Fragmento extraído del
libro La industria del Holocausto, de Norman
Finkelstein.
II Embaucadores,
mercachifles y un poco de historia
«La conciencia del
Holocausto», como señala el reputado escritor israelí Boas Evron,
es en realidad «un adoctrinamiento propagandístico oficial, una
producción masiva de consignas y falsas visiones del mundo, cuyo
verdadero objetivo no es en absoluto la comprensión del pasado, sino
la manipulación del presente». En sí mismo, el holocausto nazi no
promueve ningún programa político concreto. Puede, con la misma
facilidad, motivar la oposición o el apoyo a la política israelí.
Pero, refractada a través de un prisma ideológico, «la memoria del
exterminio nazi» llegó a convertirse, en palabras de Evron, «en
poderosa herramienta en manos de los dirigentes israelíes y los
judíos del extranjero»(1). El holocausto nazi se convirtió
en el Holocausto.
Dos son los dogmas
fundamentales que sustentan la estructura del Holocausto: (1) el
Holocausto constituye un acontecimiento histórico categóricamente
singular; (2) el Holocausto marca el clímax del eterno e irracional
odio gentil a los judíos. En el discurso público previo a la guerra
de junio de 1967, no se encuentra ni rastro de estos dogmas, y,
aunque luego llegaron a convertirse en pilares de la literatura sobre
el Holocausto, tampoco se encuentra rastro de ellos en los estudios
serios sobre el holocausto nazi(2). Por otra parte, ambos
dogmas se basan en tendencias importantes del judaísmo y del
sionismo.
En la época
inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, el holocausto
nazi no se categorizó como fenómeno singularmente judío, y mucho
menos como una singularidad histórica. La comunidad judía
organizada de EEUU, en concreto, hizo lo imposible por enmarcarlo en
un contexto universalista. Pero, después de la guerra de junio, la
solución final nazi se situó en un marco radicalmente distinto. «La
idea principal y primera que surgió de la guerra de 1967, y que
llegaría a ser emblemática, del judaísmo estadounidense», según
rememora Jacob Neusner, fue que «el Holocausto […] era algo único,
sin parangón en la historia de la humanidad»(3). En un
ensayo revelador, el historiador David Stannard ridiculiza la
«pequeña industria de los hagiógrafos del Holocausto que
argumentan con toda la energía y la ingenuidad de los fanáticos
religiosos que la experiencia judía fue única»(4). A fin de
cuentas, no es difícil demostrar que el dogma de la singularidad es
absurdo.
En un nivel básico de
análisis, todo acontecimiento histórico es único, aunque solo sea
en virtud de sus coordenadas espacio-temporales, y, a la vez, todo
acontecimiento histórico posee rasgos distintivos y rasgos
compartidos con otros hechos históricos. La anomalía del Holocausto
es que su singularidad se considere absoluta. ¿Qué otro hecho
histórico, cabría preguntar, se clasifica básicamente en función
de su categórica singularidad? La estrategia utilizada es aislar los
rasgos distintivos del Holocausto con objeto de situarlo en una
categoría exclusiva. Lo que queda por esclarecer es por qué muchos
de los rasgos que tiene en común con otros acontecimientos se
consideran triviales en comparación con los que lo singularizan.
Todos los teóricos del
Holocausto están de acuerdo en señalar que el Holocausto es algo
único, pero pocos, si es que hay alguno, se ponen de acuerdo al
explicar los motivos de que así sea. Cada vez que un argumento en
pro de la singularidad del Holocausto es refutado, enseguida se aduce
otro nuevo para sustituirlo. Y el resultado de esto es, según
Jean-Michel Chaumont, que hay múltiples argumentos contradictorios
que se anulan entre sí: «El conocimiento no se acumula. Por el
contrario, el argumento nuevo que trata de superar al anterior
siempre parte de cero»(5). Dicho de otro modo: la
singularidad es una premisa básica de la estructura del Holocausto;
la tarea que debe realizarse es demostrar su veracidad, en tanto que
demostrar su falsedad equivale a negar el propio Holocausto. Tal vez
el problema radica en la premisa, y no en las pruebas. Aun cuando el
Holocausto no fuera un fenómeno único, ¿qué más daría? Si el
holocausto nazi no fuese el primer acontecimiento de su categoría,
sino el cuarto o el quinto en una serie de catástrofes comparables,
¿cómo se modificaría nuestra visión del mismo?
