04 octubre, 2020

CHILE: La «Brigada Dignidad» — Rossana Dresdner

 


El Mostrador - 04/10/2020


Más de 40 profesionales de la salud y de otras áreas estuvieron por cinco meses en los alrededores de la Plaza Italia, desafiando el miedo y el peligro, atendiendo a los heridos del estallido social. La Brigada Dignidad. El grupo se dividió entre el equipo de salud y el de rescate. En el segundo, estaban “los escuderos”, que acompañaban y protegían a los profesionales de salud que iban a la primera línea en busca de heridos. Trabajaban, en turnos de cuatro de la tarde a diez de la noche, médicos internistas, urgenciólogos, anestesiólogos, enfermeras, enfermeras de urgencia, kinesiólogos, neurólogos, fonoaudiólogos, psicólogos, siquiatras, oftalmólogos.


25 de octubre de 2019. Santiago de Chile. En la comuna de Providencia, cerca del puente de los candados, a siete cuadras de la Plaza Italia, seis personas que no se conocen se buscan en medio del gentío, a través de mensajes en un grupo de Whatsapp: «¿Eres tú, Alberto? Soy Javier, estoy vestido con una polera roja y pantalones verde olivo. ¿Dónde están?». «Estamos en el estacionamiento, al lado del café, en el monolito».


Los seis son profesionales del área de la salud, todos ex estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada por Fidel Castro en 1999 para jóvenes de bajos recursos de todo el mundo. A través de las indicaciones por Whatsapp, los seis finalmente se encuentran en medio del gentío en las afueras del Café Literario, espacio municipal para la lectura y ahora cerrado por las masivas manifestaciones en la zona. Se saludan con un apretón de manos y una sonrisa, como si fueran amigos. Para entonces, ya miles de personas inundan el sector.


«Fue el día de la marcha del millón», dice Javier, haciendo referencia a la manifestación que congregó a más de un millón doscientas mil personas en Santiago ese día. «A mí me llamaron por teléfono. Cuando nos juntamos, empezamos a atender a la gente ahí mismo. En la calle. Solo teníamos una mesa de plástico que apareció de no sé dónde y los implementos de primeros auxilios que cada uno había llevado de manera personal».



Javier es uno de los seis. Uno de los seis fundadores de la Brigada Dignidad, equipo de salud, rescate y primeros auxilios que desde el 25 de octubre de 2019 y hasta fines de marzo de 2020, funcionó en el entorno de la ahora Plaza de la Dignidad, sector donde por cinco meses de desarrollaron las principales protestas y enfrentamientos entre manifestantes y la policía, como parte del mundialmente conocido estallido social chileno.


Se ven estructuras de fierro cubiertas con lona azul, iluminadas con luz artificial, al interior de las cuales hay mesas con todo tipo de implementos de salud, ordenados en cajas plásticas transparentes apiladas, botellas de alcohol, paquetes de gasas, cajas de guantes. En una camilla hay un hombre acostado y un médico le está extrayendo balines del brazo con una pinza quirúrgica. Más allá un hombre con una máscara antigas colgando del cuello está sentado y apoya su brazo derecho en una mesa sobre la que también hay un casco blanco con una cruz roja. Tiene la manga subida y se ve una herida de unos cinco por cinco centímetros en su muñeca. Una enfermera vestida de azul se le acerca y se cruza ante la cámara. En el siguiente box, otro doctor con mascarilla y una linterna de cabeza cose una herida en la mano de un hombre que yace acostado en una camilla. Más allá, un joven vestido con pantalones cortos está acostado de lado mientras dos personas con cascos blancos le curan una herida en el brazo derecho. En el mismo lugar, dos hombres y una mujer con el uniforme azul y beige de la Brigada comentan que el punto de salud está colapsado.


«A las dos semanas ya se había integrado mucha gente a la Brigada. Y no solo retornados de Cuba y Venezuela, sino también gente que no había salido de Chile», continúa.


Después de un mes, el grupo ya tenía alrededor de cuarenta personas, que se turnaban para cubrir el puesto de salud todos los días. Hombres y mujeres convocados uno a una, de boca en boca, de manera igualmente selectiva. «Los que llegaban era gente conocida de los que ya estábamos, del trabajo, del barrio, familiares, todos compañeros. No hubo una convocatoria abierta a integrarse a la Brigada, solo se llamó a gente de confianza», dice Javier. Y subraya: «Nosotros somos autónomos, no respondemos a ningún partido político u otra organización».


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«Te acuerdas de mí?». Le escribí a Rodrigo a un número de Whatsapp que me conseguí con un conocido, que también era conocido suyo. Nos presentaron –el mismo conocido– un día en la calle, después de una jornada de protesta. Ese día Rodrigo andaba de terno, corbata y maletín. Semanas después lo volví a ver, casi en el mismo lugar, pero ahora con overol, casco, máscara antigás y un escudo. Estaba en una brigada.


«Sí, claro que me acuerdo», respondió. «Tengo que verlo con el equipo, porque es una decisión que tenemos que tomar como colectivo», agregó cuando le dije que quería entrevistarlos. Una semana después me comunicó que habían accedido y me mandó un mail para que enviara la solicitud formal. Escribí y, después de otra semana, Patricia me contactó por Whatsapp y fijamos fecha para el encuentro por Zoom.


A las ocho de la tarde de un día viernes los vi aparecer, uno a uno, puntuales, en la pantalla de mi computador. Javier, 50 años, médico, fundador de la brigada. Sentado en una silla, serio, con audífonos grandes y la capucha de un polerón tapándole la cabeza. Patricia, dueña de casa, 34 años, integrante del equipo de rescate, sonriendo enmarcada por unos enormes aros de cobre y una chasquilla azul. Ximena, siquiatra, 41 años, miembro del área médica de la brigada, que va manejando su camioneta, camino a casa, durante toda la entrevista. Y Rodrigo, ingeniero –mi contacto–, 36 años, también del equipo de rescate, vestido más formalmente y sentado en el sofá de un living con paredes blancas.


Pienso en la paradoja de tener que entrevistarlos por Zoom, de conocerlos a distancia y verlos encerrados, como todos, hace meses en sus casas. De tener que escribir sobre ellos en frío.


Me presento, con cuidado, para no alejarlos, para darles confianza. Se trata de una crónica sobre el estallido social –les digo– más allá de la calle, las cifras, los heridos y muertos. Que hable de los protagonistas de esta historia. De algunos protagonistas de parte de esta enorme historia. De ellos.


