15 junio, 2020

LA POST PANDEMIA Y EL CAPITALISMO QUE VIENE — Marcos Roitman

Erik Thor Sandberg


EL SUDAMERICANO - 15/06/2020

La versatilidad del capitalismo no tiene límite, salvo la extinción de la especie y el colapso del planeta. Pero mientras esto sucede, sus cambios se aceleran en busca de una mayor tasa de explotación e incremento de beneficios. Si la lucha por la apropiación del plusvalor es una de las características de la contradicción capital-trabajo, hoy nos enfrentamos a una reinvención de las formas de dominación, enajenación del excedente y construcción de hegemonía.

El capitalismo digital se pone al día utilizando las nuevas tecnologías bajo la pandemia del Covid-19. Si hacemos historia, es un proceso similar al sufrido por el capitalismo histórico entre los siglos XVI y XVIII, donde la proto-industrialización y los descubrimientos científicos aceleraron el proceso de acumulación de capital y la revolución industrial. Sus fases van desde el capitalismo colonial, la esclavitud hasta el imperialismo y la consolidación de la dependencia industrial, tecnológica y financiera.

Sin embargo, su evolución ha tenido reveses. Los proyectos emancipadores anticapitalistas han trastocado sus planes, aunque sea de forma momentánea. Las luchas de resistencia, los procesos revolucionarios y los movimientos populares han alterado su itinerario, obligándolo a retroceder. El siglo XX ha dejado una huella difícil de borrar en su desarrollo. Fueron dos guerras mundiales, seguido del holocausto nuclear no exento de conspiraciones, golpes de estado y procesos desestabilizadores cuyos efectos los reconocemos en un crecimiento exponencial de la desigualdad, el hambre, la miseria y la sobrexplotación de un tercio de la población mundial.

En este recorrido, el fascismo, eje de la modernidad, se proyecta en el siglo XXI. El neoliberalismo asume sus principios y los gobernantes adoptan sus proclamas bajo un llamado a la xenofobia, el racismo y el discurso anticomunista. Como señaló George Mosse en su ensayo La nacionalización de las masas, Hitler y el nazismo se explican bajo un simbolismo, una liturgia y una estética que atrapó a la población bajo el culto al pueblo. Una nueva política que atrajo no sólo a los nacionalsocialistas, también a miembros de otros movimientos que encontraban su estilo atractivo y útil para sus propios propósitos. Léase Trump, Boris Johnson, Bolsonaro, Piñera o Duque.

En pleno siglo XXI, asistimos a tiempos convulsos. El capitalismo busca su reacomodo. Hacer frente a los problemas de organización, costos de explotación y reajustar la función del gobierno en la gestión privada de lo público. Igualmente debe pensar en una nueva división internacional de los mercados, la producción y el consumo. La digitalización, el big-data, la robotización y las tecnociencias se subsumen para responder a las lógicas del capital.

Asimismo, la dinámica de la complejidad aplicada al proceso productivo fija pautas en la especialización flexible, la deslocalización y el proceso de toma de decisiones. La realidad aumentada acelera la concentración de las decisiones y el acceso inmediato a los datos modifica las lógicas de un poder que se hace más arbitrario, violento y omnímodo. El traslado del mando real del proceso de decisiones a una zona gris, de difícil acceso, facilita eludir las responsabilidades políticas [o legales] o bien las oculta bajo el manto de la post-verdad o las mentiras en red.

La transición del capitalismo analógico al digital es ya una realidad. Algunos ejemplos nos dan pistas. Basta ver el mensaje lanzado por Inditex en España. El dueño de Zara, benefactor de la sanidad pública, hará desaparecer más de mil 200 tiendas en todo el mundo [dejando decenas de miles de trabajadoras en el paro], bajo la necesidad de estar en sincronía con las nuevas formas de compra-venta on line. Así, realizará una inversión de mil millones de euros en su reconversión digital en dos años (2020-2022), destinando mil 700 millones para trasformar sus locales al concepto de tienda integrada. Un servicio permanente al cliente allá donde se encuentre. En otras palabras, tendrá en su dispositivo portátil una aplicación de Zara.

En esta versión digital del capitalismo, otro de los cambios que llega para quedarse es el teletrabajo o trabajo en casa. Una vuelta de tuerca a la sobrexplotación. Los horarios, la disciplina y el control lo ejerce el trabajador sobre sí, lo cual supone un elevado nivel de estrés y jornadas ilimitadas.

En cuanto a la educación, en las universidades se baraja la idea de articular clases en las aulas con lecciones virtuales. Las lecciones presenciales irán perdiendo peso, hasta desdibujar el sentido que las vio nacer: forjar ciudadanía y aprender el valor de la crítica colectiva. La universidad se reducirá a expedir títulos donde el aprendizaje muta en autodidactismo.

El capitalismo post-pandemia acelera el cambio del mundo cotidiano. Las firmas digitales, las videoconferencias, el control biométrico, los diagnósticos por ordenador, son algunos de los cambios que terminarán generando una modificación antropobiológica del ser humano.

