10 noviembre, 2014

APUNTES CONTRA EL PROGRESO - Miquel Amorós

Charla de Miquel Amorós del 8 de noviembre de 2012 en el Círculo de la Amistad-Numancia, de Soria.
Editado en la revista Raíces nº5. Crítica, análisis y debate en torno a la destrucción del territorio. Primavera-verano 2013 / Extremadura. 


“…hace falta que la memoria consiga retomar el hilo del tiempo para recobrar el punto de vista central desde donde descubrir el camino. A partir de ahí comienza la reconquista de la capacidad de un juicio crítico que basándose en hechos constatables dé respuesta al envilecimiento de la vida, y que precipite la escisión de la sociedad, momento preliminar de una revolución, planteando la cuestión histórica por excelencia, a saber, la cuestión del progreso.” Historia de diez años, Encyclopédie des nuisances, nº2.

Dada a conocer por la Ilustración, en sus orígenes la idea de Progreso era casi subversiva. La Iglesia imponía los dogmas de la creación y el fijismo que sentaban la inmutabilidad de los seres vivos, creados por la divinidad tal como eran, por lo que en la Enciclopedia hubo pocas líneas bajo la rúbrica “Progreso”, definido simplemente como “movimiento hacia delante.” Por otra parte, Diderot y otros enciclopedistas no consideraban la sociedad civilizada como superior a la salvaje sino bien lo contrario, por lo que su posición relativa al progreso sería cuando menos escéptica o precavida. Sea por una cosa o por la otra, la idea se fue imponiendo en Europa a partir de la revolución industrial. Como dice Mumford, “el progreso era el equivalente en historia del movimiento mecánico a través del espacio.” Era la interpretación del hecho del cambio como algo unidireccional, donde la marcha atrás, o sea, la decadencia o el retroceso, quedaban explícitamente excluidos. El pensamiento ilustrado interpretaba la producción industrial como el anuncio de un mundo libre de prejuicios religiosos y gobernado por la Razón, donde todos tendrían la felicidad al alcance de la mano. Los hechos lo contradecían a menudo, pero la contradicción se resolvía contando con que la marcha atrás formaba parte del avance; por ejemplo, se suponía que la fealdad de la sociedad industrializada estaba preñada de un porvenir donde la abundancia material sería la norma y la libertad su resultado. Por añadidura, la ciencia solucionaría todos los problemas, la economía crecería y el Estado democrático ofrecería la igualdad ante la ley a la hora de la distribución. Sin embargo, toda medalla tiene su reverso y a golpe de ciencia, estatismo y productividad el progreso nos ha conducido al borde del precipicio: la ciencia y la tecnología han transformado los medios de producción en medios cada vez más destructivos; el desarrollo económico ha engendrado desigualdad, injusticia social y miseria por doquier, devastando de paso el medio ambiente; el Estado se ha convertido en un monstruo burocrático tentacular que devora la vida de sus súbditos. Los desastres sociales y ecológicos se han vuelto moneda corriente y la insatisfacción, como la crisis, se ha generalizado. Los individuos, sojuzgados por la producción y la política, son incapaces de dominar su destino. En su interior habita un vacío acumulado durante más de dos siglos que les imposibilita formular y comunicar su insatisfacción, aunque por primera vez, de forma general, se derrumba la creencia en un futuro mejor. Confrontados a la posibilidad real de que el mundo entre en dificultades mayores anunciando su fin a medio plazo, la idea de futuro ha perdido toda su validez. En vista de los retrocesos de tanto avance los sufrimientos de las generaciones pasadas parecen haber sido en balde. El hecho es importante puesto que todos los idearios emancipadores desde la Revolución Francesa hasta Mayo del 68 se justificaban en nombre de la razón científica y del progreso.

Para los progresistas, la ciencia revelaba leyes económicas y sociales inexorables cuya necesidad histórica no se cuestionaba, ya que, inscritas en la naturaleza de las cosas, estaban por encima de los designios humanos: para ser equitativo y justo había que obedecerlas y observarlas. La principal sería la que postulaba la continua e ilimitada perfectibilidad del ser humano gracias según Godwin, el referente más antiguo de la anarquía, al imperio de la Razón científica. Fourier decía que era deseo de la naturaleza que la barbarie tendiera por etapas a la civilización. Proudhon incluso afirmaba que la idea de Progreso sustituía en filosofía a la idea del Absoluto. Marx designaba a la clase obrera como su principal agente histórico, en tanto que “fuerza productiva principal”. El proceso histórico, según Hegel, era la estela que deja la Idea (el progreso) en su marcha. Marx, su discípulo, nos enseñaba que dicho proceso no era más que un encadenamiento natural de etapas económicas obedeciendo a unas leyes contra las cuales la voluntad humana no podía nada; es mas, aquélla era determinada por éstas. El devenir histórico asociado al desarrollo científico y técnico de la producción, ocuparía el centro de la doctrina marxista bien criticada por Bakunin, en la que quedaba implícito que el conocimiento científico de sus leyes iluminaría a una clase de dirigentes que, organizados en partido, guiarían a las masas en una revolución que apuntaría al mejor de los destinos en una sociedad sin clases. Eran unos golpes tremendos a la metafísica y a la religión, pero que no las derribarían, sino que al contrario, las reforzarían con una nueva superstición: la superstición científica.

El fetichismo científico es la sustancia de la idea de Progreso. Para los progresistas de cualquier escuela la ciencia aparecía como el remedio de todos los males. Todo el pensamiento tenía que adoptar sus métodos y aceptar sus conclusiones. Las reflexiones sobre la verdad, la justicia o la igualdad que no se atuvieran a la ciencia, serían calificadas de disquisiciones metafísicas. Si la religión era cosa del pasado, la ciencia pertenecía al futuro desarrollado, al progreso. Pero sin embargo ambas eran menos incompatibles de lo que se creía. En el progresismo la ciencia se mostraba no sólo como conocimiento, sino como fe. Saint-Simon, uno de los primeros reformadores socialistas, consideraba a sus seguidores “evangelistas del ingeniero” y “apóstoles de la nueva religión de la industria.” Para su díscolo alumno Comte la ciencia elevaba al hombre a “director de la economía de la naturaleza, a la cabeza de los seres vivos”, despertándole “el deseo noble de incorporación honorable a la existencia suprema”, y, en consecuencia, llevándole a una “unidad perfeccionadora” con el “Gran Ser”, forma definitiva de la existencia. El libro más leído del siglo XIX, “El año dos mil”, una utopía tecnocientífica escrita por Edward Bellamy, describía la toma de conciencia de la inhumanidad de las relaciones sociales en términos religiosos: “La salida del sol, tras una noche tan larga y oscura, debió tener un efecto deslumbrador (…) Es evidente que nada pudo contener el entusiasmo que inspiraba la nueva fe (…) Por primera vez desde la Creación, el hombre se mantuvo erguido ante Dios (…) El camino se abre ante nosotros y su extremo desaparece en la luz. El hombre debe volver a Dios…” La divinidad había colocado en el corazón de los hombres la idea de Progreso, “que nos hace encontrar insignificantes nuestros resultados de la víspera y siempre más lejano el punto adonde nosotros queremos llegar.” Las raíces recién arrancadas del terreno religioso, crecían ahora en un terreno similar gracias a la fascinación que despertaba la magia científica. Acabada de abatir la autoridad divina, la nueva fe prometía hacer de los hombres dioses mortales habitando un Olimpo tecnocientífico. Pero al fundarse la economía en la separación de los individuos entre sí, en la separación entre ellos y el producto de su actividad, y entre éste y la naturaleza, su desarrollo apoyado en la ciencia trajo una plusvalía de irracionalidad. Pronto aparecieron en la nueva especie dirigente inspirada en supuestos científicos, rasgos sospechosos que con el tiempo se harían clamorosos, tanto en el campo capitalista como en el socialista; por ejemplo la tendencia a legitimar los medios por el fin, el presente por el futuro, o lo real por lo ideal; la clase dirigente apelaba a los imperativos urgentes de la situación del momento para suprimir la poesía de la revolución liberadora, posponiendo sine die una justicia y una libertad cada vez menos concretas. Así pues, la vida social propiciada primero por la burguesía, y después por la clase burocrática nacida de la revolución, tendió a regirse según criterios pragmáticos, renunciando a los dictados de la razón objetiva; éstos quedaban reducidos a su dimensión utilitaria, subjetiva y formalista. En consecuencia, mientras la conducta moral se disolvía en el egoísmo mezquino, el orden económico y político quedaba garantizado. Comte, cuya divisa política era “Orden y Progreso”, ya había precisado antes que “en todos los casos las consideraciones sobre el progreso están subordinadas a las del orden.” Y remontándonos más en el curso de la historia, un ilustrado precursor como Fontenelle sostenía que la verdad, determinación principal de la Razón, debía de subordinarse a criterios de utilidad, incluso ser sacrificada si así lo aconsejaban las conveniencias sociales. Lo mismo podía decirse de las demás determinaciones. La clase burguesa, y tras ella la burocracia, al liquidar la Razón inventaba una nueva metafísica seudorracionalista que se manifestaba como una fe ciega en los descubrimientos científicos, en las innovaciones técnicas y en el desarrollo económico, fe designada como “materialismo” y destinada a desembocar en un presente perpetuo de sinrazón y barbarie. Por ejemplo, el estalinismo demostraría que tampoco la historia progresaba adecuadamente y que el progreso histórico no había sido más que una ideología al servicio de una nueva clase dominante, la burocracia de partido, con la que cubrir una opresión de dimensiones colosales. A partir de un determinado nivel del reverenciado progreso, el que condujo a la primera guerra mundial y al auge del nazismo, los efectos negativos superaban ampliamente a los positivos hasta constituir éste una amenaza para la especie humana: en la etapa siguiente de desarrollo el fin último del progreso se revelaría entonces como el fin de la humanidad, materializado primero en el armamento nuclear; después en el Estado policial y la industrialización del vivir; y por último, en la polución y el calentamiento global. Si la historia sigue el curso marcado por la hybris progresista en cualesquiera de sus variantes, el punto final será la desolación, no el Edén del consumidor feliz o el paraíso comunista.

