DE TUCÍDIDES A TRUMP,
LAS GUERRAS SON CUESTIÓN DE DINERO
Augusto
Zamora Rodríguez – 22/02/2025
En los previos de la
guerra del Peloponeso, discutían los espartanos sobre el conflicto
en ciernes con Atenas, y, en un punto de la discusión, el rey
Arquidamo hizo esta aseveración: “la guerra no es cosa de armas,
las más de las veces, sino de dinero, gracias al cual las armas son
eficaces”. En Atenas, Pericles les decía a los atenienses que “son
las reservas de dinero las que sostienen las guerras”. En otro
discurso, el ateniense recordaba lo mismo a sus compatriotas: “la
mayoría de las veces las guerras se ganan con inteligencia y con
abundancia de dinero”. Sin dinero no es posible ganar guerras
(tampoco partidos de fútbol profesional ni premios de cocina, pero
lo dejamos aquí).
Aquellos discursos fueron
recogidos por Tucídides en su célebre Historia de la Guerra del
Peloponeso, escrita hace ya más de 2.400 años, discursos que, pese
al tránsito del tiempo, siguen manteniendo plena vigencia, sin
importar que hayan pasado 24 siglos. Tal vez por aquello que también
recoge Tucídides, de que las calamidades “suceden y sucederán
siempre, mientras la naturaleza humana siga siendo la misma”.
Podríamos agregar que no sólo sigue varada en lo mismo, sino que,
siendo caritativos, tampoco ha mejorado, pero también dejaremos el
tema aquí, para no hacer guiso de los fatalismos.
Siendo tan antigua esta
verdad, resulta sorprendente el cacareo del gallinero europeo –donde
sobran plumas y faltan neuronas–, por las medidas económicas,
comerciales y políticas que viene tomando el presidente Trump
(Donaldo para los amigos), como si Trump estuviera destrozando, de
forma inédita, una regla sagrada o, nuevo Alejandro (ningún
parecido, aclaramos), hubiera cortado de un tajo el nudo gordiano del
neoliberalismo, para salvar a su país de ese sistema asesino de
pueblos. No ocurre ni lo uno ni lo otro. Donaldo –o su equipo, que
es lo mismo–, está queriendo enderezar la balanza de ingresos y
gastos gubernamentales, pues las cifras cada vez cuadran menos. Está
diciendo, sin decirlo, que EEUU está en bancarrota (o casi) y que no
puede seguir dilapidando recursos, pues los necesita para cubrir su
creciente abismo presupuestario.
No hace falta recurrir a
Sherlock Holmes para encontrar los números crudos de la crisis de
EEUU, entre otras razones porque decenas de expertos estadounidenses
llevan años advirtiendo que el país estaba metido en un agujero
negro de gastos irracionales y que, cegado por los dogmas del
neoliberalismo, se había desmantelado lo que un día fue la economía
más productiva del planeta. La otrora ‘fábrica del mundo’ ya no
lo era y, tal y como estaban las cosas, haría falta un milagro
colosal para que volviera a serlo. Y los milagros escasean tanto que
es más fácil hallar un T-Rex vivo que ver tal milagro (los
australopitecos son otra cosa: basta pasearse por la Unión Europea
para hallar miles).
En cuanto a la
aritmética, empezaremos apoyándonos en el artículo More Than
Decline (Más que decadencia), de Drew Holden, publicado el 24 de
diciembre de 2024, en The American Conservative, una revista
–obviamente– conservadora, pero con artículos asombrosamente
críticos con la deriva política y económica de la casta dirigente
de EEUU, de una claridad tal que no hallaremos nada similar en el
gallinero europeo.
Holden afirma, desde un
inicio, que “Estados Unidos ha perdido la capacidad de producir
cosas, y esto crea tanto el riesgo como la realidad de la escasez y
la vulnerabilidad. Pero lo que debería preocuparnos son las
carencias que afectan a los estadounidenses comunes y corrientes, y
los problemas que conlleva una economía que no les sirve”, en la
que faltan “cosas como la energía verde o universidades
asequibles”.
Oren Cass, en su artículo
Free Trade's Origin Myth (El mito del origen del libre
comercio), publicado en Law & Liberty, en enero de 2024, da
cuenta de los números:
“Las exportaciones e
importaciones estadounidenses estaban más o menos equilibradas en
1992; en 2022 el déficit comercial superó los 900.000 millones de
dólares por primera vez. Incluso en productos de tecnología
avanzada, en el mismo período de 30 años Estados Unidos pasó de un
superávit de 60.000 millones de dólares a un déficit de casi
250.000 millones. El crecimiento económico y la inversión
empresarial se desaceleraron, y las décadas de 2000 y 2010 se
convirtieron en la peor y la segunda peor década del período de
posguerra. En la industria manufacturera, el crecimiento de la
productividad se volvió negativo: las fábricas estadounidenses
necesitaban más mano de obra en 2022 que en 2012 para alcanzar la
misma producción. Las joyas de la corona de la industria
estadounidense, innovadores revolucionarios como General Electric,
Boeing e Intel, perdieron sus posiciones de liderazgo mundial. La
relación comercial entre Estados Unidos y China se convirtió en la
más desequilibrada de la historia mundial y costó millones de
empleos estadounidenses.”
