13 diciembre, 2021

El ilegal secuestro de Assange — John Pilger

 



SINPERMISO - 12/12/2021


Póngase en libertad a Julian Assange


Al inaugurar esta semana su Cumbre para la Democracia, Joe Biden instó a sus invitados a "defender los valores que nos unen", entre ellos la prensa libre. El presidente estadounidense presumió de su nueva iniciativa para la renovación democrática, que incluye medidas de apoyo a unos medios de comunicación libres e independientes: "Es fundamento de la democracia. Es la forma de que el público se mantenga informado y los gobiernos rindan cuentas. Y en todo el mundo, la libertad de prensa se encuentra amenazada".


Sin embargo, el propio gobierno de los Estados Unidos está poniendo en peligro la capacidad de los medios de comunicación para sacar a la luz verdades incómodas y descubrir delitos y encubrimientos oficiales. Este viernes [10 de diciembre], el Alto Tribunal dictaminó que Julian Assange puede ser extraditado a los EEUU, donde podría enfrentarse hasta a 175 años de cárcel. La decisión no supone sólo un golpe para su familia y amigos, que temen que no sobreviva al encarcelamiento en los Estados Unidos. También supone un revés para todos aquellos que desean proteger la libertad de prensa.


La sentencia revoca la decisión adoptada en enero por un tribunal de distrito, según la cual el fundador de WikiLeaks no podía ser extraditado debido al riesgo substancial de que se suicidara, dada su salud mental y las condiciones a las que se enfrentaría. Posteriormente, los EEUU presentaron un paquete de garantías en su intento de anular ese fallo, que los jueces del alto tribunal aceptaron. Pero los EEUU se han reservado el derecho a internarlo en un centro de máxima seguridad o a someterlo a medidas administrativas especiales –algo pueden incluir el aislamiento prolongado– en función de su conducta. Su equipo apelará, y es probable que el proceso legal se demore durante años.


El centro de atención se ha desplazado al corazón del asunto. Independientemente del bienestar del señor Assange, los Estados Unidos no deberían reclamar su extradición, y el Reino Unido no debería concederla. Se le acusa de acuerdo con la Ley de Espionaje, incluyendo la publicación de material clasificado. El caso contra este hombre de 49 años guarda relación con cientos de miles de documentos filtrados sobre las guerras de Afganistán e Irak, así como con cables diplomáticos, que WikiLeaks hizo públicos en colaboración con The Guardian y otros medios de comunicación. En ellos se revelaban horribles violaciones por parte de los Estados Unidos y de otros gobiernos que, de otro modo, no habrían salido a la luz.


Tal como ha señalado Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional "Prácticamente no ha rendido cuentas ningún responsable de los presuntos crímenes de guerra de los Estados Unidos cometidos en el transcurso de las guerras de Afganistán e Irak, y mucho menos se ha visto procesado, y sin embargo, el editor que sacó a la luz esos crímenes se enfrenta potencialmente a que su vida transcurra en la cárcel."


La Ley de Espionaje no permite defensa alguna del interés público. Los activistas norteamericanos han advertido que su uso es un ataque directo a la primera enmienda. Y los editores de fuera corren el mismo riesgo si se extradita al señor Assange; los cargos se refieren a actos que tuvieron lugar cuando él no estaba en el país.


Los Estados Unidos se han proclamado esta semana faro de la democracia en un mundo cada vez más autoritario. Si Biden se toma en serio la protección de la capacidad de los medios de comunicación para exigir responsabilidades a los gobiernos, debería empezar por retirar los cargos presentados contra Assange.


Fuente: The Guardian, 10 de diciembre de 2021


El secuestro judicial de Julian Assange – John Pilger


"Mirémonos a nosotros mismos, si tenemos valor para ello, para ver lo que nos pasa" Jean-Paul Sartre


Las palabras de Sartre deberían resonar en todas nuestras mentes tras la grotesca decisión del Alto Tribunal británico de extraditar a Julian Assange a los Estados Unidos, donde se enfrenta a "una muerte en vida". Este es su castigo por el delito de periodismo auténtico, preciso, valiente y vital.


Error judicial es un término inadecuado en estas circunstancias. Los cortesanos con peluca del ancien régime de Gran Bretaña tardaron sólo nueve minutos el pasado viernes en estimar una apelación norteamericana contra la aceptación por parte de un juez de un tribunal de distrito en enero de una catarata de pruebas de que a Assange le esperaba el infierno en la tierra al otro lado del Atlántico: un infierno en el que, se predijo con pericia, encontraría la manera de quitarse la vida.


Se ignoró el ingente número de testimonios de personas distinguidas, que analizaron y estudiaron a Julian y diagnosticaron su autismo y su síndrome de Asperger, y que revelaron que ya había estado a punto de suicidarse en la cárcel de Belmarsh, el mismísimo infierno británico.


Se ignoró la reciente confesión de un informante crucial del FBI, títere de la fiscalía, estafador y mentiroso en serie, de que se había inventado sus pruebas contra Julian. Se ignore también la revelación de que la empresa de seguridad, de gestión española, de la embajada de Ecuador en Londres, donde se había concedido refugio político a Julian, era una tapadera de la CIA que espiaba a los abogados, médicos y confidentes de Julian (yo mismo incluido).


La reciente revelación periodística, repetida gráficamente por el abogado de la defensa ante el Alto Tribunal en octubre, de que la CIA había planeado asesinar a Julian en Londres… hasta eso se ignoró.


Cada una de estas "materias", como les gusta decir a los abogados, era suficiente por sí sola para que un juez que defiende la ley desechara el vergonzoso caso montado contra Assange por el corrupto Departamento de Justicia de los Estados Unidos y sus pistoleros a sueldo en Gran Bretaña. El estado mental de Julian, bramó James Lewis, abogado, el hombre de los Estados Unidos en el Old Bailey [sede de los tribunales londinenses] el año pasado, no era más que "malingering" [“fingirse humano”], un arcaico término victoriano utilizado para negar la existencia misma de la enfermedad mental.


