Voltaire.net.org
– 13/06/2023
Este artículo fue
redactado el 10 de junio. En aquel momento, las únicas informaciones
disponibles eran las que divulgaban Rusia y los estados mayores de
los países de la OTAN. Kiev había impuesto un silencio mediático
total sobre su contraofensiva. Quizás tendríamos que haber esperado
un poco antes de publicar este artículo. Pero también pensamos que
si Kiev hubiese logrado al menos romper la primera línea defensiva
rusa… lo habría anunciado. Por consiguiente, decidimos publicar
este análisis.
Tanques ucranianos, donados por la OTAN, destruidos
por el ejército de la Federación Rusa en el curso de la
"contraofensiva" de Ucrania
Las armas han hablado.
También ha hablado el momento de la verdad. La contraofensiva de
Kiev ha fracasado de manera lamentable. Los enormes volúmenes de
armamento enviados por los miembros de la OTAN han resultado
inútiles. El campo de batalla se ha cubierto de cadáveres de
soldados ucranianos enviados a morir inútilmente. Los territorios
cuyas poblaciones decidieron por vía de referéndum unirse a la
Federación Rusa seguirán siendo rusos.
Este “jaque mate” no
sólo marca el fin de la Ucrania que alguna vez conocimos. También
significa el fin de la dominación occidental, de un Occidente que
apostó por la mentira.
El nacimiento del mundo
multipolar puede llegar a concretarse durante este verano, en el
marco de varias cumbres internacionales. Se impone una manera de
pensar que no reconoce la fuerza como fuente del derecho.
En 6 días, del 4 al 10
de junio de 2023, la “contraofensiva” del ejército de Kiev se ha
convertido en una terrible derrota.
Las fuerzas rusas habían
construido dos líneas defensivas en la parte de la Novorossiya ya
liberada y en el Donbass. Los blindados occidentales de Kiev se
estrellaron contra la primera línea.
Las tropas de Kiev
arremetieron contra una docena de puntos con la esperanza de
recuperar el territorio «ocupado». Sus blindados no lograron
atravesar la primera línea defensiva rusa, se amontonaron frente a
ella y allí fueron destruidos uno por uno por la artillería y los
drones rusos.
Antes del inicio de la
contraofensiva de Kiev, el ejército ruso había destruido centros de
mando y arsenales de las fuerzas armadas ucranianas mediante ataques
con misiles. Gran parte de la defensa antiaérea recién instalada
había sido igualmente destruida con misiles hipersónicos. Al
carecer de los medios antiaéreos destruidos, las fuerzas ucranianas
no pudieron llevar a cabo las acciones que la OTAN había
planificado.
Exceptuando su sistema de
neutralización electrónica de los medios de control del armamento
de la OTAN y algunos de sus misiles hipersónicos, Rusia no recurrió
a sus nuevas armas.
La frontera se ha
convertido en un extenso cementerio de hombres y blindados. Los
aeródromos ucranianos están plagados de restos humeantes de aviones
MiG-29 y F-16.
Los estados mayores de
Estados Unidos, de la OTAN y de Ucrania se acusan entre sí de este
histórico desastre. Nadie quiere cargar con la responsabilidad de la
derrota. Varios miles de militares ucranianos han muerto inútilmente
y 500 000 millones de dólares se han perdido en un gasto igualmente
inútil. Las armas occidentales que hacían temblar el mundo en los
años 1990 no han servido de nada ante el arsenal ruso de hoy. La
fuerza ha cambiado de bando.
En este momento, ya se
imponen dos conclusiones:
No debemos confundir
el ejército ucraniano con los «nacionalistas integristas»
Ya no existe un ejército
ucraniano capaz de librar una guerra de alta intensidad, pero Kiev
todavía cuenta con las fuerzas integradas por los «nacionalistas
integristas» –a veces denominadas «banderistas» o
«ukronazis». Sin embargo, esas fuerzas no cuentan con la
preparación necesaria para asumir un conflicto de alta intensidad
–su experiencia se limita a la participación en enfrentamientos de
baja intensidad. Sus cabecillas lucharon en Chechenia –a finales de
los años 1990– bajo las órdenes de la CIA estadounidense y de los
servicios secretos de la OTAN, y a veces en Siria –en los años
2020. Están entrenados para cometer asesinatos selectivos, realizar
acciones de sabotaje y perpetrar masacres contra civiles. La guerra
de alta intensidad está por encima de sus “capacidades”.
Esos elementos han
logrado:
—Sabotear los
gasoductos ruso-germano-franco-neerlandeses Nord Stream y Nord Stream
2, el 26 de septiembre de 2022, para sumir a Alemania, y la Unión
Europea en general, en la recesión
—Sabotear el puente que
atraviesa el estrecho de Kerch, conocido como el «Puente de
Crimea», el 8 de octubre de 2022
—Atacar con drones el
Kremlin, el 3 de mayo de 2023
—Atacar con drones el
barco ruso Ivan Kurs, que defendía el gasoducto Turkish
Stream en el Mar Negro, el 26 de mayo de 2023
—Sabotear la represa de
Kajovka, para dividir en dos la Novorossiya, el 6 de junio de 2023
—Volar la tubería
destinada al transporte de amoníaco entre Togliatti (en Rusia) y
Odesa (en Ucrania), el 7 de junio de 2023, para sabotear la
producción rusa de fertilizantes.
Como en las dos Guerras
Mundiales y durante la guerra fría, los «nacionalistas
integristas» ucranianos han demostrado sus “habilidades” en
materia de terrorismo, pero no han tenido ningún papel decisivo en
el campo de batalla.
