05 junio, 2015

Algunas consideraciones sobre la técnica.

Miquel Amorós

¿Qué tratamos de realizar? Cambiar la organización social sobre la que reposa la prodigiosa estructura de la civilización, construida en el curso de siglos de conflictos en el seno de sistemas avejentados o moribundos, conflictos cuya salida fue la victoria de la civilización moderna sobre las condiciones naturales de vida."
William Morris, ¿Dónde estamos? 


Walter Benjamín, en su artículo Teorías del fascismo alemánrecuerda la frase aparentemente extemporánea de León Daudet, "el automóvil es la guerra", para ilustrar el hecho de que los instrumentos técnicos, no encontrando en la vida de las gentes un hueco que justifique su necesidad, fuerzan esa justificación entrando a saco en ella. Si la realidad social no está madura para los avances técnicos que llaman a la puerta tanto peor para la realidad, porque será devastada por ellos. El resultado es que la sociedad entera queda transformada por la técnica como tras una guerra. Realmente, con sólo citar la gran cantidad de desplazamientos de la población, la enormidad de datos almacenados y procesados por la moderna tecnología de la información y el gran número de bajas por accidentes, suicidios o patologías contemporáneas, parece que una guerra, en absoluto fría, sucede a diario en los escenarios de la economía, de la política, o de la vida cotidiana. Una guerra en la que siempre se busca vencer gracias a la superioridad técnica en automóviles, en ordenadores, en biotecnologías... Por la propia naturaleza de la sociedad capitalista, los cada vez más poderosos medios técnicos no contribuyen de ningún modo a la cohesión social y al desarrollo personal, ya que la técnica sólo sirve para armar al bando ganador. Para Benjamin pues, y para nosotros, "toda guerra venidera será a la vez una rebelión de esclavos de la técnica".

Los adelantos técnicos son todo menos neutrales, en todo desarrollo de las fuerzas productivas, debido a la innovación técnica, siempre hay ganadores y perdedores. La técnica es instrumento y arma, por lo que beneficia a quienes mejor saben servirse de ella y mejor la sirven. Un espíritu critico heredero de Defoe y Swift, Samuel Butler, denunciaba el hecho en una utopía satírica."...en esto consiste la astucia de las máquinas: sirven para poder dominar(...); hoy mismo las máquinas sólo sirven a condición de que las sirvan, e imponiendo ellas sus condiciones(...) ¿No queda manifiesto que las máquinas están ganando terreno cuando consideramos el creciente número de los que están sujetos a ellas como esclavos y de los que se dedican con toda el alma al progreso del reino mecánico?" (Erewhon o allende las montañas)La burguesía utilizó las máquinas y la organización "científica" del trabajo contra el proletariado. Las contradicciones de un sistema basado en la explotación del trabajo que, por un lado expulsaba a los trabajadores del proceso productivo y, por el otro, alejaba de la dirección de dicho proceso a los propietarios de los medios de producción, se superaron con la transformación de las clases sobre las que se asentaba, burgueses y proletarios. La técnica ha hecho posible un marco histórico nuevo, nuevas condiciones sociales ­las de un capitalismo sin capitalistas ni clase obrera­ que se presentan como condiciones de una organización social técnicamente necesaria. Como dijo Munford, "Nada de lo producido por la técnica es más definitivo que las necesidades y los intereses mismos que ha creado la técnica" (Técnica y civilización). La sociedad, una vez que ha aceptado la dinámica tecnológica se encuentra atrapada por ella. La técnica se ha apoderado del mundo y lo ha puesto a su servicio. En la técnica se revelan los nuevos intereses dominantes.


Cuando "la dominación de la naturaleza queda vinculada con la dominación de los hombres" (Herbert Marcuse, El Hombre Unidimensional), el discurso de la dominación ya no es político, es el discurso de la técnica. Busca legitimarse con el aumento de las fuerzas productivas que comporta el progreso tecnológico una vez que ha puesto a su servicio el conocimiento científico. El progreso cientificotécnico proporciona a los individuos una vida que se supone tranquila y cómoda y por eso es necesario y deseable. La técnica, que ahora se ha convertido en la ideología de la dominación, proporciona una explicación suficiente para la no libertad, para la incapacidad de los individuos de decidir sobre sus vidas: la ausencia de libertad implícita en el sometimiento a los imperativos técnicos es el precio necesario de la productividad y el confort, de la salud y el empleo. La idea del progreso era el núcleo del pensamiento dominante en el periodo de ascenso y desarrollo de la burguesía, progreso que pronto perdió su antiguo contenido moral y humanitario y fue identificado con el avance arrollador de la economía y con el desarrollo técnico que lo hacía posible. Efectivamente, los inventos técnicos y los descubrimientos científicos en el siglo XIX fueron tantos y provocaron tantos cambios económicos que generaron en los países industrializados, y no sólo entre su clase dirigente, una religión de la economía, una creencia en ella como la panacea de todas las dificultades. El progreso de la cultura, de la educación, de la razón, de la persona, etc, derivaría necesariamente del progreso económico. Bastaría un correcto funcionamiento de la economía para que la cuestión social cesara de dar disgustos. El mismo proceso se repetirá más tarde con la técnica, ante el fracaso definitivo de las soluciones económicas. Porque vueltos a la sociedad civil tras dos grandes guerras, se impone el pensamiento militar ­un pensamiento eminentemente técnico­ y los propios problemas económicos se creerán resolver con procedimientos y adelantos técnicos. La economía pasó a segundo plano y la técnica se emancipó. La propia economía ya no es más que una técnica.

"La emergencia de la tecnología occidental como fuerza histórica y la emergencia de la religión de la tecnología son dos aspectos del mismo fenómeno" (David F. Noble, La Religión de la Tecnología). Según este autor, el deslumbramiento ante el poder de la técnica tiene raíces en antiguas fantasías religiosas que perviven en el inconsciente colectivo de los hombres: la Creación, el Paraíso, el virtuosismo divino, la perfectibilidad infinita, etc. Eso significa que la técnica posee un fuerte contenido ideológico desde los comienzos, que ha llegado a ser dominante en la época de los totalitarismos, en la época de la disolución de los individuos y las clases en masas. Desde entonces redefine en función de sí misma los viejos conceptos de "naturaleza", "libertad", "memoria", "cultura", "hechos", etc., en fin, inventa de nuevo la manera de pensar y de hablar. La técnica cuantifica la realidad y, bautizándola con su lenguaje ­con tecnicismos­, impone una visión instrumental de las cosas y de las personas. Neil Postman recuerda en Tecnópolis el adagio de que "a un hombre con un martillo todo le parece un clavo". El mundo habla el idioma de los "expertos". Un divulgador de las maravillas de la ciencia moderna como Julio Verne describe en una de sus primeras novelas de anticipación a ese producto natural de la era tecnológica un tanto someramente, pero no olvidemos que lo hace en 1876: "Este hombre, educado en la mecánica, explicaba la vida por los engranajes o las transmisiones; se movía regularmente con la menor fricción posible, como un pistón en un cilindro perfectamente calibrado; Transmitía su movimiento uniforme a su mujer, a su hijo, a sus empleados, a sus criados, verdaderas máquinas-instrumentos, de las que él, el gran motor, sacaba el mejor provecho del mundo" (París en el siglo XX). Por vez primera en la historia, la técnica representa al espíritu de la época, es decir, corresponde al vacío espiritual de la época. Las relaciones entre las personas pueden considerarse como relaciones entre máquinas. Toda una gama de las ciencias ha nacido con esos planteamientos: cibernética, teoría general de sistemas, etc. Los problemas reales entonces se convierten en cuestiones técnicas susceptibles de soluciones técnicas, que serán aportadas por expertos ­aquí decimos "profesionales"­ y adoptadas por dirigentes, ''técnicos" en tomar decisiones. La dominación desde luego no desaparece; gracias a la técnica ha adoptado las apariencias de una racionalización y se ha vuelto también técnica.

La técnica ha vaciado a la época de contenido: todo lo que no es directamente cuantificable, y por lo tanto medible, y por lo tanto manipulable, automatizable, no existe para la técnica. El poder de la técnica no sólo ha comportado la atomización y amputación de los individuos, sino la muerte del arte y de la cultura en general; la nada espiritual es el mal del siglo. La filosofía existencial, la vanguardia artística, la proliferación de sectas y la aparición de masas hostiles al gusto y a la cultura, son fenómenos que representan la sensación vivida del proceso de aniquilación de la individualidad, de supresión de lo humano, en el que la acción, inconsciente y absurda, es puro movimiento. Esta fatalidad histórica se intuye desde el principio de la era tecnológica, y nos la cuenta Meyrink en su relato Los Cuatro Hermanos de la Luna: "Por lo tanto las máquinas han llegado a ser los cuerpos visibles de titanes producidos por las mentes de héroes empobrecidos. Y como concebir o crear algo quiere decir que el alma recibe la forma de lo que se ve o se crea y se confunda con ella; así los hombres están ya encaminados sin salvación en el sendero que, gradual y mágicamente, los llevará a transformarse en maquinas, hasta que un día, despojados de todo, se encontrarán siendo mecanismos de relojería chirriantes, en perpetua agitación febril, como lo que siempre han tratado de inventar: un infeliz movimiento perpetuo". La técnica se opone a los individuos como algo exterior, que poco a poco va desposeyéndoles del control de sus vidas y determinando sus acciones. En un mundo técnico, la máquina es más real que el individuo, que no es más que una prótesis suya. La fe en la técnica, que aun podíamos considerar burguesa, se ve acompañada entonces de un nihilismo cada vez más conformista y apologético, sobretodo en la fase postburguesa de la era tecnológica, fruto del desencantamiento del mundo y de la destrucción del individuo. El pensamiento tecnocrático se complementa con una ideología de la nada, un verdadero mal francés que proclama la supremacía del modelo y la fascinación del objeto, que habla de la independencia del pensamiento respecto a la acción, del derrumbe de la historia y del sujeto, de las máquinas deseantes y del grado cero de la escritura, de la deconstrucción del lenguaje y de la realidad, etc. Desde el existencialismo y el estructuralismo hasta el postmodernismo, los pensadores de la nada constatan una serie de demoliciones de todo lo humano y se congratulan por ello; no pretenden contradecir la religión de la técnica, sino desbrozarle el camino. No son originales, ni siquiera son pensadores: plagian las aportaciones criticas de la sociología moderna o del psicoanálisis y fabrican un verborrea ininteligible con préstamos crípticos, ­cómo no­, del lenguaje científico. En la objetivación completa de la acción social que efectúa la técnica, aplauden la abolición del individuo social en tanto que sujeto histórico. El sistema, la organización, la técnica, ha evacuado al hombre de la vida y estos ideólogos anuncian con alegría, como una gran revelación, el advenimiento del hombre aniquilado, del ser vacío y superficial cuya existencia frívola y mecánica consideran la expresión misma de la creatividad y la libertad.

