01 abril, 2013

De la servidumbre moderna

Cuatro años después de su estreno, hoy más que nunca, el mensaje de este documental sigue vigente.

De la servidumbre moderna es una película documental franco-colombiana realizada en 2009 por Jean-François Brient completamente libre de derechos de autor. Fue elaborada a partir de fragmentos malversados de películas de ficción y de documentales. El objetivo central de esta película es revelar la condición del esclavo moderno en el marco del sistema totalitario mercantil y dar a conocer las formas de mistificación que ocultan su condición servil.


Jean-François Brient

Mi optimismo está basado en la certeza de que esta civilización está por derrumbarse. Mi pesimismo, en todo lo que hace por arrastrarnos en su caída.

La servidumbre moderna es una esclavitud voluntaria, consentida por la muchedumbre de esclavos que se arrastran por la faz de la tierra. Ellos mismos compran las mercancías que los esclavizan cada vez más. Ellos mismos procuran un trabajo cada vez más alienante que se les otorga si demuestran estar suficientemente amansados. Ellos mismos eligen los amos a quienes deberán servir. Para que esta tragedia absurda pueda tener lugar, ha sido necesario despojar a esa clase de la conciencia de su explotación y de su alienación. He ahí la extraña modernidad de nuestra época. Al igual que los esclavos de la antigüedad, que los siervos de la Edad Media y que los obreros de las primeras revoluciones industriales, estamos hoy en día frente a una clase totalmente esclavizada, solo que no lo sabe o más bien, no lo quiere saber.
Ellos ignoran la rebelión, que debería ser la única reacción legitima de los explotados. Aceptan sin discutir la vida lamentable que se planeó para ellos. La renuncia y la resignación son la fuente de su desgracia.
He ahí la pesadilla de los esclavos modernos que no aspiran sino a ser llevados por la danza macabra del sistema de la alienación.
La opresión se moderniza expandiendo por todas partes las formas de mistificación que permiten ocultar nuestra condición de esclavos.
Mostrar la realidad tal como es y no tal como la presenta el poder, constituye la subversión más genuina. Sólo la verdad es revolucionaria.

A medida que construyen su mundo con la fuerza alienada de su trabajo, el decorado de este mundo se vuelve la cárcel donde tendrán que vivir. Un mundo sórdido, sin sabor ni olor, que lleva en sí la miseria del modo de producción dominante.
Este decorado está en permanente construcción, nada en él es constante. La remodelación continua del espacio que nos rodea está justificada por la amnesia generalizada y la inseguridad con las que tienen que vivir sus habitantes. Se trata de cambiarlo todo a la imagen del sistema: el mundo se vuelve como una fábrica, cada vez más sucio y ruidoso.
Cada parcela de este mundo es propiedad de un Estado o de un particular. Este robo social que es la apropiación exclusiva de la tierra se materializa en la omnipresencia de los muros, de las rejas, de las cercas, de las barreras y de las fronteras. Son las marcas visibles de esa separación que lo invade todo.
Pero al mismo tiempo, la unificación del espacio, según los intereses de la cultura mercantil, es el gran objetivo de nuestra triste época. El mundo debe convertirse en una inmensa autopista, absolutamente eficiente, para facilitar el transporte de las mercancías. Todo obstáculo, natural o humano, debe ser destruido. La concentración inhumana de esa masa de esclavos es fiel reflejo de su vida: se asemeja a las jaulas, a las cárceles, a las cavernas. Pero a diferencia del esclavo o del prisionero, el explotado de la época moderna debe pagar por su jaula. En este estrecho y lúgubre espacio en donde vive, el esclavo acumula las mercancías, que según los mensajes publicitarios omnipresentes, deberán traerle la felicidad y la plenitud. Pero entre más acumula mercancías, más se aleja de él la posibilidad de acceder un día a la felicidad.

La mercancía, ideológica por esencia, despoja de su trabajo al que la produce y despoja de su vida al que la consume. En el sistema económico dominante, ya no es la demanda la que condiciona la oferta, sino la oferta la que determina la demanda. Es así como, de manera periódica, surgen nuevas necesidades consideradas vitales por la inmensa mayoría de la población: primero fue el radio, luego el carro, el televisor, el computador y ahora el celular.
Todas estas mercancías, distribuidas masivamente en un corto lapso de tiempo, modifican en profundidad las relaciones humanas: sirven por un lado para aislar a los hombres un poco más de sus semejantes y por otro, para difundir los mensajes dominantes del sistema. Las cosas que poseemos terminan por poseernos.

Pero es cuando se alimenta que el esclavo moderno ilustra mejor el estado de decadencia en que se encuentra. Disponiendo cada vez de menos tiempo para preparar la comida que ingiere, se ve reducido a consumir a la carrera lo que la industria agroquímica produce. Erra por los supermercados en busca de los sucedáneos que la sociedad de la falsa abundancia consiente en darle. Su elección no es más que una ilusión. La abundancia de los productos alimentarios no disimula sino su degradación y su falsificación. No son otra cosa que organismos genéticamente modificados, una mezcla de colorantes y conservantes, de pesticidas, de hormonas y de otros tantos inventos de la modernidad. El placer inmediato es la regla del modo de alimentación dominante, así como la de todas las formas de consumo.

Las consecuencias que ilustran esta manera de alimentarse se ven por todas partes.
Pero es frente a la indigencia de la mayoría que el hombre occidental se regocija de su posición y de su consumo frenético. Por tanto, la miseria está dondequiera que reine la sociedad mercantil totalitaria. La escasez es el revés de la moneda de la falsa abundancia.
Aunque la producción agroquímica es suficiente para alimentar a la totalidad de la población, en un sistema que hace de la desigualdad un criterio de progreso, el hambre no deberá desaparecer jamás.

La otra consecuencia de la falsa abundancia alimentaria es la multiplicación de las fábricas de concentración y el exterminio bárbaro y a gran escala de las especies que sirven para alimentar a los esclavos. Esta es la esencia misma del modo de producción dominante. La vida y la humanidad no resisten más ante el afán de lucro de unos cuantos.

El pillaje de los recursos del planeta, la abundante producción de energía o de mercancías, los residuos y los desechos del consumo ostentoso hipotecan las posibilidades de supervivencia de nuestra tierra y de las especies que la pueblan. Pero para darle paso al capitalismo salvaje, el crecimiento no deberá parar jamás. Hay que producir, producir y volver a producir cada vez más.
Y son los mismos que contaminan quienes se presentan hoy en día como los salvadores del planeta. Esos imbéciles de la industria del espectáculo, patrocinados por las firmas multinacionales, intentan convencernos de que un simple cambio en nuestros hábitos bastará para salvar al planeta del desastre. Y mientras que nos culpan, continúan contaminando sin cesar el medio ambiente y nuestro espíritu. Esas pobres tesis seudo-ecológicas son repetidas por todos los políticos corruptos que necesitan eslóganes publicitarios. Pero se cuidan bien de no proponer un cambio radical en el sistema de producción. Se trata, como siempre, de cambiar algunos detalles para que lo esencial siga siendo igual.

