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01 diciembre, 2018

Decir "fascismo" confunde y despolitiza — Raúl Zibechi




La Jornada – 10/11/2018

La extrema derecha actual es hija del extractivismo/cuarta guerra mundial, mientras el fascismo fue parido por el capitalismo monopolista en competencia por los mercados mundiales, por el colonialismo e imperialismo en su deriva racista, como señaló Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo.

Comprendo que en los debates apasionados contra esa derecha machista y racista que crece exponencialmente, hablemos de fascistas o fachos y utilicemos adjetivos similares. Muchos lo hacemos como forma de fustigarlos. Sin embargo, el análisis sereno que expide el pensamiento crítico debería ir más al fondo de la cuestión.

Una porción importante de tales analistas desgajan el crecimiento de esta ultraderecha de la realidad económica, social y cultural que vivimos, y atribuyen este proceso a la influencia de los medios, al papel del imperialismo y a otras cuestiones generales que no consiguen explicar el fenómeno y lo atribuyen o bien a causas exógenas o a fenómenos como las redes sociales que no explican nada. La Revolución Francesa no fue consecuencia de la expansión de la imprenta, ni la rusa fue hija de la electricidad o del cine, aunque estos desarrollos tecnológicos tuvieron su influencia.

Por otro lado, el capitalismo no fue siempre igual. No siempre pretendió eliminar a camadas enteras de la sociedad, como aspira hacerlo en estos tiempos. Hubo periodos en los cuales las clases dominantes buscaron integrar a las clases peligrosas, y a esa política la denominamos estados del bienestar. Ahora se trata de explicar porqué han pasado de la integración a la segregación, para fantasear luego con el exterminio.

Para comprender el nazismo y el fascismo, Karl Polanyi se remontó a la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, analizando en detalle el cercamiento de los terrenos comunales (enclosures) en favor de los terratenientes. Ese proceso fue clave para promover la modernización, liberando a los campesinos de la tierra de la que fueron expulsados, sin más opción que ofrecer sus brazos a la naciente industria.

Pero la proletarización del campesinado fue un proceso traumático, que desarticuló la sociedad inglesa, como destaca Polanyi en La gran transformación, publicado en 1944. Con datos económicos, sociológicos y antropológicos, el autor concluye que el liberalismo económico y su mercado autorregulado, destruyeron los cimientos materiales y espirituales de las sociedades.

En sus propias palabras, la economía de mercado procedió a la demolición de las estructuras sociales para obtener mano de obra, y de las ruinas de la vida comunitaria nació la tentación fascista.

Las ultraderechas actuales tienen otra genealogía, aunque es evidente que hay puntos en común. Quiero destacar algunos aspectos que muestran las diferencias con el fascismo de los años 30 del siglo pasado y señalan también la necesidad de hurgar en nuestras sociedades para entender la deriva en curso.

Uno, el extractivismo expulsa a la mitad de la población (según regiones más o menos) de una vida digna, incluyendo salud, educación, vivienda, agua y seguridades mínimas. Esa población a la intemperie, debe ser controlada con nuevos modos: masificación de cámaras de seguridad, militarización, feminicidios, bandas de narcotraficantes, milicias parapoliciales, entre las más conocidas formas legales e ilegales.

Dos, el tipo de Estado que corresponde a este sistema de acumulación por despojo/cuarta guerra mundial, es el Estado policial, con sus correspondientes campos de concentración para los de abajo. Quien crea que exagero, que observe los entornos de la gran minería, de las megaobras de infraestructura y de los monocultivos, donde esto ya funciona. ¿Qué son las barriadas de las periferias urbanas, sin agua pero con abundancia de hombres armados, sino campos de concentración?

Tres, este sistema desborda violencia estructural, machista y racista, por todos sus poros. Sugiero dos lecturas. El reportaje de Katrin Beenhold en The New York Times sobre los varones de extrema derecha en Alemania del Este (goo.gl/Y98L51), donde la violencia machista tiene un claro motivo sistémico; y El laboratorio social de China en Xinjiang, en II Manifesto (goo.gl/bH9JTk), donde el poder ejerce un control capilar y diabólico sobre la población.

Los varones, desde Alemania hasta Brasil, no se vuelven feminicidas por su genética, sino porque perdieron muchas cosas, como consecuencia de un modo de acumulación que no reconoce fronteras. Entre lo que perdieron, está el 'mandato de masculinidad', que analiza Rita Segato.