El dominio, el poder, en la política y en la calle, en la paz y en la guerra, pertenece al mejor equipado tecnológicamente. La burguesía ha sido substituida por una clase tecnocrática no nacida de una revolución antiburguesa sino de la creciente complejidad social forzada por la lucha de clases y la intervención estatal. En el camino hacia una nueva sociedad basada en la alta productividad proporcionada por la automación y en la economía de servicios, la burguesía se ha metamorfoseado en una nueva clase dominante. Esta no se define por la propiedad privada o el dinero sino por la competencia y la capacidad de gestión; la propiedad y el dinero son necesarios pero no son determinantes. La fuerza de la clase dominante no proviene exclusivamente de la economía, ni de la política, ni siquiera de la técnica, sino de la fusión de las tres en un complejo tecnológico de poder que Munford denominó "megamáquina". Si la técnica, al convertirse en la única fuerza productiva, facilitó el triunfo de la economía, ahora la economía, al crear el mercado mundial, le ha allanado el camino a la técnica, y ésta impone la dinámica expansiva de la producción en masa al mundo entero. A su modo ha ridiculizado la figura del Estado, difuminando su historia y su papel después de que la economía lo convirtiese en el mayor patrón y la técnica lo transformase en una maquinaria de gobierno y de control de masas. 

Desde finales del XIX la estabilidad del sistema capitalista se consiguió gracias a la intervención del Estado, que desplegó una política económica y social correctora. El Estado dejó de ser una superestructura autónoma para fusionarse con la economía y presentarse como un escenario neutral donde podía resolverse el enfrentamiento entre clases. El Estado pasaba a ser el garante de las mejoras sociales, de la seguridad y de las oportunidades. El Estado "del bienestar" fue una invención que aseguraba a la vez la revalorización del capital y la aquiescencia de las masas. En su seno la política se convertía paulatinamente en administración, se profesionalizaba, se orientaba hacia la resolución de cuestiones técnicas. Aunque el régimen político fuera una democracia formal, la política no podía ser objeto de discusión pública: en tanto que planteamiento y resolución de problemas técnicos requería por un lado un saber especializado ­era una tecnopolítica­ en manos de una burocracia profesional, y por el otro, un alejamiento ­una despolitización­ de las masas. El progreso técnico conseguirá esta despolitización. Tenía la propiedad de aislar al individuo en la sociedad, al rodearlo de artilugios domésticos y sumergirlo en la vida privada. Por otra parte, cada etapa de dicho progreso anula la precedente, desarrollando un dinamismo compulsivo en el que la novedad es aceptada simplemente por ser novedad y el pasado es relegado a la arqueología. De esta forma crea un continuo presente, en el que nunca pasa nada puesto que nada tiene importancia y donde los hombres son indiferentes. ¿Fin de la historia? En una de las mejores sátiras escritas contra la explotación del hombre gracias a la ciencia y la técnica, Karel Capek, ironiza sobre esta banalización de los hechos: en una sociedad con tantas posibilidades técnicas "no se podían medir los acontecimientos históricos por siglos ni por décadas, como se había hecho hasta entonces en la historia del mundo, sino por trimestres (...) Podríamos decir que la historia se producía al por mayor y que, por ello, el tiempo histórico se multiplicaba rápidamente (según cálculos, cinco veces más)" (La Guerra de las Salamandras).

Gracias al Estado, que fomentó la investigación a gran escala en el campo de las armas bélicas, desde donde pasó a la producción industrial de bienes, el progreso científico y técnico dio un gran salto, convirtiendo a la tecnociencia en la principal fuerza productiva. La evolución del sistema social, y por lo tanto, de la Economía y del Estado, estaba determinada a partir de entonces por el progreso técnico. Ello no solamente implicaba la decadencia del mundo del trabajo y anunciaba la obsolescencia de la clase obrera, que dejaba de ser la principal fuerza productiva, sino que significaba el fin del Estado protector. En las sociedades tecníficadas el control de los individuos se logra con estímulos exteriores mejor que con reglas que fijen sus conductas y los regimenten. Lo que domina entre los individuos no es el carácter autoritario ­y su complemento, el carácter sumiso­, sino la personalidad desestructurada y narcisista. El fin del Estado era antes que nada, el fin del carácter "social" del Estado. Ahora ha de limitarse a ser una organización ­cuanto más compleja, más técnica, y cuanto más técnica, con menos personal­ de servicios públicos baratos, una red de oficinas eficazmente conectadas, policiales, administrativas, jurídicas o asistenciales. Las condiciones sociales que impone la técnica autonomizada no son en absoluto favorables a una centralización política, no promueven ni el estatismo ni el desarrollo de una burocracia disciplinada, más conformes con un Welfare state [estado del bienestar], o con un modo de producción colectivista autoritario, o con un Estado totalitario, correspondientes a una fase social precedente de la técnica, que con el despotismo tecnológico contemporáneo. Todos los sectores de la burocracia estatal o paraestatal están siendo reciclados, es decir, reorganizados según estrictos criterios de rendimiento que priman sobre los intereses de grupo. Como reza un antiguo proverbio bancario, todo es cuestión de números. Conviene recordar que quienes mandan no son los propietarios de los medios de producción ­los empresarios, la vieja burguesía­, o los administradores del Estado ­la burocracia­ sino de las élites ligadas a la alta tecnología y a la "ingeniería financiera". Esas élites son apátridas y se sirven de los Estados como se sirven de los medios de producción y de las finanzas, combatiendo todo desarrollo autónomo de los mismos y exigiendo eficacia. Tampoco hay que olvidar que todo proceso técnico ­productivo, financiero, político­ tiende a eliminar a las personas y hacerse automático. Las masas no son necesarias más que en tanto que no existan máquinas para substituirlas. El Estado totalitario era una técnica de gobierno donde todos los movimientos de las masas eran simplificados y reducidos a acciones predecibles, como en un mecanismo. Para él, el pensar era una actitud subversiva y la obediencia la mayor de las virtudes públicas. Por eso necesitaba un enorme aparato policial. Pero la misma lógica de la técnica conduce al automatismo de las conductas, con cada vez menos necesidad de control, y por lo tanto, sin necesidad de líderes ni de grandes burocracias. Ni de grandes aparatos policiales; es mejor videovigilancia, unidades especiales de intervención rápida y servicios de protección privados. El individuo no existe, la clase obrera no existe, el Estado puede reducirse a una pantalla, es decir, puede virtualizarse. En ese momento histórico estamos.


La mecanización del mundo es la tendencia dominante de un proceso acabado en líneas generales. Pero todavía se dan contradicciones entre sectores más avanzados y menos avanzados, entre tradiciones burguesas y estatistas e impulsos desmesurados hacia la tecnificación, entre clases en proceso de disolución que ya no son sino grupos particulares con intereses privados y la nueva clase emergente, unificada y estable, extremadamente jerarquizada, en la que la posición de poder depende del elemento técnico. La técnica es un factor estratégico decisivo que se guarda como si fuera un secreto: es el secreto de la dominación. Pero eso no significa que los técnicos, por el mero hecho de serlo, gocen de una situación privilegiada. Evidentemente la oferta de empleos a profesionales y técnicos es la única que ha crecido, aunque en modo alguno ha aparecido una clase nueva de "mánagers", de directivos, dispuesta a hacerse con el poder. Lo único que ha variado es la composición de los asalariados. Los expertos no mandan, solamente sirven. Los cuadros, la intelligentsia técnica, es sólo el espejismo de una clase provocado por los cambios ocurridos en los primeros momentos de la aparición de la alta tecnología, de la tecnociencia, cuando realmente esos asalariados desempeñaron un papel: el de facilitar su institucionalización. Con la especialización y la fragmentación crecientes del conocimiento y con el desarrollo del sistema educativo en la dirección más favorable a la tendencia dominante y su extensión a toda la población, todo el mundo está preparado para obedecer a las máquinas. Técnicos lo somos todos. La formación técnica no es ninguna bicoca: es la característica mas común de todos los mortales. Es la marca de su desposesión.

La transformación del proletariado en una gran masa de asalariados sin ningún lazo ni solidaridad de clase no ha eliminado las luchas sociales, pero sí la lucha de clases. Cuando resultan perjudicados intereses surgen conflictos que pueden llegar a ser de gran intensidad y violencia pero que no tocan lo esencial ­la técnica y la organización social basada en ella­ y por consiguiente, no amenazan al sistema. No podemos interpretar las luchas de los funcionarios, de los excluidos, de los empleados, de los pequeños agricultores, de los cuadros, etc., en términos de lucha de clases. Son respuestas al capital que en su proceso de revalorización daña intereses sectoriales propios de determinados grupos sociales que no encarnan ni pueden encarnar el interés general, por lo que no ponen en peligro al sistema de dominación. El momento clave de la lucha es siempre la negociación, y esa la efectúan especialistas. Ningún grupo oprimido específico puede por su situación objetiva llegar a ser embrión de una clase social, un sujeto histórico cuyas luchas lleven consigo las esperanzas emancipatorias de la mayoría de la población. Todas las luchas ocurren ya en la periferia del sistema. El sistema no necesita a nadie, no depende de ningún grupo en concreto. Si éste se segregara, el sistema funcionaría igual sin él. Su lucha, por tanto, sólo será marginal y testimonial. Carece de las perspectivas revolucionarias de la vieja y desaparecida lucha de clases. Los grupos sociales oprimidos ya no se enfrentan a la dominación como clase contra clase. Por otra parte, ningún grupo aspira a la liquidación del sistema, porque ningún grupo, a pesar de la acumulación de efectos nocivos, ha contestado la supremacía de la técnica, que proporciona cohesión y solidez a la dominación. El consenso respecto a la técnica ­todo el mundo cree que no se puede vivir sin ella­ justifica el dominio de la oligarquía tecnocrática y diluye las necesidades de emancipación de la sociedad.