La última adición a los
alegatos en favor de la singularidad del Holocausto es The
Holocaust in Historical Context, de Steven Katz. Citando casi
cinco mil títulos en el primero de los tres volúmenes proyectados
para su estudio, Katz da un repaso a toda la historia humana con
objeto de demostrar que «el Holocausto es fenomenológicamente único
en virtud del hecho de que nunca antes había sucedido que un Estado
se propusiera, tanto en el plano de los principios intencionales como
en el de la política práctica, aniquilar físicamente a todo
hombre, mujer y niño pertenecientes a un pueblo concreto». Con
objeto de clarificar su tesis, Katz explica: «∮ es
singularmente C. ∮ puede compartir A, B, D… X con ▲,
pero no puede compartir C. Y, además, ∮ puede compartir A,
B, D… X con todos los ▲, pero no puede compartir C. Todo lo
esencial depende, por así decirlo, de que ∮ sea
singularmente C […]. Si a n le falta C, ya no es ∮
[…]. Por definición, no se permiten excepciones a esta regla. Al
compartir A, B, D… X con ∮, ▲ puede ser como ∮
en estos y otros aspectos […], pero, en lo que concierne a nuestra
definición de singularidad, cualesquiera ▲ a los que les falte C
no son ∮ […]. Como es lógico, ∮ en su totalidad
es algo más que C, pero nunca será ∮ si le falta C».
Traducción: un hecho histórico que contiene un rasgo distintivo es
un hecho histórico distinto. Para evitar toda confusión, Katz pasa
luego a explicar que emplea el término fenomenológicamente «en un
sentido que no es husserliano, ni shutzeano, ni scheleriano, ni
heideggeriano, ni merleau-pontyano». Traducción: el estudio de Katz
es un sin sentido fenomenal(6). Aun cuando la evidencia
sustentara la tesis fundamental de Katz, y no es así, eso solo
demostraría que el Holocausto contiene un rasgo distintivo. Y lo
verdaderamente raro sería que no fuera así. Chaumont deduce que el
estudio de Katz no es más que «ideología» disfrazada de
«ciencia», y de esto vamos a hablar más a continuación(7).
De afirmar que el
Holocausto es algo único a aseverar que no se puede comprender
racionalmente apenas hay un paso. Si el Holocausto carece de
precedentes históricos, habrá que colocarlo por encima de la
historia y no podrá ser explicado con la lógica histórica. De
hecho, el Holocausto es único porque es inexplicable, y es
inexplicable porque es único.
Estas mistificaciones,
denominadas por Novick «la sacralización del Holocausto», tienen a
su mejor representante en Elie Wiesel. Tal como observa Novick con
acierto, para Wiesel, el Holocausto es, efectivamente, una religión
mistérica. Wiesel salmodia que el Holocausto «conduce a la
oscuridad», «niega todas las preguntas», «se sitúa fuera, si no
más allá, de la historia», «es imposible tanto de comprender como
de describir», «no puede ser explicado ni visualizado», nunca será
«comprendido ni transmitido», marca la «destrucción de la
historia» y una «mutación de escala cósmica». Sólo el
sacerdote-superviviente (léase: sólo Wiesel) está capacitado para
desentrañar su misterio. Y, aun así, reconoce Wiesel, el misterio
del Holocausto es «incomunicable»; «ni siquiera podemos hablar de
él». Por tanto, a cambio de una tarifa de 25.000 dólares (más una
limusina con chófer), Wiesel da conferencias en las que desvela que
el «secreto de la verdad» de Auschwitz «radica en el silencio»(8).
