Prefacio del libro de
Ilian Pappé, LA LIMPIEZA ÉTNICA DE PALESTINA (2006)
Completo aquí: https://t.co/GJ9wAl8Dv0
Versión en inglés: https://yplus.ps/wp-content/uploads/2021/01/Pappe-Ilan-The-Ethnic-Cleansing-of-Palestine.pdf
Prefacio
LA CASA ROJA
We are not mourning
the farewell
We do not have the
time nor the tears
We do not grasp the
moment of farewell
Why, it is the
Farewell
And we are left with
the tears
Muhammad Ali Taha (1988),
refugiado de la aldea de
Saffuriyya
Soy partidario del
desplazamiento forzoso, no veo nada inmoral en ello. David Ben Gurion a
la ejecutiva de la Agencia Judía, junio de 1938(1)

La «Casa Roja» era un
edificio típico de la Tel-Aviv de sus primeros años. Era el orgullo
de los constructores y artesanos judíos que trabajaron duro para
levantarlo en la década de 1920, y había sido diseñado para
albergar la oficina principal del consejo local de los trabajadores.
Y funcionó como tal hasta finales de 1947, cuando se convirtió en
el cuartel general de la Haganá, la milicia clandestina más
importante del movimiento sionista en Palestina. Localizado cerca del
mar, sobre la calle Yarkon, en la parte septentrional de Tel-Aviv, el
edificio constituía otra bonita adición a la primera ciudad
«hebrea» del Mediterráneo, la «ciudad blanca», como la llamaban
con afecto los literatos y entendidos. Pues en esos días, a
diferencia de lo que ocurre en la actualidad, la blancura inmaculada
de sus casas todavía bañaba a toda la ciudad en el brillo opulento
que era tan típico de las ciudades portuarias mediterráneas de la
época y la región. El paisaje urbano era un regalo para la vista,
en él se fundían con elegancia motivos propios de la Bauhaus con la
arquitectura palestina nativa en una combinación a la que se
denominaba «levantina», en el sentido menos despectivo del término.
Y levantina era la «Casa Roja», con su sencillo diseño rectangular
adornado mediante los arcos frontales que enmarcaban la entrada y
servían de apoyo a los balcones de las plantas superiores. El
adjetivo «rojo» puede haber sido consecuencia tanto de su
asociación con un movimiento obrero como del tono rosa que el
edificio adquiría durante la puesta de sol(2). La primera opción
parece más apropiada, ya que el edificio continuaría manteniendo un
vínculo con la versión sionista del socialismo en la década de
1970, cuando se convirtió en la sede principal del movimiento kibutz
israelí. Este tipo de casas, importantes vestigios históricos del
período del Mandato, animaron a la UNESCO a designar a Tel-Aviv
«patrimonio mundial de la humanidad» en 2003.
En la actualidad la casa
ya no existe. Fue víctima del desarrollo, desarrollo que arrasó por
completo esta reliquia arquitectónica para dar espacio a un
aparcamiento de coches contiguo al nuevo hotel Sheraton. De hecho, en
la calle en la que se alzaba no queda huella alguna de la «ciudad
blanca», que lentamente se ha transformado en la metrópoli
extravagante y contaminada que es la moderna Tel-Aviv en su
crecimiento sin control.
En este edificio, la fría
tarde del miércoles 10 de marzo de 1948, un grupo de once hombres,
conformado por veteranos líderes sionistas y jóvenes oficiales
militares judíos, pusieron los toques finales a un plan para
la-limpieza étnica de Palestina. Esa misma tarde, se enviaron
órdenes militares a las unidades sobre el terreno para preparar la
expulsión sistemática de los palestinos de vastas áreas del
país(3). Las órdenes estaban acompañadas de una descripción
detallada de los métodos que habían de emplearse para desalojar por
la fuerza a las personas: intimidación a gran escala; asedio y
bombardeo de las aldeas y centros poblacionales; incendio de casas,
propiedades y bienes; expulsión; demolición; y, finalmente, siembra
de minas entre los escombros s para impedir el regreso de cualquiera
de los expulsados. A cada unidad se le proporcionó su propia lista
de aldeas y barrios seleccionados como blancos de este plan maestro.
