Kolozeg.Org
– 03/04/2023
Traducción del inglés:
Arrezafe
Uno de los obstáculos
para comprender la destrucción, aparentemente deliberada, de las
pequeñas y medianas empresas –que en Reino Unido ha supuesto la
desaparición de medio millón desde 2020 y la eliminación de
nuestra soberanía nacional con la justificación de salvarnos
consecutivamente de: una crisis sanitaria, una crisis ambiental, una
crisis energética o crisis del costo de vida–, es la cuestión de
cómo alguien puede beneficiarse de ello. Si bien es difícil mirar
hacia el futuro y predecir lo que sucederá, podemos intentar
aprender del pasado reciente.
Si queremos saber a dónde
conduce este empobrecimiento y privación de derechos de la población
británica y quiénes se beneficiarán, podemos observar lo que le
sucedió a Rusia en la década de 1990.
Cuando Mikhail Gorbachev
se convirtió en Secretario General del Partido Comunista de la Unión
Soviética en marzo de 1985, puso inmediatamente en marcha su
perestroika ('reestructuración') política y económica de la
URSS. Cinco años después, en septiembre de 1990, bajo una reforma
denominada glasnost ('apertura'), el parlamento soviético
concedió a Gorbachov, recién elegido presidente de la URSS, poderes
de emergencia para la privatización. Esto suponía autoridad para
transformar empresas estatales en sociedades anónimas con acciones
ofertadas en las bolsas de valores. Tras la renuncia de Gorbachov y
la disolución formal de la URSS en diciembre de 1991, el primer
presidente ruso, Boris Yeltsin, inició un programa de privatización
que buscaba comprimir veinte años de neoliberalismo occidental en
unos pocos años y en un país cuya población no tenía experiencia
ni sabía cómo funciona el capitalismo financiero.
Dos años después, se
habían privatizado más del 85
por ciento de las pequeñas empresas rusas y más de 82.000
empresas estatales rusas, alrededor de un tercio del total existente.
Una de las primeras
iniciativas consistió en la Privatización de Bonos del Estado, que
entre 1992 y 1994 distribuyó 144 millones de bonos –convertibles
en acciones de más de 100.000 empresas estatales– entre el 98 por
ciento de la población rusa, en teoría entregando a cada ciudadano
una parte del capital social de la riqueza nacional. Sin embargo, el
trabajador ruso se empobreció, padeciendo un creciente desempleo
debido al veloz desmantelamiento de la economía soviética, y dada
su escasa comprensión del capitalismo bursátil, estos vales fueron
comprados, casi en su totalidad y por unos pocos rublos, por
burócratas que tenían una idea más clara del estado de la economía
rusa, por directores de empresas estatales, que comprendían mejor el
valor de los recursos nacionales, y por la mafia,
A fines de junio de 1994,
la propiedad del 70 por ciento de las grandes y medianas empresas de
Rusia y alrededor del 90 por ciento de las pequeñas, habían pasado
a manos privadas.
En 1995, con el Gobierno
enfrentando un déficit fiscal y a cambio de financiar su campaña de
reelección, Yeltsin inició el esquema de Préstamos por Acciones, a
través del cual los activos industriales estatales en petróleo,
gas, carbón, hierro y acero fueron subastados a cambio de préstamos
dados por empresas comerciales y bancos. Dado que estos préstamos
nunca se devolvieron, en gran parte porque se utilizaron para pagar
los intereses de la deuda pública existente, y porque las
subastas fueron manipuladas por aventajados políticos, los
activos estatales se vendieron, en efecto, por
una fracción de su valor. Yukos Oil, por ejemplo, con un valor
en torno a los 5 mil millones de dólares, se vendió por 310
millones; Sibneft, el tercer mayor productor de petróleo en Rusia y
con un valor estimado en 3 mil millones de dólares, se vendió por
100 millones, y Norilsk Nickel, que producía una cuarta parte del
níquel del mundo, se vendió por 170 millones de dólares, la mitad
de una oferta de la competencia.
Este esquema propició
una nueva clase de oligarcas (del antiguo griego oligarkhía,
'gobierno de unos pocos'), industriales y banqueros que ahora
controlaban no sólo la economía rusa, sino también su gobierno.