 Para entrar en la ronda del consumo frenético, hay que tener dinero y para tenerlo, hay que trabajar, es decir, venderse. El sistema dominante ha hecho del trabajo su principal valor, y los esclavos deben trabajar cada vez más para pagar a crédito su vida miserable. Se agotan en el trabajo, pierden con él la mayor parte de su fuerza vital y tienen que soportar las peores humillaciones. Pasan toda su vida haciendo una actividad extenuante y molesta para el beneficio de unos cuantos. La invención del desempleo moderno tiene como propósito asustarlos y hacerles agradecer sin cesar la generosidad del poder.
¿Qué harían sin esta tortura que es el trabajo? Son estas actividades alienantes las que nos presentan como una liberación. ¡Qué mezquindad y qué desdicha!
Siempre apresurado por el cronómetro o el látigo, cada gesto de los esclavos está calculado a fin de aumentar la productividad. La organización científica del trabajo constituye la esencia misma de la desposesión de los trabajadores, del fruto de su trabajo y del tiempo que pasan en la producción automática de las mercancías o de los servicios. La actividad del trabajador se confunde con el de una máquina en las fábricas, o con el de un computador en las oficinas. El tiempo pagado no se recupera jamás.
De esta manera, a cada empleado se le asigna un trabajo repetitivo, ya sea intelectual o físico. Él es un especialista en su área de producción. Esta especialización se reproduce a escala planetaria en el marco de la división internacional del trabajo. Se concibe en Occidente, se produce en Asía, se muere en África.

A medida que el sistema de producción coloniza todos los sectores de la vida, el esclavo moderno, no conforme con su servidumbre en el trabajo, sigue desperdiciando su tiempo en las actividades de esparcimiento y las vacaciones planificadas. Ningún momento de su vida escapa al dominio del sistema. Cada instante de su vida ha sido invadido. Es un esclavo de tiempo completo.

La degradación generalizada de su medio ambiente, del aire que respira, y de la comida que consume; el stress de sus condiciones laborales y de la totalidad de su vida social son el origen de las nuevas enfermedades del esclavo moderno. Su condición servil es una enfermedad para la cual no existirá jamás ninguna medicina. Sólo la completa liberación de la condición en la que se encuentra, puede permitirle al esclavo moderno reponerse de su sufrimiento.
La medicina occidental no conoce sino un remedio contra los males que sufren los esclavos modernos: la mutilación. Es a base de cirugías, de antibióticos o de quimioterapia que se trata a los pacientes de la medicina mercantil. Nunca se ataca el origen del mal sino sus consecuencias, porque la búsqueda de las causas nos conduciría inevitablemente a la condenación implacable de la organización social en su totalidad.

Así como el sistema actual ha convertido cada elemento de nuestro mundo en una simple mercancía, también ha hecho de nuestro cuerpo una mercancía, un objeto de estudio y experimentación para los seudo-sabios de la medicina mercantil y de la biología molecular. Los amos del mundo ya están a punto de patentar todo lo viviente. La secuencia completa del ADN del genoma humano es el punto de partida de una nueva estrategia puesta en marcha por el poder. La decodificación genética no tiene otra finalidad que la de ampliar considerablemente las formas de dominación y de control.
Como tantas otras cosas, nuestro cuerpo ya no nos pertenece.

Lo mejor de su vida se le escurre por los dedos, pero él continúa porque tiene la costumbre de obedecer desde siempre. La obediencia se ha convertido en su segunda naturaleza. Obedece sin saber por qué, simplemente porque sabe que tiene que obedecer.
Obedecer, producir y consumir, he ahí el tríptico que domina su vida. Obedece a sus padres, a sus profesores y a sus patrones, a sus propietarios y a sus mercaderes. Obedece a la ley y a las fuerzas del orden, obedece a todos los poderes porque no sabe hacer otra cosa.
No hay nada que lo asuste más que la desobediencia, porque la desobediencia es el riesgo, la aventura, el cambio. Así como el niño entra en pánico apenas pierde de vista a sus padres, el esclavo moderno se siente desorientado sin el poder que lo ha creado. Por eso, continúa obedeciendo.
El miedo ha hecho de nosotros unos esclavos y nos mantiene en esa condición. Nos inclinamos ante los amos del mundo; aceptamos esta vida de humillaciones y de miseria, solamente por temor.
Sin embargo, nosotros disponemos de la fuerza numérica frente a la minoría que gobierna. Su fuerza no la obtienen de su policía sino de nuestro consentimiento.
Justificamos nuestra cobardía al enfrentamiento legítimo contra las fuerzas que nos oprimen con un discurso lleno de humanismo moralizador. El rechazo a la violencia revolucionaria está anclado en los espíritus de aquellos que se oponen al sistema defendiendo unos valores que el mismo sistema les ha enseñado.
Pero cuando se trata de conservar su hegemonía, el poder no vacila nunca en utilizar la violencia.

Sin embargo, existen algunos individuos que escapan al control de las conciencias, pero están bajo vigilancia. Todo acto de rebelión o de resistencia es asimilado como una actividad desviada o terrorista. La libertad no existe sino para aquellos que defienden los imperativos mercantiles. A partir de ahora, la verdadera oposición al sistema dominante es totalmente clandestina. Contra esos opositores, la represión es la regla vigente. Y el silencio de la mayoría de los esclavos frente a esta represión es justificada por el propósito mediático y político de negar el conflicto que existe en la sociedad real. 

Como todos los seres oprimidos de la historia, el esclavo moderno necesita de su mística y de su dios para anestesiar el mal que le atormenta y el sufrimiento que le agobia.
Pero este nuevo dios, a quien entregó su alma, no es más que la nada. Un trozo de papel, un número que tiene sentido solo porque todos han decidido dárselo. Es por este nuevo dios que estudia, trabaja, riñe y se vende. Es por este nuevo dios que ha abandonado sus valores y está dispuesto a hacer lo que sea. Él cree que entre más plata posea más se librará de la coacción que lo sujeta. Como si la posesión fuera de la mano de la libertad. La liberación es una ascesis que proviene del dominio de sí mismo; un deseo y una voluntad de actuar. Está en el ser y no en el tener. Pero hay que decidirse a no servir ni obedecer más. Falta ser capaz de romper con unos hábitos que nadie, al parecer, osa poner en tela de juicio.

