09 octubre, 2024

Este dogma ha conferido a Israel licencia absoluta para obrar a su antojo — Norman Finkelstein

 


Fragmento extraído del libro La industria del Holocausto, de Norman Finkelstein.


II Embaucadores, mercachifles y un poco de historia


«La conciencia del Holocausto», como señala el reputado escritor israelí Boas Evron, es en realidad «un adoctrinamiento propagandístico oficial, una producción masiva de consignas y falsas visiones del mundo, cuyo verdadero objetivo no es en absoluto la comprensión del pasado, sino la manipulación del presente». En sí mismo, el holocausto nazi no promueve ningún programa político concreto. Puede, con la misma facilidad, motivar la oposición o el apoyo a la política israelí. Pero, refractada a través de un prisma ideológico, «la memoria del exterminio nazi» llegó a convertirse, en palabras de Evron, «en poderosa herramienta en manos de los dirigentes israelíes y los judíos del extranjero»(1). El holocausto nazi se convirtió en el Holocausto.


Dos son los dogmas fundamentales que sustentan la estructura del Holocausto: (1) el Holocausto constituye un acontecimiento histórico categóricamente singular; (2) el Holocausto marca el clímax del eterno e irracional odio gentil a los judíos. En el discurso público previo a la guerra de junio de 1967, no se encuentra ni rastro de estos dogmas, y, aunque luego llegaron a convertirse en pilares de la literatura sobre el Holocausto, tampoco se encuentra rastro de ellos en los estudios serios sobre el holocausto nazi(2). Por otra parte, ambos dogmas se basan en tendencias importantes del judaísmo y del sionismo.


En la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, el holocausto nazi no se categorizó como fenómeno singularmente judío, y mucho menos como una singularidad histórica. La comunidad judía organizada de EEUU, en concreto, hizo lo imposible por enmarcarlo en un contexto universalista. Pero, después de la guerra de junio, la solución final nazi se situó en un marco radicalmente distinto. «La idea principal y primera que surgió de la guerra de 1967, y que llegaría a ser emblemática, del judaísmo estadounidense», según rememora Jacob Neusner, fue que «el Holocausto […] era algo único, sin parangón en la historia de la humanidad»(3). En un ensayo revelador, el historiador David Stannard ridiculiza la «pequeña industria de los hagiógrafos del Holocausto que argumentan con toda la energía y la ingenuidad de los fanáticos religiosos que la experiencia judía fue única»(4). A fin de cuentas, no es difícil demostrar que el dogma de la singularidad es absurdo.


En un nivel básico de análisis, todo acontecimiento histórico es único, aunque solo sea en virtud de sus coordenadas espacio-temporales, y, a la vez, todo acontecimiento histórico posee rasgos distintivos y rasgos compartidos con otros hechos históricos. La anomalía del Holocausto es que su singularidad se considere absoluta. ¿Qué otro hecho histórico, cabría preguntar, se clasifica básicamente en función de su categórica singularidad? La estrategia utilizada es aislar los rasgos distintivos del Holocausto con objeto de situarlo en una categoría exclusiva. Lo que queda por esclarecer es por qué muchos de los rasgos que tiene en común con otros acontecimientos se consideran triviales en comparación con los que lo singularizan.


Todos los teóricos del Holocausto están de acuerdo en señalar que el Holocausto es algo único, pero pocos, si es que hay alguno, se ponen de acuerdo al explicar los motivos de que así sea. Cada vez que un argumento en pro de la singularidad del Holocausto es refutado, enseguida se aduce otro nuevo para sustituirlo. Y el resultado de esto es, según Jean-Michel Chaumont, que hay múltiples argumentos contradictorios que se anulan entre sí: «El conocimiento no se acumula. Por el contrario, el argumento nuevo que trata de superar al anterior siempre parte de cero»(5). Dicho de otro modo: la singularidad es una premisa básica de la estructura del Holocausto; la tarea que debe realizarse es demostrar su veracidad, en tanto que demostrar su falsedad equivale a negar el propio Holocausto. Tal vez el problema radica en la premisa, y no en las pruebas. Aun cuando el Holocausto no fuera un fenómeno único, ¿qué más daría? Si el holocausto nazi no fuese el primer acontecimiento de su categoría, sino el cuarto o el quinto en una serie de catástrofes comparables, ¿cómo se modificaría nuestra visión del mismo?


La última adición a los alegatos en favor de la singularidad del Holocausto es The Holocaust in Historical Context, de Steven Katz. Citando casi cinco mil títulos en el primero de los tres volúmenes proyectados para su estudio, Katz da un repaso a toda la historia humana con objeto de demostrar que «el Holocausto es fenomenológicamente único en virtud del hecho de que nunca antes había sucedido que un Estado se propusiera, tanto en el plano de los principios intencionales como en el de la política práctica, aniquilar físicamente a todo hombre, mujer y niño pertenecientes a un pueblo concreto». Con objeto de clarificar su tesis, Katz explica: « es singularmente C. puede compartir A, B, D… X con ▲, pero no puede compartir C. Y, además, puede compartir A, B, D… X con todos los ▲, pero no puede compartir C. Todo lo esencial depende, por así decirlo, de que sea singularmente C […]. Si a n le falta C, ya no es […]. Por definición, no se permiten excepciones a esta regla. Al compartir A, B, D… X con , ▲ puede ser como en estos y otros aspectos […], pero, en lo que concierne a nuestra definición de singularidad, cualesquiera ▲ a los que les falte C no son […]. Como es lógico, en su totalidad es algo más que C, pero nunca será si le falta C». Traducción: un hecho histórico que contiene un rasgo distintivo es un hecho histórico distinto. Para evitar toda confusión, Katz pasa luego a explicar que emplea el término fenomenológicamente «en un sentido que no es husserliano, ni shutzeano, ni scheleriano, ni heideggeriano, ni merleau-pontyano». Traducción: el estudio de Katz es un sin sentido fenomenal(6). Aun cuando la evidencia sustentara la tesis fundamental de Katz, y no es así, eso solo demostraría que el Holocausto contiene un rasgo distintivo. Y lo verdaderamente raro sería que no fuera así. Chaumont deduce que el estudio de Katz no es más que «ideología» disfrazada de «ciencia», y de esto vamos a hablar más a continuación(7).


De afirmar que el Holocausto es algo único a aseverar que no se puede comprender racionalmente apenas hay un paso. Si el Holocausto carece de precedentes históricos, habrá que colocarlo por encima de la historia y no podrá ser explicado con la lógica histórica. De hecho, el Holocausto es único porque es inexplicable, y es inexplicable porque es único.


Estas mistificaciones, denominadas por Novick «la sacralización del Holocausto», tienen a su mejor representante en Elie Wiesel. Tal como observa Novick con acierto, para Wiesel, el Holocausto es, efectivamente, una religión mistérica. Wiesel salmodia que el Holocausto «conduce a la oscuridad», «niega todas las preguntas», «se sitúa fuera, si no más allá, de la historia», «es imposible tanto de comprender como de describir», «no puede ser explicado ni visualizado», nunca será «comprendido ni transmitido», marca la «destrucción de la historia» y una «mutación de escala cósmica». Sólo el sacerdote-superviviente (léase: sólo Wiesel) está capacitado para desentrañar su misterio. Y, aun así, reconoce Wiesel, el misterio del Holocausto es «incomunicable»; «ni siquiera podemos hablar de él». Por tanto, a cambio de una tarifa de 25.000 dólares (más una limusina con chófer), Wiesel da conferencias en las que desvela que el «secreto de la verdad» de Auschwitz «radica en el silencio»(8).