Con el nombre en clave de Plan D {Dalet en hebreo), era la
cuarta y definitiva versión de proyectos anteriores muchos menos
contundentes en los que se esbozaba el futuro que los sionistas
tenían en mente para Palestina y, por consiguiente, para su
población nativa. Las tres versiones previas sólo se habían
ocupado vagamente de la forma en la que la directiva sionista pensaba
lidiar con la presencia de tantísimos palestinos en la tierra que el
movimiento nacionalista judío codiciaba para sí. Esta cuarta y
última versión explicaba esto con claridad y sin ambigüedades: los
palestinos teman que irse(4). En palabras de uno de los primeros
historiadores que advirtieron la importancia de ese plan, Simcha
Flapan, «la campaña militar contra los árabes, incluida la
“conquista y destrucción de las áreas rurales”, se expuso en el
Plan Dalet de la Haganá»(5). La meta del plan era, de hecho, la
destrucción tanto de las áreas rurales como de las áreas urbanas
de Palestina.
Como intentan mostrar los
primeros capítulos de este libro, el plan fue al mismo tiempo el
producto inevitable de la ideología sionista, que abogaba por un
Estado exclusivamente judío en Palestina, y una respuesta a los
acontecimientos que ocurrieron sobre el terreno una vez el gabinete
británico había decidido poner fin al Mandato. Los choques con las
milicias palestinas locales proporcionaron el contexto y el pretexto
perfectos para implementar la visión ideológica de una Palestina
étnicamente limpia. La política sionista, que en febrero de 1947 se
basaba en las represalias por los ataques palestinos, se transformó
en una iniciativa para la completa limpieza étnica del país en
marzo de 1948 (6).
Una vez que la decisión
fue tomada, se tardó seis meses en completar la misión. Cuando
estuvo terminada, se había desarraigado a más de la mitad de la
población nativa de Palestina (cerca de ochocientas mil personas),
destruido 531 aldeas y vaciado once barrios urbanos. El plan adoptado
el 10 de marzo de 1948 y, por encima de todo, su implementación
sistemática en los meses siguientes es un ejemplo clarísimo de una
operación de limpieza étnica, algo que el derecho internacional
actual considera un crimen contra la humanidad.

Después del Holocausto,
ocultar crímenes contra la humanidad a gran escala se ha vuelto casi
imposible. El mundo moderno en el que vivimos, en el que las
comunicaciones, en especial desde el auge de los medios electrónicos,
son un motor tan importante, que ya no permite que catástrofes debidas a
la mano del hombre permanezcan fuera del alcance de la opinión
pública o sean negadas. No obstante, un crimen semejante se ha
borrado prácticamente por completo de la memoria pública global: el
expolio de. los palestinos en 1948 por parte de Israel. Este
acontecimiento, el más formativo de la historia moderna de la tierra
de Palestina, ha sido negado sistemáticamente, y aún hoy sigue sin
ser reconocido como un hecho histórico, por no hablar de que sea
aceptado como un crimen que es necesario afrontar tanto desde un
punto de vista político como moral.
La limpieza étnica es un
crimen contra la humanidad, y a las personas que perpetran acciones
de este tipo se las considera criminales que han de responder ante
tribunales especiales. Quizá resulte difícil decidir cómo lidiar
en el ámbito jurídico con quienes iniciaron y perpetraron la
limpieza étnica de Palestina en 1948, pero, no obstante, es posible
reconstruir sus crímenes para alcanzar tanto una relación
historiográfica más exacta que las propuestas hasta el momento,
como una posición moral de mayor integridad.
Conocemos los nombres de
las personas que se sentaron en esa habitación de la última planta
de la Casa Roja, bajo carteles de estilo marxista con eslóganes como
«hermanos en armas» y «el puño de acero» en los que los «nuevos»
judíos (musculosos, saludables y curtidos por el sol) aparecían
apuntando con sus fusiles, detrás de barreras protectoras, en su
«valiente lucha» contra «los invasores árabes hostiles». También
sabemos los nombres de los oficiales de mayor rango que ejecutaron
las órdenes sobre el terreno. Todos ellos son figuras conocidas del
panteón del heroísmo israelí(7). No hace mucho tiempo, un buen
número de ellos estaban todavía vivos y desempeñaban papeles de
importancia en la política y la sociedad israelíes; hoy son muy
pocos los que todavía están entre nosotros.
