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31 julio, 2020

El coronavirus y el fin de la era neoliberal ————— Marc Vandepitte


CUBADEBATE – 31/07/2020


Después de repetirnos durante cuarenta años los dogmas neoliberales, la crisis financiera sacudió seriamente nuestra fe en ellos, pero al final se mantuvo el sistema. Esta vez es diferente. La coronacrisis y las medidas socioeconómicas para salvar el sistema hicieron caer, uno a uno, los dogmas neoliberales. Es hora de hacer algo nuevo.


Los dogmas caídos

"Vivimos por encima de nuestras posibilidades, no hay dinero"


Llevan años diciéndonos eso. La atención sanitaria era demasiado cara, los subsidios de desempleo demasiado generosos, los salarios demasiado altos y simplemente no había dinero para asuntos sociales o culturales. El déficit y las deudas del gobierno se tenían que reducir y por eso teníamos que ahorrar en todo.


Ahora, de la noche a la mañana parece haber dinero y parecen haber encontrado gigantescos botes de dinero. Hoy en día se gastan miles de millones de euros como si nada. Un déficit en el presupuesto de más de tres veces el 3 % acordado en el tratado de Maastricht o una deuda mucho mayor que el 100 % del PIB, de repente, dejaron de ser un problema.


"El mercado libre lo resuelve todo, el Estado es ineficiente"


Privatizar y desregularizar lo más posible, esa era la consigna. El Estado tenía que “adelgazar” lo máximo posible e intervenir lo menos posible (1). Para Bart De Wever, el presidente del partido más grande de Flandes, “el estado es un monstruo que aspira el dinero y lo escupe después”.


Durante la coronacrisis el mercado libre falló completamente. Quizás lo más notable fue el caso de los tapabocas. Al mismo tiempo vimos tanto un dramático retorno como la rehabilitación del gobierno público. Se hizo visible para todos que sólo el Estado puede controlar y superar una crisis de tal magnitud. Se nacionalizaron fácilmente en su totalidad o en parte sectores importantes de la economía. Según el Wallstreet Journal, las medidas de estímulo económico en los Estados Unidos son “el mayor paso hacia una economía de planificación centralizada que jamás haya dado Estados Unidos”.


"El capital y la empresa crean riqueza"


Son los empresarios los que crean riqueza. Gracias a su capital, coraje e innovación, crean empleo y aumentan la riqueza de un país.


Los confinamientos en los distintos países revelaron todo lo contrario en todas partes: son los trabajadores y su trabajo los que crean la riqueza. Cuando parte de la población activa se vio obligada a dejar de trabajar, el crecimiento económico se desplomó. Es el trabajo el que crea al capital y no al revés. El confinamiento también demostró que a menudo son los trabajos más esenciales los que están peor pagados.


"Lo que es bueno para los ricos es bueno para todos"


El coronavirus destruyó esta falacia por completo. Gracias a las medidas de apoyo, los súper ricos se benefician enormemente. Desde el 18 de marzo, los multimillonarios de los Estados Unidos ya han visto aumentar sus activos en una quinta parte, o sea 565.000 millones de dólares. JPMorgan, el banco más grande de los EE.UU., reportó las mejores cifras que jamás haya tenido en un trimestre. La compañía de inversiones Goldman Sachs registró un crecimiento del 41 % en comparación con el año anterior. Pero poco de ese “efecto de goteo” se nota. En todo el mundo cientos de millones de personas se ven empujadas a la pobreza extrema. En Bélgica aumentó el número de personas que van a los bancos de alimentos en un 15 % y esto es sólo el comienzo.


"La gente es egoísta"


El ser humano es capaz de hacer el bien, pero por naturaleza es malo. Está impulsado en primer lugar por el interés propio. Esto es lo que los gurús neoliberales nos han estado diciendo durante décadas. Al final, según ellos, esto es ventajoso porque el interés propio lleva a la competencia y eso es precisamente lo que impulsa nuestra economía.


La solidaridad espontánea y masiva que surgió durante la coronacrisis arrasó con esta cínica imagen del ser humano. Los jóvenes fueron a hacer compras para sus vecinos ancianos, miles de voluntarios hicieron tapabocas o se presentaron en los bancos de alimentos para ayudar. A pesar de la falta de equipos de protección, las enfermeras empezaron a cuidar de sus pacientes arriesgando su propia salud y, por tanto, sus vidas.


Ciertamente, había grupos a los que no les importaban las medidas de seguridad, pero esas eran las excepciones que confirmaban la regla. La coronacrisis muestra hoy más que nunca que el ser humano es esencialmente un súper colaborador, como lo describieron el autor belga Dirk Van Duppen y el periodista holandés Rutger Bregman. Wendy Carlin, profesora de economía, lo expresa así: “Habrá que actualizar finalmente el modelo del actor económico como amoral y egocéntrico”.


No repetir los errores de 2008


Todos los partidos tradicionales, incluidos los Verdes y los Socialdemócratas, han contribuido, o al menos han apoyado, la política neoliberal en los últimos cuarenta años (2). Las consecuencias de esta política antisocial se han hecho dolorosamente claras en estos últimos meses. En los centros de salud y los centros de atención a los ancianos, los ahorros y las privatizaciones costaron muchas vidas humanas. Además, las recetas neoliberales parecen ser totalmente inadecuadas para dar una respuesta firme al colapso económico.