La idea de Progreso establece una trayectoria ascendente desde las sociedades tachadas de primitivas hasta la civilización moderna actual. En la práctica significa una transformación incesante del medio social y una renovación constante de las condiciones económicas que lo determinan. El presente no es más que una etapa pasajera en el camino de un porvenir mejor. No obstante, la idea considera la sociedad presente como superior a todas las épocas pretéritas y sobre todo contempla su devenir como culminación de sí misma. Éste no es más que una apoteosis del presente. En realidad el futuro se esfuma en la ideología, no quedando del progresismo sino una vulgar apología de lo existente. Por eso, toda la clase dominante, en política y en economía, reivindica el progreso como una seña de identidad, porque, en la medida que domina el presente, reescribe el pasado del que se siente heredera y conjura el futuro que no termina de controlar. El progreso es “su” progreso. Los dirigentes progresan, valga la redundancia, merced al progreso de la ignorancia y al del control, dando lugar a aparatos cada vez más gigantescos. Piénsese las posibilidades de dominio que inauguran los sistemas tecnológicos de vigilancia o la cultura de masas, por no hablar de la difusión del modelo educativo estatal en el que ponían sus esperanzas los primeros progresistas, creador de una forma de ignorancia funcional que el espacio virtual ha generalizado. Así se explica que los individuos, por más que la ciencia haya progresado, sean menos que nunca dueños de su destino. Lo que hoy en día se llama Progreso no conduce al esclarecimiento de la mente ni a la autonomía personal porque lo único que pretende es el crecimiento económico y el modo de vida consumista que le está asociado. El poder separado que lo reivindica necesita seres egoístas y atemorizados, o mejor aún, mecanizados. No quiere seres de juicio independiente capaz de orientar su conducta moral de acuerdo con el conocimiento objetivo, sino a gente irreflexiva y uniformizada, absorbida por lo accesorio y lo instantáneo, y atenazada por el miedo. Gente programada para inclinarse ante los mensajes recibidos desde el aparato de la dominación. La estandarización y mercantilización de todas las actividades humanas producen la sinrazón característica que los dirigentes consagran en nombre del Progreso; mientras tanto, la ingeniería genética construye sus fundamentos biotecnológicos. La cultura de la verdad y la justicia no fructifica en él, pero su imagen sirve de coartada a la esclavitud y la opresión. Los pretendidos avances sociales se ven siempre acompañados por la inconsciencia, la deshumanización y la anomia, de forma que el susodicho Progreso elimina el mayor de sus postulados: la idea misma de hombre libre y emancipado.

Recapitulemos. En principio, el concepto moderno de Progreso es hijo de la derrota de la religión por la Razón. No obstante, la victoria de la Razón fue sólo aparente, es decir, no fue la victoria de la humanización. Ya hemos hablado de la degradación de la Razón a instrumento del poder. Hablemos ahora de las consecuencias que tal degeneración tuvo para la naturaleza. Al imponerse una concepción racional del mundo a la cosmovisión religiosa, la naturaleza quedó desacralizada y el mundo, desencantado. Perdió todo su significado y en adelante la contemplaron con indiferencia como un objeto inerte y una materia prima; en suma, como un almacén de recursos. El antagonismo entre una naturaleza despojada de sentido y una civilización expoliadora quedó plasmado en una serie de conceptos ambiguos como el éxito, el bienestar, el desarrollo o… el progreso. La actividad humana dejó de celebrar la relación misteriosa con la naturaleza y pasó, no a considerarla racionalmente tratando de aprehender su verdad para poder así guiarse, sino que procedió a su dominación. Entonces, al convertirla en un objeto de explotación sin límites, lo realmente conseguido fue la adaptación forzosa de los individuos a un medio social coactivo engendrado durante el proceso. El progreso se pagaba sometiendo la vida a la racionalización pragmática impuesta por la mercancía y el Estado en la que los medios se confundían con los fines: la vida obedecía al progreso, no al contrario. La vida esclava del progreso era un crisol donde se fundía la razón objetiva y se evaporaban todos los conceptos que constituían su núcleo: verdad, justicia, felicidad, igualdad, solidaridad, tolerancia, libertad… Tal como concluía Horkheimer, “el dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres.” La tiranía ejercida sobre la naturaleza trajo como consecuencia la sumisión y el embrutecimiento simultáneos del ser humano. El vaciado de la conciencia se deducía de la concepción mecanicista del hombre. Ya el más extremista de todos los filósofos materialistas, La Mettrie, concebía al ser humano como una máquina que se montaba ella misma sus resortes, y consideraba el pensamiento como un subproducto de la actividad mecánica de importancia menor. Tal inaudita concepción, formulada a mediados del siglo XVIII durante la lucha intelectual contra los sistemas metafísicos y las religiones, fundaba científicamente la manipulabilidad de la especie humana, cosa que las clases dirigentes de la posteridad tomaron muy en serio. Por ironía de la historia, la religión no saldría perdiendo. Un siglo más tarde, el álgebra de Boole, que hizo posible la simulación mecánica del pensamiento humano, redujo éste a una simple representación matemática, persiguiendo ni más ni menos que la “revelación de la mente de Dios.” Si ascendemos por el camino de la matemática binaria, sin lugar a dudas, los ordenadores digitales nos acercarán más a la divinidad, que ya no está en los cielos, sino en el espacio virtual.

