24 octubre, 2021

Cada instante de su vida ha sido invadido

 

                        Alex Gross

Mi optimismo está basado en la certeza de que esta civilización está por derrumbarse. Mi pesimismo, en todo lo que hace por arrastrarnos en su caída.


La servidumbre moderna es una esclavitud voluntaria, consentida por la muchedumbre de esclavos que se arrastran por la faz de la tierra. Ellos mismos compran las mercancías que los esclavizan cada vez más. Ellos mismos procuran un trabajo cada vez más alienante que se les otorga si demuestran estar suficientemente amansados. Ellos mismos eligen los amos a quienes deberán servir. Para que esta tragedia absurda pueda tener lugar, ha sido necesario despojar a esa clase de la conciencia de su explotación y de su alienación. 


[...]


Al igual que los esclavos de la antigüedad, que los siervos de la Edad Media y que los obreros de las primeras revoluciones industriales, estamos hoy en día frente a una clase totalmente esclavizada, solo que no lo sabe o más bien, no lo quiere saber. Ellos ignoran la rebelión, que debería ser la única reacción legitima de los explotados. Aceptan sin discutir la vida lamentable que se planeó para ellos. La renuncia y la resignación son la fuente de su desgracia.


He ahí la pesadilla de los esclavos modernos que no aspiran sino a ser llevados por la danza macabra del sistema de la alienación.


La opresión se moderniza expandiendo por todas partes las formas de mistificación que permiten ocultar nuestra condición de esclavos.


Mostrar la realidad tal como es y no tal como la presenta el poder, constituye la subversión más genuina. Sólo la verdad es revolucionaria.


[...]


A medida que el sistema de producción coloniza todos los sectores de la vida, el esclavo moderno, no conforme con su servidumbre en el trabajo, sigue desperdiciando su tiempo en las actividades de esparcimiento y las vacaciones planificadas. Ningún momento de su vida escapa al dominio del sistema. Cada instante de su vida ha sido invadido. Es un esclavo de tiempo completo.


[...]


La medicina occidental no conoce sino un remedio contra los males que sufren los esclavos modernos: la mutilación. Es a base de cirugías, de antibióticos o de quimioterapia que se trata a los pacientes de la medicina mercantil. Nunca se ataca el origen del mal sino sus consecuencias, porque la búsqueda de las causas nos conduciría inevitablemente a la condenación implacable de la organización social en su totalidad.


[...]


Justificamos nuestra cobardía al enfrentamiento legítimo contra las fuerzas que nos oprimen con un discurso lleno de humanismo moralizador. El rechazo a la violencia revolucionaria está anclado en los espíritus de aquellos que se oponen al sistema defendiendo unos valores que el mismo sistema les ha enseñado. Pero cuando se trata de conservar su hegemonía, el poder no vacila nunca en utilizar la violencia.


[...]


El control de las conciencias es el resultado de la utilización viciada del lenguaje por la clase económica y socialmente dominante. Siendo el dueño de todos los medios de comunicación, el poder difunde la ideología mercantil a través de la definición fija, parcial y amañada que le atribuye a las palabras.


Las palabras son presentadas como si fueran neutras y su definición como evidente. Controladas por el poder, designan siempre una cosa muy distinta a la vida real.


Es ante todo un lenguaje de la resignación y de la impotencia, el lenguaje de la aceptación pasiva de las cosas tal como son y tal como deben permanecer. Las palabras actúan por cuenta de la organización dominante de la vida y el hecho mismo de utilizar el lenguaje del poder, nos condena a la impotencia.


El problema del lenguaje es el punto esencial de la lucha por la emancipación humana. No es una forma de dominación que se añada a otra sino que es el centro mismo del proyecto de sometimiento del sistema mercantil totalitario.


Es a través de la reapropiación del lenguaje y, por tanto, de la comunicación real entre las personas, que surge de nuevo la posibilidad de un cambio radical. 


[...]


...¿creen ustedes que existe una diferencia fundamental, entre la socialdemocracia y la derecha populista en Francia, entre demócratas y republicanos en Estados Unidos y entre laboristas y conservadores en el Reino Unido? No existe ninguna oposición, puesto que los partidos políticos dominantes están de acuerdo en lo esencial: la conservación de la presente sociedad mercantil. Ninguno de los partidos políticos que pueden acceder al poder pone en entre dicho el dogma del mercado. Y son esos mismos partidos los que, con la complicidad mediática, acaparan las pantallas; riñen por pequeños detalles con la esperanza de que todo siga igual; se disputan por saber quién ocupara los puestos que les ofrece el parlamentarismo mercantil. Esas pobres querellas son difundidas por todos los medios de comunicación con el fin de ocultar un verdadero debate sobre la elección de la sociedad en la que queremos vivir. La apariencia y la futilidad dominan sobre el profundo enfrentamiento de ideas. Todo esto no se parece en nada, ni de lejos, a una democracia. La democracia real se define en primer lugar y ante todo por la participación masiva de los ciudadanos en la gestión de los asuntos de la ciudad. Es directa y participativa. Encuentra su expresión más autentica en la asamblea popular y en el dialogo permanente sobre la organización de la vida en común. La forma representativa y parlamentaria que usurpa el nombre de democracia limita el poder de los ciudadanos al simple derecho de votar; es decir, a nada.


