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12 mayo, 2023

Los mismos que urdieron la leyenda negra sobre Stalin y el gulag soviético...

 


Los mismos que urdieron la leyenda negra sobre Stalin y el gulag soviético con fines propagandísticos, se erigen en dictatoriales leguleyos de un orden criminal y arbitrario al que denominan "mundo basado en reglas". Un concepto indefinido que permite a Washington y sus vasallos "occidentales" imponer impunemente su imperialista supremacía sobre el resto de países y poblaciones, incluida la propia, mantener la infame prisión de Guantánamo abierta y a Julian Assange injusta e ilegalmente encarcelado.


Conviene pues no olvidar lo escrito por Giorgio Agamben, en 2004, en su libro Estado de excepción, cuya lectura aconsejo dada su vigencia y del cuál extraigo la siguiente ilustrativa cita:


1.3 El significado inmediatamente biopolítico del estado de excepción como estructura original en la cual el derecho incluye en sí al viviente a través de su propia suspensión emerge con claridad en el military order [orden militar] emanado del presidente de los Estados Unidos el 13 de noviembre de 2001, que autoriza la "indefinite detention” [detención indefinida] y el proceso por parte de "military commissions" [comisiones militares] (que no hay que confundir con los tribunales militares previstos por el derecho de guerra) de los no-ciudadanos sospechados de estar implicados en actividades terroristas.


Ya el USA PatriotAct, emanado del Senado el 26 de octubre de 2001, permitía al Attorney general "poner bajo custodia" al extranjero (alien) que fuera sospechoso de actividades que pusieran en peligro "la seguridad nacional de los Estados Unidos"; pero dentro de los siete días el extranjero debía ser, o bien expulsado, o acusado de violación de la ley de inmigración o de algún otro delito. La novedad de la "orden" del presidente Bush es que cancela radicalmente todo estatuto jurídico de un individuo, produciendo así un ser jurídicamente innominable e inclasificable. Los talibanes capturados en Afganistán no sólo no gozan del estatuto de POW según la convención de Ginebra, sino que ni siquiera del de imputado por algún delito según las leyes norteamericanas. Ni prisioneros ni acusados, sino solamente detainees [detenidos], ellos son objeto de una pura señoría de hecho, de una detención indefinida no sólo en sentido temporal, sino también en cuanto a su propia naturaleza, dado que ésta está del todo sustraída a la ley y al control jurídico. El único parangón posible es con la situación jurídica de los judíos en los Lager nazis, quienes habían perdido, junto con la ciudadanía, toda identidad jurídica, pero mantenían al menos la de ser judíos. Como ha señalado eficazmente Judith Butler, en el detainee de Guantánamo la nuda vida(1) encuentra su máxima indeterminación.


Nota

(1) Se entiende por nuda vida: "La de ser una vida a la que cualquiera puede dar muerte impunemente y, al mismo tiempo, la de no poder ser sacrificada de acuerdo con los rituales establecidos; es decir, la vida uccidibile e insacrificabile del homo sacer y de las figuras análogas a él". (Agamben, 1998:243).



27 abril, 2020

[ARGENTINA] “Cada día, se acumulan de a docenas las denuncias por las prácticas abusivas de policías y gendarmes” — Nacho Saffarano // ● // Nuevas reflexiones — Giorgio Agamben //● // Coronavirus: contra Agamben, por una biopolítica popular — Panagiotis Sotiris




El 28 de marzo, Página|12 publicó un artículo titulado “Elogio a la policía del cuidado”, firmado por Gabriela Seghezzo y Nicolás Dallorso, dos investigadorxs del CONICET que coordinan el Observatorio de Seguridad de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde también son docentes.

La tesis fundamental que sostienen en su nota de opinión es que el aislamiento obligatorio por la pandemia del COVID-19 es una situación excepcional que nos permite visibilizar que “las tareas que llevan adelante cotidianamente las policías se asemejan más a las tareas de cuidado que a las de una persecución y represión penal”. La pandemia, así, se convierte en una oportunidad única para cambiar el sentido común securitario según el cual todas “las políticas que involucran a las fuerzas de seguridad son fascistas o involucran violencia institucional”.