Desvelado el lado oscurantista de la ciencia a medida que la extrema especialización dividía el conocimiento en compartimentos estancos, su incapacidad en proporcionar una concepción del mundo holística, unitaria y coherente que formara a los individuos y reforzara su vínculo con la naturaleza, quedaba la tecnología como último fetichismo por denunciar. En las últimas fases de la dominación capitalista el progreso equivale al progreso técnico, pues los expertos que trabajan para ella atribuyen a la técnica la expectativa de la salvación última, a la que empresarios, políticos y desinformadores fanatizados han convertido en una ortodoxia casi milenarista. Con la tecnología, los males del desarrollo se curan con más desarrollo. En consecuencia, la técnica ha creado un medio artificial y jerárquico ajeno a las necesidades sociales donde se desenvuelve toda la vida cotidiana, una segunda naturaleza que determina completamente el orden social. Los individuos han escapado a los condicionamientos naturales para caer esclavos de las máquinas. Las máquinas intervienen las relaciones entre humanos y median ahora entre ellos y la naturaleza, impidiendo cualquier relación directa. El hombre, subido al carro del progreso, queda definitivamente aislado de sus congéneres y cortado del cosmos, al que no contempla como algo vivo ni se considera parte de él. El biólogo y cristalógrafo británico John Bernal celebraba en Mundo, carne y demonio, esa emancipación de las servidumbres naturales: “la tendencia fundamental del progreso es la sustitución de un entorno de causalidad diferente por otro deliberadamente creado. Con el paso del tiempo, la aceptación, la apreciación, incluso la comprensión de la naturaleza, será cada vez menos necesaria.” La mente humana capitula ante el maquinismo, se vuelve tecnólatra. La automación colabora. El individuo se considera libre en la medida en que se deja llevar por las máquinas, que ahora son su medio; las máquinas hacen todo el esfuerzo y le ahorran incluso el trabajo de la reflexión. Pero la libertad de un orden mecánico excluye el derecho a no usarlas. Todos dependen de ellas y nadie puede vivir al margen, es decir, nadie puede vivir en contra del Progreso.

En un mundo cuantitativo la razón técnica coloca los actos reflejos por encima de la inteligencia, el rendimiento por encima del sentido y el cálculo por encima de la verdad, de forma que cuando hablan de “inteligencia artificial”, no es porque los artefactos se hayan vuelto pensantes, sino porque el pensamiento humano se ha vuelto mecánico. Los visionarios de la deshumanización completa, la machina sapiens no es más que la transferencia del legado mental a una descendencia mecánica, pues el hombre inmerso en un universo tecnológico funciona como una máquina y la máquina, como un autómata humano. Su destino, tal como señalan las condiciones actuales de existencia, es “pasar la antorcha de la vida y de la inteligencia al ordenador.” La conclusión que se impone no es sin embargo el rechazo de la técnica, sino el del papel que desempeña en el actual periodo histórico de dominio capitalista, comenzando por su función religiosa redentora bastante compartida por las masas. La técnica, en cuanto facilita a los humanos el metabolismo con la naturaleza, es necesaria. La herramienta ha creado al hombre. Pero cuando se vuelve discurso del poder, tecnología, se convierte en una amenaza para la supervivencia de la especie. La técnica sigue un camino que se aparta de las necesidades humanas básicas y termina creando un mundo propio. Es el momento de su autonomía, el momento en que toma el mando. La convivencia no puede nada contra una tecnología invasora que altera constantemente la sociedad al ritmo de incesantes novedades. Si hoy hacemos inventario de lo que aporta y lo que sustrae a la sociedad el balance no puede ser más negativo. Por un lado la implantación del homo economicus, el hombre que se mueve solamente por el interés, en una parte del mundo y el incremento del nivel de consumo superfluo. Por el otro, la depauperación y explotación de la parte restante, el agotamiento de recursos, la acumulación de armamento y la aniquilación del planeta. Se confirma pues que el problema social mayor no es la falta de desarrollo, sino el mismo desarrollo. No es la falta de tecnología, sino la ausencia de fines humanos.

Al contrario de las culturas “primitivas”, la civilización materialista es indiferente a su dependencia del entorno y asimismo nunca ha intentado mantener un equilibrio cualquiera con el medio natural. Su necesidad de crecer disfrazada de progreso le lleva a contaminar el suelo, a corromper el aire, a adulterar los alimentos y a emponzoñar el agua. A exacerbar las diferencias sociales y poner en peligro la salud de la población. La destrucción acelerada del medio natural y social en la que hemos entrado no se puede evitar sino que va en aumento: es fruto de la propia dinámica del sistema, que necesita crecer con la mayor celeridad. Las agresiones al territorio se han hecho habituales y el problema no es tanto su impacto instantáneo como su efecto acumulativo, plasmado en la crisis energética, los desastres nucleares y el calentamiento global. La nueva conciencia ecológica de los dirigentes llega para hacer rentable la propia destrucción, que es inevitable, puesto que está inscrita en el modo dominante de producir y consumir. El progreso hoy se viste de verde para comerciar con los desperfectos; es más, no tiene otro traje con el que vestirse: sus demandas constantes obligan a una sobreexplotación del territorio. Todo en el reino de la mercancía tiene un precio, desde el aire que respiramos hasta los paisajes que visitamos, pero en lo sucesivo el precio ha de ser ecológico. Los dirigentes convertidos al ecologismo han de incorporar el coste de unos cuantos daños colaterales del desastre al precio final si quieren que los fundamentos de la sociedad industrial no se alteren. Si eso pasara, para ellos eso sería el fin del Progreso, pero para nosotros, el Progreso es el fin.

La crítica a la idea de Progreso nos conduce por sendas peligrosas franqueadas por abismos ideológicos. Desde el punto de vista filosófico, la demolición del materialismo progresista no implica un retorno a la dualidad espíritu-materia o un puente tendido al nihilismo. Tampoco el rechazo de una historia teleológica significa necesariamente el rechazo de la historia. La negación de una ética científica no llega a la impugnación de la ciencia como tal, ni la inanidad del sistema educativo excluye la instrucción. Simplemente, la constatación de que la historia no tiene un plan ni esconde una meta, de que las leyes históricas no son tales puesto que la historia de la humanidad es un proceso de consumación más que de devenir; de que el conocimiento científico no sirve por si sólo como faro social y de que la transmisión de la experiencia generacional no funciona a través de aparatos educacionales. Hemos afirmado que las contradicciones sociales derivan en último extremo de las contradicciones entre la sociedad y la naturaleza desveladas por la historia. Pero somos hijos de la Razón ilustrada, no del Bhágavad-Guitá o del Paleolítico Inferior, por lo que creemos que las contradicciones no se resuelven elevando la naturaleza a principio máximo, ni se conjuran con la ayuda del Cielo o de las sagradas escrituras, propiciando una vuelta religiosa a la naturaleza o al pasado. Tales buenas intenciones no mitigan la crisis del pensamiento racional ni la crisis del mundo, antes bien nutren ideologías irracionales y movimientos fundamentalistas que ahondan dicha crisis. La crítica de la idea de Progreso no es una revuelta contra la Razón ni contra la formación intelectual y el saber, y ni mucho menos contra la civilización en general; es una crítica de su degradación y eclipse. No apela a la Trascendencia, a una Nueva Ciencia o a la Tradición, sino al pensamiento libre de cadenas que subvirtiendo las bases ideológicas del sistema, lleva a los seres humanos a una unión racional y a la armonía con la naturaleza.