Conscientes, sin embargo, de que futuros gobiernos podrían revertir
la venta masiva de la riqueza de la nación llevada a cabo por
Yeltsin, los oligarcas, en lugar de invertir en estas industrias,
inmediatamente se dedicaron a despojarlas de sus activos a fin de
aumentar su capital. La enorme riqueza acumulada por estos oligarcas
se trasladó e invirtió en el extranjero, principalmente en bancos
suizos, pero también en el Reino Unido mediante el dispositivo de
lavado de dinero más grande del mundo: la City
of London, a través del cual, más de 100
mil millones de libras de ' dinero sucio' circula cada año, la
mayor parte proveniente de Rusia y Ucrania.
Esta fuga de capitales al
extranjero impidió al Gobierno recaudar impuestos, lo que provocó
el incumplimiento de los pagos de la deuda y, en última instancia,
la crisis
financiera rusa de 1998. Cuando los inversionistas extranjeros
comenzaron a retirarse del mercado, vendiendo moneda y activos rusos,
el Banco Central de Rusia, recién fundado en julio de 1990, tuvo que
disponer de sus reservas extranjeras para defender la moneda rusa,
gastando aproximadamente 27 mil millones de dólares estadounidenses.
Esto condujo al colapso económico más catastrófico de la historia
que, en tiempos de paz, haya sufrido un país industrial. Para 1999,
el producto interno bruto de Rusia se había reducido en más del 40
por ciento, y los precios minoristas, que aumentaron
en un 2.520 por ciento en 1992, había acabado con los ahorros
personales que el pueblo ruso había acumulado. La disminución del
consumo de carne se reflejó en un enorme aumento en el crimen, la
corrupción y una mortalidad que alcanzó el nivel más alto en la
historia de un país industrial en tiempos de paz. El desempleo,
desconocido hasta entonces, llegó al 13 por ciento. La inflación
alcanzó un máximo del 85,7 por ciento. La deuda del gobierno
alcanzó el 135 por ciento del PIB y, en consecuencia, Rusia se
convirtió en el mayor deudor del Fondo Monetario Internacional, con
préstamos por un total de 20 mil millones de dólares en la década
de 1990. Sin embargo, la cuarta parte de dicha suma, unos 4.800
millones de dólares, no llegó a Rusia, fue robada en vísperas de
la crisis financiera y desapareció en una cuenta anónima registrada
en el paraíso
fiscal de Jersey (EEUU).
Si todo esto te suena
familiar, es porque las reformas de Yeltsin se basaron en el
Consenso de Washington, diez principios de la neoliberalización
económica implementados por primera vez en el Chile de Augusto
Pinochet y por la Junta argentina en la década de 1970, e
impuestos por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el
Tesoro de EEUU como condición para recibir préstamos. Dichos
principios suponen, en definitiva, redirigir el gasto público hacia
el sector privado, educación, sanidad, etc; eliminar las
restricciones a la importación y la inversión extranjera; abolir
las normas sobre seguridad, salud y contaminación del medio ambiente
que obstaculicen el mercado; y, sobre todo, la privatización de las
industrias estatales.
A raíz de estas
reformas, en octubre de 1998, el Gobierno de Rusia –a pesar de ser
esta el mayor exportador de gas natural y reservas de petróleo del
mundo–, tuvo que solicitar ayuda
humanitaria internacional. Para la URSS, fue largo el camino
hasta llegar a ser una gran potencia, pero en apenas un instante,
aprendió una lección sobre la rapidez con la que la riqueza y los
activos de un país pueden ser despojados y su indefensa población
expuesta a las depredadoras
finanzas capitalistas.
Aunque se ha 'recuperado'
hasta el punto de que hoy –particularmente tras del aumento de los
precios de la energía como
consecuencia de las sanciones– Rusia se encuentra entre las
diez economías más grandes del mundo por PIB nominal, per
cápita cae al puesto 53. Hace una década, la brecha entre ricos
y pobres en Rusia era la
más grande de cualquier país del mundo, con el 35 por ciento de
la riqueza de un país de 144 millones de personas, en manos de sólo
110 multimillonarios, con gran parte de dicha riqueza depositada en
paraísos fiscales extrangeros. En 2021, los 500 rusos más ricos,
cada uno con una fortuna neta de más de 100 millones de libras
esterlinas y representando solo el 0,001 % de la población total,
aún controlaban el 40
% de la riqueza doméstica total del país — más que el 99,8
por ciento más pobre, 114,6 millones de personas. Esto es lo que le
hace el capitalismo financiero a una nación y un pueblo sin los
medios políticos e institucionales necesarios para protegerse.