[...]


Las sillas parlamentarias son ocupadas en su inmensa mayoría por la clase económicamente dominante, ya sea de derecha o de la pretendía izquierda social demócrata.


De la servidumbre moderna (2009), Jean-François Brient


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莊嚴的大將廣場居然雜草叢生、垃圾遍地。背後是爛尾樓、荒廢的葡萄園

 








20 octubre, 2021

El príncipe colectivo que propone Gramsci

 



ZAPATEANDO - 19/10/2021

Hotel Abismo

Javier Hernández Alpízar

   A Alfredo López Austin, in memoriam


Apenas 500 años después, El príncipe de Nicolás Maquiavelo es un clásico, pero como buen clásico puede tener diferentes lecturas. Maurice Joly lo lee como el teórico de los tiranos, por eso pone en sus labios la descripción cínica de la política bonapartista, maquiavélica y dictatorial de Luis Bonaparte, en el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.


En la primera mitad del siglo XX, en un mundo en llamas por la segunda guerra mundial, Maquiavelo es leído, desde el poder, por el duce Benito Mussolini y, desde las mazmorras del fascismo, por el preso político Antonio Gramsci. Para el dictador, El Príncipe es un manual para tiranos, pero para el filósofo de la praxis, Maquiavelo escribió su clásico no para los hombres del poder, que ya lo conocen, incluso sin leerlo, porque lo practican de toda la vida y por generaciones, sino para el que no sabe, es decir: para el pueblo.


Las reflexiones de Antonio Gramsci sobre la política de Maquiavelo fueron escritas en sus Cuadernos de la Cárcel y publicadas también en volumen aparte, en títulos como La política y el Estado e incluso como Maquiavelo y Lenin. Las notas de Gramsci son una lectura creativa, propositiva, de Maquiavelo. Para el autor de los Cuadernos de la cárcel, El príncipe es un manifiesto, un libro que quiere motivar a la acción, como el Manifiesto comunista, el ¿Qué hacer? o, diremos nosotros, la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.


Nicolás Maquiavelo usa no solamente la lógica, sino la capacidad literaria (recordemos que es el autor de La mandrágora), dramática, para generar un mito (en el sentido de George Sorel, que escribió sobre el mito de la huelga general), es decir, una utopía movilizadora. Maquiavelo quiere movilizar pasiones, patriotismo, energía para luchar por la unidad italiana.


En su tiempo, Maquiavelo no lo logró. Pero la lógica capitalista burguesa necesitaba Estados-naciones y finalmente Italia fue una nación en el siglo XIX. Curiosamente, Luis Bonaparte fue protagonista en favor de la unidad italiana, desde Francia, y con su derrota, de la unidad alemana bajo la hegemonía prusiana.


Sin embargo, en el inicio caótico y violento del siglo XX, Antonio Gramsci piensa que el príncipe ya no puede ser un individuo, una persona, el príncipe moderno tiene que ser colectivo: una organización. En los términos del marxismo y el leninismo de su tiempo: el partido.


Sumando los saberes heredados de Maquiavelo, Marx, Lenin e incluso de autores que no son de izquierda como el idealista Benedetto Croce (con quien establece una relación análoga a la de Marx con Hegel) y George Sorel (Reflexiones sobre la violencia), Antonio Gramsci propone un príncipe colectivo.


El partido o, para decirlo de un modo más amplio: la organización tiene que ser capaz de revolucionar la sociedad, hacer una reforma intelectual que incida en un cambio en la economía, hacer que sus ideas e ideales se conviertan en un nuevo sentido común, una narrativa triunfante, una nueva hegemonía ideológica-política-social-moral-cultural-económica.


Para ello, el partido estará formado por un núcleo central generador de las ideas-fuerza, un círculo de revolucionarios capaces de movilizar pasiones alrededor de ese ideario revolucionario y una muy amplia masa de seguidores apasionados y movilizados por ese mito movilizador: la revolución.


Como Maquiavelo, como Marx, como Lenin, Antonio Gramsci no escribía desde la soledad del cubículo académico, sino desde la militancia, pues estaba preso por participar en la creación y organización de los consejos de fábrica, con los que los obreros italianos lucharon por el control del proceso de producción. Los consejos eran los soviets de los italianos. El fascismo de Benito Mussolini, como el nazismo en Alemania, el franquismo en España o el pinochetismo y las dictaduras militares en el Cono Sur, era la respuesta, la reacción contra el ascenso de la organización y la lucha obrera.


Gramsci aportó valiosas reflexiones (con conceptos originales como filosofía de la praxis, hegemonía y bloque histórico) sobre la organización, la lucha, no sólo con las ideas, sino con la pasión (pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad) y el mito (la utopía, el mesianismo colectivo, ojo: colectivo).


De sus aportaciones, no es la menor apropiarse de Maquiavelo para la izquierda, para el pueblo, en defensa de un jacobinismo-leninismo que tenga la fuerza intelectual, pasional y fuerza a secas para cambiar a la sociedad. El príncipe no puede ser ya un hombre providencial, un individuo, una persona: tiene que ser un sujeto colectivo, un nosotros. Y el intelectual orgánico de ese príncipe colectivo tiene que ser también un intelectual colectivo: una organización que lee, piensa, debate, escribe, publica y vence, no sólo en el debate de ideas, sino en todos los órdenes.