No somos sólo hijos de la Ilustración; también lo somos del Romanticismo, de su voluntad de verdad, de belleza y de acción, y de su búsqueda de espiritualidad y de misterio. Nos levantamos en nombre de la Razón y la lógica, sí, pero asimismo en nombre de la emoción, la pasión y el deseo. Si bien el hombre que quiere ser libre no intenta cambiar de mitos sino ir a la raíz de las cosas, tampoco renuncia a “reencantar” el mundo en desacuerdo absoluto con la clase dominante. El reencantamiento es una concienciación ligada a los esfuerzos revolucionarios ante la lamentable marcha del progreso capitalista, que cuantifica, mecaniza y destruye la vida. Es un reencuentro entre lo racional y aquello que los surrealistas tildaban de maravilloso. En la revolución y en la poesía, que viene a ser lo mismo, está el camino hacía una civilización alternativa. Es la única manera que la humanidad tiene de crecer y de convertirse en lo que potencialmente es. El nuevo punto de partida no se halla en una burocratización de la naturaleza equiparable con la de la sociedad, sino en una reconciliación desburocratizada entre ambas. La reconciliación cuestiona de entrada las condiciones actuales que se oponen a ella, como son la industrialización, el estatismo, el desarrollo económico y el progreso. Por lo tanto su programa ha de ser desurbanizador, anti-industrial, antipolítico y antiprogresista; ella ha de promover nuevos valores, nuevos modos de vida, nuevas maneras de acción social… La naturaleza y la sociedad han de encontrar su equilibrio, pero para ello tienen que ser salvadas de los burócratas, de los expertos, de los inversores y de los ideólogos redentores. La única manera de lograr la armonía entre ambas es no cediendo, ni en la teoría ni en la práctica, a la lógica de la dominación. Solamente una sociedad que sea dueña consciente de su propia historia podrá manumitir a la naturaleza esclava del progreso. Pero esto no es un presupuesto eternamente posible: gracias a la tecnociencia, la dominación está fabricando un mundo literalmente inhabitable y como señala Walter Benjamin en Dirección Única, si los dirigentes no son derrocados “antes de un momento casi calculado de la evolución técnica y científica, todo se habrá perdido. Es preciso cortar la mecha que arde antes que la chispa acabe con la dinamita.” 

La revolución necesaria no se desprende de una mera contradicción entre las masas consumidoras y la financiación del consumismo, sino de la reacción decidida contra un progreso que conduce irremediablemente a la catástrofe.

19 octubre, 2014

El joven apaleado en la valla de Melilla pierde un riñón y tiene medio cuerpo paralizado.

Público.es 18/10/2014
Dany, el joven camerunés que la ONG Prodein retrató en un vídeo del salto a la valla del pasado miércoles siendo golpeado en una escalinata por agentes de la Guardia Civil, ha perdido un riñón y tiene medio cuerpo paralizado, según ha informado esta ONG melillense, que ha conseguido contactar con el migrante después de que recibiera el alta en un hospital de Nador.

El joven es uno de los 150 migrantes que el pasado miércoles acabaron encaramándose unas horas a la valla de Melilla después de un intento de salto protagonizado por más de 200 personas que fue repelido por la Guardia Civil y las fuerzas marroquies. Solo tres consiguieron superar el perímetro aquel día y llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI).

La organización difundió dos vídeos, en uno de los cuales se observaba cómo este joven recibía hasta diez golpes de los agentes de la Guardia Civil cuando estaba descendiendo de la valla por la escala que los agentes españoles habían apostado en la valla para desalojarla.

El joven cayó al suelo y fue apartado de la zona por dos guardias que, conforme muestra el video, intentaban sin éxito que se mantuviera sentado. Acabó tumbado de lado, con la cabeza en el asfalto, hasta que cuatro agentes lo llevaron en volandas por la puerta de servicio de la valla hasta el lado marroquí.

La Delegación del Gobierno afirmó que el joven estaba ejerciendo "resistencia pacífica" pero la ONG mantuvo desde el principio que estaba inconsciente mientras se produjo su devolución ilegal a Marruecos.

Tras unas primeras "informaciones contradictorias", Palazón ha podido hablar personalmente con él, contrastando así que estaba vivo, información que se cuestionaba en un principio, y que había sido herido de gravedad: le han quitado un riñón y con la movilidad mermada, ha necesitado ayuda para poder abandonar el centro hospitalario.

La organización espera a que este joven de Camerún se instale en un lugar permanente, probablemente uno de los campamentos que los migrantes tienen instalados en los montes cercanos a la valla, como el Gurugú, para conocer más detalles y practicar una intervención directa, fundamentalmente, para proveerle de los medicamentos que necesite dadas las circunstancias.

Tras la difusión de las imágenes, el Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa ha pedido a España que abra una investigación y "depure responsabilidades" tanto por "la violencia" ejercida ese día contra los migrantes como por el hecho de que fueron devueltos de forma ilegal a Marruecos.

La entrega sobre la marcha de las personas que se suben a la valla o consiguen rebasarla no está amparada ni por la Ley de Extranjeria ni por los acuerdos de readmision de extranjeros que España ha suscrito con Marruecos. De hecho, el Comandante Jefe de la Guardia Civil en Melilla ha sido imputado por un posible delito de prevaricación, por ordenar esta práctica a sabiendas de que no tiene respaldo legal.

09 octubre, 2014

Santi Brouard (1919-1984), asesinado por el Estado español.


Santiago Brouard Pérez,  médico y político vasco (Lekeitio, Vizcaya, 1919 - Bilbao, 20 de noviembre de 1984).

Huyó a Francia en 1974, tras ser perseguido por atender a un militante de ETA herido de bala por la policía. En el País Vasco francés entró en contacto con históricos de ETA como Argala, con el que, en las postrimerías de la dictadura franquista, participó en la elaboración de la Alternativa KAS, la cual era un programa de mínimos al que se adhirieron diferentes organizaciones de la izquierda nacionalista vasca de aquel entonces, entre ellas la organización armada ETA político-militar, los partidos políticos LAIA y EHAS y los sindicatos LAK y LAB.

Brouard fue uno de los fundadores de Euskal Herriko Alderdi Sozialista (EHAS) que, posteriormente, pasó a denominarse Herri Alderdi Sozialista Iraultzailea (HASI) en 1977, tras la convergencia con Eusko Sozialistak. En el Congreso fundacional de HASI fue nombrado presidente del partido, cargo que mantuvo toda su vida. También fue dirigente de Herri Batasuna hasta su asesinato.

A su vuelta del exilio, Santi Brouard siguió implicado en la política a la vez que atendía su consulta de pediatría en Bilbao. Fue encarcelado en 1983 por los sucesos de la Casa de Juntas de Gernika, en que un grupo de diputados de Herri Batasuna cantó el Eusko Gudariak (himno al guerrero vasco) durante la visita del rey Juan Carlos I. Formó parte de la Mesa Nacional de HB y fue elegido parlamentario nacional y autonómico por Vizcaya en varias ocasiones. También fue teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Bilbao durante una legislatura.

El 20 de noviembre de 1984 fue asesinado en su consulta de pediatría. Los autores materiales del crimen fueron Luis Morcillo y Rafael López Ocaña, sicarios contratados por los GAL. Según el testimonio de López Ocaña, éste cobró 3 millones de pesetas de manos de Morcillo por el asesinato. Morcillo los habría recibido de Rafael Masa, por aquel entonces comandante de la Guardia Civil. Según esta declaración de Ocaña, el dinero provenía de Julián Sancristóbal, que en aquella época era el Director General de Seguridad del Estado.

