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08 febrero, 2021

Evidente: ambas cosas no pueden ser

 

"La figura de un rey ya es una ruptura: o tenemos un estado de derecho o tenemos un rey. Las dos cosas no pueden ser". 

Miguel Brieva


Hugo Chávez Frías
Juan Carlos I "El Huido"

Del vil "Por qué no te callas", al taimado "Yo no digo ni pío"

17 agosto, 2020

“España es un país de esperpentos, de realidades grotescas, de jefezuelos fantoches” — Miquel Amorós

 


La corte de los enanos. 

De la monarquía y de la República


KAOSENLARED - 15/08/2020


La Monarquía terminó en España el año 1931 como secuela de unas elecciones municipales favorables a los partidos republicanos. Alfonso XIII abandonó acto seguido el país abrumado por el rechazo popular. Ningún rey volvió a coronarse hasta noviembre de 1975, recién fallecido el dictador. A día de hoy, ese mismo monarca, habiendo renunciado a la corona por una serie de vicisitudes que empezaron con un accidente en una cacería de elefantes patrocinada por millonarios árabes y el desvío de fondos públicos para acondicionar la residencia de su última amante, anuncia su intención de residir fuera del país. Parece que la historia se repita como comedia, como diría Marx, y más teniendo en cuenta que el matador de proboscidios era presidente de honor de la conservacionista WWF.


España es un país de esperpentos, de realidades grotescas, de jefezuelos fantoches, y para muestra, el último avatar del rey “emérito”, el de las comisiones saudíes y las maletas repletas de euros llevadas a Suiza, cuya existencia han resaltado las disputas pecuniarias con su amiga Corinna. ¿Afectará el asunto de la corrupción real a la política? Desde luego, una parte de la casta partidista, Podemos, Esquerra, etc., aprovechará la ocasión para condenar la “indignidad” real, pedir la abolición de la monarquía y afirmar su inquebrantable vocación republicana, pero todo ello exclusivamente con fines electoralistas. A los podemitas y afines les interesa no difuminarse en la colaboración con los socialistas, y a los supuestos independentistas, es una oportunidad de desgaste del centralismo estatal que sale gratis. Ya se guardarán muy bien de llevar su republicanismo a la práctica, sabedores de que los cimientos de lo que llaman democracia y no lo es se confeccionaron con hormigón monárquico.


Si la figura del ex rey resulta patética y ridícula, no lo resultan menos el gobierno y el parlamento, con sus diputados portavoces rivalizando en pomposa moralidad y huera fraseología acerca de la corona y la persona que la lleva. Además, conviene recordar que la Casa real no ocupa un lugar central en el esperpento estatista, y por consiguiente, su peso es muy ligero, en absoluto capaz de generar por sí misma una crisis semejante a la que ocasionó no hace mucho el soberanismo catalán. El rey reina, no paga impuestos e incluso amasa fortunas fraudulentas, pero no gobierna. En fin, la Corona es solo el bombín del vestido institucional de la dominación, el sombrero del poder de la clase dominante, y los intereses de esta no pasan por cambiar de traje, y menos por ponerse la boina tricolor. Nadie quiere realmente cambiar las reglas del juego si puede perder algo en el cambio. Ningún partido, por republicano que se proclame, desea forzar la descomposición del régimen para adentrarse en una batalla por la reconversión institucional de salida completamente incierta. Ni siquiera los soberanistas, por más vestiduras que se rasguen.



A pesar de los pesares, las andanzas del “emérito” van a prestar un último servicio al régimen partitocrático nacido del pacto contra natura entre el franquismo y la oposición, incluida la soberanista, permitiendo por un instante desviar la atención de la crisis sanitaria y económica que se abate sobre el país, lenta e inexorable, crisis que columbra un horizonte nada halagüeño. Las verdaderas contradicciones que atraviesan el capitalismo español, impulsoras de conflictos sociales venideros, apenas han comenzado a aflorar. El ruido mediático en torno a Juan Carlos puede oscurecer durante un tiempo ante las masas semiconfinadas y enmascaradas la perspectiva azarosa de una pobreza desigualmente repartida y de una sanidad pública desmantelada, pero no todo el tiempo. El espantajo republicano solo es eso, un espantajo. Una maniobra de despiste, un tópico progresista. La población española no ha sido nunca monárquica, pero en el Estado español no queda casi nadie que se sienta inclinado a sacrificar su minúsculo interés privado en aras de sus sagrados principios, y por supuesto, los profesionales de la política menos que nadie. Esos no tienen principios. España es un país de clases medias, de políticos pesebreros, de obreros desclasados y de funcionarios jubilados, gente preocupada por mantener su nivel de consumo, y por lo tanto, poco inclinada a cambiar de sitio los muebles. Gente decidida a caminar por las viejas sendas, porque las nuevas no dan suficientes garantías.