Me escuchan. Y luego ponen las condiciones: sin nombres reales, sin fotos y sin detalles de los implementos con que contaban en el punto de salud. Por seguridad. Pienso que también es paradójico que, viviendo en democracia y a pesar de no haber hecho nada ilegal, tienen temor a represalias. Accedo a sus condiciones.


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En la foto aparecen trece. Dos con el puño en alto. Todos con el uniforme de camisas azules y pantalones beige con huinchas antirreflectantes. Todos con sus cascos blancos, máscaras antigas y antiparras. Cuatro sostienen escudos rojos con una cruz negra de huincha autoadhesiva. Dos tienen cámaras GoPro pegadas al pecho. Otros dos llevan chalecos tácticos. La foto es de inicios marzo, del primer turno del día, en el punto de salud que funcionaba en la feria artesanal del Barrio Bellavista, calle Pío Nono, frente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.


Si bien al comienzo el grupo estuvo integrado casi exclusivamente por médicos, pronto se unieron otro tipo de profesionales y de no profesionales. «Por el número de personas y la magnitud de las heridas con que llegaban, necesitábamos más voluntarios y otras capacidades, no solo conocimientos de salud», explican. En concreto, requerían gente preparada para rescatar a las personas heridas, sacarlas del lugar donde estaban y llevarlas al punto de salud para asistirlas. «Necesitábamos gente que pudiera estar en la primera línea, con experiencia en la calle».


El grupo se dividió entre el equipo de salud y el de rescate. En el segundo, estaban “los escuderos”, los que acompañaban y protegían a los profesionales de salud que iban a la primera línea en busca de heridos.



Rodrigo y Patricia se unieron a los escuderos.


«Una compañera, amiga de una doctora, me dijo que en la Brigada se necesitaban escuderos», dice Patricia, como si hablara de postular a un trabajo cualquiera.


Le pregunto qué se requiere para ser escudero: ¿Buen estado físico?, ¿conocimientos de autodefensa?, ¿coraje?: «Un poco de todo… pero principalmente conocimiento de calle. Yo me movilizo desde muy chica en la calle, así es que la conozco. También hago harto deporte: entreno crossfit todos los días. Y tengo conocimiento en primeros auxilios».


Patricia trabajó mucho tiempo grabando marchas en las protestas del 2011. Ahí aprendió, dice. «Es un trabajo con respeto a la primera línea, hay que saber seguir su ritmo, ser respetuoso de la calle, porque son ellos los que corren el mayor riesgo. El objetivo es ser un aporte a la primera línea, a la lucha del pueblo, a la lucha callejera».


«Yo me pasaba de la pega para allá», dice Rodrigo. «Como soy ingeniero, llegaba de la oficina, de terno y corbata, colgaba mis cosas en un árbol cerca del toldo y me ponía el uniforme. Y ahí estábamos hasta las diez de la noche».


La Brigada Dignidad tenía dos equipos de rescate, de 4 y 5 integrantes cada uno. Cada grupo tenía un médico o una enfermera y alguien con conocimientos de primeros auxilios. Personas que sabían clasificar los tipos de herida, qué hacer con un trauma ocular, cuándo llevar a la persona al punto de atención y cuándo derivarla a urgencia. Gente que sabía resistir, que aguantaba estar en medio de esta especie de guerra campal, unos atendiendo y otros tapando con sus escudos los balines, el chorro del guanaco, las lacrimógenas. Gente con resistencia física. Con resistencia al miedo. Con capacidad de control. «Ese es el concepto de calle”, me explican.



A medida que los grupos salían, se iban conociendo y generaban confianza entre ellos. Confianza que era fundamental para el trabajo de rescate.


«Cuando el equipo médico y los escuderos acudimos en ayuda de alguien, que generalmente se encuentra en un sector expuesto, los de salud tenemos que concentrarnos en el paciente y olvidarnos de lo que ocurre a nuestro alrededor. Ahí quedas a cargo de tu par, del escudero que está contigo», cuenta Ximena. «Debes poder confiar en esa persona, en que sabe lo que está haciendo, que tiene los ojos donde tienen que estar, que tiene la fortaleza y la serenidad, porque de eso depende que el paciente y tú estén bien resguardados, que no vaya a venir una turba de carabineros o de manifestantes corriendo y te pasen por encima, que no te llegue una lacrimógena en la cabeza».


Recuerda una vez que estuvieron atrapados en un tumulto y Patricia la protegió a ella y al herido con su escudo. La presión fue tan grande que se lo doblaron. Ximena no pudo entender cómo Patricia, con su metro sesenta, pudo contener esa presión. Patricia tampoco.


Después de eso tú dices: «Yo voy contigo a donde sea». Y eso es vital. Yo tenía que salir con quien yo me sintiera segura. Porque tengo tres hijos en mi casa. Y tenía que volver a mi casa.



¿Cómo se maneja el miedo?


Para Patricia, el estallido fue una reafirmación de que el trabajo de años en “el territorio”, como lo llama, tenía sentido. Se sintió feliz, pero a la vez preocupada. «Uno sabe los costos que tienen los estallidos sociales, son vidas, son ojos, cabros que pierden parte de su existencia, lesiones gravísimas, cárcel, muertos, desparecidos. El costo es altísimo y uno tiene la angustia: sentir que uno esperó tanto por esto y por qué mierda cuesta tan caro. Y la verdad es que sí daba miedo. Todo el rato. Pero hay que saber hacia dónde lo canalizamos. Si el miedo te paraliza, no sirve. Para los escuderos es bueno sentir miedo, porque te hace estar atento y proteger a los otros».


Para Rodrigo, el mayor miedo era a la reacción del resto del equipo. Principalmente cuando quedaban “encerrados”, con Carabineros a un lado, la primera línea al otro y ellos al medio. «El sonido de las lacrimógenas cuando salen de sus cañones es tremendo; uno trataba de contenerse, apretar bien los dientes y mantener la calma. Cuando me tocaba liderar el grupo, sabía que, si se desesperaba, se podían desesperar los demás. Tenía miedo de las reacciones de los otros compañeros, porque uno no se conoce en ese ámbito de estrés, de adrenalina máxima, de exposición de tu cuerpo. Algunas veces hubo ciertos grados de desesperación, y después lo conversamos. Pero hay que entender que esto no era solo estar: era estar, resistir y asistir. Fuimos aprendiendo a protegernos».