__________________________________________________________________________________________________
La siguiente noticia me la envia: http://puertoparanoia.blogspot.com.es/

http://www.europapress.es/nacional/noticia-abogado-familia-pide-declare-rafael-lopez-ocana-condenado-1993-asesinato-20130502163340.html

El abogado de la familia pide que declare Rafael López Ocaña, condenado en 1993 por el asesinato. Éste admitió por primera vez en 2005 que Morcillo y él cometieron el crimen, "ordenado" por Masa y "financiado" por Sancristóbal

El abogado de la familia Brouard, Txema Montero, ha solicitado al Juzgado de Instrucción número 1 de Bilbao que preste declaración Rafael López Ocaña, que fue condenado en 1993 a 33 años de cárcel por el asesinato en 1984 del exdirigente de HB Santiago Brouard y que presuntamente habría cometido con el exempresario granadino Luis Morcillo Pinillos, según ha informado a Europa Press el letrado.

El representante legal de los familiares de la víctima pretende que López Ocaña testifique en esta nueva reapertura del sumario, después de que en 2005, tras la celebración en Bilbao de dos juicios sobre el caso, admitiera en un medio de comunicación lo que negó durante años, que había cometido el crimen de Brouard junto a Morcillo Pinillos.

En una entrevista concedida Telecinco en diciembre de ese año, el mercenario aseguró, además, que el supuesto inductor del atentado había sido el exteniente coronel de la Guardia Civil, Rafael Masa, y que el exdirector de la Seguridad del Estado, Julián Sancristóbal, lo financió.

   Rafael López Ocaña fue detenido en 1990 y condenado en 2003 a 33 años de cárcel tras identificarle la enfermera del doctor Santiago Brouard, que había abierto la puerta a los dos asesinos en la consulta de pediatría de Bilbao momentos antes de que el exdirigente de HB pereciera por los disparos de ambos pistoleros.

Tras permanecer 12 años de prisión, en 2005 Rafael López Ocaña reconoció que Luis Morcillo Pinillos le pagó por su participación en el crimen tres millones de pesetas, que le había abonado Rafael Masa, pero que provendrían de Sancristóbal. Esto es, según aseguró, lo que le había comentado Morcillo Pinillos.

En su relato, López Ocaña afirmó que él y Luis Morcillo fueron a Bilbao cada uno en su coche, quedaron en una cafetería, y se disfrazaron con peluca, gafas, ropa y calzado grande, para dirigirse a la consulta de Brouard.

Una vez allí, llamaron a la puerta de la consulta y abrió la enfermera. Morcillo Pinillos entró el primero y, posteriormente, según narró López Ocaña, accedió él al interior. En ese momento, portaba una pistola en el hombro con un cinturón y se le cayó al suelo, lo que provocó los gritos de la enfermera.

Mientras trataba de taparle la boca para que dejara de gritar, salió Santiago Brouard. Estando López Ocaña de espaldas, oyó "los ocho o diez" disparos que Luis Morcillo habría descerrajado a la víctima. Asimismo, afirmó que, cuando se dio a la fuga detrás de Morcillo, él disparó dos veces al cadáver del exdirigente de HB, aunque ya no era necesario, "por ser honesto con lo que había ido a hacer" y no irse "sin hacer nada".

   Este relato coincide con el que ha realizado ante la juez instructora, Ana Isabel Gasca, Luis Morcillo Pinillos que, tras ser absuelto en 2003 de la autoría del crimen por la Audiencia Provincial de Vizcaya y sabiendo que no puede ser juzgado de nuevo por estos hechos, ha confesado ahora haber cometido el asesinato junto a Rafael López Ocaña, tras recibir la orden de Masa.

OTRAS TESTIFICACIONES

   Txema Montero también ha solicitado otras pruebas que le han sido denegadas en auto judicial, pero que ha recurrido. De esta forma, pretende que testifique en el Juzgado un funcionario de prisiones que trabajaba en la cárcel de Carabanchel cuando, en 1983, cumplía Luis Morcillo condena por un cheque sin fondos.

   Morcillo Pinillos ha asegurado, ante la magistrada, que Rafael Masa y Julián Sancristóbal --entonces gobernador civil de Bizkaia-- le fueron a ver a prisión para "reclutarle". Éstos, según ha afirmado, se hicieron pasar por "capitanes de la Guardia Civil" para verle.

   El abogado de la acusación particular quiere que se cite a declarar al funcionario de prisiones que habría comunicado a Morcillo que estas dos personas querían hablar con él y le condujo al locutorio. La intención es que verifique si realmente este encuentro se produjo y si reconoce a quienes participaron en él.

   Asimismo, ha solicitado también que testifique un hijo de Masa, así como una pericial para comprobar "la autenticidad" de las voces del expolicía José Amedo y Luis Morcillo Pinillos en unas grabaciones de conversaciones, cuyas transcripciones fueron remitidas al Juzgado y provocaron la reapertura del caso.


   Amedo presentó en diciembre del pasado año estas transcripciones y, posteriormente, por orden judicial, ha entregado las grabaciones de las conversaciones que supuestamente ha mantenido con Morcillo Pinillos, en las que éste confesaba ser el autor del crimen.

07 octubre, 2014

Imputadas por enaltecimiento del terrorismo tres periodistas que cubrieron un acto abertzale.

Iraitz Salegui y Nekane e Izaro Zinkunegi declaran hoy ante la Audiencia Nacional por informar sobre el Festival Gazte Danbada, en el que se presentó la organización juvenil abertzale Ernai en marzo de 2013.

 

Este martes se sientan a declarar como imputadas en la Audiencia Nacional Iraitz Salegui, de 24 años y Nekane e Izaro Zinkunegi, de 24 y 22 años respectivamente. El juez Eloy Velasco les imputa un delito de enaltecimiento del terrorismo, aunque estas jóvenes son periodistas y su supuesto acto delictivo fue dar cobertura mediática al festival Gazte Danbada en 2013.

Durante el festival se presentó la organización juvenil Ernai, vinculada a la izquierda abertzale y considerada por las autoridades la continuación de Segi. Por su participación en esta presentación, el mismo tribunal imputó en marzo de 2013 a siete personas por los mismos delitos que a las tres periodistas que informaron de este y otros muchos eventos durante el festival en el portal Topatu.info. Los primeros imputados, entre lo que se encuentra el militante de la izquierda Periko Solabarria, condenaron durante su intervención las políticas penitenciarias de Francia y España, poniendo como ejemplo la muerte en prisión de Xabier Lopez Peña, conocido como Thierry, exjefe de la organización terrorista ETA que fue detenido en Francia en 2008.

"Cubriendo este evento había muchos medios de comunicación, desde la televisión pública vasca hasta el diario ABC", remarca a Público la imputada Iraitz Salegui, que califica la acción judicial como una violación del derecho a la libertad de prensa. "Nos imputan por difundir información, y lo que entendemos es que no les gusta el trabajo que hacemos ni la información que publicamos", critica la joven periodista que también subraya que "la única relación que tenemos con Ernai es la que tenemos con cualquier otro colectivo juvenil".

Orden de retirar vídeos

Antes de la imputación de estas jóvenes, la Audiencia Nacional ordenó un año después del festival la eliminación cuatro vídeos que recogían los discursos, bajo advertencia de cierre del portal. Las periodistas de este medio con cuatro años de vida decidieron eliminarlos, aunque consideraban la orden "un ataque directo a la libertad de prensa y expresión". "Aun haciendo caso a la orden, el juez valora que al difundir esa información nosotras también hemos enaltecido el terrorismo", explican las encausadas con las que este caso suma ya diez imputados.

"Vamos a declarar como periodistas, que es lo que somos, y esperamos que se archive la causa porque no tiene ni pies ni cabeza. Aunque con la Audiencia Nacional nunca se sabe", afirma Salegui. El juez Velasco tendrá que decidir si mantiene la imputación junto a los siete primero, si separa la causa o si la archiva.

Salegui asegura que trabajan "de manera profesional y con honestidad", y explica que "un acto político que reúne a 7.000 jóvenes para formarse personal y colectivamente superaba con creces el interés informativo".

23 septiembre, 2014

Por qué no estalla una revolución.