Y tal vez en este sentido, la lenta sustitución del dinero en efectivo, por el pago con tarjetas será fuente no sólo de mayor control social y poder de la banca: supondrá una mayor exclusión social. Quiénes tendrán y quiénes no tendrán tarjetas de crédito o débito. Suecia anuncia que el papel moneda se extinguirá dentro de la siguiente década. Más pobres, más esclavos de los bancos. Ese es el futuro incierto del capitalismo que viene tras la pandemia.

10 junio, 2020

[USA] "Abran fuego" — William J. Astore


Policía situada por encima de la ley, 
mientras la violencia se apodera de los Estados Unidos.



Fragmentos extraídos del artículo “Light 'Em Up”.
Traducción del inglés: Arrezafe

Desde el porche de sus casas, ciudadanos observan un cordón de policías barrer su pacífica calle en Minneapolis, Minnesota. Incómodos por ser filmados y excediéndose en sus funciones, la policía ordena a la gente entrar a sus casas. Cuando algunos de ellos obedecen lo suficientemente rápido, se ordena lo que tantas veces se pudo oír en las calles de las ciudades iraquíes y en las aldeas de Afganistán: "Abran fuego". Y así, estos estadounidenses "desobedientes" recibieron unas ráfagas no letales por el "crimen" de observar a la policía.



Han pasado años desde Ferguson hasta el momento presente, pero la policía de Estados Unidos se han unido oficialmente al ejército como guerreros "profesionales". A raíz del asesinato de George Floyd el 25 de mayo, esos aguerridos policías han salido a las calles de todo el país con un equipo y una actitud de combate. Ven a los manifestantes y a los periodistas que los cubren, como "el enemigo" y a sí mismos como la "delgada línea azul" de la ley y el orden.

La policía se emplea a fondo golpeando cabezas y cuerpos indefensos, utilizando armas generosamente financiadas por el contribuyente estadounidense: balas de goma, gas pimienta (como pudo experimentar en una protesta la congresista Joyce Beatty de Ohio), gases lacrimógenos (como experimentó el clero episcopal en una manifestación en Washington DC), botes de pintura y municiones "no letales" similares, junto con granadas aturdidoras (munición que dejó tuerto a un periodista fotográfico), porras y tasers, mientras conducen equipos militares excedentes como Humvees y MRAP. Incluso un avión no tripulado Predator que sobrevoló al menos una protesta.

¿Quién necesita un desfile militar, presidente Trump? Los estadounidenses están presenciando "desfiles" militares en todo el país. Su lema: fuerza y violencia. El resultado: multitud de estadounidenses heridos y dañados a su paso. Los desechos de las guerras imperialistas de Estados Unidos finalmente encontraron su lugar en Main Street, EEUU.

La policía tienen la culpa de gran parte de este caos. Los videoclips la muestran descontrolada, incitando a la violencia e infligiéndola, en lugar de desactivarla y prevenirla. Con demasiada frecuencia, "servir y proteger" se ha convertido en "disparar y golpear". Su actuación se asemeja al personaje Eric Cartman, de South Park, un niño inflamado por la posesión de una insignia y la posibilidad de infligir violencia física sin responsabilidad. "¡Respeta mi autoridad!", grita Cartman mientras golpea a un hombre inocente sin ninguna razón.

Apuntemos pues nuestras cámaras y señalemos a estos policías matones, documentemos sus crímenes, pero también expongamos con coraje un hecho: no es sólo su culpa.

¿Quién más tiene la culpa? Bueno, muchos de nosotros. ¡Cuán estúpidos hemos sido al tratar a los policías como héroes, tal como lo hemos estado estúpidamente haciendo durante tanto tiempo con el ejército de los Estados Unidos! 


Dime, quién otorgó a la policía una bandera estadounidense especialmente modificada para proclamar que "la vida azul importa", y cuándo sucedió exactamente eso, y por qué demonios tantas personas ondean estas banderas. ¿Ha olvidado todo el mundo la historia estadounidense y el uso de la policía (así como las unidades de la Guardia Nacional) para reprimir a los trabajadores y sus organizaciones, mantener a los negros y otras minorías en la marginación, intimidar al ciudadano común que protesta por un medio ambiente más limpio o golpear a hippies y pacifistas durante las protestas contra la guerra de Vietnam?

Las atroces guerras de ultramar emprendidas por Estados Unidos, y que se multiplicaron durante décadas a pesar de su sinsentido, finalmente han vuelto a su propia casa, a un imperio empobrecido en el que la violencia y la enfermedad son endémicas, a un imperio que se derrumba ante nuestros ojos.

"Cuando comienza el saqueo, comienza el tiroteo", amenazó con guerrero “estilo americano” el presuntuoso presidente estadounidense, alentando al racista jefe de la policía de Miami desde 1967. Una amenaza destinada a hacer de cualquier estadounidense cercano a una protesta una potencial víctima.