Toda revuelta contra la dominación no representará el interés general si no se convierte en una rebelión contra la técnica, una rebelión luddita. La diferencia entre los obreros ludditas y los modernos esclavos de la técnica reside en que aquellos tenían un modo de vida que salvar, amenazado por las fábricas, y constituían una comunidad, que sabía defenderse y protegerse. Por eso fue tan difícil acabar con ellos. La represión dio lugar al nacimiento de la policía inglesa moderna y al desarrollo del sistema fabril y del sindicalismo británico, tolerado y alentado a causa del luddismo. La andadura del proletariado comienza con una importante renuncia, es más, los primeros periódicos obreros, ­cito a L´Artisan de 1830,­ elogiarán las máquinas con el argumento de que alivian el trabajo y que el remedio no está en suprimirlas sino en explotarlas ellos mismos. Contrariamente a lo que afirmaban Marx y Engels, el movimiento obrero se condenó a la inmadurez política y social cuando renunció al socialismo utópico y escogió la ciencia, el progreso (la ciencia burguesa, el progreso burgués), en lugar de la comunidad y el desarrollo individual. Desde entonces la idea de que la emancipación social no es "progresista" ha circulado por la sociología y la literatura más que por el movimiento obrero, con la excepción de algunos anarquistas y seguidores de Morris o Thoreau. Así por ejemplo, tendríamos que abrir la novela Metrópolis, de Thea Von Harbou, para leer arengas como ésta: "De la mañana a la noche, a mediodía, por la tarde, la máquina ruge pidiendo alimento, alimento, alimento. ¡Vosotros sois el alimento! ¡Sois el alimento vivo! ¡La máquina os devora y luego, exhaustos, os arroja! ¿Por qué engordáis a las máquinas con vuestros cuerpos? ¿Por qué aceptáis sus articulaciones con vuestro cerebro? ¿Por qué no dejáis que las máquinas mueran de hambre, idiotas? ¿Por qué no las dejáis perecer, estúpidos? ¿Por qué las alimentáis? Cuanto más lo hagáis, más hambre tendrán de vuestra carne, de vuestros huesos, de vuestro cerebro. Vosotros sois diez mil. ¡Vosotros sois cien mil! ¿Por qué no os lanzáis, cien mil puños asesinos, contra las máquinas?". Evidentemente, la destrucción de las máquinas es una simplificación, una metáfora de la destrucción del mundo de la técnica, del orden técnico del mundo, y esa es la inmensa tarea histórica de la única revolución verdadera. Es una vuelta al principio, al saber hacer de los comienzos que la técnica había proscrito.

No se trata de un retorno a la Naturaleza, aunque las relaciones de los hombres con la Naturaleza habrán de modificarse radicalmente y basarse menos en la explotación que en la reciprocidad, pues al destruir la Naturaleza se destruye inevitablemente la naturaleza humana. Ya no es cuestión de dominarla sino de estar en armonía con ella. La existencia de los seres humanos no habrá de concebirse como pura actividad de apropiación de las fuerzas naturales, movimiento, trabajo. Una sociedad no capitalista, es decir, librada de la técnica, no será una sociedad industrial pero tampoco una especie de sociedad paleolítica; habrá de conformarse con la cantidad de técnica que se pueda permitir sin desequilibrarse. Debe eliminar toda la técnica que sea fuente de poder, la que destruya las ciudades, la que aísle al individuo, la que despueble los campos, la que impida la aparición de comunidades, etc., en fin, la que amenace el modo de vida libre. Todas la civilizaciones anteriores fundadas en la agricultura, la artesanía y el comercio, han sabido controlar y contener las innovaciones técnicas. La sociedad capitalista ha sido una excepción histórica, una extravagancia, un desvío.

Si quienes se hallan comprometidos en la lucha contra la técnica miran a su alrededor, constatarán que los estragos tecnológicos despiertan todavía una débil oposición, parasitada por el ecologismo político o directamente recuperada por gente al servicio del Estado Por otra parte, ningún movimiento de una cierta amplitud, partiendo de conflictos precisos, ha tratado de organizarse claramente contra el mundo de la técnica. Apenas se redescubren las grandes aportaciones de la sociología critica americana, o las de la escuela de Frankfurt, o la obra de Ellul, no obstante tener muchos años de existencia. La tarea de actualizar esa crítica y ponerla en relación con la de transformar radicalmente las bases sobre las que se asienta la sociedad moderna es algo que todavía no comprenden más que pocos. Los más, tratan de combatir al sistema desde terrenos con cada vez menos peso: el de las reivindicaciones obreras, el de los derechos de las minorías, el de los centros juveniles, el de la exclusión social, el del sindicalismo agrario, etc. Sin menospreciar el compromiso social de nadie, estas luchas tienen un horizonte limitado, no sea más que porque evitan la cuestión clave, cuando no comparten con el sistema su tecnofilia. De todas formas, merecen apoyo aquellas que reconstruyen la sociabilidad entre sus participantes e impiden la creación de jerarquías. La acción de quienes se oponen al mundo de la técnica todavía no ha llevado a grandes cosas, ya que tal oposición es sólo una causa y no un movimiento. Pero al menos ha servido para incrementar la insatisfacción que la técnica viene sembrando y para apuntar en la buena dirección La apología de la técnica pone en mala posición a sus partidarios cuando deviene demasiado visiblemente apología del horror. El sistema admite no ser ningún paraíso y se justifica como el único posible, tanto que no haya nadie que pueda mandarlo al basurero de la historia. Ahí estamos. El sistema tecnocrático produce ruinas, lo que favorece la difusión de la crítica y posibilita la acción contra él. La cuestión principal son los principios más que los métodos. Cualquier proceder es bueno si es necesario y sirve para popularizar las ideas, sin que ello sea óbice para ninguna capitulación: se participa en las luchas para hacerlas mejores, no para degenerar con ellas. En ausencia de un movimiento social organizado, las ideas son lo primero, el combate por las ideas es lo importante, pues ninguna perspectiva puede nacer de una organización donde reine la confusión respecto a lo que se quiere. Pero la lucha por las ideas no es una lucha por la ideología, por una satisfecha buena conciencia. Hay que abandonar el lastre de las consignas revolucionarias que han envejecido y se han vuelto frases hechas: resulta incongruente cuando no existe proletariado hablar del poder absoluto de los Consejos Obreros, o de la autogestión generalizada cuando sería cuestión de desmantelar la producción. El final del trabajo asalariado no puede significar la abolición del trabajo, puesto que la tecnología que suprime y automatiza el trabajo necesario sólo es posible en el reino de la Economía. Las teorías de Fourier sobre la "atracción apasionada" serían más realistas. Tampoco una acción voluntarista sirve de mucho, si las masas que consiga agrupar no sepan qué hacer una vez hayan decidido hacerse cargo, sin intermediarios, de sus propios asuntos. En esa situación, incluso los éxitos parciales, al abrir perspectivas que no podrán afrontarse con coherencia y determinación, acabarán con el movimiento mejor aún que las derrotas. La tarea más elemental consistiría en reunir alrededor de la convicción de que el sistema debe ser destruido y edificado de nuevo sobre otras bases al mayor número de gente posible, y discutir el tipo de acción que más conviene a la práctica de las ideas derivadas de dicha convicción. Dicha práctica ha de aspirar a la toma de conciencia por lo menos de una parte notable de la población, porque mientras no exista una conciencia revolucionaria suficientemente extendida no podrá reconstituirse la clase explotada y ninguna acción de envergadura histórica, ningún retorno de la lucha de clases, será posible.

04 junio, 2015

Sé todos los cuentos

Sé todos los cuentos
León Felipe

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.


02 junio, 2015

Instrucciones para exportar 4.000 millones de euros en armamento

Eduardo Melero 01-7-2014 Publicado en Indústria i comerç d'armes

Este artículo está basado en hechos reales, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia. En 2013, España exportó armamento por valor de 3.907 millones de euros; en 2012 fueron 1.953 millones.

Clasifique como secreto de Estado las actas del órgano administrativo encargado de otorgar las autorizaciones para exportar armas (la Junta Interministerial Reguladora del Comercio Exterior de Material de Defensa y de Doble Uso). No se preocupe si ello va en contra de la Ley de Secretos Oficiales. Las leyes también están para incumplirlas. Al fin y al cabo, si oculta información a los ciudadanos es por su propio bien y por el beneficio de la industria armamentista; quién mejor que el Gobierno para saber lo que les conviene.

Al mismo tiempo, elabore unas estadísticas oficiales de más de cien páginas, llenas de datos y de tablas. Que no se diga que no está por la transparencia. Eso sí, tenga mucho cuidado para no incluir datos relevantes como el tipo y modelo de armamento que se exporta; no vaya a ser que alguien se entere, por ejemplo, que ha autorizado la exportación de bombas de racimo a Libia. Cuantas más páginas mejor, así se asegura de que los diputados no las puedan analizar con atención ni le hagan preguntas incómodas cuando comparezca en el Congreso de los Diputados.

Nombre como ministro de Defensa y como Secretario de Estado de Defensa a personas que hayan trabajado previamente en empresas armamentistas (como MBDA, Instalaza o Boeing). Para qué va a perder tiempo consultando a los fabricantes de armas pudiendo tenerlos despacho con despacho. La eficacia administrativa es un valor en alza.

Cree un órgano administrativo en el Ministerio de Defensa para centralizar las iniciativas para la internacionalización de la industria española de defensa y favorecer sus exportaciones (la Oficina de Apoyo Exterior). Un par de empresas públicas complementarias ( DEFEX e ISDEFE) con fines similares le aportarán una mayor flexibilidad, con el beneficio añadido de que sus actividades estarán sometidas a menos controles que los órganos administrativos.

Utilice las Agregadurías de Defensa de las embajadas de España para facilitar los contactos entre las empresas de armamento y los ejércitos de los países compradores. A los militares les gusta tratar con militares; eso facilita enseñar el muestrario y poner en valor la calidad del producto.


Valor del material de defensa exportado por España y valor de las autorizaciones de exportación de armamento 2004-2013 (en millones de euros). Fuente: Subdirección General de Comercio Exterior de Material de Defensa y Doble Uso. Elaboración: Centre Delàs d’Estudis per la Pau.

Organice de vez en cuando alguna gira por varios países al ministro de Defensa. El roce hace el cariño y quién mejor que el titular de Defensa para mimar a la clientela. Si está en juego una venta muy importante no tenga reparos en enviar al Jefe del Estado, le abrirá las puertas de las monarquías más autoritarias del planeta. Otra posibilidad es organizar visitas guiadas a las empresas de armamento españolas.

Apruebe una ley para que sea el Gobierno quien firme los contratos de exportación de armamento y garantice su entrega al comprador en perfectas condiciones. Los compradores se fían más de la firma del Gobierno que de la de las empresas de armamento, no sea que vayan a quebrar. Cuele la regulación de este tipo de contratos dentro de una ley que no tenga nada que ver, a fin de que pase más desapercibida (por ejemplo la Ley 12/2012, de 26 de diciembre, de medidas urgentes de liberalización del comercio y de determinados servicios). Si tiene prisa por cerrar un negocio, no dude en aprobar un decreto ley (el Real Decreto-ley 19/2012, de 25 de mayo) y publíquelo al día siguiente en el Boletín Oficial del Estado, así también evitará el debate público.

