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29 enero, 2026

DEJA DE LAMENTARTE: ¡ACTÚA! — Biljana Vankovska

 

Edificio estatal de Hacienda en Teherán, el 19 de enero de 2026, tras ser incendiado durante los disturbios acaecidos en la capital iraní. Foto: Majid Asgaripourvia


DISAPPEARING ACTS – 29/01/2026

   Traducción del inglés: Arrezafe


Los estadounidenses como rehenes del complejo militar-industrial-mediático-académico-censor


Muchos coinciden en que el cambio de nombre del Departamento de Defensa de EEUU a Departamento de Guerra fue un acto de sinceridad, una forma de quitarse las máscaras y el discurso orwelliano. Tenemos exactamente lo que prometen y lo que vemos. La OTAN, es decir, los aliados europeos (y también Canadá), se ha adaptado a la retórica militar del Pentágono y la Casa Blanca, incluso cuando la amenaza armada se dirige contra integridad territorial de ellos mismos. Nada nuevo por otra parte: normalizar el lenguaje de las amenazas e intervenciones militares ha sido durante mucho tiempo el único mecanismo para "defender los intereses nacionales estadounidenses". No recuerdo que haya sido de otra manera. De hecho, la candidata demócrata en las últimas elecciones, Kamala Harris, prometió que, como comandante en jefe, garantizaría que Estados Unidos conservara "la fuerza de combate más poderosa y letal del mundo".


Así pues, la desesperación provocada por el trumpismo y su avance militar global no debería llevarnos a concluir que «la otra opción habría sido mejor». El problema estadounidense —y nuestro problema global— es que otras opciones se descartan intencionalmente por ser consideradas poco creíbles e «inelegibles». Seamos claros una vez más: Estados Unidos nunca ha tenido un presidente verdaderamente pacífico, pero sí cuenta con una serie de vetustos criminales de guerra con las manos ensangrentadas.


Claro que, a primera vista, parece irónico que, tras establecer una Junta para la Paz, la misma administración que la propicia ordene un ataque inminente contra otro país, Irán. Y no es la primera vez. Para ser claros, la Junta para la Paz es una fachada para legitimar el genocidio y consumarlo. En una entrevista para Al Jazeera, el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, advirtió que un ataque de Estados Unidos contra Irán sería "inapropiado", e instó a Washington y Teherán a resolver sus problemas de forma diplomática y gradual. ¡Este mismo individuo firmó la "Carta de la Paz" de Trump apenas unos días antes!


Las ambiciones de Trump de establecer la paz mundial son igualmente monstruosas. En conjunto, sumado a lo que sucede en Minneapolis (y no sólo allí, sino allá donde se centre la mirada de los medios y el público), la cuestión de las tendencias fascistas de la política estadounidense cobra legitimidad. La primera lección de ciencias políticas en la universidad es que «la política exterior se deriva de la política interior, y viceversa». Son gemelos siameses de toda política, independientemente de cómo se presente al electorado.


Desafortunadamente, la población estadounidense siempre se ha preocupado más por su propio bienestar, sin importar el costo que pagan otros pueblos y lugares cuyos nombres ni siquiera pueden pronunciar, y mucho menos ubicar en un mapa. Ahora, con razón, protestan contra lo que muchos hemos estado advirtiendo desde hace tiempo: ¡llegará el día en que se les venga encima, y no habrá nadie que los defienda! Ese momento ya ha llegado.


Sin embargo, esto no impide que el Comandante en Jefe, a quien el Congreso ha delegado toda la autoridad, gobierne mediante órdenes ejecutivas y decretos, incluso en política exterior, e inicie nuevas guerras. Una armada masiva, como anunció en su perfil de Truth Social, ha puesto rumbo a Irán. Avanza con rapidez, gran poder, entusiasmo y determinación. Lo que no dice, pero que el mundo sabe, es que detrás del deseo de "balcanizar Irán" (es decir, destruirlo, como destruyeron la ex Yugoslavia) se encuentra el hermano siamés, Usrael.


La Unión Europea participa y aprueba la guerra a su manera: los medios “informan” que «la represión contra los manifestantes en Irán ha sido un punto de inflexión para los europeos. Por eso ayer lograron superar sus diferencias y decidieron imponer sanciones al CGRI (Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán)».