A medida que proliferan tales manifestaciones, los estadounidenses ahora se enfrentan a una perspectiva sombría: la posibilidad de ser heridos o asesinados, y luego despachados como "daños colaterales". Durante muchos años, este eufemismo militar, probadamente falso, se ha aplicado a los innumerables inocentes que han sufrido gravemente nuestras interminables guerras en el extranjero y ahora está volviendo a casa.

¿Qué se siente, Estados Unidos?

Recordemos que la policía, como el resto de las instituciones de poder de EEUU, son producto de una estructura sociopolítica intrínsecamente violenta, abiertamente racista, profundamente defectuosa y completamente corrompida por el dinero, el poder, la codicia y el privilegio. En tal sistema, ¿cómo vamos a esperar que el policía sea modelo de virtud y moderación?

La verdadera intención de toda esta jerigonza guerrera, ya sea aplicada a los militares o a la policía, es dividir al pueblo estadounidense y vincularlo a impersonales sistemas autoritarios, como el complejo militar-industrial-congresional.

A raíz del asesinato de George Floyd, la mentalidad bélica-mercenaria de la policía ha quedado claramente expuesta. ¿Cuál fue el gran "crimen" de Floyd? En el peor de los casos, y si fuera cierto, un intento de robo menor mediante un billete falso. George Floyd había perdido su trabajo debido a la crisis de Covid-19 y, como la mayoría, habría tenido suerte si hubiera llegado a ver el cheque único de 1.200 dólares, mientras los ricos y poderosos disfrutan de “ayudas” billonarias.

Rara vez se envía a la policía para detener y enjuiciar a los estafadores de cuello blanco. No he visto morir a ningún banquero en la calle, ahogado bajo la rodilla de un oficial de policía, ni tampoco a ningún gerifalte corporativo ser estrangulado por la policía. Es mucho más fácil asediar y arrestar al vulnerable ciudadano común que, si además es negro, su detención puede incluso desembocar en su muerte.

Philando Castile, afro-estadounidense y empleado de un comedor escolar, asesinado por la policía en un control de tránsito en Falcon Heights, Minnesota.
Agente de policía blanco filmado cuando mataba
a tiros y por la espalda a un hombre negro.

Gritarle la verdad al poder no es suficiente.

Gracias, pero quienes detentan el poder ya saben la verdad, y agregaría que están muy complacidos con su monopolizada versión de la misma. No es suficiente decirles que la policía es violenta, racista y antisocial. Ellos lo saben perfectamente. De hecho, cuentan con eso. Cuentan con la violencia de la policía para proteger sus elitistas intereses. Tampoco creen que el racismo sea lo peor del mundo, siempre y cuando no perjudique sus resultados financieros. Si se divide a la población haciéndola más explotable, tanto mejor. ¿Y a quién le importa si la policía es enemiga de los intereses de la clase trabajadora de la que provienen?

El presidente Trump lo sabe. Él habla de "dominar" a los manifestantes. Insiste en que deben ser arrestados y encarcelados por mucho tiempo. Después de todo, quienes protestan son "el otro", el enemigo, y él está dispuesto a gasearlos y acribillarlos con balas de goma para poder posar frente a una iglesia exhibiendo una Biblia.

Donald Trump junto a sus padres del KKK.

Hay que destacar la habilidad de Trump como constructor de muros. Y no, no me refiero a ese "muro grande, grueso y bello" erigido a lo largo de la frontera de Estados Unidos con México. Ha demostrado ser un maestro en la construcción de muros destinados a dividir a la población estadounidense, a separar a los republicanos de los demócratas, a los negros y a otros pueblos de color de los blancos, a los cristianos de los no cristianos, a los fervientes propietarios de armas de los defensores de su control y a la policía del resto del pueblo. “Divide y vencerás”, viejo lema del manual autoritario, y en eso Donald Trump es muy bueno.

Mi padre, bombero, sabía cómo apagar incendios, pero solía decirme que, “una vez el fuego se ha propagado a toda la casa, poco se puede hacer, excepto retroceder y contemplar cómo arde evitando su propagación”.

Las guerras emprendidas por Estados Unidos, siempre en tierras lejanas, han llegado a nuestra casa a lo grande. El país está siendo devorado por las llamas. Las alarmas suenan una y otra vez, y si no nos unimos para atajar el incendio, será completamente devorado por el fuego y nos encontraremos con lo poco que queda de nuestra democracia ardiendo con él.


08 junio, 2020

Filosofía útil — Luis Casado

La muerte y la lujuria representadas en el Reloj Astronómico de Praga 
foto: Ernesto agudo


piensaChile - 06/06/2017

Por útil no quiero decir rentable, ni transable, ni comerciable, ni intercambiable, ni susceptible de ser integrada en un paquete de valores titulizables en los mercados financieros. Si estuviese aquí Juan Danús, mi inolvidable profesor de filosofía en el Liceo de San Fernando, escuchar eso le provocaría una de sus memorables rabietas. No. Por útil entiendo provechosa o beneficiosa para el ser humano, para la vida cotidiana, para la coexistencia en sociedad, para la búsqueda y el hallazgo de la felicidad. Confiesa que no es poco.