Drew Holden apunta a otra
grave deformación de la economía de EEUU: “Al mismo tiempo,
Estados Unidos perdió la distinción entre mercados productivos e
improductivos, o el reconocimiento de que no toda la actividad
económica es igual. Empezamos a equiparar la actividad improductiva,
como la ingeniería financiera, con los usos productivos, como la
fabricación de semiconductores”. Holden ejemplifica de otra forma
este desastre: “Lo que una vez fue el centro del dominio industrial
de Estados Unidos se convirtió en el Cinturón del Óxido, y ha
mantenido ese apodo desde entonces”. Esta es una cuestión medular
y es preciso tenerla en cuenta para comprender mejor la magnitud de
la crisis estadounidense, que va más allá de unos pocos números.
Al día de hoy, las
empresas con mayor valor de cotización en los mercados financieros
son Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Facebook, Berkshire Hathaway,
Nvidia y etcétera, amén de las otras que se dedican a la
especulación en sus múltiples formas. Berkshire Hathaway, propiedad
de Warren Buffet, se dedica a la ingeniería financiera. Amazon y
Facebook ya sabemos lo que son. Las demás son tecnológicas, que, es
fama, representan lo máximo en su género, lo que dice todo y dice
nada. Veamos.
Todos estos gigantescos
conglomerados tecnológicos tienen un denominador común: no producen
bienes tangibles. Nada que pueda compararse con una fábrica de
productos de primera necesidad o un campo cultivado de cereales.
Apple tiene como producto estrella los iPhone, así como iTunes,
Apple Music y Apple Pay. Microsoft brilla con Microsoft Windows,
suite Office, las consolas Xbox y las tabletas Surface. Nvidia llegó
a desplazar a Microsoft en capitalización bursátil, pero la
irrupción sorprendente de la compañía china DeepSeek en el campo
de la inteligencia artificial (IA) le carcomió sus cimientos, al
punto de hacerle perder, en horas, 600.000 millones de dólares. El
‘efecto DeepSeek’ tuvo rebote e hizo temblar a todas las
tecnológicas de EEUU. Podríamos conjeturar que la empresa china es
una especie de ángel de la anunciación, que anticipa el fin de la
supremacía de EEUU en su más preciado tesoro: las tecnológicas. Si
tal ocurriera (y ocurrirá), el tesoro terminará repartido y sin
dueño.
Vistos desde la economía
productiva, estos enormes conglomerados son globos inflados,
esencialmente infructíferos, pero que absorben centenares de miles
de millones de dólares que no son invertidos en áreas productivas.
Es el ejemplo más descarnado del enfrentamiento que lleva años
sucediendo, entre economías reales, sólidamente productivas -como
las de China, Japón o Rusia-, y economías virtuales, improductivas,
que es en lo que se ha convertido la economía EEUU. Por decirlo de
otra manera, la economía virtual de EEUU no puede enfrentar al
eficaz complejo industrial y científico-técnico de la economía
real china (o japonesa o rusa) blandiendo a Amazon o Facebook o
llenándonos de iPhones. Es como lanzar triquitracas contra vehículos
blindados.
Para aterrizar mejor en
este tema, hay que ir al artículo del Dr. James Holmes China’s
Shipbuilding Capability: A Threat to the U.S. Navy? (La capacidad de
construcción naval de China: ¿una amenaza para la Armada de Estados
Unidos?), publicado en julio de 2023, en la revista 1945 (que no es
comunista, ojo). Holmes hace este comentario:
“China puede fabricar
más de doscientas veces la capacidad de transporte marítimo de
Estados Unidos, medida en tonelaje. Esto es, cuanto menos, revelador.
Significa que China ha acumulado la capacidad para superar a Estados
Unidos no sólo en buques de guerra, sino también en buques
mercantes, y por un margen enorme. En el ámbito naval, extrapolando
las tendencias actuales, la Armada del EPL contará con más de 400
buques a mediados de la década de 2030, mientras que la Armada de
Estados Unidos se estanca en unos 300. Además, la enorme capacidad
de construcción naval significa que a China le resultará mucho más
fácil reparar los buques dañados en batalla que a Estados Unidos,
que está luchando por mantener la flota que tiene, y le costará
mucho menos regenerar el poder de combate en una guerra.”
No es, el naval, tema
menor, sino todo lo contrario. EEUU ha dependido -y sigue
dependiendo-, de su poder naval, sin el cual su proyección mundial e
influencia se diluirían como azúcar en una taza de café, aunque
fuera malo (el café). En su condición de Estado-isla, separado del
mundo por los dos mayores océanos del planeta, EEUU ha requerido de
su capacidad naval para hacer valer los dos pilares esenciales de una
potencia: comercio y despliegue militar. Que China posea, hoy, 200
veces más capacidad de transporte marítimo que EEUU –que es igual
a decir en capacidad de construcción naval–, significa que la
proyección global del poder de EEUU tiene los días contados. Si a
la capacidad de China le agregamos la de Rusia, la desventaja se hace
colosal. Sólo en 2024, Rusia dio el alta a una treintena de buques y
submarinos.
