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11 agosto, 2018

Cuando los bárbaros invadieron la periferia ——— Miquel Amorós


El proceso de capitalización de la montaña pirenaica




Mercantilización y destrucción del Pirineo catalán

En un mundo globalizado, luego en una sociedad urbanizada, donde buena parte de la población tiene bastante capacidad adquisitiva, vehículo propio y suficiente tiempo “libre”, los servicios de relax y evasión llegan a ser el sector de la economía más expansivo. En la sociedad de consumo el ocio ocupa un lugar cada vez más importante en la vida alienada. En la periferia, al colapsarse la producción industrial por falta de competitividad y escasa innovación tecnológica, la economía se refugia en otras actividades con menor valor añadido, por ejemplo, la logística, la construcción y por encima de todo el turismo de masas. Este es el caso del Estado español, y como corolario, el de Cataluña. Una vez pasada la crisis de 2008-2014, concretamente en el ámbito catalán, el turismo industrial se ha convertido en el motor económico principal, lo que supone inevitablemente un impacto y una alteración profunda del territorio, cualitativamente superiores a todo lo sucedido hasta ahora. Una huella ecológica superlativa. 

El turismo “es una fuente de riqueza” y un “impulsor del crecimiento”, dice un tecnócrata de la Generalitat, pero también es una industria que ocasiona trastornos inmediatos; es un factor de desequilibrio y de trivialización de primera magnitud, además de un yacimiento de trabajos basura y un promotor vigoroso de la construcción y de la alimentación industrial. Las inversiones foráneas, la edificación de nuevas urbanizaciones, equipamientos e infraestructuras, la sobreexplotación del patrimonio histórico, cultural y paisajístico, el despilfarro de energía, la contaminación y la acumulación de residuos a gran escala, etc., son los heraldos de una nueva realidad territorial. Estas señales tan bárbaras revelan el verdadero significado de lo que los dirigentes, técnicos, expertos y asesores llaman “poner en valor” el territorio, “optimizar” sus recursos, “rentabilizarlo”, y como colofón, “fomentar tejido emprendedor” y “ejercitar liderazgos”. Este léxico, pedido prestado al márketing, revela claramente la transformación del territorio en mercancía. En consecuencia, patrimonio, costumbres, historia y naturaleza constituyen un capital de nuevo tipo. Cuando acabe el proceso de valorización, que también es de reglamentación, cualquier otra actividad que no encaje en la “oferta” territorial, o sea, que no acarree beneficios pecuniarios, como por ejemplo, la agricultura y la ganadería tradicionales, la cooperación desinteresada, el trueque, la hospitalidad y el esparcimiento gratuito, tienen los días contados. Pagaremos por todo, tanto por las setas recogidas, como por acampar o contemplar de cerca un salto de agua. La rentabilidad del negocio del esparcimiento obligará a ello si es que no lo ha hecho ya. La gestión del territorio como si se tratara de una empresa, o dicho de forma más técnica, su transformación en “marca”, dejará a sus habitantes fuera de las decisiones, expropiados, puesto que las únicas necesidades que importan son las exigidas por la acumulación de capitales y las dinámicas de poder, no las del vecindario. La vida en las comarcas de montaña quedará entonces totalmente redefinida por las jerarquías políticas, administrativas y financieras que determinan en cada momento el uso del territorio, uso fijado por continuos planes de desarrollo, a cada cual peor.

La cosa viene de lejos. Lo que contemplamos hoy no es más que la integración de un mercado regional en un mercado global. El proceso de mercantilización en las montañas pirenaicas empezó durante los años sesenta con la construcción de las estaciones de esquí de Baqueira-Beret y La Masella (ya existían las de La Molina y Vall de Núria). Dicho proceso no tomó nuevos bríos hasta mediado los años ochenta con el boom de las segundas residencias, disparándose una década más tarde con la apertura de nuevas pistas (actualmente son diecisiete), la nieve artificial, la popularidad de los deportes de aventura y la práctica del alojamiento rural. 

La primera fase no tuvo gran impacto, pues el coche utilitario no daba para mucho y el televisor, que hacía su aparición en los hogares proletarios, mantenía pegados los individuos a sus sillones. 