La obra de Antonio Gramsci fue siendo publicada poco a poco después de su muerte, y más lentamente, introducida en castellano en Nuestra América. Ya Roque Dalton se burlaba de la falta de madurez del Partido Comunista salvadoreño para leer a Gramsci, con una canción de la italiana Gigliola Cinquetti: “No tengo edad, no tengo edad para amarte”… El optimismo de mi voluntad me dice que ya tenemos la edad suficiente, apenas 500 años después de Maquiavelo y menos de 100 años después de Gramsci.


Sería importante superar la retórica de la intransigencia que asegura que si nos organizamos, seremos presas de un centralismo autoritario, que nos hegemonice, homogenice y pasteurice. El reto es cómo lograr la solidez y fuerza de una organización, sin el autoritarismo, ni la rigidez ni la muerte del pensamiento que generan dictaduras y totalitarismos. Sin embargo, no organizarnos nos hace presas de la derecha capitalista, pues ella sí se organiza y hace uso de toda su fuerza.


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19 octubre, 2021

Estados Unidos secuestra diplomático venezolano por desafiar a su arbitrario régimen de extorsión

 

Bill Van Auken - WSWS.ORG – 19/10/2021

  Traducción del inglés: Arrezafe


Alex Saab, empresario y diplomático venezolano-colombiano, fue llevado ante un juez de la corte federal de Miami el lunes, esposado y con un mono naranja, para escuchar la acusación de ocho cargos de lavado de dinero que podrían suponer 20 años de prisión en Estados Unidos.


Alex Saab compareciendo desde la prisión, en Zoom, ante un juez estadounidense en Miami


La comparecencia, tras una extradición ilegal, más parecida a un secuestro, tuvo lugar el sábado por la tarde después de que la policía de la nación insular de Cabo Verde, África occidental, irrumpiera en la casa donde ya estaba detenido Saab obligándole a subir a un avión del Departamento de Justicia de EEUU que lo trasladó a un calabozo federal en Miami.


Saab fue detenido cuando su avión aterrizó en Cabo Verde, en junio de 2020, para repostar. Se dirigía a Irán para negociar un acuerdo con el fin de asegurar alimentos y combustible para Venezuela, carente de ambos, así como de medicinas, debido al bloqueo económico de "máxima presión" impuesto por la administración Trump contra el país. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha mantenido estas medidas punitivas cuyo objetivo es matar de hambre al pueblo venezolano para asegurar el cambio de régimen y la imposición de un gobierno títere estadounidense en Caracas. Venezuela cuenta con las mayores reservas de petróleo conocidas del mundo.


La “extradición” —o entrega— se llevó a cabo el día anterior a las elecciones nacionales en Cabo Verde, una fecha sin duda elegida para atenuar el impacto de la noticia sobre la población. El partido gobernante fue derrotado en las elecciones del domingo. El partido de la oposición, Partido Africano por la Independencia de Cabo Verde (PAICV), —partido burgués sucesor del PAIGC, que lideró la lucha armada para derrocar al colonialismo portugués— no se interesó por la suerte de Saab. No obstante, las encuestas indicaron que los caboverdianos eran abrumadoramente hostiles a la inclinación del gobierno de ceder a las demandas ilegales de Washington, lo que contribuyó a la derrota del gobernante Movimiento por la Democracia (MPD).


La administración Trump había utilizado sobornos y amenazas para obligar a Cabo Verde a entregar a Saab, llegando incluso a enviar un buque de guerra estadounidense a las aguas costeras de Cabo Verde en un claro acto de fuerza coactiva.


Saab, que tiene ciudadanía colombiana y venezolana, había negociado numerosos acuerdos para asegurar alimentos, combustible, medicinas y otros bienes básicos para Venezuela eludiendo las sanciones de Estados Unidos. Esto incluyó un acuerdo alcanzado con Irán el año pasado, justo antes de su detención, para enviar suministros de emergencia, gasolina y otros productos derivados del petróleo a Venezuela.


Acuerdos negociados por Saab aseguraron el suministro de alimentos a los supermercados venezolanos y al programa de alimentación subsidiado por el gobierno, conocido como CLAP. Saab viajó a Turquía, China, Dubai, Europa del Este, Serbia y otras regiones, estableciendo complejos acuerdos que canalizarían suministros y divisas extranjeras muy necesarios a Venezuela a cambio de oro, petróleo y otros productos. Estos acuerdos desafiaron las sanciones de Estados Unidos, que penalizan cualquier comercio de petróleo venezolano y cualquier acceso de Venezuela al sistema financiero mundial dominado por Estados Unidos.


Según los informes, las acusaciones de lavado de dinero contra Saab implican la creación de numerosas empresas fantasma con el propósito de mover activos dentro y fuera de Venezuela. Dado el régimen unilateral de sanciones de Estados Unidos, que castiga a terceros que se atreven a entablar un comercio internacional legal con Venezuela, la creación de tales empresas y el llamado “lavado de dinero” fueron medios necesarios para evadir las sanciones de Washington.