Ahora bien, el esclavo moderno está convencido de que no existe alternativa a la organización del mundo presente. Se ha resignado a esta vida porque piensa que no puede haber otra. Es ahí en donde reside la fuerza de la dominación presente: hacer creer que este sistema que ha colonizado toda la superficie de la Tierra es el fin de la historia. Ha convencido a la clase dominada que adaptarse a su ideología equivale a adaptarse al mundo tal como es y tal como ha sido siempre. Soñar con otro mundo se ha convertido en un crimen condenado al unísono por los medios y por todos los poderes. El criminal es en realidad aquel que contribuye, consciente o no, a la demencia de la organización social dominante. No hay locura más grande que la del sistema presente.
Ante la devastación del mundo real, es necesario para el sistema colonizar la conciencia de los esclavos. Es por eso que el sistema dominante ha decidido enfocarse en la disuasión que, desde la más pequeña edad, cumple el papel preponderante en la formación de los esclavos. Ellos deben olvidar su condición servil, su prisión y su vida miserable.
Basta con ver esa muchedumbre hipnótica, conectada a las pantallas que acompañan su vida cotidiana. Ellos disfrazan su insatisfacción permanente con el reflejo manipulado de una vida soñada, hecha de dinero, de gloria y de aventura. Pero sus sueños son tan lamentables como su vida miserable.
Hay imágenes para todo y para todos. Esas imágenes llevan en sí el mensaje ideológico de la sociedad moderna y sirven de instrumento de unificación y de propaganda.
Se multiplican a medida que el hombre es despojado de su mundo y de su vida. Es el niño el primer blanco de esas imágenes. Hay que volverlos estúpidos y extirparles toda forma de reflexión y de crítica. Todo ello se hace, claro está, con la desconcertante complicidad de sus padres, quienes han desistido ante el impacto de los medios modernos de comunicación.
Ellos mismos compran todas las mercancías necesarias para la esclavización de su progenie. Se desentienden de la educación de sus hijos y se la dejan al sistema del embrutecimiento y de la mediocridad.
Hay imágenes para todas las edades y para todas las clases sociales. Los esclavos modernos confunden esas imágenes con la cultura y, a veces, con el arte. Se recurre constantemente a los instintos más bajos para vender cualquier mercancía. Y es la mujer, doblemente esclava en la sociedad presente, la que paga el precio más alto.
Ella es presentada como simple objeto de consumo. La rebelión ha sido también reducida a una imagen desprovista de su potencial subversivo. La imagen sigue siendo la forma de comunicación más directa y más eficaz: crea modelos, embrutece a las masas, les miente, les infunde frustraciones y les insufla la ideología mercantil. Se trata, pues, una vez más y como siempre, del mismo objetivo: vender, modelos de vida o productos, comportamientos o mercancías, vender no importa qué, pero vender.

Esos pobres hombres se divierten, pero ese divertimiento no sirve más que para distraerlos del auténtico mal que los acosa. Han dejado que hicieran de su vida cualquier cosa y fingen sentirse orgullosos de ello. Intentan lucir satisfechos pero nadie les cree; ni ante al frío reflejo del espejo, alcanzan a engañarse. Pierden su tiempo delante de unos imbéciles que los hacen reír o cantar, soñar o llorar.
A través del deporte mediático, se representa el éxito y el fracaso, el esfuerzo y las victorias que el esclavo moderno ha dejado de vivir en carne propia. Su insatisfacción lo incita a vivir por encargo frente a su aparato de televisión. Mientras que los emperadores de la Antigua Roma compraban la sumisión del pueblo con pan y circo, hoy en día, es con divertimientos y consumo del vacío que se compra el silencio de los esclavos.

El control de las conciencias es el resultado de la utilización viciada del lenguaje por la clase económica y socialmente dominante. Siendo el dueño de todos los medios de comunicación, el poder difunde la ideología mercantil a través de la definición fija, parcial y amañada que le atribuye a las palabras.
Las palabras son presentadas como si fueran neutras y su definición como evidente.
Controladas por el poder, designan siempre una cosa muy distinta a la vida real.
Es ante todo un lenguaje de la resignación y de la impotencia, el lenguaje de la aceptación pasiva de las cosas tal como son y tal como deben permanecer. Las palabras actúan por cuenta de la organización dominante de la vida y el hecho mismo de utilizar el lenguaje del poder, nos condena a la impotencia.
El problema del lenguaje es el punto esencial de la lucha por la emancipación humana. No es una forma de dominación que se añada a otra sino que es el centro mismo del proyecto de sometimiento del sistema mercantil totalitario.
Es a través de la reapropiación del lenguaje y, por tanto, de la comunicación real entre las personas, que surge de nuevo la posibilidad de un cambio radical. Es en este sentido que el proyecto revolucionario converge con el proyecto poético. En la efervescencia popular, la palabra hablada es re-aprendida y reinventada por extensos grupos. La espontaneidad creativa se encuentra en cada uno y nos une a todos.

No obstante, los esclavos modernos se sienten todavía ciudadanos. Creen votar y decidir libremente quién conducirá sus asuntos, como si aún pudieran elegir. Pero, cuando se trata de escoger la sociedad en la que queremos vivir, ¿creen ustedes que existe una diferencia fundamental, entre la socialdemocracia y la derecha populista en Francia, entre demócratas y republicanos en Estados Unidos y entre laboristas y conservadores en el Reino Unido? No existe ninguna oposición, puesto que los partidos políticos dominantes están de acuerdo en lo esencial: la conservación de la presente sociedad mercantil. Ninguno de los partidos políticos que pueden acceder al poder pone en entre dicho el dogma del mercado. Y son esos mismos partidos los que, con la complicidad mediática, acaparan las pantallas; riñen por pequeños detalles con la esperanza de que todo siga igual; se disputan por saber quién ocupara los puestos que les ofrece el parlamentarismo mercantil. Esas pobres querellas son difundidas por todos los medios de comunicación con el fin de ocultar un verdadero debate sobre la elección de la sociedad en la que queremos vivir. La apariencia y la futilidad dominan sobre el profundo enfrentamiento de ideas. Todo esto no se parece en nada, ni de lejos, a una democracia. La democracia real se define en primer lugar y ante todo por la participación masiva de los ciudadanos en la gestión de los asuntos de la ciudad. Es directa y participativa. Encuentra su expresión más autentica en la asamblea popular y en el dialogo permanente sobre la organización de la vida en común. La forma representativa y parlamentaria que usurpa el nombre de democracia limita el poder de los ciudadanos al simple derecho de votar; es decir, a nada. Escoger entre gris claro y gris oscuro no es una elección verdadera.

Las sillas parlamentarias son ocupadas en su inmensa mayoría por la clase económicamente dominante, ya sea de derecha o de la pretendía izquierda social demócrata.
No hay que conquistar el poder, hay que destruirlo. Es tiránico por naturaleza, sea ejercido por un rey, un dictador o un presidente electo. La única diferencia en el caso de la “democracia” parlamentaria es que los esclavos tienen la ilusión de elegir ellos mismos al amo que deberán servir. El voto los ha hecho cómplices de la tiranía que los oprime. Ellos no son esclavos porque existen amos, sino que los amos existen porque ellos han elegido mantenerse esclavos.