Hoy, las democracias
neoliberales de Occidente, los gobiernos nacionales sometidos a las
nuevas formas de gobernanza global surgidas con la justificación de
abordar las múltiples “crisis” fabricadas, están implementando
programas administrativos de colapso económico equivalentes, ideados
por las mismas instituciones internacionales que administran la
macroeconomía global.
En lugar de Perestroika
y Glasnost, Privatización de Bonos del Estado y Préstamos
por Acciones, este programa de “reformas” económicas y políticas
se denomina Agenda
2030, Objetivos de Desarrollo Sostenible, Renta Básica Universal
y Moneda Digital del Banco Central. Y aunque dichas “reformas” se
están implementando, no a causa del colapso de una economía como la
de la Unión Soviética, sino en economías neoliberales que
enfrentan a la
segunda Crisis Financiera Global en doce años, el objetivo de
estos programas es el mismo: empobrecimiento de las poblaciones
nacionales, quiebra de empresas independientes, expropiación de
tierras y recursos nacionales, instauración de gobiernos títeres
para dar una fachada “democrática” al gobierno tecnocrático, y
toma del poder económico y político por una clase dirigente
financiera.
La eliminación de
nuestros derechos, la reducción de nuestro nivel de vida, la
reducción de nuestro consumo de alimentos y energía, la inflación
en espiral, las sanciones económicas y los programas que los
imponen, están diseñados para transferir nuestros bienes nacionales
y personales a las manos de esta élite mundial. Tal como sucedió en
Rusia en la década de 1990, el Banco de Inglaterra ha aumentado su
programa de flexibilización cuantitativa para rescatar a la economía
del Reino Unido, gastando recientemente 19.300
millones de libras esterlinas en la compra de bonos del gobierno
a fin de apuntalar la libra en quiebra, con el compromiso de gastar
65.000 millones de libras esterlinas si fuera necesario. Con el
número más alto de empresas insolventes el 13 años, en 2022, con
las pequeñas empresas llevadas a la bancarrota por dos años de
cierre impuesto por el gobierno y los precios vertiginosos de la
energía, han visto cómo su cuota de mercado ha sido comprada por
los monopolios corporativos. El Banco de Inglaterra pronosticó que
la inflación alcanzaría el 13 por ciento a principios de 2023, y
algunas estimaciones predicen un máximo del 18
por ciento. Y los funcionarios y autoridades del Estado británico
continúan siendo subcontratados por nuestro Gobierno a empresas
internacionales que están siendo facultadas
por la nueva legislación para establecer los límites de
nuestros derechos y libertades anteriormente inalienables.
Finalmente, nuestro nuevo Primer Ministro globalista no ha sido
elegido, ni por los votantes del Reino Unido, ni por su propio
partido parlamentario, sino por los financieros y tecnócratas
internacionales que, tal como hicieron en Rusia y hacen en Ucrania,
ahora dictan no sólo nuestras políticas económicas, sino también
nuestra política estatal.
Permítanme aclarar lo
que quiero decir y lo que no quiero decir con esta comparación, en
un esfuerzo por evitar algunas de las refutaciones más tontas de los
paladines de la OTAN que agitan la union-jack [bandera
británica].
No estoy diciendo
que la Rusia postsoviética sea un espejo del Reino Unido en 2023.
Las diferencias entre las
circunstancias históricas y las economías de los dos países son
demasiado grandes. Lo que estoy argumentando es que la destrucción
controlada de la economía rusa tras la disolución de la Unión
Soviética, ofrece una imagen de hacia dónde nos dirigimos y por qué
estamos siendo conducidos hacia tal fin. Los oligarcas rusos y
ucranianos no sólo estaban motivados por la riqueza que podían
sacar de sus países y llevarla a jurisdicciones fiscales
extraterritoriales administradas por asesores financieros en la City
de Londres; estaban, y están, interesados en el poder político que
les otorgaba la riqueza. Y así como eligieron a Vladimir Putin para
ser el sucesor del tambaleante Boris Yeltsin, nuestros oligarcas han
elegido a Rishi Sunak como el sucesor del tambaleante Boris Johnson.
