suma de 100.000 millones de euros. Y venderán sus créditos al tipo de interés "de mercado" cuando el Banco Central Europeo les presta a ellos, y se prestan entre ellos, a interés cero, o incluso negativo[10].

A ello se suman los 750.000 millones del Banco Central Europeo (BCE) para comprar "activos públicos y privados", es decir para insuflar esa enorme cantidad de dinero público mediante la compra de bonos a las grandes corporaciones, mientras el riesgo lo asume el BCE. Es decir, la parte de esos 750.000 millones que le corresponda a España irá a parar a los mismos grandes bancos y a las mismas empresas multinacionales.

En cuanto a las medidas dirigidas a las necesidades más perentorias de la clase obrera: vivienda, luz, gas, agua, etc, son meros aplazamientos de pago de hipotecas y facturas, que se acumularán para después. Y por si se nos olvida, los acreedores son los mismos grandes bancos y las grandes multinacionales.

El resto de las medidas del Gobierno que supongan gasto irán a incrementar la Deuda pública, ésa que pagamos todos, sin que al gran capital se le haya impuesto gravamen alguno. Más bien al contrario, como hemos visto. Y más que veremos cuando "para salir de la crisis" reclamen rebajas, más todavía, en el Impuesto de Sociedades y otros impuestos directos.

En su negligencia criminal, porque hay vidas pagando por ella, el Ejecutivo no ha asumido medidas paliativas que sí han adoptado otros gobiernos europeos, al menos durante el Estado de Alarma, como:

Prohibición absoluta de despidos en este periodo, como Italia y Grecia, declarando nulo cualquier despido que se produzca.
En Italia, cada autónomo recibirá un bono de 600 euros en marzo y abril
En Grecia el Estado abonará 800 euros en abril a quienes hubieran perdido su empleo.
En Dinamarca, el Estado pagará el 75% de salarios de empresas en riesgo de crisis a cambio de que no haya despidos
En Francia, moratoria en el pago de alquileres a las PYMES, que además no pagarán agua, luz o gas.
En Alemania, hasta hace poco gendarme de la austeridad en la UE, se utilizará el banco público KfW para utilizar 550.000 millones de euros en préstamos a las empresas durante la crisis y se usarán ayudas públicas para que no haya despidos.

En este cuadro se resumen las medidas adoptadas por algunos países. Como puede verse, España está en la cola de las ayudas si tenemos en cuenta las aprobadas hasta el pasado 22 de marzo:


Fuente: recopilación de anuncios gubernamentales (22 de marzo) Carlos Sanchez Mato[11]

Como puede verse, hasta en Italia, con un gobierno de derechas, las medidas de choque social superan con creces las aprobadas por estre gobierno.

Conclusión urgente: poner en el puesto de mando la salvación del pueblo.

Por mucho que quieran ocultarlo bajo el siniestro manto del Coronavirus, es evidente que la pandemia ha sido sólo el detonante de una nueva crisis, de mucha mayor envergadura y menos margen de maniobra que la de hace una década, y que ya estaba en avanzado estado de gestación.

Esta conclusión no es de interés sólo para economistas. Es indispensable que sepamos que cuando la emergencia sanitaria se atenúe estaremos en medio de la más gigantesca crisis social y económica que se recuerda.

Los datos son ya estremecedores: 50.000 despidos diarios, 760.000 personas se han sumado a un paro ¿temporal?. La última semana se perdieron más empleos que en todo el año 2009 y la cara del hambre sin paliativos aparece con intensidad progresiva en los barrios obreros.

El gobierno, como se ha visto, no ha abordado las responsabilidades esenciales que le corresponden ante una situación de grave emergencia como la actual. Ni siquiera cuando ya se oyen los crujidos del derrumbe se han incluido en las decisiones del Consejo de Ministros del 24 de marzo, migajas como la moratoria o ayudas al pago de alquileres o la protección social más amplia (se habla del 70% de la base reguladora) para las trabajadoras del hogar cuando son millones las mujeres, cabezas de familia, en la economía sumergida y que se quedan sin nada al perder el trabajo por el Coronavirus.