La Monarquía ha sido más que nada un florero en la mesa española del poder, una institución postiza con la misión de reflejar la marcha tranquila y feliz de la dominación de los poderosos, la imagen floral de un país donde los turistas llegan a espuertas, los cargos responsables nunca dimiten, los inversores se enriquecen y los empresarios hacen lucrativos negocios. En tiempos críticos, sin embargo, la Monarquía puede convertirse en diana hacia la cual desviar los tiros que deberían dirigirse hacia otro lado. El espectáculo puede cambiar en último extremo para que nada cambie. Precisamente es lo que está pasando. Juan Carlos anuncia su salida de España, negociada con el gobierno, para no perjudicar a la institución monárquica, según propia confesión, convirtiendo un asunto de corrupción en otro de sacrificio paterno, pero en las Cortes preocupa más vivir de la poltrona y, encima, los partidarios de dejar la Monarquía tal como ha quedado son mayoría absoluta. Para ellos, las personas delinquen, pero las instituciones son inmaculadas.



A pesar de que nuestros deseos no vayan en ese sentido, a tenor de lo dicho, no tenemos más remedio que afirmar que la espantada real no tendrá consecuencias republicanas. Ya la Segunda República fue entronizada por antiguos monárquicos con el objeto de afrontar la crisis económica que llevó al precipicio a la Dictadura de Primo de Rivera, y con ella a la Monarquía borbónica. No fue capaz de llevar a cabo las tímidas reformas sociales que se propuso. Tampoco depuró a un ejército repleto de monárquicos y clericales. Los gobiernos republicanos no dudaron en emplear la represión más implacable contra el proletariado sindicalista, agudizando la lucha de clases y llevando a los sectores más reaccionarios de la burguesía al pronunciamiento. Su fracaso no consistió en garantizar la libertad al pueblo español, sino en no suprimir la libertad popular lo suficiente. La excusa era la guerra y la guerra se perdió. El contexto internacional no le fue favorable y los gobiernos seudodemocráticos prefirieron un régimen fascista a una República débil, burguesa en esencia pero incapaz de asegurar los intereses de los inversores y propietarios, y aún menos, de hacer tabla rasa de los proletarios.


Hoy en día no hay verdaderos monárquicos, ni verdaderos republicanos. Como ayer, la República no significaría más que un nuevo espectáculo estatal, una pirueta del orden, no una transformación siquiera incipiente de las estructuras sociales, bastante dañadas por el paro, la exclusión y las desigualdades. Apenas instaurada en plena crisis como maniobra de distracción, su entronización sería demasiado arriesgada. Podría surgir con fuerza la cuestión social, pues los antagonismos se harían visibles y no habría policía suficiente para contenerlos. No hay republicano que quiera eso. El patriotismo republicano se emplearía tanto como el actual “ciudadanismo” para la estabilización del sistema partitocrático, probablemente con escasos logros; la épica ideológica no alimenta y la retórica republicana no resuelve los conflictos. Lo que llaman “ciudadanos” es algo tan abstracto y dispar como lo que antaño llamaban “patriotas”. En concreto, hay masas, hay clases populares, hay dirigidos, oprimidos, cabreados; todos se mueven gracias a impulsos e intereses que por propia dinámica tienden hacia la universalidad. Sus movimientos apuntan a formas de democracia directa, asambleas, coordinadoras, consejos, comunidades, por más que esas metas tarden en perfilarse. La crisis no impulsa necesariamente la conciencia social. El populismo actual lo demuestra. El republicanismo del momento es simplemente populismo. Y no hay populismo que quiera una avalancha de asambleas realmente populares que vuelvan inútiles los jefes, puesto que todos aspiran al mando y al despacho. En cambio, solamente en ellas puede forjarse una auténtica voluntad popular, el elemento cohesionador de una verdadera república, una república sin Estado, de la que abominan las clases poseedoras y más aún la casta política.


En defensa no solo del anterior rey, sino de los actuales gobernantes, un ensayista señaló que precisamente los tiempos posmodernos no requieren dirigentes de altura, audaces, lúcidos y hasta quijotescos, grandes hombres de Estado con sentido de la Historia y visión universal. Pasó ya su hora. Ahora toca el turno de los dirigentes mediocres, vacilantes y por qué no, afanadores. Las circunstancias que acompañan a los poderes establecidos necesitan a los torpes e indecisos y no a los heroicos, a los enanos y no a los gigantes, ya que no se requieren grandes decisiones ni estrategias osadas para estabilizar las instituciones y garantizar los intereses económicos, sino las pequeñas componendas, renuncias consensuadas y tortuosos apaños. El nuevo dirigente nunca destaca por su inteligencia, sino por su ignorancia, ni se señala por su determinación, sino por su pusilanimidad. No se le valora por sus virtudes, sino por su insignificancia. Es de los que sabe acomodarse con lo que hay y no busca imponerse. No se enfrenta a los verdaderos problemas, más bien los evita, dando rodeos y largas hasta adaptarse. No se caracteriza por su voluntad de servicio, aunque fuese interesada, sino por aferrarse a los cargos como una lapa y por usar del dinero público como un patrimonio propio. Ese tipo de personajes fueron los que construyeron lo que todos los servidores de la dominación llaman “democracia española”, en realidad, un despotismo camuflado moderado por la ineptitud y un tanto por el enchufismo.