Para Lewis, casi todos los testigos de la defensa, incluidos quienes describieron desde la profundidad de su experiencia y conocimiento el bárbaro sistema penitenciario estadounidense, tenían que ser interrumpidos, maltratados, desacreditados. Sentado detrás de él, y pasándole notas, se encontraba su director de orquesta estadounidense: joven, de pelo corto, claramente un hombre de la Ivy League [las universidades norteamericanas más elitstas] en ascenso.


En sus nueve minutos de desestimación del destino del periodista Assange, dos de los más altos jueces de Gran Bretaña, entre ellos el Lord Chief Justice, Lord Burnett (compañero de toda la vida de Sir Alan Duncan, el ex ministro de Asuntos Exteriores de Boris Johnson que organizó el brutal secuestro policial de Assange en la embajada de Ecuador) evitaron referirse a cualquiera de los rosarios de verdades ventiladas en audiencias anteriores en el tribunal de distrito, verdades que habían pugnado por escucharse en un tribunal inferior presidido por una juez extrañamente hostil, Vanessa Baraitser. Su insultante comportamiento hacia un Assange claramente afectado, que se debatía entre la niebla de la medicación dispensada en prisión para recordar su nombre, constituye algo imposible de olvidar.


Lo que resultó verdaderamente chocante el viernes pasado fue que los jueces del Tribunal Superior –Lord Burnett y Lord Justice Timothy Holyrode, que leyeron sus palabras– no mostraran ninguna vacilación en enviar a Julian a la muerte, vivo o no. No ofrecieron ninguna atenuación, ni sugirieron que se hubieran atormentado por los elementos legales o siquiera por la moralidad básica.


Su fallo a favor, si no en nombre de los Estados Unidos, se basa directamente en "garantías" transparentemente fraudulentas reunidas por el gobierno de Biden cuando pareció que la justicia podría prevalecer en enero.


Estas "garantías" son que, una vez bajo custodia norteamericana, Assange no se verá sometido a las orwellianas SAMS –Medidas Administrativas Especiales–, que lo convertirían en una no persona, que no será encarcelado en ADX Florence, una prisión de Colorado condenada desde hace tiempo por juristas y grupos de derechos humanos como ilegal: "un pozo de castigo y desaparición", que pueda ser trasladado a una cárcel australiana para terminar allí su condena.


El absurdo estriba en lo que los jueces omitieron decir. Al ofrecer sus "garantías", los Estados Unidos se reservan el derecho de no garantizar nada en caso de que Assange haga algo que desagrade a sus carceleros. En otras palabras, como ha señalado Amnistía, se reserva el derecho de romper cualquier promesa.


Hay abundantes ejemplos de que esto es precisamente lo que hacen los EEUU. Como reveló el mes pasado el periodista de investigación Richard Medhurst, David Mendoza Herrarte fue extraditado de España a los Estados Unidos con la "promesa" de que cumpliría su condena en España. Los tribunales españoles lo consideraron una condición vinculante.


"Documentos clasificados revelan las garantías diplomáticas dadas por la Embajada de los EEUU en Madrid y el modo que los EE.UU. violaron las condiciones de la extradición", escribió Medhurst, "Mendoza pasó seis años en los EE.UU. tratando de volver a España. Los documentos judiciales muestran que los Estados Unidos denegaron su solicitud de traslado en múltiples ocasiones".


Los jueces del Alto Tribunal –que eran conscientes del caso Mendoza y la duplicidad habitual de Washington– describen las "garantías" de no tratar bestialmente a Julian Assange como un "compromiso solemne ofrecido por un gobierno a otro". Este artículo se extendería hasta el infinito si enumerase las veces en que los rapaces Estados Unidos han roto "compromisos solemnes" con los gobiernos, como esos tratados que se rompen sumariamente y esas guerras civiles que se fomentan. Es el modo en que Washington ha gobernado el mundo y, antes de él, Gran Bretaña: el modo del poder imperial, tal como nos enseña la historia.


Esta mentira y duplicidad institucional es la que Julian Assange sacó a la luz, y al obrar de este modo, acaso cumpliera el mayor servicio público de cualquier periodista en los tiempos modernos.


El propio Julian lleva preso de gobiernos mentirosos ya más de una década. Durante estos largos años, me he sentado en muchos tribunales cuando los Estados Unidos han intentado manipular la ley para silenciarlo a él y a WikiLeaks.


Esto alcanzó un momento estrafalario, en la diminuta embajada ecuatoriana, cuando él y yo nos vimos obligados a aplastarnos contra una pared, cada uno con un bloc de notas que usábamos para conversar, teniendo buen cuidado de proteger lo que nos íbamos escribiendo de las omnipresentes cámaras espía, instaladas, como ahora sabemos, por un apoderado de la CIA, la organización criminal más duradera del mundo.


Esto me lleva a la cita que encabeza este artículo: "Mirémonos a nosotros mismos, si tenemos valor para ello, para ver lo que está pasando".


Jean-Paul Sartre escribió esto en su prólogo a Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, el estudio clásico de cómo los pueblos colonizados y seducidos y coaccionados y, sí, cobardes, cumplen las órdenes de los poderosos.


¿Quién de nosotros está dispuesto a levantarse en lugar de seguir siendo meros espectadores de una parodia épica como es el secuestro judicial de Julian Assange? Lo que está en juego es tanto la vida de un hombre valiente como la derrota, si permanecemos en silencio, de nuestros intelectos y del sentido del bien y del mal: de hecho, nuestra propia humanidad.