El Gobierno de Coalición muestra cada vez con más claridad de quién recibe las órdenes y Podemos sigue sumando batallas perdidas que muestran que no sirve más que para dar una imagen “progre” en el relato, que no en los hechos. Mientras, cada vez más sectores de la clase trabajadora van descubriendo en su propia piel que así no se puede seguir.

El cuento de que no se puede hacer otra cosa que salvar banqueros y grandes capitalistas ya no lo compra nadie, máxime después de haber comprobado como el Rey Emérito es probablemente el mayor ladrón del reino, y eso que la competencia es dura.

Las dimensiones del desastre no pueden enfrentarse sino con medidas que atajen las causas, y no sólo los síntomas, y que deben constituir el programa básico de un Frente para salvar al pueblo:

1. Nacionalización de todos los recursos sanitarios y planificación de su funcionamiento al servicio de las necesidades de salud de la población y de la protección eficaz de quienes están en primera línea: los trabajadores y trabajadoras de todo el sistema sanitario.
2. Paralización de la actividad en todos aquellos sectores no indispensables para la supervivencia e intervención de las empresas productoras de recursos sanitarios, incluidas las farmacéuticas.
3. Intervención de todas las grandes empresas de producción y distribución para evitar la fuga masiva de capitales que ya se está produciendo y declarar la función social de las empresas estratégicas.
4. Expropiación de la banca que parasita al resto de la sociedad. Negativa a pagar la Deuda, creada en buena parte al transferir dinero público a la banca, y no aceptar los límites del gasto público impuestos por la UE.

Sólo con estos instrumentos se puede abordar el objetivo esencial:

5. Planificación racional de la economía en función de las necesidades sociales.

En definitiva, lo que es insoslayable es salir de la barbarie de un funcionamiento social dirigido con mano férrea a asegurar el incremento permanente de los beneficios de grandes capitalistas, a costa de la miseria, la salud, la represión y la vida de quienes, precisamente, crean sus riquezas.

Junto a la ineludibilidad de estas medidas, cuya perentoriedad irá creciendo cada día, surge la necesidad de construir el poder capaz de mostrar el camino a la movilización popular que sin duda se producirá tras esta fase de confinamiento y catatonia, y, en definitiva, de llevarlas a cabo. Sobre estos planteamientos programáticos, enunciados de una u otra manera, es preciso construir un Frente dirigido a la salvación del pueblo, desde el acuerdo político de organizaciones y desde la construcción de poder popular desde la base.

La historia nos enseña que en momentos de grave crisis es cuando se ven las cosas con más claridad y ha llegado el momento de ponerse manos a la obra.

NOTAS

2 Como se recordará, la Deuda Pública se triplicó en siete años. Paso de ser el 37% del PIB en 2007 al 100% en 2014. El concepto más importante por el cual se produjo este espectacular incremento fue la transferencia a los grandes bancos de decenas de miles de millones de dinero público, que como es sabido, ante la pasividad absoluta del Gobierno, se niega a devolver.

Precisamente en este lapso de crisis social agudísima, en 2011, el PSOE y el PP reformaron el artículo 135 de la Constitución, para junto al Tratado de Estabilidad de la UE considerar su pago como prioridad absoluta, frente a cualquier otra necesidad. Hasta la fecha esta consideración sigue siendo la misma.