La democracia a la española fue fruto de una negociación entre el aparato franquista y los partidos de la oposición. Unos, los reformadores franquistas, poseían la fuerza, el poder, mientras que los otros, las mesas, juntas y plataformas opositoras, tenían la legitimidad democrática. Ambos estaban dispuestos a ceder. Unos, a neutralizar las tendencias duras del franquismo, y los otros, a desactivar y paralizar el empuje del movimiento obrero ascendente. La amnistía de los crímenes franquistas a cambio de la legalización de los partidos y de las elecciones parlamentarias. Siempre dentro de la ley: de la ley franquista a la ley desprendida de la Constitución. El movimiento obrero no pudo romper esa alianza; sus enemigos le despojaron de su autonomía y pronto, con la legalización de los sindicatos, el proletariado dejó de ser una clase histórica, portadora de esperanzas emancipadoras, para devenir un actor secundario en el proceso de la “Transición” de la dictadura a la partitocracia. Con ese nombre se designa un régimen de apariencia parlamentaria sin separación real de poderes, en el que son protagonistas las cúpulas de los partidos con representación parlamentaria. El guión de tal sistema se “consensúa” entre las jerarquías políticas, en función del número del diputados que posean. No era de extrañar que la fragilidad permanente del modelo obligara a los gobiernos a continuas leyes de excepción, y que en general las leyes sirvieran más para suprimir libertades que para garantizarlas. El código de la democracia, aparato legal que debería haber acompañado a la Constitución en 1978, no se terminó de elaborar hasta los años noventa y metió en la cárcel a más de los que había antes de su puesta en funcionamiento. La debilidad obliga a comportamientos extra-legales, autoritarios, impopulares, que pretenden mostrar sensación de firmeza y seguridad. Al cabo de los años, la seguridad ha podido con el deseo de libertad. El miedo es la pasión principal del individuo medio español, motorizado y televisivo, obediente y conformista, dispuesto a votar como poseso por la falsa opción que le manden, izquierda o derecha, unidad constitucional o independencia, y si se presentara el caso, monarquía o república. El voto no le garantiza ninguna libertad, pero al votar solamente busca la seguridad, la protección benigna de la autoridad.


Personajillos como Juan Carlos, Adolfo Suárez, Felipe González, Jordi Pujol o Santiago Carrillo, fueron los artífices del régimen posfranquista que llamaron democracia. Ninguno brilló por sus cualidades, sino por su excepcional vulgaridad, por su nulidad apenas disimulada por docenas de asesores. Juan Carlos, por ejemplo, fue enteramente una creación del franquismo. Convertido en rey por obra y designio de Franco, tuvo, o mejor, tuvieron sus consejeros, la suficiente inteligencia para no obstaculizar la Transición y ligar su suerte a esta. Puestos a dejarla correr, mejor cubrirla con su autoridad “moral”. A Juan Carlos le interesaban más las mujeres, los yates y el dinero que el poder, pero una cosa era necesaria para la otra. Así que tuvo que manejar a los generales franquistas, el escollo mayor capaz de hacer encallar la Transición, y surfear por encima del gobierno y el parlamento, a fin de convertirse en mediador indispensable de la situación cuando la mediación fuese requerida. La oposición de algunos obispos y una parte importante del aparato armado del franquismo, capitanes generales, guardias civiles y servicios secretos militares, consagró su papel de árbitro institucional y le catapultó como figura histórica.



En efecto, su aparición televisiva en el golpe de Estado del 23-F le valió el título honorífico de “salvador de la democracia” aun cuando su verdadero papel fuera más que dudoso. El rey de entonces no andaba satisfecho con ella, por lo que había incitado a unos y a otros a ponerle freno y cambiar de orientación. Es decir, a volverla menos democrática, más respetuosa con las jerarquías establecidas y sus arcaicos valores. A innovar lo mínimo. Parece que tenía adeptos en todos los partidos y que el “golpe de timón” no iba a pasar de un suave movimiento pendular en el interior de la burocracia estatal, pero la iniciativa de unos cuantos ultraderechistas bien incrustados en las fuerzas armadas dio al traste con la operación reconductora. Juan Carlos, en calidad de capitán general de los ejércitos, inclinó la balanza del lado gubernamental y con eso logró la popularidad requerida para hacer en adelante lo que le viniera en gana. Por primera vez se sintió por encima de tirios y troyanos, más allá del bien y del mal monárquico, sentado sobre bayonetas blandas.