En el siglo XIX Karl Marx aseguraba que, –hasta ese momento–, los filósofos solo habían intentado interpretar y explicar el mundo, y agregaba que en adelante se trataba de cambiarlo. Menuda tarea. Los filósofos de la Antigüedad, y te estoy hablando de hace 2 mil 500 años, ya se habían percatado que el mejor método para cambiar el mundo consiste en comenzar por cambiarse a sí mismo. No escapa a tu inconmensurable sagacidad que eso exige un acabado conocimiento de tu propia persona. Menuda tarea.

Hace unas semanas, Edmundo Moure nos deleitó abordando el espinudo tema de las “Vías de salvación y sanidad”, haciéndose eco de los terrores que suele generar en muchas personas la muerte, el más allá, el después, la travesía del Aqueronte.

Caronte (anónimo)

En la mitología griega Caronte es el barquero de Hades –dios cuyo dominio es la morada de los muertos–, encargado de conducir las sombras errantes de los difuntos al otro lado del río Aqueronte, siempre y cuando dispongan de un óbolo (antigua moneda griega de plata) para pagar el viaje.

Como ‘modelo de negó$io’ tiene dos ventajas: la concesión exclusiva, e innumerables clientes cautivos. Transantiago tiene precedentes. Más tarde, el cristianismo cambió el guión –o el script si prefieres– y aumentó la tarifa: si los griegos enterraban a sus muertos con una moneda bajo la lengua, los cristianos deben pagar, sufriendo en vida, el precio de la entrada al paraíso.

Afortunadamente para los destinos de la Humanidad, la Antigüedad nos dejó la huella de filósofos materialistas, cuya visión de la vida y la muerte es luminosa, solar, amigable. Epicuro, por ejemplo, que en su Carta a Meneceo nos aconseja filosofar siempre, sin importar si somos jóvenes o viejos. En esa breve misiva Epicuro dice:

“Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros. Porque todo bien y todo mal reside en la sensación: ahora bien, la muerte es la privación de toda sensibilidad. Por consiguiente, el conocimiento de esta verdad que la muerte no es nada para nosotros nos hace capaces de disfrutar de esta vida mortal, no por agregar la perspectiva de una duración infinita, sino quitándonos el deseo de la inmortalidad”.

En vez de vendernos la pomada de la vida eterna a la diestra de quien tú sabes, y una vida de sufrimientos como tarifa de entrada (“ganarás el pan con el sudor de tu frente, las mujeres parirán en el dolor…”), Epicuro sugiere no dejarse engrupir, no comprar el cuento del tío, no tragarse los mitos.

Así, ya te quitas de encima la angustia que genera el hecho de intentar alcanzar lo inalcanzable: la vida eterna.

“Sería en efecto un temor vano y sin objeto el que fuese producido por la espera de una cosa que no causa ningún problema con su presencia. Así, entre todos los males el que nos da más horror, la muerte, no es nada para nosotros, porque, mientras existimos, la muerte no está, y que, cuando la muerte existe, nosotros no estamos. Luego, la muerte no existe ni para los vivos ni para los muertos, porque no tiene nada que ver con los primeros, y que los segundos ya no están”.

No sé tú, pero servidor comprende que esto es un llamado a vivir a tope, sin inquietarse por lo que no existe. Y yo que sé, el infierno, los pecados mortales, la virginidad de María, tú me entiendes.

Luego, cuando digo vivir a tope, digo con la prudencia, la mesura y la frugalidad que aconseja Epicuro, para quien la sobriedad facilita una vida feliz. A cambio, el disfrute y el goce son tanto más intensos cuanto que no tienes en la cafetera una culpabilidad inducida gritándote: esto es pecado, lo otro está prohibido y lo demás engorda.

Por ahí recordé el Diálogo de José Luis, un amigo valenciano que filosofa sin saberlo. Cuando niño, José Luis frecuentó la escuela del franquismo, dominada por la Iglesia, como todas las escuelas de la España de entonces. Libertad de enseñanza le llamaban. Uno de esos días el cura de turno habló del pecado y sus terribles consecuencias. José Luis hizo el uno con el índice, y entonces se produjo el siguiente diálogo: José Luis: “Padre… ¿qué es pecado?” El cura: “Pecado, hijo mío, es todo lo que procura placer”.

A José Luis, como a millones y millones de víctimas del catecismo –me cuento entre ellas–, le llevó años liberarse de ese trauma. Si entre los 7 y los 10 años de edad nos hubiesen propuesto leer a Epicuro en vez de bombardearnos con el dogma doloroso, otro gallo hubiese cantado.