Según esta interpretación, comprender racionalmente el Holocausto equivaldría a negarlo. Pues la racionalidad refuta la singularidad y el misterio del Holocausto. Y comparar el Holocausto con los sufrimientos de otros grupos es, en opinión de Wiesel, una «traición absoluta a la historia judía»(9). Hace unos años, la parodia de un tabloide de Nueva York llevaba el siguiente titular: «Michael Jackson y sesenta millones más mueren en holocausto nuclear». En la sección de cartas al director se publicó una airada protesta de Wiesel: «¿Cómo se atreven a llamar Holocausto a lo que sucedió ayer? Solo ha habido un Holocausto […]». En sus nuevas memorias, Wiesel demuestra que la realidad puede imitar la parodia al reconvenir a Simón Peres por hablar «sin la menor vacilación de “los dos holocaustos” del siglo XX: Auschwitz e Hiroshima. No debería haberlo dicho»(10). Una de las frases favoritas acuñadas por Wiesel dice así: «La universalidad del Holocausto radica en su singularidad»(11). Mas, si el Holocausto es incomparable e inexplicablemente único, ¿cómo puede tener una dimensión universal?


El debate sobre la singularidad del Holocausto es estéril. Los razonamientos a favor de la singularidad del Holocausto han llegado a constituir una especie de «terrorismo intelectual» (Chaumont). Quienes ponen en práctica los procedimientos comparativos al uso en la investigación académica deben, como medida previa, hacer infinidad de advertencias para evitar que les acusen de «trivializar el Holocausto»(12).


La premisa de que la maldad del Holocausto no tiene parangón es un subapartado de la argumentación que sostiene que el Holocausto es un fenómeno único. Por muy terribles que hayan sido los sufrimientos de otros, sencillamente no son comparables. Claro está que los defensores de la singularidad del Holocausto siempre niegan esta implicación, mas sus refutaciones no son sinceras(13).


Las argumentaciones que defienden la singularidad del Holocausto son insostenibles desde el punto de vista intelectual, y deshonrosas desde el punto de vista moral, mas, a pesar de todo, perduran. Y hay que preguntarse por qué. En primer lugar, un sufrimiento especial confiere unos derechos especiales. En opinión de Jacob Neusner, la maldad incomparable del Holocausto no sólo sitúa a los judíos como un grupo aparte, sino que también les otorga «derechos sobre los demás». Para Edward Alexander, la singularidad del Holocausto es un «capital moral»; los judíos deben «reclamar su soberanía» sobre esta «valiosa propiedad»(14).


La singularidad del Holocausto –este «derecho» sobre los demás, este «capital moral»– es, en efecto, la mejor coartada de Israel. «La singularidad del sufrimiento judío –arguye el historiador Peter Baldwin– refuerza las exigencias morales y emocionales que Israel puede hacer […] a otras naciones»(15). Así pues, según Nathan Glazer, el Holocausto, al poner de manifiesto la «peculiar singularidad de los judíos», les otorgó el «derecho a considerarse especialmente amenazados y particularmente merecedores de cualesquiera esfuerzos necesarios para la supervivencia»(16) (cursiva en el original). Por citar un ejemplo típico: siempre que se explica la decisión de Israel de crear armas nucleares, se evoca el fantasma del Holocausto(17). Como si fuera el único motivo de que Israel quisiera convertirse en potencia nuclear.


Hay un factor más en juego. Afirmar la singularidad del Holocausto es como declarar que los judíos son especiales. No es el sufrimiento de los judíos el que concede su condición única al Holocausto, sino el hecho de que los judíos sufrieran. Dicho de otro modo: el Holocausto es especial porque los judíos son especiales. En este sentido, Ismar Schorsch, rector del Seminario Teológico Judío, ridiculiza el alegato en favor de la singularidad del Holocausto diciendo que es «una desagradable versión profana de la condición de pueblo elegido»(18). Elie Wiesel derrocha vehemencia para defender la excepcionalidad del Holocausto, y tampoco la escatima a la hora de hablar de la excepcionalidad de los judíos. «En nosotros, todo es diferente.» Los judíos son «ontológicamente» especiales(19). Como hito que señala el clímax del odio gentil milenario hacia los judíos, el Holocausto dio testimonio no solo del sufrimiento singular de los judíos, sino también de la singularidad judía.


Durante la Segunda Guerra Mundial y en la posguerra, como nos informa Novick, «la expresión “abandono de los judíos” no habría sido comprendida prácticamente por ningún miembro del gobierno [de EEUU], ni tampoco por nadie de fuera del gobierno, judío o gentil». Las tornas se volvieron después de junio de 1967. «El silencio del mundo», «la indiferencia del mundo», «el abandono de los judíos»: todos estos temas se incorporaron al núcleo del «discurso sobre el Holocausto»(20).


Apropiándose de un principio básico del sionismo, la estructura del Holocausto presenta la solución final de Hitler como el clímax del milenario odio gentil a los judíos. Los judíos perecieron porque todos los gentiles, ya fueran perpetradores o colaboradores pasivos, deseaban que murieran. Según Wiesel, «el mundo libre y “civilizado”» puso a los judíos en manos «del verdugo. Hubo quien actuó como asesino y quien guardó silencio»(21). No hay la menor evidencia histórica que respalde la existencia de ese impulso asesino de los gentiles. El laborioso esfuerzo de Daniel Goldhagen por demostrar una variante de esta argumentación en Hitler’s Willing Executioners puede considerarse como mucho literatura cómica(22). Lo cual no impide que la utilidad política de esta línea de argumentación sea considerable. Podría señalarse, de paso, que la teoría del «eterno antisemitismo» en realidad resulta práctica para los antisemitas. Como comenta Arendt en Los orígenes del totalitarismo, «el que esta doctrina fuera adoptada por los antisemitas profesionales es absolutamente lógico; proporciona la mejor coartada posible para todo tipo de atrocidades. Si es cierto que la humanidad lleva más de dos mil años empeñada en asesinar a los judíos, matar a los judíos debe de ser una ocupación normal, e incluso humana, y el odio a los judíos queda justificado sin necesidad de recurrir a argumentación alguna. Lo más sorprendente con respecto a esta explicación es que haya sido adoptada por muchísimos historiadores objetivos y por un número de judíos aún mayor»(23).


El dogma del Holocausto del eterno odio gentil ha valido tanto para justificar la necesidad de un Estado judío como para dar cuenta de la hostilidad dirigida contra Israel. El Estado judío es la única salvaguarda posible contra el próximo (e inevitable) estallido de antisemitismo homicida; y, a la inversa, el antisemitismo homicida está detrás de todo ataque e incluso detrás de toda maniobra defensiva en contra del Estado judío. La novelista Cynthia Ozick dio una explicación sencilla de las críticas a Israel: «El mundo quiere eliminar a los judíos […], el mundo siempre ha querido eliminar a los judíos»(24). Si todo el mundo desea que los judíos desaparezcan, lo realmente extraño es que sigan vivos… y que, a diferencia de buena parte de la humanidad, no estén precisamente muriéndose de hambre.


Por otra parte, este dogma ha conferido a Israel licencia absoluta para obrar a su antojo: puesto que los gentiles siempre están empeñados en asesinar a los judíos, estos tienen todo el derecho a protegerse comoquiera que lo estimen conveniente. Sean cuales fueren los métodos a que recurran los judíos más expeditivos, incluidas la agresión y la tortura, todo constituye una legítima defensa. Deplorando la «lección» del eterno odio gentil que se ha extraído del Holocausto, Boas Evron observa que «es a todas luces equivalente a cultivar deliberadamente la paranoia […]. Esta mentalidad […] perdona de antemano cualquier trato inhumano que se inflija a los no judíos, ya que la mitología dominante sostiene que “todo el mundo colaboró con los nazis para destruir a la comunidad judía”, y, en consecuencia, los judíos lo tienen todo permitido en su relación con otros pueblos»(25).