Envíe a la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados al Secretario de Estado de Comercio para responder a las preguntas sobre las exportaciones de armas. Así no tendrá que mentir cuando afirme que el Gobierno no potencia las exportaciones, ya que no sabrá lo que hacen en el Ministerio de Defensa por el bien de la industria armamentista patria. No se le ocurra mandar al Secretario de Estado de Defensa, esa tarde podría aprovechar mejor el tiempo negociando algún buen contrato.

No se preocupe si el país que le quiere comprar las armas viola los derechos humanos, está en una situación de conflicto o no tiene suficientes recursos para garantizar el bienestar de su población (como Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes Unidos o Ghana). Tampoco se inquiete por el hecho de que la ley prohíbe la exportación de armamento a esos países. Basta con que repita machaconamente que España cumple rigurosamente la legislación sobre el control del comercio de armas. Déjese los escrúpulos morales en casa, si es que los tiene. No querrá convertirse en el primer Gobierno en el que disminuye la cifra de las exportaciones de armamento. Piense en esa bonita gráfica con línea ascendente que dejará a la posteridad.

Para un primer análisis de las exportaciones de 2013, véase « España duplica las exportaciones de armas en 2013».

Para saber más sobre la política española de fomento de las exportaciones de armas véase el informe del Centre Delás d’Estudis per la Pau « Exportaciones españolas de armamento 2003-2012. Análisis del apoyo institucional a las exportaciones de armas».

29 mayo, 2015

LA PESTE CIUDADANA. LA CLASE MEDIA Y SUS PÁNICOS

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Que la economía y la política vayan a la par es algo elemental. La consecuencia lógica de tal relación es que la política real ha de ser fundamentalmente conómica: a la economía de mercado corresponde una política de mercado. Las fuerzas que dirigen el mercado mundial, dirigen de facto la política de los Estados, la exterior, la interior y la local. La realidad es ésta: el crecimiento económico es la condición necesaria y suficiente de la estabilidad social y política del capitalismo. En su seno, el sistema de partidos evoluciona de acuerdo con el ritmo desarrollista. Cuando el crecimiento es grande, el sistema tiende al bipartidismo. Cuando se detiene o entra en recesión, como si obedeciera a un mecanismo homeostático, el panorama político se diversifica.

El capital, que es una relación social inicialmente basada en la explotación del trabajo, se ha apropiado de todas las actividades humanas, invadiendo todas las esferas: cultura, ciencia, arte, vida cotidiana, ocio, política… Que hasta el último rincón de la sociedad se haya mercantilizado significa que todos los aspectos de la vida funcionan según pautas mercantiles, o lo que es lo mismo, que cualquier actividad humana es gobernada por la lógica capitalista. En una sociedad-mercado de éstas características no existen clases en el sentido clásico del término (mundos aparte enfrentados), sino una masa plástica donde la clase del capital -la burguesía- se ha transformado en un estrato ejecutivo sin títulos de propiedad, mientras que su ideología se ha universalizado y sus valores han pasado a regular todas las conductas sin distinción. Esta forma particular de desclasamiento general no se traduce en una desigualdad social menguada; bien al contrario, es mucho más acentuada, pero incluso con el aguijoneo de la penuria ésta se percibe con menor intensidad y, por consiguiente, no induce al conflicto. El modo de vida burgués ha inundado la sociedad, anulando la voluntad de cambio radical. Los asalariados no quieren otro estilo de vida ni otra sociedad esencialmente diferente; a lo sumo, una mejor posición dentro de ella mediante un mayor poder adquisitivo. El antagonismo violento se traslada a los márgenes: la contradicción mayor radica más que en la explotación, en la exclusión. Los protagonistas principales del drama histórico y social ya no son los explotados en el mercado, sino los expulsados y quienes se resisten a entrar: los que se sitúan fuera del “sistema” como enemigos.

La sociedad de masas es una sociedad uniformizada, pero tremendamente jerarquizada. En la cúspide dirigente no la conforma una clase de propietarios o de rentistas, sino una verdadera clase de gestores. El poder deriva pues de la función, no del haber. La decisión se concentra en la parte alta de la jerarquía social; la desposesión, principalmente en forma de empleo basura, precariedad laboral y exclusión, se ceba en la parte más baja. Las capas intermedias, encerradas en su vida privada, ni sienten ni padecen; simplemente consienten. Sin embargo, cuando la crisis económica las alcanza, las tira hacia abajo. Entonces, dichos estratos, denominados por los sociólogos clases medias, salen de ese inmovilismo que era basamento del sistema de partidos, contaminan los movimientos sociales y toman iniciativas políticas que se concretan en nuevas formaciones. Su finalidad no es evidentemente la emancipación del proletariado, o una sociedad libre de productores libres, o el socialismo. El objetivo es mucho más prosaico, puesto que no apunta más que al rescate de la clase media, o sea, a su desproletarización por la vía político-administrativa.

La expansión del capitalismo, geográfica y socialmente, comportó la expansión de sectores asalariados ligados a la racionalización del proceso productivo, a la terciarización de la economía, a la profesionalización de la vida pública y a la burocratización estatal: funcionarios, asesores, expertos, técnicos, empleados, periodistas, profesiones liberales, etc. Su estatus se desprendía de su preparación académica, no de la propiedad de sus medios de trabajo. La socialdemocracia alemana clásica vio en esas nuevas “clases medias” un factor de estabilidad que hacía posible una política reformista, moderada y gradual, y desde luego, un siglo más tarde, su ampliación permitió que el proceso globalizador llegara al límite sin demasiadas dificultades. El crecimiento exponencial del número de estudiantes fue el signo más elocuente de su prosperidad; en cambio, el desempleo de los diplomados ha sido el indicador más claro de la desvalorización de los estudios y, por lo tanto, el termómetro de su abrupta proletarización. Su respuesta a la misma, por supuesto, no adopta rasgos anticapitalistas, ajenos completamente a su naturaleza, sino que se materializa en una modificación moderada de la escena política que reaviva el reformismo de antaño, centrista o socialdemócrata, pomposamente denominada “asalto a las instituciones”.

La clase media se halla en el centro de la falsa conciencia moderna por lo que no se contempla a sí misma como tal; para ella su condición es general. Todo lo ve bajo su óptica particular exacerbada por la crisis, sus intereses son los de toda la sociedad. Sociológicamente, todo el mundo es clase media; sus ideólogos se expresan en el lenguaje de cartón piedra de Negri, Gramsci, Foucault, Deleuze, Derrida, Baudrillard, Bourdieu, Zizek, Mouffe, etc. Para ellos el “gran acontecimiento”, la quiebra del régimen capitalista, es algo que nunca sucederá. La revolución es un mito al que conviene renunciar en aras de una contestación realista a la crisis que fomente la participación ciudadana a través de las redes sociales, o sea, la cacareada “dialéctica de contrapoder”, no que impulse el cambio revolucionario. Políticamente, todo el mundo es ciudadano, o sea, miembro de una comunidad electrovirtual de votantes, y en consecuencia, ha de apasionarse con las elecciones y las nuevas tecnologías. Cretinismo ideológico posmoderno por un lado, cretinismo parlamentario tecnológicamente asistido por el otro, pero cretinismo que cree en el poder. Su concepción del mundo le impide contemplar los conflictos sociales como lucha de clases; para ella aquellos son simplemente un problema redistributivo, un asunto de ajuste presupuestario cuya solución queda en manos del Estado, y que por consiguiente, depende de la hegemonía política de las formaciones que mejor la representan. La clase media posmoderna reconstruye su identidad política en oposición, no al capitalismo, sino a “la casta”, es decir, a la oligarquía política corrupta que ha patrimonializado el Estado. Los otros protagonistas de la corrupción, banqueros, constructores y sindicalistas, permanecen en segundo plano. La clase media es una clase temerosa, espoleada por el miedo, por lo que busca hacer amigos más que enemigos, pero ante todo busca no desequilibrar los mercados; la ambición y la vanidad aparecerán con la seguridad y la calma que proporciona el pacto político y el crecimiento. Al constituirse como sujeto político, su ardor de clase se consume todo ante la perspectiva del parlamentarismo; la contienda electoral es la única batalla que piensa librar, y ésta discurre en los medios y las urnas. En sus esquemas no cabe la confrontación directa con la fuente de sus temores y sus ansias -el poder de “la casta”- ya que sólo pretende recuperar su estatus de antes de 2008, reforma que pasa por la despatrimonialización de las instituciones, no por su liquidación.

El concepto de “ciudadanía” ofrece un sucedáneo identitario allí donde la comunidad obrera ha sido destruida por el capital. La ciudadanía es la cualidad del ciudadano, un ente con derecho a papeleta cuyos adversarios parece que no sean ni el capital ni el Estado, sino los viejos partidos mayoritarios y la corrupción, los grandes obstáculos del rescate administrativo de la clase media desahuciada. La ideología ciudadanista, a la vanguardia del retroceso social, no es una variante pasada por agua del obrerismo estalinoide; es más bien la versión posmoderna del radicalismo burgués. No se reconoce ni siquiera de boquilla en el anticapitalismo, al que considera caducado, sino en el liberalismo social de corte más o menos populista. Esto es así porque ha tomado como punto de partida la existencia degradada de las clases medias y sus aspiraciones reales, por más que se apoye en las masas en riesgo de exclusión, demasiado desorientadas para actuar con autonomía, y asimismo en los movimientos sociales, demasiado débiles para creer y mucho menos desear una reorganización de la sociedad civil al margen de la economía y del Estado. En ese punto, el ciudadanismo es hijo putativo del neoestalinismo fracasado y de la socialdemocracia obstruida. El programa ciudadanista es un programa de advenedizos, extremadamente maleable y tan políticamente correcto que da arcadas, ideal para arribistas frustrados y aventureros políticos en paro. Los principios no importan; su estrategia es conscientemente oportunista, con objetivos únicamente a corto plazo, perfectamente compatibles con pactos que el día antes de las elecciones hubieran sido considerados contra natura.

