Hace dos días, las
fuerzas policiales griegas, siguiendo órdenes del gobierno de
SYRIZA-ANEL, agredieron brutalmente a los manifestantes contra la
guerra cuando intentaban derribar la estatua del presidente
estadounidense Harry Truman. Esta estatua de 3,2 metros –"un
fósil del sangriento imperialismo norteamericano", como la
denominó el KKE en un comunicado– se encuentra en el centro de la
capital griega desde 1963.
Los acontecimientos
recientes nos dan la oportunidad de recordar quién era realmente
Harry Truman. Representante del imperialismo estadounidense, Truman
fue el autor del crimen de guerra más horrendo del siglo anterior.
Nos referimos a los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki en
1945.
"Estando en posesión
de bomba, la hemos usado... Continuaremos usándola hasta que
destruyamos por completo el poder militar de Japón. Sólo su
rendición nos detendrá... Damos gracias a Dios porque la ha puesto
en nuestras manos, y no en las de nuestros enemigos, y oramos para
que Él nos guíe para usarla en su senda y para sus propósitos".
Estas horripilantes
palabras fueron pronunciadas el 9 de agosto de 1945 por el presidente
de los Estados Unidos, Truman, durante un discurso por radio al
pueblo estadounidense. Hacía tres días que el terrorista Enola Gay
había lanzado la bomba atómica llamada “Little boy” en
Hiroshima y otra bomba estaba sembrando muerte, destrucción y caos
en Nagasaki.
Harry Truman no solo era
un asesino de masas, sino también un cínico mentiroso. Le había
mentido a su propia gente, por cuanto la razón para el uso de la
bomba atómica no fue poner fin a la Segunda Guerra Mundial o
propiciar la rendición de Japón. Otro imperialista notable, un "carnicero" como Truman, Winston Churchill había dicho: "Sería
un error suponer que el destino de Japón fue decidido por la bomba
atómica. Su derrota estaba asegurada antes de que cayera la primera
bomba".
Japón estaba
completamente aislado y no tenía otra opción que rendirse. La
verdadera razón oculta del uso de las bombas atómicas por parte del
gobierno de Estados Unidos fue la de intimidar a la Unión Soviética.
Al lanzar las bombas y sembrar la muerte y el terror en Japón, la
administración Truman estaba enviando un mensaje amenazante al
movimiento de la clase trabajadora en todo el mundo que se había
fortalecido a través de la lucha antifascista de la Segunda Guerra
Mundial.
Numerosos funcionarios
estadounidenses, así como académicos, han revelado las descaradas
mentiras de Truman. Por ejemplo, el grupo US Strategic Bombing
Survey, que había sido asignado por el propio presidente Truman para
estudiar los ataques aéreos en Japón, estaba redactando en un
informe elaborado en julio de 1946:
"Basado en una
investigación detallada de todos los hechos y respaldado, según el
testimonio de los líderes japoneses sobrevivientes involucrados, es
la opinión del Estudio que ciertamente antes del 31 de diciembre de
1945 y con toda probabilidad antes del 1 de noviembre de 1945, Japón
se habría rendido incluso si las bombas atómicas no hubieran sido
lanzadas, incluso si Rusia no hubiera entrado en guerra e incluso si
no se hubiera planeado o contemplado invasión alguna".
Por su parte, el entonces
Comandante Supremo de todas las Fuerzas Aliadas que luego se
convirtió en presidente de los Estados Unidos, el general Dwight
Eisenhower, dijo: "Los japoneses estaban listos para rendirse y
no era necesario golpearlos con esa cosa espantosa". Podríamos
citar muchos testimonios de varios oficiales del Ejército de Estados
Unidos (almirante Leahy, general MacArthur, subsecretario de Guerra
McLoy, etc.) que confirman todo lo anterior.
La historia ha
documentado los tremendos efectos del holocausto nuclear en Hiroshima
y Nagasaki. Truman y su administración son responsables de más de
200.000 muertes y cientos de miles de víctimas posteriores al ataque
relacionadas con la radiación.
"Héroe"
para la burguesía griega – "Carnicero" para el pueblo.
El criminal de guerra
Harry Truman, que sembró la destrucción en Japón, es el mismo
carnicero que, tres años después, ordenó el bombardeo de las
heroicas guerrillas del Ejército Democrático de Grecia (DSE) en las
montañas de Grammos. Fue durante la Guerra Civil Griega cuando
Estados Unidos intervino para ayudar a la clase burguesa griega
contra el Ejército
Democrático de Grecia. En febrero de 1948, el general
estadounidense James Van Fleet llegó a Atenas y se convirtió en el
comandante en jefe del ejército burgués griego.
Lunes, 16 de abril de
2018: manifestantes pacifistas que intentan derribar la estatua de
Truman en Atenas
En 1949, las montañas de
Grammos en el norte de Grecia se convirtieron en el campo donde la
fuerza aérea estadounidense utilizó por primera vez las bombas de
Napalm B. Solo en una batalla, en Grammos, los estadounidenses
lanzaron 338 bombas de napalm sobre posiciones del DSE.
Años más tarde, las bombas de napalm fueron utilizadas por los
asesinos estadounidenses en numerosas guerras imperialistas: de Corea
a Vietnam y de la Guerra del Golfo de 1991 al bombardeo de Yugoslavia
por parte de la OTAN.
La clase burguesa griega
tenía, y todavía tiene, sobrados motivos para honrar al asesino de
masas llamado Harry Truman. En 1963, sin notificar al Ayuntamiento,
el gobierno griego ordenó la instalación de la estatua de Truman
(un “regalo” de la organización anticomunista grecoamericana
AHEPA) enclavada en el centro de Atenas.