La segunda fue peor, ya que la motorización general acrecentó sobremanera la movilidad ciudadana y la frecuentación multitudinaria. El ocio se “democratizaba”; un primer plan de ordenación de las estaciones trataba de perfilar el negocio de la montaña mientras la despoblación se detenía en esas alturas. La decadencia de la ganadería y la agricultura de siempre, la crisis definitiva del textil y el cierre de la minería, abrieron la puerta de par en par a la explotación intensiva de la nieve, los ríos, los prados, los bosques, las cumbres, las masías y los senderos. 

La tercera fase, correspondiente a la creación de la marca Pirineos, requirió la ayuda del Estado y la inyección de capitales. La conectividad con los centros emisores de turistas se volvió esencial. Por eso eran necesarios grandes gastos en carreteras, pistas, accesos, líneas de alta tensión, canalizaciones, vertederos, túneles, viaductos, etc. Hoy, miles de vehículos circulan a diario por la zona provocando embotellamientos durante los fines de semana y los periodos vacacionales, lo cual exige perentoriamente nuevos carriles, desdoblamientos, variantes, nuevos enlaces y mejoras diversas. Urgían desembolsos de consideración en equipos, suministros y servicios complementarios, como por ejemplo aparcamientos, telesillas, gasolineras, depósitos de agua para los cañones de nieve, caballerías, garajes, almacenes, hangares, comercios, etc. El tramo de autopista Barcelona-Manresa quedó dispuesto en 1994 y la autovía Manresa-Berga, en 1999, favoreciendo como nunca la llegada del alud urbanita. Barcelona engullía a Cataluña: las condiciones barcelonesas de vida se habían extendido por todas partes. En las comarcas, la población entera se convertía en rehén de una economía caníbal irradiada desde la metrópolis. 

La cuarta fase, la de la internacionalización de la marca, está relacionada con la llegada masiva de turistas de otras regiones españolas y extranjeros (el 40% del total). Comenzó en 2004 con el Plan estratégico del Turismo de la Nieve y la creación de la Eurorregión Pirineos-Mediterráneo, una estructura transnacional, constituye un salto cualitativo en el desarrollo desequilibrado y violento del territorio, fundado en un incremento superior de instalaciones, la ampliación de la red de transporte y una desintegración social calculada. El proyecto disparatado del macrocomplejo de la Vallfosca, una especie de Eurovegas pirenaico, ilustra si necesidad había el delirio desarrollista de los dirigentes actuales. El crecimiento no puede demorarse. Gracias a la aportación interesada de capital exterior, el territorio montano está siendo “ordenado” con planes territoriales para soportar la llegada de un montón suplementario de turistas venidos de otra parte. Los billetes de avión, la visita a los casinos y el paseo por la playa irán incluidas en el lote. El objetivo no puede ser otro que la completa transformación de las comarcas pirenaicas en un grandioso parque temático, una disneylandia alpina.

La industrialización de la economía catalana primero, seguida de la terciarización, habían creado un monstruo, el área metropolitana barcelonesa, que formaba un sistema urbano con otras conurbaciones menores conectado por autovías, autopistas y circunvalaciones. Y aquel monstruo albergaba a una extensa clase media con unas ansias de consumir territorio a tener muy en cuenta. Mientras tanto, la vida en la metrópolis había llegado a ser tan pobre, tan claustrofóbica, que las ganas de desconectarse auque fuera sólo un poco, de escapar hacia la naturaleza como antes hacían los burgueses y los aristócratas, fueron irreprimibles. Para esta clase, y para el proletariado que la imitaba en lo que podía, la ociosidad no era descanso e inactividad, sino ponerse en movimiento y hacer cualquier cosa que estuviera de moda para llenar su vacía existencia. Así pues, el aburrimiento y el hastío de las nuevas clases medias dieron lugar a la mercantilización del ocio, mediante la cual éste se volvía trabajo. El tiempo “libre”, gracias al estrés y al vacío de la vida privada en la conurbación, se convirtió en la materia prima de una industria capaz de empujar hacia arriba la demografía comarcal pirenaica, desarticular el territorio, orientar la vida de su gente hacia el consumismo, halagar el mal gusto de los visitantes y arruinar la belleza del entorno. El bronceado de montaña se volverá entre los metropolitanos un detalle de distinción, un trofeo, el rasgo diferencial de la marca Pirineos. El régimen capitalista tenía en los fugitivos de la metrópolis a su base social más ferviente, dispuesta a votar disciplinadamente a cualquier candidato pro turismo, y todos lo eran. Mientras esto sucedía, los grandes beneficiarios de la invasión de los excursionistas motorizados domingueros venidos de todas partes se relamían por el éxito en FITUR y por el reconocimiento de la zona pirenaica como destino turístico de excelencia por parte de la Unión Europea. Los Pirineos se sumergían en el mercado europeo y Barcelona compartía con otras conurbaciones transfronterizas la función colonizadora que antaño tenía en exclusiva. Era la plasmación última de la idea de progreso: el dominio nocivo y maligno de la naturaleza y la sociedad montañera por la ciencia, la tecnología, la economía y el Estado.