En 2015, el Congreso de
EEUU destinó 3.700 millones de dólares para modernizar siete
cruceros. Pocos años después, el proyecto fue cancelado por su
escasa rentabilidad y la poca capacidad de los astilleros, decidiendo
dar de baja cuatro buques. Para entonces, según la Oficina de
Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO), se habían gastado 1.840
millones de dólares. Entre 1983 y 1994, el gobierno estadounidense
encargó 27 cruceros tipo Ticonderoga. En los hechos, únicamente
nueve de esos cruceros se encuentran hoy en servicio. La situación
es tan crítica, que, en los años 2000, en EEUU se consideró
incluso la posibilidad de ampliar la vida útil de sus buques de
guerra a 52 años. El Pentágono quiso justificar los fracasos
aduciendo el envejecimiento de los astilleros, la interrupción de
las cadenas de suministro y la falta de personal cualificado. Aquello
fue como reconocer que, en EEUU, el sector naval está en crisis (y
en esa crisis sigue).
No terminan ahí los
males de la potencia estadounidense. Como señala Holden, “cualquier
propuesta de nuevas inversiones apoyadas por el gobierno debe tener
en cuenta la realidad de que Estados Unidos enfrenta una deuda de 35
billones de dólares. No se trata de un problema lejano para nuestros
hijos y nietos: gastamos más por año en intereses para mantener esa
deuda que en defensa nacional”. Un hecho para meditar.
Según datos de 2023 de
la Reserva Federal, EEUU debía pagar 1.026 billones de dólares en
intereses. Para hacernos una idea mejor, EEUU paga en intereses de la
deuda cuatro veces el PIB de Portugal y dos veces y media el de
Austria. En 2021, el pago de la deuda era de 500.000 millones de
dólares. En 2022 subió a 635.000 millones. En 2023, la cifra era de
873.000 millones. En 2024 debieron pagarse 7,6 billones de dólares
en bonos. El pago de la deuda ha pasado a ser el segundo mayor gasto
del presupuesto federal, solo superado por lo destinado a la
Seguridad Social (1,4 billones, el 21% del presupuesto) y por encima
del gasto militar que, ya sabemos, es el mayor del mundo.
En resumen, que Donaldo y
su equipo no son un grupo de dementes adoptando medidas sin ton ni
son, sino los representantes de la corriente de pensamiento que,
desde hace más de una década, viene abogando por contener el gasto,
racionalizar las finanzas públicas y poner fin al pozo insondable de
guerras y aventuras exteriores, como único camino para evitar la
bancarrota de EEUU. Donaldo, simplemente, está haciendo caja y
cobrando a los beneficiarios los fondos públicos recibidos de
gobiernos anteriores (incluyendo su primer mandato). Cada día está
más claro, para quien lo quiera ver, que la maquinita de hacer
dólares –empleada para financiar el derroche y desbarajuste de las
finanzas estadounidenses–, está agotada y la única forma de
mantener el derroche es endeudarse hasta el infinito, pero, en
economía, el infinito no existe. La bancarrota sí. Y China, en el
horizonte, espera. No lo olviden. EEUU hace caja para dedicarla a
China. Por eso, ahora, ha dicho Donaldo, se acabaron los regalos.
¿Quieres algo? Paga. Punto. ¿Quiere Europa más guerra en Ucrania?
Cubran los gastos. Esto es el “America First”.
En cuanto al gallinero
europeo, es nada lo que puede hacer en las negociaciones en ciernes
sobre Ucrania entre EEUU y Rusia. El papel de las gallinas es servir
al gallo y poner huevos (y alguna otra cosa más, que por pudor
omitimos), para, luego, cacarear.
Ya que empezamos con
Tucídides, terminemos con otros episodios de su magna obra, como la
siguiente aseveración del sabio Pericles:
“Para quienes tienen
posibilidad de elección y gozan, además, de prosperidad, en una
gran insensatez entrar en guerra”.
También esta otra,
acontecida en el primer año de la guerra. Al dirigir Pericles la
ceremonia por los soldados caídos, afirmó:
“No es posible que
tomen decisiones equitativas y justas quienes no exponen a sus hijos
a que corran peligro como los demás”.
Bueno tenerlo en cuenta,
ahora que algunos líderes del gallinero quieren mandar soldaditos a
Ucrania, ninguno de los cuales será hijito de esos lidercitos.
Donaldo, en fin, ha
acabado con el delirio europeo, de un EEUU siempre presto a acudir a
su rescate. Con hechos y palabras les viene diciendo que el
desembarco de Normandía es historia pasada. Que ya no habrá otro.
No tardarán en pasar a ser historia la Unión Europea y la OTAN.
Entes fantasmales, pesadillas. A enterrar para siempre. Con estacas y
clavos. Y si acaso salen, que sea para ir a picar hielo a Siberia.
Eternamente.
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