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"Cuando las crisis amenazan las principales columnas sociales de sostén estructural y la convivencia ciudadana, las elites predican esfuerzos adicionales: todos para uno y uno para todos a la usanza de los mosqueteros románticos de Dumas. Ese ideal de igualdad es ficticio, mera treta para recomponer la figura maltrecha, desviar responsabilidades propias y volver al statu quo anterior al caos, quizá con algún cambio estético, nominal, que no afecte a la propiedad de las cosas ni a las riendas estatales". Armando B. Ginés
Artículo completo en: La Haine

27 julio, 2018

La tercera guerra mundial ha comenzado; es la guerra social generalizada – Corsino Vela


"recuerdo cuando todo esto eran árboles"


Capítulo extraído de La Sociedad ImplosivaCorsino Vela
Texto completo (pdf)→ aquí

La guerra, la destrucción masiva de seres humanos, de capital fijo e infraestructuras, etc., fue el recurso de la clase dominante frente a las crisis cíclicas en la fase expansiva del capital; sin embargo, ante la crisis de la fase de la dominación real y total del capital, la guerra adquiere una dimensión predominantemente intensiva, al yuxtaponer a las formas bélicas convencionales (guerras locales en la periferia capitalista), la ofensiva social en el propio centro capitalista. La tercera guerra mundial, pues, es de carácter social, eminentemente implosiva, con frentes definidos en torno a categorías sociales (desempleo, precarización, depauperación, exclusión, etc.) y con diversos grados de intensidad, según la inserción de cada país o región económica en el proceso mundial de acumulación de capital.

La sobreproducción de mercancías, en tanto manifestación de la crisis, también comporta la sobreproducción de la mercancía fuerza de trabajo (desempleo). La crisis adquiere así una dimensión “social” más allá de lo meramente económico, técnico y administrativo, pues las posibilidades de realización de esa peculiar mercancía que es la fuerza de trabajo son cada vez más limitadas dentro de la relación social capitalista ya que la única forma posible y significativa para el capital de realización de esa mercancía es dentro del sistema asalariado.

A diferencia de las demás mercancías, la desvalorización del excedente de la mercancía fuerza de trabajo, que adopta la forma del desempleo, hace aflorar la naturaleza de la relación social del capital en toda su dimensión contradictoria. El desempleo rampante no es más que la forma sociológica del excedente de una mercancía que no encuentra salida en el mercado como consecuencia de la racionalización productiva y del consiguiente aumento de la composición técnica de capital que acompaña a las aplicaciones tecnológicas en la producción de bienes y servicios.

En este punto, la crisis deja de ser un asunto económico, de ejercicio contable, para convertirse en una cuestión social, política en su sentido más amplio, que concierne al fundamento mismo de la organización social. La eventual “resolución” de la crisis depende exclusivamente de la relación de fuerzas entre capital (clase dominante) y trabajo (humanidad proletarizada).




La solución capitalista al excedente (sobreproducción) consiste en la desvalorización y la eliminación física de mercancías y de los medios de producción. Por eso la guerra, como forma de destrucción de valor (mercancías, medios de producción, infraestructuras, personas, etc.), ha constituido en las anteriores crisis (cíclicas) la condición previa para el relanzamiento del ciclo del capital, una vez eliminado el excedente de valor no realizable, incluido el de la fuerza de trabajo excedentaria.

La destrucción masiva de capital y de fuerza de trabajo que lleva a cabo la guerra convencional tradicional se ha vuelto más problemática en la actualidad que en periodos históricos anteriores en cuanto mecanismo de resolución capitalista de la crisis. El carácter transnacional del capital ya no se corresponde con las condiciones que dieron origen a las dos guerras mundiales del siglo XX. Por otra parte, el nivel de desarrollo tecnológico-nuclear ha aumentado de forma exponencial las probabilidades de destrucción incontrolada que un conflicto bélico convencional a gran escala podría acarrear.

Calificar la actual ofensiva de la clase dominante gestora del capital como tercera guerra mundial no es una licencia literaria. Es una indicación empírica del carácter de la guerra en la economía capitalista y, más concretamente, de su función en la resolución de las crisis cíclicas, donde la destrucción es la precondición de relanzamiento de la actividad económica.