Fuente: Counterpunch, 10 de diciembre de 2021


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SON LOS DE ARRIBA

 




'Britain acting like US' poodle' 
Ex MP Chris Williamson weighs in on Assange High Court ruling





11 diciembre, 2021

“Cataluña ciudad” soñada por los idealistas burgueses de los ochenta, crisol de trepas y especuladores — Miquel Amorós

 



PORTALOACA – 18/11/2021


Cataluña a la sombra del capitalismo


Parece ser el territorio un elemento importante en el crecimiento de la economía, que es como decir en la acumulación de capitales. Con la perspectiva del cambio climático y de la “transición energética” del capitalismo, el territorio en tanto que paisaje es un factor estratégico de primer orden en boca de sus administradores. No hace falta calentarse la mollera con esto, pues cada año en Cataluña son clasificadas como suelo urbanizable más de cien mil hectáreas, al tiempo que toda clase de infraestructuras devoran la tierra fértil. La sobreurbanización implica la hipermovilidad. En el territorio catalán se producen alrededor de veinte millones de desplazamientos diarios, la mayoría en vehículo privado (el número de coches crece a mayor velocidad que el de habitantes).


Encima, un alud de proyectos “disneylandistas” camuflados o no tras la candidatura Barcelona-Pirineos a los Juegos de Invierno lo quieren transformar; planes, leyes y decretos a montones concurren para regular dicha transformación sin molestarla demasiado. Como de costumbre, el discurso dominante alude al desarrollo y a los mercados, y apunta a “nuevas expectativas de actividad” y “oportunidades” para los hábitats rurales, pero añade ingredientes ecodesarrollistas como lo de la cohesión territorial, el ocio responsable, la conservación del patrimonio y la protección del medio ambiente. En la práctica, la fragmentación y la fagocitación del territorio continúan su camino ascendente. Como sea que el interés particular es la ley y que, desde hace más de dos siglos, las ganancias determinan la tonadilla de los dirigentes, el cambio de letra denota un cambio de dirección en la obtención de plusvalías. ¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde estamos? A fin de encontrar respuestas adecuadas pasaremos revista desapasionadamente a la actual realidad catalana.


Cataluña es una sociedad plenamente urbana, una “ciudad de ciudades”, como dirían los tecnócratas de la socialdemocracia catalana. El 95% de la población vive en núcleos de más de dos mil habitantes y hay censados menos de 25.000 campesinos. El derecho a la ciudad tan caro a los urbanistas de la “izquierda” institucional ahora es un deber; casi todo el mundo ha de vivir aunque no lo quiera en un entorno urbanizado. El modo de vida característico de la urbe se ha generalizado, o dicho de otra manera: el vivir se ha industrializado. Al menos desde de los fastos olímpicos del 92, Cataluña es una especie de archipiélago metropolitano, o más claro, un “sistema” urbano fuertemente centralizado. El país orbita alrededor de una enorme conurbación de casi cinco millones y medio de habitantes –una de las más grandes y contaminadas de Europa– conectada con otras más pequeñas, que en conjunto abarca el 16% del territorio. De un modo u otro, todos los catalanes son barceloneses. Cataluña entera obedece a las necesidades de la metrópolis, dictadas por la dinámica desarrollista a ultranza correspondiente a la fase globalizadora. Es la “Cataluña ciudad” soñada por los idealistas burgueses de los ochenta, macrocefálica y depredadora, elitista y fenicia, crisol de trepas y especuladores, que no obstante se describía con rostro humano, cosmopolita y progresista, cuna de un capitalismo popular, democrático y participativo, llena de oportunidades para todos. Si la Gran Barcelona industrial de los sesenta y setenta era el motor de la economía española, ahora, en plena terciarización, se afana por ser un nodo –un “hub”– de la economía mundial. Si prestamos atención a quienes mueven los hilos de la planificación inútil y deciden el infeliz destino de los catalanes, el paso siguiente es formar parte de una “eurorregión” mediterránea con el turismo por único soberano, donde los beneficios se multipliquen por diez y el pastel nunca se acabe.


La metrópolis ha sido siempre el problema, nunca la solución. En cualquier momento, su poder desintegrador del territorio ha sido inmenso. Las elites urbanas lo reconfiguraron brutalmente –lo “reordenaron”– imponiéndole unas servidumbres tras otras. De hecho, la contradicción entre campo y ciudad se desvaneció hace treinta o cuarenta años. Los límites municipales se fueron desbordando hasta que las diferencias entre dentro y fuera quedaron borradas. Todo terminó en urbano o periurbano. Se puede afirmar que hoy en día en Cataluña el mundo rural propiamente dicho no existe o es muy residual. Bueno, aún se cultiva el 25% del territorio, pero la agricultura se desenvuelve bajo parámetros industriales y acata las reglas impuestas por las multinacionales de la alimentación. Es una agricultura no soberana, sin verdaderos agricultores. Los viejos saberes campesinos se perdieron irremisiblemente, igual que las costumbres o el derecho consuetudinario. De las prácticas antiguas de los pueblos tales como los consejos abiertos, los repartos vecinales, la enfiteusis, los campos abiertos y los bienes comunales o propios nadie se acuerda.


En fin, el modo de producción agrario tradicional, y junto a él, la sociedad auténticamente campesina, desapareció hace casi un siglo. Era precapitalista, luego incompatible con el capitalismo y con el tipo de Estado centralizador y fiscalizador correspondiente: tenía que ser liquidado. A pesar de todo, el proceso de exterminio fue lento: en 1890 la producción agraria, basada en la trinidad cereales-vid-olivo, todavía superaba a la industrial. Hasta entonces, Cataluña era un país mayoritáriamente agrícola. Hoy apenas tiene industrias propiamente dichas. La gente del campo perdió el control de los lugares donde vivía y siguió por fuerza las directrices del mundo urbano. Los campesinos se convirtieron en ocupantes del patio trasero de la metrópolis, los últimos en enterarse de lo que les concierne. El campo perdió población a espuertas. Cerca de la cuarta parte de los municipios catalanes hoy están en peligro de extinción. Toda una civilización se hundió sin remedio y ni siquiera el museo etnológico es capaz de ofrecer un cadáver folklórico convincente. Habrá que echar mano al azar de algunas antiguallas para poder confeccionar una identidad local susceptible de convertirse en capital simbólico y atraer visitantes. El territorio esta siendo reinventado para adquirir el mayor valor posible en los mercados vacacionales. Eso no es nuevo en absoluto; la novedad consiste en que si la reinvención antes era consecuencia del capitalismo posmoderno, ahora es su premisa. La tierra es más que nunca de quien no la trabaja: el territorio es para explotar más que para vivir. La casa del labrador se llenó de urbanitas. ¿Cómo hemos llegado a esto? Veamos las etapas de este maldito recorrido.