“Cuando decimos que el placer es el objetivo de la vida, no hablamos de los placeres de los voluptuosos inquietos, ni de los que consisten en el goce desenfrenado, como pretenden quienes ignoran nuestra doctrina, o que la combaten y la toman en un sentido errado. El placer del que hablamos es el que consiste, para el cuerpo, en no sufrir y, para el alma, en no tener inquietudes.”

Como ves, cae lejos de la adoración del dolor crístico, las flagelaciones, los cilicios, la agonía, y el sufrimiento erigidos en moneda de cambio ante San Pedro. Por otra parte, Epicuro –y otros filósofos de la Antigüedad– aconsejaban alejarse de todo lo que pudiese perturbar el alma. No solo lo decían: lo practicaban. Por eso su filosofía es útil. Porque no se trata de disquisiciones de experto en un lenguaje iniciático e incomprensible, sino en reglas de vida claras como el agua de roca.

Diógenes de Sinope

Epicuro tenía la prudencia por el mayor de los principios y el más grande los bienes, y aseguraba que es la fuente de todas las virtudes. Por eso decía:

“… no hay modo de vivir agradablemente si no se vive con prudencia, honestidad y justicia (…) y es imposible vivir con prudencia, honestidad y justicia si no se vive agradablemente”.

De dónde uno colige que los políticos contemporáneos padecen de pólipos rectales, son cornudos como Napoleón, impotentes como Pablo de Tarso y no están seguros de la paternidad de sus hijos. De otro modo no se comprende que sean tan imprudentes, tan deshonestos y estén tan alejados de la justicia.

Servidor intenta alejarse de lo que pudiese perturbarle el alma, y aunque no puede evitar los dolores físicos que trae consigo la edad adulta, no camina de rodillas para liberarse de pecados inexistentes. Tampoco aspira a ser rico como Luksic, visto que esa es una fuente inagotable de inquietudes del alma: pasas la mitad del día intentado aumentar tu patrimonio, y la otra mitad intentando evitar que te lo roben. Si no me crees, mírale la cara de estreñimiento a Andrónico.

Creo, con Epicuro, que todo placer es bueno. Lo que me hace pensar que escuché mal cuando en el Instituto Pedagógico de la Universidad Técnica del Estado, allá por el mes de marzo del año 1966, mi amigo, mi pana, mi hermano Danilo, me habló de algo que entendí era el ‘socialismo’. Danilo no lo confiesa pero tengo para mí que lo que dijo fue: ‘hedonismo’. Después fui a ver un otorrinolaringólogo, pero ya era tarde.

Un consejo: lee la Carta de Epicuro a Meneceo: cinco o seis páginas que valen una Biblia.

Filosofía útil

El Roto. "Como no creéis en los pecados, los convertiremos en delitos"


05 junio, 2020

El Apocalipsis autoinfligido del capitalismo ———— Michael Parenti [Vigencia de un texto escrito en 2009]



Después del derrocamiento de los gobiernos comunistas en Europa Oriental, declararon al capitalismo como el invencible sistema que conduce la prosperidad y la democracia, el sistema que prevalecería hasta el fin de la historia.

Sin embargo, la actual crisis económica ha convencido incluso a algunos destacados neoliberales de que algo va muy mal. Lo cierto es que el capitalismo todavía tiene que enfrentarse a diversas fuerzas históricas que le causan interminables problemas: la democracia, la prosperidad y el propio capitalismo, las mismas entidades que los gobernantes capitalistas proclaman estar fomentando.

Plutocracia contra democracia

Consideremos primero la democracia. En EEUU se nos dice que el capitalismo está vinculado a la democracia, de ahí el enunciado: «democracias capitalistas». De hecho, a través de nuestra historia ha habido una relación fuertemente antagónica entre la democracia y la concentración de capital. Hace unos ochenta años el juez de la Corte Suprema, Louis Brandeis, comentó: «Podemos tener democracia en este país, o podemos tener la inmensa riqueza concentrada en las manos de unos pocos, pero no podemos tener las dos cosas». Los intereses de los acaudalados han sido enemigos, no defensores de la democracia.

La propia Constitución fue hecha por señores adinerados, reunidos en Filadelfia en 1787 para advertir reiteradamente de los efectos niveladores, perniciosos y peligrosos de la democracia. El documento que amañaron estaba lejos de ser democrático, sujeto a controles, vetos, y requerimientos de supremas mayorías artificiales, un sistema diseñado para impedir la materialización de las demandas populares.

En los primeros días de la República, los ricos y bien nacidos impusieron cualificaciones de propiedad para votar y ocupar puestos públicos. Se opusieron a la elección directa de candidatos (nota: su Sistema Electoral sigue hoy vigente), y durante décadas se opusieron a extender el derecho a voto a grupos menos favorecidos, como los trabajadores sin propiedades, inmigrantes, minorías raciales y mujeres.