Todo el deporte de montaña, de la helibike al barranquismo, del trekking al snowboard, del parapente al esquí nórdico, es una concreción de la mentalidad capitalista primigenia: gusto por la competición, superación del obstáculo, resiliencia, culto al esfuerzo, atracción por el riesgo, exhibicionismo… No obstante, a los directivos síquicamente agotados por el trabajo el comercio montaraz dispone una cura a base de hidroterapia y tratamientos sicofísicos (wellness). El espíritu del capitalismo renace a partes iguales con la imagen del deportista y la del ejecutivo neurótico, pero todavía más en los especuladores: Los negocios inmobiliarios de la costa y el área metropolitana se dan con menos trabas en las comarcas del interior, ya que no hay oposición local efectiva, así que la ganancia es lo único que cuenta y el beneficio económico del turismo, comparado con el de cualquier otra actividad anterior, es de una superioridad aplastante. Hoteles, cámpings, campos de golf, promociones, discotecas, locales de comida basura, centros comerciales y automóviles a espuertas, reproducen las condiciones del hábitat urbano e imponen los valores de una vida prisionera del consumo. Suben los precios de la tierra y de los alquileres de las casas, el folklore local se degrada en espectáculo, las fiestas adquieren un toque superficial y carnavalero; el pasado se museifica y en definitiva los nexos morales se cambian por otros comerciales. El turista no tiene ningún interés en conocer los lugares que pisa y menos aún sus habitantes, por lo que se conformará con estereotipos. No es demasiado partidario de la autenticidad: con unos pocos elementos de color local y unos cuantos productos típicos tendrá suficiente. El ángel del kitsch le acompaña y protege de una originalidad excesiva: la vulgaridad y el mal gusto mandan. Podemos decir que la metrópolis proporciona una nueva forma material y espiritual al territorio; lo uniformiza, lo debilita y lo corroe sin que éste pueda defenderse, falto de fuerzas y medios. El turismo deja la sociabilidad local en una situación mucho más frágil que antes. Fin del espíritu comunitario, de la mano solidaria, de la mismísima noción de pueblo. 

Cuando el coche se convierte en una especie de prótesis del habitante de la gran urbe, el territorio se encuentra sometido absolutamente por ella y acaba por reflejarla en todos sus aspectos. Es ya un espacio periurbano, un satélite de la aglomeración metropolitana. La vida parasitaria ahora desempeña en él un papel decisivo y de rebote nacen nuevas clases emprendedoras y neorrurales ligadas directa o indirectamente al desarrollo unidireccional establecido. Para cambiar las cosas en el campo habría que cambiarlas en la ciudad. Para rehacer una vida sin apremios económicos en la periferia sería necesario desmantelar el centro. Nada liberador será posible si no salimos del capitalismo, pero no saldremos de él si dejamos atrás intactas todas sus estructuras.