Según esta
interpretación, comprender racionalmente el Holocausto equivaldría
a negarlo. Pues la racionalidad refuta la singularidad y el misterio
del Holocausto. Y comparar el Holocausto con los sufrimientos de
otros grupos es, en opinión de Wiesel, una «traición absoluta a la
historia judía»(9). Hace unos años, la parodia de un tabloide de
Nueva York llevaba el siguiente titular: «Michael Jackson y sesenta
millones más mueren en holocausto nuclear». En la sección de
cartas al director se publicó una airada protesta de Wiesel: «¿Cómo
se atreven a llamar Holocausto a lo que sucedió ayer? Solo ha habido
un Holocausto […]». En sus nuevas memorias, Wiesel demuestra que
la realidad puede imitar la parodia al reconvenir a Simón Peres por
hablar «sin la menor vacilación de “los dos holocaustos” del
siglo XX: Auschwitz e Hiroshima. No debería haberlo dicho»(10).
Una de las frases favoritas acuñadas por Wiesel dice así: «La
universalidad del Holocausto radica en su singularidad»(11).
Mas, si el Holocausto es incomparable e inexplicablemente único,
¿cómo puede tener una dimensión universal?
El debate sobre la
singularidad del Holocausto es estéril. Los razonamientos a favor de
la singularidad del Holocausto han llegado a constituir una especie
de «terrorismo intelectual» (Chaumont). Quienes ponen en práctica
los procedimientos comparativos al uso en la investigación académica
deben, como medida previa, hacer infinidad de advertencias para
evitar que les acusen de «trivializar el Holocausto»(12).
La premisa de que la
maldad del Holocausto no tiene parangón es un subapartado de la
argumentación que sostiene que el Holocausto es un fenómeno único.
Por muy terribles que hayan sido los sufrimientos de otros,
sencillamente no son comparables. Claro está que los defensores de
la singularidad del Holocausto siempre niegan esta implicación, mas
sus refutaciones no son sinceras(13).
Las argumentaciones que
defienden la singularidad del Holocausto son insostenibles desde el
punto de vista intelectual, y deshonrosas desde el punto de vista
moral, mas, a pesar de todo, perduran. Y hay que preguntarse por qué.
En primer lugar, un sufrimiento especial confiere unos derechos
especiales. En opinión de Jacob Neusner, la maldad incomparable del
Holocausto no sólo sitúa a los judíos como un grupo aparte, sino
que también les otorga «derechos sobre los demás». Para Edward
Alexander, la singularidad del Holocausto es un «capital moral»;
los judíos deben «reclamar su soberanía» sobre esta «valiosa
propiedad»(14).
La singularidad del
Holocausto –este «derecho» sobre los demás, este «capital
moral»– es, en efecto, la mejor coartada de Israel. «La
singularidad del sufrimiento judío –arguye el historiador Peter
Baldwin– refuerza las exigencias morales y emocionales que Israel
puede hacer […] a otras naciones»(15). Así pues, según
Nathan Glazer, el Holocausto, al poner de manifiesto la «peculiar
singularidad de los judíos», les otorgó el «derecho a
considerarse especialmente amenazados y particularmente merecedores
de cualesquiera esfuerzos necesarios para la supervivencia»(16)
(cursiva en el original). Por citar un ejemplo típico: siempre que
se explica la decisión de Israel de crear armas nucleares, se evoca
el fantasma del Holocausto(17). Como si fuera el único motivo
de que Israel quisiera convertirse en potencia nuclear.
Hay un factor más en
juego. Afirmar la singularidad del Holocausto es como declarar que
los judíos son especiales. No es el sufrimiento de los judíos el
que concede su condición única al Holocausto, sino el hecho de que
los judíos sufrieran. Dicho de otro modo: el Holocausto es
especial porque los judíos son especiales. En este sentido, Ismar
Schorsch, rector del Seminario Teológico Judío, ridiculiza el
alegato en favor de la singularidad del Holocausto diciendo que es
«una desagradable versión profana de la condición de pueblo
elegido»(18). Elie Wiesel derrocha vehemencia para defender la
excepcionalidad del Holocausto, y tampoco la escatima a la hora de
hablar de la excepcionalidad de los judíos. «En nosotros, todo es
diferente.» Los judíos son «ontológicamente» especiales(19).