En ningún programa ciudadanista figurarán la socialización de los medios de vida, la autogestión generalizada, la supresión de la especialización política, la administración concejil, la propiedad comunal o la distribución equilibrada de la población en el territorio. Los partidos y alianzas ciudadanistas se proponen simplemente un reparto de ingresos que amplíe la base mesocrática, es decir, pugnan por unos presupuestos institucionales que detengan las privatizaciones, eliminen los recortes y reduzcan la precariedad laboral, sea por la creación de pequeñas empresas, o por la cooptación de una mayoría subempleada de titulados en las tareas administrativas, intenciones que no son nada rupturistas. No llegan a la arena política como subversivos sino como animadores; lo de cambiar la constitución de 1978 no va en serio. Todavía no han puesto el pie en el ruedo y ya exhiben realismo y moderación a raudales, enarbolando la bandera monárquica y tendiendo puentes a la denostada “casta”. Son conscientes de que una vez consolidados como organizaciones y en posesión de un capital mediático suficiente, el paso siguiente será una gestión de lo existente más clara y eficaz que la anterior. Ninguna medida desestabilizadora les conviene, pues los líderes ciudadanistas han de demostrar que la economía se desenvolverá menos críticamente si son ellos quienes están al timón de la nave estatal. Forzosamente han de presentarse como la esperanza de la salvación por la economía, por eso su proyecto identifica progreso con productividad y puestos de trabajo, o sea, es desarrollista. Persigue entonces un crecimiento industrial y tecnológico que cree empleos, redistribuya rentas y aumente las exportaciones, bien recurriendo a reformas del sistema impositivo, bien a la explotación intensiva de los recursos territoriales, incluido el turismo. Lo de menos es que los empleos sean socialmente inútiles y respondan a necesidades auténticas. El realismo económico manda y completa al realismo político: nada fuera de la política y nada fuera del mercado, todo para el mercado.

El relativo auge del ciudadanismo, con sus modalidades nacionalistas, viene a demostrar el deficiente calado de la crisis económica, que lejos de sacar a la luz las divisiones sociales y sacar a la luz las causas de la opresión, dando lugar a una protesta consciente y organizada que se plantee la destrucción del régimen capitalista, ha permitido a otros disimularlas y oscurecerlas, gracias a una falsa oposición que lejos de cuestionar el sistema de la dominación lo apuntala y refuerza. Una crisis que se ha quedado a mitad de camino, sin desencadenar fuerzas radicales. No obstante, las crisis van a continuar y a la larga sus consecuencias no podrán camuflarse como cuestión política y terminarán emergiendo como cuestión social. Todo dependerá del retorno de la lucha social verdadera, ajena a los medios y a la política, recorrida por iniciativas nacidas en los sectores más desarraigados de las masas, aquellos que tienen poco que perder si se deciden a cortar los lazos que les atan al destino de la clase media y bajan de su carro. Pero dichos sectores potencialmente antisistema hoy parecen agotados, sin fuerzas para organizarse autónomamente, incapaces de erigirse en sujeto independiente, y por eso el ciudadanismo campa a sus anchas, llamando suavemente a la puerta de los parlamentos y consistorios municipales para que le dejen entrar. Esa es la tragicomedia de nuestro tiempo.

Argelaga, 30 de abril de 2015.
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26 mayo, 2015

Todos aquellos que pueden adaptarse...

"Todos aquellos que pueden adaptarse a una sociedad que se adapta tan bien a la inhumanidad, todos aquellos a los que sienta bien propinar la limosna de su indiferencia tanto a su propio sufrimiento como al de sus semejantes, todos aquellos que hablan del desastre como si se tratara de un nuevo mercado con prometedoras salidas, no son nuestros hermanos". tiqqunim




          fotos: Cayetano Ferrandez

25 mayo, 2015

Lo que rechazamos



"Lo que rechazamos no carece de valor ni de importancia. Es precisamente por esto por lo que el rechazo es necesario. Hay una razón que ya no aceptaremos, hay una apariencia de cordura que nos produce horror, hay una oferta de acuerdo y de conciliación que ya no escucharemos. Una ruptura se ha producido. Se nos ha conducido hasta esa franqueza que ya no tolera la complicidad". Maurice Blanchot



Ver texto completo en:

foto: Misha Gordin

"Toda tristeza es el efecto de un poder sobre mí" Gilles Deleuze



Esto quiere decir (simplifico mucho) que la alegría es todo lo que consiste en colmar una potencia. Uno experimenta alegría cuando colma, cuando efectúa una de sus potencias. Volvamos a nuestros ejemplos: yo conquisto, por poco que sea, un pedazo de color, entro un poco en el color. ¿Te das cuenta de la alegría que eso puede suponer? Es eso: he colmado una potencia. Pero entonces lo que resulta equívoco es la palabra “potencia”. Por el contrario, ¿qué es la tristeza? Se da cuando estoy separado de una potencia de la que, con razón o sin ella, me creía capaz. “Ah, podría haber hecho eso pero las circunstancias me lo impidieron”. Así, pues, eso es la tristeza. Habría que decir que toda tristeza es el efecto de un poder sobre mí. Efectuar algo de la propia potencia es siempre bueno. Eso es lo que dice Spinoza.

No hay potencia mala. Lo que es malo es el grado más bajo de la potencia, o sea, el poder. ¿Qué es la maldad? Es impedir que alguien haga lo que puede, que efectúe su potencia. De tal suerte que no hay potencia mala sino que hay poderes malos. Y tal vez todo poder sea malo por naturaleza porque el poder separa siempre a la gente que está sometida de aquello que pueden. De tal manera que Spinoza parte de ahí. En efecto la tristeza está ligada a los sacerdotes, a los tiranos, a los jueces. Se trata de gente que siempre separa a sus súbditos de aquello que estos pueden.



21 mayo, 2015

"Ningún ejercicio de poder conseguirá engendrar un espacio de libertad."

Tomás Ibáñez (Zaragoza, 1944) vive con los ideales libertarios como guía. Hijo del exilio en Francia, comenzó su andadura política en los grupos juveniles anarquistas franceses y de jóvenes exiliados españoles.


Desde principios de los sesenta hasta inicios de los ochenta, volcó sus energías en la construcción de organizaciones libertarias, la lucha antifranquista y la reconstrucción de la CNT en 1976.

Autor de numerosos ensayos sobre disidencia, anarquismo y lucha contra la dominación, recientemente ha publicado Anarquismo es movimiento (Virus, 2014), en el que repasa la vigencia de los ideales y postulados anarquistas en la actualidad. Ibáñez analiza el resurgimiento del anarquismo en el siglo XXI, y cómo este ha impregnado las luchas de los movimientos sociales, desde el 15M a la expansión de los centros sociales autogestionados, las cooperativas de consumo y las redes de economía alternativa. Alerta de los peligros que deben afrontar estos movimientos en el paso a la lucha por la vía electoral que algunos de estos ya preparan.

“Los cantos de sirena que anunciaban amaneceres radiantes se han extinguido”, afirma en el libro. ¿Ya no es posible esperar la liberación, la ‘anarquía’ como estado de las cosas, que postulaba el anarquismo?

Esos cantos de sirena situaban en un futuro más o menos lejano la recompensa que recibirían las luchas emancipadoras, y esa recompensa era tan fabulosa que servía para evaluar las luchas en función de cuanto nos acercaban a la ansiada meta. Lo que ya no es posible es mantener ese tipo de discurso de claro raigambre religioso, hoy hemos aprendido que el valor de las luchas no depende de las promesas que encierran sino que radica en su propio acontecer, en sus características substantivas, y en lo que permiten crear en el presente. La extinción de esos cantos oblitera la fascinación por la tierra prometida y la supeditación del trayecto a su desenlace, pero nada nos dice acerca de la posibilidad o no de alcanzar algún día una sociedad de tipo anarquista. Con independencia de que esto ocurra o no, la anarquía no radica en el futuro sino en el presente, en cada lucha, en cada logro, que reflejen sus preceptos. Con la extinción de los cantos de sirena también se derrumba la creencia en el brusco advenimiento de una sociedad que camine hacia la anarquía sobre las ruinas aun humeantes del actual sistema, el gran y fulgurante estallido revolucionario que aportaría la definitiva liberación es tan solo un mito, como también es un mito una sociedad libre de conflictos, de tensiones y de luchas. No hay ningún amanecer radiante al final del camino, simplemente porque el camino no tiene final, cada amanecer deberá ser luchado día a día, una y otra vez. Ahora bien, esto no significa que no sea preciso cultivar la utopía, pero sabiendo que sólo representa una guía para actuar en el presente y no la prefiguración de la meta que se alcanzará algún día.

Sostiene que “el anarquismo resurge en el siglo XXI, se reinventa”. ¿Qué características deja atrás y cuáles aparecen?

En la medida en que el anarquismo se fragua en el seno de las luchas contra la dominación es lógico que cambie cuando estas se modifican para seguir haciendo frente a la emergencia de los nuevos dispositivos de poder. Es decir, aquello a lo que se enfrenta el anarquismo cambia y eso le hace cambiar. Lo que el anarquismo contemporáneo deja atrás es, entre otras cosas, un conjunto de ideas influenciadas por la Modernidad, tales como la fe inquebrantable en el progreso, el encumbramiento acrítico de la Razón, una concepción demasiado simplificadora del poder, unas prácticas acordes con lo que fue la centralidad del trabajo, y también deja atrás un imaginario revolucionario construido en torno a la gran insurrección del proletariado. Se configura un anarquismo más táctico que estratégico, más presentista que utópico, donde lo que importa es la subversión puntual, local, limitada, pero radical, de los dispositivos de dominación, y la creación aquí y ahora de prácticas y de espacios que anclan la revolución en el presente, transformando radicalmente las subjetividades de quienes las desarrollan. Lo que también caracteriza al anarquismo contemporáneo es un menor encapsulamiento en sí mismo, una mayor apertura a construir conjuntamente con otras tradiciones no específicamente anarquistas una serie de proyectos y de luchas comunes.

Señala que el anarquismo “es una cosa del hoy, aquí y ahora”. ¿En qué se concreta actualmente en nuestros barrios?

El anarquismo se ha involucrado en el intento de construir una realidad vecinal hecha de realizaciones concretas, como son las cooperativas de consumo, de producción, de educación, los CSOA, las librerías, las redes de economía alternativa. No hay que olvidar que la progresiva destrucción de la vida vecinal ha sido uno de los factores que han restado fuerza al anarquismo en la medida en que es precisamente en los barrios donde se pueden tejer relaciones transversales que cuestionan distintos dispositivos de dominación, y no sólo los que se sitúan en el ámbito laboral.

También hace referencia a los “guardianes del templo”, que pretenden un “anarquismo embalsamado”, como una amenaza para la pervivencia del anarquismo. ¿Quiénes son los ‘guardianes del templo’? ¿Qué anarquismo pretenden preservar contra la fuerza de los cambios?