El sistema dominante se define entonces por la omnipresencia de su ideología mercantil. Ocupa a la vez todos los espacios y todos los sectores de la vida. No profesa más que: produce, vende, consume, acumula. Ha reducido todas las relaciones humanas a unas parcas relaciones mercantiles, y considera que nuestro planeta es una simple mercancía. La función que nos asigna es el trabajo servil. El único derecho que reconoce es el derecho a la propiedad privada. Al único dios que rinde culto es al dinero.
El monopolio de la apariencia es total. Solo aparecen los hombres y los discursos favorables a la ideología dominante. La crítica de este mundo se ahoga en el mar mediático que determina qué está bien y qué está mal, lo que se puede y lo que no se puede ver.
Omnipresencia de la ideología, culto al dinero, monopolio de la apariencia, partido único disfrazado de pluralismo parlamentario, ausencia de una oposición visible, represión en todas sus formas, voluntad de transformar al hombre y al mundo: He ahí la verdadera cara del totalitarismo moderno que ellos llaman “democracia liberal”, pero que es hora de llamar por su verdadero nombre: el sistema mercantil totalitario.
El hombre, la sociedad y todo nuestro planeta están al servicio de esta ideología. El sistema mercantil totalitario ha logrado lo que ningún otro totalitarismo había podido: ocupar cada resquicio del planeta. Hoy en día, ninguna forma de exilio es posible.

A medida que la opresión se expande por todos los sectores de la vida, la rebelión toma el aspecto de una guerra social. Los motines renacen y anuncian que la revolución está por llegar.
La destrucción de la sociedad mercantil totalitaria no es un asunto de opinión, es una necesidad absoluta en un mundo que se sabe condenado. Ya que el poder está en todas partes, es por todas partes y por todo el tiempo que hay que combatirlo.
La reinvención del lenguaje, el trastorno permanente de la vida cotidiana, la desobediencia y la resistencia son las palabras claves de la rebelión contra el orden establecido. Pero para que de esta rebelión surja una revolución hay que encaminar las subjetividades a un frente común.
Es en la unidad de todas las fuerzas revolucionarias que hay que obrar. Esta no se puede conseguir más que siendo conscientes de nuestros fracasos pasados: ni el reformismo estéril ni la burocracia totalitaria pueden ser una solución para nuestra inconformidad. Se trata de inventar nuevas formas de organización y de lucha.

La autogestión en las empresas y la democracia directa a escala comunal constituyen las bases de esta nueva organización que debe ser anti-jerárquica, tanto en la forma como en el contenido.
Al poder no hay que conquistarlo, hay que destruirlo.


24 marzo, 2013

Santiago Sierra. No, significa No.


En los últimos años, Santiago Sierra nos ha regalado grandes momentos, momentos para recordar. Fue en el 2009 cuando inició su No, global tour, que consistió en hacer viajar un enorme NO de 4 metros de ancho y más de 3 metros de alto sobre un camión durante un año por diferentes ciudades del mundo que entendemos como desarrolladas: el NO visitó Wall Street, el Rockefeller Center, el edificio de la ONU, la sede de la Unión Europea en Maastricht, el casino de Montecarlo, el santuario de Lorca, fábricas de armamento, refinerías de petróleo, zonas industriales y degradadas de la RDA y un sinfín de sitios más. De ello se extrajo una película de corte experimental y 120 minutos de duración en donde podemos hacer un seguimiento del periplo siendo la escultura la protagonista, una road movie que sería el sueño de Bartleby, la materialización de todas las veces que quisiéramos haber dicho que NO en lugar de haber dicho sí.

Pero ese NO fue elevado a potencias pirotécnicas al ser proyectado en el acto ceremonial de la visita que el Papa Ratzinger hizo a la ciudad de Madrid en el año 2011. Para ello, Sierra se alió con Julius Von Bismarck, quien había engendrado tiempo antes el aparato Image Fulgurator, un arma mortífera con silenciador, un ingenio de cienca ficción surgido de la mente de un inventor estrafalario.


¿Qué es el Image Fulgurator?
Técnicamente, el Fulgurator funciona como una cámara clásica aunque a la inversa. En una cámara normal la luz reflejada de un objeto se proyecta a través de la lente sobre la película. En el Fulgurator, en cambio, este proceso es exactamente el contrario: en lugar de una película virgen, se carga una diapositiva en la cámara y, detrás de ella, un flash. Cuando el flash se apaga, la imagen de la película se proyecta a través de la lente sobre el objeto elegido. Esta proyección puede enfocarse y colocarse en ese objeto de destino a través de la pantalla incorporada a la cámara. El Fulgurator se parece a una cámara réflex convencional y tan pronto como el sensor de flash incorporado se activa, la proyección de este flash se dispara. De esta forma se puede sincronizar este disparo con el momento exacto del disparo del flash de otras cámaras en sus inmediaciones.



Von Bismarck utiliza el Image Fulgurator para la manipulación subversiva de imágenes. A ojos del incauto fotógrafo que está disparando sus fotos alrededor, el mensaje del Fulgurator es invisible y éste sólo se percata de él cuando su fotografía ya está tomada. Utilizó semejante artefacto en 2008 para disparar una cruz detrás de Obama en su visita a Berlín y también para plantarle la paloma de Magritte en la cara a Mao Zedong en ese retrato que corona la plaza Tiananmen en Pekín. Sibilino y letal ¿Verdad?
Por lo tanto, los asistentes a la misa masiva en Madrid fueron testigos de la acción y, a la vez, no lo fueron puesto que el NO se proyectó en frente de todos ellos pero sólo pudieron observarlo a través de sus fotografías una vez tomadas o a través de las publicadas en los periódicos que, en sus titulares, usaron palabras como disparo o ataque. Fue, verdaderamente, colarle un gol al Papa.

Fuente: RAIG Iluminaciones Clandestinas

17 marzo, 2013

¡A Dios el forraje le importa un bledo!


-¡Aldeanos! -dijo el cura-. Me pedís lluvia, pero no la tendréis. Habéis venido hoy arrogantes y orgullosos como gallinas Leghorn, rebosantes de confianza en vuestra vida carnal. Habéis venido como mendigos insolentes a exigir lo que no merecéis. ¡A Dios el forraje le importa un bledo!
-¡Qué me importan vuestros campos! ¡Qué me importan vuestros animales y vuestros hijos! -vociferó- Vivís una vida materialista y sórdida. ¡Ignoráis el lujo!... Y es el lujo lo que yo os ofrezco: os ofrezco a Dios... Pero a Dios no le gusta la lluvia... A Dios no le gusta el forraje. A Dios le interesan muy poco vuestros campos de cultivo y vuestras tristes aventuras. Dios es un cojín de brocado de oro, es un diamante engarzado en el sol, es un suntuoso decorado cincelado en el amor, es Tiffany´s, es Mónaco, las sotanas de seda, los calcetines bordados, los collares y los anillos, lo inútil, lo maravilloso, las custodias eléctricas... ¡No lloverá! ¡Dios no es útil! ¡Dios es un regalo de un día de fiesta, un don gratuito, un lingote de platino, una obra de arte, una apetitosa golosina! Dios está además. No está ni a favor, ni en contra. ¡Es un suplemento! (...) -¡No lloverá!- repetía el cura, a quien se adivinaba tras los postigos, presa de un trance total- ¡Lloverán alas de ángeles! ¡Lloverán plumones de esmeralda, jarrones de alabastro, pinturas admirables... pero nada de agua! ¡A Dios le traen sin cuidado el heno, la avena, el trigo, el centeno, la cebada, el lúpulo, el alforfón, el trébol, la alfalfa, el telefio y la salvia...!

