25 marzo, 2020

● Pandemia COVID-19 ● Antonio Lazcano Araujo ●





Contra el IRRACIONALISMO: en defensa de la CIENCIA


Solidaridad Obrera 15/03/20

Secretario de Acción Criminal

Es extraño que, dentro de la tradición sindicalista revolucionaria, a la que pertenece nuestra organización, tengamos que poner este tema sobre la palestra. No obstante, no es la primera vez que el irracionalismo se cuela por la puerta de atrás. El ejemplo más claro de esto fue esa tendencia del sindicalismo revolucionario francés conocida como sorelismo que acabó derivando en el fascismo a principios del pasado siglo [1]. Este tipo de “sindicalistas” eran, no obstante, una minoría de intelectuales ajenos a la clase trabajadora. El grueso del movimiento dio gran importancia a la divulgación científica, ya desde las Bolsas de Trabajo promovidas por Fernand Pelloutier[2]. También en la historia del anarcosindicalismo español se ha dado mucha importancia a la ciencia. La Escuela Moderna de Ferrer y Guardia, que quería sustituir la fe por el conocimiento científico, ilustra el hecho. Esta línea se mantuvo indiscutida hasta prácticamente acabado el pasado siglo, cuando desde aquel acontecimiento, inmerecidamente calificado de revolucionario, conocido como mayo del 68, los ataques a la ciencia fueron haciéndose cada vez más agresivos.

Nuestros actuales irracionalistas, los postmodernos, parecen a todas luces inofensivos[3]. Pero nada más lejos de la realidad: representan un verdadero peligro. Pretenden reducir el conocimiento científico a un discurso más al nivel de la magia o la religión; paradójicamente pretenden convertir sus opiniones –cargadas de sofismas– en verdad absoluta, en el discurso hegemónico que tanto critican. En este artículo reflexionaremos precisamente sobre ciencia.

Por “ciencia” entendemos fundamentalmente un método para la obtención del conocimiento, para lo cual se recurre generalmente a la observación y la experimentación; también para referirnos a un tipo de conocimiento –cuyo objeto es la naturaleza– que se considera verdadero y objetivo. El método científico se caracteriza por su replicabilidad: diferentes individuos pueden obtener los mismos resultados si siguen el mismo proceso. La estrategia científica se inicia con el establecimiento de una serie de hipótesis (no verdades absolutas), a lo que sigue una recogida de datos, un posterior análisis de los resultados, una discusión y una emisión de conclusiones. Además de la descripción de fenómenos, se busca establecer leyes y teorías para explicarlos e incluso predecirlos.

REFLEXIONANDO SOBRE LA CIENCIA: FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

La llamada filosofía de la ciencia es la disciplina que tiene por objeto de estudio la ciencia misma; se inició oficialmente con la creación del Círculo de Viena (1921–1936), que representó la corriente conocida como positivismo lógico, corriente que en realidad dominó hasta la década de los sesenta. Dentro del positivismo lógico destacaron personalidades como Moritz Schlick, Rudolf Carnap, Otto Neurath, Hans Hahn, Hans Reichenbach o Carl Hempel. Recogiendo la tradición empirista de Hume y positivista de Comte, se centraron en los fundamentos lógicos de la ciencia, teorizando sobre el llamado criterio empirista del significado. Las proposiciones protocolares –por ejemplo, “el cisne es blanco”– hacían referencia a hechos concretos, que podían verificarse o confirmarse. Mediante la inducción se llegaba de hechos particulares a proposiciones generales como leyes o teorías (“todos los cisnes son blancos”). Renegaban de la metafísica considerando que estaba formada por proposiciones sin significado real o pseudoproposiciones; simples confusiones del lenguaje (por ejemplo, “Dios existe”). El positivismo lógico utilizó el llamado lenguaje fisicalista, considerando que las demás ciencias podían ser reducidas a proposiciones físicas, siendo posible así la unificación de la ciencia. Defendieron además una visión del progreso científico acumulativa (de menos a más). Esta corriente fue atacada por aspectos como reducirlo todo a proposiciones, su verificacionismo o su inductivismo.