A medida que las fuerzas destructivas del entramado turístico ganan terreno, se diversifican y se desestacionalizan, los espacios agrestes se masifican y despersonalizan, el paisaje se erosiona y la naturaleza retrocede; la flora se marchita pronto y la fauna se contrae y emigra a donde puede. Las contradicciones del desarrollismo se manifiestan en forma de urbanización desbocada, crisis ecológica, agotamiento de recursos y malestar social. Aunque la conciencia del carácter eminentemente devastador del crecimiento económico no surja de forma clara como oposición frontal fuera de minorías que se empeñan contra viento y marea en la defensa del territorio, la inquietud de quienes dependen económicamente del turismo ante las pérdidas debidas a la saturación, ha despertado una determinada sensibilidad por la conservación y la protección del medio. La expresión mágica de “turismo sostenible” se halla en boca de los representantes de los denominados “actores sociales”: organizaciones de empresarios, administración, grupos ecologistas, sindicatos y partidos políticos. Si bien el modelo de mercado permanece incuestionable, en paralelo sale la propuesta de “desarrollo local alternativo”. Esta clase de desarrollo quiere ligar consumo, estropicio y crecimiento con reposición y equidad, a base de “instrumentos de intervención y transformación de la economía”, es decir, con leyes, ordenanzas, tasas, contratos y programas promovidos o apoyados por las instituciones. No se pretende una desmercantilización del territorio, sino una explotación menos agresiva, recurriendo a una red económica marginal que sirva de paliativo y haga contrapeso al saqueo imparable del desarrollo puro y duro. Nada se cuestiona, ciertamente no el sistema capitalista. Se reivindica un uso sostenible del suelo sin pensar en desurbanizarlo; se pondera el derecho a escoger y cultivar los propios alimentos sin tocar la industria agroalimentaria; se piden normas racionales sin derogar las directrices actuales bastante permisivas en lo que se refiere a negocios dudosos; se reivindica un derecho consuetudinario sin menoscabar el derecho mercantil; en resumen, se reclama un turismo menos convencional, más ecológico, ignorando que ecología y turismo son términos antitéticos. 

En cualquier caso, ese turismo de algodón nunca alcanzará más que una parte minúscula de la demanda; nada comparable con el turismo de masas. Sin embargo, las nuevas clases medias de las comarcas pirenaicas observan la destrucción del territorio con preocupación, puesto que sus intereses salen a la larga perjudicados, pero no desean enfrentarse con los responsables. Son románticas y materialistas al mismo tiempo, burguesas y populistas. Están sentadas entre dos sillas. Quieren desarrollo y progreso sin las consecuencias que se derivan de los mismos. Quieren relaciones equilibradas con el medio sin sacarlo de la economía de mercado ni de la tutela del Estado: quieren a fin de cuentas la lluvia (o mejor la nieve) y el buen tiempo.

Ni la regeneración del territorio, ni la restitución a sus auténticos pobladores, pueden hacerse a medias, ni tampoco pueden llevarse a cabo legítimamente desde la administración, la política o la propia economía. La cogestión entre autoridades, sindicatos, clubes juveniles y empresarios, sólo es un mecanismo para armonizar el desarrollo más catastrofista con los intereses de la población medio domesticada, con el fin de hacer innecesarios los conflictos. Los típicos clichés de “sostenibilidad”, “responsabilidad”, “participación”, “democracia transversal”, “calidad”, “proximidad”, etc, lo demuestran bien a las claras. La democracia territorial es algo completamente diferente y tiene más que ver con la capacidad vecinal de organizarse autónomamente y de vivir en común sin mediaciones mercantiles ni dirigentes. Para revitalizar el territorio hay que desparasitarlo, lo que equivale a sacarlo de la economía mediante una acción descentralizadora, desindustrializadora y desurbanizadora que comportaría por un lado, un enfrentamiento con las clases dominantes y sus servidores políticos, y por el otro, una ruralización salvaje. Los ruralistas han de sostenerse en base a un compromiso sólido, pues necesitan objetivos claros y estrategias a medida. Las ocupaciones y movilizaciones en defensa del territorio han de permitir una correlación de fuerzas favorable a la autonomía campesina, lo justo para animar otro tipo de huida de las conurbaciones, de modo que no solamente se puedan repoblar los lugares abandonados o a trance de serlo, sino que además se pueda articular una red campesina y ganadera resistente a las normas, los reglamentos y los controles administrativos. A pesar de que cerca de quinientos municipios catalanes están en peligro de extinción al caer fuera de los circuitos turísticos, cada vez resulta más difícil una repoblación libre y una agricultura independiente. El Estado se mete por en medio cuando no lo hacen las fuerzas vivas municipales o los hombres de negocios, proscribe la ocupación de tierras y casas abandonadas, registra el ganado, cuenta los árboles y los cultivos, vigila las simientes, detecta a los huéspedes, en fin, regula de toda actividad. Obliga a etiquetar los productos, fotografía los edificios y propiedades, prohíbe la venta directa, fija cuotas y precios, especifica pagos y cobra impuestos. Pocos son los que se quejan abiertamente y su voz no se oye de lejos. Otros prefieren ser “pragmáticos” y pasar por el aro. A pesar de todo, la lucha continúa.