Según la estructura ideológica del Holocausto, el antisemitismo gentil, además de ser imposible de erradicar, siempre es irracional. Sobrepasando con mucho los análisis del sionismo clásico, y no digamos ya los estudios académicos al uso, Goldhagen argumenta que el antisemitismo está «divorciado de la realidad de los judíos», «no es fundamentalmente una respuesta nacida de una evaluación objetiva de los actos judíos» y es «independiente de la condición y de los actos de los judíos». Así pues, es una patología psicológica de los gentiles, y el «ámbito donde reside» es «la mente» (comillas en el original). Movidos por «argumentos irracionales», los antisemitas, según Wiesel, «sencillamente se sienten agraviados por la existencia de los judíos»(26). «Sin contar con que lo que los judíos hagan o dejen de hacer nada tiene que ver con el antisemitismo –observa críticamente el sociólogo John Murray Cuddihy–, ¡cualquier intento de explicar el antisemitismo refiriéndose a la contribución judía al antisemitismo es en sí mismo un ejemplo de antisemitismo!» (cursiva en el original)(27). La cuestión no es, evidentemente, que el antisemitismo sea justificable, ni tampoco que haya que culpar a los judíos de los crímenes cometidos contra ellos, sino que el antisemitismo se desarrolla en un contexto histórico específico en el que existe un juego de intereses concomitante. «Una minoría de talento, bien organizada y mayoritariamente exitosa puede inspirar conflictos que derivan de tensiones intergrupales objetivas», señala Ismar Schorsch, aunque dichos conflictos «frecuentemente se presenten bajo la forma de estereotipos antisemitas»(28).


La esencia irracional del antisemitismo gentil se infiere de manera inductiva de la esencia irracional del Holocausto. A saber: la solución final de Hitler estuvo excepcionalmente falta de racionalidad; fue «la maldad por la maldad», un asesinato de masas «sin sentido»; la solución final hitleriana representó el momento culminante del antisemitismo gentil; en consecuencia, el antisemitismo gentil es esencialmente irracional. Juntas o por separado, estas proposiciones no resisten siquiera un escrutinio superficial(29). Pero, eso sí, políticamente resultan muy útiles.


Al eximir a los judíos de toda culpa, el dogma del Holocausto inmuniza a Israel y a la comunidad judía estadounidense contra la censura legítima. La hostilidad árabe o la afroamericana «no son fundamentalmente una respuesta nacida de una evaluación objetiva de la actuación de los judíos» (Goldhagen)(30). Veamos lo que dice Wiesel sobre la persecución de los judíos: «Durante dos mil años […] siempre estuvimos amenazados […]. ¿Por qué? Por ningún motivo». O sobre la hostilidad árabe hacia Israel: «Debido a que somos quienes somos y a lo que nuestra patria, Israel, representa (el corazón de nuestras vidas, el sueño de nuestros sueños), cuando nuestros enemigos traten de destruirnos, lo harán tratando de destruir Israel». O de la hostilidad que el pueblo negro siente hacia los judíos estadounidenses: «El pueblo que obtuvo en nosotros su inspiración no nos lo agradece, sino que nos ataca. Nos encontramos en una situación muy peligrosa. Volvemos a ser el chivo expiatorio en todos los frentes […]. Ayudamos a los negros; siempre les ayudamos […]. Los negros me dan lástima. Hay algo que deberían aprender de nosotros: la gratitud. No hay pueblo en el mundo que conozca tan bien la gratitud como nosotros; estamos eternamente agradecidos»(31). Siempre castigado, siempre inocente: tal es la carga de ser judío(32).


En el marco de referencia del Holocausto, el dogma del eterno odio gentil valida asimismo el dogma complementario de la singularidad. Si el Holocausto señaló el clímax del milenario odio gentil a los judíos, la persecución de los no judíos durante el Holocausto fue algo meramente accidental, y la persecución de los no judíos a lo largo de la historia no pasa de ser episódica. Se mire por donde se mire, el sufrimiento judío durante el Holocausto fue excepcional.


El sufrimiento judío fue único porque los judíos también lo son. El Holocausto fue único porque no fue racional. En el fondo, su ímpetu derivó de una pasión absolutamente irracional, aunque a la vez muy humana. El motivo del odio que los judíos inspiraban al mundo gentil era la envidia, los celos: el resentimiento. Según Nathan y Ruth Ann Perlmutter, el antisemitismo surgió de «los celos y el resentimiento que sentían los gentiles porque los judíos superasen a los cristianos en el mundo mercantil […]. Los judíos, mejor dotados y en inferioridad numérica, inspiraban rencor a los gentiles, peor dotados y mucho más numerosos»(33). Así pues, aunque fuera de una manera negativa, el Holocausto vino a confirmar la condición de pueblo elegido de los judíos. Como los judíos son mejores, o tienen más éxito, sufrieron la ira de los gentiles, que luego los asesinaron.


En un breve aparte, Novick se pregunta: «¿Qué se diría del Holocausto en Estados Unidos» si Elie Wiesel no fuera su «principal intérprete?»(34). No es difícil dar con la respuesta: antes de la guerra de junio de 1967, el mensaje universalista de Bruno Bettelheim, superviviente de los campos de concentración, tenía gran resonancia entre los judíos estadounidenses. Después de la guerra de junio, se arrinconó a Bettelheim para entronizar a Wiesel. La preeminencia de Wiesel está en función de su utilidad ideológica. Singularidad del sufrimiento judío/singularidad de los judíos, gentiles siempre culpables/judíos siempre inocentes, defensa incondicional de Israel/defensa incondicional de los intereses judíos: Elie Wiesel es el Holocausto.


NOTAS:

1 Boas Evron, «Holocaust: The Uses of Disaster», Radical America, julio-agosto de 1983, p. 15.

2 Véase en Finkelstein y Birn, Nation, primera parte, sección 3, una diferenciación entre la literatura sobre el Holocausto y los estudios serios sobre el holocausto nazi.

3 Jacob Neusner (ed.), Judaism in Cold War America, 1945-1990, vol. II: In the Aftermath of the Holocaust, Nueva York, 1993, p. VIII.

4 David Stannard, «Uniqueness as Denial», en Alan Rosenbaum (ed.), Is the Holocaust Unique?, Boulder, 1996, p. 193.

5 Jean-Michel Chaumont, La concurrence des victimes, París, 1997, pp. 148-149. La disección que hace Chaumont del debate sobre la «singularidad del Holocausto» es un auténtico tour de force. Sin embargo, su tesis fundamental no persuade, al menos en lo que atañe al ámbito estadounidense. Según Chaumont, el fenómeno del Holocausto tuvo su origen en una búsqueda de reconocimiento público para los sufrimientos pasados que los judíos supervivientes emprendieron con retraso. Mas lo cierto es que los supervivientes apenas tuvieron nada que ver con el impulso inicial que colocó el Holocausto en el primer plano de la actualidad.

6 Steven T. Katz, The Holocaust in Historical Context, Oxford, 1994, pp. 28, 58, 60.

7 Chaumont, La concurrence, p. 137.

8 Novick, The Holocaust, pp. 200-201, 211-212. Wiesel, Against Silence, vol. I, pp. 158, 211, 239, 272, vol. II, pp. 62, 81, 111, 278, 293, 347, 371, vol. III, pp. 153, 243. Elie Wiesel, All Rivers Run to the Sea, Nueva York, 1995, p. 89. La tarifa de Wiesel nos ha sido comunicada por Ruth Wheat, de la Agencia de Conferencias Bnai Brith. «Las palabras –según Wiesel– son una aproximación horizontal, en tanto que el silencio nos ofrece una aproximación vertical. Te sumerges en él». ¿Se lanzará Wiesel en paracaídas sobre sus conferencias?

9 Wiesel, Against Silence, vol. III, p. 146.

10 Wiesel, And the Sea, p. 95. Comparemos estas dos noticias:

– Ken Livingstone, antiguo miembro del Partido Laborista que se presenta como independiente a las elecciones para la alcaldía de Londres, ha encolerizado a los judíos británicos al decir que el capitalismo global ha provocado tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial. «El sistema financiero internacional mata cada año a más personas de las que perecieron en la Segunda Guerra Mundial, pero al menos Hitler estaba loco, ¿no es así?». […] John Butterill, parlamentario conservador, dijo que estas declaraciones de Livingstone eran «un insulto para todas las personas que fueron asesinadas y perseguidas por Adolf Hitler». Además, Butterill afirmó que las acusaciones lanzadas por Livingstone contra el sistema financiero global encerraban claras alusiones antisemitas («Livingstone’s Words Anger Jews», International Herald Tribune, 13 de abril de 2000).