Un enfoque similar al del período posterior a 2008 –imprimir dinero extra e insertarlo a la economía combinado con una política de austeridad– sería un gran error. Un nuevo dopaje financiero podría arruinar la ya gravemente debilitada economía. Los nuevos ahorros erosionarían aún más el poder adquisitivo y causarían una profunda crisis social y política.


Las advertencias del Financial Times son inequívocas: “Si queremos que el capitalismo y la democracia liberal sobrevivan al COVID-19, no podemos permitirnos repetir el enfoque erróneo de ‘socializar las pérdidas y privatizar los beneficios’ de hace diez años”. “El regreso a la austeridad sería una locura, una invitación a la agitación social generalizada, si no a la revolución, y una bendición para los populistas”.


La gran llamada para un cambio de paradigma


Está claro, el neoliberalismo ha terminado, es hora de algo nuevo. Excepto por unos pocos fanáticos, nadie quiere volver al mundo precorona. La crisis y las medidas que se tomaron han provocado muchas frustraciones y han radicalizado a una parte importante de la población activa. En los EE.UU. el 57 % de la población cree que su sistema político sólo funciona para los que tienen dinero y poder. La mayoría de los jóvenes menores de 30 años están a favor del socialismo. En Reino Unido apenas el 6 % quiere volver al mismo tipo de economía que antes de la pandemia. Sólo el 17 % cree que las medidas de estímulo deberían financiarse con nuevos ahorros.


El 70 % de los franceses piensa que es necesario reducir la influencia del mundo financiero y de los accionistas. En Flandes tres cuartas partes de la población creen que el dinero debería provenir de las grandes fortunas y dos tercios creen que los políticos deberían trabajar en una ambiciosa redistribución de la riqueza después de la crisis.


El mundo académico y cultural también está en esa longitud de onda. Tres mil científicos de 600 universidades creen que la sociedad debe cambiar radicalmente su rumbo y volver a poner a los trabajadores en el centro de la toma de decisiones. Doscientos artistas, incluidos Robert de Niro y Madonna, lanzaron un llamamiento al “mundo” para no volver a la “normalidad” de antes de la pandemia, sino para cambiar radicalmente nuestro estilo de vida, de consumo y economía.


Esta idea penetró hasta el mundo de los negocios. Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial (Davos) habla de un “gran reseteo del capitalismo”. Según él, la pandemia puso de manifiesto las deficiencias de un “viejo sistema” que había descuidado la infraestructura, la atención de la salud y los sistemas de seguridad social. “Si seguimos como hasta ahora, podría llevar a una rebelión.” En ese contexto los súper ricos están rogando en una carta abierta que se les aumenten los impuestos.


Según el Financial Times, debe haber “reformas radicales” sobre la mesa. “Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deberían ver los servicios públicos como inversiones y no como costos, y buscar formas de hacer que el mercado laboral sea menos inseguro. La redistribución de la riqueza volverá a estar en la agenda. Las políticas que hasta hace poco se consideraban excéntricas, como la renta básica y el impuesto sobre el patrimonio, deberían incluirse en la mezcla”.


Según este mismo periódico, la democracia liberal “sólo sobrevivirá a este segundo gran choque económico si se realizan ajustes en el marco de un nuevo contrato social que reconozca el bienestar de la mayoría por encima de los intereses de unos pocos privilegiados”.


La prestigiosa revista Foreign Affairs también habla de un “nuevo contrato social”. Su objetivo es “el establecimiento de un ‘estado de bienestar’ que proporcione a todos los ciudadanos los servicios básicos necesarios para mantener una calidad de vida decente”. Esto presupone “el acceso universal garantizado a una atención sanitaria y a una educación, ambas de alta calidad”. Lo que hasta hace poco solo lo pedía la extrema izquierda, se ha convertido en la corriente principal.


Una respuesta a cuatro crisis


Los desafíos a los que nos enfrentamos son muy grandes: El nuevo paradigma debe ser capaz de responder a por lo menos cuatro crisis (3).


1. Estancamiento económico


En los últimos veinte años la economía mundial ha experimentado tres grandes crisis: la crisis de las puntocom en 2000, la crisis financiera en 2008 y, en los últimos meses, una depresión tras una pandemia. Esto deja claro que el COVID no es la causa sino el detonante de la tormenta económica. Una economía sana debería en principio ser capaz de hacer frente a tal coronachoque, un país como China lo demuestra. Pero para la economía capitalista eso no parece ser el caso en absoluto. El crecimiento de la productividad casi se ha paralizado, las tasas de beneficio (porcentaje de la ganancia sobre el capital invertido) están disminuyendo constantemente y la deuda mundial ha aumentado hasta uno insostenible 322 % del PIB. Además, cada crisis no significa nada más que miseria para millones de personas. Esta crisis empujará una vez más a varios cientos de millones de personas a la pobreza. No puede seguir así.


2. Escandalosa brecha entre ricos y pobres


En el capitalismo la producción está dirigida únicamente a los beneficios de un pequeño grupo de propietarios privados y no funciona de acuerdo a las necesidades sociales o las oportunidades de desarrollo de la gran mayoría. Esto crea una escandalosa brecha entre ricos y pobres.