Boris Vian - El Arrancacorazones

03 marzo, 2013

La sociedad sin amo. Ensayo sobre la sociedad de masa (fragmentos) - Leo Scheer



Traducción de Luciano F. Rincón de la edición original francesa La société sans maître. Essai sur la société de masse, publicada en París, en 1978, por Editions Galilée.
Ruedo Ibérico. Biblioteca crítica Al otro lado


«El campo [de concentración] no está protegido únicamente por sus alambradas. Está a resguardo, cuando existe, detrás de la incredulidad de sus contemporáneos».

«El principio de anonadamiento consiste en hacer funcionar una realidad inaceptable para el sujeto que la recibe. En el campo nazi esta realidad es radical: indica al sujeto que no existe y que su única vocación es concretar esta inexistencia muriendo».

«Hacer pasar al detenido a mejor vida se asimila a una operación del orden de la fabricación; para aludir al exterminio se utiliza la noción industrial de “Ferting machen”, tomada de la noción de “acabado” tal como se emplea para su producto. A través de la mecánica límite del campo se perfila la imagen de la industria y del comercio».

«La serie juega un papel primordial en la operación. Antes de llegar a ser una serie de elementos materiales, el sujeto debe perder toda identidad integrándose en una gestión basada en la numeración».

«Están muy próximos el efecto de anonadamiento, que tiende a separar al sujeto de su realidad, y el de infantilización, que presenta la realidad como una amenaza permanente frente a la que el sujeto es impotente».

«Renunciaban a toda reacción y se convertían en objetos. Con ello, renunciaban a su calidad de persona».

«Por oposición al orden degradado, para el detenido, el mundo de los SS es el de “los chalés bien acondicionados, con grandes jardines y una serie de instalaciones espléndidas: zoológicos, invernaderos, parques, picaderos, círculos, etc., que formaban un cuadro extraordinariamente agradable a la vista”».

«Asombra la extraordinaria energía gastada por seres extenuados en discutir de forma apasionada sobre el porvenir del campo, las transformaciones internas, los cambios de jerarquía interna o las amenazas que pesaban sobre él».

«La primera categoría de campos tiene por objeto experimentar la ciudad como sistema de gestión de la mano de obra. Son los diferentes campos de trabajo. La idea es no solamente determinar las condiciones óptimas de organización de la mano de obra, sino realizar tests sobre el sistema social y espacial capaz de someter la mano de obra a los trabajos más diversos y sobre todo más absurdos. Se experimenta la capacidad de soportar el trabajo pese a la degradación de las condiciones de vida y la disociación entre el sentido de la producción y su realización. Se trata de saber hasta dónde se puede llegar en la disociación entre el agente de la producción y su actividad productora y sus productos. Sucede como si, en una especie de reflexión exploratoria, los nazis subrayaran el carácter cada vez más absurdo de las condiciones de la producción industrial e intentaran experimentar las condiciones de su perduración».

«El poder hace trampas. Intercambia el alejamiento de la muerte por las condiciones de su supervivencia, la protección por la sumisión».

«Cuando lo social desaparece de la sociedad, el Estado intenta desalojar la política de sus órganos.
Encontraremos en el uso de los mass-media, en la propaganda, en el principio de la constitución del Estado SS como entidad sobrehumana, las primicias de una escenificación de la disolución de lo político».

«El exterminio ha abandonado el campo de concentración; ha abandonado el terreno de su realización para invadir, en suspensión, todo lo social».

«En la historia del urbanismo se puede contemplar esta preocupación permanente por regenerar el centro. El poder político pasa el tiempo inscribiendo en él, incansablemente, sus marcas, sus signos, como otros tantos señuelos. Renovar, rehabilitar, regenerar, reactivar ese polo de la seducción, y finalmente vaciar la periferia, despojarla de intensidad. Que la vida no sea posible más que allí donde se inscribe el signo de la dominación, por el centro, para el centro, congelar el territorio».

«El punto focal del campo, su realidad anonadante, se presenta como una centralidad urbana de absorción. El espejismo del oasis se transforma en alucinación de agujero negro».

«Sabemos ahora que la barbarie no está fuera de los muros de la ciudad, que se aloja en el corazón mismo de la aglomeración; que en todo momento la trampa puede cerrarse. La angustia de la bomba cayendo sobre la metrópolis es coextensiva a la de la ciudad que se transforma en campo de concentración y se cierra sobre la masa triturándola».

«La compactación y la miniaturización cruzan el conjunto de ese campo del par medios-masa. Reproducen, en la técnica, lo que sucede a nivel social. Lo que se ventila es simple. La masa sólo puede “funcionar” en un proceso cada vez más compacto. Una vez en marcha la implosión, no podemos detenernos en el camino, es necesario densificar más y más. El microprocesador es una etapa importante en este proceso, sobre todo cuando va acompañado de la utilización de los satélites y la desmaterialización de los modos de comunicación (desaparición de cables). La miniaturización de los circuitos electrónicos permite una verdadera diseminación de los artefactos implosivos, al mismo tiempo que los progresos de la comunicación a distancia permiten la extensión del campo de la masificación».

«La electrónica tiende a encargarse de la producción, ya no es utilizada más que para disuadir lo que de explosivo tiene toda producción. Controlar la avería, evitar el accidente, resumen las nuevas tareas. El trabajador, el agente de la producción, aquel del que habla Marx, está todavía inscrito en un sistema social explosivo. La sociedad de masa produce el agente de control. Ya no se puede hablar de movilización de la fuerza de trabajo, puesto que se ha volcado hacia los automatismos del sujeto. Se trata, por el contrario, de una verdadera desmovilización de esa fuerza de trabajo en beneficio de la utilización de un imaginario captable, el del control de la producción. Quizá sea todavía fuerza de trabajo, quizá también haya existido siempre su control, pero el problema radica en la aparición del predominio de esa fuerza en una sociedad bloqueada en sus usos.
¿Es todavía posible hablar de producción? En el campo de concentración se desarrolla una forma anulada del trabajo. A menudo ni siquiera se utiliza ya por su carácter productivo, sino como medio de matar el trabajo. Esta lógica del trabajo improductivo, del trabajo por el trabajo, esta dislocación decidida entre el agente de la producción y el objeto de la producción, se realiza en el campo mediante la locura exterminadora. El propio cuerpo es transformado en mercancía».

«El sistema del campo de exterminio no puede instalarse más que mediante un proceso que anula cualquier posibilidad de réplica de los prisioneros, neutralizando su propio cuerpo, en profundidad por el anonadamiento y haciendo entrar a la masa así constituida en un proceso de asunción de su propia destrucción. La infantilización y la autogestión del exterminio que hayamos en los campos es la realización catastrófica de este final de lo político que aún vivimos. El proceso social que produce el nazismo y, más allá, el campo de exterminio, atañe a la expulsión de lo político. El jefe, la representación, el poder, son las otras tantas imágenes de la neutralización del poder social. Se traducen en la forma de organizarse, como en un juego de espejos. La sociedad transfiere al orden simbólico el cuidado de introducir en ella su sentido, su organización, su socialización».