– El presidente cubano, Fidel Castro […], acusó al sistema capitalista de provocar año tras año tantas muertes como la Segunda Guerra Mundial al volver la espalda a las necesidades de los pobres. «Las imágenes que vemos de madres y niños de regiones enteras de África sometidas al azote de las sequías y otras catástrofes nos recuerdan los campos de concentración de la Alemania nazi.» Refiriéndose a los tribunales que juzgaron los crímenes de guerra después de la Segunda Guerra Mundial, el dirigente cubano dijo: «No tenemos un Nuremberg que pueda juzgar el orden económico que se nos ha impuesto, en el que cada tres años mueren de hambre y de enfermedades que podrían prevenirse más hombres, mujeres y niños de los que murieron en la Segunda Guerra Mundial». […] En Nueva York, Abraham Foxman, director nacional de la Liga Anti-Difamación, dijo: […] «La pobreza es grave, dolorosa y puede ser mortal, pero no es lo mismo que el Holocausto ni que los campos de concentración». (John Rice, «Castro Viciously Attacks Capitalism», Associated Press, 13 de abril de 2000.)

11 Wiesel, Against Silence, vol. III, pp. 156, 160, 163, 177.

12 Chaumont, La concurrence, p. 156. Chaumont señala asimismo con acierto que la defensa de la inconcebible maldad del Holocausto es irreconciliable con la afirmación concomitante de que sus perpetradores eran absolutamente normales (p. 310).

13 Katz, The Holocaust, pp. 19, 22. «Tratar de argumentar que la defensa de la singularidad del Holocausto no es una comparación ofensiva equivale a adentrarse en el terreno de las ambigüedades –observa Novick–. ¿Quién cree que defender la singularidad no equivale a defender la superioridad?» (cursiva en el original). Lamentablemente, el propio Novick incurre en comparaciones ofensivas. Sostiene que, aunque sea un asunto moralmente elusivo en el contexto estadounidense, «la repetida airmación de que todo lo que los Estados Unidos puedan haberles hecho a los negros, a los nativos norteamericanos, a los vietnamitas y a otros palidece en comparación con el Holocausto es una afirmación verídica». (The Holocaust, pp. 197, 15).

14 Jacob Neusner, «A “Holocaust” Primer», p. 178. Edward Alexander, «Stealing the Holocaust », pp. 15-16, en Neusner, Aftermath.

15 Peter Baldwin (ed.), Reworking the Past, Boston, 1990, p. 21.

16 Nathan Glazer, American Judaism, 2.ª ed., Chicago, 1972, p. 171.

17 Seymour M. Hersh, The Samson Option, Nueva York, 1991, p. 22. Avner Cohen, Israel and the Bomb, Nueva York, 1998, pp. 10, 122, 342.

18 Ismar Schorsch, «The Holocaust and Jewish Survival», Midstream, enero de 1981, p. 39. Chaumont demuestra convincentemente que la defensa de la singularidad del Holocausto se originó a partir del dogma religioso de la condición de pueblo elegido de Israel, y que solo adquiere un sentido coherente en este contexto. La concurrence, pp. 102-107, 121.

19 Wiesel, Against Silence, vol. I, p. 153. Wiesel, And the Sea, p. 133.

20 Novick, The Holocaust, pp. 59, 158-159.

21 Wiesel, And the Sea, p. 68.

22 Daniel Jonah Goldhagen, Hitler’s Willing Executioners, Nueva York, 1996 [ed. cast.: Los verdugos voluntarios de Hitler, Madrid, Taurus, 1998]. Véase una crítica en Finkelstein y Birn, Nation.

23 Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism, Nueva York, 1951, p. 7 [ed. cast.: Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Taurus, 1974].

24 Cynthia Ozick, «All the World Wants the Jews Dead», Esquire, noviembre de 1974.

25 Boas Evron, Jewish State or Israeli Nation, Bloomington, 1995, pp. 226-227.

26 Goldhagen, Hitler’s Willing Executioners, pp. 34-35, 39, 42. Wiesel, And the Sea, p. 48.

27 John Murray Cuddihy, «The Elephant and the Angels: The Incivil Irritatingness of Jewish Theodicy», Robert N. Bellah y Frederick E. Greenspahn (eds.), Uncivil Religion, Nueva York, 1987, p. 24. Además de este artículo, véase, del mismo autor, «The Holocaust: The Latent Issue in the Uniqueness Debate», P. F. Gallagher (ed.), Christians, Jews, and Other Worlds, Highland Lakes, NJ, 1987.

28 Schorsch, The Holocaust, p. 39. Dicho sea de paso, la suposición de que los judíos constituyen una minoría «de talento» también es, a mi parecer, «una desagradable versión profana de la condición de pueblo elegido».

29 Un examen en profundidad de este tema rebasa el ámbito del presente ensayo, mas consideremos tan solo la primera proposición. La guerra de Hitler contra los judíos, que tal vez sí fue irracional (asunto ya de por sí complejo), no constituye de ninguna manera un hecho histórico excepcional. Recordemos, por ejemplo, la tesis fundamental del tratado de Joseph Schumpeter sobre el imperialismo: «Las inclinaciones arracionales e irracionales, puramente instintivas, hacia la guerra y la conquista desempeñan un papel muy importante en la historia de la humanidad […]. Innumerables guerras –tal vez la mayoría de las guerras– se han librado sin […] intereses razonados o razonables». (Joseph Schumpeter, «The Sociology of Imperialism», Paul Sweezy (ed.), Imperialism and Social Classes, Nueva York, 1951, p. 83.)

30 Eludiendo explícitamente el marco de referencia del Holocausto, un estudio reciente del antisemitismo realizado por Albert S. Lindemann parte de la premisa de que «sea cual fuere la fuerza del mito, no es cierto que toda la hostilidad hacia los judíos, tomados individual o colectivamente, se haya basado en visiones fantásticas o quiméricas de ellos, o en proyecciones sin relación alguna con una realidad palpable. Siendo seres humanos, los judíos han sido tan capaces como cualquier otro grupo de provocar hostilidad en el mundo cotidiano y profano». (Esau’s Tears, Cambridge, 1997, p. XVII.)

31 Wiesel, Against Silence, vol. I, pp. 255, 384.

32 Chaumont señala con acierto que este dogma del Holocausto es muy eficaz para conferir mayor aceptabilidad a otros crímenes. La insistencia en la radical inocencia de los judíos –por ejemplo, la ausencia de cualquier motivo racional para su persecución, y no digamos ya para su aniquilación– hace que «se presuponga un estatus “normal” para otras persecuciones y asesinatos que se den en otras circunstancias, y se crea así una división de facto entre los crímenes incondicionalmente intolerables y los crímenes con los que uno debe –y, por tanto, puede– convivir». (La concurrence, 176.)

33 Perlmutter, Anti-Semitism, pp. 36, 40.

34 Novick, The Holocaust, p. 351 n. 19.










08 octubre, 2024

Hezbollah inflige humillantes bajas a las unidades sionistas

 

Soldados sionistas evacuan a sus muertos y heridos


EVAN – DDGeopolitics – 08/10/2024

   (fragmento)


Las fuerzas de Hezbollah, bien entrenadas, bien equipadas y muy disciplinadas, ya han forzado la retirada de varias incursiones sionistas, infligiendo severas y humillantes bajas a sus unidades de reconocimiento.


Los costosos sistemas de defensa, que se suponía debían proteger a los tanques sionistas y permitirles operar sin apoyo de la infantería, han demostrado ser inútiles en más de un año de combates en Gaza y no están dando mejores resultados en el Líbano. Sin suficiente infantería para protegerlos, los sionistas están arrojando sus tanques directamente a las fauces de los equipos antitanque de Hezbollah que los esperan y que se han estado dando un festín con su presa. Pelotones enteros de tanques Merkava han sido destruidos en emboscadas individuales, dado que los tanques sionistas, tremendamente obesos, deben permanecer en las carreteras, lo que los convierte en presa fácil.