Para los palestinos, así
como para cualquiera que rehusara participar en la narrativa
sionista, ha sido claro durante bastante tiempo que estas personas
eran criminales; sin embargo, consiguieron evadir a la justicia y es
probable que nunca sean llevados a juicio por lo que hicieron. Junto
a su trauma, una profunda frustración de los palestinos la
constituyen la negación completa de los crímenes de los que estos
hombres eran responsables y el hecho de que, prácticamente desde
1948, su sufrimiento se haya ignorado por completo.
Hace aproximadamente
treinta años, las víctimas de la limpieza étnica empezaron a
reconstruir el cuadro histórico que la narración oficial israelí
de lo ocurrido en 1948 ha hecho todo lo posible por ocultar y
distorsionar. La fábula que la historiografía israelí ha inventado
habla de un «traslado voluntario» en masa de centenares de miles de
palestinos que decidieron dejar temporalmente sus hogares y aldeas
para despejar el camino a los ejércitos invasores árabes que
estaban empeñados en destruir el naciente Estado judío. En la
década de 1970, los historiadores palestinos, con Walid Khalidi a la
cabeza, empezaron a recopilar memorias y documentos auténticos
acerca de lo ocurrido a su pueblo y ello les permitió recuperar una
parte significativa de la historia que Israel había intentado
borrar. Sin embargo, su trabajo pronto se vio eclipsado por
publicaciones como Génesis 1948, que apareció en 1970 y, una vez
más, en 1992 (en una nueva edición que incluía una introducción
escrita por uno de los ejecutores de la limpieza étnica de
Palestina, Isaac Rabin, entonces primer ministro de Israel). Con
todo, también hubo quienes salieron en apoyo del esfuerzo
historiográfico palestino, como Michael Palumbo, cuya obra La
catástrofe palestina, publicada en 1987, validaba la versión
palestina de lo ocurrido en 1948 con la ayuda de documentos de la ONU
y entrevistas con los refugiados y exiliados palestinos, cuyos
recuerdos de lo que habían padecido durante la Nakba todavía
resultaban inquietantemente vívidos(8).
Podríamos haber tenido
un avance político en la batalla por la memoria de Palestina en la
década de 1980 con la aparición de la denominada «nueva historia»
en Israel. Este fue el intento de un pequeño grupo de historiadores
israelíes de revisar la versión sionista de la guerra de 1948 (9).
Yo era uno de ellos. Sin embargo, nosotros, los nuevos historiadores,
nunca contribuimos de forma significativa a la lucha contra la
negación de la Nakba, pues evitamos la cuestión de la limpieza
étnica y, en un gesto típico de los historiadores diplomáticos nos
concentramos en los detalles. Pese a ello, al usar principalmente
archivos militares israelíes, los historiadores revisionistas sí
consiguieron demostrar cuán falsa y absurda era la afirmación de
que los palestinos se habían marchado «por decisión propia», ya
que lograron confirmar muchos casos de expulsiones masivas de aldeas
y ciudades y revelaron que las fuerzas judías habían cometido un
número considerable de atrocidades, incluidas varias masacres.
Una de las figuras más
conocidas que escribieron entonces sobre el tema es el historiador
israelí Benny Morris(10). Dado que su trabajo se basó
exclusivamente en documentos de los archivos militares israelíes,
Morris terminó proponiendo una imagen muy parcial de lo que había
ocurrido sobre el terreno. Con todo, eso ya fue suficiente para que
algunos lectores israelíes entendieran que la «huida voluntaria»
de los palestinos era un mito y que la idea de que en 1948 su país
había librado una guerra «moral» contra un mundo árabe hostil y
«primitivo» tenía serios defectos y, posiblemente, era por
completo insostenible.