La estatua de Harry
Truman en el corazón de la capital griega es un repulsivo símbolo-fósil de las atrocidades del imperialismo estadounidense. Es un
monumento que nos recuerda las intervenciones y guerras imperialistas
cometidas por los asesinos del pueblo, así como nuestra deuda por la
lucha continua contra la barbarie del sistema explotador capitalista
y los modernos “Trumans” que lo sirven.
Creo que es mejor en
Cuba, donde me lesioné la pierna, una lesión muy grave en el tendón
de Aquiles, fui a un hospital y me operaron, y nadie me hizo ese
examen que te hacen en Estados Unidos, el primer examen que te hacen
cuando vas a una urgencia clínica –ya puedes estar sangrando por
tres lugares–, el examen de tu billetera para ver si tienes
cobertura médica. Y si no la tienes, te envían a un hospital
público que puede estar al otro lado de la ciudad mientras todavía
estás sangrando. Me fue mejor en Cuba, donde me operaron y no tuve
que pagar ni un centavo, y volví aquí enyesado y traté de
conseguir un médico ortopédico y no pude. Podía pagar, les dije
que sí, que pagaría, y me dijeron, “oh, sabemos que pagarás, no
aceptamos ningún otro tipo de paciente, pero ya están todas las
citas reservadas”. Y finalmente encuentro a un tipo que acaba de
terminar la facultad de medicina, y entré cojeando a su oficina, y
él miró la escayola y me dijo que la próxima semana y que son 50
dólares. Puedo decirlos que nunca me molestó tanto pagar 50
dólares. Me fue mejor en Cuba, un país pobre en el que recibí
buena atención médica. En un país rico me trataron como un mendigo
y un paria. Me fue mejor en Cuba, donde no vi a ningún niño con la
barriga hinchada, hambriento y mendigando, no vi a nadie mendigando.
Me fue mejor en Cuba que en Washington DC, donde vivía y caminando
por la calle veía gente desorientada y en una miseria total,
pidiendo comida, pidiendo dinero, durmiendo en pasadizos en el país
más rico del mundo. En Cuba me fue mejor. Y cuando hablas de
libertad, eso es libertad. Y cuando hablas de opresión, eso es
opresión, dormir en un soportal, eso es opresión. ¿Queréis saber
qué es opresión?, duerman en los soportales del 'País de los
Libres' y el 'Hogar de los Valientes' y todos sabréis lo que es
opresión. ¿Queréis saber qué es la opresión? pensad en esos
tipos ahí sentados preguntándose si van a volarse los sesos porque
no pueden pagar la hipoteca de su casa y no pueden alimentar a sus
hijos mientras ven como todo se desmorona. Ahí es donde [Cuba] es
mejor, ante esas realidades, y eso es parte de la libertad.
Lo de 'la Amenaza Roja'
es propaganda que trata de dirigir el descontento popular, "no
creas que estás tan mal porque mira, allá es mucho peor, y además
existe una amenaza externa, no te quejes que aquí estamos
atravesando momentos muy serios". ¿Qué ha estado haciendo Regan
durante sus seis años de mandato? ¿Que ha estado haciendo? Ha
estado distrayendo a la gente de los problemas reales de sus vidas,
se ha negado a hablar de servicios públicos, del subempleo, de las
crisis de las ciudades, excepto de vez en cuando para hacer una
pequeña broma, como la otra noche en la que habló de un tipo que
estaba viviendo de la asistencia social en un alquiler de treinta y
seis mil dólares en un hotel, sobre lo cual dijo “me suena
bastante bien”, sin señalar que el precio fue una estafa al
gobierno que debería haber estado vigilante y que el tipo alojado en
ese hotel vivía en una pequeña habitación sucia y abarrotada
porque nadie se preocupó de ofrecerle ningún otro lugar.
¿Qué ha estado haciendo
Regan durante todos esos años? Te ha estado hablando de Gadafi,
Gadafi, Gadafi y del terrorismo, y de la amenaza soviética, del
imperio del mal, de nuestra defensa, de esto y lo otro y lo de más
allá. Unidos en torno a la bandera, olvidamos las realidades de
nuestra propia vida y esto es lo que las élites gobernantes se
proponen tenazmente, conducirnos en todo momento a las fantasías de
su mundo, porque la gente sigue gravitando en torno a la realidad y
eso es un problema para ellos. La gente preocupada sigue gravitando
en torno al trabajo, el hogar y la educación de sus hijos, sus
facturas médicas y ese tipo de cosas. Por eso lo de 'la amenaza
roja' es tan importante, porque cumple la función de desviar la
atención de la realidad.
"Si Bielorrusia
cayera en manos de Occidente, su futuro sería complicado debido a
que las industrias estatales, hoy productivas, serían privatizadas
por precios irrisorios y el sistema social, que todavía funciona
bien para la mayoría de su población, se desmantelaría. Por otro
lado, las relaciones económicas con Rusia se verían afectadas. Al
final, Bielorrusia podría acabar en una situación peor que la de
Ucrania".
"Los disturbios están
causando estragos en Bielorrusia tras la victoria de Lukashenko en
las elecciones de la semana pasada, y sus promotores son conocidos
defensores de la democracia y los derechos humanos, tales como el
Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo y altos
representantes de la UE, entre muchos otros defensores de las
libertades. Aunque no queremos mencionar las intrigas geopolíticas
de la protesta y más allá, queremos utilizar la experiencia pasada
de protestas similares para demostrar el desarrollo del futuro
neoliberal de Bielorrusia, en caso de que dichas protestas tengan éxito".
●
¿Qué pasa en
Bielorrusia? Apuntes, contexto y todo lo que necesitas saber
"El tradicional formato
de una revolución de colores consiste en que, ante unas elecciones
“controvertidas", los medios y ONG financiadas por Estados Unidos
y/o Europa ponen en duda los resultados públicamente incluso antes
de que comiencen los comicios. Luego de los escrutinios dicen que
difieren de la expectativa que ellos mismos crearon y, por lo tanto,
han sido "falsificados".