7 de octubre: cuando Israel comenzó a escribir su último capítulo

 





Ángeles Maestro: "¡Viva la resistencia antiimperialista!"

 






06 octubre, 2024

Nunca dejes que tu gobierno te diga quiénes son tus enemigos — Caitlin Johnston

 



Caitlin's Newsletter – 06/10/2024

   Traducción del inglés: Arrezafe


No es culpa de los habitantes de Oriente Próximo vivir sobre un montón de petróleo, próximos a rutas comerciales cruciales en una región clave que une tres continentes. De eso es de lo que se ha tratado siempre. Ni de luchar contra el “terrorismo”, ni de propagar la libertad y la democracia, ni tan siquiera de proteger a Israel. Se trata, en definitiva, de controlar por completo esa franja de tierra geoestratégicamente crucial y rica en recursos.


La población que habita en ese lugar del mundo nunca te ha hecho daño. No supone ninguna amenaza para ti. Te conminan a odiarla sólo porque poderosas élites globalistas necesitan controlar Asia Occidental a fin de dominar el planeta, para lo cual necesitan infligir masivamente violencia. De eso es de lo que todo se trata.


Nuestros gobernantes utilizan todo tipo de narrativas en todo el mundo y de todo el espectro político para justificar sus acciones. Utilizan el sionismo, el fundamentalismo cristiano, el fundamentalismo islámico, el fundamentalismo hindú, el liberalismo, el conservadurismo, el nacionalismo o la política de identidades progresistas para propiciar la aceptación de sus agendas en cualquier lugar que sea necesario. Te dirán todo cuanto necesites oír para engañarte y hacerte creer que es necesario atacar y bombardear a las insumisas poblaciones de Asía Occidental. Eso es todo lo que les importa.


Nuestros gobernantes utilizan sus huestes de expertos en propaganda en los principales medios de comunicación y a sus gestores de narrativas en Silicon Valley para manipular la percepción pública respecto a estos programas asesinos, utilizando medias verdades, mentiras por omisión, distorsiones, titulares engañosos, invirtiendo el lugar de la víctima y del agresor, comenzando la cronología de los acontecimientos en las fechas convenientes y repitiendo acríticamente acusaciones no probadas de fuentes poco fiables. Estos manipuladores mediáticos son tan críticos con el funcionamiento de la maquinaria de guerra imperial como puedan ser quienes directamente arrojan las bombas.


¿Qué clase de servil y baboso lameculos puede defender todo esto? ¿Quienes, sino los simpatizantes imperialistas, adoradores del poder, consentirían el asesinato y la agresión a gran escala contra personas que no representan ninguna amenaza para ellos, tan sólo porque sus poderosos jefes así se lo ordenan? Qué manera tan patética y tan profundamente indigna de existir.


Se emplean a fondo en propiciar el consentimiento general de estas atrocidades. Así que, no se lo deis. Nuestros gobernantes son muy conscientes del hecho de que somos muchos más que ellos, que podríamos fácilmente devorarlos si a todos se nos metiera en la cabeza que eso es lo necesario. Aferrémonos a nuestro poder, rehusémonos a dejarnos engañar por sus manipulaciones, y ayudemos a que todo el mundo se de cuenta de que estamos siendo continuamente engañados por psicópatas asesinos para que quieren someternos, confundirnos y hacernos sentir impotentes


Nuestros verdaderos enemigos no están en Irán.


Nuestros verdaderos enemigos no están en el Líbano.


Nuestros verdaderos enemigos no están en Gaza ni en Cisjordania.


Nuestros verdaderos enemigos no están en Yemen, Siria o Irak.


Nuestros verdaderos enemigos están en Washington, Londres y Tel Aviv. En Berlín, París y Canberra. En agencias gubernamentales secretas del estado de Virginia y en instituciones de propaganda imperial en Nueva York y Hollywood.


Nuestros verdaderos enemigos no son los árabes, ni los iraníes, sino los gerentes del imperio que están arruinando el mundo, destruyendo la biosfera, desviando riquezas y recursos, amenazándonos con una temeraria política nuclear y asegurándose de que sigamos siendo pobres, débiles, con el cerebro lavado y demasiado ocupados como para que podamos llegar a entender lo que realmente está pasando y tomemos una postura opuesta y combativa.


No nos dejemos engañar. Luchemos contra sus manipulaciones, opongámonos a sus abusos. Las personas decentes aún podemos ganar esta batalla, pero incluso si no lo hiciéramos, al menos podremos impedir que nos arrebaten la dignidad y nos manipulen para que aplaudamos su devastadora depravación.



04 octubre, 2024

Los medios de comunicación occidentales cómplices de los horrores en Oriente Medio — Caitlin Johnstone

 



Caitlin's Newsletter – 04/10/2024

   Traducción del inglés: Arrezafe


Estados Unidos e Irán están al borde de la guerra. Israel y Estados Unidos planean un gran ataque contra Irán que, según el propio Biden, podría implicar a las instalaciones petroleras iraníes. Irán ahora manifiesta que sus días de “mesura” han terminado y que está dispuesto a responder con toda su capacidad si Estados Unidos e Israel continúan intensificando la escalada.


Las FDI siguen masacrando a civiles en el Líbano mediante ataques aéreos respaldados por Estados Unidos, mientras llegan noticias de que el líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, había acordado un alto el fuego de 21 días poco antes de ser asesinado por Israel. Según se informa, Estados Unidos conocía dicho acuerdo.


Por supuesto, Israel sigue masacrando diariamente a decenas de civiles en Gaza. Noventa y nueve trabajadores sanitarios estadounidenses que se ofrecieron como voluntarios en el enclave han publicado una carta abierta a su presidente en la que detallan los horrores que han presenciado, estimando que el número actual de muertos a causa de esta masacre supera los 118.908.


https://x.com/DecampDave/estado/1841993802816552993

En esta coyuntura de la historia, creo que sería bueno otorgarle a la prensa occidental el crédito que se merece por su incondicional contribución al consentimiento político que han hecho posibles tales atrocidades.


Todo el personal de los medios de comunicación que ha estado mintiendo y manipulando a favor de Israel, ha contribuido a allanar el camino hasta la situación actual.


Todos esos expertos y periodistas que han dado mucha más importancia a las muertes de israelíes del 7 de octubre que al número mucho mayor de árabes asesinados antes y después.


Todos esos editores que han estado publicando titulares en lenguaje pasivo del tipo “Niño de Gaza cae al interponerse con una bala”, diseñados para enmascarar la responsabilidad de Israel por sus asesinatos.


Todos esos que se hicieron eco acríticamente de la propaganda falsa y atroz sobre bebés decapitados y violaciones en masa, como si fueran noticias reales.


Todos aquellos que repiten acríticamente cada afirmación de las FDI y del gobierno israelí, pero que se niegan, a menos que Israel lo confirme, a informar sobre lo que los palestinos han estado manifestando.


https://x.com/AssalRad/status/1841598580781678705


Todos esos que están en las ruedas de prensa en Washington y no preguntan enérgicamente a los funcionarios estadounidenses a cerca de las mentiras y manipulaciones que han estado difundiendo sobre Palestina, Líbano e Irán.


Todos esos que publican comunicados de prensa de la Casa Blanca disfrazados de noticias sobre lo enojado y molesto que está Biden por los crímenes de guerra israelíes que deliberadamente se niega a prevenir.


Todos esos que informan sobre el hambre y las enfermedades en Gaza como si se tratara de una especie de desastre natural y no de una deliberada guerra de asedio criminal por parte de Israel.


Todos aquellos que consideraron que los misiles iraníes dirigidos contra instalaciones militares israelíes sin matar a nadie fue algo más horrendo y significativo que las masacres diarias de civiles que perpetra Israel.


Todos esos que regurgitan acríticamente la frase “Ministerio de Salud dirigido por Hamás”.


Todos esos que denominan acríticamente a Hezbolá como una “organización terrorista”.