El resultado del fallido golpe de Estado de 1981 fue un régimen tutelado entre bastidores durante unos años por los militares. La Transición se hizo más autoritaria, al tiempo que la economía seguía avanzando con altibajos. Nadie protestaba, la población gobernada se precipitaba en una sociedad consumista, donde había crédito para todo el mundo y cualquiera, hasta el más pobre, tenía algo para gastar. La Transición había desembocado en “el Cambio”, la década felipista. Los socialistas lideraban el crecimiento económico inmobiliario. El país era una nación moderna, con un desarrollo envidiable y un rey que iba y venía como embajador, riéndole todos las gracias, como cuando lanzó al esperpento bolivariano Chaves un “por qué no te callas». En lo sucesivo Juan Carlos perdió la contención y la compostura, enfermó de éxito y, dejándose llevar por sus inclinaciones naturales, la caza, las faldas y los negocios, precedido por su yerno Urdangarín, duque en-Palma-do, no tardó en protagonizar involuntarios escándalos que pudo conjurar renunciando a la corona en favor de su hijo. No fue suficiente. La cabra tira al monte.



Juan Carlos “el campechano”, el de los accidentes domésticos, el de la moto, ha sido el espejo en que se contemplaron tres generaciones de gobernantes acomodaticios, insípidos y mezquinos como él, fuesen comunistas o conservadores, regionalistas o independentistas, sindicalistas o empresarios, corruptos o limpios. Fue el rey de una época gris, donde la jerarquía del capital desplazó definitivamente en España a la de la ideología fascista y la religión católica, periodo durante el cual la política se sometió a la economía: el enriquecimiento fue la consigna a seguir, y el dinero, la meta de todo bicho viviente. Época modernizadora, preludio de la mundialización financiera que tanta marginación, miseria y resignación ha reportado. Como un juguete roto, el “emérito” sucumbe hoy a sus errores y a su avidez, todavía no demasiado, mientras la humanidad se cuece con una pandemia y al Estado español se le viene encima la mayor crisis de la historia.


Los estragos que se irán sucediendo en una sociedad colonizada por el capital cambiarán de arriba abajo el mundo en el que sobrevivimos. Lo mismo dará la forma de Estado. Si la república conviene a la clase dominante, habrá república. Por ahora parece que no. Se está más bien por “un nuevo lanzamiento de la imagen de la corona», como dice el diario “La Razón”. Si conviene a un sector significativo de la casta política, habrá moda republicana. Por ahora parece que sí. Nadie notará la diferencia, pues las masas despolitizadas, presas de sus estrechos intereses privados, son indiferentes al postureo político. Nadie saldrá de su ensimismamiento cotidiano, nadie prescindirá de su correspondiente dosis de evasión festiva, por una cuestión tan nimia como la de escoger entre una forma política de sumisión u otra. Que pongan la que quieran. A pesar de todo, la parte empobrecida, víctima de decisiones unilaterales, no comulga siempre con ruedas de molino. La esclavitud, sea cual sea la forma con la que se presente, es siempre esclavitud, y la única república deseable es aquella en la que la justicia social y la igualdad solidaria hagan imposible aquella. Por desgracia, esa clase de república, una especie de federación comunitaria antiestatal, no es la que anima a la mayoría de los republicanos de hoy, o a los que dicen serlo, más proclives a la autoridad que a la ausencia de ella. Pero siempre quedan los irredentos que confían en su posibilidad y su advenimiento. Para ellos escribimos.


Miguel Amorós, 5 de agosto de 2020

09 julio, 2020

Acta Acusatoria contra Alfonso de Borbón [Alfonso Xlll]




Gaceta de Madrid núm. 332, 28 de noviembre de 1931, página 1250

Acta Acusatoria contra don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena

EL PRESIDENTE DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA. A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed:

QUE LAS CORTES CONSTITUYENTES, en funciones de Soberanía Nacional, han aprobado el acta acusatoria contra don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena, dictando lo siguiente:

"Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los poderes de su magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país, y, en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena. Privado de la paz jurídica, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional. Don Alfonso de Borbón será degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos, que no podrá ostentar ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de sus representantes elegidos para votar las nuevas normas del Estado español, le declara decaído, sin que se pueda reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores.

De todos los bienes, derechos y acciones de su propiedad que se encuentren en territorio nacional se incautará, en su beneficio, el Estado, que dispondrá del uso conveniente que deba darles.