Cuentan que llegó un momento en que hubo que hacerse cargo del miedo y el estrés. Y buscaron a especialistas que pudieran dar contención a la gente herida y también al equipo mismo. Se sumaron sicólogos y siquiatras.


«No hay cabeza ni corazón que aguante tanta violencia», dice Ximena, «y esa violencia nos afectaba, te la llevabas a tu casa, a tus relaciones personales y a las relaciones entre la Brigada. Eso va generando daño síquico. Es una situación límite. Fue impactante ver a los pacos disparándole a gente que llevaba personas lesionadas».



«Muchas veces no había tiempo para demostrar lo afectados que estaban», dice. Ver la cantidad de heridos, el dolor, los ataques de la policía a la Brigada. A menudo, cuando terminaban la jornada, se iban a tomar una cerveza a un bar de Bellavista. Pero Ximena les dijo que eso no bastaba. Que tenían que hacer terapia o iban a colapsar. «Lo hicimos: hablamos, hablamos de corazón y nos dimos cuenta de que estábamos estresadísmos. Era entendible. Era una guerra».


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Después de evaluarlo, deciden compartirme un vídeo del punto de salud. La imagen en movimiento, grabada con un celular, muestra, en veinte segundos y sin querer mostrar demasiado, el ambiente al interior de las carpas ubicadas en la calle Pío Nono.


Se ven estructuras de fierro cubiertas con lona azul, iluminadas con luz artificial, al interior de las cuales hay mesas con todo tipo de implementos de salud, ordenados en cajas plásticas transparentes apiladas, botellas de alcohol, paquetes de gasas, cajas de guantes. En una camilla hay un hombre acostado y un médico le está extrayendo balines del brazo con una pinza quirúrgica. Más allá un hombre con una máscara antigas colgando del cuello está sentado y apoya su brazo derecho en una mesa sobre la que también hay un casco blanco con una cruz roja. Tiene la manga subida y se ve una herida de unos cinco por cinco centímetros en su muñeca. Una enfermera vestida de azul se le acerca y se cruza ante la cámara. En el siguiente box, otro doctor con mascarilla y una linterna de cabeza cose una herida en la mano de un hombre que yace acostado en una camilla. Más allá, un joven vestido con pantalones cortos está acostado de lado mientras dos personas con cascos blancos le curan una herida en el brazo derecho. En el mismo lugar, dos hombres y una mujer con el uniforme la azul y beige de la Brigada comentan que el punto de salud está colapsado.


Dicen que así trabajaban, en turnos de cuatro de la tarde a diez de la noche, médicos internistas, urgenciólogos, anestesiólogos, enfermeras, enfermeras de urgencia, kinesiólogos, neurólogos, fonoaudiólogos, psicólogos, siquiatras, oftalmólogos. Había profesionales de más de quince especialidades. «Los mismos médicos empezaron a traer colegas de los lugares donde ellos trabajaban, de servicios de salud o de clínicas privadas. A todos ellos, si los pillaban, los despedían de inmediato».


En el punto, siempre había dos médicos que hacían cirugía y dos enfermeras. Fuera de eso, todos hacían de todo. A veces faltaban las camillas y tenían que atender a la gente en el suelo. A veces había hasta diez pacientes. Traumas oculares, lesiones graves de heridas, perdigones en todo el cuerpo, fracturas expuestas. El niño que llegó con una fractura de fémur.


El equipo médico se quedaba en el punto acompañado solo por algunos jóvenes encargados de apagar las lacrimógenas que les disparaban. Dicen que a veces el chorro del guanaco les rompía todo. «Quedarse en el punto era angustiante. Esperar que llegaran los heridos. Y era angustiante cuando llegaban, verlos cómo llegaban, y saber que estabas trabajando contra el tiempo y que en cualquier momento te podían atacar».


«Lo más terrible eran los traumas oculares», dice Javier. «Nos hacía llorar. Uno se daba cuenta inmediatamente de que habían perdido el ojo». Jóvenes de 20 años, 30 años. Ciegos. Hombres, mujeres, muchos jóvenes.


El Instituto Nacional de Derechos Humanos informó que, hasta el 18 de febrero de 2020, a cuatro meses del estallido, se registraron 445 personas con daños oculares o lesiones oculares producto de la acción policial.


También cifraron en 3.765 las personas heridas. Según cálculos de la Brigada, ellos atendieron a unas quinientas.


«Todos eran nuestros pacientes. Los cuidábamos. Les sacábamos la ropa y los lavábamos cuando estaban quemados con los químicos. Llegaban muchos jóvenes sin almorzar, sin comer nada y les dábamos yogurts, pan. Había los que llegaban con los hombros dislocados de tanto tirar piedras. Y nosotros se los arreglábamos y los mandábamos para la casa. Pero ellos volvían a la primera línea».


El punto se transformó en una especie de consultorio de guerra. Comenzaron a hacer seguimiento a los pacientes. Se abrió un archivo con fichas de salud, con citaciones a control médico. Les enseñaban a cuidarse, la importancia de usar cascos, antiparras para los ojos. «Les dábamos hora y volvían una semana después a verse, volvían porque si iban al hospital, arriesgaban que los detuvieran. Te agradecían. Les ponías una venda y era un agradecimiento enorme. Y eso te confortaba tanto. Con eso ya se justificaba todo. El cansancio, haber estado toda la tarde».


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Desde fines de marzo, cuando se fueron a tomar una cerveza en una fuente de soda de Pío Nono, después de desarmar por última vez el puesto de salud, están en compás de espera. Igual que el país, dicen. Muchos de los integrantes de la Brigada están alejados, porque forman parte de los equipos clínicos que combaten la pandemia: “Ahora ellos son la primera línea”.


Dicen que echan de menos estar juntos. Trabajar juntos.


«Cuando uno vive algo extremo con otra persona, alguien por quien tú te arriesgaste o que se arriesgó por ti, se genera un lazo ético y moral muy fuerte y difícil de describir», dice Rodrigo. «No necesitas haberlo conocido por treinta años para sentir ese lazo; fue un instante, un momento, un situación, que es para siempre. Son tus compañeras, tus amigos, tu gente».


Se ven tranquilos. Con esa sensación de tranquilidad que tiene alguien que cumplió su tarea.