La gente es empujada a
las calles para protestar y, para aumentar el caos, algunos
infiltrados disparan a la policía y a los manifestantes como se hizo
en Ucrania. La revuelta termina cuando es reducida bajo negociación
o cuando el candidato favorito de Occidente es puesto en su lugar".
●
Bielorrusia, lo que
hay detrás de las protestas de colores — Oriol Sabata
Revolución de las
Pantuflas financiada por NED de EEUU
Gromyko: "Las
oligarquías apuntan al jugoso pastel de ‘lo público’ en
Bielorrusia".
El pasado 9 de agosto
tuvieron lugar en Bielorrusia las Elecciones Presidenciales. Casi 6
millones de ciudadanos acudieron a las urnas para depositar su voto
en un país con una población total de prácticamente 9 millones y
medio de personas.
Los grandes medios de
comunicación occidentales habían intensificado desde hacia unas
semanas una campaña de acoso y derribo al candidato oficialista
Alexander Lukasehnko acusándolo de autoritario y anticipando fraude
electoral. Al otro lado, la candidata opositora: Svetlana
Tijanóvskaya.
La victoria de Lukashenko
fue contundente: obtuvo 4.659.561 votos, lo que supone el 80,08% de
los sufragios, frente a los 587.411 votos de Tijanóvskaya (10,09%).
Sin embargo, a pesar del
anuncio oficial de los resultados definitivos por parte de la
Comisión Electoral Central de Bielorrusia (CEC), la oposición cantó
fraude, se desconocieron los resultados y movilizaron en las calles a
sus simpatizantes. Tijanóvskaya se declaró ganadora de las
elecciones aunque finalmente terminó viajando a Lituania.
Desde Nueva Revolución
entrevistamos a Ivan Gromyko, ciudadano bielorruso, con el objetivo
de contrastar el relato que los grandes medios de comunicación
occidentales tienen sobre el país.
Ivan, en las imágenes
que nos llegan de los grandes medios sobre las protestas de la
oposición en Bielorrusia vemos a los manifestantes portando banderas
roji-blancas distintas a la oficial. ¿Qué significado tienen?
El uso de la bandera
roji-blanca tiene varias connotaciones en Bielorrusia. Una de ellas,
quizás la más negativa, es el uso que se hizo entre 1941 y 1944
durante la ocupación nazi. Fue usada como bandera en el Parlamento y
portada por los voluntarios bielorrusos que colaboraron con laAlemania nazi.
Existen algunas fotos de
carácter histórico de esa época que pueden encontrarse en la red.
Podríamos considerarla como simbología similar a la del franquismo
en España. Los colaboradores bielorrusos lucharon bajo esta bandera
roji-blanca contra la Unión Soviética. Desgraciadamente los jóvenes
no aprenden de la historia. Creen que es la bandera “antigua” de
Lituania. Hay similitudes de movimientos colaboracionistas con los
nazis. En Rusia, con los llamados "vlasovitas", que izaron su
bandera sobre el Kremlin, o en el Maidán de Ucrania con la bandera
roji-negra del colaboracionista Stepan Bandera.
Sin vergüenza ni
disimulo, estas son las banderas que enarbolan los "democráticos"
opositorxs; ellxs mismxs se delatan
Detrás del uso de esta
simbología además, se esconde, en realidad, un supuesto sueño del
resurgimiento de un imperio, que en nuestro caso se trataría del
Gran Ducado de Lituania (antigua Bielorrusia).
A menudo se nos habla
de Svetlana Tijanóvskaya como la candidata opositora pero nunca se
profundiza en su ideología. ¿Qué ideas tiene y a quién
representa?
Cuando uno lee sobre
Tijanóvskaya en la prensa es muy importante prestar atención a las
fechas y a como se desarrollan los acontecimientos. Para convertirse
en candidato presidencial en nuestro país hay que pasar por un
exigente proceso de validación por parte de la Administración. Un
ejemplo de ello es el banquero Viktor Babariko, cuya candidatura fue
inhabilitada por fraude y blanqueo de dinero a través de una filial
de la empresa gasística rusa Gazprom.
Tras este hecho, y en
referencia a Tijanóvskaya, ¿cree que una simple profesora de un
pequeño pueblo de las afueras de Bielorrusia podría convertirse en
seria candidata a la presidencia?
Prestemos atención a las
fechas, ya que son la clave de todo. Si se busca información en
internet sobre Tijanóvskaya, hasta abril del año 2020 no se
encontrará nada. Su principal “activo” es ser la esposa del
conocido youtuber Sergei Tikhanovsky. Eso es todo. Incluso a día de
hoy, si revisamos su carrera política hay muy poca información al
respecto. Tijanóvskaya se aferra a la popularidad de su marido.
Antes de que Svetlana se
convirtiera en la esposa de Sergei, su apellido de soltera era
Pilipchuk. Svetlana nació en 1982 en la pequeña ciudad de
Mikashevichi, en el sur de Bielorrusia, muy cerca de la frontera con
Ucrania. Estudió en la Facultad de Filología de la Universidad
Pedagógica Estatal de Mozyr, de la cual se graduó con un título en
Idiomas Extranjeros (inglés y alemán). Trabajó como traductora de
inglés en varias organizaciones.
No hay información de
que Svetlana haya trabajado en ninguna escuela. Entonces, ¿qué
sabemos de ella? Nada. Habla con fluidez idiomas extranjeros. Parte
del tiempo vivió por invitación con familias en Europa, donde tenía
conexiones. También asumo que por la naturaleza de su trabajo
(traductora) tiene buenas conexiones con las embajadas de diferentes
países en Bielorrusia. Pero en términos generales es una persona
sin biografía. Nunca creeré en la independencia de esta candidata.