Con la riqueza que se produce hoy en día en todo el mundo cada familia con dos adultos y tres niños tiene un ingreso mensual potencial disponible de 4.100 euros (sí, lo has leído correctamente) (4). Sin embargo, una de cada tres personas de la población mundial no tiene saneamiento básico y una de cada ocho no tiene electricidad. Uno de cada cinco vive en una casa de contrachapado y uno de cada tres no tiene agua potable.


En Bélgica el 5 % de los más ricos posee tanto como el 75 % de los más pobres. En uno de los países más ricos del mundo un 20 % de las familias corre el riesgo de caer en la pobreza, una cuarta parte de las familias tiene dificultades para pagar los gastos médicos, un 40 % no puede ahorrar y un 70 % de las personas desempleadas tiene dificultades para llegar a fin de mes.


Estos no son excesos del sistema. Se derivan directamente de su lógica.


3. Las próximas pandemias


Desde principios del siglo pasado sabemos que casi todas las epidemias modernas son el resultado de la intervención del hombre en su entorno ecológico inmediato. Los mamíferos y las aves son portadores de cientos de miles de virus que son transmisibles a los seres humanos (5). Debido a la explotación de zonas naturales anteriormente inaccesibles cada vez hay más posibilidades de que estos virus se transmitan a los seres humanos.


Los principales expertos lo han estado advirtiendo durante más de diez años en respuesta al VIH, SARS, ébola, MERS y otros virus. En realidad, tuvimos suerte de que no nos hayan llegado otros virus más mortales. En 2018 los científicos de EE.UU. elaboraron un plan detallado para prevenir tales pandemias. Se estima que las pérdidas a causa del COVID-19 alcanzan los 12.500.000 millones de dólares. El costo del plan de prevención de 2018 era de apenas 7.000 millones de dólares.


Aún no se ha encontrado ningún financiador para el proyecto. No debería sorprender, porque esa investigación está en gran parte en manos privadas y no en interés público, sino con fines de lucro. Chomsky lo dice muy claramente: “Los laboratorios de todo el mundo podrían haber trabajado en la prevención de posibles pandemias de coronavirus. ¿Por qué no lo hicieron? Las señales del mercado no eran buenas. Dejamos nuestro destino en manos de tiranías privadas, que se llaman corporaciones y que no tienen que rendir cuentas ante el público, en este caso, la industria farmacéutica. Para ellos, producir nuevas cremas es más rentable que encontrar una vacuna que pueda proteger a la gente de la destrucción total”.


4. La degradación del clima


La búsqueda del máximo beneficio socava el sistema ecológico de la tierra y amenaza la supervivencia de la especie humana. Según la conocida escritora y activista Naomi Klein, el mundo se enfrenta a una decisión decisiva: o salvamos el capitalismo o salvamos el clima. Esta decisión es particularmente aguda en el sector de la energía fósil, que es el principal responsable de las emisiones de CO2. Las 200 empresas más grandes de petróleo, gas y carbón tienen un valor de mercado combinado de 4 trillones de dólares y obtienen unos beneficios anuales de decenas de miles de millones de dólares. Si queremos mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2°C, estos gigantes de la energía deben dejar entre el 60 % y el 80 % de sus reservas intactas. Pero eso iría en detrimento de sus expectativas de ganancias y hundiría instantáneamente su valor en el mercado de valores. Por eso siguen invirtiendo cientos de miles de millones de dólares anuales en la búsqueda de nuevos yacimientos. Si se mantiene la política actual, en lugar de disminuir drásticamente, la demanda de combustibles fósiles habrá aumentado casi un 30 % en los próximos veinte años, sin que se vislumbre un pico.


Dentro de la lógica de las ganancias, el calentamiento global es imparable. Según The Economist, el portavoz de la élite económica mundial, el costo financiero es simplemente demasiado alto para combatir el calentamiento global.


En respuesta a la coronacrisis los gobiernos han tomado medidas sin precedentes. Habrá que tomar medidas igualmente radicales para hacer frente a la degradación del clima. “Si hay algo que la pandemia ha demostrado”, dice el Financial Times, “es el peligro de que se ignoren las advertencias de los expertos”.


Lucha por un sistema social diferente


¿Qué nos enseñan estas cuatro crisis? Que tendremos que repensar completamente nuestras políticas y nuestra economía. Para salir del actual estancamiento económico primero será necesario frenar los mercados financieros y romper el poder desproporcionado de las multinacionales. Para hacer frente a los problemas sociales la economía ya no debe centrarse en los beneficios privados de unos pocos, sino en las necesidades sociales de muchos. También debe haber una redistribución de la riqueza.


Para armarnos contra futuras pandemias la industria farmacéutica tendrá que hacer un profundo cambio de rumbo. Después de todo, la política climática es demasiado importante como para dejarla en manos de los gigantes de la energía y su lógica de beneficio. Hay que romper su omnipotencia de modo que haya espacio para una política climática responsable.


Para lograr todo esto tendremos que subordinar la esfera económica a la esfera política. Dónde y en qué se invierte, la distribución de los excedentes económicos, el comercio, las finanzas, etc., todo ello debe centrarse en las prioridades y necesidades de la comunidad actual y las de las generaciones futuras. Esta “planificación” (6) no implica de ninguna manera un control total del Estado, sino que la economía esté controlada por un órgano político (elegido) y no por propietarios privados. Significa que la lógica económica se subordina al Estado y no al revés.