En cualquier caso, como revelaron los Pandora Papers recientemente publicados, Estados Unidos es el centro global de empresas fantasma destinadas a proteger los activos de los multimillonarios del mundo y eludir los impuestos.


Estados Unidos ha alegado que Saab ha sustraído dinero de los fondos destinados al subsidio de viviendas y alimentos para la población venezolana. Si bien no se ha presentado evidencia alguna que respalde tal acusación, la pregunta es obvia: ¿qué derecho tiene Washington a intervenir en un asunto que, en todo caso, compete a la política interna de Venezuela?


Si bien no hay duda de que el gobierno del presidente Nicolás Maduro y sus distritos electorales clave, la llamada boliburguesia formada por especuladores y empresarios con estrechos vínculos con el gobierno y el ejército, se han involucrado en la corrupción, lo mismo puede decirse de cualesquiera de los regímenes respaldados por Washington, desde el gobierno títere recientemente derrocado en Afganistán, hasta la dictadura de Egipto, los gobiernos de derecha de Centroamérica y el régimen de Ucrania.


La persecución de Saab se ha llevado a cabo sobre una base ilegal cuyos objetivos políticos son claramente imperialistas. No existe un tratado de extradición entre Cabo Verde y Estados Unidos y no había una orden internaciona de arresto cuando Saab fue detenido.


El gobierno de Cabo Verde, cediendo dócilmente a las demandas de Washington, anuló las decisiones de los propios tribunales del país y envió a Saab en avión con destino a Estados Unidos antes de que agotara sus apelaciones, sin orden legal y sin notificación, ni a los abogados de Saab ni a su familia, a la que se le había prohibido la entrada a Cabo Verde.


El gobierno ignoró un fallo del Tribunal regional de la Comunidad Económica de África Occidental (CEDEAO), que ordenó a Cabo Verde que liberara a Saab y le pagara 200.000 dólares por daños. Las decisiones de dicha corte son legalmente vinculantes para los países, incluido Cabo Verde, que crearon y firmaron el tratado.


Asimismo, el gobierno de Cabo Verde ignoró las demandas de cuatro relatores especiales de las Naciones Unidas y un Grupo de Trabajo de la ONU. Exigieron que el gobierno dé cuenta de “los fundamentos fácticos y jurídicos del arresto, detención y posible extradición del embajador Alex Saab Moran a Estados Unidos, incluida la naturaleza exacta de los cargos en su contra y los hechos que respaldan esos cargos; sobre la violación de las garantías judiciales, consulares y otras garantías procesales; sobre las denuncias de tortura y malos tratos del embajador Saab; sobre la violación de su derecho a la integridad física y el deterioro de su salud imputable a las autoridades; sobre el riesgo de tortura en caso de extradición; y sobre la violación de la inmunidad diplomática del embajador Alex Saab ”.


Venezuela ha insistido en que Saab es embajador del país y que viajaba con pasaporte diplomático, lo que hace que su arresto y extradición sean no sólo ilegales, sino una grave violación de la convención de Viena que protege la inmunidad diplomática. Una impugnación de la extradición presentada en un tribunal estadounidense por dichos motivos fue rechazada sobre la base de que el caso no podría ser escuchado hasta que Saab fuera arrestado. Mientras tanto, el Departamento de Estado de EEUU afirmó que la condición de diplomático de Saab no había sido registrada ni aceptada por el departamento. El equipo de defensa de Saab respondió que “no existe un proceso por el cual un enviado especial o embajador de un país extranjero en otro país esté obligado a obtener cualquier tipo de registro o aceptación del Departamento de Estado de Estados Unidos. … En este caso, la nominación de Alex Saab es estrictamente un asunto entre Venezuela e Irán y de nadie más”.


En respuesta al arresto de Saab, el gobierno de Maduro en Venezuela ordenó volver a encarcelar a seis ex ejecutivos, cinco de ellos ciudadanos estadounidenses, de la refinería estadounidense CITGO, de propiedad venezolana, quienes fueron acusados ​​de corrupción. Los seis habían sido puestos en libertad bajo arresto domiciliario en abril pasado en un gesto aparentemente destinado a promover el acercamiento con Washington. Sin embargo, la administración Biden no ha mostrado ninguna intención de aflojar el dominio económico de Estados Unidos sobre Venezuela.


El gobierno de Maduro también suspendió las conversaciones llevadas a cabo en México con la oposición venezolana de derecha respaldada por Estados Unidos. Caracas había exigido que se incluyera a Saab en su delegación participante de este “diálogo” con los títeres de Washington.


Dado que un acuerdo alcanzado a través de estas conversaciones constituía una condición previa para aliviar las sanciones impuestas tanto por Washington como por la Unión Europea, la extradición de Saab bien puede ser una provocación deliberada destinada a hacer estallar este proceso y mantener el bloqueo. La administración Biden, como las de Trump y Obama antes, ve a Venezuela a través del prisma de la lucha contra China y la influencia de Beijing en lo que los imperialistas estadounidenses han descrito como su "propio patio trasero".