¿Cuál era el
ambiente que se vivió durante las elecciones? ¿Se desarrollaron con
normalidad?
Sí, el proceso electoral
en sí fue tranquilo. Vale la pena mirar lo que sucedió antes del
inicio de la votación y después del final de la votación. El único
candidato que podía competir con Lukashenko era Viktor Babariko,
presidente de la junta directiva de Belgazprombank, filial de
Gazprom. Babariko es una figura completamente controlada por Rusia.
Si ganaba las elecciones, el “juego” se terminaba. Fue
inhabilitado por fraude y blanqueo de dinero, arrestado y enviado a
prisión. Otro candidato, un poco más débil, era Valery Tsepkalo,
un ex diplomático asociado a los oligarcas de Rusia, Estados Unidos
y la Unión Europea. También fue acusado de fraude.
La conclusión que
podemos sacar es que a pesar de que en ambos casos, tanto con
Babariko como con Tsepkalo, se confirmó su culpabilidad, comenzaron
a ser investigados con firmeza en el momento en el que decidieron
lanzar sus candidaturas a la presidencia.
Los dos candidatos más
fuertes que quedaban en la carrera presidencial, entonces, eran
Lukashenko y Tijanóvskaya. Cada uno usó sus recursos. El
oficialismo usó activos estatales mientras que Tijanóvskaya contó
con fondos de patrocinadores extranjeros, prometiendo transferir
todos los activos a sus promotores en caso de resultar vencedora.
Los acontecimientos que
se desarrollan en Bielorrusia recuerdan, en cierta manera, a los
acontecidos en Ucrania durante las protestas del Maidán en 2013. Tú
personalmente has hablado del riesgo de una “Ucrania 2.0”. ¿Se
están usando los mismos métodos para dar un Golpe de Estado en
Bielorrusia?
Ésta es una copia
completa de lo que sucedió en Ucrania. Tanto las causas del
conflicto como las consecuencias son absolutamente las mismas. La
única peculiaridad es que los oligarcas ucranianos también reclaman
su parte del pastel como inversores externos. Pero es poco probable
que tengan éxito.
¿Cuál crees que es
el objetivo de todo esto? ¿Por qué hay algunos sectores políticos
que tienen tanto interés en que Lukashenko abandone la Presidencia?
Bielorrusia es un país
pobre, sin embargo, tiene varias empresas grandes que no están
controladas directamente por empresas transnacionales privadas (tanto
rusas como de la Unión Europea y Estados Unidos). En una crisis,
cuando todo el mundo necesita tapar agujeros, las empresas de
propiedad legal del Estado son una excelente inversión de dinero.
Desde el punto de vista de los oligarcas, no han podido sacar
beneficio del Estado hasta ahora. Quieren obligar al presidente (no
importa el apellido) a vender estas empresas públicas.
Por lo general, esto se
hace mediante crédito. Por ejemplo, Rusia emite un préstamo a
Bielorrusia sobre la garantía de las acciones de la empresa y luego
entra en la acción comprando el paquete. El préstamo no se
devuelve, el control de la empresa pasa al nuevo propietario. Las
protestas ejercen presión sobre las autoridades. Si no está de
acuerdo con las condiciones propuestas por Rusia, esto significa caer
en un bloqueo completo. Por lo tanto, tendrá que aceptar y hacer
concesiones. Los principales objetivos de privatización y compra
para los oligarcas son las empresas de Belaruskali, la refinería de
petróleo de Mozyr, la refinería de petróleo de Novopolotsk, la
planta metalúrgica de Belarús, el monopolio energético Belenergo,
la empresa de telecomunicaciones Beltelecom, el Belarusbank, etc.
El acuerdo con Rusia es
solo la primera parte. Además, es necesario satisfacer las
peticiones de los oligarcas de la Unión Europea y Estados Unidos, al
menos formalmente. Lukashenko es duro. Creó estas empresas estatales
y no quiere regalarlas. Por lo tanto, si no se puede obligar a
Lukashenko a vender las empresas públicas, Tijanóvskaya será
promocionada por estos sectores. A los oligarcas no les importa quién
firma los papeles sobre la privatización. Quieren resultados. Hay
intereses entrelazados y quieren su propia porción del pastel.
Michael Parenti —
El libro que acabo de escribir se llama El rostro del imperialismo[2011] y sostiene que la política global de Estados Unidos en todo el mundo
no es inepta, ni chapucera, ni mesiánica, ni está impulsada por
presunciones erróneas y cosas por el estilo... La política global
de Estados Unidos es racional, exitosa y muy consistente. Simplemente
no sirve a los intereses de la población de los países en los que
opera y tampoco sirve a los intereses del pueblo estadounidense.
El objetivo de la
política exterior estadounidense es apoyar a todos aquellos países,
líderes y movimientos que se abren y acogen a inversores
corporativos y multinacionales, ofreciendo sus tierras, su trabajo,
sus mercados y sus recursos naturales a la expropiación y
explotación por parte de estos ricos. Y el otro objetivo de la
política estadounidense, la otra cara de la misma moneda, en
realidad, es destruir, aniquilar o socavar cualquier movimiento
político, líder o nación que intente desarrollar sus propios
recursos humanos y materiales para sí mismo, es decir, su propio
desarrollo.