Un sistema social diferente es necesario y urgente, pero no se logrará por sí solo. Las ideas correctas son importantes, pero no lo suficiente como para provocar un cambio. Hay enormes intereses detrás del sistema actual. Los que se benefician de este sistema nunca renunciarán voluntariamente ni estarán dispuestos a hacer concesiones, aunque haya capitalistas ilustrados que están convencidos de que tales concesiones son esenciales para preservar el sistema. Las organizaciones de empresarios incluso tratarán de aprovechar la situación de crisis para imponer una estrategia de choque.


La historia nos enseña que el tipo de sociedad y nuestro futuro dependerán de la batalla que libremos. Como dice el sociólogo Jean Ziegler, “no debemos ser optimistas, debemos movilizar a la gente” (7). Para que esta movilización sea poderosa tendremos que organizarnos con firmeza, porque el oponente está muy bien organizado. O como dice Varoufakis “si no logramos unirnos ahora, mi temor es que este sistema sólo profundice su cruel lógica”.


En cualquier caso, estos serán tiempos emocionantes y decisivos. Prepárate.


Notas:


(1) La retirada del Estado no se aplica a los principales monopolios, por el contrario. Debido a su gran concentración de poder, tienen cada vez más impacto en el sistema estatal. Utilizan el poder del Estado para fortalecer su posición competitiva y garantizar las máximas ganancias. Esto se hace de varias maneras. Las más conocidas son los contratos públicos, los subsidios y las tasas impositivas favorables. El gobierno también está llamado a explorar nuevos sectores o productos. Aquí las inversiones son inciertas y a menudo requieren grandes cantidades de capital. Las agencias gubernamentales están asumiendo esta fase inicial costosa y arriesgada, a menudo en el contexto de la industria de la guerra. En una etapa posterior, luego se transfieren al sector privado, se privatizan literalmente. Para dar algunos ejemplos recientes, ese fue el caso con la PC, Internet, el algoritmo de Google, las redes inalámbricas, la tecnología de pantalla táctil, GPS, microchips, biotecnología, nanotecnología y muchos otros productos o sectores rentables. El financiamiento inicial de Apple provino de una compañía de inversión del gobierno de los Estados Unidos.


(2) En todos los países en los que gobernaron los socialdemócratas ayudaron a dar forma a las políticas neoliberales. En Reino Unido Blair lanzó la “Tercera Vía” entre el capitalismo y el socialismo, e hizo un pacto con el ultraderechista Berlusconi. En Alemania Gerhard Schröder, el líder de los socialdemócratas, presentó el modelo de salarios bajos que inició una espiral de disminución salarial en toda Europa. En Bélgica los socialdemócratas son en parte responsables del deterioro del poder adquisitivo, las malas condiciones de trabajo, los recortes en la seguridad social y la atención médica, y el empeoramiento de los sistemas de pensiones.


Hasta ahora los Verdes no han gobernado mucho y donde lo hicieron, no han cambiado el curso de las políticas neoliberales. En Alemania han defendido con entusiasmo el modelo de bajos salarios. Durante su única participación gubernamental en Bélgica (1999 a 2004) los Verdes lograron producir solo cambios menores. En el Parlamento Europeo los Verdes han respaldado casi por completo las medidas neoliberales, como el Six Pack y, por lo tanto, son en parte responsables de las drásticas políticas de austeridad en la UE.


(3) Para una versión más elaborada de tal modelo alternativo, ver ‘Otra economía es necesaria y posible’ y ‘Crisis del Capitalismo’.


(4) El cálculo para una familia media se basa en la hipótesis plausible de que el ingreso disponible de los hogares es un 70 % del PIB. Utilizamos el producto mundial bruto: 136 billones de dólares en 2019. Esta cifra, expresada en dólares PPA [Paridad del Poder Adquisitivo], tiene en cuenta unas diferencias de precios entre países para los mismos bienes o servicios y expresa el poder adquisitivo real. Hemos convertido esta cifra en euros según el método de cálculo del Banco Mundial: para Bélgica 1 dólar PPA equivale a 0,808 euros. Fuentes: https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_countries_by_GDP_(PPP); https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.PP.KD; http://www.worldometers.info/world-population/world-population-by-year/; https://data.oecd.org/conversion/purchasing-power-parities-ppp.htm.


(5) Se estima que se trata de 350.000 a 1.3 millones de virus. Fuente: The Economist.


(6) Se podría definir la planificación económica como la capacidad de imponer objetivos decididos democráticamente para el desarrollo económico sostenible. Hay diferentes grados y niveles de planificación. La planificación debe ponerse en práctica de manera cualitativa, es decir, en relación a las necesidades humanas vitales, y en que se debe evitar la aplicación de una planificación burocrática.


    (7) "Geciteerd in een Interview, Solidair", julio-agust de 2020, p. 31.


Traducido del neerlandés por Sven Magnus.