Dada la opinión mayoritariamente favorable al turismo de la vecindad, la defensa del territorio ha de empeñarse seriamente en una campaña de información. Por otro lado, convendría remarcar sus dos vertientes, la desmanteladora y la reconstructora. Es una doble lucha por liberar el territorio de la economía y por impulsar una vida libre en el campo, arraigada, en equilibrio con el entorno y ajena tanto a la normativa como a la mística. Es una pelea constante por frenar los grandes proyectos inútiles de las constructoras y los gobiernos y por cerrar el paso a las frenéticas hordas urbanas y a las complacientes administraciones locales. Un combate para crear formas de autogobierno y de trabajo colectivo, para volver a los concejos abiertos (en el Berguedà había dos, Fígols y Sant Jaume de Frontanyà), a las las juntas vecinales, los campos abiertos y los bienes comunales. Por consiguiente, también es una lucha por reencontrar la ciudad, por darle dimensiones humanas y ponerla en marcha desde el ágora. No puede existir un territorio libre envolviendo a una urbe esclava, ni una ciudad emancipada dentro de un territorio subordinado.

Miquel Amorós - Charla del 24 de febrero d 2018 en el casal d’avis de Berga, celebrando el séptimo aniversario del grupo Piolet Negre.


14 julio, 2018

“Vacaciones sin cámara no son vacaciones” (O la condición audiovisual del Turismo) – Isabel Escudero







Las señales más inequívocas que marcan la identidad del turista es que, independientemente de su sexo, edad, o condición, es un viajante que carga con una camarita de fotos o de vídeo, o las dos, alternativamente o al mismo tiempo. Se trata de ir visualizándolo todo y almacenándolo, aplazándolo para un futuro ideal donde aquello que se mira pero no se ve (porque desde luego el que mira difícilmente ve, pero más imposible es aún que vea si se filma o graba) pueda ser visto después ya desactivado de cualquier temblor o descubrimiento imprevisto, ya asimilado y domesticado, en condiciones inofensivas: tranquilamente en casa y en papel o pantallita para que así cualquier cosa, paisaje o rostro, sea lo más parecido al reclamo publicitario que ya aparecía en el anuncio o el folleto donde se te incitaba a ir al sitio que fuera. Con lo cual se ha conseguido cerrar el ciclo sin que pase nada: lo que se ha conseguido es reproducir por cuenta y gasto del viajante lo que ya estaba en el folleto y para lo cual no hubiera hecho falta que moviésemos un solo pié. En eso ha consistido básicamente su viaje, en la ilusión de un futuro vacío. Es como si los ojos ya hubieran perdido su función primordial de ver y tal función es sustituida por un mirar mediado a través de un vidrio o pantallita que aplaza la visión directa y el descubrimiento de cualquier cosa imprevista. 

Esta impostura, esta sustitución del viaje y las viejas curiosidades del mundo desconocido, por la apropiación audiovisual de cualquier cosa, ya se inició hace varias décadas con la imposición de la fotografía y la compra de cámaras fotográficas. Aquel primer slogan publicitario para nuestros padres “Vacaciones sin Kodak no son vacaciones” no ha hecho más que progresar y refinarse; y ya no se trata de aquello de la foto y el álbum para enseñar a los amigos, algo relativamente inocente si lo comparamos con la depredación actual de la captura audiovisual En mi último viaje a Roma me atreví a visitar de nuevo y no sin miedo la Capilla Sixtina tras veinte años desde mi última visita. El Vaticano, que es experto en los negocios del alma, sabe que, en el progreso del régimen tecno-democrático, las almas y sus cuerpos son entes audiovisuales por excelencia y así autoriza e invita –eso sí, sin flaxes– a la toma fotográfica y digital de la gloria eterna; porque si la fe de la vieja religión se asentaba en aquello de “creer en lo que no se ve”, la fe democrática actual bajo el imperio del Audiovisual, se fundamenta en “creer en lo que se ve”, de tal forma que hoy día visión y fe es lo mismos. La Realidad tal y como hoy se nos vende está perfectamente diseñada desde los intereses del Capital por la creación de necesidades falsas a través de la publicidad teniendo en cuenta esta relación indisoluble entre visión y fe.