La tercera guerra mundial, sin menoscabar el papel que los ejércitos profesionales juegan, se lleva a efecto sobre todo en los frentes formalmente no militarizados de las estructuras de gestión y encuadramiento social. De manera que las medidas adoptadas por los centros de decisión económicos y políticos conjugan la destrucción masiva y la represión (destrucción “planificada” de sectores de producción, guerras de “baja intensidad”, pandemias, eliminación por hambre, criminalización de la migración y de la disidencia política, etc.), con la sobreexplotación de la fuerza de trabajo productiva (reformas laborales, privatizaciones de recursos públicos, expropiación de recursos ) y la liquidación de derechos adquiridos en asistencia social como medios para restablecer las condiciones de relanzamiento económico que, a su vez, reinicie un ciclo de acumulación de capital.


Por eso cabe decir que la tercera guerra mundial ya ha comenzado, aunque no en forma de guerra imperialista entre capitales nacionales, puesto que ahora se trata de la guerra del capital globalizado, la lucha de la burguesía transnacional gestora a escala mundial contra la humanidad proletarizada. La tercera guerra mundial se dirime en unos términos que sintetizan los métodos destructivos de la guerra convencional y la destrucción intensiva propiciada por las reformas estructurales que atañen directamente a las personas en toda su dimensión psicológica, cultural, social, económica.

Los efectos devastadores de las decisiones de la clase dominante transnacional, predeterminadas por la lógica de la acumulación de capital, crean situaciones propias de la guerra, aunque con ritmos de degradación de las condiciones materiales de vida más lentos que las intervenciones militares del pasado. Un ritmo más lento y “calculado” que es consecuencia de la interdependencia de las regiones castigadas en el orden capitalista transnacional. La situación creada en los países “intervenidos” por las medidas de la Troika es similar a la de una posguerra, en cuanto a las consecuencias de empobrecimiento generalizado de la población y destrucción y desvalorización de recursos. El desbarajuste financiero y la extorsión continuada de los estados europeos y extraeuropeos (incluida la guerra contra el euro), no es más que la manifestación superficial y “desviada” de la guerra contra la población proletarizada de esos mismos países, es decir, el eufemismo monetarista que disimula la destrucción de medios de producción, infraestructuras y fuerza de trabajo en Europa.

En este sentido, Europa vuelve a ser el terreno privilegiado de la tercera guerra, aunque esta vez bajo formas de desvalorización en las que la intervención militar no es el rasgo prevalente, aunque sea presente (Yugoslavia, Ucrania). La guerra actual se lleva a cabo mediante estrategias de empobrecimiento progresivo y agotamiento paulatino de recursos de la población proletarizada, de modo que los efectos sobre la mercancía fuerza de trabajo son similares a los efectos de las guerras del pasado.

La desvalorización de Europa –el empobrecimiento masivo de la población asalariada– hay que entenderlo como un movimiento táctico de la tercera guerra mundial que, de acuerdo con la concepción cíclica de la crisis propia de la economía política, persigue la creación de unas condiciones favorables para reiniciar un nuevo ciclo de acumulación de capital. Un movimiento táctico que se inscribe en la doble estrategia de devastación física de regiones enteras en África, Asia, América Latina, y de ruina rampante de las regiones opulentas del planeta (Europa). Y esa guerra ya se está llevando a cabo en los países del sur.



La estrategia de devastación física y ruina social no es nueva respecto a las crisis precedentes; la novedad estriba en que la destrucción de capital fijo y fuerza de trabajo necesaria para el eventual relanzamiento económico ha alcanzado dimensiones tales que ponen en cuestión la propia supervivencia del planeta, ya sea por la vía directa de una eventual guerra generalizada, ya sea por la vía indirecta de una progresiva devastación de la biosfera. O de ambas combinadas.

El proceso de militarización del mundo va parejo con las dificultades del desenvolvimiento del ciclo del capital a escala planetaria. La economía capitalista es una economía de guerra. El gasto militar, la producción armamentista, aunque se trata de una producción de desperdicio, no valorizadora, que comporta nuevas contradicciones estructurales en la esfera económica (P. Mattick), en el plazo inmediato cumple una función en el ciclo del capital mediante la creación de empleo y la demanda inducida de bienes y servicios. A su vez, la aplicación de la producción bélica al tiempo que procede a la destrucción de medios de producción (guerras) y posibilita la expropiación de nuevas fuentes de energía y de materias primas, facilita la estabilización de espacios de realización del capital (nuevos mercados). Esa es la función de las denominadas guerras de baja intensidad que se multiplican en la periferia capitalista. Y es en virtud de esa función que la producción de desperdicio crea el espejismo de la valorización de capital.