(Tomado de Rebelión)


03 mayo, 2020

P A R Á S I T O S — Ángeles Maestro

Ilustración de Miguel Peralta


Red Roja 02/05/2020

La contradicción entre lo público y lo privado en la sanidad

La gran cantidad de muertes evitables de las últimas semanas ha permitido que muchas personas tomen conciencia –y esa es una de las pocas cosas que hay que agradecer a la actual epidemia– de las enormes carencias de la sanidad pública y de que éstas son el resultado de un largo proceso de desmantelamiento. Y es obvio que el mortífero virus no es responsable de ello.

El residente del gobierno ha llegado a plantear una «Reforma Constitucional para blindar la sanidad pública» y para «tener un sistema de salud mucho más fuerte». Su propuesta evidencia el inexistente valor práctico de los derechos sociales (sanidad, vivienda, educación, trabajo, etc.) reconocidos en la Constitución, más allá de haber servido de anzuelo a un pueblo incauto al que le hicieron creer durante la Transición que todo eso serviría para entrar en el paraíso del «estado del bienestar». Esas declaraciones no suponen más que un brindis al sol, dado que se necesita una mayoría de al menos de dos tercios del Parlamento para reformar la Constitución. Y es evidente que no va a contar con los votos, no sólo de la derecha, sino del propio PSOE, como veremos más adelante.

En el mismo sentido, algunos medios de comunicación están promoviendo una recogida de firmas llegando a proponer que la financiación mínima de la sanidad pública sea el 7% del PIB, garantizada por ley.

Más allá de las buenas intenciones que pueden guiar estas propuestas –aunque en el caso del presidente del gobierno no cabe alegar ignorancia– la realidad es mucho más compleja. En este trabajo pretendo aclarar que el incremento de la partida presupuestaria destinada a la sanidad no sirve para eliminar las causas fundamentales de la precariedad del sistema sanitario público.

Detrás de la sanidad se mueven poderosísimos intereses privados que, de hecho, estarían encantados con un aumento sustancial del gasto sanitario porque, al final, acabaría en sus bolsillos.

El prestigioso epidemiólogo Usama Bilal[1] afirma en una reciente entrevista[2] que las causas fundamentales de que el Covid-19 esté golpeando en el Estado español más fuerte que en otros países no están en lo que hemos hecho en los últimos tiempos, sino en decisiones políticas que se vienen tomando desde hace treinta años. Él es uno de los muchos científicos españoles que tuvo que emigrar para desarrollar su profesión porque aquí la política científica obedece al principio «que inventen otros», más si cabe en una especialidad médica como la epidemiología centrada en descubrir las causas sociales de la enfermedad.

Efectivamente la degradación del sistema sanitario tiene una larga historia que no ha sido sólo fruto de la desidia de los gobiernos, sino muy al contrario, de decisiones políticas activas y trascendentales destinadas a debilitar la sanidad pública y cuya importancia se ha ocultado sistemáticamente.

Para poder comprender este proceso es importante aclarar algunos conceptos. La sanidad pública y la sanidad privada no son compartimentos estancos, y mucho menos complementarios. En realidad están tan íntimamente relacionadas que son un binomio inseparable. La relación entre ambas es muy semejante a la que se establece entre hospedador y parásito, clave –por cierto– en el estudio de las enfermedades infecciosas.

El parasitismo, recordando la biología, es un tipo de simbiosis en la cual el parásito depende del huésped y vive de él depauperándolo, sin llegar a matarlo. El parásito obtiene beneficios y el hospedador, daños.

Los ectoparásitos: las aseguradoras privadas y los conciertos.

La evidente analogía para cualquiera que analice el asunto con independencia de criterio, es decir, que no tenga intereses vinculados al capital privado, llegó a constituir un axioma, incluso para el PSOE de los últimos años del franquismo. En su programa político se afirmaba, por ejemplo, que era imposible desarrollar una sanidad pública de calidad sin nacionalizar la industria farmacéutica.

Pocos años después, en 1982, tras la victoria del PSOE por mayoría absoluta, esta afirmación se vería confirmada exactamente al revés. El dirigente más destacado del PSOE en materia de sanidad, Ciriaco de Vicente, un hombre capacitado y con planteamientos de izquierdas, no fue designado ministro como se esperaba. La poderosa industria farmacéutica le hizo saber a Felipe González que De Vicente no tenía su confianza. En su lugar fue nombrado Ministro de Sanidad Ernest Lluch, un hombre muy cercano a Farmaindustria, la asociación empresarial de la industria farmacéutica establecida en España.

En estas condiciones no es de extrañar que la Ley General de Sanidad eliminara artículos muy importantes, que sí aparecían en los primeros borradores, como el sometimiento del Medicamento a la planificación general del Sistema Nacional de Salud o la prohibición expresa de los conciertos con entidades privadas.

En la actualidad casi el 12% del gasto sanitario público estatal va destinado a conciertos, una proporción en constante crecimiento y mucho mayor en Comunidades Autónomas como Cataluña y Madrid.

El incremento exponencial de la contratación de la sanidad pública con empresas privadas se ha desarrollado en sentido contrario de la inversión y el desarrollo de los servicios públicos. Con el argumento de disminuir las listas de espera se ha concertado masivamente la realización de intervenciones quirúrgicas de mediana o baja complejidad, muy rentables, en clínicas privadas que en muchas ocasiones están muy por debajo de los estándares de calidad exigibles y a las que se permite seleccionar pacientes. Es evidente que para la sanidad pública quedan todas las intervenciones costosas y aquellas personas con patologías múltiples o de edad avanzada.