Sin embargo, la afirmación cae por su propio peso. Cada día, se acumulan de a docenas las denuncias por las prácticas abusivas de policías y gendarmes. El artículo de Seghezzo y Dallorso amerita, entonces, debatir cuál es el rol de quienes investigan en este momento tan crucial que estamos atravesando y qué discursos se legitiman desde la academia. ¿Qué posición debería adoptarse en un momento en el que las fuerzas represivas suman poderes?

1. Va de suyo que la ciencia nunca es neutral y que las investigaciones muchas veces se direccionan en función de los intereses de la clase dominante. Pero también es una verdad evidente que muchísimxs investigadorxs pagos por el Estado cuentan con la autonomía suficiente para sostener tesis contrarias al espíritu general del gobierno de turno. Así lo demuestran cuatro años de macrismo y una abundante cantidad de trabajos producidos en el CONICET que antagonizan con la ideología cambiemita.

2. “Elogio a la policía del cuidado” parece un artículo hecho por encargo. Parece que se trata de recurrir a “los que saben” para darle de comer al público habitual de Página|12; para engrosar el menú de argumentos progresistas para explicar por qué ahora la Policía (y la Gendarmería y el Ejército) nos cuidan de verdad, aunque hasta hace apenas dos semanas eran los actores fundamentales del delito organizado. Apelar a investigadorxs del CONICET no debe ser mera casualidad. A la mayoría de lxs lectores de Página|12, el discurso bélico del ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires Sergio Berni frente a la Policía bonaerense seguramente le haya parecido un exceso. ¿Qué mejor entonces, que recurrir a docentes universitarixs e investigadorxs de instituciones de prestigio para que repitan lo mismo que el castrense ministro, pero con la fraseología del progresismo? Es un win-win.

3. Desde que el COVID-19 adquirió relevancia a nivel mundial, se ha desatado un conjunto de debates filosóficos que ponen en cuestión, por ejemplo, si las medidas de emergencia tomadas por los gobiernos implican la instalación de un estado de excepción que habilita políticas autoritarias; o si es este el momento para proponer una “biopolítica democrática” al servicio de la salud de las mayorías populares, tal como le contrapropone Pangiotis Sotiris a Giorgio Agamben.

En nuestro país, el estado de excepción puede verse justamente en el sector del progresismo y los intelectuales que encarnan su representación. Quienes durante años entendieron el accionar cotidiano de las fuerzas de seguridad como uno de los problemas más graves de nuestra democracia ahora no dudan en endilgarles a ellas tanto el control como el cuidado para evitar la propagación del virus. Ni siquiera se lo cuestionan, y es esto lo más grave. Es decir: no se trata solo la posición infantil de creer que quienes siempre nos reprimieron ahora “se exponen para cuidarnos a todos y todas” y son garantes de nuestras vidas, sino también de la obturación de cualquier posibilidad de duda.

4. La operación lógica para pensar el rol protagónico de las fuerzas de seguridad en un estado de excepción debería ser justamente la contraria. La conclusión también lo será: si se amplían las facultades de las fuerzas de seguridad, entonces también debe aumentarse el control sobre ellas para que sea mayor que en épocas de normalidad. La ampliación del poder policial y el mecanismo de vecinos convertidos en denunciantes compulsivos son la base para legitimar cualquier giro autoritario. Si naturalizamos las atribuciones ampliadas sin cuestionamientos, este puede ser uno de los principales males que heredemos de la crisis del COVID-19 y que más costará revertir una vez que salgamos de ella.

5. Por último, nada más miserable que la apelación a las políticas de cuidado para definir el actual accionar policial. Años de trabajo de activistas e intelectuales feministas que dieron lugar a la producción de teoría y políticas públicas a partir del concepto de las ‘tareas de cuidado’ y de su relación con la crisis de la reproducción social, para que se bastardeé su uso en un elogio a la policía. Sobre todo, en un país donde uno de cada cinco femicidios es perpetrado por un integrante de las fuerzas de seguridad que utiliza el arma reglamentaria (CORREPI).