Esta sentencia, que aprueban las Cortes soberanas Constituyentes, después de publicada por el Gobierno de la República, será impresa y fijada en todos los ayuntamientos de España, y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de Naciones. En ejecución de esta sentencia, el Gobierno dictará las órdenes conducentes a su más exacto cumplimiento, al que coadyuvarán todos los ciudadanos, tribunales y autoridades".

Madrid, veintiséis de Noviembre de mil novecientos treinta y uno. 

MANUEL AZAÑA


15 noviembre, 2019

Lobos disfrazados de ovejas — Juan Gabalaui



LQS – 11/2019

Siempre hay que desconfiar de los que ponen por encima de las personas conceptos como España o la patria. Por España se encarcela, se reprime, se criminaliza o se tortura. No te preocupes. Si eres obediente no te pasará nada. España siempre se portará bien contigo si te conformas. Será amable si te diluyes entre la multitud. Si pasas desapercibido o si no desentonas. Se admiten críticas, por supuesto, pero que no supongan cambios que modifiquen el sistema. Por favor, propón cambios que no cambien nada.

La extrema derecha es el lobo que asusta. Es el aguijón que te empuja con un sobre en la mano hacia la urna consagrada. Es la que deshumaniza y criminaliza a menores de edad vulnerables por su origen extranjero. Es la que gracias a sus exabruptos nos hace olvidar que el gobierno español, pesoísta o popular, no cumple con su obligación de proteger a niños, niñas y jóvenes, ni ayuda a las familias para que los puedan cuidar adecuadamente, ni ofrece trabajos dignos ni garantiza el derecho a la vivienda.

El caldo de lombarda es una sustancia terrorista. Después de que el único grupo terrorista del estado anunciara su disolución, todo es terrorismo. La lejía y el bicarbonato son pruebas de cargo. Votar lo que no se debe también infunde terror. Manifestarse contra el estado de las cosas o tener la boca suelta en los chats de las redes sociales. Todo es terrorismo. Cuidado con las palabras que salen de tu boca o teclean tus dedos. Recuerda que eta dejó de ser una conjunción en euskera para convertirse en un elemento incriminatorio de primer orden. Ahora Presidencia refiere a una intriga subversiva junto con el presidente de la Generalitat. No la pronuncies.

España siempre*. La extrema derecha se convierte en constitucionalista ante la defensa de la unidad de España. Ellos, los fascistas, son la infantería. El séptimo de caballería patrio. Son los infiltrados en las manifestaciones. Son los guerracivilistas que acusan de guerracivilismo. Los lobos que preceden a los lobos disfrazados de ovejas. Órdago a la grande para que te achantes. Una manera como otra cualquiera de consolidar el estado de las cosas. No olvides posicionarte en el lado adecuado. Al lado de la constitución. Al lado de España. Junto a los fascistas. Siempre España.

Los salvadores. Alguien nos tiene que salvar. Las urnas son nuestra oportunidad. Introducimos un sobre blanco y otro de color salmón en las ranuras de las urnas de metacrilato. Caen sobre un manto de sobres. Te das la vuelta y buscas la salida. Esperamos frente al televisor los primeros datos del escrutinio. Los lobos o los lobos disfrazados de ovejas. La cosa está reñida. No lo vemos claro. Igual ganan los constitucionalistas, los de la unidad de España, los monárquicos, los de la mano dura y el golpe encima de la mesa, los que se congratulan de encarcelar a políticos y justifican la represión de las personas que quieren tomar decisiones sobre cuestiones que les afectan. Igual.

Mejor prohibamos los referéndum. Para qué vamos a decidir sobre monarquía o república, federaciones o confederaciones, independencia o alianza. En las elecciones al menos tenemos controlado qué queremos que voten. Pero los referéndum. Esos los carga el diablo. Aunque siempre podemos hacer como en Irlanda con el Tratado de Lisboa. Si no nos gustan los resultados, volvemos a repetirlo.

O los construimos a nuestro gusto como el de la ratificación de la Constitución Española. Un totum revolutum donde igual votas monarquía que democracia. Si quieres democracia, dos tazas de realeza. Votas una cosa y la contraria. Aunque para no meterse en problemas, prohibamos los referéndum ilegales que son todos aquellos que no nos interesan que se celebren. Prohibamos participar y decidir para que decidamos nosotros. Los que controlamos el tinglado. Los lobos disfrazados de ovejas.

* España Siempre: lema del partido fascista español VOX para las elecciones presidenciales del 10-N de 2019.