Las enormes listas de espera –sobre todo la espera para diagnóstico– como expresión de la degradación de la sanidad pública han producido otra consecuencia enormemente lucrativa: la escalada meteórica de las pólizas de seguros privados. Las cifras para 2019 eran las más altas de la historia: 10 millones de personas. El escándalo mayor es la gran cantidad de instituciones públicas que pagan, con dinero también público, pólizas privadas a sus miembros y familiares[3]. A ello ha contribuido notablemente la aplicación de importantes deducciones fiscales[4] aplicables a autónomos y empresas desde 2016 y vigentes en la actualidad. Es el zorro guardando las gallinas.

Volviendo al símil biológico las empresas aseguradoras privadas, cuya buena salud depende del deterioro de la sanidad pública con el apoyo impagable –o no– de decisiones de variopinto color político, serían ectoparásitos (como las garrapatas o los piojos). Estos ectoparásitos se desarrollan en el exterior del hospedador, la sanidad pública, al igual que las empresas que prestan servicios sanitarios con sus propias instalaciones y recursos, aunque ya hemos visto la importante quinta columna con la que cuentan en el interior en el caso que nos ocupa.

Y en sanidad no se trata fundamentalmente de que el dinero público, salido de nuestros bolsillos, vaya a enriquecer a unos cuantos, sino de que ese suculento negocio se hace a costa de vidas, de muertes prematuras y perfectamente evitables. Al respecto no se puede olvidar la dramática situación que se ha vivido en los hospitales públicos obligados a no atender pacientes mayores de 70 años por falta de recursos mientras la sanidad privada exhibía instalaciones de cuidados intensivos disponibles[5]… a precios de mercado. Ni el gobierno estatal, ni ningún gobierno autonómico ha movido un dedo para intervenir todos los recursos necesarios, a pesar de que el primer Decreto de Estado de Alarma preveía esta posibilidad.

Como buenos parásitos aprovechan la debilidad del oponente. En todos los medios de comunicación asistimos al escarnio de una intensificación de la publicidad de aseguradoras (Sanitas, Adeslas, DKV, etc) que ofrecen atender a personas enfermas mayores de las clases sociales que pueden permitirse ese gasto.

Los endoparásitos: gestión privada con financiación pública.

La historia de los endoparásitos, de la penetración del capital privado en la sanidad pública es más compleja. Es una guerra de trincheras. Es la consecuencia de la crisis general del capitalismo que ve caer sus beneficios en sectores productivos y se refugia en el paraíso dorado de los servicios públicos.

El camino de la privatización se inicia en la década de los 90, con la eufemísticamente llamada externalización de partes esenciales de un hospital como son los servicios de limpieza, lavandería, cocinas o seguridad, y no ha cesado de ampliarse a laboratorios, radiodiagnóstico, celadores, etc.

El pistoletazo para la entrada masiva de capital privado en la sanidad lo dio la aprobación en el Congreso de los Diputados de la Ley 15/97 de nuevas formas de gestión, que contó con los votos del PP (gobernando en minoría) el PSOE, PNV, CiU y Coalición Canaria. ¿Puede imaginarse mayor consenso político? Pues aún hubo más. Al día siguiente de la votación la Federación de Sanidad de CC.OO. mostró su satisfacción por tan amplio acuerdo en torno a una Ley clave para «modernizar» la sanidad pública.

¿Puede soñar el capital algo mejor que contar con financiación pública, tener la clientela asegurada, poder imponer condiciones de precariedad laboral, supeditar los recursos ofertados a la obtención de beneficios y seleccionar pacientes rentables?

A ese escandaloso privilegio, que suponía multiplicar por seis en el periodo de concesión la inversión realizada[6], se apuntaron las empresas constructoras en ruina tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, la gran mayoría vinculadas a la trama Gurtel[7], multinacionales de la sanidad privada y fondos de capital-riesgo[8].

Los datos acumulados que expongo a continuación explican el horror vivido en los hospitales durante esta epidemia. En la sanidad pública madrileña, desde 2008 se viene produciendo una brutal disminución de personal, acelerada con la creación de los once nuevos hospitales de gestión privada y financiación pública. Se han perdido más de 7.000 trabajadoras y trabajadores, de ellos 3.000 sanitarios con licenciatura o diplomatura[9], y permanecen cerradas cerca de 3.000 camas.

El análisis de este proceso, complejo, pero que es indispensable conocer, desborda los objetivos de este artículo y ya ha sido realizado[10], aunque este riguroso análisis no haya trascendido a los grandes medios de comunicación. Este silencio no sorprende si se tiene en cuenta que esta información desenmascara intereses políticos y empresariales que, a su vez, contribuyen decisivamente a la financiación de esas mismas empresas de comunicación.

La industria farmacéutica: parasitismo absoluto

Puede decirse sin temor a exagerar que la industria farmacéutica tiene en sus manos las riendas fundamentales de la política sanitaria. En este caso su funcionamiento sería más parecido al de un virus: penetra en la célula, modifica su funcionamiento y depende de ella para su multiplicación. Es lo que se conoce en biología como parasitismo absoluto.