Se demoniza a esos
países, se demoniza a sus líderes, se le dice al pueblo
estadounidense que son una amenaza mortal para nuestra seguridad, y
por lo tanto hay que acabar con ellos. Y esa es la coherencia de la
política. Lo vemos hoy en el Medio Oriente, donde los líderes
estadounidenses dieron todo su apoyo a un dictador como Mubarak, en
Egipto, que hizo muy poco por el pueblo, que acumuló grandes
riquezas, que trajo al FMI, que abrió el país a grandes
inversionistas, extranjeros ricos que colaboraron a una política de
apoyo al expansionismo israelí y cosas por el estilo, mientras que
un dictador como Gadafi hizo lo contrario, expulsó a las compañías
petroleras, nacionalizó el petróleo, estableció programas sociales
para la educación gratuita, vivienda y atención médica. Desarrollo
un extraordinario proyecto para llevar agua desde el sur de Libia
hasta las áreas de población y para la agricultura, pero se negó a
que entrara el FMI y los bancos extranjeros y demás. Tras 30 años
de gobierno, se asustó cuando vio la terrible destrucción que se
había cernido sobre Irak, por lo que comenzó a hacer concesiones,
como el SAP (Programas de Ajuste Estructural), lo que significó
recortes en los servicios sociales para la población. Aunque gran
parte de Libia todavía disfrutaba de este tipo de programa
socialista. Trajo algunas compañías petroleras y consorcios, pero
todavía no estaba abriendo el país por completo. Así que lo que
están haciendo ahora, bajo el disfraz de una guerra humanitaria, es
destruirlo a él y a sus partidarios. Libia será tomada por
yihadistas y monárquicos, por operativos de la CIA y similares, que
tomarán el control del país y lo abrirán al saqueo del libre
mercado. Lo mismo que se le hizo a Yugoslavia, un país que era una
socialdemocracia decente, bombardeado durante 78 días por Bill
Clinton, mano a mano con muchos de nuestros amigos progresistas, la
CIA, la OTAN, los principales medios de comunicación, la Casa Blanca
y el Pentágono. Y Yugoslavia fue fragmentada en un grupo de pequeñas
repúblicas de derecha.
Mi libro también trata
sobre cómo opera el Imperio. El Imperio Estadounidense contempla dos
tipos de naciones: las que son vasallos y satélites que siguen el
programa de los EEUU, a veces denominadas aliados o estados clientes,
y las que se niegan a hacerlo. Éstas son consideradas como enemigos
o enemigos potenciales. Irak, a la luego llamarían "potencia
regional", era considerada un enemigo, una “potencia” con la
que había que lidiar. Ahora se utiliza el mismo término para Irán.
Irán puede emerger como una 'potencia regional', lo cual lo hace un
poco más aterrador. Y es posible que tengan energía nuclear a su
disposición, por lo que, una vez asustada la población
estadounidense, una vez demonizados los líderes de estos países,
tendrás licencia para bombardear a sus gentes, bombardear sus
infraestructuras y destruir sus países. Y en esas estamos... De modo
que, están los países satélites y luego están los países que
intentan tomar un rumbo independiente, saliendo de este Imperio
global y tratando de usar todos sus recursos y su capital de forma
que sean útiles para su propia gente.
Esos países son enemigos
potenciales, especialmente si tienen unas dimensiones como las de
Rusia, India o China, especialmente China. Vimos a Hillary Clinton
levantarse ante un comité del Congreso y decir "Estados Unidos
está perdiendo la guerra de la información". No sabía yo que
la información era una guerra. Pensé que la información era algo
para iluminar a las personas, no para captarlas, sitiarlas y, ya
sabes, adoctrinarlas. Y comenzó a hablar de manera estridente de
Russia Today, de France 24 y de Al-Jazeera. Dijo además que "China
está construyendo una red mundial de noticias en inglés". Y
digo yo, eso será interesante, obtendremos otra perspectiva,
obtendremos cobertura de todo tipo de historias que no se cubrieron
antes, tendremos otro punto de vista desde el cual juzgar el que único que ha
sido alimentado desde siempre. Pero ella lo ve como una amenaza.
Así que, de eso se trata
el Imperio. Se trata de controlar a las personas en todas partes del
mundo, en casa y en el extranjero, dándoles lo menos posible para
que los pocos que están en la cima se hagan lo más ricos posible.
Cuanto más hambriento y más pobre sea, más duro trabajará por
cada vez menos. Y así, lamentablemente, es como va el mundo.
Que pienses que nuestros
líderes son estúpidos, que pienses que quienes poseen este mundo,
que quienes han construido y controlan cientos y cientos de bases
militares y están haciendo que la gente se mate entre sí para
proteger los intereses de esta élite superior, si crees que estas
personas son estúpidas, eres tú quien está siendo un tanto
estúpido. Si crees que su líder es un estúpido por su incultura y
mala pronunciación, estás siendo estúpido. Si crees que su líder,
por ser ilustrado e inteligente y un excelente orador, lleva tus
intereses en su corazón, también estás siendo estúpido.
Así que el libro es para
que la gente estúpida lo lea, se ilumine y mejore su conciencia.
Pero también para que lo lea la gente inteligente que quiere
confirmar sus certezas y confrontarlas.
Arantxa Tirado, académica
y analista política, nos habla sobre la censura en el Estado
español, sobre el linchamiento mediático a personas que, como ella
o Willy Toledo, han tratado de dar una visión distinta sobre
Venezuela y Cuba, y sobre quiénes tienen voz –y quienes no– en
los espacios de opinión.
La Monarquía terminó en
España el año 1931 como secuela de unas elecciones municipales
favorables a los partidos republicanos. Alfonso XIII abandonó acto
seguido el país abrumado por el rechazo popular. Ningún rey volvió
a coronarse hasta noviembre de 1975, recién fallecido el dictador. A
día de hoy, ese mismo monarca, habiendo renunciado a la corona por
una serie de vicisitudes que empezaron con un accidente en una
cacería de elefantes patrocinada por millonarios árabes y el desvío
de fondos públicos para acondicionar la residencia de su última
amante, anuncia su intención de residir fuera del país. Parece que
la historia se repita como comedia, como diría Marx, y más teniendo
en cuenta que el matador de proboscidios era presidente de honor de
la conservacionista WWF.