 «Hemos caído tan bajo que la reformulación de lo obvio es la primera obligación de un hombre inteligente». George Orwell
___

¿Te has preguntado alguna vez por qué nadie reacciona ante la infame oleada de opresión y abusos de todo tipo que estamos sufriendo?
¿No te produce perplejidad el hecho de que tras tantas y tantas revelaciones sobre casos de corrupción, injusticias, robos y burlas a la ley y a la población en general, a la cual se le ha robado literalmente el presente y el futuro, no suceda absolutamente nada?
¿Te has preguntado por qué no estalla una Revolución masiva y por qué todo el mundo parece estar dormido o hipnotizado?

Estos últimos años se han hecho públicas informaciones de todo tipo que deberían haber dañado la estructura del Sistema hasta sus mismísimos cimientos y sin embargo la maquinaria sigue intacta, sin ni tan solo un arañazo superficial.
Y esto pone de manifiesto un hecho extremadamente preocupante que está sucediendo justo ante nuestras narices y al que nadie parece prestarle atención.
El hecho de que SABER LA VERDAD YA NO IMPORTA

Parece increíble, pero los acontecimientos lo demuestran a diario.

La información ya no tiene relevancia
Desvelar los más oscuros secretos y sacarlos a la luz ya no produce ningún efecto, ninguna respuesta por parte de la población. Por más terribles e impactantes que sean los secretos revelados.

Durante décadas hemos creído que los luchadores por la verdad, los informadores capaces de desvelar asuntos encubiertos o airear los trapos sucios, podían cambiar las cosas. Que podían alterar el devenir de la historia. De hecho, hemos crecido con el convencimiento de que conocer la verdad era crucial para crear un mundo mejor y más justo y que aquellos que luchaban por desvelarla eran el mayor enemigo de los poderosos y de los tiranos. 

Y quizás durante un tiempo ha sido así. Pero actualmente, la “evolución” de la sociedad y sobretodo de la psicología de las masas nos ha llevado a un nuevo estado de cosas. Un estado mental de la población que no se habría atrevido a imaginar ni el más enajenado de los dictadores. El sueño húmedo de todo tirano sobre la faz de la tierra: no tener que ocultar ni justificar nada ante su pueblo.
Poder mostrar públicamente toda su corrupción, maldad y prepotencia sin tener que preocuparse de que ello produzca ningún tipo de respuesta entre aquellos a los que oprime.

"El mundo no será destruido por quienes hacen el mal,
sino por aquellos que los contemplan sin hacer nada"
Ésta es la realidad del mundo en el que vivimos. Y si crees que esto es una exageración, observa a tu alrededor.

El caso de España es palmario.
Un país inmerso en un estado de putrefacción generalizado, devorado hasta los huesos por los gusanos de la corrupción en todos los ámbitos: el judicial, el empresarial, el sindical y sobretodo el político. Un estado de descomposición que ha rebosado todos los límites imaginables, hasta salpicar con su pestilencia a todos los partidos políticos de forma irreparable.


Y sin embargo, a pesar de hacerse públicos de forma continuada todos estos escándalos de corrupción política, los españoles siguen votando mayoritariamente a los mismos partidos, derivando, como mucho, algunos de sus votos a partidos subsidiarios que de ninguna manera representan una alternativa real.

Ahí está el alucinante caso de la Comunidad Valenciana, la región más representativa del saqueo desvergonzado perpetrado por el Partido Popular y donde, a pesar de todo, este partido de auténticos forajidos y bandoleros sigue ganando las elecciones con mayoría absoluta. 


Una vergüenza inimaginable en cualquier nación mínimamente democrática. Y desgraciadamente, el caso de Valencia es solo un ejemplo más del estado general del país: ahí tenemos el indignante caso de Andalucía dominada desde hace décadas por la otra gran mafia del estado, el PSOE, que junto con sus socios de los Sindicatos y el apoyo puntual de Izquierda Unida han robado a manos llenas durante años y años.
O el caso de Cataluña con Convergencia y Unió, un partido de elitistas ladrones de guante blanco, por poner otro ejemplo más.

Y es que podríamos seguir así por todas las comunidades autónomas o por el propio gobierno central, donde las dos grandes familias político-criminales del país, PP y PSOE, se han dedicado a saquear sin ningún tipo de recato.

Y a pesar de hacerse públicos todos estos casos de corrupción generalizada; a pesar de revelarse la implicación de las altas esferas financieras y empresariales, con la aquiescencia del poder judicial; a pesar de demostrarse por activa y por pasiva que la infección afecta al Sistema en su generalidad, en todos los ámbitos, imposibilitando la creación de un futuro sano para el país; a pesar de todo ello, la respuesta de la población ha sido…no hacer nada. La máxima respuesta de la ciudadanía ha sido “ejercer el legítimo derecho de manifestación”, una actividad muy parecida a la que hace la hinchada cuando su equipo de fútbol gana una competición y sale en masa a la calle para celebrarlo.manifestaciones y celebraciones deportivas.

Es decir, nadie ha hecho nada efectivo por cambiar las cosas, excepto picar cacerolas.

Y el caso de la corrupción política desvelada en España y la nula reacción de la población es solo un ejemplo de entre muchos tantos a lo largo y ancho del mundo.

Ahí está el caso del deporte de masas, azotado como está por la sospecha de la corrupción, de la manipulación y del dopaje y por la más que probable adulteración de todas las competiciones bajo el control comercial de las grandes marcas…y a pesar de ello, sus audiencias televisivas y su seguimiento no solo no se ve afectado, sino que sigue creciendo cada vez más y más y más…

Pero todos estos casos empequeñecen ante la gravedad de las revelaciones hechas por Edward Snowden y confirmadas por los propios gobiernos, que nos han dicho, a la cara, con luz y taquígrafos, que todas nuestras actividades son monitoreadas y vigiladas, que todas nuestras llamadas, nuestra actividad en redes sociales y nuestra navegación en Internet es controlada y que nos dirigimos inexorablemente hacia la pesadilla del Gran Hermano vaticinada por George Orwell en “1984”.

Y lo que es más alucinante del caso: una vez “filtradas” estas informaciones, nadie se ha preocupado de rebatirlas. ¡Ni mucho menos!

Todos los medios de comunicación, los poderes políticos y las grandes empresas de Internet implicadas en el escándalo han confirmado públicamente este estado de vigilancia como algo real e indiscutible. Como mucho han prometido, de forma poco convincente y con la boca pequeña que no van a seguir haciéndolo…¡Incluso se han permitido el lujo de dar algunos detalles técnicos!

¿Y cuál ha sido la respuesta de la población mundial cuando se ha revelado esa verdad?
¿Cuál ha sido la reacción general al recibir estas informaciones? Ninguna.
Todo el mundo sigue absorto con su smartphone, todo el mundo sigue revolcándose en el dulce fango de las redes sociales y sigue navegando las infestadas aguas de Internet sin mover ni una sola pestaña…

Así pues, ¿de qué sirve saber la verdad?
En el caso hipotético de que Edward Snowden o Julian Assange sean personajes reales y no creaciones mediáticas con una misión oculta, ¿De qué habrá servido su sacrificio? ¿Qué utilidad tiene acceder a la información y desvelar la verdad si no provoca ningún cambio, ninguna alteración, ni ninguna transformación?

¿De qué sirve saber de forma explícita y documentada que la energía nuclear solo nos puede traer desgracias, como nos demuestran los terribles accidentes de Chernobyl y Fukushima, si tales revelaciones no surten ni el más mínimo efecto? 
¿De qué nos sirve saber que los bancos son entidades criminales dedicadas al saqueo masivo si seguimos utilizándolos? 
¿De qué nos sirve saber que la comida está adulterada y contaminada por todo tipo de productos tóxicos, cancerígenos o transgénicos si seguimos comiéndola? 
¿De qué nos sirve saber la verdad sobre cualquier asunto relevante si no reaccionamos, por más graves que sean sus implicaciones?