En la actualidad, las fuerzas conservadoras siguen rechazando sistemas electorales más equitativos, como la representación proporcional, segundas vueltas inmediatas y campañas con financiación pública. Siguen obstaculizando la votación mediante requerimientos exageradamente exigentes para el registro, purgas de los registros electorales, instalaciones inadecuadas y máquinas electrónicas de votación que «fallan» regularmente, en beneficio de los candidatos más conservadores.

A veces los intereses dominantes han suprimido publicaciones radicales y manifestaciones públicas, recurriendo a redadas policiales, arrestos, y encarcelamientos –aplicados más recientemente con toda su fuerza contra manifestantes en St. Paul, Minnesota, durante la Convención Nacional Republicana de 2008.

La plutocracia conservadora también quiere hacer retroceder las conquistas sociales de la democracia, como la educación pública, vivienda asequible, atención sanitaria, negociación colectiva, salario mínimo, condiciones seguras de trabajo, un entorno sostenible no-tóxico, el derecho a la privacidad, la separación de la iglesia y el Estado, el aborto libre, y el derecho a casarse con cualquier adulto que consienta y uno/a elija.

Hace cerca de un siglo, el dirigente sindical estadounidense Eugene Victor Debs fue encarcelado durante una huelga. En su celda, llegó a la conclusión de que, en las disputas entre los intereses privados, el capital y la mano de obra, el Estado no es un árbitro neutral. La fuerza del Estado, con su policía, milicia, tribunales y leyes, está inequívocamente de parte de los gerifaltes de las compañías. De ahí, Debs concluyó que el capitalismo no es sólo un sistema económico sino todo un orden social que manipula las reglas de la democracia a favor de los ricachones.

Los gobernantes capitalistas siguen presentándose como padres de la democracia a pesar de que la subvierten, no sólo en EEUU, sino en toda Latinoamérica, África, Asia y Oriente Próximo. Cualquier nación que no es «favorable a las inversiones extranjeras», que intenta utilizar su tierra, su mano de obra, capital, recursos naturales, y mercados de un modo auto-desarrollador, fuera del dominio de la hegemonía corporativa transnacional, corre el riesgo de ser satanizada y atacada como «amenaza para la seguridad nacional de EEUU».

La democracia se convierte en un problema para los EEUU corporativos, no cuando deja de funcionar sino cuando funciona demasiado bien al ayudar a las masas a progresar hacia un orden social más equitativo y más soportable, cerrando la brecha, por poco que sea, entre los súper-ricos y el resto de nosotros. De modo que hay que diluir y subvertir la democracia, sofocarla con desinformación, bombo mediático, y montañas de costos electorales; con contiendas electorales amañadas y un público parcialmente privado de derechos, elaborando falsas victorias para candidatos de grandes partidos más o menos políticamente seguros.

Capitalismo contra prosperidad

El capitalismo corporativo no fomenta la prosperidad ni propaga la democracia. La mayor parte del mundo es capitalista, y la mayor parte del mundo no es ni próspera ni particularmente democrática. Basta con pensar en Nigeria capitalista, Indonesia capitalista, Tailandia capitalista, Haití capitalista, Colombia capitalista, Pakistán capitalista, Sudáfrica capitalista, Letonia capitalista, y varios otros miembros del “Mundo Libre” – para ser más exactos, el Mundo del Libre Mercado.

Una población próspera, políticamente educada, con altas expectativas respecto a su nivel de vida y un sentido agudo de sus derechos, que presiona por un mejoramiento contínuo de las condiciones sociales, no es la noción plutocrática de una fuerza laboral ideal y de una forma de gobierno adecuadamente maleable. Los inversionistas corporativos prefieren poblaciones pobres. Mientras más pobre seas, más trabajarás por menos. Mientras más pobre seas, menos equipado estarás para defenderte contra los abusos de los ricos.

En el mundo corporativo de «libre comercio», la cantidad de multimillonarios aumenta más rápido que nunca, mientras la cantidad de gente atrapada en la pobreza crece a una tasa más rápida que la población. La pobreza se propaga mientras la riqueza se acumula.

Consideremos EEUU. Sólo en los últimos ocho años, mientras las grandes fortunas aumentaron a tasas récord, otros seis millones de estadounidenses cayeron bajo el nivel de la pobreza; el ingreso medio familiar disminuyó en más de 2.000 dólares; la deuda del consumidor se más que duplicó; más de siete millones de estadounidenses perdieron su seguro de salud, y más de cuatro millones perdieron sus pensiones, mientras la cantidad de personas sin hogar aumentó y las ejecuciones hipotecarias llegaron a niveles pandémicos.

Sólo en los países en los que el capitalismo ha sido, hasta cierto punto, frenado grado por la socialdemocracia la gente ha podido asegurarse cierta prosperidad. Vienen a la mente naciones del norte europeo como Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca. Pero incluso en esas socialdemocracias las mejoras populares corren siempre riesgo de ser revertidas.