Sin embargo, mientras
Putin logró restar gran parte del poder que tanto oligarcas rusos
como ucranianos ejercían sobre la economía y la política de su
país, aumentando
el PIB, reduciendo la inflación y la deuda nacional, aumentando las
reservas de divisas, los ingresos, las pensiones y el valor de el
rublo, no podemos esperar tales milagros de Sunak, tan inmerso en
los bolsillos de sus equivalentes occidentales que apenas se le ve la
parte superior de la cabeza mientras brinca arriba y abajo dentro de
su cajón enjabonado.
El Reino Unido no ha sido
un estado democrático desde, al menos, marzo de 2020, cuando el país
fue colocado en un estado de facto. El Estado de Emergencia y
las miles de regulaciones que nos despojaron de nuestros derechos y
libertades, fueron hechos y aplicados por decreto ministerial sin la
supervisión o aprobación de nuestros representantes electos en el
Parlamento. Esas restricciones se levantaron en gran medida en marzo
de 2022, pero todavía son impuestas por empresas públicas y
privadas, incluidas las aerolíneas y el Servicio Nacional de Salud,
como condición de acceso, servicio o empleo. La decisión unilateral
de Sunak de imponer los programas y tecnologías de bioseguridad
nacional y la Agenda 2030 al margen de cualquier proceso democrático,
es la descarada prueba de que estamos gobernados por tecnocracias
internacionales de gobernanza global dirigidas por ejecutivos
corporativos, banqueros internacionales y tecnócratas designados por
el gobierno. Aunque hoy les llamemos “filántropos”,
“emprendedores” e “inversores globales”,
Las sanciones económicas
y culturales impuestas a Rusia y la inmensa inversión financiera y
militar en Ucrania por parte de este gobierno global desde marzo de
2022, son fundamentales para la guerra financiera que estos
globalistas occidentales están librando contra los oligarcas de
Rusia; pero, contrariamente a la retórica de nuestros políticos y
actores, no lo hacen para defender los derechos humanos de los
ucranianos y del gobierno títere instalado por el golpe de estado de
2014 diseñado por los EEUU, sino para emular, reemplazar y superar a
esa oligarquía en riqueza, influencia política y sobre todo control
sobre los inmensos recursos naturales de Rusia y, en lo inmediato,
los de Ucrania.
El reciente anuncio del
presidente Volodymyr Zelensky de que –tras los 100
mil millones de euros en ayuda militar, financiera y humanitaria
que Occidente entregó a su Gobierno en 2022– las
gestoras de activos estadounidenses BlackRock, JP Morgan y Goldman
Sachs “coordinarán” sus inversiones en Ucrania y en sus
vastos
recursos naturales, no solo en cereales, petróleo y gas, sino
también en los minerales y en el litio, que es el componente
principal de las baterías eléctricas, deberían demostrar a todos,
a todos excepto a los más fervientes fanáticos que ondean la
bandera azul y amarilla, cuál es el verdadero interés de Occidente
en esta fabricada “crisis” geopolítica, militar y energética.
Como anticipo para la neoliberalización
de Ucrania, Zelensky ya ha prohibido
los partidos políticos de la oposición, los sindicatos de
trabajadores y las plataformas de medios independientes, ha
aprobado leyes para privatizar empresas, bancos y activos estatales,
ha prometido desregular y reducir los impuestos a corporaciones y
empresas, ha
elaborado listas negras de periodistas críticos a las políticas
de su gobierno y ha pedido a la OTAN que lance ataques
nucleares preventivos contra Rusia.
Si queremos una imagen orientativa de
hacia dónde nos conduce este golpe globalista, impuesto con el falso pretexto de proteger nuestra salud de un nuevo virus mortal,
defender a Europa de "Loco Vlad" Putin y salvar el planeta del
calentamiento global propiciado por la humanidad: mirar más bien hacia la desigualdad
económica, la corrupción financiera, el arbitrario acoso al pueblo ruso, fijaos en el gobierno títere de Ucrania y en su corrupto presidente, es el lugar donde hay que buscar la imagen de nuestro futuro.
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