«Lo mejor es que uno puede decir: ‘Estuve ahí'», agrega Javier. «Recuperamos una cantidad enorme de combatientes heridos. Con ese afecto y esa solidaridad de compañeros que se da solo en el combate. Por una cuestión del corazón. Eso somos nosotros. Y esperamos retomar todo esto con la misma fuerza».


La hija menor de Patricia aparece en la pantalla de mi computador y le pide que la vaya a acostar. La entrevista termina. Pero no esta historia, pienso.




Gracias '.Chiloé'

02 octubre, 2020

Apoyan todas las revoluciones excepto las que triunfan — Michael Parenti


 

«Un socialismo real, se argumenta, sería controlado por los propios trabajadores a través de la participación directa, en lugar de ser dirigido por leninistas, estalinistas, castristas u otras "cábalas de malvados hambrientos de poder, burocráticos, hombres maliciosos que traicionan revoluciones". Lamentablemente, esta visión del "socialismo puro" es ahistórica, no puede contrastarse con la realidad histórica. Compara un ideal con una realidad imperfecta que queda en un segundo plano. Imagina cómo sería el socialismo en un mundo mucho mejor que este, un mundo en el que no se requiere una estructura estatal fuerte o una fuerza de seguridad, donde no es necesario expropiar nada del valor producido por los trabajadores para reconstruir la sociedad y defenderla de la invasión y el sabotaje interno.


Las anticipaciones ideológicas de los socialistas puros permanecen intactas por la práctica existente. No explican cómo se organizarían las múltiples funciones de una sociedad revolucionaria, cómo se frustrarían los ataques externos y el sabotaje interno, cómo se evitaría la burocracia, cómo se asignarían los escasos recursos, cómo se resolverían las diferencias políticas, cómo se fijarían las prioridades y se conduciría la producción y la distribución. En cambio, ofrecen declaraciones vagas sobre cómo los propios trabajadores poseerán y controlarán directamente los medios de producción y llegarán a sus propias soluciones a través de la lucha creativa. No es de extrañar pues que los socialistas puros apoyen todas las revoluciones excepto las que triunfan.»


Michael Parenti



30 septiembre, 2020

¿Quién está detrás de la jueza que ‎procesa a Assange?‎ — Manlio Dinucci

 




RED VOLTAIRE - ROMA (ITALIA) – 17/09/2020


Emma Arbuthnot es la juez principal que instruye, en Londres, el proceso de extradición de Julian Assange a Estados Unidos, donde podría ser condenado a 175 años de cárcel por ‎‎“espionaje”, o sea por haber publicado, como periodista de investigación, pruebas de los ‎crímenes de guerra estadounidenses, como los conocidos videos sobre las masacres perpetradas ‎contra civiles en Irak y Afganistán. Durante ese proceso, en manos de la jueza Vanessa Baraitser, ‎todos los pedidos de la defensa han sido rechazados. ‎


En 2018, luego de que Suecia abandonara la acusación de violencia sexual, la jueza Arbuthnot ‎se negó a anular la orden de arresto, evitando así que Assange pudiera obtener asilo en Ecuador. ‎Esta misma jueza rechazó las conclusiones del Grupo de Trabajo de la ONU sobre la detención ‎arbitraria de Assange. Tampoco quiso escuchar las conclusiones del responsable de la ONU contra ‎la tortura, quien señaló que «Assange, detenido en condiciones extremas de aislamiento ‎no justificadas, presenta síntomas típicos de una exposición prolongada a la tortura sicológica». ‎


En 2020, mientras miles de detenidos pasaban a estar bajo detención domiciliaria, como medida ‎contra el coronavirus, Assange ha sido mantenido en prisión y se ha visto expuesto al contagio en ‎condiciones de debilitamiento físico. En el tribunal, Assange no puede consultar a sus abogados, ‎se le mantiene aislado en una jaula de cristal blindado y se le amenaza de expulsión si osa abrir la ‎boca. ¿Qué hay detrás de tanto ensañamiento? ‎


La jueza Arbuthnot ostenta el título de «Lady» por ser la esposa de Lord James Arbuthnot, conocido ‎‎“halcón” del Partido Conservador y ex ministro de Defensa, notoriamente vinculado con el ‎complejo militaro-industrial y los servicios secretos británicos. Lord Arbuthnot es, además, ‎presidente del comité de consulta británico del Grupo Thales –transnacional francesa ‎especializada en sistemas militares aeroespaciales– y miembro del comité de consulta de la firma ‎Montrose Associates, que se especializa en inteligencia estratégica, dos cargos generosamente ‎retribuidos. Lord Arbuthnot es igualmente miembro de la Henry Jackson Society (HJS), influyente ‎‎think tank transatlántico vinculado al gobierno y a la inteligencia estadounidenses. ‎


En julio pasado, el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, participó en una ‎mesa redonda organizada en Londres por la Henry Jackson Society. Desde su época de director ‎de la CIA, Pompeo ha venido acusando a WikiLeaks –el sitio web fundado por Assange– de ser «un servicio ‎de espionaje del enemigo». Esta campaña de Pompeo coincide con la de la Henry Jackson ‎Society, que acusa a Assange de «sembrar dudas sobre la posición moral de los gobiernos ‎democráticos occidentales, con apoyo de regímenes autocráticos». ‎


En el consejo político de la Henry Jackson Society, junto a Lord Arbuthnot, estaba hasta ‎hace poco Priti Patel, la actual ministro del Interior del Reino Unido, precisamente la persona que ‎tendrá que firmar o no la orden de extradición contra Julian Assange. A ese grupo de presión, que ‎viene haciendo campaña por la extradición de Assange –bajo la batuta de Lord Arbuthnot y de ‎otros personajes influyentes– está estrechamente ligada la jueza Arbuthnot, nombrada por la reina ‎como magistrado en jefe en septiembre de 2016, cuando WikiLeaks ya había publicado –‎en marzo– los documentos más comprometedores para Estados Unidos. ‎


Por cierto, entre esos documentos están los correos electrónicos de la entonces secretaria ‎de Estado estadounidense, Hillary Clinton, que revelan el verdadero objetivo de la guerra de ‎la OTAN contra Libia: impedir que el gobierno encabezado por Muammar el-Kadhafi utilizara sus ‎reservas en oro para crear una moneda panafricana como alternativa al dólar estadounidense y la ‎franco CFA –la moneda que Francia impuso a 14 ex colonias africanas. ‎