El falsacionismo, cuyo máximo exponente fue Karl Popper, levantó el vuelo durante la década de los sesenta. Con esta corriente tenemos un nuevo criterio de demarcación, opuesto al verificacionismo del positivismo lógico, mediante el cual se pueden establecer los límites de la ciencia, y diferenciarla de la pseudociencia. Las teorías sustituyen a las proposiciones protocolares como elemento de análisis. Popper cuestionó el principio de inducción razonando que mediante un número finito de observaciones nunca podíamos llegar a un enunciado universalmente válido. La simple observación de un hecho contrario (un cisne negro) desplomaría el enunciado. Esto se llama modus tollens; argumento según el cual podemos derivar de ciertos enunciados singulares la falsedad de enunciados universales. No podemos demostrar que “todos los cisnes son blancos”, pero sí refutar el enunciado encontrando un cisne negro. Desde el falsacionismo se sostiene que nunca alcanzamos la verdad, sino que solamente nos aproximamos a ella mediante hipótesis. Aunque parece contrario al sentido común, una teoría científica debe tener falsadores potenciales –la pseudociencia no suele tenerlos, argumentando ad hoc en muchas ocasiones–, enunciados contradictorios con la teoría que la hagan falsable. Las teorías que mejor resisten a la contrastación con la experiencia serían las más verosímiles.

Imre Lakatos fue otro de los defensores del falsacionismo, aunque con algunas modificaciones. Según éste las teorías no eran refutadas mediante la observación sino simplemente reemplazadas por teorías rivales que tenían mejores características. Lakatos habló de los programas de investigación, dentro de los cuales se producía una sucesión de teorías. Muchas anomalías que contradicen las teorías se pasan por alto en la realidad científica cotidiana, como ilustra este autor. A parte del falsacionismo existieron otras concepciones menos conocidas como la concepción estructural (Patrick Suppes) o la concepción semántica (Suppe, Van Fraasen y Giere), en las que no vamos a entrar.

LA REACCIÓN IRRACIONALISTA CONTRA LA CIENCIA: EL “ANARQUISMO” EPISTEMOLÓGICO

Thomas Kuhn fue uno de los primeros filósofos de la ciencia en criticar la concepción acumulativa del progreso científico, común tanto al positivismo lógico como al falsacionismo. Introdujo la noción de paradigma (por ejemplo, la mecánica newtoniana), que no es más que una visión del mundo compartida por una determinada comunidad científica. En la práctica científica, según Kuhn, los científicos no intentan refutar teorías, y lo que ocurre en determinadas disciplinas es que se imponen nuevos paradigmas tras lo que se conoce como revolución científica. No tienen porque ser ni mejores ni peores; simplemente se imponen. Sería imposible desde esta perspectiva comparar unas teorías con otras (la llamada inconmensurabilidad entre teorías). Aun así, Kuhn valoraba la ciencia por encima de, por ejemplo, la magia o la religión.

Finalmente llegamos a Paul Feyerabend, una figura que entronca directamente con la tradición postmoderna. El hecho de que este autor hablara de anarquismo epistemológico/metodológico ha servido para seducir a muchos incautos. En realidad, Feyerabend era políticamente un liberal, y ante las confusiones acabó finalmente hablando de dadaísmo epistemológico/metodológico. Atacó cualquier tipo de racionalismo, manteniendo que no existían argumentos racionales posibles para diferenciar la superioridad de la ciencia sobre por ejemplo el mito o el arte. Defendió la regla o principio metodológico del “todo vale”. El conocimiento científico quedaría reducido al rango de simple creencia, y las teorías degenerarían siempre en ideologías. A los ataques de Feyerabend se sumaron el reduccionismo sociologicista de personajes como Barnes o David Bloor, que repitieron la cantinela postmoderna de que “todo es una construcción social”, incluyendo los hechos mismos, cosa que irónicamente quita cualquier validez a sus propios análisis al carecer de base alguna donde sustentarse. ¿Fin del recorrido histórico? Aquí sí han pretendido ver un progreso –y una verdad absoluta– nuestros postmodernos, y tener la última palabra. Veremos, no obstante, que se equivocan.

CONCLUSIÓN: EL MOVIMIENTO SE DEMUESTRA ANDANDO

Todas estas reflexiones dentro de la filosofía de la ciencia –desde los positivistas lógicos al irracionalismo de Feyerabend– se han centrado únicamente en un aspecto: la fundamentación racional o justificación del conocimiento científico (lo que se conoce como epistemología). El juego retórico o verbal. Pero se ha perdido de vista que la ciencia tiene un aspecto más destacable: el práctico; su capacidad de transformar el mundo. Esto se concreta perfectamente en la tecnología. Sirviéndonos de argumentos puramente pragmáticos podemos afirmar cosas como la existencia de un mundo objetivo, sin perdernos en retorcidos razonamientos sobre la naturaleza de la realidad (ontología). Los científicos no se pasan todo el día hablando, sino que hacen cosas (en el laboratorio o donde corresponda). Por mucho que digan nuestros postmodernos, si un centenar de sujetos replican el mismo experimento y obtienen el mismo resultado, la teoría defendida tiene mucha más validez –y objetividad– que todas sus “teorías” de postal. Es más, ¿a qué no vais al chamán, sino al médico, cuando presentáis los síntomas de la gripe (o los del coronavirus)? Pues esto también es una aplicación de la ciencia, una de sus consecuencias. Si afirmáis por otra parte que no puede conocerse la verdad ni acercarse a ella, lo mejor que podéis hacer es esto: la epojé (ἐποχή) o suspensión del juicio, una forma sutil de deciros que os calléis y dejéis de dar la brasa. Si nada tuviese veracidad, vuestros discursos… aún menos.