Más artículos del autor en El Kaleidoskopio

24 septiembre, 2018

"Un sistema de explotación de lo más abyecto"





Materia Crítica 10/9/2018

El constitucionalismo en España al albor del siglo XX

El príncipe alemán Clodoveo Hohenlohe representaría al kaiser Guillermo I en los funerales de Alfonso XII. Hohenlohe, que posteriormente sería canciller desde 1894 a 1900, dejaría por escrito su juicio sobre el constitucionalismo español:

"Dijérase que todo se reduce aquí a satisfacer a los 100.000 españoles de las clases distinguidas, proporcionándoles destinos y haciéndoles ganar dinero. El pueblo parece indiferente. Esto prueba que el gobierno actual tiene las elecciones en sus manos y aun se cuida de que sean elegidos algunos miembros de la oposición. Todo ello constituye un sistema de explotación de lo más abyecto, una caricatura de constitucionalismo, frases y latrocinio"

Manuel Tuñón de Lara / La España del siglo XIX

29 julio, 2018

Flagrantes incoherencias y amaños de la Cosa





Artículo 14 de la Constitución Española: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.


Pues una de dos: o el rey no es español
o va ser que los españoles y las españolas
 no son iguales ante la ley.

(Flagrantes incoherencias y amaños de la Cosa)

18 junio, 2018

¿Qué es eso de “reine sobre nosotros”? El putrílago monárquico













Daniel Raventós / Julie Wark - 16/06/2018

Traducción: José Manuel Sío Docampo



Windsor (Inglaterra), mayo de 2018. Desde hace semanas se hace notable la presencia de agentes armados y desarmados, perros de búsqueda y contingentes de las fuerzas aéreas de la policía británica. Un alto cargo de las autoridades locales quiere emplear los poderes legales de la policía para eliminar de las calles de la ciudad la antiestética presencia de personas sin hogar. Esto se debe a que un asiduo del castillo, conocido por sus disfraces de nazi, sus agravios racistas y por haber sido el chico de portada británico en la guerra de Afganistán, contraerá matrimonio con una “actriz norteamericana retirada”, que parece haber disgustado a algunos miembros de su plebeya familia al no haberlos considerados dignos de ser invitados a la boda. El montante total del dispendio permanece secreto, pero se calcula que ronda los 45 millones de dólares. Tal es la importancia de la pareja que 40 de esos millones serán destinados a seguridad y en ello se incluye el coste de deshacerse de la caterva sintecho. 

Aparentemente, la familia real pagará los adornos pero no costeará la seguridad, dada la condición de “figura pública” de los contrayentes. Para mayor escarnio, será una organización caritativa la que proporcionará consuelo a los necesitados tan amenazadores gracias al dinero recaudado con la venta de una gama de souvenirs nupciales llamada “en la prosperidad y en la adversidad”. Alguna empresa comercializa preservativos conmemorativos llamados Crown Jewels (las “joyas de la corona”, y no es broma), que supuestamente reproducen los himnos real y de América (no pregunten cómo y cuándo).

Este desprecio por la población indigente, la estrafalaria ostentosidad y el drenaje de fondos públicos no se deben a los méritos personales de la pareja en cuestión, el príncipe Enrique, sexto en la línea de sucesión, y la señora Meghan Markle. Seguramente, cualquier persona razonable pensaría que toda esta fanfarria es solamente una suerte de insensibilidad patológica especialmente onerosa. De hecho, un análisis rápido de la realeza europea, compuesta de familias que disponen de una cantidad de recursos inversamente proporcional a su limitado acervo genético, evidencia lo demencial e indecente que es su soberanía sobre el pueblo.

En la década de 1970, el príncipe Bernardo de los Países Bajos, antiguo miembro de las unidades montadas de las SS nazi y empresario exitoso (presente en los consejos de administración de más de 300 sociedades), recibió sobornos millonarios de Lockheed y Northrop, que se encuentran entre los principales conglomerados de empresas norteamericanas del sector militar. La Reina Juliana amenazó con abdicar si se iniciaban acciones judiciales contra su marido y, por lo tanto, no hubo ningún tipo de imputación. ¿Cómo lo justificaba el príncipe? “Yo estoy por encima de esas cosas”. En cualquier caso, la Casa de Orange nunca ha sido quisquillosa con las conexiones familiares. Jorge Zorreguieta, suegro del actual rey, Willem-Alexander, fue un miembro destacado del gobierno argentino durante las décadas más duras del terrorismo de Estado. La dinastía sueca fue fundada por el mariscal de Francia Jean-Baptiste Bernadotte, nombrado por Napoleón, tras ser “adoptado” por el rey Carlos XIII, que carecía de descendencia, básicamente porque el ejército sueco quería un soldado en el trono. En este caso, el “derecho divino” se correspondía con la capacidad militar. El llamado rey “humanitario” de Bélgica, Leopoldo II, sometió a su feudo privado del Congo mediante mutilaciones masivas y casi diez millones de asesinatos. Miembros de la Casa de Hannover (una familia que hace tiempo había dado hasta seis monarcas británicos propensos a sufrir porfiria, pero que no ha hecho mucho desde entonces), incluidos Jorge III (demente), Jorge IV (insolvente, licencioso e inadecuado para el mando) y Guillermo IV (a quien no gustaba el gobierno de Lord Melbourne y decidió destituirlo).