Si, hasta ayer, el secuestro de un presidente legítimo resultaba impactante, ahora, por primera vez, las fuerzas armadas de un país soberano (que, por cierto, tienen derecho a la legítima defensa según el Artículo 51 de la Carta de la ONU) son declaradas "organización terrorista". Si uno busca información sobre el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI), inmediatamente se encontrará con narrativas que lo califican de fuerza paramilitar bajo el liderazgo del Ayatolá y simplemente parte de las fuerzas armadas. De nuevo, la vieja batalla de las narrativas: Irán es demonizado al instante, a pesar de que el país nunca ha cometido una agresión alguna contra otro Estado. En la retórica oficial iraní, la Guardia Revolucionaria es una "institución popular"; recluta voluntarios y brinda asistencia en desastres naturales, operaciones de rescate, pandemias y demás [algo similar a La Unidad Militar de Emergencias (UME) de las Fuerzas Armadas españolas]. En otras palabras, es una combinación de ejército, protección civil y movimiento patriótico antiimperialista. Recuerdo que las fuerzas de defensa yugoslavas solían definirse de forma similar.


Pero si logran convencerte de que el CGRI disparó contra su propio pueblo porque es antipopular, y no porque 2.000 o 3.000 agentes extranjeros (principalmente del Mosad) intentaron un golpe violento en Teherán, entonces te creerás cualquier mentira. Para hacerlo aún más irónico, al mismo tiempo, en EEUU, tropas de la Guardia Nacional están desplegadas en las calles de las ciudades reprimiendo duramente a los más débiles, a los diferentes, a los pobres... ¿Por qué? Para que Washington y otras ciudades destaquen por su mayor belleza y orden. Seguridad y orden, según ellos.


¿Por qué importa esto? Porque hace apenas unas semanas, debatíamos, incluso en círculos afines, el sangriento saldo en las calles de las ciudades iraníes. Mi postura de principios, entonces y ahora, es la misma: incluir en nuestras preocupaciones la represión contra los manifestantes en Irán es contraproducente para todos los que abogan por la paz. Atacar a Irán ha estado desde hace tiempo en la agenda del Pentágono, cuya intención, de una forma u otra, es destruir tanto a la población como al tejido social.


Muchos de nosotros, como observadores y personas que hemos experimentado los "remedios" y las "misiones civilizadoras" occidentales, debemos solidarizarnos con Irán y condenar al verdadero culpable (incluso cuando se trata del así denominado régimen de Teherán). Lo primero es lo primero.


Plantear si la intervención de Trump en Irán busca distraer a la población estadounidense de sus violentas y destructivas políticas internas no es más que una pregunta retórica que yo considero inútil. El ciudadano estadounidense ha estado "distraído" durante generaciones, incluso antes de Vietnam. Es analfabeto, insensible, incapacitado por la propaganda y un sistema educativo diseñado para mantenerlo como rehén del complejo militar-industrial-mediático-académico-inquisidor. No deberíamos esperar nada de la población estadounidense, salvo que empiecen a darse cuenta de que ahora van realmente a por ellos, a por cualquiera que se oponga a la locura oficializada en casa. Pero a todos los demás, debemos exigirles un compromiso de principios contra la agresión hacia un país que no representa ninguna amenaza, ni para Estados Unidos ni para el mundo, porque dicha agresión también nos alcanzará a nosotros, solo que ahora en forma de una tercera guerra mundial.



21 enero, 2026

Mujo en Irán — Biljana Vankovska

 

Estamos al borde de múltiples escenarios, todos peligrosos


Savage Minds – 20/01/2026


Shirin Neshat, “Silencio rebelde”, serie Mujeres de Allah.


Cualquiera de la antigua Yugoslavia comprenderá el título al instante. Mujo es un personaje bosnio legendario (aunque ficticio), protagonista (junto con su inseparable amigo Haso) de innumerables chistes con los que crecieron generaciones de yugoslavos. Las guerras se cobraron muchas vidas, arrasaron pueblos y destruyeron futuros, pero Mujo sobrevivió incluso a los días más oscuros del conflicto bosnio. Un chiste en particular me ha acompañado durante más de tres décadas, porque capta, mejor que la mayoría de los análisis, la arrogancia de la superficial "experiencia" occidental.