El verdadero “delito” cometido por Julian Assange es el de haber abierto una brecha en el muro de ‎silencio político-mediático tras el cual se esconden los verdaderos intereses de poderosas élites ‎que, desde la sombra protectora que el Estado Profundo les garantiza, recurren repetidamente a ‎la carta de la guerra. ‎


Ese es el poder oculto que acusa a Assange y lo somete a juicio, como cuando se exponía a los ‎supuestos herejes a los caprichos y la furia de la Santa Inquisición. Si se decide su extradición a ‎Estados Unidos, Assange será sometido a «medidas administrativas especiales» mucho ‎más duras que las que ya sufre en Reino Unido. Será encerrado en una pequeña celda ‎bajo condiciones de aislamiento, no podrá tener contacto con su familia –ni siquiera a través ‎de sus abogados, quienes también serían incriminados si se atreviesen a entregarle algún ‎mensaje. En otra palabras, entregarlo a Estados Unidos sería condenarlo a muerte. ‎


27 septiembre, 2020

“La población no ha sido movilizada, sino inmovilizada” — Miquel Amorós

 



El Estado con mascarilla


La actual crisis ha significado unas cuantas vueltas de tuerca en el control social por parte del Estado. Lo principal en esa materia ya estaba bastante bien implantado porque las condiciones económicas y sociales que hoy imperan así lo exigían; la crisis no ha hecho más que acelerar el proceso. Estamos participando a la fuerza como masa de maniobra en un ensayo general de defensa del orden dominante frente a una amenaza global. El coronavirus 19 ha sido el motivo para el rearme de la dominación, pero igual hubiera servido una catástrofe nuclear, un impasse climático, un movimiento migratorio imparable, una revuelta persistente o una burbuja financiera difícil de manejar. No obstante la causa no es lo de menos, y la más verídica es la tendencia mundial a la concentración de capitales, aquello a lo que los dirigentes llaman indistintamente mundialización o progreso. Dicha tendencia halla su correlato en la tendencia a la concentración de poder, así pues, al refuerzo de los aparatos de contención, desinformación y represión estatales. Si el capital es la sustancia de tal huevo, el Estado es la cáscara. Una crisis que ponga en peligro la economía globalizada, una crisis sistémica como dicen ahora, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de antemano ya preparados. El capital pasa a segundo plano y entonces es cuando el Estado aparece en toda su plenitud. Las leyes eternas del mercado pueden tomarse unas vacaciones sin que su vigencia quede alterada.


El Estado pretende mostrarse como la tabla salvadora a la que la población debe de agarrarse cuando el mercado se pone a dormir en la madriguera bancaria y bursátil. Mientras se trabaja en el retorno al orden de antes, o sea, como dicen los informáticos, mientras se intenta crear un punto de restauración del sistema, el Estado interpreta el papel de protagonista protector, aunque en la realidad este se asemeje más al de bufón macarra. A pesar de todo, y por más que lo diga, el Estado no interviene en defensa de la población, ni siquiera de las instituciones políticas, sino en defensa de la economía capitalista, y por lo tanto, en defensa del trabajo dependiente y del consumo inducido que caracterizan el modo de vida determinado por aquella. De alguna forma, se protege de una posible crisis social fruto de otra sanitaria, es decir, se defiende de la población. La seguridad que realmente cuenta para él no es la de las personas, sino la del sistema económico, esa a la que suelen referirse como seguridad “nacional”. En consecuencia, la vuelta a la normalidad no será otra cosa que la vuelta al capitalismo: a los bloques colmena y a las segundas residencias, al ruido del tráfico, a la comida industrial, al trasporte privado, al turismo de masas, al panem et circenses… Las formas extremas de control como el confinamiento y la distancia interindividual terminarán, pero el control continuará. Nada es transitorio: un Estado no se desarma por propia voluntad, ni prescinde gustosamente de las prerrogativas que la crisis le ha otorgado. Simplemente, “hibernará” las menos populares, tal como ha hecho siempre. Tengamos en cuenta que la población no ha sido movilizada, sino inmovilizada, por lo que es lógico pensar que el Estado del capital, más en guerra contra ella que contra el coronavirus, trata de curarse en salud imponiéndole condiciones cada vez más antinaturales de supervivencia.


El enemigo público designado por el sistema es el individuo desobediente, el indisciplinado que hace caso omiso de las órdenes unilaterales de arriba y rechaza el confinamiento, se niega a permanecer en los hospitales y no guarda las distancias. El que no comulga con la versión oficial y no se cree sus cifras. 


Evidentemente, nadie señalará a los responsables de dejar a los sanitarios y cuidadores sin equipos de protección y a los hospitales sin camas ni unidades de cuidados intensivos suficientes, a los mandamases culpables de la falta de tests de diagnóstico y respiradores, o a los jerarcas administrativos que se despreocuparon de los ancianos de las residencias. Tampoco apuntará el dedo informativo a expertos desinformadores, a empresarios que especulan con los cierres, a los fondos buitre, a los que se beneficiaron con el desmantelamiento de la sanidad pública, a quienes comercian con la salud o a las multinacionales farmacéuticas… La atención estará siempre dirigida, o mejor teledirigida, a cualquier otro lado, a la interpretación optimista de las estadísticas, al disimulo de las contradicciones, a los mensajes paternalistas gubernamentales, a la incitación sonriente a la docilidad de las figuras mediáticas, al comentario chistoso de las banalidades que circulan por las redes sociales, al papel higiénico, etc. El objetivo es que la crisis sanitaria se compense con un grado mayor de domesticación. Que no se cuestione un ápice la labor de los dirigentes. Que se soporte el mal y que se ignore a los causantes.


La pandemia no tiene nada de natural; es un fenómeno típico de la forma insalubre de vida impuesta por el turbocapitalismo. No es el primero, ni será el último. Las víctimas son menos del virus que de la privatización de la sanidad, la desregulación laboral, el despilfarro de recursos, la polución creciente, la urbanización desbocada, la hipermovilidad, el hacinamiento concentracionario metropolitano y la alimentación industrial, particularmente la que deriva de las macrogranjas, lugares donde los virus encuentran su inmejorable hogar reproductor. Condiciones todas ellas idóneas para las pandemias. La vida que deriva de un modelo industrializador donde los mercados mandan es aislada de por sí, pulverizada, estabulada, tecnodependiente y propensa a la neurosis, cualidades todas que favorecen la resignación, la sumisión y el ciudadanismo “responsable”. Si bien estamos gobernados por inútiles, ineptos e incapaces, el árbol de la estupidez gobernante no ha de impedirnos ver el bosque de la servidumbre ciudadana, la masa impotente dispuesta a someterse incondicionalmente y encerrarse en pos de la seguridad aparente que le promete la autoridad estatal. Esta, en cambio, no suele premiar la fidelidad, sino guardarse de los infieles. Y, para ella, en potencia, infieles lo somos todos.