La “revolución” industrial provocó el retroceso económico de la producción agraria y alumbró una nueva clase de asentamiento sin contornos fijos, donde se concentraban bancos, fábricas y mano de obra, en gran parte proveniente del campo: la ciudad industrial. Barcelona, que en la Guerra de Sucesión tenía solo 35.000 habitantes, creció hasta los 184.000 en 1857, en vísperas de la demolición de sus murallas, lo cual originó la expansión fabril por el llano circundante. Primero el ferrocarril y luego el tranvía crearon los suburbios. Si en el año 1900, Barcelona contaba con más de medio millón de habitantes, principalmente burgueses y proletarios, durante la Guerra Civil sobrepasaba el millón, el 37 % de la población catalana. A partir de entonces, el peso de la ciudad, rodeada por un cinturón industrial, no cesará de aumentar, y la lucha de clases, a pesar de la derrota republicana, seguirá caracterizando su historia hasta el advenimiento de la sociedad de consumo masivo. La agricultura tradicional, ya descomunalizada, caerá en picado con la llegada de la mecanización, los abonos químicos, los cultivos especializados y la ganadería intensiva. Allá por los años cincuenta del siglo pasado, la masía entró en crisis para nunca jamás remontar. La demanda del mercado nacional seguiría empujando hacia arriba la industria y, en consecuencia, extendiendo la conurbación. Las autoridades franquistas fueron muy conscientes del fenómeno y aplicaron las normas de zonificación recomendadas por el CIAM, decretando la separación entre fábricas y viviendas y el traslado de la industria barcelonesa al extrarradio. El Plan de Ordenación de Barcelona de 1953 fue el primer intento de racionalización instrumental de la Barcelona metropolitana. A lo largo de los años sesenta y gracias al automóvil se consolidará una primera corona de 36 municipios, reconocida legalmente en 1974 como Corporación Metropolitana, y luego rebautizada como AMB, Área Metropolitana de Barcelona. La continuidad del urbanismo franquista más allá de la muerte del dictador dio un salto cualitativo en 1987, cuando la Generalitat pujolista disolvió la corporación por temor a ceder poder a una institución en manos de competidores políticos.


La numerosa llegada de inmigrantes entre 1965 y 1975 había propiciado la construcción de horrorosos bloques abiertos de pisos de calidad ínfima que enriquecieron a sus promotores, afearon el paisaje urbano y segregaron a los trabajadores en barriadas obreras cada vez más alejadas de un centro cada vez más degradado e insalubre. De los equipos municipales nacidos en las primeras elecciones de “la democracia” salieron reformas tecnopopulistas que contaron con un cierto soporte empresarial, profesional y vecinal. El modelo Barcelona, elaborado por arquitectos “recosedores”, defensores de la institucionalización de las coronas, fue el paradigma urbanístico del desarrollismo posfranquista. Cuando hubo reactivación económica, el idílico “derecho a la ciudad” del urbanismo de fachada social-tecnocrático desembocó en una apuesta por el transporte privado y una prosaica subida del precio del metro cuadrado, suprimiéndose en la práctica el derecho a la vivienda y dándose vía libre a la especulación, a la destrucción del patrimonio y a la gentrificación. En 1977, bastante antes de la entrada de España en la Comunidad Europea, la ocupación en el sector servicios sobrepasó a la ocupación industrial. La circulación –o los “flujos”– y el tratamiento industrial de actividades terciarias aventajaban en capacidad de empleo a la decadente producción fabril. Eso significaba cada vez más un uso no manufacturero de los viejos polígonos y un uso no agrícola del espacio rural. Barcelona tuvo que “ponerse guapa”, que es como decir que hubo de adaptarse a las condiciones de la naciente “cultura del ocio”, o mejor, industria del entretenimiento. De derechos del ciudadano no quedó ni un pellizco. Ante el impulso del consumo privado –ante la colonización de la vida cotidiana– la alianza política entre las clases medias, la aristocracia obrera y los empresarios progresistas hizo aguas. Con el posfranquismo económico se agotaron las metas universales y todo el mundo se sumergió en la vida privada. A mediados años ochenta, mucho más de la mitad de los catalanes se consideraba clase media y soñaba en coches de alta gama, adosados y vacaciones en contacto con la naturaleza domesticada. Entonces, tal como ya había pasado con la costa, la frecuentación sistemática y masiva del interior, especialmente de la montaña pirenaica, –y la construcción de segundas residencias que derivaba de ello– se reveló como la mayor fuente de ingresos y la mejor alternativa a la industrialización. La comercialización del tiempo “libre” ofrecía sin lugar a dudas mejores expectativas que la producción de alimentos, tejidos, electrodomésticos o motocicletas: el deseo de los asalariados de evadirse del trajín cotidiano era mucho más rentable que la demanda de víveres y bienes de consumo. Pasado un tiempo, el derecho de escapar un rato de la aglomeración urbana ahogaría el derecho a habitar en un entorno campestre y a cultivarlo. Prioridad pues al cemento, al asfalto y al esparcimiento mercantilizado. La urbanización se hizo difusa, consumidora abusiva de terreno y muy agresiva. El territorio tuvo que incrementar su conectividad, mejorar sus accesos y multuplicar los espacios recreativos. Las urbanizaciones, los hoteles y los campings, la red viaria y finalmente internet nos introdujeron en una especie de pesadilla extractivista. Las infraestructuras tomaron más importancia que el espacio público y los hábitos cooperativos antaño arraigados: los técnicos al servicio de los inversores dijeron que “vertebraban” el territorio mucho más que las tradiciones y la solidaridad, y nosotros decimos que definen la dominación –el Poder– mejor que las instituciones.