Todos esos columnistas de opinión de alto perfil que han estado haciendo incesante apología de la criminalidad de Israel y alentando a Occidente a apoyar aún más su criminal agresividad.


https://x.com/AlanRMacLeod/estatus/1841615198123127274


Periodistas que se refieren a Hezbolá, los hutíes y las milicias chiítas en Irak y Siria como “respaldados por Irán”, pero nunca se refieren al ejército israelí como “respaldado por Estados Unidos”.


Todos aquellos que ayudan a proyectar una imagen de la administración Biden como un testigo pasivo y contrario a las atrocidades masivas de Israel en lugar de reflejarla como partícipe vehemente y activa.


Todos cuantos han calificado la invasión de Israel al Líbano de “operación terrestre limitada” después de ridiculizar a Rusia por calificar su invasión de Ucrania de “operación militar especial”.


Todos aquellos que han descrito los atentados con buscapersonas y los atentados con bombas en el Líbano como heroicos logros de una inteligencia extraordinariamente sofisticada, cuando estarían gritando a todo pulmón si países como Irán o Rusia hicieran algo similar.


Todos aquellos que contribuyen a dar crédito a la falsa narrativa de que la oposición a los asesinatos israelíes es indicativa de una epidemia de “antisemitismo” en nuestra sociedad.


https://x.com/ArifCRafiq/estatus/1841169810522038567


Todo el personal de los medios de comunicación que ha ayudado a fabricar el consentimiento público para hacer posibles los horrores que hemos estado viendo en el Medio Oriente, son tan responsables de lo que sucede allí como las personas que están infligiendo físicamente dichos horrores.


Bien podrían haber lanzado las bombas y los misiles ellos mismos.


Bien podrían haber apretado los gatillos de los fusiles de los francotiradores que dispararon en la cabeza a todos esos niños palestinos.


Bien podrían haber insertado personalmente esas barras de hierro en los anos de prisioneros palestinos.


Los propagandistas de la prensa occidental son tan esenciales para las atrocidades que respaldadas por Occidente Israel está cometiendo como el propio ejército israelí.


No importa cuánto desprecies a estos manipuladores psicópatas, siempre será menos de lo que merecen.



Cinco ideas falsas sobre “la cultura” — Esteban Krotz

 



La cultura es el elemento que distingue a la especie humana de todas las demás especies. Esto significa, que la cultura es tan antigua como la especie humana. Mejor dicho: las culturas humanas son tan antiguas como lo son los diferentes grupos humanos, etnias, y pueblos que forman la humanidad(1).


Pero mientras que la cultura humana tiene muchos miles de años de edad, el análisis científico de la cultura, -es decir, su estudio sistemático, realizado por una comunidad de especialistas que usan para ello métodos, conceptos y teorías creadas para tal fin- tiene apenas un siglo. Tal vez tenga que ver esta discrepancia con que entre los especialistas en el estudio de la cultura haya todavía tan poco consenso sobre muchas cuestiones y que entre los no especialistas se encuentren todavía muchas ideas equivocadas sobre la naturaleza y las características de los fenómenos culturales. Sí, en cambio, han podido crear un cierto consenso relativo acerca de la falsedad de determinadas concepciones de "lo cultural".


En este ensayo se identifican cinco ideas equivocadas acerca de la cultura que se detectan con mucha frecuencia en el habla común, en comentarios periodísticos y hasta en conferencias académicas. Hay que tomar en cuenta aquí que los antropólogos y otros especialistas en el análisis cultural no sólo somos especialistas: también somos practicantes del habla común (a menudo la mayor parte del día) y por esta razón también nosotros reproducimos en ocasiones estas equivocaciones, aunque sepamos, cuando nos ponemos a trabajar como especialistas que tales nociones falsas ya han sido superadas por nuestra ciencia.


Primera idea falsa: Se puede tener y no tener cultura


Muchas veces se puede escuchar que una persona critica a otra, diciendo: "Fulano no tiene cultura" o "Mengano es una persona sin cultura". En este enunciado, cultura es algo que un ser humano puede tener o no tener. Desde el punto de vista de la antropología, tal expresión carece de sentido: todos los seres humanos, por definición, tienen cultura.


Como se dijo al comienzo: tener cultura, pertenecer a una cultura es el rasgo característico de la vida humana en comparación con todas las demás formas de vida en este planeta. Esto quiere decir: ser parte de la especie humana significa ser un ser cultural. Y en efecto: ningún individuo humano simplemente "procesa información", sino lo hace en términos de uno de los miles de idiomas que existen y que aprendió desde pequeño; no simplemente "asimila proteínas, carbohidratos y grasas", sino come y bebe ciertos alimentos de acuerdo a ciertas reglas y horarios que varían de pueblo en pueblo, no simplemente "inicia y termina su existencia", sino nace y es educado y muere dentro de ciertas estructuras familiares y comunitarias y en el marco de determinadas creencias colectivas y costumbres. En la medida en que alguien pertenece a un grupo, una etnia, un pueblo, cualquier tipo de "comunidad" humana, participa en la cultura de éste y sólo así es ser humano. No tiene sentido, entonces, afirmar de alguien, que no tiene cultura.


El malentendido se produce por un uso muy restringido del significado de la palabra "cultura". En muchos idiomas de origen europeo, "cultura" significa a menudo algo así como "buena educación"(2). A menudo se identifican con "cultura" ciertas actividades artísticas consagradas y los resultados de éstas (la música llamada "clásica", la literatura llamada "buena", cierto tipo de arquitectura, etc.). A cierto tipo de educación y a estos bienes culturales suele tener acceso siempre sólo un pequeño segmento poblacional, mientras que los demás quedan excluidos. Pero la cultura es mucho más que estas partes. Por tanto, lo único que se puede decir es que ciertas personas no poseen tales o tales conocimientos, aptitudes, gustos, pero no que "no tienen cultura" cuando, por ejemplo, no les significa nada cierta regla de comportamiento o determinado deleite estético.


Segunda idea falsa: Hay una jerarquía natural entre culturas (y entre subculturas)


Como ya se indicó en la parte introductoria de este ensayo, la cultura humana no es una. Es tan polifacética y variada como la humanidad misma. De hecho, la cultura humana es un mosaico: está compuesta por una cantidad enorme de culturas pasadas y presentes. Esta multiplicidad cultural aumenta aún más si se toma en cuenta que las culturas de los pueblos y las naciones no son homogéneas en modo alguno. Todo lo contrario: al interior de un país nos encontramos –como, por ejemplo, en el caso de México– con gran número de subculturas, o sea, culturas de determinados segmentos sociales tales como etnias, poblaciones regionales o grupos profesionales; también hay diferencias culturales que responden a diferencias de edad y de hábitat, etc.


Como siempre, cuando hay multiplicidad, surge el impulso de comparar. Y no sólo esto sino también de agrupar. Una forma frecuente de agrupar fenómenos sociales y culturales aplica criterios jerarquizados. De acuerdo con tales criterios se afirma que una cultura es en algún sentido "más" que las demás. El famoso libro de Guillermo Bonfil sobre el "México profundo", por ejemplo, describe cómo a lo largo del medio milenio desde la conquista europea, en México se ha difundido la idea de que ciertas culturas extranjeras –primero la hispana, luego la francesa y finalmente la norteamericana– eran y son más valiosas que cualquiera de las culturas mesoamericanas(3). Algunos europeos, a su vez, suelen opinar que las culturas de la llamada "antigüedad clásica", o sea la griega y la romana, eran más valiosas que todas las culturas europeas actuales.


La misma clase de ideas se encuentra no sólo con respecto a las culturas de países y épocas diferentes y con respecto a la riqueza cultural al interior de un mismo país, sino también con respecto a ciertas áreas de la cultura o fenómenos culturales específicos. Por cierto, también aquí, la cultura calificada de "inferior" se encuentra casi siempre al borde de la descalificación completa como cultura. Así, por ejemplo, hay amantes de cierto tipo de música orquestal europea de los siglos XVIII y XIX que la consideran esencialmente superior al rock o a la trova; incluso llegan a afirmar que estas últimas formas musicales "no son cultura".