«Lo político se hace hiperreal. Se instala en la red como una mercancía disuadida, a consumir en el simulacro de la teatralidad. Teatro de sombras, pero de sombras que reproducen enteramente la imagen que doblan. El político que aparece en la pequeña pantalla se parece rasgo a rasgo al político, pero desactivado. La Gran Voz ha vuelto a ser la Gran Voz. La masa convoca regularmente a sus jefes a la televisión para estar segura de que están ahí, en el terreno de la masa, el medio, de que sólo pueden hablar. Formidables esos discursos, nuevamente diversiones populares; bocadillos entre un anuncio publicitario y una recitación descarnada sobre los sucesos del mundo. Lo político ha hallado su lugar, el del discurso mágico para una sociedad de irrisión».

«El dispositivo instaurado para el exterminio masivo descansa menos en disposiciones disciplinarias que en la puesta en marcha de configuraciones de fascinación y anonadamiento que van a permitir la asunción del proceso por los propios exterminados. Los modos posteriores de de la concentración disuasiva prolongan, generalizando y sofisticándolas, esa formas de anonadamiento. Las volveremos a encontrar, desactivadas respecto al exterminio pero vivas respecto a la pasividad colectiva, funcionando en el seno de todos los dispositivos implosivos.

«La posición de exterminio está inscrita en la lógica demencial de un sistema que articula estrechamente industria y tecnocracia y que pretende llegar hasta el fin de su experimento con una especie de rigor científico. Si se desea conocer la capacidad de los súbditos para asumir los proyectos de un Estado, ¿cómo verificarlo mejor que pidiéndoles que asuman el proyecto de su propio exterminio?

«Una de las particularidades de la hipnosis consiste en una parálisis de la voluntad y de los movimientos, parálisis resultante de la influencia ejercida por una persona todopoderosa sobre un sujeto impotente, sin defensa, y esa particularidad nos aproxima a la hipnosis que se provoca entre los animales por el terror».

«Lo tecnocrático introduce la manipulación imaginaria en la quincalla del poder y dibuja ya el esbozo de la sociedad posdisciplinar. Su forma de proceder en ese terreno es clara: se trata de producir y de cristalizar imágenes lo suficientemente atractivas como para que la sociedad pueda conectar con ellas sin dificultad. Entre el tecnócrata y el agente de publicidad no hay más que un paso, la autonomización frente a lo político. Pero el paso ya está dado en esa actividad privilegiada que es la planificación».


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27 febrero, 2013

Luchas urbanas y luchas de clase


Resumen de la conferencia de Miquel Amorós, Luchas urbanas y luchas de clase, en las II Jornadas de Cultura Libertaria, en Cartagena, 1 de junio de 2011.



“Para cambiar la vida hay que cambiar el espacio”
Henri Lefebvre

No existe espacio natural. Todo espacio es espacio social; implica, contiene y disimula relaciones sociales. Las relaciones sociales tienen una existencia espacial; se proyectan en el espacio y se inscriben en él produciéndolo. Como son capitalistas, el espacio social tiende a ser espacio del capital, su campo de acción y el soporte de su acción. El capital lo fagocita, rompiéndolo y reuniendo los pedazos, vaciándolo de sujeto y poblándolo con un sujeto abstracto, sumiso y domesticado. La sociedad urbana sustituye y sucede a la sociedad de clases cuando el capital completa la unificación y colonización del espacio. Ha producido y modelado un espacio propio, abstracto, instrumental y manipulable, y, al mismo tiempo, ha producido y modelado a sus habitantes, controlando su tiempo. La diferencia entre éstos y los antiguos proletarios es abismal. Aquellos poseían su espacio aparte –las barriadas obreras– donde la vida cotidiana, fuera del mercado, se regía por otro tipo de valores y reglas.

El nuevo asalariado ha sido emancipado de su clase; no se orienta en el espacio urbano por más referencias que las de la mercancía-espectáculo. Su vida cotidiana reproduce fielmente sus indicaciones. Como siempre, el lugar que ocupa depende únicamente de su salario, pero a diferencia de antes, ya no habita en un espacio colectivo, autónomo y con historia, sino en un espacio abstracto, vacío de sentido, que los signos y mensajes del poder han rellenado.

La conurbación, elemento constitutivo de la sociedad urbana, es ese espacio, resultado del crecimiento descontrolado de las fuerzas productivas. En su interior todos los problemas políticos y sociales se agravan y se anulan al mismo tiempo, pues gracias al bloqueo de la experiencia, la pérdida de memoria y la incomunicación su percepción es cada vez más problemática. La conurbación es un espacio enajenado de enclaustración y de adiestramiento, no hecho para recordar y soñar, sino para olvidar y adormecer. Como el capitalismo, aquella se edifica sobre crisis: demográficas, energéticas, financieras, políticas, culturales, laborales, sanitarias, ambientales, etc.; la crisis es su atmósfera y la amenaza de colapso su estímulo. Por eso es un espacio policial total, monitorizado, donde se gestionan los movimientos de sus habitantes. En las conurbaciones puede automatizarse al máximo la vigilancia preventiva, incluso puede establecerse, lo mismo que con las mercancías, una trazabilidad de la población que permita su seguimiento permanente. Es una necesidad a partir de un determinado nivel crítico de complicaciones y problemas insolubles. El control de un mundo cada vez más complejo y centralizado no puede obtenerse más que con la conversión de los individuos en autómatas, dentro de un espacio que el diseño urbanístico y las técnicas de seguridad vuelven neutro, transparente, homogéneo y esterilizado. Un espacio así oscila entre el estadio deportivo, el centro comercial y la cárcel.

La domesticación casi mecánica de los individuos en el espacio urbano viene confirmada por la decadencia de las luchas obreras y vecinales. La condición de asalariado ya no basta para constituir una identidad o definir un “mundo”. Ya no existe una ciudad obrera real dentro de una metrópolis burguesa oficial, coexistiendo y contrastando con ella. Las conurbaciones no tienen misterio ni “nada que declarar”. En el pasado las asociaciones de vecinos aspiraban a encajar los barrios periféricos en la urbe reivindicando servicios y equipamientos elementales. No ponían en duda el modelo urbano, querían formar parte de él, pero en pie de igualdad con los distritos céntricos. Sin embargo, ahora la lucha urbana no puede pararse ahí, acondicionando el escenario de la esclavitud; ha de cuestionar a fondo la propia conurbación, ha de descapitalizarla. Un principio antidesarrollista básico dice que una sociedad llena de capital es una sociedad urbana, por lo que una sociedad vacía de capital ha de ser una sociedad agraria. Por lo tanto, bajo esa perspectiva, un espacio urbano liberado será fundamentalmente un espacio desurbanizado. Ello no significa la desaparición de la ciudad, ya consumada en la conurbación, sino la superación positiva de la oposición ciudad-campo y el rechazo radical a la degradación de ambas realidades en un magma indiscernible. La recuperación de la ciudad, eje del proyecto en el que se han de inscribir las luchas urbanas, es paradójicamente un proceso ruralizador.