Incluso antes del horizonte del 92 se impusieron los partidarios de la desregulación del mercado del suelo y la supresión de trabas ordenancistas. Un urbanismo perverso –al que podría llamarse olímpico– tomó el relevo al urbanismo táctico de las plazas duras y los “esponjamientos”, escudado en una calamitosa arquitectura de “marca” y un gran acontecimiento deportivo. Entrábamos en la sociedad de los edificios-espectáculo. El sector inmobiliario se perfilaba ya como motor principal de la economía. La superficie construida se duplicó en seguida; el proceso de suburbanización fue más intenso que nunca y se dio preferencia descarada a las autopistas. La corrupción y la deuda de los consistorios ayudaron lo suyo. A cuenta de las clases medias motorizadas, los conjuntos residenciales camparon a sus anchas. Surgieron como setas grandes superficies, naves logísticas y zonas de aparcamiento. Se proyectaron nuevas “rondas”, “patas” y variantes. La expansión del área metropolitana y la expulsión de los pobres de la capital y la AMB fueron el resultado inmediato. En la década de los ochenta se levantaba acta de una segunda corona sin status oficial de más de cuatro millones de habitantes. Agrupaba a 164 municipios. En los noventa, la primera corona se había colmatado e incluso perdía habitantes, mientras que la segunda, denominada Región Metropolitana de Barcelona, RMB. disponía de suelo y se extendía a discreción. La destrucción del territorio estaba servida. Hacia el 2000, se fusionaba lo urbano con lo periurbano. Estábamos a un paso de la “Cataluña-ciudad”, o más exactamente, en la Cataluña globalizada. La “vocación metropolitana” del capitalismo político catalán se había realizado, pero ¡de qué manera! El ritmo acelerado de vida en la conurbación, los nuevos hábitos consumistas promovidos por el endeudamiento alegre y una panorámica de grúas, mostraban sus horribles resultados. Barcelona-municipio permanecía en el centro del caos, luciendo escaparates, celebrando ferias, ofreciendo plazas hoteleras y empleos basura, y disparando el precio de la vivienda. Así, los problemas se traspasaron al territorio, objeto de los frenéticos fines de semana de centenares de miles de personas. Aparte de los daños ambientales, el alto grado de dispersión edificatoria elevó en gran medida el coste de los servicios y de las infraestructuras imprescindibles, obligando a una tímida regulación del hecho metropolitano mediante un Plan Territorial aprobado en 1998, pero no concretado del todo hasta 2010. El interés privado se sobreponía claramente al público (supuestamente el de la administración) o, mejor dicho, ambos se habían vuelto idénticos.


No era necesario que encima se apostara ostentosa y gratuitamente por las finanzas internacionales y el turismo, como hizo el desastroso Fórum maragalliano de las Culturas de 2004, puesto que la parquetematización de Barcelona era un hecho afianzado y la globalización, algo imposible de evitar aunque se quisiera. La crisis inmobiliaria posterior convenció a la plutocracia catalana de la urgencia de finalizar el periodo de edificación desordenada y vertederos incontrolados. Se imponía girar –aunque fuese de boquilla– hacia lo verde de acuerdo con las instrucciones europeas. En 2008 la población concentrada en la RMB se acercaba a los cinco millones y la llegada de turistas batía todos los récords. El turismo surgía como el único motor económico de la Cataluña de los “flujos” apaciguados. La explotación intensiva del territorio en todas direcciones y el despilfarro de recursos asociado que comportaba –en idioma tecnócrata, la “diversificación de la oferta” ante la “demanda externa”– clamaba por un maquillaje completo. El paisaje, sucio, maltratado y desmembrado, era más que nunca un elemento básico del “relanzamiento económico”, especialmente en las zonas entre mar y montaña, donde se estaban ubicando las vías del tren de los ejecutivos (el TAV) y las pistas de aterrizaje en compañía de los aerogeneradores, las placas fotovoltaicas, las incineradoras, las líneas de alta tensión y las plantas de reciclado. La entrada de Cataluña”en el siglo XXI”, es decir, el progreso de la clase dirigente catalana en el panorama internacional exigía cosas ecológicamente incorrectas como la ampliación del aeropuerto de El Prat. De cualquier forma, el ruido en torno al calentamiento global y la energía “limpia” obligaba a una normativa conservacionista de improbable aplicación.


En realidad, apenas se trata de la conservación del medio o de modificaciones significativas del modelo energético “fósil”, y en absoluto del final del sistema alimentario globalizado o de la especulación a todos los niveles: era caso de la explotación “sostenible” del territorio (sic), o sea, de planificaciones “flexibles” y “ajustadas a la diversidad” que no disminuyan la rentabilidad de las operaciones, ni la credibilidad de las autoridades. Se trata pues de la incorporación suave de los costes de la destrucción del territorio al precio del producto turístico-residencial, a través de una suerte de fusión de ambientalismo, política y negocios. En resumen, el desarrollismo teñido de verde. Una nueva ley, todavía en fase de anteproyecto, cargará con la tarea de establecer un uso del territorio que los expertos al servicio de los promotores quieren “eficiente”, “competitivo” y a su manera “sostenible”, de forma que las condiciones reales que nos han llevado a la situación en la que nos encontramos no se alteren sustancialmente, las fuentes del beneficio privado no se agoten, y la locomotora del progreso continúe su marcha por los raíles del estatismo hacia el precipicio sin que ningún freno intervenga.