España es un país de
esperpentos, de realidades grotescas, de jefezuelos fantoches, y para
muestra, el último avatar del rey “emérito”, el de las
comisiones saudíes y las maletas repletas de euros llevadas a Suiza,
cuya existencia han resaltado las disputas pecuniarias con su amiga
Corinna. ¿Afectará el asunto de la corrupción real a la política?
Desde luego, una parte de la casta partidista, Podemos, Esquerra,
etc., aprovechará la ocasión para condenar la “indignidad”
real, pedir la abolición de la monarquía y afirmar su
inquebrantable vocación republicana, pero todo ello exclusivamente
con fines electoralistas. A los podemitas y afines les interesa no
difuminarse en la colaboración con los socialistas, y a los
supuestos independentistas, es una oportunidad de desgaste del
centralismo estatal que sale gratis. Ya se guardarán muy bien de
llevar su republicanismo a la práctica, sabedores de que los
cimientos de lo que llaman democracia y no lo es se confeccionaron
con hormigón monárquico.
Si la figura del ex rey
resulta patética y ridícula, no lo resultan menos el gobierno y el
parlamento, con sus diputados portavoces rivalizando en pomposa
moralidad y huera fraseología acerca de la corona y la persona que
la lleva. Además, conviene recordar que la Casa real no ocupa un
lugar central en el esperpento estatista, y por consiguiente, su peso
es muy ligero, en absoluto capaz de generar por sí misma una crisis
semejante a la que ocasionó no hace mucho el soberanismo catalán.
El rey reina, no paga impuestos e incluso amasa fortunas
fraudulentas, pero no gobierna. En fin, la Corona es solo el bombín
del vestido institucional de la dominación, el sombrero del poder de
la clase dominante, y los intereses de esta no pasan por cambiar de
traje, y menos por ponerse la boina tricolor. Nadie quiere realmente
cambiar las reglas del juego si puede perder algo en el cambio.
Ningún partido, por republicano que se proclame, desea forzar la
descomposición del régimen para adentrarse en una batalla por la
reconversión institucional de salida completamente incierta. Ni
siquiera los soberanistas, por más vestiduras que se rasguen.
A pesar de los pesares,
las andanzas del “emérito” van a prestar un último servicio al
régimen partitocrático nacido del pacto contra natura entre el
franquismo y la oposición, incluida la soberanista, permitiendo por
un instante desviar la atención de la crisis sanitaria y económica
que se abate sobre el país, lenta e inexorable, crisis que columbra
un horizonte nada halagüeño. Las verdaderas contradicciones que
atraviesan el capitalismo español, impulsoras de conflictos sociales
venideros, apenas han comenzado a aflorar. El ruido mediático en
torno a Juan Carlos puede oscurecer durante un tiempo ante las masas
semiconfinadas y enmascaradas la perspectiva azarosa de una pobreza
desigualmente repartida y de una sanidad pública desmantelada, pero
no todo el tiempo. El espantajo republicano solo es eso, un
espantajo. Una maniobra de despiste, un tópico progresista. La
población española no ha sido nunca monárquica, pero en el Estado
español no queda casi nadie que se sienta inclinado a sacrificar su
minúsculo interés privado en aras de sus sagrados principios, y por
supuesto, los profesionales de la política menos que nadie. Esos no
tienen principios. España es un país de clases medias, de políticos
pesebreros, de obreros desclasados y de funcionarios jubilados, gente
preocupada por mantener su nivel de consumo, y por lo tanto, poco
inclinada a cambiar de sitio los muebles. Gente decidida a caminar
por las viejas sendas, porque las nuevas no dan suficientes
garantías.
La Monarquía ha sido más
que nada un florero en la mesa española del poder, una institución
postiza con la misión de reflejar la marcha tranquila y feliz de la
dominación de los poderosos, la imagen floral de un país donde los
turistas llegan a espuertas, los cargos responsables nunca dimiten,
los inversores se enriquecen y los empresarios hacen lucrativos
negocios. En tiempos críticos, sin embargo, la Monarquía puede
convertirse en diana hacia la cual desviar los tiros que deberían
dirigirse hacia otro lado. El espectáculo puede cambiar en último
extremo para que nada cambie. Precisamente es lo que está pasando.
Juan Carlos anuncia su salida de España, negociada con el gobierno,
para no perjudicar a la institución monárquica, según propia
confesión, convirtiendo un asunto de corrupción en otro de
sacrificio paterno, pero en las Cortes preocupa más vivir de la
poltrona y, encima, los partidarios de dejar la Monarquía tal como
ha quedado son mayoría absoluta. Para ellos, las personas delinquen,
pero las instituciones son inmaculadas.
A pesar de que nuestros
deseos no vayan en ese sentido, a tenor de lo dicho, no tenemos más
remedio que afirmar que la espantada real no tendrá consecuencias
republicanas. Ya la Segunda República fue entronizada por antiguos
monárquicos con el objeto de afrontar la crisis económica que llevó
al precipicio a la Dictadura de Primo de Rivera, y con ella a la
Monarquía borbónica. No fue capaz de llevar a cabo las tímidas
reformas sociales que se propuso. Tampoco depuró a un ejército
repleto de monárquicos y clericales. Los gobiernos republicanos no
dudaron en emplear la represión más implacable contra el
proletariado sindicalista, agudizando la lucha de clases y llevando a
los sectores más reaccionarios de la burguesía al pronunciamiento.
Su fracaso no consistió en garantizar la libertad al pueblo español,
sino en no suprimir la libertad popular lo suficiente. La excusa era
la guerra y la guerra se perdió. El contexto internacional no le fue
favorable y los gobiernos seudodemocráticos prefirieron un régimen
fascista a una República débil, burguesa en esencia pero incapaz de
asegurar los intereses de los inversores y propietarios, y aún
menos, de hacer tabla rasa de los proletarios.