El antidesarrollismo es hoy por hoy el único anticapitalismo. Parte de la nocividad intrínseca de la producción capitalista, lo que lleva a rechazar su reapropiación, punto esencial de todos los programas socialistas. Sin embargo, la degradación del antiguo proletariado obstaculiza una toma de conciencia en ese sentido e impide la clarificación de nuevas estrategias. Si aquél abdicó de su misión histórica, o sea, renunció a apoderarse de los medios de producción y distribución, con mayor razón se opondrá a su desmantelamiento, seguramente por lo que supondría de “pérdida de puestos de trabajo”. La lucha por el salario y el empleo a menudo se coloca en el bando de la dominación, debido a que tras la evaporación de los intereses de clase no prevalecen más que los intereses particulares y corporativos, contrarios al “desarme industrial” que exige una sociedad liberada (p.e. la defensa del trabajo a ultranza en las plantas petroquímicas, en las fábricas de automóviles, en las centrales nucleares, en la seguridad privada, en la construcción, etc.). El trabajador conformista e hipotecado nunca cuestiona la naturaleza de su trabajo, que considera “como cualquier otro”, y prefiere ignorar la incompatibilidad total entre la producción actual y una sociedad libre. Además, el trabajo asalariado y el endeudamiento son la forma habitual de subsistencia en la sociedad urbana y siguen el ritmo expansivo de las conurbaciones. Van asociados al crecimiento económico, y por consiguiente, a la destrucción del territorio. El conflicto territorial tiene objetivamente a los asalariados junto a la patronal y el Estado (p. e. en la construcción del TAV, de autopistas, de pantanos y trasvases, de centrales térmicas, de adosados, de campos de golf y puertos deportivos, de líneas MAT, etc.). Sus intereses inmediatos son más próximos y no tienen otros.


La lucha urbana toma el relevo de la lucha obrera pasada, porque, dado que el capital integra perfectamente cualquier reivindicación del trabajo, la cuestión social no puede plantearse como cuestión laboral, pero sí como cuestión urbana. Las contradicciones del régimen capitalista, cada vez menos evidentes en los lugares de trabajo, se despliegan y hacen visibles en la vida cotidiana, que alimenta el conflicto urbano. El espacio abstracto del capital es una fábrica del vivir en serie. La vida cotidiana es un sector colonizado, invadido por la técnica, el consumismo y el espectáculo. Es vida privada, incomunicada, aprisionada; prolonga el trabajo, equivale a trabajo. Por eso la lucha urbana tiene las características de una lucha de fábrica; sin embargo no reivindica una privacidad mejor equipada, con el tiempo bien repartido en las respectivas zonas funcionales, sino una vida al margen del capital, descolonizada, con su espacio propio, disponiendo de un uso libre del tiempo. Es una lucha por el espacio, al que hay que reconquistar y dotar de contenido.


La lucha urbana debe alumbrar un nuevo sujeto, un nuevo proletariado que se no se niegue afirmándose, sino que se afirme negándose; que no pretenda universalizar la condición obrera, sino que la rechace de plano. Si no se pone en tela de juicio el trabajo mismo, no se puede cuestionar el capital: el anticapitalismo verdadero es antiobrerista. Para que un sujeto colectivo o lo que viene a ser lo mismo, una clase, pueda constituirse, ha de crear su espacio específico desde donde reunir fuerzas contra la clase adversaria. El espacio del capital, poblado de asalariados, automovilistas y consumidores, no es el adecuado. Ha de transformarse, y para hacerlo primero ha de ser arrebatado al mercado. Ha de dejar de ser un espacio de trabajo, de consumo, de circulación, de ocio, etc. En el nuevo espacio liberado sus habitantes han de lograr un grado de autonomía suficiente (en alimentación, ropa, calzado, educación, transporte, sanidad, autodefensa, información, etc.). La autonomía es la condición para que la negación del capitalismo, la clase anticapitalista, pueda darse. El desarrollo de una logística independiente garantizaría la autonomía de una colectividad segregada, administrando su tiempo y dominando su espacio. ¿Es ello posible sin liberar a su vez porciones de territorio? En las conurbaciones y sistemas urbanos puede darse, por ejemplo, una relativa autonomía sanitaria o informativa, pero para que exista una abastecimiento autónomo donde nadie puede producir directamente sus alimentos, hace falta relacionarse con los productores. La soberanía alimentaria sería pues el primer eslabón entre las luchas urbanas y la defensa del territorio. No obstante el éxito de los primeros pasos, el problema no ha hecho más que empezar. La sociedad urbana tiende a encarecer la habitación, suprimir los huertos periurbanos, anular los espacios de uso común y acosar a los disidentes, es decir, tiende a complicar enormemente los esfuerzos de automarginación y a reducir los espacios liberados a guetos minúsculos ¿Es posible en esas condiciones un grado suficiente de segregación y autoexclusión? Depende del momento. El mercado mundial segrega y excluye por sí mismo, generando en la conurbación y mucho más en el medio rural un espacio de economía informal desmonetarizada que las crisis contribuyen a desarrollar. Por otra parte se generalizan formas discretas de sabotaje del trabajo como el absentismo ¿Pero puede darse en ese marco un nivel suficiente de autonomía cultural y política? ¿Puede realmente formarse en su seno un sujeto revolucionario? El sujeto se recompone como comunidad en la lucha, pero nunca de golpe. Durante un tiempo es una comunidad sólo en potencia, porque aunque las luchas urbanas pueden hacerlo emerger, no tienen envergadura suficiente para consolidarlo. La lucha urbana es durante ese periodo una lucha de clases en germen; una clase en proceso de formación se enfrenta a otra ya formada. Para afirmarse por completo el sujeto ha de segregarse y construir su autonomía y ésta ha de reflejarse en contra-instituciones. Imposible que lo haga sin extenderse por el territorio. La segregación laboral y cultural ha de confluir con una segregación territorial. La negación del trabajo asalariado y del espectáculo no puede arrancar con efectividad sin la salida del mercado de amplias porciones de territorio. Para empezar la libertad se erige sobre bases agrícolas.