Digo en el libro que estuve guerreando durante un tiempo contra los “guardianes del templo” y, en efecto, durante los años de mi militancia anarquista más intensa, es decir desde principios de los años sesenta hasta los ochenta, estos constituían un serio problema en el seno de los movimientos libertarios de Francia, de Italia, o de España, por citar tan solo los que mejor conozco. Su voluntad de preservar la pureza del anarquismo heredado, de evitar cualquier contaminación por ideas o por prácticas surgidas fuera de sus fronteras, su fe, casi religiosa, en la incuestionable superioridad del anarquismo, y su dedicación a la tarea de velar por la inmutabilidad de su esencia, les encerraban en un dogmatismo y en un sectarismo impropios de cualquier sensibilidad mínimamente anarquista. Las expulsiones, las descalificaciones, las escisiones, no eran, por aquel entonces, nada infrecuentes. Hoy la propia fuerza de los cambios ha vaciado de energía las proclividades sectarias y los “guardianes del templo” ya no representan ningún problema, aunque no está de más permanecer atentas a eventuales rebrotes de actitudes fundamentalistas.

¿Qué puede aportar el anarquismo a los movimientos sociales en la actualidad?

Mucho. El anarquismo puede hacerles beneficiar de la larga experiencia que ha acumulado con relación a unos modos de funcionamiento que estos movimientos están reinventando actualmente, pero que él viene practicando desde hace mucho tiempo: modos de debatir, de decidir, de actuar basados en la democracia directa, en la horizontalidad, en el respeto de las minorías, en la no delegación permanente, en la acción directa, etc. También puede fortalecerles en el recelo que ya manifiestan hacia el ejercicio del poder, o en su desconfianza hacia la figura política de la “representación”. Vale la pena recordar en este punto la manera en la que Michel Foucault denunciaba “la indignidad de hablar en el nombre de los demás”. En la medida en que la memoria histórica de innumerables luchas surgidas “desde abajo” ha sedimentado en el seno del anarquismo, y en la medida en que las experiencias y los saberes históricos ayudan a entender mejor el presente, es obvio que el anarquismo puede ser de gran utilidad para los movimientos emergentes. Por fin, el anarquismo también puede revelarse útil poniendo de manifiesto, de forma crítica, los errores que se han cometido bajo los pliegues de su propia bandera.

¿Y qué prácticas actuales de los movimientos sociales pueden inscribirse en los preceptos del anarquismo?

La horizontalidad, el modo de conducir los debates, de elaborar las propuestas y de tomar las decisiones, el acento puesto sobre el carácter “prefigurativo” que debe impregnar los contenidos y las formas de las luchas, es decir, la insistencia sobre la necesidad de que las prácticas que se desarrollan no contradigan los fines que se persiguen. También cabe mencionar la práctica de la acción directa y el escepticismo frente a las mediaciones, la crítica de la delegación y de la representación, o el rechazo del centralismo y del vanguardismo, sin olvidar la aversión hacia cualquier forma de dominación, etc.

¿Hubo anarquismo en la eclosión del 15M?

Lo hubo, por supuesto. Suscribo plenamente las palabras de Rafael Cid cuando se refiere a él como a una “inesperada primavera libertaria”. A partir del momento en que el único sujeto político legítimo fue la propia gente que estaba presente en las plazas y que estaba implicada en la lucha, al margen de cualquier instancia exterior a ella misma, ya estábamos de lleno en el corazón de los preceptos anarquistas. Si añadimos que el recelo hacia la representación se manifestaba con una fuerza impresionante, aun resaltan más nitidamente los rasgos libertarios que lo caracterizaban. Desde mi propia concepción del anarquismo, el hecho mismo de que no se aceptasen manifestaciones identitarias, aunque fuesen anarquistas, refuerza el carácter anarquista del 15M. Saber si hay anarquismo, hoy, en el 15M es algo que se me escapa por no haber seguido con la suficiente atención su evolución más reciente, pero intuyo que su carácter heterogéneo y polimorfo habrá sabido preservar enclaves de anarquismo.

¿Lo sucedido en Can Vies (en el barrio de Sants de Barcelona), en la que sus ocupantes, con los vecinos, han seguido trabajando al margen de lo que pudiera pretender el ayuntamiento (por ejemplo reconstruyendo el centro) refleja la pervivencia de las ideas anarquistas?

Más que la pervivencia de las ideas anarquistas, lo que refleja lo sucedido en Sants es el entronque, o la sintonía, entre algunas de las características del anarquismo por una parte, y el tipo de prácticas que se desarrollaron, y que se siguen desarrollando, en el conflicto de Can Vies, por otra. Sintonía también con la sensibilidad que manifiestan amplios sectores de los colectivos que protagonizan la actual insumisión de carácter social y político. Las asambleas abiertas, la negativa a negociar lo que se considera innegociable, el rechazo de cualquier pacto que implique participar en el sistema y someterse a su lógica, la fusión de lo existencial y de lo político, es decir la no separación entre la forma de vivir y de ser, por una parte, y las prácticas políticas por otra, la acción directa manifestada incluso en la decisión de no dejar en manos ajenas la reconstrucción del edificio, todo esto establece fuertes resonancias entre el anarquismo y lo sucedido en Can Vies. La pervivencia, o incluso, la actual pujanza del anarquismo barcelonés en el seno de algunos colectivos jóvenes se manifestó en los enfrentamientos nutridos, en parte, por las columnas que confluyeron hacia Sants desde diversos barrios.

En un pasaje del libro afirma que “luchar contra el Estado consiste también en cambiar las cosas ‘abajo’, en las prácticas locales”. En los últimos años han surgido diversas experiencias autogestionadas y movimientos sociales que, como la PAH, han ejercido de contrapoder al Estado. Si estas optan por la vía electoral, ¿corren peligro de perder su fuerza emancipadora?

Desde mi punto de vista ese peligro es evidente. La integración en el sistema, asumiendo algunas de sus prácticas y adquiriendo parcelas de poder, con el loable propósito de combatirlo y de transformarlo desde dentro, desactiva más pronto que tarde la fuerza de cualquier política emancipadora. No es que, como reza el consabido tópico, “el poder corrompe…”, sino que “para llegar al poder ya hay que estar corrompido”, es imposible de otra forma porque no hay camino hacia el poder que no implique prácticas más o menos torticeras, así como múltiples dejaciones y compromisos de mayor o menor calado. Por eso soy tan ferviente defensor del ejercicio del “contrapoder” como virulento crítico del “poder popular”. El hecho de reivindicar y de trabajar para consolidar este último conduce casi siempre a dar finalmente el salto hacia la vía electoral, y, claro, cabe preguntarse ¿qué pasa entonces con el clamor de que “no nos representan”, o con el legítimo grito de “que se vayan todos”?

En línea con lo anterior, si movimientos sociales y grupos con prácticas horizontales, asamblearias y autogestionarias, llegan al ‘poder’, toman las instituciones, ¿pueden llegar a perder estas características?

No es que puedan llegar a perderlas, es que las perderán sí o sí, inevitablemente. Nunca se “toma” el poder sino que es el poder quien “nos toma”, porque como bien decía Agustín García Calvo, “el enemigo está inscrito en la forma misma de sus armas”, usarlas es reconocer su victoria y adoptar su rostro. No es preciso haber estudiado mucha psicología ni mucha sociología para saber que la inmersión en un determinado contexto y el hecho de asumir sus prácticas incide sobre la forma de ser y de pensar de cualquiera que se preste a ello. Para poder auto justificar la propia conducta es preciso poner en consonancia las ideas asumidas hasta entonces como propias con las practicas efectivamente realizadas, ignorando la indesligable simbiosis entre ideas y prácticas propugnada por el anarquismo, y olvidando aquella famosa pintada en los muros del Paris de 1968 que decía: “Actúa como piensas o acabaras pensando como actúas” . Un movimiento como el que mencionas en tu pregunta no intentaría nunca dar el salto hacia la conquista del poder si estuviese animado por la profunda convicción de que nunca ningún ejercicio de poder conseguirá engendrar un espacio de libertad.

19 mayo, 2015

El pluralismo cultural es una mentira

 Agustín García Calvo
Entrevistado por Cuaderno de Materiales


Bien, voy a recoger lo que en cada una de las preguntas parece traducible al lenguaje corriente y moliente, que es para mí el lenguaje de verdad, por oposición a las jergas políticas, filosóficas y demás, que no están hechas más que para el engaño todas ellas. De manera que, como me he enterado un poco de las cuestiones que tocáis, voy a intentar ir traduciendo al lenguaje vulgar, al lenguaje corriente y moliente, y no respondiendo tal vez a todo, pero sí a la mayor parte de esas cuestiones.

En lo referente al enunciado mismo de «pluralismo cultural», o simplemente del término «culturas» empleado en plural: esto es ya un engaño de raíz. El pluralismo cultural es una mentira, es una realidad; pero estas dos formulaciones que empleo no os deben chocar, porque la realidad es esencialmente mentira, esencialmente falsa. De manera que puedo decir muy bien que la verdad es que no hay más que una cultura, que por tanto, el pluralismo cultural es una mentira. Es una mentira real porque, efectivamente, si alguien me habla de la cultura bantú o de la cultura papú, yo sé que eso tiene su sitio en esta realidad. Es decir, sea en los museos, sea en los libros acerca de culturas africanas o polinesias, en el recuerdo de los exploradores del siglo pasado, en viajes incluso organizados para el conocimiento de esas culturas como parte del Ministerio de Turismo... de manera que están en la realidad. Pero claro, ya se ve que esto es mentira. Puede haber unas cuantas culturas, pero de verdad no hay más que una: no hay más que una que es ésta. Hay muchas maneras de comprobar la exactitud de esto, por ejemplo: la realidad está fundada esencialmente en el tiempo, en el manejo de un tiempo computado. Bueno, pues ya sabéis que la manera de contar este tiempo se ajusta en todo el globo al cómputo de los años y siglos a partir del nacimiento de Cristo, y esto desde Tokio pasando por los papúes y los bantúes hasta llegar acá de vuelta. El final del año y el comienzo de otro se celebra en todos los sitios del globo de la misma manera, es decir, según lo que está mandado desde aquí. La institución de la semana (esta institución fundada lejanamente en la creación del mundo por Jehová en el seno de este mundo) es igualmente común, incontestable en cualquier parte donde se presente. De manera que si hicieran falta pruebas más tremendas y catastróficas, apenas se podrían encontrar.