La escena se desarrolla en un pequeño pueblo bosnio, en una taberna local donde un extranjero (occidental, por supuesto) se reconoce al instante. Un día, Mujo entra, se fija en el extraño y, con afectuosamente, como hacen los lugareños, se acerca a él. Le pregunta cuándo llegó y cuánto tiempo piensa quedarse. "Ayer", responde el extranjero. "Mañana me voy". 


"¿Y qué haces aquí?", pregunta Mujo.

"Estoy escribiendo un libro sobre Bosnia".

"¿Y cómo se llamará el libro?".

La respuesta es inolvidable: Bosnia: ayer, hoy y mañana.


Así es como se ve la ignorancia disfrazada de autoridad. Una o dos visitas breves, o ninguna, algunas impresiones prestadas, algunos clichés mediáticos, y de repente uno se atribuye el dominio de todo un país, su gente, su historia y su futuro. Así que, permítanme ser inequívocamente claro: nunca he estado en Irán. Lo digo abiertamente, a diferencia de muchos vocingleros que fingen lo contrario. Trabajo con colegas iraníes, e Irán ha sido durante mucho tiempo un destino de ensueño para mí. Esperaba visitarlo antes de la pandemia, pero ahora me pregunto sinceramente si ese momento llegará alguna vez.


Como alguien que sabe lo que es la guerra, no por los libros sino por su experiencia propia; como alguien que ha visto “revoluciones de colores”, intervenciones militares y mentiras humanitarias desarrollarse en tiempo real; como alguien que estudia la paz y el conflicto; y como persona de izquierda por convicción, me niego a permanecer en silencio mientras la criatura naranja en la Casa Blanca se prepara, una vez más, para arrastrar a otro país a la catástrofe.


No soy un especialista en Irán, pero reconozco el imperialismo cuando lo veo. Sigue un guion rígido, casi mecánico: demonizar al Estado o a su líder; deslegitimarlos implacablemente; eliminarlos —por medios blandos o por la fuerza bruta—; instrumentalizar las verdaderas reivindicaciones sociales y las divisiones internas; echar leña al fuego; esperar la sangre —y luego desatar la «caballería estadounidense». Dondequiera que Estados Unidos interviene, la vida se marchita. La hierba no vuelve a crecer. Lo que crece son nuevos estados clientelares, líderes títeres, a veces incluso verdugos del ISIS con una nueva imagen. E, inevitablemente, la extracción a gran escala de recursos.


¿Democracia? ¿Derechos humanos? ¡Ahórrenselos! Son ornatos retóricos, no objetivos. La única constante es el interés imperial.


Una población que ya puede haber sufrido bajo un gobierno imperfecto o incluso severo es entonces disciplinada para obedecer; esta vez bajo la supervisión de un embajador estadounidense que actúa como gobernador general. Y si el derramamiento de sangre requerido no ocurre de forma natural, siempre puede ser escenificado, exagerado o fabricado para justificar una intervención "humanitaria".


Por eso, las especulaciones sobre el número de muertos en protestas pacíficas que se tornaron violentas intencionadamente se han convertido en una línea divisoria moral. Separan a quienes realmente se preocupan por el pueblo iraní de quienes simplemente instrumentalizan su sufrimiento. Esta división no transita entre la izquierda y la derecha; corta y atraviesa a la propia izquierda. Estos momentos son pruebas de fuego políticas y éticas. Nos obligan a asumir nuestros principios o a exponer su vacuidad. Con demasiada frecuencia, no superamos esta prueba.


La frase de Marx en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte sigue vigente hoy en día: «Los hombres forjan su propia historia, pero no la forjan a su antojo; no la forjan en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en circunstancias preexistentes, dadas y transmitidas por el pasado». Esto es aplicable no sólo a las revoluciones, sino también a nuestros ingenuos deseos de ver a Irán transformado de la noche a la mañana en un estado pacífico y próspero. Sin embargo, muchas voces iraníes genuinas, mujeres y hombres, hablan desde dentro de la propia sociedad, junto a fuentes creíbles. Los medios occidentales hacen lo que suelen hacer: no se preocupan por la información, sino que sirven como método de propaganda, que, lamentablemente, funciona incluso con personas cultas y bien intencionadas. Es difícil, por no decir arrogante, pretender una comprensión plena de un país complejo y enorme de 90 millones de personas, con una inmensa diversidad étnica, religiosa, generacional e ideológica. Pero hay algo indiscutible: el desarrollo social de Irán se vio violentamente descarrilado en el momento en que se convirtió en un objetivo estratégico de la codicia occidental y, posteriormente, en víctima de sanciones excepcionalmente crueles. Ahora se enfrenta a nuevas y terribles perspectivas.