Es irónico dar crédito a que el capitalismo posee el genio de la prosperidad económica, cuando la clase capitalista se ha resistido vehementemente y a veces violentamente a la mayor parte de los intentos de mejora material. La historia de las luchas sindicales proporciona una ininterrumpida ilustración de estos intentos.

El que la vida sea aún soportable bajo el actual orden económico de EEUU, se debe a que millones de personas han librado duras luchas de clase para mejorar sus estándares de vida y sus derechos como ciudadanos, incorporando una cierta medida de humanidad a un orden político-económico despiadado.

Una bestia que se devora a sí misma

El Estado capitalista tiene dos papeles que los pensadores han reconocido hace tiempo. Primero, como todo Estado también debe proveer servicios que no pueden ser desarrollados de un modo fiable por medios privados, como la seguridad pública y un tráfico ordenado. Segundo, el Estado capitalista protege a los poseedores contra los que nada tienen, asegurando el proceso de acumulación de capital para beneficiar a los intereses de los acaudalados, mientras restringe firmemente las demandas de la masa trabajadora, como antaño observara Debs en prisión.

Existe una tercera función del Estado capitalista pocas veces mencionada. Consiste en impedir que el sistema capitalista se devore a sí mismo. Consideremos la contradicción central señalada por Karl Marx: la tendencia a la sobreproducción y a la crisis del mercado. Una economía dedicada a la aceleración del ritmo de trabajo y a recortar los salarios, a hacer que los trabajadores produzcan cada vez más por cada vez menos, siempre está en riesgo de quiebra. Para maximizar los beneficios, los salarios deben ser mantenidos a bajo nivel. Pero alguien tiene que comprar los bienes y servicios producidos. Para eso, hay que mantener altos los salarios. Hay una tendencia crónica –como estamos viendo hoy en día– hacia la sobreproducción de bienes y servicios del sector privado y un infra-consumo de necesidades de la población trabajadora.

Además, existe la autodestrucción frecuentemente pasada por alto, creada por los propios potentados. Si se la deja actuar sin supervisión alguna, la cúpula más activa del sistema financiero comienza a devorar fuentes menos organizadas de riqueza.

En lugar de tratar de ganar dinero a través de la ardua tarea de producir y vender bienes y servicios, los depredadores sangran directamente los flujos de dinero de la propia economía. Durante los años noventa presenciamos el colapso de toda una economía en Argentina, cuando el libre-mercado descontrolado despojó a las empresas, embolsándose sumas inmensas, y dejando la capacidad productiva del país en el caos. Engullido por una dieta saturada de ideología de libre mercado, el Estado argentino vaciló en su función de salvar al capitalismo de los capitalistas.

Años después, en EEUU, vino el multimillonario saqueo perpetrado por conspiradores corporativos de Enron, WorldCom, Harkin, Adelphia y una docena de otras importantes compañías. Oportunistas de información privilegiada como Ken Lay convirtieron exitosas empresas corporativas en ruinas totales, eliminando los puestos de trabajo y los ahorros de toda la vida de miles de empleados para embolsarse miles de millones de dólares.

Esos ladrones fueron atrapados y condenados. ¿No demuestra eso la capacidad de autocorrección del capitalismo? En realidad no es así. El enjuiciamiento de fechorías semejantes –que en todo caso llegó demasiado tarde– fue producto del rendimiento de cuentas y la transparencia en la democracia, no del capitalismo. El mercado libre es de por sí un sistema amoral, sin constricción alguna más allá de la advertencia de suspensión [default].

En la catástrofe de 2008-2009 el creciente excedente financiero creó un problema para la clase acaudalada: no había suficientes oportunidades para invertir. Con más dinero del que sabían cómo emplear, los grandes inversionistas vertieron inmensas sumas en mercados inexistentes de la vivienda y en otras operaciones problemáticas, un juego de manos de hedge funds, derivados, elevado apalancamiento, credit default swaps, préstamos depredadores y lo que sea.

Entre las víctimas hubo otros capitalistas, pequeños inversionistas, y los numerosos trabajadores que perdieron miles de millones de dólares en ahorros y pensiones. Tal vez Bernard Madoff haya sido el bandido estrella. Descrito como «líder de larga trayectoria en la industria de los servicios financieros», Madoff dirigió un fondo fraudulento que se embolsó 50.000 millones de dólares de inversionistas adinerados, y les pagó «con dinero que no existía», como el mismo lo dijo. La plutocracia devora a sus propios hijos.

En medio de la catástrofe, en una audiencia en el Congreso en octubre de 2008, el expresidente de la Reserva Federal y ortodoxo devoto del libre mercado, Alan Greenspan, confesó que se había equivocado al esperar que intereses millonarios –gimiendo bajo una inmensa acumulación de capital que había que invertir en alguna parte– ejercieran repentinamente autocontrol.