En el mundo real seguiremos con lo nuestro, ya que estas personas no proponen nada mejor, sólo juegos de palabras, y la ciencia ha mostrado ser mucho más útil que cualquiera de sus panfletos irracionalistas. A estos postmodernos, que cuestionan la ciencia, queremos invitarles finalmente a “contrastar” una ley muy conocida: la ley de la gravedad. ¿Cómo? Saltando por la ventana. Me imagino que toda vuestra charlatanería irracionalista y pseudocientífica se verá acallada ante la visión de vuestros sesos desparramados sobre el asfalto. ¿Verdad?. Recordad que el movimiento se demuestra andando, y no nos hagáis perder el tiempo con retórica sofista.

Notas


[1] Se puede consultar a este respecto "La trampa del nacionalismo: sindicalismo revolucionario y fascismo" en Solidaridad Obrera: 
primera  parte 

[2] Para más información sobre el sindicalismo revolucionario francés tienes un artículo en Solidaridad Obrera al respecto: https://lasoli.cnt.cat/2019/04/11/internacional-el-sindicalisme-revolucionari-frances/

[3] Sobre posmodernismo tienes publicado en Solidaridad Obrera: https://lasoli.cnt.cat/2019/10/21/cultura-ciencia-pseudociencia-i-postmodernisme-i-introduccio/

Referencias

Chalmers, A. (1987). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?. Siglo XX de España Editores, S.A: Madrid.

Echeverría, J. (1989). Introducción a la Metodología de la Ciencia: la Filosofía de la Ciencia en el siglo XX. Barcanova: Barcelona. 

* Foto de Paul Feyerabend
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Qué... ¿nos comprendéis ahora?



22 marzo, 2020

Una bofetada de realidad — Juan Gabalaui



Foto de @gabalaui.

A las crisis no les gustan las florituras. Hacen visible lo superfluo y resaltan lo imprescindible. La actual pandemia del COVID-19 convierte las reivindicaciones neoliberales en simple cháchara, alejada de la realidad y del bien común, y desvela lo que era evidente. En una situación de crisis sanitaria lo único importante es que el sistema sanitario esté preparado para abordarla. Esto implica que uno no aborda las crisis sino que se prepara previamente para este abordaje. La OMS ha advertido de la posibilidad de epidemias mundiales desde hace décadas pero las tesis neoliberales, basadas en el recorte de costes y el aumento de beneficios, han ido erosionando la capacidad de los servicios públicos en los países occidentales para enfrentarse a situaciones de riesgo sanitario. En el mundo feliz occidental estas epidemias eran cosa de otros países y nuestra mayor preocupación estaba en las cotizaciones de la bolsa.

Es muy probable que a nivel personal la vivencia de una situación tan crítica, que ha dado la vuelta a nuestras rutinas y modo de vida, nos haga más conscientes sobre el riesgo real de sufrir epidemias [y añadiría otras catástrofes naturales relacionadas con el cambio climático], y nos obligue, al igual que al sistema sanitario, a adoptar medidas de prevención y prepararnos para el futuro. Pero, desgraciadamente, dudo que esto nos sirva como sociedad para que reflexionemos, cuestionemos y modifiquemos un sistema económico que, hace tiempo, nos transformó en consumidores o clientes. Me baso en que la excepcionalidad que vivimos es exclusivamente propia de los países occidentales. En aquellos países que han vivido epidemias nada cambió excepto que están mejor preparados para afrontarlas. Hong Kong sufrió el síndrome respiratorio agudo severo (SARS) en el año 2002, con cuarentenas, confinamientos y medidas de prevención extremas, y posteriormente siguió siendo la megalópolis ultracapitalista que era.

En los países occidentales nos habíamos olvidado de la letalidad de las epidemias. El COVID-19 es una bofetada de realidad. Nos obliga a salir del mundo ficticio acomodado y mirar de frente a la posibilidad de morir casi sin darnos cuenta. La sensación de irrealidad que se vive en ciudades como Madrid nos acerca mínimamente a las distopías que devoramos en las series de las plataformas de entretenimiento. Una ciudad vacía y silenciosa donde las sombras que se mueven solitarias se convierten en amenazas. Miles de personas recluidas en sus casas. Miles de confinadas en sus habitaciones. Miles de ingresadas. Miles de muertas. Una realidad que nos enseña que lo que poseemos se escapa entre los dedos de las manos. Una realidad que nos desvela que nos han cambiado las prioridades de tal manera que las mayores perjudicadas somos nosotras. Deberíamos dinamitar el sistema pero nos quedaremos con las críticas partidistas, cínicas e intempestivas que estamos acostumbradas a hacer.