Esa identidad y retroalimentación mutuas entre visión y fe es también la que mueve en gran parte a las oleadas de turistas de un lado para otro. Si existen Abisinia o Tomboctú, hay que verlo para creerlo, ir hasta allá y verlo con nuestros propios ojos, o sea no verlo sino ir a mirar y fotografiarlo, filmarlo, grabarlo y así ya tenemos los testimonios en conserva, pero eso sí fidedignos e irrefutables de que tales lugares existen ...Y de paso ¡esto en el fondo es lo primero! así me confirmo que yo existo, de que yo soy yo, fulanito o fulanita de tal, y ningún otro porque ¿recordáis aquello de la naranjita de Mairena?: el único modo de que yo sea idéntico a mi mismo es que sea el mismo aquí y acullá, porque es ese movimiento y desplazamiento de mí mismo lo que va a confirmar mi mismidad. ¿Cómo no voy a ser yo si desde Abisinia o Tomboctú llamo a mis parientes y les digo que “Estoy aquí” y así ellos se enteran de que yo, fulanita o fulanito de tal, soy más yo que nunca porque con tanta distancia y en medio de tanta –ahora lo llaman diversidad–siendo el mismo o la misma?

Era de esperar –así lo marcan los tiempos– que a estas alturas de la civilización y del progreso histórico el orden del individualismo personalizado propio de las Democracias desarrolladas el cuidado y hasta obsesión por la identidad personal requiera y use al máximo los mecanismos y operaciones que más contribuyan a la confirmación de esa identidad. Y desde luego no hay nada más eficaz que ese movimiento uniformemente acelerado de las masas de individuos personales sin descanso de un lado para otro. O sea el Turismo. Y a esa condición de Turista es a la que se destina a cualquiera habitante de este lado del mundo, del Régimen del Bienestar. Luego están los otros del otro lado que esos si se mueven en oleadas para alcanzar este paraíso del Bienestar son por razones muy distintas pero desde luego sean las sagradas que sean sus razones y necesidades serán aprovechados como muestras de la diversidad turística. Si no son devueltos como animales a sus míseros lugares originarios serán integrados y asimilados en las grandes Metrópolis como diversidades folklóricas para satisfacer ese otro movimiento del Turismo intraurbano que consiste en ir a comer a un “senegalés” a Lavapies, por ejemplo. Lo cual mueve también su dinerillo. No tanto desde luego como los grandes Tour Operator que son con mucho una de las más potentes maquinarias de mover Capital en el Régimen.

Sin este tráfico constante del ir y venir de las Almas democráticas, el Régimen se caería abajo. Es ese movimiento de dinero y personas el que lo sostiene. Incluso su poderío de ilusión mayoritaria ha llegado a cegarnos de su verdadero carácter de Trabajo. Pero eso sí por gusto y voluntad personal, y además como señal de bienestar y acomodo. Lástima da pensar que ahora que nadie trabaja ya de verdad y que entre esa balumba de cachivaches mecánicos y burocracias perezosas, la mayoría se escurría sin dar un palo al agua, tenga que venir ahora a imponerse el trabajo más cansado, el más disimulado con el envoltorio acaramelado del Turismo, cuando todos, o por lo menos bastantes, (no me digan que no), después de las obligadas y cortitas vacaciones que nos concede el Régimen, estamos deseando llegar a casita para descansar de ellas. Todos sabemos aunque no nos atrevamos a decirlo en voz alta que esto del Turismo es trabajos forzados y que el turista no es más que un esclavo de la última de las penitencias impuestas por el Régimen.
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04 agosto, 2017

Capitalismo y turismo en España. Del “milagro económico” a la “gran crisis” - Ivan Murray Mas




El presente trabajo aborda el papel central que ha jugado el negocio turístico en la economía española. La cuestión turística ha sido considerada a menudo como algo de escasa relevancia, e incluso hay quien sostiene que las bases morales de la dictadura se erosionaron gracias al turismo.