La teoría clásica del laissez-faire [dejar hacer] es aún más disparatada que como la describió Greenspan. De hecho, la teoría pretende que cada cual debiera seguir sus propios intereses egoístas sin limitación. Esa competencia irrestricta producirá supuestamente máximos beneficios para todos, porque el libre mercado es gobernado por una «mano invisible» milagrosamente benigna, que optimiza los resultados colectivos. («La codicia es buena»)

¿Es causada la crisis de 2008-2009 por una tendencia crónica hacia la sobreproducción y la híper-acumulación financiera, como diría Marx? ¿O es el resultado de la avaricia personal de gente como Bernard Madoff? En otras palabras ¿el problema es sistémico o individual? En los hechos, las dos cosas no se excluyen mutuamente. El capitalismo engendra los perpetradores venales, y recompensa a los menos escrupulosos entre ellos. Los crímenes y las crisis no son desviaciones irracionales de un sistema racional, sino todo lo contrario: son los resultados racionales de un sistema básicamente irracional y amoral.

Peor todavía, los resultantes rescates multimillonarios de los gobiernos son convertidos ellos mismos en una oportunidad para el pillaje. No sólo el Estado no regula, se convierte él mismo en una fuente de saqueo, sacando vastas sumas de la máquina federal del dinero y dejando que sean los contribuyentes los que se desangren.

Sede de la Reserva Federal (al más puro estilo nazi)

Los que nos fustigan por «correr hacia el gobierno para que reparta dádivas» corren hacia el gobierno para conseguirlas. EEUU corporativo ha gozado siempre de subvenciones mediante ayuda, garantías de préstamos y otras subvenciones estatales y federales. Pero la «operación de rescate» de 2008 y 2009 ofreció un pienso récord en el abrevadero público. Más de 350.000 millones de dólares fueron repartidos a diestro y siniestro a los mayores bancos y firmas financieras, sin supervisión, por un Secretario del Tesoro derechista que terminaba su mandato –para no hablar de los más de 4 billones de dólares provinientes de la Reserva Federal. La mayoría de los bancos, incluidos JPMorgan Chase y Bank of New York Mellon, declararon que no tenían la menor intención de informar a nadie sobre dónde iba el dinero.

Los grandes banqueros utilizaron parte del rescate, como sabemos, para comprar bancos más pequeños y fortalecer bancos en el extranjero. Directores ejecutivos y otros altos ejecutivos bancarios están gastando fondos del rescate en fabulosas bonificaciones y espléndidos retiros corporativos en spas. Mientras tanto, grandes beneficiarios del rescate como Citigroup y Bank of America despidieron a decenas de miles de empleados, lo cual, para empezar, nos lleva a preguntarnos: ¿para qué recibieron todo ese dinero?

Mientras cientos de miles de millones de dólares eran repartidos a la misma gente que había causado la catástrofe, el mercado inmobiliario se mantuvo débil, el crédito siguió paralizado, el desempleo aumentó y los gastos de los consumidores bajaron a niveles abismales.

Resumiendo, el capitalismo corporativo de libre mercado es por su naturaleza un desastre a la espera de suceder. Su esencia es la transformación de la naturaleza viva en montañas de mercancías y las mercancías en montones de capital muerto. Cuando se le deja hacer lo que quiera, el capitalismo endosa sus deseconomías y su toxicidad al público en general y al entorno natural, y termina por devorarse a sí mismo.

La inmensa desigualdad en el poder económico que existe en nuestra sociedad capitalista se traduce en una formidable desigualdad del poder político, que hace que sea tanto más difícil imponer regulaciones democráticas.

Si los paladines de EEUU Corporativo quieren saber lo que amenaza realmente «nuestro modo de vida», es su propio modo de vida, su modo ilimitado de robar a su propio sistema, destruyendo el fundamento mismo sobre el que se encuentran, la comunidad misma de la cual se alimentan tan fastuosamente.

04 junio, 2020

MANZANAS PODRIDAS





Esta es la cuestión. Cada vez que la policía mata a un hombre negro inocente, ellos siempre dicen lo mismo: "Bueno, no son la mayoría de los policías, son unas pocas manzanas podridas. Sólo unas pocas manzanas podridas". ¿Manzanas podridas? Esa es una amable denominación para el asesinato. "¿Cómo ha muerto ese?... A causa de una manzana podrida". Hasta suena bien. Quiero decir... Yo también tuve una manzana podrida, estaba en mi tarta... ¡pero no me agredió!

El caso es que, hay tareas que no pueden albergar manzanas podridas, precisan que toda la gente sea buena. ¡Como los pilotos! La American Air Lines no puede decir: "A la mayoría de nuestros pilotos les gusta aterrizar, es solo que tenemos unas pocas manzanas podridas a las que les gusta estrellar los aviones contra las montañas. Por favor, vuele con nosotros". América [USA] está enferma.

Chris Rock

01 junio, 2020

Tamika Mallory: "We learn violence from you"





"America has looted black people. America looted the Native Americans when they first came here, looting is what you do. We learned it from you. We learned violence from you. If you want us to do better, then damnit, you do better.” Tamika Mallory