El cuadro era parcial
porque Morris aceptó literalmente e incluso como verdad absoluta
todo lo que decían los informes militares que encontró en los
archivos israelíes. Ello hizo que, por ejemplo, pasara por alto
atrocidades como el envenenamiento del suministro de agua potable de
Acre con tifus, numerosos casos de violaciones y las docenas de
masacres perpetradas por los judíos. Asimismo, continuó insistiendo
(equivocadamente) en que antes del 15 de mayo de 1948 no hubo casos
de desplazamiento forzoso(11). Las fuentes palestinas, en cambio,
muestran con claridad que meses antes de la entrada de las fuerzas
árabes en Palestina, y mientras los británicos todavía eran
responsables de la ley y el orden en el país, a saber, antes del 15
de mayo, las fuerzas judías ya habían conseguido desalojar por la
fuerza a casi doscientos cincuenta mil palestinos(12). Si Morris y
otros autores hubieran usado fuentes árabes o acudido a la historia
oral, habrían logrado una mejor comprensión de la planificación
sistemática que sustentó la expulsión de los palestinos en 1948 y,
por tanto, hubieran podido ofrecer una descripción más veraz de la
enormidad de los crímenes cometidos por los soldados israelíes.
Existía entonces, y
continúa existiendo hoy, una necesidad, al mismo tiempo histórica y
política, de ir más allá de descripciones como las que podemos
hallar en la obra de Morris, no sólo con el fin de completar el
cuadro de lo ocurrido (de hecho, de revelar su otra mitad) sino
también, lo que es muchísimo más importante, porque no tenemos
otro modo de entender plenamente las raíces del conflicto actual
entre israelíes y palestinos. Sin embargo, más allá de eso,
resulta evidente que continuar luchando contra la negación del
crimen es un imperativo moral. El esfuerzo por ir más lejos ya fue
iniciado por otros. La obra más valiosa en este sentido, algo que
era de esperar en vista de las significativas contribuciones que lo
precedieron, fiie el libro seminal de Walid Khalidi, Todo lo que
queda. La obra es un catálogo de las aldeas destruidas y sigue
siendo una guía esencial para cualquiera que desee comprender las
enormes proporciones de la catástrofe de 1948 (13).
Podría pensarse que los
hechos expuestos por estos investigadores deberían haber sido
suficientes para que la opinión pública empezara a plantearse
preguntas incómodas. Sin embargo, el relato de la «nueva historia»
y las contribuciones recientes de la historiografía palestina de
algún modo fueron incapaces de llegar al ámbito público de la
conciencia y acción morales. En este libro quisiera explorar tanto
los mecanismos de la limpieza étnica de 1948, como el sistema
cognitivo que permitió al mundo olvidar (y a los perpetradores
negar) el crimen que el movimiento sionista cometió contra el pueblo
palestino.
En otras palabras, quiero
exponer las razones que invitan a utilizar el paradigma de la
limpieza étnica y a reemplazar con él el de la guerra como base
tanto de la investigación académica acerca de los hechos de 1948,
como del debate público alrededor de esos mismos hechos. No tengo
duda alguna de que la ausencia hasta el momento del paradigma de la
limpieza étnica explica en parte por qué la negación de la
catástrofe ha podido prolongarse durante tanto tiempo. En la
creación de su Estado-nación el movimiento sionista no libró una
guerra que «trágica, pero inevitablemente» condujo a la expulsión
de «una parte de» la población indígena, sino todo lo contrario:
su principal meta era la limpieza étnica de toda Palestina, el
territorio que el movimiento codiciaba para su nuevo Estado. Unas
pocas semanas después de que empezaran las operaciones de limpieza
étnica, los Estados árabes vecinos enviaron un pequeño ejército
(pequeño en comparación con su poderío militar global) para
intentar, en vano, impedir que se llevara a cabo esa limpieza. La
guerra con los ejércitos árabes regulares no interrumpió esas
operaciones, que sólo se detuvieron en el otoño de 1948, cuando
habían completado con éxito su misión.
Es posible que este
enfoque (adoptar el paradigma de la limpieza étnica como la base a
priori para la reconstrucción de lo ocurrido en 1948) parezca a
algunos una acusación desde el comienzo. Y en muchos sentidos se
trata en realidad de mi propio J'accuse contra los políticos
que concibieron y los generales que perpetraron la limpieza étnica
de Palestina. Con todo, cuando menciono sus nombres, no lo hago
porque desee verlos llevados ajuicio a título póstumo, sino con el
fin de humanizar tanto a los victimarios como a las víctimas: quiero
evitar que los crímenes cometidos por Israel puedan atribuirse a
factores tan esquivos como «las circunstancias», «el ejército»
o, como anota Morris, «á la guerre comme á la guerre», así
como referencias vagas similares que sacan a los Estados soberanos
del apuro y permiten a los individuos escapar a la justicia. Yo
acuso, sí, pero yo también formo parte de la sociedad que se
condena en este libro. En ese sentido, me siento tanto responsable de
la historia que aquí se cuenta como parte de ella, y al igual que
otros miembros de mi sociedad estoy convencido, como demuestran las
páginas finales de esta obra, de que un viaje tan doloroso al pasado
es inevitable si queremos seguir adelante y crear un futuro mejor
para todos nosotros, palestinos e israelíes por igual, que es en el
fondo de lo que trata este libro.