La entrega de Saab a Miami forma parte de la persecución y el intento de extraditar a la ejecutiva de Huawei Technologies, Meng Wanzhou, de Canadá por su presunta violación de las sanciones impuestas por Estados Unidos a Irán, y lo más infame, el intento en curso de extraditar al fundador de WikiLeaks, Julian Assange, del Reino Unido a Estados Unidos, donde se enfrentaría a cargos que, bajo la Ley de Espionaje, supondría una posible cadena perpetua por revelar los crímenes de guerra, la tortura, la vigilancia, la corrupción y los complots golpistas de Washington.


En todas partes, el imperialismo estadounidense practica una procaz política de gángsterismo, violando arbitrariamente el derecho internacional, al tiempo que insiste en su "derecho" de aplicar extraterritorialmente sus propias leyes e imponer unilateralmente sanciones.


En un mitin en Caracas el domingo, la esposa de Saab, Camila Fabri Saab, leyó una carta escrita por su marido justo antes de su extradición en la que insistía en que no había cometido “ningún crimen en los Estados Unidos ni en ningún otro país” y que no tenía intención de "mentir para ayudar a Estados Unidos". Y advirtió: "si me matan y dicen que fue un suicidio, sepan que esto es algo que yo nunca haría".


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18 octubre, 2021

Muere otro notorio CRIMINAL sin haber sido JUZGADO

 


Nada que lamentar, excepto las guerras que sus mentiras desencadenaron,
las innumerables muertes y el incalculable dolor que han propiciado.



The $8 Trillion Cost of Failure — Tom Engelhardt

 


Tom Dispatch – 17/10/2021


The time and money it took to give Kabul to the Taliban could have been used to help struggling Americans.


They weren’t kidding when they called Afghanistan the “graveyard of empires.” Indeed, that cemetery has just taken another imperial body. And it wasn’t pretty, was it? Not that anyone should be surprised. Even after 20 years of preparation, a burial never is.


In fact, the shock and awe(fulness) in Kabul and Washington over these last weeks shouldn’t have been surprising, given our history. After all, we were the ones who prepared the ground and dug the grave for the previous interment in that very cemetery.


That, of course, took place between 1979 and 1989 when Washington had no hesitation about using the most extreme Islamists—arming, funding, training, and advising them—to ensure that one more imperial carcass, that of the Soviet Union, would be buried there. When, on February 15, 1989, the Red Army finally left Afghanistan, crossing the Friendship Bridge into Uzbekistan, Soviet commander General Boris Gromov, the last man out, said, “That’s it. Not one Soviet soldier or officer is behind my back.” It was his way of saying so long, farewell, good riddance to the endless war that the leader of the Soviet Union had by then taken to calling “the bleeding wound.” Yet, in its own strange fashion, that “graveyard” would come home with them. After all, they returned to a bankrupt land, sucked dry by that failed war against those American- and Saudi-backed Islamist extremists.


Two years later, the Soviet Union would implode, leaving just one truly great power on Planet Earth—along with, of course, those very extremists Washington had built into a USSR-destroying force. Only a decade later, in response to an “air force” manned by 19 mostly Saudi hijackers dispatched by Osama bin Laden, a rich Saudi prince who had been part of our anti-Soviet effort in Afghanistan, the world’s “sole superpower” would head directly for that graveyard (as Bin Laden desired).


Despite the American experience in Vietnam during the previous century—the Afghan effort of the 1980s was meant to give the USSR its own “Vietnam” —key Bush administration officials were so sure of themselves that, as The New York Times recently reported, they wouldn’t even consider letting the leaders of the Taliban negotiate a surrender once our invasion began. On September 11, 2001, in the ruins of the Pentagon, Secretary of Defense Donald Rumsfeld had already given an aide these instructions, referring not just to Bin Laden but Iraqi ruler Saddam Hussein: “Go massive. Sweep it up, all up. Things related and not.” Now, he insisted, “The United States is not inclined to negotiate surrenders.” (Of course, had you read war reporter Anand Gopal’s 2014 book, No Good Men Among the Living, you would have long known just how fruitlessly Taliban leaders tried to surrender to a power intent on war and nothing but war.)


Allow a surrender and have everything grind to a disappointing halt? Not a chance, not when the Afghan War was the beginning of what was to be an American triumph of global proportions. After all, the future invasion of Iraq and the domination of the oil-rich Greater Middle East by the one and only power on the planet were already on the agenda. How could the leaders of such a confident land with a military funded at levels the next most powerful countries combined couldn’t match have imagined its own 2021 version of surrender?


And yet, once again, 20 years later, Afghanistan has quite visibly and horrifyingly become a graveyard of empire (as well, of course, as a graveyard for Afghans). Perhaps it’s only fitting that the secretary of defense who refused the surrender of the enemy in 2001 was recently buried in Arlington National Cemetery with full honors. In fact, the present secretary of defense and the head of the joint chiefs of staff both reportedly “knelt before Mr. Rumsfeld’s widow, Joyce, who was in a wheelchair, and presented her with the flag from her husband’s coffin.”