Como hito que señala el clímax del odio gentil milenario hacia los
judíos, el Holocausto dio testimonio no solo del sufrimiento
singular de los judíos, sino también de la singularidad judía.
Durante la Segunda Guerra
Mundial y en la posguerra, como nos informa Novick, «la expresión
“abandono de los judíos” no habría sido comprendida
prácticamente por ningún miembro del gobierno [de EEUU], ni tampoco
por nadie de fuera del gobierno, judío o gentil». Las tornas se
volvieron después de junio de 1967. «El silencio del mundo», «la
indiferencia del mundo», «el abandono de los judíos»: todos estos
temas se incorporaron al núcleo del «discurso sobre el
Holocausto»(20).
Apropiándose de un
principio básico del sionismo, la estructura del Holocausto presenta
la solución final de Hitler como el clímax del milenario odio
gentil a los judíos. Los judíos perecieron porque todos los
gentiles, ya fueran perpetradores o colaboradores pasivos, deseaban
que murieran. Según Wiesel, «el mundo libre y “civilizado”»
puso a los judíos en manos «del verdugo. Hubo quien actuó como
asesino y quien guardó silencio»(21). No hay la menor
evidencia histórica que respalde la existencia de ese impulso
asesino de los gentiles. El laborioso esfuerzo de Daniel Goldhagen
por demostrar una variante de esta argumentación en Hitler’s
Willing Executioners puede considerarse como mucho literatura
cómica(22). Lo cual no impide que la utilidad política de
esta línea de argumentación sea considerable. Podría señalarse,
de paso, que la teoría del «eterno antisemitismo» en realidad
resulta práctica para los antisemitas. Como comenta Arendt en Los
orígenes del totalitarismo, «el que esta doctrina fuera
adoptada por los antisemitas profesionales es absolutamente lógico;
proporciona la mejor coartada posible para todo tipo de atrocidades.
Si es cierto que la humanidad lleva más de dos mil años empeñada
en asesinar a los judíos, matar a los judíos debe de ser una
ocupación normal, e incluso humana, y el odio a los judíos queda
justificado sin necesidad de recurrir a argumentación alguna. Lo más
sorprendente con respecto a esta explicación es que haya sido
adoptada por muchísimos historiadores objetivos y por un número de
judíos aún mayor»(23).
El dogma del Holocausto
del eterno odio gentil ha valido tanto para justificar la necesidad
de un Estado judío como para dar cuenta de la hostilidad dirigida
contra Israel. El Estado judío es la única salvaguarda posible
contra el próximo (e inevitable) estallido de antisemitismo
homicida; y, a la inversa, el antisemitismo homicida está detrás de
todo ataque e incluso detrás de toda maniobra defensiva en contra
del Estado judío. La novelista Cynthia Ozick dio una explicación
sencilla de las críticas a Israel: «El mundo quiere eliminar a los
judíos […], el mundo siempre ha querido eliminar a los
judíos»(24). Si todo el mundo desea que los judíos desaparezcan,
lo realmente extraño es que sigan vivos… y que, a diferencia de
buena parte de la humanidad, no estén precisamente muriéndose de
hambre.
Por otra parte, este
dogma ha conferido a Israel licencia absoluta para obrar a su antojo:
puesto que los gentiles siempre están empeñados en asesinar a los
judíos, estos tienen todo el derecho a protegerse comoquiera que lo
estimen conveniente. Sean cuales fueren los métodos a que recurran
los judíos más expeditivos, incluidas la agresión y la tortura,
todo constituye una legítima defensa. Deplorando la «lección» del
eterno odio gentil que se ha extraído del Holocausto, Boas Evron
observa que «es a todas luces equivalente a cultivar deliberadamente
la paranoia […]. Esta mentalidad […] perdona de antemano
cualquier trato inhumano que se inflija a los no judíos, ya que la
mitología dominante sostiene que “todo el mundo colaboró con los
nazis para destruir a la comunidad judía”, y, en consecuencia, los
judíos lo tienen todo permitido en su relación con otros
pueblos»(25).