Miquel Amorós

Jornades per l'agitació “Rehabitem les ruralitats”, a Les Llosses (Ripollès) el 18 de setembre de 2021


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10 diciembre, 2021

PARAGUAY: Transgénicos, capitalismo, monopolio agroalimentario, crimen y destrucción mediombiental — Inés Franceschelli

 





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La destrucción del medio ambiente tiene muchas caras. Muchos fabricantes de chocolate, empresas palmicultoras y cadenas de comida rápida contribuyen a la destrucción de los bosques, sabanas y otros ecosistemas de la tierra.


Pero hay una empresa que hace que las demás parezcan menores: Cargill.


La multinacional norteamericana tiene "una sucia historia de 80 años de falsedad, engaño y destrucción" y ha sido declarada por la organización Mighty Earth como la "peor empresa del mundo". En su informe describen de manera detallada como se beneficia Cargill de la destrucción del medio ambiente y la explotación de personas.


En Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia, Cargill está involucrada en la destrucción de grandes superficies de los ecosistemas del Amazonas, el Cerrado y el Gran Chaco para la producción de soja y carne de vacuno.


En Costa de Marfil y Ghana, Cargill compra cacao que se cultiva en áreas protegidas y hasta en parques nacionales. Y parece aceptar la compra de cacao en cuyo cultivo trabajan niños.


En Indonesia y Malasia, Cargill compra aceite de palma de empresas que talan y queman ilegalmente, y también aquí hay trabajo infantil y hasta esclavos, y al obviarlo Cargill antepone los beneficios a la más mínima ética.


Desde hace años, Cargill promete eliminar la destrucción de los bosques, la degradación ambiental y las violaciones de derechos humanos de sus cadenas de abastecimiento. Pero es una gran mentira.


Algunas de las empresas que le compran son cadenas de restaurantes y supermercados entre las que se encuentran McDonald’s, Burger King, Aldi y Unilever entre otras.


Fuente: https://www.salvalaselva.org/peticion/1189/beneficiarios-del-fuego-detengan-al-gigante-de-la-soja-cargill


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La compañía agroindustrial estadounidense Cargill inicia sus operaciones en Venezuela en 1986.

– Posee dos oficinas en Caracas.

– Trece plantas industriales en: Barquisimeto, Cabimas, Catia, Catia La Mar, La Encrucijada, Los Olivitos, tres en Maracaibo, Maracay, Píritu y dos en Valencia.

– Siete sucursales comerciales en: Barquisimeto, Caracas, Maracaibo, dos en Puerto La Cruz, San Cristóbal y Turmero.

Sus marcas comerciales son:

– Aceite comestible: Vatel, El Rey, Deleite.

– Pasta: Ronco, MiMesa, Milani, Fiorentina.

– Harina: Blancaflor, MiMesa, Gold Medal.

– Harina industrial: Rey del Norte, Flor de Guayana.

– Arroz: Santa Ana parbolizado.

– Galletas: Xplosion, Wafermix.

– Jugo de frutas: Tropimax.

– Comida para animales/mascotas: Dogui, Gati, Robustin.

– Nutrición animal: Purina.

Inversiones en Venezuela:

– Adquirió Molinarca (molino de trigo y planta de harina).

– Adquirió Agribrands Purina (nutrición animal).

– Adquirió Gramoven (molino de trigo, planta de harina y pasta).

– Adquirió Halaca y Favepro (originalmente cuatro plantas de harina, que fueron desmanteladas para construir su planta de comida para animales/mascotas).

– Adquirió el 70% de Produsal (instalaciones para la producción de sal. Empresa conjunta, o joint venture, con Pequiven).

– Adquirió la Planta de Arroz Santa Ana.

– Adquirió Mavesa.


Fuente: https://saberipoder.wordpress.com/2009/03/05/cargill-negro-sobre-blanco/


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Cargill: la peor empresa del mundo


Cargill es la empresa privada más grande de Estados Unidos, más grande incluso que la famosa Koch Industries. Su huella se extiende por todo el mundo. Pero, ¿es "la peor empresa del mundo"? Admitimos que esta es una afirmación un tanto osada. Hay, por desgracia, muchas empresas que podrían competir por este dudoso honor. Pero este informe proporciona numerosas y convincentes pruebas que respaldan tal afirmación.


Las personas que han enfermado o fallecido por comer carne de Cargill contaminada, los niños que trabajan cultivando el cacao que Cargill vende en forma de chocolate por todo el mundo, los habitantes del Medio Oeste que beben agua contaminada por Cargill, los indígenas desplazados por la inmensa deforestación para dedicar esos terrenos a la alimentación de los animales de Cargill y los consumidores corrientes que han tenido que pagar más para llevar comida a la mesa debido a las malas conductas financieras de Cargill, todos ellos, han sufrido las repercusiones de este gigante de la industria agroalimentaria. Su vida es peor por haber entrado en contacto con Cargill.


Violaciones de los Derechos Humanos y Violencia Contra las Comunidades Indígenas


Muchas comunidades indígenas viven en los bosques y dependen de ellos para obtener alimentos y agua, tener un refugio y asegurar su supervivencia cultural. Los productores de soja, los ganaderos y los intereses de la tala ilegal a menudo han utilizado la violencia para desplazar a los pueblos indígenas de sus tierras ancestrales.


Cargill es una de las diez empresas que más contaminan en la industria alimentaria de los EEUU debido a los siguientes productos químicos tóxicos:




Fuente: https://stories.mightyearth.org/cargill_la_peor_empresa_del_mundo/


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09 diciembre, 2021

Tecnología, capitalismo y lucha de clases

 



triContinental – 01/11/2021


Fragmento extraído de Los gigantes tecnológicos y los retos para la lucha de clases


En la sociedad capitalista, la tecnología aparece como herramienta excepcional para transformar la forma de producir, distribuir y consumir bienes. La tecnología no es neutral, no está fuera de las estructuras sociales, es algo que actúa sobre el mundo, pero también forma parte del mundo construido por el trabajo humano para —en una sociedad capitalista— acumular ganancias para los propietarios.