La evidencia es abrumadora. Las sanciones, especialmente las arbitrarias, y las de Irán nunca fueron legales según el derecho internacional, siempre devastan a las sociedades desde abajo. Matan de hambre a las poblaciones, arruinan a la clase media y radicalizan la política (o la imposibilitan), mientras que las élites se adaptan y sobreviven. La sociedad iraní ha sido sometida a una asfixia lenta y deliberada: una forma invisible de ingeniería social diseñada para bloquear el crecimiento económico, la movilidad social y la evolución política. Todos somos cómplices de no haber logrado construir un movimiento global sostenido contra las sanciones. No es que el éxito estuviera garantizado; Cuba resiste como una advertencia permanente.


Cambiar de líderes no desmantela las estructuras forjadas bajo asedio. Un Estado rodeado de bases militares, sometido a amenazas constantes y castigado simplemente por existir, inevitablemente desarrollará élites defensivas y una política de seguridad reforzada. Señalar al "enemigo externo" no es paranoia; es la realidad. Por lo tanto, fueron fuerzas externas, y no internas, las que moldearon activamente el sistema político y la cultura de Irán. Nos guste o no, estas estructuras son expresiones legítimas de una determinada condición histórica.


Lo que profundiza la violencia es la humillación cultural: la incesante demonización de los iraníes y su civilización. Persia, una de las grandes civilizaciones del mundo, ha sido reducida a caricaturas de "mulás", velos y atraso. En marcado contraste, las brillantes mujeres iraníes ofrecen un análisis profundo y matizado de la vibrante sociedad civil del país, destacando cómo los grupos de mujeres, los sindicatos y los movimientos sociales luchan (dentro de las limitaciones existentes) por la dignidad y una vida mejor. Esta realidad se borra sistemáticamente en las narrativas occidentales.


Tras Venezuela y la larga lista de líderes eliminados anteriormente, Irán está ahora en la mira. Por el momento, las autoridades han bloqueado el guion occidental. Pero se ha derramado sangre, y la sangre deja cicatrices. Algunos exigen ahora sanciones aún más severas, castigando a un "régimen que mata a su propio pueblo", como si los Estados bajo ataque nunca recurrieran a la represión. Otros aplauden abiertamente la próxima aventura militar "rápida y espectacular" de Trump.


Nos encontramos al borde de múltiples escenarios, todos peligrosos. Trump ya ha impuesto nuevas restricciones comerciales; la UE lo sigue obedientemente, teatralmente "preocupada" por los civiles iraníes, mientras permanece en silencio, ciega y cómplice en Gaza. La obscenidad es asombrosa: Estados genocidas y depredadores imperialistas preparan su siguiente movimiento, el sufrimiento iraní se multiplicará en todas las clases sociales, y los "invitados de Mujo" debaten si este es el momento de condenar moralmente el autoritarismo antes de adentrarse en una crítica a Occidente.


Cada vez que las potencias occidentales —o ciertos círculos intelectuales— invocan los "derechos humanos", se me revuelve el estómago. Yugoslavia. Irak. Libia. Siria. Cada intervención basada en la mentira, una herramienta de dominación imperial. Todos los actores cínicos sirvientes de los intereses capitalistas. Todas operaciones lucrativas cuyo precio pagó el pueblo. Huelga decir que cualquier injerencia externa viola el derecho a la autodeterminación política. Cualquier uso de la fuerza sin la autorización de la ONU es un delito y, en las condiciones actuales, un delito contra la humanidad. Estos principios deben aplicarse universalmente.