Efectivamente había restos, de los que tenemos noticia, de otras maneras de contar el tiempo, otros calendarios, otras maneras de empezar y terminar los años, otras maneras de contar los siglos, muchas de las cuales siguen subsistiendo por ahí vergonzantemente. Vergonzantemente, es decir, disimulando la sumisión a la verdad de esta invasión del tiempo de la cultura única por todas partes. Esto es, por tanto, lo primero que hay que ver con claridad, yo creo, para evitarse muchos discursos respecto a las diversas culturas y a la relación con la que unas veces se llama occidental, otras europea... da lo mismo: la única. Esta es la situación en la que estamos. Todas las otras culturas forman parte de ésta, y forman parte de ésta a través de la descripción científica, a través de la organización de museos, a través de la recogida del folklore; y forman parte de ésta precisamente para disimular esta invasión global y esta unicidad. Porque la realidad es así: nunca puede presentar descaradamente su cara verdadera (en este caso la de la invasión global), tiene que presentar la disimulada con cosas más o menos multicolores y diversas. Pero, por supuesto, a mí si me hablan de cultura popular me lanzo enseguida a ver en cual de los Ministerios del Estado del Bienestar se encuentra catalogada y situada la cultura popular. Si me hablan de cultura bantú o cultura papú, hago lo mismo: busco a ver en que página del anuario y del índice de los tratados científicos se encuentran la cultura papú o la cultura bantú.

A algunas de estas cosas hacéis alusión en vuestras preguntas de una manera, por desgracia, más culta, y por tanto más confusa, hablando de la competencia entre lo cultural y lo gnoseológico, y sugiriendo que sí puede haber una visión del mundo que es prepotente sobre las demás. Todo esto lo habéis sentido y expresado hasta cierto punto, pero es confuso y flojo. No es que sea prepotente y que no respete a las otras culturas: por el contrario, las respeta mucho. A través de eso, de la recogida del folklore y del cuidado por la apariencia de la diversidad cultural... Simplemente es mentira, es que cultura no hay más que una. Seguramente tenéis la tentación de emplear la palabra cultura de una manera muy benévola a través de vuestra argumentación. Hay que recordar una táctica que a otros propósitos he recordado muchas veces: cuando el poder se hace cargo de una palabra (que es lo mismo que una noción), lo mejor que puede hacer la gente de abajo es abandonársela al poder, no empeñarse en conservarle un buen sentido. Si el poder se ha apoderado de la palabra cultura, lo cual es evidente (en todo el Estado del Bienestar hay más o menos Ministerios de Cultura y demás), entonces, hay que dejársela a ellos. Y a las otras cosas que puedan quedar por debajo vivas todavía, a pesar de la cultura, pues no llamarlas cultura: llamarlas cualquier cosa, no llamarlas nada, que se hagan... pero cultura es la que ellos dicen, la que se dice en los libros editados para el perpetuo engaño y en los Ministerios de Cultura y demás.

Y es respecto a ella, respecto a la que digo que no hay más que una. Y que todo lo demás son intentos (a parte del disimulo que ya he explicado un poco) para conseguir que todo lo que pudiera quedar de vivo en danzas, en canciones, en pensamientos, en visiones del mundo diferentes de la cultura dominante, quede reducido al modelo y a los esquemas de la cultura.


Bueno, si os parece pasaré un poco a recordaros de donde viene esta unicidad, esta especie de monoteísmo cultural. Para ello tengo que recurrir a mis, no recuerdos, porque mi vida es muy breve, sino a mis recuerdos de la historia que me han contado desde pequeño, intentando, en esto como en lo demás, aprovecharlos y por otra parte darles la vuelta. Esta unicidad y esta tendencia a la uniformación cultural es algo que viene desde la primera formación de la que tenemos noticia cierta, que es la de los antiguos griegos. Surgió esa cultura, que es simplemente la nuestra desarrollada, en medio de otras muchas cosas (lo que acabó relegándose como Oriente), en la medida en que los helenos dieron en creerse que su lengua era la lengua, y que por tanto su cultura era la cultura, y se olvidaban de todo lo que habían recogido alrededor. Este dominio, en tiempos de Sócrates o de Pericles, era todavía muy imperfecto, pero ya vinieron enseguida los príncipes macedonios, que eran un poco forasteros y estaban perfectamente helenizados, y se encargaron de conquistar el mundo (conquistarlo no sólo con las armas, sino con la cultura, que era ya la única). Así se creó todo el mundo helenístico, como suele llamársele. Y eso era el mundo: lo ecúmene, lo habitado, lo cultural. Todo el resto eran bárbaros, gente que no hablaba la lengua que hay que hablar y que no podían esperar otro destino más que el que se les conquistara y, por tanto, entrar a formar parte del mismo esquema cultural. La vocación estaba ya muy clara, sobre todo desde los tiempos de Alejandro Magno.

Después, como sabéis, vino el Imperio Romano, y una cierta competencia por quién se iba a hacer cargo de la unificación, sobre todo con el intento de los orientales pasados a Occidente (es decir, Cartago), prestos a encargarse del mismo oficio. Pero Roma triunfó. Tenía que ser una la que triunfara y se fundó el Imperio Romano, para muchos siglos de paz, de muerte (que es a lo que suele llamarse paz). Bueno, pues el Imperio Romano fue el modelo de la cultura única, y se reprodujo el mismo esquema con apenas variantes. Así, a esta cultura única que hoy tenemos se la puede llamar griega, greco-romana, se la puede llamar europea o se la puede llamar occidental: cualquiera de los nombres es bastante inútil. Esta cultura, cuyo modelo en el Imperio Romano os he recordado, vino desde los Renacimientos en adelante a configurarse más o menos como Europa. Una Europa relativamente policroma y diversificada todavía, pero unificada, sobre todo, por el empleo de una lengua de cultura escrita única, que era el latín hasta bien avanzados los Renacimientos (el latín medieval, del cual todas las lenguas vulgares tendrían que sufrir la influencia). Y así se constituyó Europa, que únicamente progresó en el sentido que decía cuando se convirtió en una Europa de los Estados (España, Francia, Gran Bretaña...), que era el modelo político que el mundo necesitaba. El paso siguiente lo recordáis bien: es la Europa colonial, es Europa rodeada de todas las colonias de estos Estados fundados en su seno.

Este es el esquema que, más o menos, duraba hasta hace un par de siglos, donde ya el intento de unificación y de sumisión de todo a lo mismo estaba lo bastante claro. En el Estado del Bienestar la cosa ha progresado, en el sentido de que ha dado la vuelta al globo; y por eso aquello que todavía el siglo pasado a lo mejor tenía algún sentido llamar occidental, hoy ya no lo tiene. Porque, ¿qué vamos a hacer? A no ser que colocáramos los centros culturales de Kioto o Tokio muy muy al Occidente para mantener el nombre, de tal forma que entonces nos empeñáramos en mantener eso... Luego tendríamos que incluir a los chinos, que los pobres están entrando bajo el aro de una manera no sólo declarada, sino además cada vez más rápida, como está mandado. De manera que después de recordaros que la vocación de esto arranca desde que nuestros recuerdos históricos se hacen relativamente firmes, tenéis cómo se ha llegado a esta invasión: el procedimiento es la asimilación de todo, cualquier cosa diversa tiene que hacerse la misma, manteniendo, como os decía antes, algo de la apariencia y diversidad, precisamente para que la unidad quede más definida.

En una de vuestras preguntas ampliáis la cuestión del ámbito, que podría llamarse propiamente cultural, donde se supone que se encerrarían desde las filosofías del mundo, de la gnosis, de la visión del mundo, a las músicas, las artes plásticas, y todo el resto de lo que suele regir un Ministerio de la Cultura, para extenderlo también a lo económico. Está muy bien que hayáis hecho ese salto, pero conviene verlo también con claridad: en el Estado del Bienestar, éste que estoy describiendo como una única cultura, la diferencia entre la economía y la cultura es de por sí también engañosa. Todo el mundo sabe que en este Estado del Bienestar (al cual más de una vez he descrito como prostituto, como un Estado de la prostitución) no hay mucho lugar a la diferencia. Todo el mundo sabe que la cultura es dinero, de una manera o de otra. Todo el mundo sabe el juego que la economía cumple en los cuadros. Todo el mundo conoce a los potentados norteamericanos, o más bien ahora japoneses, comprando cuadros de impresionistas del siglo pasado para encerrarlos como inversión en sus cajas fuertes, por poner un ejemplo entre otros muchos: es dinero, la firma es dinero en la medida que el comercio la promociona; y todo el resto de la cultura es dinero igualmente, mueve capital que es de lo que se trata, de manera que la economía escultura. En realidad he mostrado que la cultura es economía pero, por supuesto, esta relación dialéctica tiene que cumplir en los dos sentidos: la economía es cultura. ¿De qué cosa se habla más y se discurre más que de los movimientos de capital?, ¿qué cosa entretiene más que las páginas de los escándalos financieros en los Estados del Bienestar? Eso es cultura. Es cultura porque he llamado cultura a lo que se debe, a lo que ellos mandan, de manera que cultura es la televisión, cultura es la prensa sumisa, cultura es la edición de la mayoría de los escritos (lo mismo de orden artístico que de orden filosófico o científico), y todo ello, por supuesto, está incorporado a la economía sin la menor duda.

No es que esta relación entre el poder y la cultura sea nueva, es que, como en todo lo demás, se ha perfeccionado, ha llegado a su extremo. Cuando uno trata de imaginar la prehistoria, uno imagina ya, junto al reyezuelo de la tribu, siempre al mago, al Ministro de la Cultura. Porque claro, esta relación no ha hecho sino perfeccionarse hasta la unificación. De manera que, no sólo es que las culturas del sudeste asiático, del centro africano y de los restos de indios americanos sean simplemente una parte de ésta y de sus Ministerios, sino que también, los varios Ministerios en el Estado del Bienestar son, a su vez, una diversidad que sólo se mantiene para entretener. Todos los Ministerios no son más que uno, que es el Ministerio que se puede llamar de la Economía y la Cultura (tratando de confundir los dos términos, porque no sólo la cultura es economía sino que la economía es cultura), de manera que cuando antes, recordando un recuerdo de la historia, os he presentado la invasión desde el centro sobre los bárbaros, y os he hablado de las armas y de las letras, pues esto tenéis que aplicarlo al resto de la evolución. La invasión es siempre al mismo tiempo una invasión militar (que no quiere decir otra cosa que económica, porque la política está al servicio del dinero y de su desarrollo). Al mismo tiempo militar y al mismo tiempo cultural. Esto debe haceros parar un momento a pensar en el inmenso poder económico y militar de la cultura. No en vano, en el Estado del Bienestar, en todos los Estados bien desarrollados, no hay un Ministerio que se pueda comparar en poder, en el manejo de millones, que el Ministerio de la Cultura, con la educación y todo lo demás. Cuando Alejandro o Julio César conquistan, yendo sobre los bárbaros, están como siempre llevando un gramático-filósofo al lado, que es el que se va a encargar de verdaderamente establecer esa asimilación de todo lo diverso y esa sumisión a lo mismo.