En este momento es más
importante que nunca percibir la diferencia entre los ucranianos, los
militares, que creían defender a su pueblo, y los «nacionalistas
integristas» [1], indiferentes estos últimos a la
protección de sus compatriotas y que a lo largo de todo un siglo han
demostrado tener como único objetivo la erradicación de los rusos y
de la cultura rusa.
La Ucrania que alguna
vez conocimos ya no existe
Lo que hoy queda de
Ucrania es sobre todo un poder de comunicación. Kiev ha logrado
hacer creer que el golpe de Estado de 2014, el derrocamiento de un
presidente democráticamente electo para poner en el poder a los
«nacionalistas integristas», fue una «revolución».
También ha logrado disimular el hecho que el régimen nacido de
aquel golpe de Estado reprimió a los ucranianos del Donbass, les
negó el acceso a los servicios públicos, negó el pago de los
salarios a los funcionarios en aquella región, negó el pago de las
jubilaciones y acabo bombardeando las ciudades del Donbass. Y también
ha logrado hacer creer en Occidente que Ucrania era un país
homogéneo donde un solo grupo poblacional siempre vivió una
historia común.
Como en la mayoría de
las guerras, existe en Ucrania el factor «guerra civil» [2].
Todos pueden comprobar ahora que –a pesar de todo lo que se ha
hecho para tratar de negarlo– el análisis que Vladimir Putin
publicó en su momento no es una “reconstrucción” de la historia
sino una verdad acorde con los hechos. El pueblo del Donbass es
profundamente ruso. El pueblo de la Novorossiya, aunque su historia
es diferente a la de Rusia (nunca existió en la Novorossiya el
sistema de explotación de los siervos), también es de cultura rusa.
A lo largo de la historia, Ucrania sólo existió como Estado
independiente durante un decenio –durante los agitados periodos de
1917-1922 y 1941-1945–, al que se agregó después el periodo
iniciado en 1991, a raíz de la disolución de la URSS.
Durante esos breves
periodos, Kiev emprendió limpiezas étnicas y masacró a los propios
ucranianos. Primero, cuando los nacionalistas integristas estuvieron
en el poder –en 1917-1922, con el régimen de Petliura, y en
1941-1945, con el colaborador de los nazis Stepan Bandera. En
2014-2022, volvió a suceder lo mismo –bajo los presidentes Petro
Porochenko y Volodimir Zelenski. O sea, en un siglo, los
«nacionalistas integristas» ucranianos –así se designan ellos
mismos– han asesinado a más de 3 millones de sus compatriotas.
Durante la Primera Guerra
Mundial, la población de la Novorossiya se sublevó contra Kiev, con
el anarquista Nestor Majno. Durante la Segunda Guerra Mundial, la
población del Donbass y la población de la Novorossiya se
sublevaron, como pueblos soviéticos, contra el régimen impuesto en
Kiev por los ocupantes nazis y sus colaboradores ucranianos. Esas
poblaciones luchan hoy, junto a las fuerzas rusas, contra los
«nacionalistas integristas» de Kiev.
La única manera de
evitar nuevas masacres es separar a los «nacionalistas
integristas» de las poblaciones de cultura rusa que estos se
empeñan en tratar de aniquilar [3].
Dado el hecho que la OTAN
organizó un golpe de Estado en 2014, puso a los «nacionalistas
integristas» en el poder y emprendió una verdadera guerra
contra las poblaciones de las regiones de cultura rusa, es evidente
que el país ya está dividido y que la única solución para el
actual conflicto es dejar a esos elementos en el poder… en Kiev.
Tocará a los ucranianos –y sólo a ellos– la tarea de sacarlos
definitivamente del poder.
El conflicto actual ha
iniciado el proceso. En las regiones liberadas por las fuerzas rusas
los pobladores decidieron, mediante referéndums populares, unirse a
la Federación Rusa. El presidente Vladimir Putin, interrumpió el
avance inicial del año pasado para dejar espacio a las negociaciones
con Ucrania, realizadas primero en Bielorrusia y posteriormente en
Turquía. La región de Odesa es ucraniana, de jure, pero es
culturalmente rusa. De jure, Transnistria sigue siendo moldava
pero también es culturalmente rusa.
Técnicamente, la guerra
puede considerarse terminada. Ninguna ofensiva de Kiev podrá
modificar las nuevas fronteras surgidas del conflicto. Es cierto que
los combates pueden prolongarse por mucho tiempo y que las partes
están lejos de concluir un tratado de paz.
Pero también es cierto
que las armas han hablado y que la suerte está echada. Y que también
queda un problema en Ucrania, así como en Moldavia: la región de
Odesa y la de Transnistria todavía no han pasado a ser rusas.
Lo más importante, sin
embargo, es que aún subsiste un problema de fondo. En violación de
sus compromisos orales y escritos, las potencias de la OTAN han
acumulado enormes volúmenes de armamento estadounidense junto a la
frontera de Rusia, cuya seguridad sigue estando en peligro.
NOTAS
[1] «¿Quiénes
son los nacionalistas integristas ucranianos?», por
Thierry Meyssan, Red Voltaire, 17 de noviembre de 2022.
[2] «¿Es
una guerra civil lo que vemos en Ucrania?», Red Voltaire,
18 de noviembre de 2022.
[3] «Ucrania
y la Segunda Guerra Mundial como conflicto inconcluso», por
Thierry Meyssan, Red Voltaire, 26 de abril de 2022.
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