Hasta donde sé, éste es
un enfoque que nadie ha empleado antes. Los dos relatos históricos
oficiales que compiten por dar cuenta de lo que ocurrió en Palestina
en 1948 ignoran el concepto de limpieza étnica. Mientras la versión
israelí-sionista sostiene que la población nativa abandonó
«voluntariamente» el país, los palestinos hablan de la
«catástrofe», la Nakba, que se abatió sobre su pueblo, lo que, en
cierto sentido, también resulta una forma elusiva de referirse a lo
ocurrido, pues se concentra más en el desastre en sí que en quiénes
o qué lo causaron. El término Nakba se adoptó, por razones
comprensibles, en un intento de contrarrestar el peso moral del
Holocausto judío (la Shoa), pero al dejar fuera a sus agentes, quizá
haya de algún modo contribuido a la negación continua de la
limpieza étnica en 1948 y las décadas posteriores.
Este libro comienza con
una definición de limpieza étnica que, espero, es lo bastante
transparente como para poder ser aceptada por todos, la definición
que fundamenta las acciones legales contra los perpetradores de esta
clase de crímenes en el pasado o en la actualidad. Un hecho bastante
sorprendente es que en este contexto un lenguaje claro y libre de
jerga reemplaza al discurso jurídico normal, por lo general complejo
y (para la mayoría de los seres humanos) impenetrable. Esta
sencillez no reduce la atrocidad de las acciones que describe ni
oculta la gravedad del crimen. Todo lo contrario: el resultado es una
descripción clara de una política atroz que la comunidad
internacional hoy se niega a condonar.
La definición general de
en qué consiste una limpieza étnica se aplica casi palabra por
palabra al caso de Palestina. Desde este punto de vista, el relato de
lo ocurrido en 1948 emerge como un capítulo libre de complicaciones,
aunque en ningún sentido simple o secundario, de la historia del
expolio de Palestina. De hecho, adoptar el prisma de la limpieza
étnica nos permite penetrar el manto de complejidad que los
diplomáticos israelíes emplean casi de forma instintiva y detrás
del cual se ocultan los académicos del país cuando pretenden
repeler los intentos externos de criticar al movimiento sionista o al
Estado judío por sus políticas y su conducta. «Los extranjeros»,
se dice en mi país, «no entienden y no pueden entender esta
historia desconcertante», por lo que ni siquiera hay necesidad de
intentar explicársela. Asimismo, se considera que no se les debe
permitir involucrarse en los intentos de resolver el conflicto (a
menos, obviamente, que acepten el punto de vista israelí). Lo único
que pueden hacer, como el gobierno de Israel ha sabido decirle al
mundo durante años, es permitir que «nosotros», los israelíes, en
tanto representantes del bando «civilizado» y «racional» del
conflicto, hallemos una solución justa «para nosotros mismos» y
para el bando contrario, los palestinos, que, a fin de cuentas, son
la encarnación del mundo árabe «incivilizado» y «emocional» al
que su pueblo pertenece. Desde el momento en el que Estados Unidos se
mostró dispuesto a aceptar este enfoque retorcido y aprobar la
arrogancia que lo apuntala, tuvimos un «proceso de paz» que no
condujo a nada, que era a lo único a lo que podía conducir, pues
ignoraba por completo la raíz del problema.
Pero, por supuesto, la
historia de lo ocurrido en 1948 no es complicada en absoluto, y por
ese motivo este libro ha sido escrito tanto para los lectores no
especializados en la materia como para quienes, desde hace muchos
años y por diversas razones, se han ocupado del problema de
Palestina y de la forma de hallar una solución a él. Trata de la
sencilla pero horrible historia de la limpieza étnica de Palestina,
un crimen contra la humanidad que Israel ha querido negar y hacer
olvidar al mundo. Recuperarla del olvido es una tarea de la que somos
responsables, no sólo porque una labor de reconstrucción histórica
tanto tiempo aplazada es un deber profesional, sino porque, en mi
opinión, hacerlo implica una decisión moral: es el primer paso que
debemos dar si queremos que la reconciliación tenga una oportunidad
y la paz eche raíces en las desgarradas tierras de Palestina e
Israel.