Meanwhile, Joe Biden was the third president since George W. Bush and crew launched this country’s forever wars to find himself floundering haplessly in that same graveyard of empires. If the Soviet example didn’t come to mind, it should have as Democrats and Republicans, President Biden and former President Trump flailed at each other over their supposedly deep feelings for the poor Afghans being left behind, while this country withdrew its troops from Kabul airport in a land where “rest in peace” has long had no meaning.


America’s True Infrastructure Spending


Here’s the thing, though: Don’t assume that Afghanistan is the only imperial graveyard around or that the United States can simply withdraw, however ineptly, chaotically, and bloodily, leaving that country to history—and the Taliban. Put another way, even though events in Kabul and its surroundings took over the mainstream news recently, the Soviet example should remind us that, when it comes to empires, imperial graveyards are hardly restricted to Afghanistan.


In fact, it might be worth taking a step back to look at the big picture. For decades, the United States has been involved in a global project that’s come to be called “nation building,” even if, from Vietnam, Laos, and Cambodia to Afghanistan and Iraq, it often seemed an endless exercise in nation (un)building. An imperial power of the first order, the US long ago largely rejected the idea of straightforward colonies. In the years of the Cold War and then of the War on Terror, its leaders were instead remarkably focused on setting up an unparalleled empire of military bases and garrisons on a global scale. This and the wars that went with it have been the unsettling American imperial project since World War II.


And that unsettling should be taken quite literally. Even before recent events in Afghanistan, Brown University’s invaluable Costs of War Project estimated that this country’s conflicts of the last two decades across the Greater Middle East and Africa had displaced at least 38 million people, which should be considered nation (un)building of the first order.


Since the Cold War began, Washington has engaged in an endless series of interventions around the planet from Iran to the Congo, Chile to Guatemala, as well as in conflicts, large and small. Now, with Joe Biden having withdrawn from America’s disastrous Afghan War, you might wonder whether it’s all finally coming to an end, even if the United States still insists on maintaining 750 sizable military bases globally.


Count on this, though: The politicians of the great power that hasn’t won a significant war since 1945 will agree on one thing—that the Pentagon and the military-industrial complex deserve yet more funding (no matter what else doesn’t). In truth, those institutions have been the major recipients of actual infrastructure spending over much of what might still be thought of as the American century. They’ve been the true winners in this society, along with the billionaires who, even in the midst of a grotesque pandemic, raked in profits in a historic fashion. In the process, those tycoons created possibly the largest inequality gap on the planet, one that could destabilize a democracy even if nothing else were going on. The losers? Don’t even get me started.


Or think of it this way: Yes, in August 2021, it was Kabul, not Washington, D.C., that fell to the enemy, but the nation (un)building project in which this country has been involved over these last decades hasn’t remained thousands of miles away. Only half-noticed here, it’s been coming home, big time. Donald Trump’s rise to the presidency, amid election promises to end America’s “endless wars,” should really be seen as part of that war-induced (un)building project at home. In his own strange fashion, The Donald was Kabul before its time and his rise to power unimaginable without those distant conflicts and the spending that went with them, all of which, however unnoticed, unsettled significant parts of this society.


Climate War in a Graveyard of Empires?


You can tell a lot about a country if you know where its politicians unanimously agree to invest taxpayer dollars.


At this very moment, the United States is in a series of crises, none worse than the heat, fire, and flood “season” that’s hit not just the megadrought-ridden West, or inundated Tennessee, or hurricane-whacked Louisiana, or the tropical-storm-tossed Northeast, but the whole country. Unbearable warmth, humidity, fires, smoke, storms, and power outages, that’s us. Fortunately, as always, Congress stands in remarkable unanimity when it comes to investing money where it truly matters.


And no, you knew perfectly well that I wasn’t referring to the creation of a green-energy economy. In fact, Republicans wouldn’t hear of it and the Biden administration, while officially backing the idea, has already issued more than 2,000 permits to fossil-fuel companies for new drilling and fracking on federal lands. In August, the president even called on OPEC—the Saudis, in particular—to produce significantly more oil to halt a further rise in gas prices at the pump.


As America’s eternally losing generals come home from Kabul, what I actually had in mind was the one thing just about everyone in Washington seems to agree on: funding the military-industrial complex beyond their wildest dreams. Congress has recently spent months trying to pass a bill that would, over a number of years, invest an extra $550 billion in this country’s badly tattered infrastructure, but never needs time like that to pass Pentagon and other national security budgets that, for years now, have added up to well over a trillion dollars annually.


In another world, with the Afghan War ending and US forces (at least theoretically) coming home, it might seem logical to radically cut back on the money invested in the military-industrial complex and its ever more expensive weaponry. In another American world on an increasingly endangered planet, significantly scaling back American forces in every way and investing our tax dollars in a very different kind of “defense” would seem logical indeed. And yet, as of this moment, as Greg Jaffe writes at The Washington Post, the Pentagon continues to suck up “a larger share of discretionary spending than any other government agency.”


Fortunately for those who want to keep funding the US military in the usual fashion, there’s a new enemy out there with which to replace the Taliban, one that the Biden foreign-policy team and a “pivoting” military is already remarkably eager to confront: China.