Hablando con propiedad, es menester aclarar que no existe absolutamente ningún criterio objetivo, y mucho menos científico para establecer este tipo de jerarquías. No hay nada que indique que la cultura del maíz sea mejor o peor que la del trigo o del arroz, que la forma musical del "lied" valga más que la del "son", que los libros de "ciencia ficción" sean esencialmente inferiores a las obras literarias del realismo decimonónico. Desde luego, hay tacos, panes, piezas musicales y cuentos de mejor calidad que otros, pero es sabido que incluso aquí es difícil ponerse de acuerdo. En todo caso, con respecto a las diferentes clases de manifestaciones culturales no se pueden aplicar tales criterios jerarquizantes. Lo único que se puede decir es que a uno le gusta más esta expresión cultural y a otro más aquella. Es algo semejante a una persona que domina varios idiomas y opta en determinada situación por uno que le gusta más que los demás. Este ejemplo nos lleva enseguida a una de las características más maravillosas de la diversidad cultural en nuestras sociedades.


¿O acaso no es fabuloso que una persona puede cambiar de opinión al respecto de un fenómeno cultural? ¿Que incluso pueda, por ejemplo, escuchar un tipo de música por la mañana, otro por la tarde y otro más por la noche?(4)


Al interior de una sociedad, esta jerarquización de subculturas y de expresiones culturales va casi siempre a la par de la estratificación social: las clases ricas y poderosas determinan lo que debe ser llamado "alta" cultura y lo que es solamente cultura "baja"; la primera suele ser vista como la cultura propiamente dicha, mientras que la segunda casi no merece el nombre de cultura. Pero esta clasificación sólo refleja determinada distribución de poder en una sociedad y época dada, no tiene nada que ver con los contenidos culturales respectivos.


Tercera idea falsa: Hay culturas "puras" y "mezcladas"


La todavía reciente conmemoración del "Quinto Centenario" de la llegada de los europeos a América ha contribuido a fortalecer otra idea falsa muy extendida, la de la existencia de "culturas puras". Como es bien sabido, esta idea fue utilizada durante toda la Colonia como pauta para la organización de la sociedad, en consecuencia se afianzó la concepción del mestizaje biológico y cultural como algo esencialmente negativo y hasta peligroso y, en todo caso, inferior a la pureza de la piel blanca, los apellidos españoles y la procedencia peninsular(5).


Es curioso ver cómo se puede mantener una idea así, cuando todo el mundo sabe que es falsa. Cuando los españoles iniciaron la conquista americana acababan de terminar con varios siglos de dominio árabe en sus tierras, pero sin poder borrar, hasta el día de hoy, la influencia cultural de éste; además, cualquier niño español aprende en la escuela una historia de las primeras poblaciones de la península ibérica de acuerdo con la cual se da cuenta que esta historia ha sido, siglo tras siglo, una historia de mezclas biológicas y culturales de todo tipo.


También en cuanto a la cultura yucateca habrá poca gente que no pueda dar muchos ejemplos de cómo esta cultura se ha venido conformando por herencias mayas, españolas y libanesas, a las que se agregan las de origen africano, coreano y caribeño, además de las más recientes influencias europeas y norteamericanas. Por otra parte, es ampliamente sabido que la influencia cultural proveniente de un mismo origen puede adoptar formas muy diversas, por lo que, por ejemplo, la herencia española se expresó y se expresa hoy de modo bastante diferente en los Altos de Jalisco, el centro de la ciudad de México o la costa veracruzana.


Lo que sucede es que quienes reflexionan sobre una cultura o tratan de transmitirla a otra generación o de distinguirla de otras culturas, siempre están en la tentación de presentarla como un todo integrado, como algo completamente propio y concluido en sí mismo. Por tanto, suelen perder de vista el carácter de mezcla de todas las culturas. Además, las influencias no son cosa del pasado, únicamente repárese sólo un momento en cómo artefactos inventados en otras culturas, tales como la televisión, el fax o la computadora, han modificado recientemente y siguen modificando la cultura yucateca. Y lo mismo sucede en todas las demás culturas y subculturas también.


Cuarta idea falsa: Los recintos propios de la cultura son los museos, los teatros y las bibliotecas.


Recordando lo que se acaba de exponer sobre las concepciones equivocadas que identifican una parte de la cultura (por ejemplo, las "bellas artes") con toda la cultura y que pretenden distinguir las culturas "esencialmente" valiosas de las que no lo son, el rechazo de esta cuarta idea falsa no debería ser muy difícil.


Sin embargo, la educación escolar ha contribuido fuertemente a que para muchas generaciones la palabra "cultura" haya tenido y siga teniendo una connotación inevitable de solemnidad: cultura es algo muy especial, cultura es algo a lo que uno se debe acercar con respeto, cultura es cierto tipo de patrimonio colectivo creado por admirables genios de épocas pasadas. Por tanto, un hogar típico de la cultura, un lugar típico para encontrarse con la cultura es el museo, por ejemplo, galerías de arte, museos de antropología e historia; otro hogar típico es el teatro, donde se escucha la música que vale la pena y se ven las obras dramáticas realmente importantes de diferentes épocas y países. También la biblioteca con sus anaqueles llenos de pesados y empolvados volúmenes, a los que sólo al término de engorrosos trámites se tiene acceso, es entendida por muchos como un lugar típico donde se reúnen los acervos culturales de un país.


Lo que tienen en común los tres tipos de "hogar” de la cultura es fácil de reconocer: se trata de lugares a los que sólo un muy pequeño porcentaje de la población suele acudir.


Hay que señalar aquí que no pocos antropólogos contribuyen, a menudo sin quererlo, a esta visión equivocada de las cosas. Por más que promueven que en los museos aparezca lo que suelen llamar "cultura popular": la música tradicional de las regiones, el teatro campesino, las artesanías, la arquitectura, la vida cotidiana de los grupos étnicos contemporáneos, las múltiples costumbres, fiestas, artefactos y prácticas sociales actualmente en uso, también para ellos la cultura es algo "consagrado", o sea, algo que ha sido creado alguna vez y que en la actualidad se considera de gran valor. Por tanto así se opina, sólo debe ser admirado, conservado y reproducido tal cual y cualquier modificación es vista como lamentable "pérdida", pérdida cultural, pérdida de tradiciones y pérdida de valores.


Esta manera errónea de ver la cultura está confundida con respecto a dos cuestiones. Desde luego hay creaciones culturales que son dignas de admirarse y que deben ser conservadas en el estado en que se encuentran. Pero en su conjunto, la cultura, todas las culturas y sus manifestaciones son algo vivo, algo que surge y se transforma sin cesar y a veces incluso desaparece después de haber existido algún tiempo. Y constantemente, en la historia de todas las áreas de la cultura la emergencia de algo nuevo, ha sido considerado como "pérdida" o incluso como "traición". Mozart y Beethoven, por ejemplo, que para mucha gente pertenecen a los más geniales creadores musicales de todos los tiempos, tuvieron que enfrentarse más de una vez a durísimas críticas por "no respetar la tradición" musical consagrada en su tiempo. Pero su lugar en la historia de la música fue la de innovadores, y la generación posterior a ellos volvió a romper los moldes establecidos por ellos.


Además, conviene caer en la cuenta que a pesar de su innegable importancia, los museos, los teatros y las bibliotecas son sólo algunos de los muchos hogares de la cultura. La mayor parte de la vida cultural se realiza, se conserva, se reproduce y se transforma fuera de ellos. Es cierto, que también en Mérida y en Yucatán necesitamos muchos más museos, teatros y bibliotecas, pero también en el periodismo y en los medios electrónicos, en las casas y los talleres, en los restaurantes y en las calles y en muchos espacios más se produce y se reproduce cultura a diario. Mucha de ella es efímera, otra encuentra su entrada a los recintos mencionados. Lo que importa destacar aquí es que la vida cultural es más amplia y más rica de lo que se reúne, colecciona y exhibe en los solemnes espacios especiales destinados a su conservación.