NOTAS
1. Archivos
Sionistas Centrales, actas de la reunión de la ejecutiva de la
Agencia Judía, 12 de junio de 1938.
2. Otros, por su
parte, están convencidos de que estaba pintada de rojo en la parte
delantera como una muestra de solidaridad con el socialismo.
3. Un historiador,
Meir Pail, sostiene que las órdenes se enviaron una semana después
(Meir Pail, From Hagana to the lDF, p. 307).
4. Los documentos
de la reunión se resumen en los Archivos de las FDI, GHQ/Rama de
operaciones, 10 de marzo de 1948, Expediente 922/75/595 y en los
Archivos de la Haganá, 73/94. En el encuentro en el Centro Mapai,
Israel Galili informó de la reunión, 4 de abril de 1948, Archivos
de la Haganá 80/50/18, La composición del grupo y sus discusiones
son el producto de la reconstrucción de un mosaico formado por
varios documentos, como se explicará en los próximos capítulos. En
el capítulo cuarto se documentan también los mensajes enviados el
10 de marzo y las reuniones previas a la finalización del plan. Para
una interpretación similar del Plan Dalet, que se adoptó unas pocas
semanas antes de la reunión, véase Uri Ben Eliezer, The
Emergence of Israeli Militarism, 1936-1956, p. 253, que escribe:
«El Plan Dalet tenía como fin limpiar las aldeas y expulsar a los
árabes de las ciudades con poblaciones mixtas». Sobre el envío de
las órdenes, véase también Meir Pail, p. 307 y Gershon Rivlin y
Elhanan Oren, The War of Independence: Ben~Gurion ’s Diary,
vol. 1, p. 147. Las órdenes que se despacharon pueden encontrarse en
los Archivos de la Haganá 73/94, para cada una de las unidades:
órdenes a las brigadas para moverse a la Posición D {Mazav
Dalet) y desde las brigadas a los batallones, 16 de abril de
1948.
5. Simcha Flapan,
The Birth of Israel: Myths and Realities, p. 93.
6. David Ben
Gurion, en Rebirth and Destiny of Israel, anotó con franqueza que:
«Hasta la partida de los británicos [el 15 de mayo de 1948] los
árabes no habían entrado ni capturado ningún asentamiento judío,
por más remoto que fuera, mientras que la Haganá ... capturó
muchas posiciones árabes y liberó Tiberíades y Haifa, Jaffa y
Safed ... Por lo que el día de la verdad, esa parte de Palestina en
la que la Haganá podía operar estaba casi libre de árabes». Ben
Gurion, Rebirth andDestiny of Israel, p. 530.
7. Los once
conformaban lo que en este libro llamo la Consultoria, véase el
capítulo tres. Es posible que, aparte de esta camarilla de
dirigentes, otras personas también estuvieran presentes, pero sólo
como espectadores. En cuanto a los oficiales de alto rango, hubo doce
órdenes que se enviaron a doce brigadas sobre el terreno, véase
922/75/595 ibid.
8. Walid Khalidi,
Palestine Reborn; Michael Palumbo, The Palestinian Catastropbe:
The 1948 Expulsión of a People from their Homeland, y Dan
Kurzman, Genesis 1948: The First Arab-Israeli War.
9. Avi Shlaim,
«The Debate about the 1948 War» en Han Pappé, ed., The
Israel/Palestine Question, pp. 171-192.
10. Benny Morris,
The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949.
11. Dice esto en
la versión hebrea de la obra, publicada por Am Oved, Tel-Aviv, 1997,
p. 179.
12. Morris, en el
mismo lugar, habla de entre doscientos mil y trescientos mil
refugiados. Eran en realidad trescientos cincuenta mil si se suma
toda la población de los doscientos pueblos y aldeas que para el 15
de mayo de 1948 habían sido destruidos.
13. Walid Khalidi,
ed., All That Remains: The Palestinian Villages Occupied
andDepopulated by Israel in 1948.
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