La industria farmacéutica no sólo controla la cuarta parte del gasto sanitario público total, cerca de 25.000 millones de euros, sino que tiene una influencia decisiva en la formación del personal sanitario, dirige la totalidad de la investigación (se investiga y se fabrica lo rentable[11], no lo eficaz), y en la práctica controla la prescripción de medicamentos. Hay un indicio que ayuda a explicar este escándalo cotidiano: muchos altos cargos del sistema sanitario, del más variopinto color político, proceden de multinacionales del medicamento o pasan a ser reclutados por éstas[12].

El asunto central no es que el gasto farmacéutico sea elevado, sino que se calcula que el 50% de los medicamentos prescritos no son necesarios[13] y además provocan multitud de efectos indeseables, entre ellos miles de muertes al año. El hecho de que los fármacos más prescritos, con mucho, sean los ansiolíticos y antidepresivos da idea de hasta qué punto se está medicalizando el malestar social.

El caso más escandaloso ha sido el de los hemoderivados, para los que la OMS recomienda encarecidamente una industria pública estatal. La obtención de sangre por parte de las multinacionales farmacéuticas mediante pago en dinero o en beneficios penitenciarios a quienes la aportan (sectores de la población con alta prevalencia de infecciones) ha sido responsable de la transmisión de infecciones tan graves como la Hepatitis B y C o el SIDA.

El negocio privado fuera de la sanidad pública.

Espero haber contribuido a aclarar que el asunto no se resuelve sólo con aumentar el presupuesto de la sanidad pública. El estado de salud de una persona enferma parasitada por una tenia no mejora aumentando la ingesta alimenticia.

Junto al incremento de recursos estrictamente públicos es imprescindible eliminar el negocio privado de la sanidad pública. Es radicalmente falso que la «complemente». El objetivo prioritario de la obtención creciente de beneficios, consustancial a la empresa privada, es estrictamente opuesto al de la sanidad pública: mejorar el estado de salud de toda la población. Y el capital privado para desarrollarse necesita socavar, debilitar y, en definitiva, subordinar el funcionamiento del sistema a sus intereses. Exactamente igual que los parásitos.

Para construir una sanidad pública potente no valen propuestas grandilocuentes como la Reforma de la Constitución, que por otro lado son imposibles dada la correlación de fuerzas política. El camino es relativamente más sencillo, si de verdad existiese voluntad política. En primer lugar, es necesario llevar a cabo un cambio normativo y desarrollarlo con todas sus consecuencias: derogar el artículo 90 de la Ley General de Sanidad, que permite los Conciertos con empresas privadas, y derogar por completo la Ley 15/97 de Nuevas Formas de Gestión. Ambas leyes, aunque son utilizadas ampliamente por el PP y las derechas nacionalistas, tienen el sello del PSOE.

Junto a ello, para empezar a enfrentar el mayor parásito de la sanidad pública, es preciso crear una industria farmacéutica pública que se ocupe de la investigación, fabricación y distribución de, al menos, los 433 medicamentos considerados esenciales por la OMS[14]. Y no sería imposible, tomando como base la experiencia del Centro Militar de Farmacia de la Defensa.

Negocio privado y sanidad pública son incompatibles. En estas semanas, y lo más duro está por llegar, estamos comprobando dolorosamente que el capitalismo no funciona. La vida es otra cosa.

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[1] Usama Bilal estudió medicina en la Universidad de Oviedo y obtuvo el Máster en Salud Pública en la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). Hizo su tesis doctoral en la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health (EE.UU.) y recibió en 2018 el premio «Early independence» del National Institutes of Health.
[3] Entre ellos, los dos millones de personas incluidas en MUFACE (funcionarios), MUGEJU (jueces) e ISFAS (ejército y policía). Instituciones públicas como Consejo Consultivo de Canarias, las Juntas Generales de Álava, la antigua Comisión Nacional de la Energía, RTVE y el FROB, han tenido, o siguen teniendo para sus miembros y familiares seguros médicos privados pagados con dinero público. También la Asociación de la Prensa de Madrid, mantiene para sus afiliados este privilegio desde 1982. http://casmadrid.org/index.php/comunicados/381-asistencia-sanitaria-privada-con-fondos-publicos-privilegios-mantenidos-por-viejos-y-nuevos-partidos
[4] Para los autónomos y sus familias la deducción por póliza de seguro de salud es de 500 euros por persona y año. Las empresas desgravan el 100% del gasto abonado por seguros médicos a sus empleados a efectos de Impuesto de Sociedades, al ser considerado «gasto social». Para los trabajadores no se considera retribución la prima del seguro de salud pagado por la empresa y por lo tanto está exenta de tributación.
[5] https://www.redaccionmedica.com/secciones/privada/coronavirus-sanidad-privada-camas-uci-ocupadas-libres-9564
[10] Maestro, A. (2013) Crisis capitalista y privatización de la sanidad. Editorial Cisma. Disponible en: http://www.cismaeditorial.es/
[11] Con frecuencia se dan situaciones de desabastecimiento de fmedicamentos necesarios pero poco rentables que la industria farmaceútica deja de fabricar. Recientemente ha saltado a los medios de comunicación la escasez de medicamentos útiles para el tratamiento de algunos casos de COVID-19, como la hidroxicloroquina o necesarios para la sedación, como los relajantes neuromusculares. http://espanol.arthritis.org/espanol/la-artritis/enfermedades-relacionadas/escasez-hidroxicloroquina/
[13] Joan Ramón Laporte, catedrático de farmacología clínica es sin duda el mayor experto en política del medicamento y una de las escasísimas voces no sobornadas por la industria. https://www.elsaltodiario.com/industria-farmaceutica/joan-ramon-laporte-medicamento-covid19-10-euros-no-manos-privadas