En cierto modo, la pandemia es una consecuencia del empuje del capitalismo de estado chino en el mercado mundial. La aportación oriental a la política consiste sobre todo en la capacidad de reforzar la autoridad estatal hasta límites insospechados mediante el control absoluto de las personas por la vía de la digitalización total. A esa clase de virtud burocrático-policial podría añadirse la habilidad de la burocracia china en poner la misma pandemia al servicio de la economía.


El régimen chino es todo un ejemplo de capitalismo tutelado, autoritario y ultradesarrollista al que se llega tras la militarización de la sociedad. En China la dominación tendrá su futura edad de oro. Siempre hay pusilánimes retardados que lamentarán el retroceso de la “democracia” que el modelo chino conlleva, como si lo que ellos denominan así no fuera otra cosa que la forma política de un periodo obsoleto, el que correspondía a la partitocracia consentida en la que ellos participaban gustosamente hasta ayer. Pues bien, si el parlamentarismo empieza a ser impopular y maloliente para los dirigidos en su mayoría, y por consiguiente, resulta cada vez menos eficaz como herramienta de domesticación política, en gran parte es debido a la preponderancia que ha adquirido en los nuevos tiempos el control policial y la censura sobre malabarismo de los partidos. Los gobiernos tienden a utilizar los estados de alarma como herramienta habitual de gobierno, pues las medidas que implican son las únicas que funcionan correctamente para la dominación en los momentos críticos. Ocultan la debilidad real del Estado, la vitalidad que contiene la sociedad civil y el hecho de que al sistema no le sostiene su fuerza, sino la atomización de sus súbditos descontentos. En una fase política donde el miedo, el chantaje emocional y los big data son fundamentales para gobernar, los partidos políticos son mucho menos útiles que los técnicos, los comunicadores, los jueces o la policía.


Lo que más debe de preocuparnos ahora es que la pandemia no solo culmine algunos procesos que vienen de antiguo, como por ejemplo, el de la producción industrial estandardizada de alimentos, el de la medicalización social y el de la regimentación de la vida cotidiana, sino que avance considerablemente en el proceso de la digitalización social. Si la comida basura como dieta mundial, el uso generalizado de remedios farmacológicos y la coerción institucional constituyen los ingredientes básicos del pastel de la cotidianidad posmoderna, la vigilancia digital (la coordinación técnica de las videocámaras, el reconocimiento facial y el rastreo de los teléfonos móviles) viene a ser la guinda. De aquellos polvos, estos lodos. Cuando pase la crisis casi todo será como antes, pero la sensación de fragilidad y desasosiego permanecerá más de lo que la clase dominante desearía. Ese malestar de la conciencia restará credibilidad a los partes de victoria de los ministros y portavoces, pero está por ver si por sí solo puede echarlos de la silla en la que se han aposentado. En caso contrario, o sea, si conservaran su poltrona, el porvenir del género humano seguiría en manos de impostores, pues una sociedad capaz de hacerse cargo de su propio destino no podrá formarse nunca dentro del capitalismo y en el marco de un Estado. La vida de la gente no empezará a caminar por senderos de justicia, autonomía y libertad sin desprenderse del fetichismo de la mercancía, apostatar de la religión estatista y vaciar sus grandes superficies y sus iglesias.


24 septiembre, 2020

Estrenado el documental "MI PRIMERA TAREA", sobre la participación de SILVIO RODRÍGUEZ en la CAMPAÑA DE ALFABETIZACIÓN de 1961, CUBA.

 



24/09/2020 – LA ESPINA ROJA – Fuente: Mundo Obrero


En 1961 Fidel Castro pidió a los adolescentes cubanos dejar sus casas y sus estudios para irse al monte a enseñar el misterio de las letras a cientos de miles de compatriotas analfabetos. Recuerda uno de ellos, un niño de apenas 14 años, Silvio Rodríguez, que para esa primera tarea sobraron voluntarios porque cuando hay una epopeya a la vista los jóvenes de inmediato se suman a ella.


El documental Mi primera tarea, de la directora estadounidense Catherine Murphy, utiliza una entrevista con Silvio para recrear uno de los actos más justos y generosos de la nación cubana consigo misma, la Campaña de Alfabetización. El cantautor vuela hacia su adolescencia y revive aquellos días de hambre y felicidad, conviviendo con una familia de humildísimos carboneros en la ciénaga de Zapata.


Los relatos del poeta, a veces risueños y otras emocionados, se mezclan con imágenes de los jóvenes cubanos, casi niños, enseñando a hombres y mujeres hechos y derechos, algunos incluso ancianos. Llega al alma ver esas manos chiquititas ayudando a mover el lápiz a las enormes y encallecidas de los campesinos, las que solo habían manipulado la guataca y el machete.


Varias veces Silvio evoca las enseñanzas reciprocas, aquello que aprendieron enseñando, sus vivencias, lo que conocieron y cuanto crecieron en unos pocos meses. Descubrieron un mundo dentro de su propio país que ni siquiera sospechaban que existía, con una pobreza muchísimo más trágica y miserable que en los centros urbanos de donde procedían los pequeños maestros.


Armados con un lápiz


No se trataba solo de personas que no podían leer, el poeta recuerda que algunos ni siquiera sabían que el mundo es redondo. A los jóvenes cubanos de hoy en día les puede parecer una fábula pero quienes conocen los campos de América Latina saben que es muy real. Una vez un salvadoreño de las montañas de Chalatenango me dijo que "no me dirás que es fácil darse cuenta de que la tierra es redonda si nadie te lo explica".


Y en medio de todo aquel loco acto de primer amor adolescente, a la oposición anticastrista no se le ocurre mejor respuesta que asesinar a uno de esos niños. Manuel Ascunce tenía apenas un par de años más que Silvio y lo mataron en la misma zona a la que fue enviado. A raíz del peligro los chicos fueron evacuados y el futuro poeta trasladado a la Ciénaga de Zapata, a compartir letras y hambre con los carboneros.