El pueblo iraní ha sido maltratado durante generaciones, y esto debe terminar. Sí, muchos soportan vidas duras, y sí, la generación más joven está agotada por la constante sensación de vivir en una jaula. Pero estas personas no son ingenuas ni infantiles, y no necesitan la tutela imperial. Son plenamente capaces de comprender su propia realidad y forjar su propio futuro. Aman a su país y no desean verlo reducido a un sumiso cliente del poder imperial occidental.


Cualquiera que desee genuinamente ver una sociedad iraní floreciente debería comenzar por exigir el levantamiento inmediato de todas las sanciones ilegales, el cese de las operaciones encubiertas y el fin de las amenazas militares y de las intervenciones llevadas a cabo por actores sin legitimidad legal, política o moral.





25 diciembre, 2025

Del Estado de Derecho a la Era de las No-Personas — Biljana Vankovska

 

            Cau Gómez


Savage Minds – 25/12/2025

   Traducción del inglés: Arrezafe


El occidente kafkiano


Un pasaje de El cuento de la criada, de Margaret Atwood, me atormenta a menudo:

«Eso fue cuando suspendieron la Constitución… Ni siquiera hubo disturbios en las calles. La gente se quedó en casa… viendo la televisión… Ni siquiera había un enemigo al que se pudiera identificar».

Hoy, la lista de enemigos es larga: Rusia, China, Irán, Hamás… ¡tú eliges! Nuestras pantallas han cambiado, pero nuestra pasividad no. Ya no vemos la televisión; nos desplazamos, distraídos y aturdidos, mientras las libertades se erosionan en silencio. A partir de esta pasividad, la sociedad se ha vaciado: lo que queda no son ciudadanos, sino masas: zombificadas, sumisas y cada vez más desechables.


El detonante inmediato de esta reflexión es la reciente adopción por parte de la UE de las llamadas "medidas restrictivas", defendidas por Kaja Kallas y envueltas en el orwelliano "Escudo de la Democracia" de Ursula von der Leyen. Sin embargo, el fenómeno no es nuevo, solo más visible. El castigo silencioso y extrajudicial de individuos se ha estado desarrollando durante años. La reciente sanción de Jacques Baud, un oficial de inteligencia suizo retirado e invitado frecuente de podcasts, perturbó a parte de los medios alternativos precisamente porque es "uno de nosotros" (un occidental, no un disidente extranjero). Su caso no es único; es uno de los casi sesenta individuos ahora etiquetados como amenazas simplemente por hablar críticamente.


¿Qué implican estas "medidas"? La congelación total de activos, la prohibición de obtener ingresos y la revocación de la libertad de movimiento dentro de la UE. Imaginen que les cortan el acceso a su cuenta bancaria, no pueden trabajar y se quedan varados dondequiera que estén cuando caduque la orden. ¡Suena aterrador! Orwell tenía una palabra para esas personas: "no persona".


Esto resulta especialmente chocante dada la autoimagen de la UE como una "comunidad basada en valores", exportadora de democracia y Estado de derecho. ¿Cómo llegó al punto de tratar a los intelectuales críticos como amenazas a la seguridad? La UE extiende su poder punitivo más allá de sus fronteras, presionando a los Estados de los Balcanes Occidentales, en cumbres y comunicados, para que adopten medidas similares como condición para su alineación. En efecto, está diciendo: "Para ser como nosotros, primero debes aprender a borrar lo tuyo". Algunos de nosotros ya somos potencialmente no-personas.


Peor aún, estas medidas operan al margen de la ley. Las decisiones del Consejo de la UE en materia de política exterior y de seguridad están exentas de supervisión judicial. No hay juicio, ni apelación, ni definición del delito. Actos como la "difusión de desinformación" o la promoción de "narrativas prorrusas" se convierten en motivo de castigo, no por ser delitos, sino por considerarse inconvenientes. Esto viola principios jurídicos fundamentales: nullum crimen sine lege (no hay delito sin ley), presunción de inocencia, hábeas corpus y el derecho al debido proceso. Asistimos al colapso de la justicia a manos de la arbitrariedad. Una realidad tan absurda que resulta kafkiana.