Según la estructura
ideológica del Holocausto, el antisemitismo gentil, además de ser
imposible de erradicar, siempre es irracional. Sobrepasando con mucho
los análisis del sionismo clásico, y no digamos ya los estudios
académicos al uso, Goldhagen argumenta que el antisemitismo está
«divorciado de la realidad de los judíos», «no es
fundamentalmente una respuesta nacida de una evaluación objetiva de
los actos judíos» y es «independiente de la condición y de los
actos de los judíos». Así pues, es una patología psicológica de
los gentiles, y el «ámbito donde reside» es «la mente» (comillas
en el original). Movidos por «argumentos irracionales», los
antisemitas, según Wiesel, «sencillamente se sienten agraviados por
la existencia de los judíos»(26). «Sin contar con que lo
que los judíos hagan o dejen de hacer nada tiene que ver con el
antisemitismo –observa críticamente el sociólogo John Murray
Cuddihy–, ¡cualquier intento de explicar el antisemitismo
refiriéndose a la contribución judía al antisemitismo es en sí
mismo un ejemplo de antisemitismo!» (cursiva en el original)(27).
La cuestión no es, evidentemente, que el antisemitismo sea
justificable, ni tampoco que haya que culpar a los judíos de los
crímenes cometidos contra ellos, sino que el antisemitismo se
desarrolla en un contexto histórico específico en el que existe un
juego de intereses concomitante. «Una minoría de talento, bien
organizada y mayoritariamente exitosa puede inspirar conflictos que
derivan de tensiones intergrupales objetivas», señala Ismar
Schorsch, aunque dichos conflictos «frecuentemente se presenten bajo
la forma de estereotipos antisemitas»(28).
La esencia irracional del
antisemitismo gentil se infiere de manera inductiva de la esencia
irracional del Holocausto. A saber: la solución final de Hitler
estuvo excepcionalmente falta de racionalidad; fue «la maldad por la
maldad», un asesinato de masas «sin sentido»; la solución final
hitleriana representó el momento culminante del antisemitismo
gentil; en consecuencia, el antisemitismo gentil es esencialmente
irracional. Juntas o por separado, estas proposiciones no resisten
siquiera un escrutinio superficial(29). Pero, eso sí,
políticamente resultan muy útiles.
Al eximir a los judíos
de toda culpa, el dogma del Holocausto inmuniza a Israel y a la
comunidad judía estadounidense contra la censura legítima. La
hostilidad árabe o la afroamericana «no son fundamentalmente una
respuesta nacida de una evaluación objetiva de la actuación de los
judíos» (Goldhagen)(30). Veamos lo que dice Wiesel sobre la
persecución de los judíos: «Durante dos mil años […] siempre
estuvimos amenazados […]. ¿Por qué? Por ningún motivo». O sobre
la hostilidad árabe hacia Israel: «Debido a que somos quienes somos
y a lo que nuestra patria, Israel, representa (el corazón de
nuestras vidas, el sueño de nuestros sueños), cuando nuestros
enemigos traten de destruirnos, lo harán tratando de destruir
Israel». O de la hostilidad que el pueblo negro siente hacia los
judíos estadounidenses: «El pueblo que obtuvo en nosotros su
inspiración no nos lo agradece, sino que nos ataca. Nos encontramos
en una situación muy peligrosa. Volvemos a ser el chivo expiatorio
en todos los frentes […]. Ayudamos a los negros; siempre les
ayudamos […]. Los negros me dan lástima. Hay algo que deberían
aprender de nosotros: la gratitud. No hay pueblo en el mundo que
conozca tan bien la gratitud como nosotros; estamos eternamente
agradecidos»(31). Siempre castigado, siempre inocente: tal es la
carga de ser judío(32).
En el marco de referencia
del Holocausto, el dogma del eterno odio gentil valida asimismo el
dogma complementario de la singularidad. Si el Holocausto señaló el
clímax del milenario odio gentil a los judíos, la persecución de
los no judíos durante el Holocausto fue algo meramente accidental, y
la persecución de los no judíos a lo largo de la historia no pasa
de ser episódica. Se mire por donde se mire, el sufrimiento judío
durante el Holocausto fue excepcional.