6. Ante la propagación del discurso que busca relegitimar el accionar de las fuerzas de seguridad sin más, es preciso volver a apelar a las lógicas de cuidado comunitario y de organización popular, evitando las vías de escape facilistas de la militarización de la sociedad. En este sentido, si ponemos la emergencia sanitaria en el centro, exigir que las partidas presupuestarias para insumos, equipamientos y salarios de lxs trabajadorxs de salud se incrementen por encima de lo que se destina a la represión debe ser una demanda de primer orden.




Nuevas reflexionesGiorgio Agamben

Artillería Inmanente - 22/04/2020

Publicado en la columna Una voce de Giorgio Agamben el 22 de abril de 2020 y de una entrevista publicada el mismo día en un periódico italiano.

¿Estamos viviendo, con esta reclusión forzada, un nuevo totalitarismo?

En muchos aspectos se está formulando la hipótesis de que en realidad estamos viviendo el fin de un mundo, el de las democracias burguesas, basadas en los derechos, los parlamentos y la división de poderes, que está cediendo el paso a un nuevo despotismo que, en lo que respecta a la generalización de los controles y el cese de toda actividad política, será peor que los totalitarismos que hemos conocido hasta ahora. Los politólogos estadounidenses lo llaman Security State, es decir, un estado en el que «por razones de seguridad» (en este caso de «salud pública», término que hace pensar en los infames «comités de salud pública» durante el Terror) se puede imponer cualquier límite a las libertades individuales. En Italia, después de todo, estamos acostumbrados desde hace mucho tiempo a una legislación por decretos de emergencia por parte del poder ejecutivo, que de esta manera sustituye al poder legislativo y abole de hecho el principio de la división de poderes en el que se basa la democracia. Y el control que se ejerce a través de las cámaras de video y ahora, como se ha propuesto, a través de los teléfonos celulares, excede con creces cualquier forma de control ejercida bajo regímenes totalitarios como el fascismo o el nazismo.

En lo que respecta a los datos, además de los que se reunirán por medio de los teléfonos celulares, también habría que reflexionar sobre los que se difunden en las numerosas conferencias de prensa, a menudo incompletos o mal interpretados.

Éste es un punto importante, porque toca la raíz del fenómeno. Cualquiera que tenga algún conocimiento de epistemología no puede dejar de sorprenderse de que los medios de comunicación hayan difundido durante todos estos meses cifras sin ningún criterio de cientificidad, no sólo sin relacionarlas con la mortalidad anual del mismo período, sino incluso sin especificar la causa de la muerte. Yo no soy ni virólogo ni médico, pero me limitaré a citar fuentes oficiales fiables. 21.000 muertes para Covid-19 parecen y son ciertamente una cifra impresionante. Pero si se comparan con los datos estadísticos anuales, las cosas, como es correcto, adquieren un aspecto diferente. El presidente del ISTAT (Instituto Nacional de Estadística de Italia), el doctor Gian Carlo Blangiardo, anunció hace unas semanas las cifras de mortalidad del año pasado: 647.000 muertes (1772 muertes por día). Si analizamos las causas en detalle, vemos que los últimos datos disponibles para 2017 registran 230.000 muertes por enfermedades cardiovasculares, 180.000 muertes por cáncer, al menos 53.000 muertes por enfermedades respiratorias. Pero hay un punto que es particularmente importante y que nos concierne de cerca.

¿Cuál?

Cito las palabras del doctor Blangiardo: «En marzo de 2019 hubo 15.189 muertes por enfermedades respiratorias y el año anterior hubo 16.220. Por cierto, son más que el número correspondiente de muertes para Covid (12.352) declaradas en marzo de 2020». Pero si esto es cierto y no tenemos motivos para dudarlo, sin querer minimizar la importancia de la epidemia debemos preguntarnos si ella puede justificar medidas de limitación de la libertad que nunca se han tomado en la historia de nuestro país, ni siquiera durante las dos guerras mundiales. Existe una duda legítima de que al propagar el pánico y aislar a la gente en sus casas, la población se ha visto obligada a asumir las gravísimas responsabilidades de los gobiernos que primero desmantelaron el servicio sanitario nacional y luego, en Lombardía, cometieron una serie de errores no menos graves al enfrentar la epidemia.

Incluso los científicos, en realidad, no han ofrecido un buen espectáculo. Parece que no pudieron dar las respuestas que se esperaban de ellos. ¿Qué opinas?