Sin embargo, mediante la expansión turística se consiguió salvar financieramente el régimen y también se asentaron las bases del modelo neoliberal español. Las zonas turísticas del litoral español se convirtieron en laboratorios desde donde se difundirían las estrategias espaciales del capital. Así pues, se perfiló como eje de expansión el nexo entre el sector financiero-inmobiliario y el turístico. Es por ello que el tsunami urbanizador ha azotado con gran intensidad el litoral turístico. Por otro lado, el hecho que el estado sea una de las primeras potencias turísticas del mundo, ha favorecido la aparición de gigantes empresariales turísticos que han protagonizado la colonización turística de nuevas periferias, especialmente en el Caribe.

Pero más allá de los relatos eufóricos sobre las andanzas del capital, el capitalismo hispano ha ido dejando unas enormes huellas ecológicas tras su paso, y tras las promesas del progreso, se ha cronificado el subdesarrollo social que situaba a la sociedad española a gran distancia respecto de los demás miembros de la eurozona. Después del reciente período de euforia del ladrillo, y también turística, la economía española se ha encallado en la Gran Depresión. Paradójicamente, las élites plantean como medicina, entre otras, nuevas dosis de cemento y turismo.



Capitalismo y turismo en España. Del “milagro económico” a la “gran crisis” es una obra de Ivan Murray Mas (Port de Sóller, 1970), geógrafo, profesor del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universitat de les Illes Balears, miembro del GIST (Grupo de Investigación en Sostenibilidad y Territorio) y del GinTrans2 (Grupo de Investigación Transdisciplinar en Transiciones Socioecológicas).

El libro puedes encontrarlo pinchando en este enlace

Para saber más de este libro y de su autor:


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Capitalismo y turismo en España. Del “milagro económico” a la “gran crisis”
Ivan Murray Mas

ÍNDICE

Prólogo, por Macià Blàzquez
Introdución

Capítulo 1
Del “milagro español” a la “modernización”: un breve recorrido del capitalismo hispano desde la Dictadura hasta el Neoliberalismo
1.1. Dictadura: proyecto de clase y geopolítico de las elites españolas e internacionales
1.2. La Transición hacia el neoliberalismo: la Cultura de la Transición y la “modernización”
1.3. Consolidación del proyecto neoliberal: PP+PSOE y las políticas financiero-inmobiliarias

Capítulo 2
El tránsito de la peseta al euro: aumento de la capacidad de compra (y del deterioro territorial y ecológico)
2.1. La peseta barata como pieza clave del capitalismo fordista español 
2.2. Los últimos suspiros de la peseta barata y la adopción del euro el milagro del euro y los ladrillos

Capítulo 3
La “fiesta del ladrillo” español: la particular vía de expansión del capitalismo español 
3.1. Del supuesto déficit de viviendas a la producción enfermiza de viviendas 
3.2. El capital extranjero viaja hacia el negocio inmobiliario español (y el español sale al extranjero): algo más que turismo residencial 
3.3. El marco institucional neoliberal pone gasolina al fuego del tsunami urbanizador: entrada del euro, dinero bancario, leyes del suelo y corrupción
3.4. El boom inmobiliario, paradigma de la economía especulativo-financiera 
el espejismo de las revalorizaciones y del efecto riqueza
3.5. El tsunami urbanizador va acompañado de un tsunami de mega-infraestructuras (con sello europeo) 
3.6. La oligarquía del ladrillo se hace transnacional 
3.7. Tambores de fin de fiesta: del ladrillo al kilovatio 
3.8. Y se terminó la “fiesta” 

Capítulo 4
La España “adulta”: de país periférico y globalizado a globalizador 
4.1. La “modernización” del aparato productivo español: privatizaciones y consolidación de los “monstruos” empresariales españoles
4.2. El capital extranjero se adentra en el mundo financiero-corporativo español las inversiones extranjeras en España
4.3. El “músculo” globalizador de las ETN españolas y su desembarco en América Latina 

Capítulo 5
Del Spain is different a la globalización turística de “marca española” 
5.1. Breve recorrido histórico del turismo de masas en España
5.2. El negocio del ocio en el cambio de siglo: hacia el “todo turístico” (todo mercancía y espectáculo)
5.3. La importancia del turismo en la balanza de pagos: los turistas como medio para apuntalar una balanza comercial cada vez más deficitaria
5.4.¿Quién está tras la planta de alojamiento turístico? La empresa hotelera y su expansión internacional