No nos engañemos más, por duro que sea aceptarlo. Afrontemos la realidad tal y como es. En la sociedad actual, saber la verdad ya no significa nada. Informar de los hechos que verdaderamente acontecen, no tiene ninguna utilidad real. Es más, la mayoría de la población ha llegado a tal nivel de degradación psicológica que, como demostraremos, la propia revelación de la verdad y el propio acceso a la información refuerzan aún más su incapacidad de respuesta y su atonía mental.

La gran pregunta es: ¿POR QUÉ?
¿Qué nos ha conducido a todos nosotros, como individuos, a este estado de apatía generalizado?
Y la respuesta, como siempre sucede cuando nos hacemos preguntas de este calado, resulta de lo más inquietante. Y está relacionada, directamente, con el condicionamiento psicológico al que está sometido el Individuo en la sociedad actual. Pues los mecanismos que desactivan nuestra respuesta al acceder a la verdad, por más escandalosa que ésta resulte, son tan sencillos como efectivos. Y resultan de lo más cotidiano.

Simplemente todo se basa en un exceso de información. En un bombardeo de estímulos tan exagerado que provoca una cadena de acontecimientos lógicos que acaban desembocando en una flagrante falta de respuesta. En pura apatía. Y para luchar contra este fenómeno, resulta clave saber cómo se desarrolla el proceso…

¿CÓMO SE DESARROLLA EL PROCESO?
Para empezar, debemos entender que todo estímulo sensorial que recibimos está cargado de información. Nuestro cuerpo está diseñado para percibir y procesar todo tipo de estímulos sensoriales, pero la clave del asunto radica en la percepción de información de carácter lingüístico, entendiendo por “lingüístico”: todo sistema organizado con el fin de codificar y transmitir información de cualquier clase. Por ejemplo, escuchar una frase o leerla implica una entrada de información en nuestro cerebro, de carácter lingüístico. Pero también lo implica ver el logo de una empresa, escuchar las notas musicales de una canción, ver una señal de tráfico u oír la sirena de una ambulancia, por poner algunos ejemplos…
Una persona en el mundo actual, está sometida a miles y miles de estímulos lingüísticos de este tipo a lo largo de un día normal, muchos de ellos percibidos de forma consciente, pero la inmensa mayoría percibidos de forma inconsciente, que deben ser procesados por nuestro cerebro.
El proceso de captación y procesamiento de esta información lo podríamos dividir básicamente en 3 fases: percepción, valoración y respuesta.
Percepción
Sin lugar a dudas, formamos parte de la generación con mayor capacidad de procesamiento de información a nivel cerebral de la toda historia de la humanidad, con muchísima diferencia, sobretodo a nivel visual y auditivo.
Es más, a medida que nacen y crecen nuevas generaciones, éstas adquieren una mayor velocidad de percepción de información. Una muestra de ello la podemos encontrar en el propio cine.
Visualiza un antiguo western de John Wayne, en una secuencia cualquiera de acción, como por ejemplo, un tiroteo. Y después visualiza una secuencia de un tiroteo o de una persecución de coches en una película actual.

Cualquier secuencia de acción de una película actual está trufada de sucesiones rapidísimas de planos de corta duración. En tan solo 3 o 4 segundos verás diferentes planos: la cara del protagonista conduciendo, la del acompañante gritando, la mano en el cambio de marcha, el pie pisando el pedal, el coche esquivando un peatón, el perseguidor que derrapa, el malo que agarra la pistola, como dispara por la ventanilla, etc... y cada plano habrá durado apenas décimas de segundo. Las imágenes se suceden a toda velocidad como los disparos de una ametralladora. Y sin embargo eres capaz de verlas todas y procesar el mensaje que contienen.
Ahora ponte la película de John Wayne. No encontrarás sucesiones de planos a ritmo de ametralladora, sino sucesiones de planos mucho más largos en duración y con mayor tamaño de campo visual. Probablemente, un espectador de la época de John Wayne se habría mareado viendo una película actual, pues no estaría acostumbrado a procesar tanta información visual a tanta velocidad.

Esto es un ejemplo sencillo del bombardeo de información al que está sometido el cerebro de alguien en la actualidad, en comparación con el de una persona de hace tan solo 50 años.
Añádele a esto todas las fuentes de información que te rodean, como la televisión, la radio, la música, la omnipresente publicidad de todo tipo, las señales de tráfico, los diferentes y variados ropajes que viste cada una de las personas con las que te cruzas por la calle y que representan, cada uno de ellos una serie de códigos lingüísticos para tu cerebro, la información que ves en tu móvil, en la tablet, en Internet y añádele, además, tus compromisos sociales, tus facturas, tus preocupaciones y los deseos que te han programado tener, etc, etc, etc…
Se trata de una auténtica inundación de información que debe procesar tu cerebro continuadamente.
Y todo ello en un cerebro del mismo tamaño y capacidad que el de ese espectador de los westerns de John Wayne hace 50 años.

Por lo visto, parece que nuestro cerebro tiene capacidad suficiente para percibir tales volúmenes de información y comprender los mensajes asociados a esos estímulos. Ahí no radica el problema. De hecho parece que nuestro cerebro disfruta con ello, pues nos hemos convertido en adictos al bombardeo de estímulos. El problema aparece en la siguiente fase.

Valoración
Es cuando debemos valorar la información recibida, es decir, cuando llega la hora de juzgar y analizar sus implicaciones, que nos topamos con nuestras limitaciones. Porque, literalmente, no disponemos de tiempo material para hacer una valoración en profundidad de esa información. Antes de que nuestra mente, por sí misma y con criterios propios, pueda juzgar de forma más o menos profunda la información que recibimos, somos bombardeados por una nueva oleada de estímulos que nos distraen e inundan nuestra mente. Es por esta razón que nunca llegamos a valorar en su justa medida, la información que recibimos, por importantes que sean sus posibles implicaciones.

Una persona en la sociedad actual está sometida a gran cantidad de estímulos sensoriales, sociales y lingüísticos. Para nosotros, toda información recibida es rápidamente digerida y olvidada, arrastrada por la corriente incesante de información que entra en nuestro cerebro como un torrente.

Porque vivimos inmersos en la cultura del twit, un mundo donde toda reflexión sobre un evento dura 140 caracteres. Y esa es la profundidad máxima a la que llega nuestra limitada capacidad de análisis.

Es por esta razón, por nuestra impotencia a la hora de valorar y juzgar por nosotros mismos el volumen de información al que estamos sometidos, que la propia información que nos es transmitida lleva incorporada la opinión que debemos tener sobre ella, es decir, aquello que deberíamos pensar tras realizar una valoración profunda de los hechos.

Es decir, el emisor de la información le ahorra amablemente al receptor el esfuerzo de tener que pensar. Ese es el procedimiento que utilizan los grandes medios de comunicación y que en un mundo con individuos auténticamente pensantes sería calificado de manipulación y lavado de cerebro

La televisión es un claro ejemplo de ello. Fijémonos en un noticiario cualquiera.
Todas las noticias de todos las cadenas están narradas de forma tendenciosa, de manera que contengan en su redactado y presentación no solo la información que debe ser transmitida, sino la opinión que debe generar en el espectador. O más claramente aún, el ejemplo de las omnipresentes tertulias políticas, donde los tertulianos son calificados como “generadores de opinión”.
Es decir, su función es generar la opinión que deberías fabricar por ti mismo.