Siempre es peligroso confiar a los médicos y a los científicos decisiones que en última instancia son éticas y políticas. Como ves, los científicos, con razón o sin ella, persiguen de buena fe sus razones, que se identifican con el interés de la ciencia y en nombre de las cuales —la historia lo demuestra ampliamente— están dispuestos a sacrificar cualquier escrúpulo de orden moral. No necesito recordar que bajo el nazismo científicos muy estimados dirigieron la política de eugenesia y no dudaron en aprovechar los lager para llevar a cabo experimentos letales que consideraban útiles para el progreso de la ciencia y el cuidado de los soldados alemanes. En el presente caso el espectáculo es particularmente desconcertante, porque en realidad, aunque los medios de comunicación lo oculten, no hay acuerdo entre los científicos y algunos de los más ilustres entre ellos, como Didier Raoult, tal vez el mayor virólogo francés, tienen opiniones diferentes sobre la importancia de la epidemia y la eficacia de las medidas de aislamiento, que en una entrevista calificó de superstición medieval. Escribí en otra parte que la ciencia se ha convertido en la religión de nuestro tiempo. La analogía con la religión debe tomarse al pie de la letra: los teólogos declaraban que no podían definir claramente qué es Dios, pero en su nombre dictaban reglas de conducta a los hombres y no dudaban en quemar a los herejes; los virólogos admiten que no saben exactamente qué es un virus, pero en su nombre afirman decidir cómo deben vivir los seres humanos.

Se nos dice —como ha sucedido a menudo en el pasado— que nada será igual que antes y que nuestras vidas deben cambiar. ¿Qué crees que pasará?

Ya he intentado describir la forma de despotismo que debemos esperar y contra la que no debemos cansarnos de estar en guardia. Pero si, por una vez, dejamos de lado la actualidad y tratamos de considerar las cosas desde el punto de vista del destino de la especie humana en la Tierra, recuerdo las consideraciones de un gran científico holandés, Ludwig Bolk. Según Bolk, la especie humana se caracteriza por una inhibición progresiva de los procesos naturales de adaptación al medio ambiente, que son sustituidos por un crecimiento hipertrófico de dispositivos tecnológicos para adaptar el medio ambiente al hombre. Cuando este proceso sobrepasa un cierto límite, llega a un punto en el que se vuelve contraproducente y se convierte en autodestrucción de la especie. Fenómenos como el que estamos experimentando me parece que muestran que se ha llegado a ese punto y que la medicina que se suponía que iba a curar nuestros males corre el riesgo de producir un mal aún mayor. Incluso contra este riesgo debemos resistir con todos los medios.



Coronavirus: contra Agamben, por una biopolítica popular - Panagiotis Sotiris

La Pluma net 20/03/2020

La reciente intervención de Giorgio Agamben, que caracteriza las medidas aplicadas en respuesta a la pandemia de Covid-19 como un ejercicio de la biopolítica del «estado de excepción», ha provocado un importante debate sobre la forma de pensar la biopolítica.

La noción misma de biopolítica, formulada por Michel Foucault, ha constituido una contribución importante a nuestra comprensión de los cambios vinculados a la transición a la modernidad capitalista, particularmente con respecto a los modos de ejercer el poder y la coerción. Desde el poder como derecho de vida y muerte que posee el soberano, pasamos al poder como un intento de garantizar la salud (y la productividad) de las poblaciones. Esto ha llevado a una expansión sin precedentes de todas las formas de intervención y coerción estatal. Desde las vacunas obligatorias hasta las prohibiciones de fumar en espacios públicos, la noción de biopolítica se ha utilizado en muchos casos como clave para comprender las dimensiones políticas e ideológicas de las políticas de salud.

Esto nos permitió al mismo tiempo analizar diferentes fenómenos, a menudo reprimidos en el espacio público, desde las formas en que el racismo intentó darse una base «científica» hasta los peligros encarnados por tendencias como la eugenesia. Y de hecho, Agamben utilizó estos análisis de manera constructiva, en su intento de teorizar las formas modernas del «estado de excepción», es decir, los espacios en los que se ejercen las formas extremas de coerción, de los que el campo de concentración es el ejemplo central.