Mientras tanto, Isabel II de la “marca global”, dieciséis reinas en una (en tanto que monarca del Reino Unido y otros quince reinos), amable y afectuosa anfitriona de tiranos, escoge a sus representantes en cada condado (o High Sheriff) clavando un punzón en una lista de nombres. ¿Por qué? Porque eso es lo que hacía Isabel I. Más te valdrá comer rápido si alguna vez cenas con ella, porque cuando su majestad termina, los platos desaparecen de la mesa. Su papel es meramente “ceremonial”, pero cuando en 1975 perdió el gusto por el gobierno laborista de Gough Whitlam en Australia, inspirada quizás en el antecedente sentado por Guillermo IV, decidió destituirlo por mediación de su Gobernador general. Los Archivos Nacionales de Australia se niegan a publicar los documentos relacionados con el asunto, más de 40 años después. Algunos cálculos apuntan a que cada uno de los dieciocho miembros de esta familia, caracterizada por el secretismo y la opacidad, cuesta en torno a 19 millones de libras anuales a los contribuyentes británicos. La falta de transparencia es un elemento consagrado por el sistema, de ahí su carácter inherentemente corrupto.














En el Reino de España, el espectáculo borbónico continúa dando bandazos desde sus turbios comienzos con monarcas como Felipe V, que se creía que era una rana y defecaba por el palacio donde le placía. Su hijo Fernando VI gozaba dando palizas a sus sirvientes y consumiendo opio. Carlos II estaba tan hechizado por sus relaciones conyugales con su esposa de trece años, que lo escribió todo en una carta a su padre. Fernando VII, el Deseado, también dejó escritos para que supiésemos que su pene era tan largo como un taco de billar y grueso como un puño. Y sin embargo, ahora, el joven rapero mallorquín Valtònyc ha sido condenado a tres años y seis meses de prisión por injurias a la Corona, debido a sus canciones de crítica a esta espantosa familia. Y él no es la única víctima del ataque contra la libertad de expresión concertado por el gobierno y los poderes judiciales en los últimos meses.

En el mismo reino, el Rey Juan Carlos I, heredero del mentón de Habsburgo, de gusto por la vida lujosa y nombrado por Franco, es conocido por sus opacas fuentes de dinero y por no rendir cuentas sobre sus gastos sufragados por el erario público; por matar un elefante, un oso previamente emborrachado y uno de los últimos bisontes de Europa, así como muchos otros animales durante sus sádicos y reales pasatiempos cinegéticos; por ser mujeriego; por mantener una estrecha amistad con la casa de Saud y, supuestamente, por su papel heroico durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, aunque las memorias de Sabino Fernández Campo (falangista y jefe de la Casa Real) sugieran una cosa diferente. Quizás él mismo estuviera detrás del golpe. Al menos, en la intimidad, lo celebró con un brindis de champán[1]. Su hermano menor, el príncipe Alfonso, falleció misteriosamente a los 14 años de un disparo accidental mientras “jugaban”. Las circunstancias del suceso nunca han sido reveladas.

Parece obvio que la familia debería mantenerse alejada de las armas de fuego: hace cinco años, Froilán, el nieto del rey emérito, atravesó su propio pie de un disparo. Otra forma de dispararse en el pie fue la de Iñaki Urdangarín, cuñado del actual Rey Felipe, ahora condenado a la cárcel por fraude fiscal. Tras el referéndum de autodeterminación catalán del 1 de octubre de 2017, Felipe VI salió a dar un discurso en que allanaba el camino de la “opción nuclear”: la aplicación del artículo 155 de la Constitución española, que sirvió para tomar el control del gobierno catalán. Ahora, dieciséis líderes catalanes se encuentran en prisión o en el exilio. Felipe no goza de mucha popularidad en Cataluña...