El sufrimiento judío fue
único porque los judíos también lo son. El Holocausto fue único
porque no fue racional. En el fondo, su ímpetu derivó de una pasión
absolutamente irracional, aunque a la vez muy humana. El motivo del
odio que los judíos inspiraban al mundo gentil era la envidia, los
celos: el resentimiento. Según Nathan y Ruth Ann Perlmutter, el
antisemitismo surgió de «los celos y el resentimiento que sentían
los gentiles porque los judíos superasen a los cristianos en el
mundo mercantil […]. Los judíos, mejor dotados y en inferioridad
numérica, inspiraban rencor a los gentiles, peor dotados y mucho más
numerosos»(33). Así pues, aunque fuera de una manera
negativa, el Holocausto vino a confirmar la condición de pueblo
elegido de los judíos. Como los judíos son mejores, o tienen más
éxito, sufrieron la ira de los gentiles, que luego los asesinaron.
En un breve aparte,
Novick se pregunta: «¿Qué se diría del Holocausto en Estados
Unidos» si Elie Wiesel no fuera su «principal intérprete?»(34).
No es difícil dar con la respuesta: antes de la guerra de junio de
1967, el mensaje universalista de Bruno Bettelheim, superviviente de
los campos de concentración, tenía gran resonancia entre los judíos
estadounidenses. Después de la guerra de junio, se arrinconó a
Bettelheim para entronizar a Wiesel. La preeminencia de Wiesel está
en función de su utilidad ideológica. Singularidad del sufrimiento
judío/singularidad de los judíos, gentiles siempre culpables/judíos
siempre inocentes, defensa incondicional de Israel/defensa
incondicional de los intereses judíos: Elie Wiesel es el
Holocausto.
NOTAS:
1 Boas Evron,
«Holocaust: The Uses of Disaster», Radical America,
julio-agosto de 1983, p. 15.
2 Véase en
Finkelstein y Birn, Nation, primera parte, sección 3, una
diferenciación entre la literatura sobre el Holocausto y los
estudios serios sobre el holocausto nazi.
3 Jacob Neusner
(ed.), Judaism in Cold War America, 1945-1990, vol. II: In
the Aftermath of the Holocaust, Nueva York, 1993, p. VIII.
4 David Stannard,
«Uniqueness as Denial», en Alan Rosenbaum (ed.), Is the
Holocaust Unique?, Boulder, 1996, p. 193.
5 Jean-Michel
Chaumont, La concurrence des victimes, París, 1997, pp.
148-149. La disección que hace Chaumont del debate sobre la
«singularidad del Holocausto» es un auténtico tour de force.
Sin embargo, su tesis fundamental no persuade, al menos en lo que
atañe al ámbito estadounidense. Según Chaumont, el fenómeno del
Holocausto tuvo su origen en una búsqueda de reconocimiento público
para los sufrimientos pasados que los judíos supervivientes
emprendieron con retraso. Mas lo cierto es que los supervivientes
apenas tuvieron nada que ver con el impulso inicial que colocó el
Holocausto en el primer plano de la actualidad.
6 Steven T. Katz,
The Holocaust in Historical Context, Oxford, 1994, pp. 28, 58,
60.
7 Chaumont, La
concurrence, p. 137.
8 Novick, The
Holocaust, pp. 200-201, 211-212. Wiesel, Against Silence,
vol. I, pp. 158, 211, 239, 272, vol. II, pp. 62, 81, 111, 278, 293,
347, 371, vol. III, pp. 153, 243. Elie Wiesel, All Rivers Run to
the Sea, Nueva York, 1995, p. 89. La tarifa de Wiesel nos ha sido
comunicada por Ruth Wheat, de la Agencia de Conferencias Bnai Brith.
«Las palabras –según Wiesel– son una aproximación horizontal,
en tanto que el silencio nos ofrece una aproximación vertical. Te
sumerges en él». ¿Se lanzará Wiesel en paracaídas sobre sus
conferencias?
9 Wiesel, Against
Silence, vol. III, p. 146.
