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29 noviembre, 2024

Antisovietismo y Rusofobia (Dos astillas del mismo palo)

 


Néstor Pedro Nuñez Dorta en CUBAHORA – 28/06/2021


La historia de heroísmo masivo de los soviéticos ha sido sistemáticamente enlodada y tergiversada por un hegemonismo hoy en crisis.


Conocido es que el hegemonismo y el absolutismo forman parte congénita de la sociedad capitalista.


Ningún canto a la democracia puede esconder que el afán de poder, riqueza, encumbramiento, y dominio sobre lo ajeno, a como dé lugar, es consustancial a un sistema que glorifica el individualismo bajo el torcido velo de "la valía de la individualidad", y que aplaude al pretendido "triunfador" (no importan sus métodos), mientras denigra y desprecia al presunto "perdedor".


La pugna viene de lejos. Desde que en las aldeas y poblados feudales se empezó a acumular la riqueza individual, y, desplazados los señoríos, mercaderes y financistas se transformaron en ejes de la sociedad y patrones modélicos en materia política.


Aparecerían así los Estados capitalistas y las pugnas y enfrentamientos entre ellos por imponerse y despojar a los otros, hasta la formación de verdaderas potencias antagónicas que se repartieron el mundo a simples tajos, y cuyas ambiciones y apetencias de grandeza llevarían a la humanidad de la mano a la devastadora Primera Guerra Mundial.


Fue justo en aquellos días de enfrentamiento bélico global que tendría lugar la Revolución de Octubre en Rusia y el nacimiento del Primer Estado de Obreros y Campesinos de la historia, la Unión Soviética, cuya "incompatibilidad" con el orden imperialista y los esfuerzos reaccionarios por denigrarle y hundirle dieron origen a las primigenias campañas antisoviéticas, incluidas invasiones militares occidentales y el apoyo directo a la reacción local y los restos del ejército zarista.


En los años posteriores a aquella primera conflagración masiva, la URSS fue condenada al aislamiento mundial. Solo su extensión territorial, sus recursos ilimitados y la férrea voluntad popular de sobrevivir y edificar una sociedad nueva consolidaron el demonizado poder soviético y sumaron progreso y desarrollo a un gigante que heredó un contexto interno semifeudal.


El llevado y traído "fantasma del comunismo", proyectado malintencionadamente como un "infierno rojo" tras la "cortina de hierro erigida por Moscú", incitó a los líderes capitalistas a congeniar con el régimen de Adolfo Hitler en Alemania. Al líder nazi le sirvieron en bandeja la ocupación de territorios checoslovacos, Austria y Polonia para promover su marcha al Este sobre el gigante euroasiático, con la esperanza de un destroce mutuo de proporciones irreparables. Solo que Hitler cambió la brújula y arremetió contra sus complacientes padrinos. Ocupó Francia en cuestión de días, se expandió por Europa continental y Escandinavia, y sometió a Gran Bretaña a inclementes bombardeos masivos. Únicamente después, hace justo ochenta años, decidió su suicidio involuntario al lanzarse contra la URSS.


Para entonces, un Occidente ocupado y asfixiado había cambiado el son. Ahora los soviéticos eran, al menos retóricamente, "nuestros grandes aliados" frente a un orate que se les fue de las manos y debía desaparecer.


No obstante, la apertura de un frente militar en Europa del Oeste contra Berlín fue demorado deliberadamente por Gran Bretaña y los Estados Unidos con la intención de que los contendientes en el Este se debilitaran en grado superlativo, y solo las grandes victorias del Ejército Rojo en Stalingrado, Leningrado y el Arco de Kursk, su avance hacia Europa central camino del cubil de Hitler, y el reactivado terror a la "expansión comunista" continental, apresuraron el controvertido desembarco aliado en las playas francesas de Normandía el titulado Día D.


Y si Occidente pensó librarse de dos enemigos de un tiro, el mundo postguerra resultó un disparo por la culata para sus apetencias de poder supremo. La URSS, gracias al sacrificio de 28 millones de sus combatientes y ciudadanos, ganó un sonado prestigio universal, y desde el punto de vista geopolítico fue estructurado el campo socialista europeo, que rompió su aislamiento inicial.


Los Estados Unidos, por su parte, pasaron a ser, frente a unos aliados europeos en ruinas, la primera potencia capitalista, ahora con un incipiente y privilegiado poder nuclear que la URSS no tardaría en poseer en favor de su defensa.