Capítulo 6
Las otras cuentas de la “modernización” española: obesidad, gigantismo y “subdesarrollo social” 
6.1. Cambio metabólico del capitalismo español ¡Más materiales, es el ladrillazo! 
6.2. El capital español se come el territorio: la factura espacial de veinte años de “modernización” 
6.3. ¡El capitalismo español pisa fuerte! La huella ecológica de una potencia turístico-inmobiliaria planetaria
6.4. Acumulación por desposesión a través de la vía adquisitiva  el déficit comercial físico, marca de la casa
6.5. El “subdesarrollo social” español y la “desconvergencia social europea”

Capítulo 7
Epílogo: crisis y latinoamericanización 
7.1. No es un avión, no es una crisis... es un aterrizaje suave: los intentos desde el poder para ocultar la crisis mediante la confusión y el lanzamiento de políticas prociclo
7.2. Las mutaciones de la crisis: la alquimia del capital consigue transformar la crisis financiero-inmobiliaria en crisis de la deuda
7.3. Del shock social al asalto de las calles, mientras se preparan los “tanques” del capital para expoliar a la sociedad
7.4. ¡Más turismo es la crisis! Primaveras árabes, veranos españoles y la nueva ronda de mercantilización urbano-turística
7.5. Nuevas formas de organización social ante el austericidio:  el asalto a las instituciones

Bibliografía 



30 septiembre, 2016

TURISMO – Agustín García Calvo



He aquí otro de los vocablos ilustres con que el Régimen engaña a la gente y procura que siga rodando el mundo.

Párese el lector un momento a considerar, por un lado, el descaro con que el Capital y el Estado a su servicio lo emplean como un término inocente para designar la ocupación mayoritaria de los súbditos del Bienestar y, por otro lado, la facilidad con que los sujetos o personas consienten que se les aplique y que en aviones, automóviles o trenes se les clasifique como turistas: por encima están los sujetos preferentes y del business que se creen que son los que mueven el Capital, pero que lo que son es más turistas que nadie, y por debajo están los miserables que no tienen siquiera para pagarse una vueltecita por la tierra, que en realidad no cuentan ni hay por qué acordarse de ellos salvo si los Medios de vez en cuando nos presentan en espectáculo su miseria; pero las grandes mayorías se contentan con ser turistas y saber que lo mejor y solo que tienen que hacer en este mundo es eso: hacer turismo.

Vale la pena examinar un poco el término; porque a veces las etimologías de los vocablos de gran éxito entre los cultos y en los Medios descubren algo de la falsía que traen en sus entrañas. Éste viene, tortuosamente, de la raíz de nuestro ‘tornar’ (y las tornas y los turnos), originario del torno del tornero, pero que muy pronto tomó en vulgar el valor general de ‘dar la vuelta’ (de los primeros testimonios de lengua romance que nos han llegado es el de un legionario en campaña que le grita a otro “¡Torna, torna!”), que dio en francés tourner y tour, que de ahí pasa al inglés y del inglés al mundo, esto es, al de la cultura dominante. Con que, ya ves, lector, que por debajo, a pesar de todo, sigue significando ‘dar vueltas’, como el toro en el ruedo cuando ha perdido el ánimo de embestir.

Es, como sabes, empeño o necesidad del Capital moverse costantemente (y cada vez más de prisa) de acá para allá, por aviones, por las ondas, por la Red; y por eso tiene tanto interés en demostrar que la Tierra es redonda y gira sobre sí misma, y quiere que la mayoría colaboremos, haciendo turismo alrededor del Globo, en esa demostración. Yo que tú no me dejaría llamar turista tan resignadamente y contribuir a la labor funesta de “las vueltas que da el mundo/ para estarse quieto”.

Si de verdad no hubiera ya nada que hacer en este mundo y esta vida más que hacer turismo, no tendrían que estar cada día vendiéndotelo y promocionándotelo: temen que, una vez que ya sabes tanto de cómo es el Globo, se te quiten las ganas de ir a comprobar personalmente lo que te cuentan.