10 Wiesel, And
the Sea, p. 95. Comparemos estas dos noticias:
– Ken Livingstone,
antiguo miembro del Partido Laborista que se presenta como
independiente a las elecciones para la alcaldía de Londres, ha
encolerizado a los judíos británicos al decir que el capitalismo
global ha provocado tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial.
«El sistema financiero internacional mata cada año a más personas
de las que perecieron en la Segunda Guerra Mundial, pero al menos
Hitler estaba loco, ¿no es así?». […] John Butterill,
parlamentario conservador, dijo que estas declaraciones de
Livingstone eran «un insulto para todas las personas que fueron
asesinadas y perseguidas por Adolf Hitler». Además, Butterill
afirmó que las acusaciones lanzadas por Livingstone contra el
sistema financiero global encerraban claras alusiones antisemitas
(«Livingstone’s Words Anger Jews», International Herald Tribune,
13 de abril de 2000).
– El presidente cubano,
Fidel Castro […], acusó al sistema capitalista de provocar año
tras año tantas muertes como la Segunda Guerra Mundial al volver la
espalda a las necesidades de los pobres. «Las imágenes que vemos de
madres y niños de regiones enteras de África sometidas al azote de
las sequías y otras catástrofes nos recuerdan los campos de
concentración de la Alemania nazi.» Refiriéndose a los tribunales
que juzgaron los crímenes de guerra después de la Segunda Guerra
Mundial, el dirigente cubano dijo: «No tenemos un Nuremberg que
pueda juzgar el orden económico que se nos ha impuesto, en el que
cada tres años mueren de hambre y de enfermedades que podrían
prevenirse más hombres, mujeres y niños de los que murieron en la
Segunda Guerra Mundial». […] En Nueva York, Abraham Foxman,
director nacional de la Liga Anti-Difamación, dijo: […] «La
pobreza es grave, dolorosa y puede ser mortal, pero no es lo mismo
que el Holocausto ni que los campos de concentración». (John Rice,
«Castro Viciously Attacks Capitalism», Associated Press, 13
de abril de 2000.)
11 Wiesel, Against
Silence, vol. III, pp. 156, 160, 163, 177.
12 Chaumont, La
concurrence, p. 156. Chaumont señala asimismo con acierto que la
defensa de la inconcebible maldad del Holocausto es irreconciliable
con la afirmación concomitante de que sus perpetradores eran
absolutamente normales (p. 310).
13 Katz, The
Holocaust, pp. 19, 22. «Tratar de argumentar que la defensa de
la singularidad del Holocausto no es una comparación ofensiva
equivale a adentrarse en el terreno de las ambigüedades –observa
Novick–. ¿Quién cree que defender la singularidad no equivale a
defender la superioridad?» (cursiva en el original).
Lamentablemente, el propio Novick incurre en comparaciones ofensivas.
Sostiene que, aunque sea un asunto moralmente elusivo en el contexto
estadounidense, «la repetida airmación de que todo lo que los
Estados Unidos puedan haberles hecho a los negros, a los nativos
norteamericanos, a los vietnamitas y a otros palidece en comparación
con el Holocausto es una afirmación verídica». (The Holocaust,
pp. 197, 15).
14 Jacob Neusner,
«A “Holocaust” Primer», p. 178. Edward Alexander, «Stealing
the Holocaust », pp. 15-16, en Neusner, Aftermath.
15 Peter Baldwin
(ed.), Reworking the Past, Boston, 1990, p. 21.
16 Nathan Glazer,
American Judaism, 2.ª ed., Chicago, 1972, p. 171.
17 Seymour M.
Hersh, The Samson Option, Nueva York, 1991, p. 22. Avner
Cohen, Israel and the Bomb, Nueva York, 1998, pp. 10, 122,
342.
18 Ismar Schorsch,
«The Holocaust and Jewish Survival», Midstream, enero de
1981, p. 39. Chaumont demuestra convincentemente que la defensa de la
singularidad del Holocausto se originó a partir del dogma religioso
de la condición de pueblo elegido de Israel, y que solo adquiere un
sentido coherente en este contexto. La concurrence, pp.