Las cuestiones relativas a la gestión de la pandemia de Covid-19 obviamente plantean problemas relacionados con la biopolítica. Muchos comentaristas han dicho que China podía haber tomado medidas para contener o frenar la pandemia porque podía aplicar una versión autoritaria de biopolítica. Esta versión incluía el uso de cuarentenas prolongadas y prohibiciones de actividades sociales, todo lo cual fue posible gracias al vasto arsenal de coerción, vigilancia y control, así como por las tecnologías de que dispone el Estado chino.

Algunos comentaristas han sugerido, incluso, que las democracias liberales, que no tienen la misma capacidad de coerción o que dependen más del cambio voluntario en el comportamiento individual, no pueden tomar las mismas medidas, lo que dificulta los intentos de hacer frente a la pandemia.

Sin embargo, sería un error plantear el dilema entre la biopolítica autoritaria por un lado y la confianza liberal en la propensión de los individuos a tomar decisiones racionales por el otro.

Esto es aún más obvio, ya que el hecho de considerar medidas de salud pública, como las cuarentenas o el «distanciamiento social», solo bajo el prisma de la biopolítica, lleva a perder su utilidad potencial. En ausencia de una vacuna o un tratamiento antiviral eficaz, estas medidas, tomadas del directorio de libros de texto de salud pública del siglo XIX, pueden resultar de enorme valor, especialmente para los grupos más vulnerables.

Esto es especialmente cierto si uno piensa que incluso en las economías capitalistas avanzadas, la infraestructura de salud pública se ha deteriorado y realmente no puede resistir los picos pandémicos, a menos que se tomen medidas para reducir sus tasas de expansión.

Se podría decir, contra Agamben, que la «vida desnuda» tiene más que ver con el jubilado en una lista de espera para un aparato de respiración o una cama de cuidados intensivos, debido al colapso del sistema de salud, que con el intelectual que debe hacer frente a los aspectos prácticos de las medidas de cuarentena.

A la luz de lo anterior, me gustaría sugerir un retorno a Foucault diferente. A veces olvidamos que este último tenía una concepción muy relacional de las prácticas de poder. En este sentido, es legítimo preguntar si es posible una biopolítica democrática o incluso comunista. En otras palabras: ¿es posible tener prácticas colectivas que realmente contribuyan a la salud de las poblaciones, incluidos los cambios de comportamiento a gran escala, sin una expansión paralela de las formas de coerción y vigilancia?

El propio Foucault, en sus últimos trabajos, tiende hacia esa dirección, con los conceptos de verdad, parresía y autocuidado. En este diálogo muy original con la filosofía antigua, propone una política alternativa del bios que combina atención individual y colectiva de manera no coercitiva.

En esta perspectiva, la decisión de reducir los desplazamientos o el establecimiento del distanciamiento social en tiempos de epidemia, la prohibición de fumar en espacios públicos cerrados o la prohibición de prácticas individuales y colectivas perjudiciales para el medio ambiente, sería el resultado de decisiones colectivas discutidas democráticamente. Esto significa que desde la simple disciplina nos movemos hacia la responsabilidad, hacia los demás y luego hacia nosotros mismos, y desde la suspensión de la socialidad hasta su transformación consciente. En tales condiciones, en lugar de un miedo individual permanente, capaz de romper cualquier sentimiento de cohesión social, destacamos la idea de esfuerzo colectivo, coordinación y solidaridad dentro de una lucha común, elementos que en este tipo de emergencias sanitarias pueden resultar tan importantes como las intervenciones médicas.

Se perfila así la posibilidad de una biopolítica democrática. Esta también puede basarse en la democratización del conocimiento. Un mayor acceso al conocimiento, combinado con las campañas de extensión necesarias, posibilitaría procesos de toma de decisiones colectivos basados ​​en el conocimiento y la comprensión y no solo en la autoridad de los expertos.

Biopolítica popular

Tomemos el ejemplo de la lucha contra el VIH. La lucha contra el estigma, el intento de dejar en claro que esta no es una enfermedad reservada para «grupos de alto riesgo», la exigencia de una educación en materia de prácticas sexuales saludables, la financiación del desarrollo de medidas terapéuticas y el acceso a los servicios de salud pública no hubieran sido posibles sin la lucha de movimientos como ACT UP. Se podría decir que este es realmente un ejemplo de biopolítica popular.