Ha corrido mucha agua desde aquellos años. Se graduaron más de un millón de universitarios, los 3.000 médicos se convirtieron en 90.000 mil y muchos andan por el mundo combatiendo enfermedades y pandemias. Incluso los que emigran lo hacen con un bagaje que no tienen otros tercermundistas. En sus éxitos también está el esfuerzo de quienes un día de su adolescencia se lanzaron al monte armados de un lápiz y una cartilla.


Sin aquella primera tarea, sin llevar la educación a cada rincón del país nunca hubieran florecido todos los talentos de la nación. Los cubanos, sin importar su credo político, deberían agradecer a aquellos maestros que, siendo casi niños, construyeron los cimientos de una sociedad con un nivel educacional envidiable. Este documental es un tributo a ellos, bienvenido sea porque el amor siempre se debería pagar con amor.


23 septiembre, 2020

"Es el momento de desconfinar la lucha de clases" — Elisa Nieto y Andrés Fernández

 


Desconfinando el miedo

Frente Antiiperialista Internacionalista - 23/09/2020


"Yo soy el error de la sociedad

Soy el plan perfecto que ha salido mal.

Vengo del basurero que este sistema dejó al costado

Las leyes del mercado me convirtieron en funcional

Soy un montón de mierda brotando de las alcantarillas

Soy una pesadilla de la que no vas a despertar"

La violencia (Agarrate Catalina)[1]


Últimamente no paramos de comprobar que, como decía Atahualpa Yupanqui, "Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas".


El pasado viernes, Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid (CAM), anunció confinamientos selectivos –con criterio de clase– que llegaron como cuadratura del círculo tras meses de gestión infame. La Puerta del Sol se inundó, por fin, de rabia y gritos esperanzadores: "No es confinamiento, es lucha de clases". La dignidad del sur comienza a organizarse y destila conciencia de clase.


Pocos días antes tuvimos que contener las náuseas ante unas declaraciones en las que afirmaba que los contagios de la COVID 19 suben en los barrios donde viven inmigrantes debido a "su forma de vivir".


Ahora bien, no olvidamos que estos episodios bochornosos del gobierno autonómico están encuadrados en una política de Estado: en un contexto de plena vigencia de La Ley Mordaza (se pospone sine die la promesa de su derogación), el Ministro del Interior del gobierno de coalición, Grande-Marlaska, ha ofrecido ayuda ingente de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para garantizar el cumplimiento de las nuevas medidas. Ahora entendemos por qué la Oferta de Empleo Público 2020 se ha limitado, por ahora, a las casi 5000 nuevas plazas para Policía Nacional y Guardia Civil [2]. A modo de guinda, el gobierno de Ayuso ha decidido reducir a la mitad (3 euros) el precio del comedor escolar para las hijas e hijos de Policías Nacionales y Guardias Civiles [3]. El mensaje, para quien quiera escucharlo, es nítido.


Pensamos que es importante ampliar la mirada y comprender que esta "nueva normalidad" viene impregnada de tambores de guerra contra quienes no tenemos más que nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. Las condiciones de vida en las que se obliga a malvivir a la clase trabajadora –esas que nos venden como causas del confinamiento segregado– son la piedra de toque del gran reinicio del capitalismo post covid-19 que se anuncia desde el Foro Económico Mundial.


En el artículo El gran reinicio huele a Brumario se esbozan las características de este "reset" del capitalismo donde la velocidad, amplitud y profundidad con la que el desarrollo tecnológico permea la sociedad afectan directamente al mundo del trabajo. La vertiginosa puesta en escena de los avances en digitalización, robótica e Inteligencia Artificial pueden hacernos olvidar que tras esas bambalinas persiste una sociedad dividida, principalmente, en clases. Esta división no la olvidan nunca poderosos como Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo y muy alejado del marxismo, que hace unos años afirmaba que "hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando" [4].


Como Warren Buffet, tanto el coronavirus como los gobiernos que lo gestionan por supuesto que entienden de clases.


La tendencia economicista y reduccionista define a una clase por la posesión o no de medios de producción, o sea por sus intereses, dejando a un lado la subjetividad de la clase en cuestión. Sin embargo, la clase se define también por su "modo de vivir y por su cultura."[5]. La dimensión de género, sexualidad, etnia, nación, identidad, etc., afectan de forma significativa al desarrollo histórico de las clases. La forma de vivir y la cultura están condicionadas por el modo de producción dominante, en este caso el capitalismo.


En esta crisis económica y sanitaria, hemos visto que el virus se mueve en tren, avión y barco, va de país en país, pero viaja mucho más rápidamente por los diferentes "sures" en metro y autobús.


La pregunta que salta a la vista es si esa forma de vida a la que hacía alusión Ayuso es propia de la inmigración o es común a una clase, la clase trabajadora.


Ni Messi vive en Nou Barris ni Benzema vive en Puente de Vallecas. Aunque los dos sean inmigrantes, tienen una forma de vivir seguramente parecida o mejor que la de Ayuso.



Con el correr de los meses han ido apareciendo informes que por fin muestran que el virus afecta más a los "barrios con rentas más bajas"[6]. En ellos convivimos a menudo personas de diferente nacionalidad, color y orientación sexual, pero todas con una realidad económica parecida [7]. Es fácil intuir que los rasgos de la “nueva normalidad”, del "Gran Reinicio", afectarán en mayor medida a los sectores más precarios, incluso hasta el punto de estigmatizarlos y segregarlos, como estamos viendo en Madrid.


Ningún ser humano decide vivir en condiciones precarias, nadie elige por gusto los peores empleos, estar en paro, ni hacinarse en un piso de 25 metros cuadrados o en barrios en los que apenas hay árboles. Estas condiciones de vida abarcan a un sector de la población mucho más amplio que la parte que se ve forzada al desarraigo y a las colas interminables para conseguir un permiso de trabajo. Esa forma de vivir es la marcada por el capitalismo para toda nuestra clase, no sólo para la parte que se ve obligada a migrar. Lograr explicar esto con nitidez es esencial a la hora de mantener y reforzar una solidaridad de clase marcadamente internacionalista que necesitamos si cabe más que nunca.