La ideología dominante señala que el desarrollo de las tecnologías y la ciencia se habría dado de modo lineal, acumulativo e inexorable, y que el advenimiento del capitalismo sería la cúspide de este proceso. Habríamos llegado, como humanidad, a un sistema que produce todo de la mejor y más eficiente manera, que ha hecho irrelevante todo lo anterior o lo que se resiste a integrarse en él.


Esta narrativa oculta el hecho de que las tecnologías son el resultado de trabajo, de relaciones y dinámicas sociales en contextos históricos y culturales específicos. El avance tecnológico es sobre todo un proceso que se desarrolla a partir de la propia organización social del trabajo en las sociedades. Los grandes avances de la tecnología no son resultado de individuos excepcionales, sino de conocimientos e intereses colectivos que tienen que ver con las formas de producción y reproducción de la vida, y con las relaciones sociales que determinan y son determinadas por esas mismas formas de producción y reproducción.


Siendo así, la sociedad capitalista frecuentemente produce conocimientos, técnicas y tecnologías que expresan su propia naturaleza y sus contradicciones. Se apropia de lo que existe y busca moldear la realidad para satisfacer su dinámica. Crea su propia industria, sus propias máquinas, no necesariamente mejores para el desarrollo humano, pero ciertamente más eficientes para el proceso de acumulación de capital.


En la medida en que la organización de la producción capitalista se basa en la explotación del trabajo con fines de lucro, sus tecnologías buscan controlar el proceso productivo dictando los ritmos del trabajo humano, que aparece simplemente como una pieza más del engranaje. Al mismo tiempo, buscan centralizar, concentrar y dominar la capacidad productiva para establecer ventajas en una carrera permanente entre dueños de capital por apropiarse de las ganancias de otros sectores económicos. Como resultado, la pobreza y la miseria crecen en la misma medida en que crece el número de productos que teóricamente podríamos consumir.




La tecnología, por lo tanto, no es neutral, ya que se produce en el contexto de una sociedad de clases cuya lógica beneficia a la clase propietaria en detrimento de las demás. Las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) son expresiones técnicas y tecnológicas de un proceso más amplio. Las crisis cíclicas y estructurales que caracterizan al sistema capitalista generan momentos oportunos para el surgimiento de nuevas tecnologías. La revolución microelectrónica (producción de circuitos integrados cada vez más pequeños y rápidos), como los chips, por ejemplo, ha impactado y cambiado profundamente la comunicación humana a nivel global, al mismo tiempo que ha permitido una movilidad sin precedentes del capital.


Las empresas pudieron disolver fábricas, instalarlas en varios países simultáneamente y coordinar en tiempo real procesos productivos y transacciones financieras en todo el planeta por medio de la informatización y la estandarización. Las tecnologías hicieron viable la tercerización de los procesos productivos y la circulación de mercancías, y han fragmentado a la clase trabajadora, articulada a partir de la flexibilización del trabajo y la reducción de derechos. Ese potencial para desarticular la producción dio al capital un poder de negociación aún mayor sobre los trabajadores/as, hasta entonces concentrados y organizados en enormes complejos industriales ubicados en un lugar concreto.


Los gigantes tecnológicos y el Estado


Las TIC, desarrolladas a partir de la microelectrónica y la computación, fueron en su mayoría resultado de demandas militares, siendo posteriormente difundidas en el sector civil para la expansión de la acumulación capitalista. Fue debido a la búsqueda de mejoras en su poderío militar que EEUU movilizó, coordinó y apoyó esfuerzos colectivos en agencias gubernamentales, universidades y empresas privadas. La carrera espacial que se libró durante la Guerra Fría también propició —y sigue haciéndolo hoy con la continuación de la exploración espacial— el desarrollo tecnológico.


Más allá del surgimiento de tecnologías que crean mercados, el Estado también es fundamental para mover la frontera tecnológica para defender o incluso disputar segmentos, así como para apoyar en la expansión a mercados externos. Las empresas de alta tecnología están imbricadas con sus Estados nacionales y dependen estructuralmente de los sistemas de innovación gestionados por ellos, cuyo objetivo central es, en su origen, militar.


Así, la industria de las TIC se estableció controlada por los Estados y corporaciones del Norte Global. Las etapas de producción y los bienes de alto valor agregado asociados al control y desarrollo de las bases tecnológicas fueron, usualmente, preservadas por sus transnacionales, tanto porque aseguraban altos márgenes de ganancias, como por posibilitar ventajas militares y de vigilancia, garantizando la hegemonía.


Por tanto, para comprender el ascenso de los gigantes tecnológicos, empresas conocidas también como Big Techs (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft, etc.), es necesario comprender cómo se relacionan con los mecanismos de acumulación del capital. Por mucho que se presenten como "solución" a los problemas económicos actuales, estas corporaciones son síntomas, es decir, expresan cómo el capitalismo en crisis busca dirigir las tecnologías hacia sus intereses. Aunque modernas en cuanto a la sofisticación y escala de las tecnologías empleadas, estas mismas corporaciones representan el atraso civilizatorio respecto a la flexibilización del trabajo, la reducción de derechos, la ofensiva avasalladora sobre los recursos naturales, la centralización y concentración de capitales y el poder de las empresas privadas por sobre las instituciones públicas, además de otros procesos que caracterizan las soluciones capitalistas a sus crisis.




Por ello, el auge de los gigantes tecnológicos como expresión del capitalismo contemporáneo va acompañado de una gran ofensiva ideológica basada en el individualismo, el discurso emprendedor, la negación de la política (discurso de la neutralidad) y otros mitos sociales que se vuelven aún más poderosos, en la medida en que estas mismas corporaciones asumen el papel de medios de comunicación y agentes ideológicos privilegiados en la sociedad.