Todos estos poderes arbitrarios, estas conductas antisociales o totalmente chifladas y estas estúpidas costumbres surgen, entre otras muchas irracionalidades, de la ilógica idea de la existencia de un “derecho divino de los reyes”, que otorga a los monarcas una autoridad derivada de la voluntad de deidades y, por lo tanto, los exime del deber de obediencia a cualquier poder terrenal. En el mundo cristiano se remonta a la Biblia, pero la idea se enraíza también en otras religiones. Con el surgimiento del Estado-nación, la teoría se popularizó en Occidente de la mano de Jacobo I de Inglaterra, quien, hablando de las monarquías, declaró en 1610 que “incluso Dios se dirige a ellos como dioses”. Este monarca, enojado por la poca trascendencia del derecho divino del rey en la Biblia puritana, ordenó realizar otra traducción, con ajustes, para garantizar la total y absoluta autoridad real en los ámbitos político y religioso. Y por lo tanto hoy la gente tiene que jurar sobre una Santa Biblia falsa. La realeza divina implicaba que los monarcas se elevaban sobre el reino humano, más allá del orden moral, político o legal, para actuar a su antojo con impunidad, aunque sus “sagradas” vidas privadas y sociales estaban acotadas por varias reglas, protocolos y tabús. La paradoja es que los reyes reclaman ser el origen del reino, pero no forman parte de él al estar por encima de la comunidad y sus leyes.

La realeza es un espectáculo político con alusiones religiosas, engalanado con una panoplia de artículos que van desde punchones mágicos hasta carruajes de oro. Allá por 1967, Guy Debord escribió que “el espectáculo surge de la pérdida de unidad del mundo […]. En el espectáculo, una parte del mundo encarna en sí el mundo y es superior a él”. La monarquía consigue perpetuarse poniendo papel bonito sobre la creciente brecha entre ellos y el pueblo, celebrando espectáculos nupciales o funerales para que aquellas personas excluidas los sigan por la televisión, sintiéndose estas partícipes.

En una fascinante obra publicada recientemente con el título de On Kings (Sobre los reyes), David Graeber y Marshall Shalins estudian el fenómeno de la monarquía y la política de la realeza desde los BaKongo hasta los azteca, los shilluk y otros pueblos, y demuestran cómo las etapas de las monarquías (una de las más duraderas formas de gobierno de la humanidad) revelan la naturaleza verdadera del poder y cómo las distintas formas de Estado surgieron en la esfera ritual. Mientras los pueblos son productivos, las monarquías son extractivas y emplean sus hazañas militares, saqueos, monumentos, el consumo de lujo y una distribución estratégica de la riqueza para llamar la atención sobre sus poderes divinos y reforzar aún más los beneficios políticos de su riqueza. Graeber y Sahlins analizan el carácter de la tiranía y rompen una lanza en favor de la desaparición de reyes y reinas de todos los tronos celestiales y terrenales, así como del marco político y jurídico que los sustenta, el cual suele sobrevivir a los monarcas individuales.

Por muy anticuado que sea el esplendor de la monarquía, este modelo no es un fenómeno marginal, sino central, en los sistemas políticos actuales. El Estado es un concepto “gastado” (p. 456) en tanto que principio organizativo de la vida política. Tal principio es, más bien, la soberanía, la potestad de mando. Desde finales del siglo XVII o principios del XVIII, los Estados nación se han venido fundando en el concepto de soberanía popular, pero este oxímoron apesta a dioses viejos y sus jueguecitos reales. Si la “soberanía” popular existe realmente, deberá dejar de ser soberana (el poder desde arriba) y fundamentarse en los principios de libertad y justicia. De otra manera, no podrá ser popular: literalmente, del pueblo.










En cuanto al pueblo, volvamos a mirar a los sintecho (especialmente desde que los indigentes de Windsor causan una ofensa tan grave a los devotos de la realeza): un estudio realizado en Reino Unido señala que las 307.000 personas sin hogar de aquel Estado fallecen, de media, a la edad de 47 años, mientras que otros sujetos del reino mueren a los 81 años, y las personas sintecho son 35 veces más proclives al suicidio que las personas con hogar.

Mientras prevalezca una gran desigualdad social, la soberanía seguirá estando al margen del orden moral y legal, como un espectáculo antisocial que divide y daña a la sociedad. Dado que Donald Trump, también ajeno al orden moral y legal, encarna una excrecencia del derecho divino, no parece una casualidad que el Guggenheim le haya ofrecido, en lugar del Van Gogh del que se había enamorado, un trono de oro de 18 quilates donde el presidente podrá evacuar sus deposiciones (¿una propuesta de título para la obra? mierda sobre oro).

Debemos repensar la “soberanía”. En la actualidad existen “democracias” con legados radicalmente autoritarios, y especialmente los monarcas (literalmente, “el que gobierna solo”), jefes de Estado no elegidos mediante sufragio, que reinan sobre hombres y feudos. Sin sus vestimentas, un emperador podría ser identificado hasta por un niño como lo que es: un ser humano más.










[1] Iñaki Anasagasti, 2018, “Los papeles del 23-F salen a la luz: El Rey Juan Carlos organizó el Golpe de Estado”, Mediterráneo Digital, 23 de febrero.