En este contexto, el nuevo Pacto Social con el que en Davos se trata de edulcorar este "reset" del capitalismo esconde no sólo un incremento en los niveles de explotación sino también un cambio profundo en la forma de explotación. Descifrar este relato, leer al enemigo, es una tarea impostergable que no se suele abordar desde la izquierda.


Apuntábamos al principio que la economía digital altera la relación capital–trabajo asalariado, modificando la morfología de este último. Las ventajas son claras para los empresarios: a través de la tecnología, la "economía bajo demanda" –así la llaman– logra la máxima eficiencia y productividad. En ella la relación laboral se basa en una serie de transacciones puntuales entre trabajadora y empresario de tal forma que casi desaparecen las posibilidades de convertirlas en una relación duradera. El empleo de larga duración adopta una nueva morfología, más precarizado, flexible y temporal: son lo que eufemísticamente se denomina como "trabajadores independientes que realizan tareas específicas".


Nos hemos acostumbrado en esta última década a subir y bajar archivos de la nube. El modelo Uber se expande como paradigma y se normaliza que la empresa de taxis más grande del mundo no posea ni un solo vehículo. La nueva forma de contratar fuerza de trabajo se asemeja a una nube humana a la cual los empresarios recurren en busca de personas clasificadas como "independientes" que puedan realizar los trabajos necesarios para cada situación y momento. Este mecanismo, que se conoce como "falso autónomo", exime a las empresas de pagar salarios mínimos, impuestos como empleadores y prestaciones sociales. El esquema, para el capital, es perfecto: se puede buscar todo tipo de profesión, darle una tarea específica por un tiempo limitado (horas, días, semanas) y esquivar muchos de los problemas derivados de la regulación laboral. Para sobrevivir como “independientes” tendremos que adaptarnos, estar disponibles y geolocadizadas las 24 horas y aprender infinidad de destrezas en una continua variedad de contextos. Se exacerba así la competencia entre iguales. Entre pobres. Entre habitantes de los barrios del sur.


La propuesta de reinicio del capitalismo también se presenta a sí misma como rabiosamente igualitaria, una especie de piedra de toque contra el patriarcado. Esta vez, nos dicen, las mujeres sí participaremos en pie de igualdad en este nuevo "Pacto Social". En esta revolución no serán necesarias ni Olympe de Gouges ni Mary Wollstonecraft [8]. ¿Será verdad? ¿Qué mujeres decidirán y se beneficiarán de esta realidad 2.0? ¿Estaremos todas? No, porque nada bueno se puede esperar de un plan de salvación capitalista avalado por mujeres como Ana Botín [9]. De hecho, se abre la posibilidad de una nueva estratificación dentro de la clase trabajadora. Un nuevo ajuste de tuercas. Por un lado, un sector altamente cualificado, minoritario y ocupado mayoritariamente por hombres (lo científico-tecnológico), y otro sector muy amplio, mayoritario y en buena medida feminizado, que estará cada vez más precarizado. La automatización no sólo afecta a sectores tradicionalmente masculinizados y el alcance creciente de la inteligencia artificial y la digitalización de tareas que pertenecen al sector servicios es cada vez mayor. Los cajeros automáticos de los bancos, las cajas de los supermercados, teleoperadoras e incluso funciones administrativas que mayoritariamente son ocupadas por mujeres están siendo automatizadas. Una vez más vemos como ciertos avances logrados, ya de por sí limitados, pueden retroceder en el momento en que no sean funcionales para el sistema. De seguir esta tendencia las mujeres nos veríamos aún más confinadas en aquellas funciones donde las máquinas, por ahora, no llegan: tareas que requieren de empatía, compasión, cuidados y reproducción. Un paso más en la perpetuación de estereotipos de género y en la división sexual del trabajo.


En el mundo que nos ofrece Davos y que replican gobiernos de todo color, además de este reajuste en la relación entre capital variable y el capital constante, se presenta la "forma de vivir" hacinada y precaria, como un capricho, una costumbre. Afortunadamente las clases sociales no son algo estático sino sujetos colectivos. El proletariado se configura como sujeto para enfrentarse hostil y violentamente a su contrario –la burguesía–para (auto)emanciparse. La clase se conforma en el movimiento real, en la confrontación, en la práctica.


Es el momento de desconfinar la lucha de clases, tomar la iniciativa, tener claro cuál es nuestro lado de la trinchera, acumular fuerzas, buscar la unidad desde la base, recuperar las calles y organizarnos como clase para disputarle a los Warren Buffet el Poder.


Urge sacudirse el miedo acumulado durante estos meses.


No tiene sentido sobrevivir a costa de no vivir.


(Artículo de Elisa Nieto y Andrés Fernández, publicado originalmente en «Espinete amb caragolins», el 21 de septiembre de 2020)


[1] https://www.youtube.com/watch?v=nyDcKXEU3Jg

[2] Oferta de Empleo Público 2020: https://administracion.gob.es/pag_Home/empleoBecas/Ofertas-empleo-publico/empleo/Ofertas-de-empleo-publico/OfertasEmpleoPublico2020.html#.X2daxTozY2w

[3] https://www.bocm.es/boletin/CM_Orden_BOCM/2020/09/14/BOCM-20200914-15.PDF

[4] https://www.elmundo.es/blogs/elmundo/billonarios/2014/06/10/palabra-de-warren-buffett.html

[5] “En la medida que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquéllas forman una clase”. El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Obras Escogidas de Marx y Engels, Camares editorial, Pág. 171

[6] https://www.lavanguardia.com/vida/20200810/482761691733/estudio-covid-renta-barcelona.html

[7] https://www.huffingtonpost.es/entry/por-que-los-distritos-del-sur-son-los-mas-afectados-en-madrid_es_5f3fda92c5b6305f3256d58d

[8] Olympe de Gouges escribió en 1791 la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana” y Mary Wollstonecraft en 1792 la “Vindicación de los derechos de la mujer”

[9] En su prólogo al libro “La cuarta Revolución Industrial”, de Klaus Schwab, Ana Patricia Botín afirma que “Las revoluciones, cuando lo nuevo reemplaza a la viejo, generan sensaciones de incertidumbre ante el cambio. Estoy convencida de que la tecnología no destruye empleo, pero las capacidades que se requieren cambian y eso puede generar inquietud. Por eso es indispensable que a ayudemos a los trabajadores a desarrollar las destrezas que exigen los trabajos de la nueva era industrial” (Barcelona, España: Editorial Debate, 2016)