At least when the latest infrastructure money is spent, if that compromise bill ever really makes it through a Congress that can’t tie its own shoelaces, something will be accomplished. Bridges and roads will be repaired, new electric-vehicle-charging stations set up, and so on. When, however, the Pentagon spends the money just about everyone in Washington agrees it should have, we’re guaranteed yet more weaponry this country doesn’t need, poorly produced for thoroughly exorbitant sums, if not more failed wars as well.


I mean, just think about what the American taxpayer “invested” in the losing wars of this century. According to Brown University’s Costs of War Project, $2.313 trillion went into that disastrous Afghan War alone and at least $6.4 trillion by 2020 into the full-scale war on terror. And that doesn’t even include the estimated future costs of caring for American veterans of those conflicts. In the end, the total may prove to be in the $8 trillion range. Hey, at least $88 billion just went into supplying and training the Afghan military, most of which didn’t even exist by August 2021 and the rest of which melted away when the Taliban advanced.


Just imagine for a minute where we might really be today if Congress had spent close to $8 trillion rebuilding this society, rather than (un)building and wrecking distant ones.


Rest assured, this is not the country that ended World War II in triumph or even the one that outlasted the Soviet Union and whose politicians then declared it the most exceptional, indispensable nation ever. This is a land that’s crumbling before our eyes, being (un)built month by month, year by year. Its political system is on the verge of dissolving into who knows what amid a raft of voter suppression laws, wild claims about the most recent presidential election, an assault on the Capitol itself, and conspiracy theories galore. Its political parties seem ever more hostile, disturbed, and disparate. Its economy is a gem of inequality, its infrastructure crumbling, its society seemingly coming apart at the seams. And on a planet that could be turning into a genuine graveyard of empires (and of so much else), keep in mind that, if you’re losing your war with climate change, you can’t withdraw from it. You can’t declare defeat and go home. You’re already home in the increasingly dysfunctional, increasingly (un)built US of A.


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17 octubre, 2021

A los que dudan — Bertolt Brecht

 



Nuestra causa va mal.

La oscuridad aumenta. Las fuerzas disminuyen.

Ahora, después de haber trabajado durante tanto tiempo

nos hallamos en una situación peor que al comienzo.

Sin embargo, el enemigo sigue ahí, más fuerte que nunca.

Sus fuerzas parecen acrecentadas y presenta un aspecto

invencible.

No se puede negar que hemos cometido errores.

Nuestro número se reduce. Nuestras palabras de orden

se encuentran en desorden. El enemigo

distorsiona muchas de nuestras palabras hasta hacerlas

irreconocibles.

Aquello que dijimos, ahora parece falso: ¿Mucho o poco,

con qué contamos ya? ¿Somos lo que ha quedado,

marginados de la corriente de la vida?

¿Marcharemos hacia atrás, sin nadie que nos comprenda

y sin comprender a los demás?

¿No hemos tenido suerte?

Tú preguntas estas cosas. No esperes ninguna respuesta

salvo la tuya.


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15 octubre, 2021

‘Experimentos naturales’ — Luis Casado

 


La teoría económica, que no había descubierto nada en dos siglos, acaba de realizar tres hallazgos monumentales. La tumba de Tutankamon, como descubrimiento, fue una alpargata al lado, nos dice Luis Casado...


POLITIKA – 12/10/2021


Según Karl Popper, "el criterio de cientificidad de una teoría reside en la posibilidad de invalidarla, de refutarla o de probarla". Siempre según Popper, "la observación de un solo hecho experimental que no corrobore la teoría, la refuta". Dicho de otro modo, las teorías, las hipótesis, las conjeturas, deben ser sometidas a la observación experimental con el propósito de juzgar de su pertinencia.


Ya la tenemos liada. Galileo, fundador de la ciencias Físicas, sostuvo que todos los cuerpos, independientemente de su forma y de su peso, caen a la misma velocidad en el vacío. Ahora bien, entre los siglos XVI y XVII nadie sabía cómo hacer el vacío. Para más inri, aun hoy se discute la existencia del vacío, y el hallazgo del bosón de Higgs no simplifica las cosas. Sin embargo Galileo tenía razón. Incluso cuando definió su principio de inercia. Nadie, nunca, vio un movimiento inercial como el descrito por Galileo: ¿cómo realizar la experiencia de un movimiento rectilíneo y uniforme en ausencia de toda fuerza exterior? Sin embargo Galileo tenía razón.


Étienne Klein dice que las experiencias realizadas por Galileo –y más tarde por Einstein– fueron ‘experiencias de pensamiento’.


Imaginando la caída de dos objetos disímiles, que luego unió en su imaginación, Galileo concluyó en que ambos solo pueden caer a la misma velocidad. A Aristóteles –que había afirmado lo contrario– le podían dar morcilla. Con una ‘experiencia de pensamiento’ llevada hasta sus últimas consecuencias Einstein determinó que la ley de la gravedad universal de Newton estaba errada. No hay fuerzas en juego, sino una deformación del espacio-tiempo. La Ley de Newton le cedió el paso a la Relatividad General. Corrían los años 1915-1916, y las mediciones que probaron que Einstein tenía razón se hicieron décadas más tarde. ¿Cómo experimentar la curvatura del espacio-tiempo provocada por la masa de los objetos que lo pueblan? Y por si fuese poco ahora sabemos que la masa ni siquiera es una propiedad intrínseca de la materia (tú ya sabes, el bosón de Higgs…).