Lamentablemente, esto no es nada nuevo. Recordemos a Julian Assange, encarcelado por exponer crímenes de guerra. O más recientemente, el juez francés de la CPI, Nicolas Guillou, sancionado por Estados Unidos por solicitar órdenes de arresto contra líderes israelíes por sus crímenes en Gaza. Como señaló el economista y político griego Yanis Varoufakis, Europa no defendió a sus propios ciudadanos. Anteriormente, Alemania había prohibido a Varoufakis hablar sobre genocidio; amenazas similares apuntan a funcionarios de la ONU como Francesca Albanese. La UE, bajo el mando de Kallas, no se ha resistido a esta deriva; la ha refinado, sancionando a sus propios ciudadanos junto con los rusos y ucranianos. Una vez, nos burlamos de Kiev por compilar listas negras "prorrusas". Ahora, la UE se ha "ucranizado", adoptando y mejorando esas mismas prácticas.


Ni siquiera tenemos registros ni sabemos cuántos han sido sancionados. Una colega italiana contó recientemente cómo los fondos de su fundación fueron congelados hace años por colaborar con grupos pacifistas de Irán y Palestina. Hoy, la gente pierde su trabajo por llevar una keffiyeh o expresar solidaridad con Gaza. El patrón es claro: se criminaliza la disidencia con el pretexto de la seguridad.


La culpa es nuestra. Reaccionamos sólo ante casos individuales, generalmente cuando la amenaza se acerca. Pero esto es violencia sistémica contra la libertad misma. Nos recuerda la vieja advertencia: «Primero vinieron por…».


Vivo en lo que sólo puede describirse como una semicolonia de EEUU, la UE o ambos (la distinción se difumina cada día). En el "maldito patio" de la vida política balcánica, la soberanía se cedió hace mucho tiempo, con escasas protestas. La cancelación es rutinaria. Prevalece la vieja mentalidad de servilismo: "Cállate; podría ser peor". Ahora, lo peor llega no con tanques, sino con poder blando: ONG, embajadas y proyectos tecnocráticos que replantean la censura como "resiliencia".


Las narrativas se forjan desde el extranjero. USAID, NED, las ONG y fundaciones occidentales moldean las mentes jóvenes. Uno de mis mejores estudiantes acaba de recibir un premio de derechos humanos de la Embajada de Alemania, días después de que se revelaran las "medidas restrictivas". Se imagina a sí mismo como un futuro líder, pero no dice nada sobre los derechos suspendidos en la UE que idolatra.


Aún más alarmante es cuando las élites locales asumen esta lógica. El parlamento macedonio aprobó recientemente una resolución que prohíbe a la oposición difundir "desinformación", un eufemismo para el control del pensamiento. Hace años, una ONG llevó a cabo un proyecto llamado ШТЕТ-НА ("Ham-Tive”), cuyo objetivo era identificar narrativas "perjudiciales" para la democracia en un estado donde esta ya está secuestrada. Recientemente, el embajador del Reino Unido anunció un nuevo proyecto TRACE de dos años en líneas similares, con el primer ministro sonriendo a su lado. La ironía es cruel: la sociedad ya está en silencio. Los intelectuales se esconden en torres de marfil o ratoneras, o se aprovechan. Los medios se autocensuran. La gente navega.


Figuras como Baud o Guillou importan no como individuos, sino como advertencias. Decir la verdad se ha vuelto peligroso. Hace meses, mientras ayudaba a construir una red multipolar de paz, argumenté que los mecanismos de solidaridad eran esenciales, porque el compromiso con la paz ahora es un riesgo. Algunos colegas occidentales probablemente me percibieron como cobarde o paranoica. No sabían que mi segundo nombre es Cassandra.


¿La mayor ironía? Aprendí valentía, pensamiento crítico y honestidad intelectual bajo el socialismo yugoslavo. La filosofía de mi padre era decir la verdad al poder. Esa sigue siendo la mía. Durante décadas, impartí un curso universitario sobre el sistema político europeo y nunca dejé de comprender la UE por lo que realmente es: un proyecto corporativo-colonial-imperial camuflado en la retórica de la paz y la justicia. No porque yo sea particularmente inteligente, sino porque conservé la libertad infantil de manifestar que: el emperador está desnudo.


Ahora que todos lo vemos desnudo, ¿actuaremos? ¿O nos esconderemos, nos haremos a un lado y guardaremos silencio... hasta que vengan a por nosotros también?