El antisovietismo, puesto retóricamente a un lado, no tardó en volver a ser agitado públicamente. La maniaca Guerra Fría marcaría largos decenios de histeria, confrontación y riesgos, y la propaganda occidental arremetió nuevamente contra un "tenebroso" Este, donde la represión, la maldad, la saña y el odio a los "valores democráticos" auguraban grandes desgracias que debían ser enfrentadas con un creciente poderío militar y la anulación a escala planetaria de todo proyecto nacional que mostrara el mínimo signo de inconformidad con el injerencismo y el intervencionismo imperialistas.


Paralelamente, la historia de la Segunda Guerra Mundial y de la Gran Guerra Patria soviética fue metódicamente enlodada y tergiversada.


Nuestra especie, para los detractores, se libró del fascismo gracias a un Occidente "osado y decidido", y los "rusos, malos combatientes, hoscos, desorganizados y primitivos" lograron sobrevivir gracias a su temporal alianza con el Mundo Libre, para ahora, con un poder cimentado en el terror y la violencia, intentar imponerse agresivamente a la "democracia y la libertad".


La disolución de la Unión Soviética y sus aliados europeos a inicios de la década de los noventa del pasado siglo, y la proclamación del "fin de la historia" y el triunfo total e inamovible del capitalismo a escala planetaria, fueron un "respiro de gloria" para los intereses hegemónicos, aunque, ciertamente, la vida ya moldeaba nuevas sorpresas para quienes por esos días se ufanaban y denostaban sobre el cadáver de la variante socialista recién fenecida en el oriente.


Monumento a los heroicos defensores de Leningrado


Dejar al gran país sin historia era la meta para obtener un nuevo híbrido manso e ignorante de su propio poder


La disolución de la URSS y del campo socialista europeo marcó días de euforia en un Occidente maniatado a Washington.


Y la "venganza" no se hizo esperar. A entrenar a los nuevos "capitalistas" marcharon los expertos neoliberales a todo el Este; los medios de comunicación a la caza de la "oculta y tremebunda historia" del poder soviético; las mafias de todo corte en busca de negocios con sus incipientes pares locales, y hasta Hollywood para pasear en pantalla a sus infalibles "héroes" por edificaciones hoscas y oscuras, monumentos derruidos, plazas heladas y turbias, gente ignorante, y cuarteles militares herrumbrosos y sin control. Había llegado la hora pues, del esperado desquite con la complacencia de gobernantes locales obsecuentes e inconsistentes.


En el fondo, la tarea era descoyuntar hasta la médula a un poderoso enemigo caído que, aún en desgracia, nunca dejó de alarmar a quienes blandían ahora la porra con entera libertad.


La historia de la Gran Guerra Patria fue, como siempre, blanco preferente del desmonte. Por años las autoridades rusas prooccidentales enterraron la tradicional celebración de la victoria sobre la Alemania nazi cada 9 de mayo, junto a la gloria masiva de aquella epopeya. Dejar al gran país sin historia era la meta para obtener un nuevo híbrido manso e ignorante de su propio poder.


No obstante, Rusia resistió y los cambios llegarían. El peso de los valores sembrados por más de siete decenios de batallar por una vida diferente, la rica historia nacional, la conciencia de poder avanzar por sí mismos, y el legítimo orgullo por las hazañas de la nación determinaron la voluntad de renacimiento de la heredera del poderío nuclear de la URSS.


Del otro lado, la frustración de Occidente derivó en ira, y un nuevo rival, junto a China, vino a colocarse en la mira de los poderes absolutistas de factura Made in USA. Evidentemente, la línea destructiva postsoviética en marcha bajo la administración del beodo Boris Yeltsin quedó definitivamente cercenada.


En consecuencia, Rusia ha ido recobrando su autoestima, su historia y su poder, para convertirse hoy en un trascendente actor internacional en favor del multilateralismo con un alto nivel defensivo en materia militar y, por tanto, blanco natural de la ojeriza de la Casa Blanca y sus aliados.


De vuelta está entonces el viejo programa de "demonización" de Moscú, su conversión mediática en un "peligro universal", "depredador global", "monstruo geopolítico" y "amenaza bélica", y susceptible entonces de la cadena de actos hostiles, cerco y sanciones de su contraparte.


A Vladímir Putin se le pinta como un arrogante "zar moderno", y el propio Joe Biden lo tildó textualmente de "asesino" en uno de sus devaneos seniles de carácter público, solo a días del primer encuentro bilateral en Ginebra.


Rusia, en palabras de los centros enemigos, debe ser desprestigiada, herida, preterida y considerada blanco preferente de toda acción agresiva porque, apuntamos nosotros, junto a China, integra hoy la más grande barrera frente a los peregrinos sueños de señor global que Estados Unidos ve alejarse día por día en estas fechas.