Hoy en día no hay
verdaderos monárquicos, ni verdaderos republicanos. Como ayer, la
República no significaría más que un nuevo espectáculo estatal,
una pirueta del orden, no una transformación siquiera incipiente de
las estructuras sociales, bastante dañadas por el paro, la exclusión
y las desigualdades. Apenas instaurada en plena crisis como maniobra
de distracción, su entronización sería demasiado arriesgada.
Podría surgir con fuerza la cuestión social, pues los antagonismos
se harían visibles y no habría policía suficiente para
contenerlos. No hay republicano que quiera eso. El patriotismo
republicano se emplearía tanto como el actual “ciudadanismo”
para la estabilización del sistema partitocrático, probablemente
con escasos logros; la épica ideológica no alimenta y la retórica
republicana no resuelve los conflictos. Lo que llaman “ciudadanos”
es algo tan abstracto y dispar como lo que antaño llamaban
“patriotas”. En concreto, hay masas, hay clases populares, hay
dirigidos, oprimidos, cabreados; todos se mueven gracias a impulsos e
intereses que por propia dinámica tienden hacia la universalidad.
Sus movimientos apuntan a formas de democracia directa, asambleas,
coordinadoras, consejos, comunidades, por más que esas metas tarden
en perfilarse. La crisis no impulsa necesariamente la conciencia
social. El populismo actual lo demuestra. El republicanismo del
momento es simplemente populismo. Y no hay populismo que quiera una
avalancha de asambleas realmente populares que vuelvan inútiles los
jefes, puesto que todos aspiran al mando y al despacho. En cambio,
solamente en ellas puede forjarse una auténtica voluntad popular, el
elemento cohesionador de una verdadera república, una república sin
Estado, de la que abominan las clases poseedoras y más aún la casta
política.
En defensa no solo del
anterior rey, sino de los actuales gobernantes, un ensayista señaló
que precisamente los tiempos posmodernos no requieren dirigentes de
altura, audaces, lúcidos y hasta quijotescos, grandes hombres de
Estado con sentido de la Historia y visión universal. Pasó ya su
hora. Ahora toca el turno de los dirigentes mediocres, vacilantes y
por qué no, afanadores. Las circunstancias que acompañan a los
poderes establecidos necesitan a los torpes e indecisos y no a los
heroicos, a los enanos y no a los gigantes, ya que no se requieren
grandes decisiones ni estrategias osadas para estabilizar las
instituciones y garantizar los intereses económicos, sino las
pequeñas componendas, renuncias consensuadas y tortuosos apaños. El
nuevo dirigente nunca destaca por su inteligencia, sino por su
ignorancia, ni se señala por su determinación, sino por su
pusilanimidad. No se le valora por sus virtudes, sino por su
insignificancia. Es de los que sabe acomodarse con lo que hay y no
busca imponerse. No se enfrenta a los verdaderos problemas, más bien
los evita, dando rodeos y largas hasta adaptarse. No se caracteriza
por su voluntad de servicio, aunque fuese interesada, sino por
aferrarse a los cargos como una lapa y por usar del dinero público
como un patrimonio propio. Ese tipo de personajes fueron los que
construyeron lo que todos los servidores de la dominación llaman
“democracia española”, en realidad, un despotismo camuflado
moderado por la ineptitud y un tanto por el enchufismo.
La democracia a la
española fue fruto de una negociación entre el aparato franquista y
los partidos de la oposición. Unos, los reformadores franquistas,
poseían la fuerza, el poder, mientras que los otros, las mesas,
juntas y plataformas opositoras, tenían la legitimidad democrática.
Ambos estaban dispuestos a ceder. Unos, a neutralizar las tendencias
duras del franquismo, y los otros, a desactivar y paralizar el empuje
del movimiento obrero ascendente. La amnistía de los crímenes
franquistas a cambio de la legalización de los partidos y de las
elecciones parlamentarias. Siempre dentro de la ley: de la ley
franquista a la ley desprendida de la Constitución. El movimiento
obrero no pudo romper esa alianza; sus enemigos le despojaron de su
autonomía y pronto, con la legalización de los sindicatos, el
proletariado dejó de ser una clase histórica, portadora de
esperanzas emancipadoras, para devenir un actor secundario en el
proceso de la “Transición” de la dictadura a la partitocracia.
Con ese nombre se designa un régimen de apariencia parlamentaria sin
separación real de poderes, en el que son protagonistas las cúpulas
de los partidos con representación parlamentaria. El guión de tal
sistema se “consensúa” entre las jerarquías políticas, en
función del número del diputados que posean. No era de extrañar
que la fragilidad permanente del modelo obligara a los gobiernos a
continuas leyes de excepción, y que en general las leyes sirvieran
más para suprimir libertades que para garantizarlas. El código de
la democracia, aparato legal que debería haber acompañado a la
Constitución en 1978, no se terminó de elaborar hasta los años
noventa y metió en la cárcel a más de los que había antes de su
puesta en funcionamiento. La debilidad obliga a comportamientos
extra-legales, autoritarios, impopulares, que pretenden mostrar
sensación de firmeza y seguridad. Al cabo de los años, la seguridad
ha podido con el deseo de libertad. El miedo es la pasión principal
del individuo medio español, motorizado y televisivo, obediente y
conformista, dispuesto a votar como poseso por la falsa opción que
le manden, izquierda o derecha, unidad constitucional o
independencia, y si se presentara el caso, monarquía o república.
El voto no le garantiza ninguna libertad, pero al votar solamente
busca la seguridad, la protección benigna de la autoridad.