Quinta idea equivocada: La existencia de la cultura depende del Estado


Como muchas concepciones falsas, también ésta se basa en ciertos elementos verdaderos. Así, es cierto que en México casi todas las instituciones que de alguna manera tienen que ver con la creación cultural especializada y la conservación del patrimonio cultural en general, son instituciones que no dependen de los creadores de la cultura, sino de los gobiernos: los institutos estatales de cultura, la educación escolar básica y superior, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, los museos, las escuelas de bellas artes, las revistas y las estaciones de radio llamadas culturales, etc. Desde luego, esta dependencia puede ser decisiva porque la asignación o no de un subsidio gubernamental a una propuesta cultural a menudo decide sobre la existencia o no de esta última. Además, como en muchos otros países, también en México gran parte del fomento a las más diversas manifestaciones culturales se realiza bajo la óptica del "fortalecimiento" de la cultura "nacional" y de este modo se justifica la fuerte presencia del Estado en estas cuestiones.


Los Estados han tenido siempre interés en intervenir en la creación cultural y la conservación del patrimonio cultural porque de esta manera controlan y a veces incluso crean un importante factor de cohesión social. Pero cualquier mirada breve al mapa demuestra lo absurdo de esta concepción. Por más que las fronteras "nacionales" sean delimitaciones territoriales claramente definidas, objetivos de sangrientas luchas y complicados tratados internacionales, es obvio que no son fronteras culturales (y algo semejante vale para las subculturas al interior de un país). Rasgos de la cultura norteamericana se encuentran en todo el país y en pleno Paseo Montejo. Manifestaciones de la cultura mexicana no sólo se hallan en regiones enteras de los Estados Unidos, sino que muchas veces las dominan completamente. ¿Cómo se distingue en el Soconusco la cultura mexicana de la guatemalteca? ¿Dónde termina la cultura de Yucatán y dónde empieza la de Campeche?


Desde luego existen diferencias culturales y, en consecuencia límites entre culturas: desde el comienzo de este ensayo se indicó que la cultura humana no es una, sino que constituye un compuesto de culturas diferentes. Pero aunque los Estados y sus instituciones suelen traer, al igual que los museos, los teatros y las bibliotecas, de petrificar la cultura en el sentido que se acaba de mencionar, el ámbito de la creación y reproducción cultural es mucho más amplio que el ámbito de las instituciones estatales. Esto también porque, a fin de cuentas, la historia del Estado cubre sólo una mínima fracción de la historia de la humanidad.


Para terminar: Cinco equivocaciones, una oposición


En este ensayo se han presentado cinco ideas equivocadas sobre la cultura bajo la forma de cinco oposiciones. Primero se opuso la idea de que se puede o no tener cultura a la concepción antropológica de la cultura, según la cual todos los seres humanos tienen cultura aunque sus culturas siempre son diferentes unas de las otras. En segundo lugar, se confrontó la equivocada idea de que existe una jerarquía objetiva entre las diversas culturas y manifestaciones culturales con la ausencia de criterios científicos para determinarla. En tercer lugar, se opuso a la errónea concepción de la existencia de culturas puras y por eso valiosas, la realidad empírica de la mezcla cultural por doquier. En cuarto lugar, se estableció frente a la idea de que la cultura se encuentra únicamente en ciertos recintos solemnes, tales como museos, teatros y bibliotecas, la evidencia empírica de la enorme amplitud de los procesos de creación, reproducción, transmisión y transformación de la cultura. Y finalmente se opuso a la opinión de la liga intrínseca entre Estado y cultura la realidad de una vida cultural mucho más comprensiva.


Mientras que estas oposiciones constituyen oposiciones entre ideas verdaderas y falsas sobre la cultura, es pertinente concluir este ensayo con unas consideraciones sobre una oposición de otro tipo. Hay una oposición en el terreno cultural de suma importancia para todos quienes analizan y, más aún, quienes viven y participan en una cultura. Esta oposición es la oposición entre la cultura propia y la cultura impuesta(6).


Como se ha dicho anteriormente, en todas las culturas y en todos los tiempos se han documentado influencias de unas culturas sobre otras. El problema no radica en la existencia de tales influencias, sino en que si los seres humanos pertenecientes a una cultura pueden decidir libremente sobre si quieren aceptar tales influencias y, en dado caso, cuáles y cómo. Poder escoger entre alternativas presupone, claro está, conocer alternativas y reconocer a una influencia concreta como una alternativa entre otras posibles.


Este último aspecto vale no solamente para un país (se recordarán las recientes discusiones sobre esta temática durante la preparación del Tratado Norteamericano de Libre Comercio), para una etnia (varios de los comunicados del Ejército Zapatista de Liberación Nacional han insistido en que determinadas políticas gubernamentales contribuyen a destruir las tradiciones culturales de los pueblos indígenas), sino también para regiones con una identidad cultural tan marcada y tan antigua como Yucatán. Precisamente porque la cultura no es sólo lo que se encuentra en museos, teatros y bibliotecas, sino también lo que está en las calles y las casas, la opción por una influencia cultural con alternativas culturales tiene que ver con la identidad colectiva de una población, o sea, de cómo ésta ve la vida y quiere vivirla y qué sentido encuentra en ella. Pero esto remite enseguida a la estructura del poder vigente en el seno de esta población: ¿Quién tiene la capacidad de reconocer alternativas, quién puede decidir sobre cuál se acepta o no? y, en dado caso, ¿cómo? Reconocer estos elementos críticos de una situación cultural implica admitir que el estudio de la cultura siempre tiene que ser crítico. Porque se trata de reconocer aquellos elementos en los procesos culturales que contribuyen a la emancipación de los seres humanos y a una vida más humana digna y feliz de todos. Esto, empero, no tiene que ver con esta cultura o aquella, con este pueblo o aquél con esta época u otra.


En todos los tiempos, regiones y pueblos se han generado y se siguen generando elementos culturales que apoyan y reproducen estructuras de dominación y otros que abren caminos de liberación. El estudio científico de la cultura puede contribuir al fomento de cualquiera de ambos. Una aportación significativa a la segunda perspectiva mencionada consiste en combatir las ideas erróneas que siguen existiendo y difundiéndose sobre los fenómenos culturales.


NOTAS

1 Este texto es la versión revisada de la ponencia presentada el 1 de junio de 1994 en la "Primera Mesa de la Cultura Popular Yucateca", organizada por la Unidad Regional de Yucatán de Culturas Populares en la Casa de la Cultura del Mayab. Se publicó en la Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán, volumen 9, de octubre diciembre de 1994, núm. 191, págs. 31-36.

2 Este significado no es el mismo en todos los idiomas ni ha sido igual siempre. Un interesante relato de los cambios del término ocurridos precisamente en la época del surgimiento de las ciencias antropológicas se encuentra en la introducción del libro de R. Williams, Culture and Society 1780-1950, Ed. Chatto, Londres 1958. Véase para el tema también a E. A. Hoebel "La naturaleza de la cultura", en H.L. Shapiro, Hombre, cultura y sociedad, págs. 231-245, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1975.

3 Véase G. Bonfil, México profundo. Ed. SEP-CIESAS, México 1987. Una reseña de este libro se publicó en el núm. 11 (abril de 1989) del boletín editado por la Biblioteca Central de la UADY, el libro del mes.

4 Con esto no quiero decir que todas las manifestaciones culturales son equivalentes en términos absolutos. Tal posición equivaldría a un tipo de relativismo cultural insostenible, que no se defiende aquí. Sin embargo, no puede discutirse aquí este problema. Una breve aproximación se encuentra en E. Krotz, "Los escenarios de la diversidad", en: Opciones, n. 44 (septiembre de 1993), págs. 10-11.

5 Esta problemática se encuentra reseñada de manera magistral en A. Gerbi, "La disputa del nuevo mundo". Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1982 (2ª. Ed. Corr.)

6 Esta idea se apoya en la teoría de Guillermo Bonfil sobre el control cultural, una versión de ésta se incluyó como capítulo segundo de su libro antológico Pensar la cultura (Ed. Alianza Mexicana, México, 1991).


Extraído de:

http://trabajaen.conaculta.gob.mx/convoca/anexos/Cinco%20ideas%20falsas%20sobre%20la%20cultura.PDF