De manera que esto puede que os ayude, no sé si a aclarar, pero a no engañarse demasiado en el planteamiento de las relaciones entre el dominio económico y el dominio cultural. Fijaros bien en los últimos restos de otros pueblos que pudieran haber habido en cualquier isla perdida de la Polinesia, en cualquier rincón de una selva de Centroamérica o del centro de África: no les queda ya más que una condena, una promesa de un futuro inevitable, que es el quedar incorporados a esta cultura única. ¿Cómo se cumple esta condena de los últimos restos de pueblos que pudiera haber por el mundo? Pues se cumple, especialmente, a través de los medios culturales, a través de la televisión, que es lo primero que se lanza hacia ese rincón de la selva. Es decir, que se engendra un ideal incluso en los muchachos y en las mujeres de estos restos de pueblo. Se engendra lo primero un ideal, que es aspirar a la democracia, al confort de los bienes de consumo; cualquier tontería de esas, pero que, en cuanto ideal, está actuando ya allí mismo, y está sirviendo para que efectivamente, después, que lleguen los militares y los banqueros sea casi como levantar acta. En realidad, la asimilación estaba cumplida en el momento en que allí ya había penetrado este ideal y estafa única.


Es importante también, respondiendo otra de las cuestiones, volver a preguntarnos ahora cuáles son las actitudes que la cultura griega, greco-romana, europea, occidental, ha tenido para convertirse en eso: en la única, en la invasora del globo. Habría que evitar decir muchas de las tonterías que dicen los libros respecto a caracteres de esta cultura frente a las otras porque, si uno plantea la cosa así, ya se está equivocando. Pienso que es mucho más verdadero intentar plantearlo de otra manera. La fuerza de esta cultura, desde los antiguos hasta la actualidad, es de orden paradójico, lo que ha hecho que sea la más fuerte y la invasora, y haya llegado a conquistar los cuerpos y las mentes del mundo entero: es que era (como a lo mejor os dicen en algunos de vuestros libros) más flexible que cualesquiera otras. Ya los griegos antiguos eran, en cierto sentido, más flexibles que los babilonios, que los asirios y que el resto de los pueblos, como los egipcios incluso y, desde luego, los europeos eran más flexibles que los chinos y que cualquier otra cultura más o menos dominada por la magia o por las fes primitivas. Y así ha seguido siendo, y es en eso que he llamado provisionalmente flexibilidad en donde veo que, de manera paradójica, está la fuerza.

Voy a intentar aclarar eso de la flexibilidad. Esta condición quiere decir la capacidad para volverse sobre sí mismo, contra sí mismo. Y ésta es la paradoja que quería presentaros ahora. De forma que está claro que, si por ejemplo, España desde el Imperio para acá es algo esencialmente desgraciado, sometido a la idiocia, a la fe ciega, por eso se ha impuesto. Hay que decir que, sin embargo, en la entraña de ese poder estaba una cierta capacidad de mucha gente por acá para insultar a España, maldecir de España, y descubrir a cada paso todos los males que le venían encima. Hasta que se acabó de derrumbar el Imperio duró una cierta capacidad de mucha gente para desechar la mentira (la mentira del Imperio, del poder). Estos hombres, que tratan de reducir la historia bajo esa fecha, parece que se distinguieron bastante en ese sentido: saber maldecir de España, es decir, descubrir de alguna manera la mentira. La capacidad para maldecir de su poder y descubrir la mentira que oprime a una cantidad de gente, por no hablar de un pueblo, es lo que paradójicamente viene a convertirse en una fuerza, en la medida que el poder lo asimila para extenderse en forma de Imperio o de otra manera cualquiera. Esto tal vez en los antiguos griegos se ve más de cerca. Al mismo tiempo que la aspiración a la hegemonía (por ejemplo, de los atenienses), al poderío militar de Esparta, a la ya universalidad de Alejandro y demás, estaba latiendo siempre, por lo bajo, entre gente de nombre y entre gente sin nombre, una especie de capacidad para reírse de todo aquello, una especie de capacidad para descubrir la mentira. Diógenes Laercio recuerda a Diógenes el Cínico con aquella petición de «¡que no me quites el sol!». Frente a toda la idea del poderío de la importancia de hacer historia que en Alejandro Magno estaba representado está, por ejemplo, un Cínico que es capaz de reírse de todo aquello; es decir, descubrir por lo bajo su mentira y decir: «de momento a mí... que te quites de ahí, que no me quites el sol». Ahí está la paradoja, es eso lo que una vez asimilado por el poder, asimilado desde arriba, se convierte en una fuerza incomparable.

De manera que ahora mismo, aquí, en este aula, metidos en un rincón de la Sociedad del Bienestar, estamos en la misma situación paradójica: os estoy hablando contra ello, y vosotros, ya antes de venir aquí, estabais, como es evidente por vuestras preguntas, pensando y sintiendo contra ello, contra esta invasión de la cultura única. Bueno, esto lo hacemos gracias a que seguimos heredando por acá abajo, de vez en cuando, esta capacidad para volverse contra uno mismo, para denunciar la mentira de uno mismo. Al mismo tiempo, estamos preparados para saber que esto es lo que en cualquier momento puede traducirse en una fuerza militar y económica incomparable con cualquiera otra. No hay por qué ocultárselo, así ha sucedido una y otra vez, y así puede suceder en cualquier momento.¿Qué es efectivamente lo que hace, en este momento, el inmenso poder del Estado del Bienestar?, ¿el que lo extiende por todas partes, el que hace jugar al globo entero en esta especie de ciclo económico cultural, representado por la red informática universal?, ¿lo que, hasta los últimos rincones que puedan quedar por ahí, lleva este ideal como una aspiración que se presenta como la única posible para cualquier resto de salvaje o de desconocido que por ahí quede? ¿Qué es lo que lo hace? Pues que seguimos siendo muchos los que somos capaces de sentir la mentira de esto y decirlo, con más o menos habilidades. Triste, a lo mejor, pero fijaros bien: si la cultura se redujera solamente a la cultura oficial (es decir, la que os ofrecen la televisión y la prensa sumisa y la inmensa mayoría de los libros, no sólo de novelistas sino de filósofos, científicos y demás) correría el terrible peligro de resultar tan aburrido, tan repetitivo, que no habría ya Cristo que lo aguantara y, por tanto, perdería justamente su fuerza de imponerse. Es verdad que la gente, por desgracia, aguanta mucho: sigue viendo las mismas idioteces en la televisión todos los días, sigue comprándose un libro tras otro de gentes, de artistos o pensadores o poetos que les van a decir lo mismo. Pero se supone desde ahí arriba que no tanto, que si toda la cultura consistiera en lo que mayoritariamente consiste, que es en la imposición de la idiotez, en la imposición de la fe (la fe en el dinero, en el poder, en que la realidad es la realidad y ya no hay más), correría el peligro de no ser lo bastante eficaz. Entonces ya veis, cosa tan triste: vosotros sois la sal de la tierra. Tiene que haber algunos que de verdad sintamos y de verdad pensemos un poco, de vez en cuando. Que a pesar de todo digamos cosas que intenten ser de verdad, por tanto, que inevitablemente sean una denuncia de la cultura impuesta. Seguimos habiendo muchos, bastantes, de los que no están del todo conformados, pues todavía nos permitimos seguir sintiendo algo de esa mentira y hasta diciéndola con más o menos habilidad. Por un lado, nos revolvemos contra esta imposición de la mentira universal, por otro lado estamos dentro de la cultura (estamos en un aula de un centro del Estado del Bienestar), y al hacerle todo el mal que podemos, al denunciar lo más claramente su mentira, estamos haciéndole el mayor bien, dándole las mayores fuerzas, porque sólo gracias a eso puede evitar que la fe impuesta sea un aburrimiento: tiene que pensarse que hay diversidad.


El Estado del Bienestar, la forma más perfecta de sumisión del pueblo que conocemos, que es la democracia desarrollada, cuenta por supuesto con la diversidad. ¿La cultural de la que hemos hablado? Sí, pero sobre todo, la diversidad de la cultura de cada uno de vosotros. Éste es el punto grave. No es sólo que se os quiera hacer creer que hay una cultura bantú y una cultura papú, es que se os quiere hacer creer que hay una cultura tuya, de fulano y de mengano, es decir, que cada uno tiene su gnosis, o como ellos dicen, su ideología (que en definitiva es lo que los políticos suelen llamar opinión, la opinión personal). El régimen pesa sobre nosotros, mata al pueblo, sobre todo por este procedimiento, el de creer que cada uno sabe lo que sabe, tiene su cultura, tiene una opinión personal, tiene una fe y una creencia que le es propia y casi constitutiva. Sólo sobre esto puede mantenerse, porque si no, rápidamente veis que ni los supermercados, ni las votaciones de los políticos podrían funcionar. Esta es la diversidad con la que el régimen cuenta, pero dentro de esta diversidad está esta otra diversidad en la que os había querido hacer parar mientes, la diversidad que consiste no en una opinión personal entre las opiniones personales, sino en la subsistencia de algo común, de algo del pueblo que es capaz todavía de sentir y de denunciar la mentira de la cultura y volverse en bloque sobre la mentira de la cultura. Esto, desde luego, es una diversidad que no es como las otras, no se trata de mi opinión: nada de lo que os he dicho es mi opinión personal, no es más que sentimientos y recuerdos que me vienen de abajo. No se trata de opiniones: es una manifestación de que, a pesar de todo lo dicho, el régimen no ha llegado a una perfección totalmente cerrada, y quedan siempre resquebrajaduras y posibilidades de que podamos sentir y pensar un poco en común, no personalmente, sino en común.

Entonces, ¿qué pasa con esto que estáis haciendo, con esto que he estado haciendo este rato mientras os hablaba? Bueno, pues se abre, efectivamente, o un destino, o una falta de destino: el destino es que aquéllo se convierta en una opinión personal («¡hombre, las teorías de fulanito!»). Entonces, la asimilación cultural es ya perfecta, aquéllo que había de más vivo, de más común, ha quedado inutilizado y asimilado a la cultura, y de esto es de lo que la cultura saca el principal poder. Lo otro es la siempre posible falta de destino: que no quede, a pesar de todo, asimilado, y que siga efectivamente denunciando esta imposición universal de un modelo único de pensamiento y de sentimiento. De manera que a este juego es al que estamos jugando, y a esta situación paradójica nos arriesgamos... me arriesgo. Y yo creo que, cuanto más a sabiendas nos demos cuenta de cómo es este juego, de ambiguo y de peligroso, pues mejor o, por lo menos, menos mal.

CRAVAN EDITORES http://www.contranatura.org