Personajillos como Juan
Carlos, Adolfo Suárez, Felipe González, Jordi Pujol o Santiago
Carrillo, fueron los artífices del régimen posfranquista que
llamaron democracia. Ninguno brilló por sus cualidades, sino por su
excepcional vulgaridad, por su nulidad apenas disimulada por docenas
de asesores. Juan Carlos, por ejemplo, fue enteramente una creación
del franquismo. Convertido en rey por obra y designio de Franco,
tuvo, o mejor, tuvieron sus consejeros, la suficiente inteligencia
para no obstaculizar la Transición y ligar su suerte a esta. Puestos
a dejarla correr, mejor cubrirla con su autoridad “moral”. A Juan
Carlos le interesaban más las mujeres, los yates y el dinero que el
poder, pero una cosa era necesaria para la otra. Así que tuvo que
manejar a los generales franquistas, el escollo mayor capaz de hacer
encallar la Transición, y surfear por encima del gobierno y el
parlamento, a fin de convertirse en mediador indispensable de la
situación cuando la mediación fuese requerida. La oposición de
algunos obispos y una parte importante del aparato armado del
franquismo, capitanes generales, guardias civiles y servicios
secretos militares, consagró su papel de árbitro institucional y le
catapultó como figura histórica.
En efecto, su aparición
televisiva en el golpe de Estado del 23-F le valió el título
honorífico de “salvador de la democracia” aun cuando su
verdadero papel fuera más que dudoso. El rey de entonces no andaba
satisfecho con ella, por lo que había incitado a unos y a otros a
ponerle freno y cambiar de orientación. Es decir, a volverla menos
democrática, más respetuosa con las jerarquías establecidas y sus
arcaicos valores. A innovar lo mínimo. Parece que tenía adeptos en
todos los partidos y que el “golpe de timón” no iba a pasar de
un suave movimiento pendular en el interior de la burocracia estatal,
pero la iniciativa de unos cuantos ultraderechistas bien incrustados
en las fuerzas armadas dio al traste con la operación reconductora.
Juan Carlos, en calidad de capitán general de los ejércitos,
inclinó la balanza del lado gubernamental y con eso logró la
popularidad requerida para hacer en adelante lo que le viniera en
gana. Por primera vez se sintió por encima de tirios y troyanos, más
allá del bien y del mal monárquico, sentado sobre bayonetas
blandas.
El resultado del fallido
golpe de Estado de 1981 fue un régimen tutelado entre bastidores
durante unos años por los militares. La Transición se hizo más
autoritaria, al tiempo que la economía seguía avanzando con
altibajos. Nadie protestaba, la población gobernada se precipitaba
en una sociedad consumista, donde había crédito para todo el mundo
y cualquiera, hasta el más pobre, tenía algo para gastar. La
Transición había desembocado en “el Cambio”, la década
felipista. Los socialistas lideraban el crecimiento económico
inmobiliario. El país era una nación moderna, con un desarrollo
envidiable y un rey que iba y venía como embajador, riéndole todos
las gracias, como cuando lanzó al esperpento bolivariano Chaves un
“por qué no te callas». En lo sucesivo Juan Carlos perdió la
contención y la compostura, enfermó de éxito y, dejándose llevar
por sus inclinaciones naturales, la caza, las faldas y los negocios,
precedido por su yerno Urdangarín, duque en-Palma-do, no tardó en
protagonizar involuntarios escándalos que pudo conjurar renunciando
a la corona en favor de su hijo. No fue suficiente. La cabra tira al
monte.
Juan Carlos “el
campechano”, el de los accidentes domésticos, el de la moto, ha
sido el espejo en que se contemplaron tres generaciones de
gobernantes acomodaticios, insípidos y mezquinos como él, fuesen
comunistas o conservadores, regionalistas o independentistas,
sindicalistas o empresarios, corruptos o limpios. Fue el rey de una
época gris, donde la jerarquía del capital desplazó
definitivamente en España a la de la ideología fascista y la
religión católica, periodo durante el cual la política se sometió
a la economía: el enriquecimiento fue la consigna a seguir, y el
dinero, la meta de todo bicho viviente. Época modernizadora,
preludio de la mundialización financiera que tanta marginación,
miseria y resignación ha reportado. Como un juguete roto, el
“emérito” sucumbe hoy a sus errores y a su avidez, todavía no
demasiado, mientras la humanidad se cuece con una pandemia y al
Estado español se le viene encima la mayor crisis de la historia.
Los estragos que se irán
sucediendo en una sociedad colonizada por el capital cambiarán de
arriba abajo el mundo en el que sobrevivimos. Lo mismo dará la forma
de Estado. Si la república conviene a la clase dominante, habrá
república. Por ahora parece que no. Se está más bien por “un
nuevo lanzamiento de la imagen de la corona», como dice el diario
“La Razón”. Si conviene a un sector significativo de la casta
política, habrá moda republicana. Por ahora parece que sí. Nadie
notará la diferencia, pues las masas despolitizadas, presas de sus
estrechos intereses privados, son indiferentes al postureo político.
Nadie saldrá de su ensimismamiento cotidiano, nadie prescindirá de
su correspondiente dosis de evasión festiva, por una cuestión tan
nimia como la de escoger entre una forma política de sumisión u
otra. Que pongan la que quieran. A pesar de todo, la parte
empobrecida, víctima de decisiones unilaterales, no comulga siempre
con ruedas de molino. La esclavitud, sea cual sea la forma con la que
se presente, es siempre esclavitud, y la única república deseable
es aquella en la que la justicia social y la igualdad solidaria hagan
imposible aquella. Por desgracia, esa clase de república, una
especie de federación comunitaria antiestatal, no es la que anima a
la mayoría de los republicanos de hoy, o a los que dicen serlo, más
proclives a la autoridad que a la ausencia de ella. Pero siempre
quedan los irredentos que confían en su posibilidad y su
advenimiento. Para ellos escribimos.