Así pues, el bombardeo continuo e incesante de información en nuestro cerebro nos impide juzgar adecuadamente el valor de los hechos, con criterio propio y según nuestros códigos internos. Nos quita el tiempo que deberíamos tomarnos para sopesar las consecuencias de un acontecimiento y lo fragmenta en pedacitos de 140 caracteres y con ello, convierte en breve y superficial cualquier juicio que emitamos sobre una información recibida.

Resumiendo: nos hace pensar “en titulares” y por norma general, esos titulares ni tan solo los pensamos nosotros mismos, sino que nos son inoculados con la propia información.

Respuesta
Una vez reducido a la mínima expresión nuestro tiempo de valoración personal de los hechos, entramos en la fase decisiva del proceso, aquella en que nuestra posible respuesta queda anulada.

Aquí entran en juego las emociones y los sentimientos, el motor de toda respuesta y acción. Y es que al fragmentar y reducir nuestro tiempo dedicado a juzgar una información cualquiera, también reducimos la carga emocional que asociamos a esa información.

Observemos nuestras propias reacciones: podemos indignarnos mucho al conocer una noticia cualquiera, ofrecida en un noticiario, como por ejemplo el desahucio forzoso de una familia sin recursos, pero al cabo de unos segundos de recibir esa información, somos bombardeados por otra información distinta que nos lleva a sentir otra emoción superficial diferente, olvidando así la emoción anterior.

Para decirlo de forma gráfica y clara: de la misma manera que nuestra capacidad de juicio y análisis queda reducida a un twit, nuestra respuesta emocional queda reducida a un emoticono.
Y aquí es donde reside la clave del asunto. Es en este punto donde queda desactivada nuestra posible respuesta. Una respuesta que en momentos como el que vivimos, intuimos debería ser mucho más contundente y que, sin embargo, no llegamos a generar porque carecemos de energía suficiente para hacerlo. Y todos observamos desesperados a los demás y nos preguntamos “¿Por qué no reaccionan? ¿Por que no reacciono yo?”

Y esa impotencia desemboca, al final, en una sensación de frustración y apatía generalizadas. Ésta parece ser la razón básica por la que no se produce una Revolución cuando, por la lógica propia de los acontecimientos, debería producirse. Se trata pues, de un fenómeno meramente psicológico.

Éste es el mecanismo básico que aborta toda respuesta de la población ante los continuos abusos recibidos. La BASE sobre la que se sustentan todas las manipulaciones mentales a las que estamos sometidos actualmente. El mecanismo psicológico que mantiene a la población idiotizada, dócil y sumisa, lo podríamos resumir así: El excesivo bombardeo de información nos impide tomarnos el tiempo necesario para otorgar el valor adecuado a cada información recibida y con ello, nos impide asociarle la suficiente carga emocional como para generar una reacción efectiva y real

¿CONSPIRACIÓN O FENÓMENO SOCIAL?
Poco importa si todo esto forma parte de una gran conspiración para controlarnos o si hemos llegado a este punto por la propia evolución de la sociedad, porque las consecuencias son exactamente las mismas: los más poderosos harán lo posible por mantener estos mecanismos en funcionamiento; incluso fomentarán tanto como puedan su desarrollo, simplemente porque les beneficia.

De hecho, la propia revelación de la verdad favorece estos mecanismos. A los más poderosos ya no les importa mostrarse tal y cómo son ni desvelar sus secretos, por sucios y oscuros que éstos sean. Revelar estas verdades ocultas contribuye en gran medida a aumentar el volumen de información con el que somos bombardeados. Cada secreto sacado a la luz crea nuevas oleadas de información, que puede ser manipulada e intoxicada con datos adicionales falsos, contribuyendo con ello a la confusión y al caos informativo y con ello a nuevas oleadas secundarias de información que nos aturdan aún mas y nos suman más profundamente en la apatía.

Si combinamos esta apatía, fruto de la poca energía emocional con la que intentamos responder, con las tremendas dificultades que el propio sistema nos pone a la hora de castigar a los responsables, se generan nuevas oleadas de frustración, cada vez más acusadas, que nos llevan, paso a paso, a la rendición definitiva y a la sumisión absoluta.

Así pues, no lo dudes: a las personas que ostentan el poder les interesa bombardearte con enormes volúmenes de información lo más superficial posible. Porqué una vez instaurada en la sociedad esta forma de interactuar con la información recibida, todos nosotros nos convertimos en adictos a ese incesante intercambio de datos. El bombardeo de estímulos representa una auténtica droga para nuestro cerebro, que cada vez necesita más velocidad en el intercambio de informaciones y exige menos tiempo para tener que procesarlas.

Nos sucede a todos: cada vez nos cuesta más dedicar tiempo a leer un artículo largo cargado de información estructurada y razonada. Exigimos que sea más resumido, más rápido, que se lea en una sola línea y que se ingiera como una pastilla y no como un ágape decente.

Nuestro cerebro se ha convertido en un drogadicto de la información rápida, en un yonqui ávido de continuos chutes de datos que ingerir, a poder ser, pensados y analizados por cualquier otro cerebro, para no tener que hacer el esfuerzo de fabricarnos una compleja y contradictoria opinión propia.

Porque odiamos la duda, pues nos obliga a pensar. Ya no queremos hacernos preguntas. Solo queremos respuestas rápidas y fáciles. Somos y queremos ser antenas receptoras y replicadoras de información, como meros espejos que rebotan imágenes externas. Pero los espejos son planos y no albergan más vida en ellos que la que reflejan proviniendo del exterior. Hacia ahí se dirige el ser humano de forma acelerada. ¿Vamos a permitirlo?

CONCLUSIÓN
Quizás todo lo expuesto anteriormente no es lo que querías escuchar. Es poco estimulante y resulta algo complicado y farragoso, pero las realidades complejas no pueden reducirse a un ingenioso titular en forma de twit.

Para emprender una transformación profunda de nuestro mundo, para iniciar una auténtica Revolución que lo cambie todo y nos lleve a una realidad mejor, deberemos descender hasta las profundidades de nuestra psique, hasta la sala de máquinas, donde están en marcha todos los mecanismos que determinan nuestras acciones y movimientos. Ahí es donde se está dirimiendo la auténtica guerra por el futuro de la humanidad.

Nadie nos salvará desde un púlpito con brillantes proclamas y promesas de una sociedad más justa y equitativa. Nadie nos salvará sólo contándonos la supuesta verdad, ni desvelando los más oscuros secretos de los poderes en la sombra.

Como acabamos de ver, la información y la verdad ya no tienen importancia, porque nuestros mecanismos de respuesta están averiados. Debemos descender hasta ellos y repararlos; y para conseguirlo, debemos saber cómo funcionan. Para ello no será necesario hacer un complejo curso de psicología: observando con atención y razonando por nosotros mismos podemos conseguirlo.

Porque no se trata de algo esotérico ni fundamentado en creencias extrañas de carácter Místico, Religioso o New Age. Es pura lógica: No hay revolución posible sin una transformación profunda de nuestra psique a nivel individual. Porque nuestra mente está programada por el Sistema. Y por lo tanto, para cambiar ese Sistema que nos aprisiona, antes debemos desinstalarlo de nuestra mente.

¿Tú lo vas a hacer?


21 septiembre, 2014

Coherencia / Contradicción

"Al contrario de lo que suelen preceptuar los diccionarios, incoherencia y contradicción no son sinónimos. Es en el interior de su propia coherencia donde una persona o un personaje se van contradiciendo, mientras que la incoherencia, por ser, más que la contradicción, una constante del comportamiento, repele de sí a la contradicción, la elimina, no se entiende viviendo con ella. Desde este punto de vista, aunque arriesgándonos a caer en las telas paralizadoras de la paradoja, no debería ser excluida la hipótesis de que la contradicción sea, al final, y precisamente, uno de los más coherentes contrarios de la incoherencia.” 
José Saramago