La consolidación rusa es, además, inteligente y sabia. Nada de lo realmente valioso y glorioso de su historia ha sido puesto a un lado a tenor de prejuicios ideológicos o políticos.


Ni la victoria contra los invasores napoleónicos siglos atrás, ni la derrota del fascismo propinada por la URSS y su Ejército Rojo que ya es evocada otra vez cada 9 de mayo en la Plaza Roja bajo las banderas y marchas combativas de la época soviética, ni la primacía en la conquista del cosmos, ni la heroicidad y estoicismo colectivos que tantos años duros forjaron en el carácter nacional.


En todo caso, la ojeriza y el endemoniado interés de imponer la imagen de lo que no es ni será, solo forma parte de lo que Putin definió recientemente como burda rusofobia occidental, sin ton ni futuro, a la ya vieja usanza imperial de crearse "oponentes malvados" para intentar justificar su andar mundial garrote en mano.



Поздравление с днем 75 лет Победы!





13 noviembre, 2022

Monopolio criminal y artera manipulación mediática (2002) — Michael Parenti

 


Algunos críticos se quejan de que la prensa es sensacionalista e invasiva, aunque en realidad suele ser más bien taimada y evasiva. Más insidioso que la exageración sensacionalista es el silencio artero. Sucesos verdaderamente sensacionales (que no sensacionalistas) son minimizados o completamente soslayados. A menudo, la censura no se limita a omitir detalles fundamentales, sino el grueso de la historia en sí. La información que pudiera despertar una impresión negativa sobre la seguridad nacional del estado es la que menos probabilidades tiene de salir a la luz. Así, nos hablan de la represión política perpetrada por gobiernos oficialmente denominados como “terroristas,” pero la información sobre el la tortura y asesinato brutal practicados por las fuerzas mercenarias patrocinadas por EEUU en el tercer mundo y demás crímenes cometidos por la Seguridad Nacional del Estado no se ven reflejados en los medios corporativos, son suprimidos de los mismos de una manera que denominaríamos “totalitaria” de ocurrir en ciertos países insumisos.


Los medios eluden o minimizan acontecimientos de trascendental magnitud. En 1965, militares indonesios –asesorados, equipados, entrenados y financiados por el Pentágono y la CIA– derrocaron al presidente Achmed Sukarno, masacraron al Partido Comunista de Indonesia y a sus aliados, asesinaron a medio millón de personas (algunos cálculos estiman que un millón) en lo que constituyó el mayor crimen masivo político desde el Holocausto nazi. Los militares destruyeron cientos de clínicas, bibliotecas, escuelas y centros comunitarios que habían sido construidos por los comunistas. Fueron acontecimientos terribles, “sensacionales”, pero transcurrieron tres meses antes de obtener una escueta y pasajera mención en la revista Time, y cuatro meses hasta que el New York Times (5 de abril de 1966) los mencionara mediante un editorial en el que se elogiaba a los militares indonesios por “realizar correctamente y con extremo cuidado su misión”.


Durante cuarenta años, la CIA ha estado involucrada con el narcotrafico en Italia, Francia, Córcega, Indochina, Afganistán, Centro y Sudamérica. Gran parte de esa actividad fue objeto de una amplia, aunque estéril, investigación del Congreso, pero al parecer los medios capitalistas corporativos no se han enterado.


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NI OLVIDO NI PERDÓN







21 julio, 2022

George Orwell, un traidor anticomunista — Nikos Mottas

 



IN DEFENSE OF COMMUNISM - 18/07/2022


Hace unos días, el nombre de George Orwell salió a la luz durante un debate en el Parlamento griego. En una de sus habituales peleas de perros, el primer ministro Mitsotakis y el principal líder de la oposición-Syriza, Tsipras, se refirieron al concepto de "totalitarismo" de Orwell para atacarse mutuamente. Mitsotakis citó la aversión del novelista hacia el “totalitarismo de izquierda”, mientras que Tsipras respondió que su partido siempre ha sido crítico con el socialismo real. Su referencia a Orwell no es accidental: a pesar de sus diferencias particulares, los políticos burgueses se encuentran en el mismo campo cuando se trata de anticomunismo.