En la coyuntura actual, los movimientos sociales tienen mucho margen de maniobra. Pueden exigir medidas inmediatas para ayudar a los sistemas de salud pública a soportar la carga adicional causada por la pandemia. También pueden destacar la necesidad de solidaridad y auto organización colectiva durante esta crisis, en oposición a los pánicos individualizados propios de la ideología de la «supervivencia». También pueden insistir en que el poder estatal (y la coerción) se utilicen para canalizar los recursos del sector privado hacia las direcciones socialmente necesarias. Finalmente, pueden hacer de la transformación social un requisito vital.


22 abril, 2020

" N O R M A L I D A D " (2)


Pawel Kuczynski



"Una norma que establece que hay que renunciar al bien para salvar el bien, es tan falsa y contradictoria como una que, para proteger la libertad, impone la renuncia a la libertad."
Giorgio Agamben



03 enero, 2017

Estado de excepción


Citas extraídas del libro Estado de excepción, de Giorgio Agamben.


“…si las medidas excepcionales son el fruto de los períodos de crisis política y, en tanto tales, están comprendidas en el terreno político y no en el terreno jurídicoconstitucional (De Martino, 1973, p. 320), ellas se encuentran en la paradójica situación de ser medidas jurídicas que no pueden ser comprendidas en el plano del derecho, y el estado de excepción se presenta como la forma legal de aquello que no puede tener forma legal”.




“Es esta tierra de nadie entre el derecho público y el hecho político, y entre el orden jurídico y la vida, aquello que la presente investigación se propone indagar. Sólo sí el velo que cubre esta zona incierta es removido podremos comenzar a comprender lo que se pone en juego en la diferencia -o en la supuesta diferencia- entre lo político y lo jurídico y entre el derecho y lo viviente. Y quizá solamente entonces será posible responder a la pregunta que no cesa de resonar en la historia política de Occidente: ¿qué significa actuar políticamente?”





“Entre los elementos que hacen difícil una definición del estado de excepción está ciertamente la estrecha relación que éste mantiene con la guerra civil, la insurrección y la resistencia. En la medida en que la guerra civil es lo opuesto del estado normal, ella se sitúa en una zona de indecidibilidad respecto del estado de excepción, que es la respuesta inmediata del poder estatal a los conflictos internos más extremos. En el curso del siglo XX, se ha podido asistir así a un fenómeno paradójico, que ha sido eficazmente definido como una "guerra civil legal" (Schnur, 1983). Tómese el caso del Estado nazi. No bien Hitler toma el poder (o, como se debería decir acaso más exactamente, no bien el poder le es entregado), proclama el 28 de febrero el Decreto para la protección del pueblo y del Estado, que suspende los artículos de la Constitución de Weimar concernientes a las libertades personales. El decreto no fue nunca revocado, de modo que todo el Tercer Reich puede ser considerado, desde el punto de vista jurídico, como un estado de excepción que duró doce años. 



El totalitarismo moderno puede ser definido, en este sentido, como la instauración, a través del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político. Desde entonces, la creación voluntaria de un estado de emergencia permanente (aunque eventualmente no declarado en sentido técnico) devino una de las prácticas esenciales de los Estados contemporáneos, aun de aquellos así llamados democráticos. Frente a la imparable progresión de eso que ha sido definido como una "guerra civil mundial", el estado de excepción tiende cada vez más a presentarse como el paradigma de gobierno dominante en la política contemporánea. Esta dislocación de una medida provisoria y excepcional que se vuelve técnica de gobierno amenaza con transformar radicalmente –y de hecho ya ha transformado de modo sensible– la estructura y el sentido de la distinción tradicional de las formas de constitución. El estado de excepción se presenta más bien desde esta perspectiva como un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.




02 agosto, 2016

Poseer la consciencia





“Será evidente entonces que el mundo ha estado soñando por mucho tiempo con la posesión de una cosa de la cual, para poseerla realmente, debe poseer la consciencia.” 

Giorgio Agamben / Idea del comunismo