Para las experiencias científicas también hay criterios. Uno de ellos sostiene que debes poder realizarlas una y mil veces, en condiciones similares, con personas diferentes, y obtener los mismos resultados. La mal llamada ‘ciencia económica’ encuentra aquí uno de sus principales escollos, una suerte de Cabo de Hornos en el que se hunden lastimosamente sus numerosas hipótesis y abundantes teorías.


¿Cómo hacer para realizar ‘experiencias científicas’ en economía? Cada minuto que pasa, cada segundo si tomamos en cuenta las transacciones bursátiles computerizadas (cientos de miles por segundo), la realidad cambia irremediablemente: es imposible encontrar ‘condiciones similares’.


Conscientes de ello, los economistas inventaron un chiste llamado ceteris paribus sic stantibus, lo que en buen romance significa algo así como ‘espérate un rato y no te muevas, a ver si me vuelven las ganas…’.


Escudados tras esa pillería los economistas han creado innumerables teorías, teoremas, leyes y paradojas, así como una buena dosis de mitos, fábulas, ficciones, leyendas y cuentos varios, gracias a los cuales vienen a la TV a explicar hasta la superposición y la intrincación cuánticas en menos de 30 segundos cronometrados.


Tal día como hoy la prensa internacional anunció en primera página que el Banco Central de Suecia le otorgó le premio Nobel de Economía que –como el vacío– no existe, ‘a David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens. Que el Nobel de Economía no existe es la pinche realidad. La prensa lo pone claro:


"Aunque coloquialmente se le conoce como Nobel de Economía, en puridad no se trata de un Nobel como tal. La Economía no figuraba entre las disciplinas originales a las que se concedía anualmente el premio, dado que el propio Alfred Nobel, su impulsor, no la incluyó entre las cinco categorías elegidas: Física, Química, Medicina, Literatura y Paz. Sin embargo, en 1969, casi 70 años después de la primera ceremonia de entrega de los premios, el banco central sueco decidió crearlo, bajo el nombre de Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel, para celebrar su 300º aniversario".


Alfred Nobel tampoco se dignó ofrecerle un premio a los matemáticos, decisión cuyas razones el pudor y una cierta elegancia me impiden evocar en estas líneas.


Lo cierto es que el Banco de Suecia reconoce a Card por sus "contribuciones empíricas en el campo de la economía del trabajo", entre ellas la que rebate la idea generalizada de que una subida del salario mínimo conspira contra el empleo. Angrist e Imbens fueron premiados porque –con varios siglos de retraso– inventaron el principio de causalidad ya conocido por los filósofos de la Antigüedad griega hace más de 2.500 años.


En la imposibilidad de proceder a ‘experiencias científicas’ por las razones ya expuestas, "la Academia valora los avances cosechados en el campo de los llamados experimentos naturales, aquellos que extraen conclusiones de situaciones que surgen en la vida real y que se asemejan a experimentos controlados".


David Card observó ‘experimentos naturales’ en vez de sacar la cabeza por la ventana y mirar la realidad empírica. Pero no seamos aguafiestas visto que en estos días hay muy poco que celebrar: Card ‘descubrió’ lo que ya sabíamos todos: el salario mínimo, –definido como ‘la remuneración que impide justo, justo, que el currante no muera de inanición’–, nunca disuadió a nadie de contratar muertos de hambre y por lo tanto nunca generó ningún impacto negativo en el ‘mercado del trabajo’, como asegura el FMI desde su fundación.


Si lo que precede te genera dudas, saludos te mandan las “situaciones que surgen en la vida real y que se asemejan a experimentos controlados”. La insigne Academia no ofrece la más mínima pista que pudiese permitirnos identificar tales "situaciones". En realidad, como de costumbre, el Banco de Suecia distingue la práctica de la casuística más rupestre.


Desafortunadamente, la ciencia exige pensar contra el propio cerebro, desconfiar de la evidencia, no adoptar la primera interpretación de cada fenómeno.


Galileo, Einstein y la mayor parte de los científicos tuvieron que abandonar lo que aparecía como una verdad indestructible e interrogar una y otra vez su propia interpretación de todos los fenómenos físicos. Si Copérnico no hubiese puesto en duda lo que cualquier hijo de vecino veía con sus ojos, que el sol parece girar en torno a la Tierra, el heliocentrismo no se hubiese impuesto, y el conocimiento del universo aun estaría en las cavernas.


La llamada ‘ciencia económica’ está precisamente allí: en las cavernas. Y ahora acaba de descubrir los ‘experimentos naturales’ para suplir las ‘experiencias controladas’ (o de laboratorio) que nunca pudo –ni podrá– realizar.


Como queda dicho, el año 2021, en pleno siglo XXI, un trío de economistas recibe un premio por descubrir el principio de causalidad (cada efecto tiene causas que lo determinan…), y haber concluido en que pagar salarios mínimos caracterizados por ser exactamente eso, mínimos, no tiene como efecto disuadir la generación de empleo.


El año próximo, te lo doy firmado, descubrirán la rueda. O el hilo negro. Gracias a los ‘experimentos naturales’.


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