Uno de estos mitos sociales fundadores es el "mundo virtual" como realidad paralela presentada con diferentes nombres: ciberespacio, aldea global, mundo virtual, red informática mundial, superautopista, metaverso, etc. Esta idea se basa en la ilusión de una red definida por su horizontalidad, donde todas las personas son iguales, ya que todas están dotadas de las mismas herramientas. Todo el mundo tiene voz y puede participar e influir en la vida colectiva. En este mundo virtual, las redes y tecnologías son neutrales y solo buscan "crear soluciones y conectar a las personas". Sin embargo, por detrás de esta aparente horizontalidad está el trabajo de los spin doctors, expertos/as en proyectar determinadas políticas sobre la opinión pública, y, cada vez más, de los científicos/as o analistas de datos. Estas personas tienen que trabajar duro para impedirnos registrar la realidad, por ejemplo, de la exclusión digital y de la erosión del tiempo de ocio para la mayoría de la gente.


El uso frecuente del término "nube" corrobora esta idea de un lugar abstracto donde los datos producidos por los usuarios/as están permanentemente disponibles, organizados casi mágicamente bajo criterios democráticos y universales. Nada más lejos de la realidad. La "nube", en realidad, es una gigantesca infraestructura multitecnológica y extremadamente concreta. Consiste en un conjunto de servidores en instalaciones ubicadas en su mayoría en Estados Unidos, altamente centralizadas y monopolizadas, donde la desregulación y la arbitrariedad de los intereses políticos y de lucro reinan por encima de cualquier supuesta reivindicación democrática y universalizadora sobre los datos de los usuarios, al tiempo que consumen cantidades exorbitantes de energía y recursos naturales.


Otro mito fundamental de las grandes empresas de tecnología es el de lxs emprendedores, una nueva versión de la vieja fábula del self-made man [hombre hecho a sí mismo], que preconiza el éxito solo como resultado del esfuerzo y las habilidades individuales. Se crea la imagen de los genios de garaje, en general hombres blancos jóvenes que son brillantes y que revolucionaron el mundo por sí solos. Son multimillonarios solo por sus propios méritos. Figuras como Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg ascienden al grado de gurús de los negocios, coachs inspiradores, como si sus trayectorias fueran accesibles a todos/as, ya que dependen apenas de una buena idea y perseverancia. Lo que no se cuenta es que esos individuos se formaron en centros de excelencia de las elites, como Harvard, Stanford, Princeton, MIT o Caltech, centros que, aunque son de naturaleza jurídica privada, se alimentan de voluminosas inversiones públicas y políticas estatales, con financiamiento desde departamentos civiles y militares del gobierno, así como de las políticas de importación de cerebros y conocimiento de otros centros de excelencia de países periféricos.


Con esta ideología del "emprendedor digital" tampoco se explican sus vínculos con los capitales financieros y especulativos, que invierten millones en la creación y expansión de estas empresas. Se vende la imagen de que los individuos empezaron "de la nada", y no se menciona el hecho de que ya contaban con financiación millonaria que finalmente se tradujo en la apropiación privada de conocimientos y tecnologías públicas construidas colectivamente y con muchos recursos públicos. Los 500 mil dólares que Zuckerberg consiguió para comenzar Facebook solo fueron posibles por sus conexiones con la élite del capital financiero y especulativo.


También es curioso que muchos de estos emprendimientos, como Spotify o Uber, no generen ganancias, o que en realidad no sea necesario que las generen. Su valor de mercado es más importante que su rentabilidad. Basta con una buena promesa de valor con la que se pueda especular. Esa financiarización tiene una base material que es la explotación del trabajo; la tecnología vuelve a los trabajadores/as más productivos, y está ligada a las máquinas y a las herramientas (capital constante en términos de Marx), transmitiendo sus valores incorporados a las mercancías recién creadas. No obstante, cuanto más financiarizada una economía, mayor es la presión sobre el sector productivo y mayor es la explotación de los trabajadores/as para poder compensar el nivel de valores especulados en las bolsas.


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08 diciembre, 2021

Putin: "Finlandicen Ucrania, o lo haremos nosotros"

 

"Estamos ante una irrefutable paradoja geográfica: la finalidad de la OTAN es gestionar los riesgos generados por su propia existencia". Richard Sakwa



Information Clearing House – 07/12/2021

  Fragmento traducido del inglés: Arrezafe


Cuando el Pacto de Varsovia colapsó y la URSS se desintegró hace tres décadas, Rusia retiró todas sus fuerzas militares de Europa Central y Oriental. Moscú creyó haber alcanzado a un acuerdo con los estadounidenses.


Según dicho acuerdo, las dos Alemanias se reunirían. Las tropas rusas serían retiradas de Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania, y no habría expansión de la OTAN en Europa del Este.


Si Estados Unidos asumió ese compromiso, pronto rompió su promesa. Porque en 20 años la OTAN había incorporado a la alianza a todas las naciones del Pacto de Varsovia junto con las ex repúblicas soviéticas de Lituania, Letonia y Estonia.


Los neoconservadores y los halcones republicanos, como el fallecido John McCain, buscaron incorporar a Ucrania y otras dos ex repúblicas soviéticas, Georgia y Moldavia, a la OTAN.


Putin, que sirvió en el KGB a fines de la era soviética, denominó a la desintegración de la URSS "la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX", ha advertido que: "Ya es suficiente”.


Y añadió: "¡Hasta aquí hemos llegado! Ucrania no va a ser miembro de la OTAN ni aliado militar y socio de Estados Unidos, ni una base militar desde la que atacar a Rusia en cuestión de minutos. Para nosotros, eso significa cruzar la línea roja. Y si la OTAN procede a armar a Ucrania para un posible conflicto con Rusia, nos reservamos el derecho de actuar primero. ¡Finlandicen Ucrania, o lo haremos nosotros!"


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