07 abril, 2013

Tiempo y salud

por Loam

«¿Quién cojones disfruta de levantarse a las 6:30 por la alarma del reloj, salir de la cama, forzarse a comer, cagar, mear, limpiarse los dientes y el pelo, y pelear contra el tráfico para ir a un lugar donde básicamente vas a generar un montón de dinero a otra persona y encima sentirte afortunado por la oportunidad de hacerlo?»
Bukowski

He redordado esta cita de Bukowski mientras leía un artículo sobre medicina preventiva. Hete aquí otro eufemismo más, he pensado, destinado a cobrarnos las reparaciones de los daños previamente causados por el sistema mismo. Porque, ya está bien de cuentos, el hecho de que estemos avocados al chequeo preventivo prueba que la enfermedad “ya está ahí”, que es el sistema el que, primero la produce y luego la previene. Un negocio redondo para el Estado, para la industria sanitaria y para la farmacéutica: primero arrasan el monte y luego venden una falsa reforestación.

Es la salud, y solamente la salud la que hace innecesaria cualquier medicina, sea o no preventiva. De modo que, lo que debemos preservar y de lo que debemos prevenirnos es de no perder la salud. Pero para que ello sea posible hemos de vivir de otra manera y en condiciones radicalmente distintas a las que se nos imponen. Porque la mayor parte de las enfermedades y dolencias que hoy padecemos están provocadas por el propio sistema, por las insalubres, arbitrarias y abusivas condiciones impuestas por quienes dirigen la llamada economía de mercado, o como prefiráis denominar a este totalitario engendro de mierda en el que nos vemos obligados a trabajar para existir y a existir para trabajar, porque la vida, lo que se dice la vida y no la mera supervivencia, le está vetada a las tres cuartas partes de los habitantes de este planeta arrasado por la voracidad capitalista.

No vendrá solución alguna, ni tampoco la salud, de la mano del sistema, que impone sus normas reduciéndonos a mera mercancía. Recuperar la salud social, la salud común, la de todas y cada una de las personas, implica recuperar la libertad, rebelarse contra la anti-vida impuesta por un calendario mercantil y carcelario. Pero ello requiere, en principio, una atención de cada cual consigo mismo, con su mente y con su cuerpo, que es condición básica para la propia salud. Será cada cual quien determine libremente en qué consiste su propia salud y cómo quiere administrarla, pero dicha conciencia requiere, para empezar, disponer de tiempo, del propio tiempo, de un tiempo que nos es sistemáticamente expropiado desde el mismo momento en que nacemos.

«…vértigo de una sociedad donde el individuo parece hallarse en fuga permanente, donde el reloj de los de arriba nos marca el compás con el que, paso a paso, le vamos dando la espalda a un acontecer pleno, más humano, franco y horizontal, a un presente más nuestro». Juan Cruz López


El horario es el principal instrumento del dominio utilizado por éste para someternos a sus fines, para transformarnos en ejércitos de autómatas obedientes. Las personas que acuciadas por la supervivencia ni siquiera tienen tiempo para prestarse atención a sí mismas ¿cómo van a poder prestársela debidamente al medio en el que viven? Si acatamos el estricto horario dictado para cada una de nuestras acciones, ¿cómo vamos a saber quienes somos o quienes podríamos llegar a ser “realmente”? Hasta la conciencia de saberse esclavo exige una reflexión que sólo puede darse en un tiempo recuperado, liberado.

El sistema genera enfermos crónicos, creyentes integrados, autómatas enajenados de su propio tiempo, privados de sus propias e insustituibles fuentes de salud. Convertida en pura maquinaria productiva, en mera función, la persona “averiada” tiene que acudir forzosamente al taller sanitario, establecido no para sanar, sino para sub-sanar la dis-función que la hace improductiva, no rentable.
Cuando decimos “tómate tu tiempo”, invitamos al otro a actuar por sí mismo, a ser persona y no autómata. Pero, ¿no debiera ser innecesaria dicha invitación? ¿No debiera ser la practica natural y cotidiana “tomarse el propio tiempo”? ¿En qué otro tiempo podemos vivir y no meramente existir? ¿Qué otro tiempo, al margen del propio, podríamos tomarnos que no fuera el impuesto por un poder ajeno a nosotros mismos?

«El tiempo libre, en buena medida, es un tiempo también sujeto a los valores del sistema productor de mercancías». John Holloway.

El tiempo libre (el auténtico tiempo libre, y no el así denominado eufemísticamente por el poder) es requisito indispensable para poder disponer plenamente de nuestras mentes y de nuestros cuerpos, que sólo podrán denominarse “sanos” si nos pertenecen por completo, si no están enajenados. Disfrazar y mercantilizar la salud es la misión del aparato sanitario del Estado, que lo primero que nos hurta “preventivamente” es el tiempo, nuestro tiempo.