Una lucha urbana que quisiera ser auténtica y no liberara su propio espacio, permanecería en la abstracción. La lucha que no produce su espacio no va hasta el fin, fracasa a la hora de crear y acaba en gueto. No cambia la vida, sólo la ideología. No crea nuevas instituciones, ni proyecta una nueva arquitectura o concibe un urbanismo liberador. Se manifestará en escaramuzas contra el mobing, expropiaciones, derribos, expulsiones, corrupción urbanística, planes parciales, videovigilancia, ordenanzas, etc., pero no sacará conclusiones, cuestionando la sociedad urbana en su conjunto y pugnando por otro modelo social distinto. No forjará un sujeto colectivo, pues solamente las luchas conscientes son capaces de hacerlo. Una lucha urbana es efectiva sólo si es capaz de aglutinar a una comunidad de individuos que consiga sustraer su vida cotidiana a los imperativos capitalistas. El mercado recupera pronto el terreno perdido, por lo que la lucha ha de prolongarse encadenando conflictos, lo que no es demasiado difícil, dados los planes de “regeneración urbana” y museificación de los municipios (recosidos, esponjados, equipamiento, rehabilitación, reconstrucción, modernización) y los proyectos constantes de “cinturones” viarios (rondas, túneles, patas, variantes, accesos, desdoblamientos, ampliaciones o soterramientos). La lucha urbana es una resistencia a la valorización del suelo y a la acumulación de beneficios inmobiliarios, una barrera a la remodelación discriminadora, a la arquitectura fálica, pretenciosa y exhibicionista, al autoritarismo administrativo... en fin, un frente contra el espacio o mundo de la mercancía. Ha de forjar un plan y mostrar un modelo alternativo a la sociedad urbana, descentralizador y comunitario, aprovechando las oportunidades de la economía informal y desarrollando una crítica a la arquitectura y al urbanismo capitalistas, pero para ello necesita fuerzas que no tiene. A fin de superar su fragilidad teórico-práctica ha de encontrar aliados en otros frentes, objetivo que la encamina hacia la defensa del territorio. La liberación del espacio urbano requiere un territorio libre.

La lucha por el territorio tiene por escenario la conurbación y sus satélites, puesto que el territorio ha sido despoblado y su repoblación depende de aquella, pero ya no es una lucha urbana strictu sensu, porque se despliega en medio rural. Hoy se concreta en una resistencia a la urbanización, a la nuclearización, a la agricultura industrial y a las infraestructuras, bien sea logísticas, hidráulicas, energéticas o de transporte. Es una ofensiva contra la planificación y al ordenamiento que determinan sus usos y lo transforman en capital. La defensa del territorio, la lucha por su autonomía, es antidesarrollista. Es una verdadera lucha de clases que se traduce más que nunca en el espacio. Impide que el espacio abstracto progrese, que se vuelva medio de acumulación, tratando de establecer en los territorios liberados de relaciones comunitarias en conflicto con el mercado. La defensa del territorio constituye el eje de la cuestión urbana, porque el territorio sometido al capital ya no es una simple reserva de espacio, sino la fuente principal de beneficios particulares y un “yacimiento” de puestos de trabajo. La nueva acumulación capitalista parte del encarecimiento de las materias primas, de la construcción de infraestructuras gigantescas, de las energías renovables, del reciclaje de desperdicios, del acondicionamiento paisajístico, del turismo rural, etc., es decir, parte del territorio. En esta nueva fase el Estado recupera la importancia perdida, puesto que no se trata ya de desmantelar una asistencia social cada vez más costosa y desregular un mercado laboral con una intermediación excesivamente poderosa, sino de financiar una “economía sostenible”, o sea, de endosar a la población la factura de los costes de una reconversión “verde”. Este nuevo ecologismo de mercado no llega para modificar las bases económicas de la dominación, sino para reforzarlas. Por lo tanto no se propone acabar con la agresión al territorio, con el despilfarro o con el consumismo, sino al contrario, pretende apuntalar su continuidad. Lo “sostenible” es más de lo mismo, pero pintado de otro color.

Una vez que la penuria estricta ha sido dejada atrás, el conflicto social no se manifiesta plenamente dentro de la actividad económica, sino en la oposición entre la economía y todo lo que se le resiste. El antagonismo principal no se produce en la esfera de la producción o en la de los servicios, sino fuera de ellas y contra ellas. En la vida cotidiana, en el territorio, fuera del trabajo y contra el trabajo. Por eso el absentismo y las prácticas de autoexclusión y cooperación cobran una importancia crucial. El cambio de paradigma teórico –fin del proletariado, segregación, antidesarrollismo– de ningún modo implica una renuncia a la lucha radical o el abandono de cualquier perspectiva revolucionaria, puesto que los antagonismos no han desaparecido; ni siquiera han disminuido. Sencillamente se han mudado de lugar, aumentando en intensidad. Se impone una reflexión crítica sin concesiones ideológicas y una reorientación práctica basada en la disidencia y la vuelta al territorio. Pero mientras los procesos de deserción y reinstalación no sean significativos el conflicto social navegará en la ambigüedad, pues la crítica auténticamente subversiva no progresará lo suficiente y los antagonismos permanecerán en la penumbra. La oscuridad teórica apenas favorece a la ideología obrerista, verdaderamente marciana, pero en cambio permite peligrosamente el avance del ciudadanismo, cuyas propuestas –que se quieren pragmáticas y reformistas porque están en la vanguardia de la acumulación– sirven para empantanar el combate. Los seudomovimientos ciudadanistas no afrontan las contradicciones del sistema capitalista sino que las disimulan, afirmando la neutralidad del Estado y la posibilidad de otro capitalismo (de otro desarrollo, de otra globalización, de otra política, incluso de otro sindicalismo). Su auge aparente bajo diversos disfraces –ecologismo, alterglobalización, decrecimiento, municipalismo, sindicalismo alternativo— obliga a que la lucha urbana y la defensa del territorio se libren por encima de todo en el terreno de las ideas. La práctica necesaria no podría avanzar sin ellas. La ceremonia de la confusión ha de disiparse cuanto antes y los farsantes han de quedar desenmascarados, pues el sujeto revolucionario nunca podrá surgir en connivencia con el sistema, como alegre ciudadanía participativa, sino desde fuera y en su contra, como furioso proletariado desertor.

15 febrero, 2013

Santiago Sierra rechazó el Premio Nacional de Artes Plásticas.



Carta en la que notifica dicho rechazo a la ministra de cultura.

Estimada señora González-Sinde,
Agradezco mucho a los profesionales del arte que me recordasen y evaluasen en el modo en que lo han hecho. No obstante, y según mi opinión, los premios se conceden a quien ha realizado un servicio, como por ejemplo a un empleado del mes.
Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio. Este premio instrumentaliza en beneficio del Estado el prestigio del premiado. Un Estado que pide a gritos legitimación ante un desacato sobre el mandato de trabajar por el bien común sin importar qué partido ocupe el puesto. Un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un Estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un Estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.

El Estado no somos todos. El Estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio. No señores, No, Global Tour.

¡Salud y libertad! Santiago Sierra


"NO, Global Tour". Se trata de una película experimental sobre el viaje que la palabra NO convertida en escultura gigante e instalada en la plataforma de un camión, realiza a distintos países del mundo. Su tránsito por áreas urbanas, industriales y mineras de Europa, lugares de inmigración, centros financieros y de ocio de Estados Unidos, su regreso a Europa y su destino en Madrid en ARCO, se convirtió en una forma de denuncia del sistema y de los centros de poder del mundo. 

Para Sierra esta pieza supone su obra magna, un grito antagonista del sistema:
"Las personas que están luchando activamente contra el sistema necesitan imágenes y los artistas se las debemos proporcionar. Este NO está hecho para todos los que ya están hartos de la injusticia, la dominación, la censura y la opresión. NO, sin precisar, NO al mamoneo de un sistema que toma a sus ciudadanos como borregos y que se encarga de reproducir mentes acríticas por medio de una educación a todas luces dirigida".