102-107, 121.
19 Wiesel, Against
Silence, vol. I, p. 153. Wiesel, And the Sea, p. 133.
20 Novick, The
Holocaust, pp. 59, 158-159.
21 Wiesel, And
the Sea, p. 68.
22 Daniel Jonah
Goldhagen, Hitler’s Willing Executioners, Nueva York, 1996
[ed. cast.: Los verdugos voluntarios de Hitler, Madrid,
Taurus, 1998]. Véase una crítica en Finkelstein y Birn, Nation.
23 Hannah Arendt,
The Origins of Totalitarianism, Nueva York, 1951, p. 7 [ed.
cast.: Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Taurus, 1974].
24 Cynthia Ozick,
«All the World Wants the Jews Dead», Esquire, noviembre de
1974.
25 Boas Evron,
Jewish State or Israeli Nation, Bloomington, 1995, pp.
226-227.
26 Goldhagen,
Hitler’s Willing Executioners, pp. 34-35, 39, 42.
Wiesel, And the Sea, p. 48.
27 John Murray
Cuddihy, «The Elephant and the Angels: The Incivil Irritatingness of
Jewish Theodicy», Robert N. Bellah y Frederick E. Greenspahn (eds.),
Uncivil Religion, Nueva York, 1987, p. 24. Además de este
artículo, véase, del mismo autor, «The Holocaust: The Latent Issue
in the Uniqueness Debate», P. F. Gallagher (ed.), Christians,
Jews, and Other Worlds, Highland Lakes, NJ, 1987.
28 Schorsch, The
Holocaust, p. 39. Dicho sea de paso, la suposición de que los
judíos constituyen una minoría «de talento» también es, a mi
parecer, «una desagradable versión profana de la condición de
pueblo elegido».
29 Un examen en
profundidad de este tema rebasa el ámbito del presente ensayo, mas
consideremos tan solo la primera proposición. La guerra de Hitler
contra los judíos, que tal vez sí fue irracional (asunto ya de por
sí complejo), no constituye de ninguna manera un hecho histórico
excepcional. Recordemos, por ejemplo, la tesis fundamental del
tratado de Joseph Schumpeter sobre el imperialismo: «Las
inclinaciones arracionales e irracionales, puramente instintivas,
hacia la guerra y la conquista desempeñan un papel muy importante en
la historia de la humanidad […]. Innumerables guerras –tal vez la
mayoría de las guerras– se han librado sin […] intereses
razonados o razonables». (Joseph Schumpeter, «The Sociology of
Imperialism», Paul Sweezy (ed.), Imperialism and Social Classes,
Nueva York, 1951, p. 83.)
30 Eludiendo
explícitamente el marco de referencia del Holocausto, un estudio
reciente del antisemitismo realizado por Albert S. Lindemann parte de
la premisa de que «sea cual fuere la fuerza del mito, no es cierto
que toda la hostilidad hacia los judíos, tomados individual o
colectivamente, se haya basado en visiones fantásticas o quiméricas
de ellos, o en proyecciones sin relación alguna con una realidad
palpable. Siendo seres humanos, los judíos han sido tan capaces como
cualquier otro grupo de provocar hostilidad en el mundo cotidiano y
profano». (Esau’s Tears, Cambridge, 1997, p. XVII.)
31 Wiesel, Against
Silence, vol. I, pp. 255, 384.
32 Chaumont señala
con acierto que este dogma del Holocausto es muy eficaz para conferir
mayor aceptabilidad a otros crímenes. La insistencia en la radical
inocencia de los judíos –por ejemplo, la ausencia de cualquier
motivo racional para su persecución, y no digamos ya para su
aniquilación– hace que «se presuponga un estatus “normal”
para otras persecuciones y asesinatos que se den en otras
circunstancias, y se crea así una división de facto entre
los crímenes incondicionalmente intolerables y los crímenes con los
que uno debe –y, por tanto, puede– convivir». (La
concurrence, 176.)
33 Perlmutter,
Anti-Semitism, pp. 36, 40.
34 Novick, The
Holocaust, p. 351 n. 19.
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