La economía de guerra es una realidad concreta manifiesta en la militarización de los mares y del espacio aéreo resultante de la creciente vulnerabilidad del ciclo de realización de la mercancía que se manifiesta, entre otros aspectos, en la defensa militar de los caladeros expropiados en África o en el control militar de los puntos neurálgicos de las redes de transporte de energía (golfo de Omán, guerra de Siria, Iraq, etc.) y de mercancías, en general.



La economía capitalista es una economía militarizada en la medida que la estrategia militar condiciona su orientación. La industria militar, con diferente incidencia, es la que determina el desarrollo tecnológico (las inversiones en I+D+i) de todos los países capitalistas. El desarrollo tecnológico del capitalismo depende directamente del desarrollo de la tecnología militar. Las aplicaciones tecnológicas no bélicas, que marcan la pauta en el sector de la electrónica, la mecánica, las comunicaciones, etc., hay que entenderlas como un intento de minimizar el gasto improductivo, mediante la incursión de los resultados tecnológicos como aplicaciones en el mercado, en el proceso de valorización del capital, como una mercancía más entre la producción general de bienes y servicios.

Esto, que es sobradamente conocido para el caso del control numérico en la máquina-herramienta (Ver D. Noble, Forces of production), es igualmente válido para cualquiera de las proliferantes tecnologías. La electrónica de consumo, como los sistemas de aplicación industrial y los servicios avanzados, basados en las tecnologías de la información y de las comunicaciones, (Internet, control de movimiento, transmisión de datos, etc.), tienen su origen y su primer objetivo de desarrollo en la industria militar y responden a la necesidad de recuperar al menos parte de las cuantiosas inversiones destinadas a su concepción, desarrollo y producción, a través del mercado.

Puesto que la industria de guerra es una producción de desperdicio, pues se trata de un consumo improductivo a costa del proceso general de valorización, el impulso del comercio mundial de armamento, hegemonizado por los países de vieja industrialización, es una forma de valorizar esa producción de desperdicio (recuperar la inversión) a través de la transferencia de capital (valor) de los países clientes de la periferia capitalista, envueltos en guerras permanentes de “baja intensidad”.

La situación de emergencia bélica y antiterrorista permanente en el que se lleva a cabo el proceso de acumulación de capital mundial va paralela a la creciente vulnerabilidad del mismo. La extensión a escala mundial del proceso de producción (deslocalización) y de transferencia de valor a través de las redes de tráfico transcontinentales de mercancías, da una nueva dimensión al problema de la realización del capital, complicándolo y encareciéndolo. Los costes de realización tienden a aumentar a mayor ritmo del que disminuyen los costes de producción. El abaratamiento de los costes de producción que supuso la deslocalización y la disgregación productiva de bienes y servicios a través de la cadena de subcontratación, en realidad, ha desplazado costes y generado otros nuevos vinculados al transporte y la logística, incidiendo negativamente sobre la acumulación de capital en su conjunto. Entre esos costes se encuentran las inversiones destinadas a garantizar la seguridad del ciclo del capital (militarización y estado de emergencia) en el marco definido por el totalitarismo democrático.

La guerra ha sido históricamente una de las medidas más relevantes en la resolución del ciclo declinante del capital. La noción misma de crisis cíclica remite a los periodos de desarrollo capitalista entre guerras. Uno de los rasgos que define nuestra hora presente, a diferencia de otras épocas, es que la situación de crisis de acumulación y del estado de guerra son simultáneas. La tercera guerra mundial está en marcha como guerra social generalizada.