Eric Arthur Blair, comúnmente conocido como George Orwell, ha sido un símbolo de hostilidad contra el socialismo del siglo XX. Bajo el pretexto del “antitotalitarismo”, conservadores, neoliberales, socialdemócratas, izquierdistas progresistas y oportunistas han idolatrado a Orwell como un intelectual intransigente que merece ser respetado. Su famosa novela alegórica, “Animal Farm”, es considerada una obra maestra de la literatura contra el “régimen totalitario” de Stalin y la Unión Soviética. La llamada Fundación Orwell, con sede en Londres y cuyo objetivo es “perpetuar los logros del escritor británico”, organiza el Premio Orwell destinado a premiar los libros y el periodismo que “hacen de la escritura política un arte”.


Sin embargo, la realidad de Blair es muy distinta a la que ofrece la propaganda burguesa. Orwell no era simplemente antiestalinista o antisoviético; era un anticomunista que se convirtió en informante de las agencias de inteligencia británicas.


Ex oficial de la Policía Imperial India en Birmania, Blair se unió al Partido Obrero Unificado Marxista (POUM) trotskista, colaboracionista durante la Guerra Civil Española, luchando contra comunistas y antifascistas. La participación de Orwell en el POUM dio forma a sus puntos de vista ferozmente anticomunistas, encubiertos por su “antiestalinismo”. Entre 1941 y 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, trabajó en el Servicio Oriental de la BBC. Durante este período, escribió una reseña para el "Mein Kampf" de Hitler, en la que admitió descaradamente: "Me gustaría dejar constancia de que nunca he sido capaz de sentir aversión por Hitler".


Aunque la propaganda burguesa lo presenta como un “antifascista”, la hostilidad de Orwell estaba dirigida principalmente contra el socialismo-comunismo. Sus célebres obras, como “Homenaje a Cataluña”, “Granja de animales” y “1984”, son novelas profundamente anticomunistas que pretenden denigrar la construcción del socialismo en la Unión Soviética y los demás estados socialistas. Por esta misma razón, sus obras fueron promovidas con entusiasmo por la burguesía gobernante de los grandes países imperialistas (EEUU, Gran Bretaña, Europa Occidental). Las novelas de Orwell ocuparon un lugar destacado en la guerra cultural desatada por la CIA contra la Unión Soviética. Según el historiador de la CIA Michael Warner, tras la muerte de Orwell en 1950, la Agencia Central de Inteligencia negoció con su viuda la realización de películas propagandísticas financiadas por el gobierno estadounidense basadas en “Animal Farm” y “1984”.


Eric Arthur Blair no fue solo un novelista y periodista reaccionario anticomunista; también fue informante de las agencias de inteligencia británicas. En 1949 Orwell entregó al Information Research Department (IRD) del Foreign Office británico una lista de 38 personas, entre ellas intelectuales y artistas, que se consideraban simpatizantes del comunismo. El intermediario entre Blair y el IRD era una amiga de Orwell llamada Celia Kirwan, que trabajaba en el Foreign Office como asistente del notorio anticomunista Robert Conquest.


La lista permaneció en secreto hasta 1996, cuando se hizo accesible el archivo FO 111/189 del Foreign Office en virtud de la Ley de Desclasificación de Treinta Años. En junio de 2003, el periódico “The Guardian” publicó una copia de la lista de Orwell, verificando su papel como informante de las agencias de inteligencia británicas. Entre los nombres encontrados en la lista estaban los de Charlie Chaplin, JB Priestley, EH Carr, Sir Michael Redgrave. En su cuaderno, Orwell también había incluido los nombres de Katharine Hepburn, Cecil Day-Lewis, Paul Robeson, George Bernard Shaw, John Steinbeck, Orson Wells y otros. Como escribió una vez el periodista y escritor Alexander Cockburn, la lista de Orwell era “la lista de un soplón” que revelaba la intolerancia del novelista hacia los judíos, los negros y los homosexuales. Es característico que en su cuaderno, Orwell utilice palabras y frases como “criptocomunista”, “simpatizante sentimental”, “tendencia a la homosexualidad”, “muy antiblanco”, “judío”, etc, junto a los nombres de los personalidades apuntadas.


Ahora, preguntémonos: ¿Por qué los mecanismos burgueses, desde los medios de comunicación hasta la historiografía, promueven consistentemente a George Orwell y sus obras? ¿Por qué lo presentan como un “santo” de los valores democráticos y antitotalitarios? El rabioso antiestalinismo de Orwell no basta para explicar el amor de la burguesía por él. La respuesta es clara: Eric Arthur Blair fue un anticomunista comprometido y acérrimo que dedicó su talento como escritor a la lucha contra el socialismo-comunismo. Tengan esto en cuenta la próxima vez que escuchen a alguien elogiar "Animal Farm", "1984" y otras obras de Orwell.


Nikos Mottas es editor en jefe de In Defense of Communism.


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