Cuatro, este sistema extractivo de guerra no puede ser desmontado paso a paso, ni desde adentro, porque sus instituciones no funcionan para la sociedad sino contra ella. No son las instituciones que conocimos durante el periodo del desarrollismo y el estado del bienestar que protegían a los ciudadanos. Las de ahora lo parasitan, en particular a quienes viven en la zona del no-ser: pobres y descartables, mujeres y jóvenes.

27 septiembre, 2018

La regeneración de los degenerados - Juan Gabalaui






8,6 millones de personas viven en el estado español en exclusión social pero, como no lo filtra Villarejo, no será noticia durante mucho tiempo. Debería ser objeto de la gran política pero no es, ni de lejos, tan interesante como que la ministra de justicia, Dolores Delgado, haya llamado maricón, hace ocho años, al actual ministro del interior, Grande-Marlaska. El visor de la escopeta está tan desviado que aluden a su orientación sexual y obvian que no investigó las denuncias de torturas por parte de detenidos que estaban bajo su custodia. Motivo suficiente no ya para dimitir sino para no haber sido jamás ministro. Otro de los que han salido a la palestra, Garzón, fue el que inventó aquello del entorno de ETA por el que se criminalizó, entre otros, al periódico Egunkaria y que, probablemente, tampoco se esforzó demasiado en investigar las denuncias de torturas. A pesar de todo se juntó con Llamazares para regenerar la política española con la plataforma política Actúa. En el estado español las cosas funcionan de esta manera. Regeneramos con lo que tenemos. Y lo que tenemos, si rascas un poco, sale muy sucio.

Pablo Casado viene a revitalizar a un Partido Popular muy corrupto y su referente es Aznar, que mintió sobre la autoría de los atentados del 11M y sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq, con las consecuencias dramáticas para el país asiático, que todos conocemos o deberíamos conocer. Si hablamos de la constitución, y su cuarentavo aniversario, se junta al mencionado Aznar, con sus logros, y a Felipe González, con los propios. La guerra sucia y esas cosas [en este punto algún pesoista debería sacar la lista de todas las cosas buenas que hizo González]. Los viejos dinosaurios explican a los que critican la constitución que lo pueden hacer -criticar- porque se lo permite el sistema [democracia monárquica-parlamentaria] y que hagan el esfuerzo de hacerla entera y así, de paso, se la leen. Es que se critica por criticar y encima sin leerla. Y mientras la exclusión social ha aumentado un 40% desde el año 2007.

El exministro del interior francés, Manuel Valls, viene a regenerar la política municipal barcelonesa, de la mano de Ciudadanos, que también están regenerando la política catalana y española. Valls fue ese político que asoció a los gitanos con la mendicidad y la delincuencia y proponía, de forma poco creativa si nos atenemos a la historia del pueblo gitano [sí, ya sé que no se ha estudiado en la escuela], que la única solución era su expulsión de Francia. Con estas credenciales solo puede venir de la mano de Albert Rivera. De forma paralela han hecho ese viaje, tan transitado, entre esa izquierda, o lo que sea, y la derecha extrema, o de centro o como quieran llamarlo, aunque la trayectoria de Rivera ha sido más errática. Exvotante del Partido Popular, CIU y PSOE, socio del partido de extrema derecha Libertas, vuelta a me defino como progresista, socialdemócrata liberal, ni de izquierdas ni de derechas, de centro izquierda a centro derecha o extrema derecha o como se diga. Una confusión ideológica muy productiva. Pero lo que esta meridianamente claro son los 1,5 millones de hogares que no disponen de apoyo ni de ayudas públicas.

Si buscas, encuentras. Y en eso están gran parte de los políticos españoles. En busca de un máster que no existe, una tesis plagiada, una mano metida en bolsillos ajenos, una comida con comensales poco recomendables, unas conversaciones de maldita la hora que abrí la boca y unas compañías de las de cruzarse a la otra acera. El poder consiste en mantenerlo, quien lo tiene, y en conquistarlo, quien lo desea. Los caminos para conseguirlo son muy variados. Hay algunos que tienen que ver con la democracia, la honestidad y esas cosas. Otros son sucios. En el estado español se elige el que está más transitado. El más sucio, si es posible. La regeneración liderada por los degenerados. Así, no puede extrañar que la existencia de 600.000 personas en situación de inseguridad alimentaria severa pueda pasar desapercibida. Es que estamos en otras cosas. Al fin y al cabo tenemos un ordenador, un móvil de la leche o casi, una casa, un trabajo, aunque sea precario, y cuando llegamos a casa no queremos que nos frían con noticias tristes que señalan la profunda desigualdad del sistema, ese que dice Aznar que nos deja criticar, en el que vivimos.