El sistema sanitario público tiene que fortalecerse y prepararse para las próximas crisis que vamos a sufrir. Y para eso no estaría de más que los países occidentales aprendieran de los países asiáticos. Se debe aprender de aquellos que tienen más experiencia. Así las mascarillas llegan para quedarse. Dejarán de ser un elemento exótico de las turistas asiáticas y formarán parte de nuestro vestuario. La naturaleza ha llamado a las puertas de la Unión Europea y nos ha hecho conscientes de cómo un virus [u otras catástrofes venideras] puede cambiar nuestra vida en cuestión de días. En otros países, arrasados por los desastres, son conscientes de ello desde hace décadas. Lo han sufrido con mucho coste. Lo que pensábamos que no nos afectaba, de repente, se nos ha aparecido como un problema del que nadie puede escapar y, paradójicamente, los países que se consideran menos desarrollados, según los criterios mercantilistas occidentales, serán los que mejor estén preparados.

Brigadas Médicas de Cuba

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EE.UU.: "De la mejor economía a la peor en dos meses": el impacto del covid-19 en EE.UU. es más rápido de lo previsto.


Dialéctica del cenit y el ocaso — Miquel Amorós



Texto de Miquel Amorós basado en la charla de título "Desarrollismo y Progresismo" enmarcada dentro de las "Jornadas Crítica al Progreso" organizadas por la Federación de Estudiantes Libertarios de la Universidad Autónoma de Madrid (FEL-UAM) (2011).


Dialéctica del cenit y el ocaso

El capitalismo ha alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las medidas para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede presentarse como la única alternativa al caos; es el caos y lo será cada vez más. Durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, un puñado de economistas disconformes y pioneros de la ecología social constataron la imposibilidad del crecimiento infinito con los recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos, es decir, señalaron los límites externos del capitalismo. La ciencia y la tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos, originando de paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél al que habían arreglado los viejos. Tal constatación negaba el elemento clave de la política estatal de posguerra, el desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba para resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el que pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e igualitario gracias al desarrollo indefinido de las fuerzas productivas dirigidas por los representantes del proletariado. Además, el desarrollismo tenía contrapartidas indeseables: la destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la artificialización del territorio, la contaminación, el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el agotamiento de los acuíferos, el deterioro de la vida en medio urbano y la anomia social. El crecimiento de las fuerzas productivas ponía de relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante. La fe en el progreso hacía aguas; el desarrollo material esterilizaba el terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia. La revelación de que una sociedad libre no vendría jamás de la mano de una clase directora, que mediante un uso racional del saber científico y técnico multiplicase la producción e inaugurara una época de abundancia donde todos quedaran ahítos, no era más que una consecuencia de la crítica de la función socialmente regresiva de la ciencia y la tecnología, o sea, del cuestionamiento de la idea de progreso. Pero el progresismo no era solamente un dogma burgués, era la característica principal de la doctrina proletaria. 

La crítica del progreso implicaba pues el final no sólo de la ideología burguesa sino de la obrerista. La solución a las desigualdades e injusticias no radicaba precisamente en un progresismo de nuevo cuño, en otra idea del progreso depurada de contradicciones. Como dijo Jaime Semprun, cuando el barco se hunde, lo importante no es disponer de una teoría correcta de la navegación, sino saber cómo fabricar con rapidez una balsa de troncos. Aprender a cultivar un huerto como recomendó Voltaire, a fabricar pan o a construir un molino como desean los neorrurales podría ser más importante que conocer la obra de Marx, la de Bakunin o la de la Internacional Situacionista. Eso significa que los problemas provocados por el desarrollismo no pueden acomodarse en el ámbito del saber especulativo y de la ideología porque son menos teóricos que prácticos, y, por consiguiente, la crítica tiene que encaminarse hacia la praxis. 

En ese estado de urgencia, el cómo vivir en un régimen no capitalista deja de ser una cuestión para la utopía, para devenir el más realista de los planteamientos. Si la libertad depende de la desaparición de las burocracias y del Estado, del desmantelamiento de la producción industrial, de la abolición del trabajo asalariado, de la reapropiación de los conocimientos antiguos y del retorno a la agricultura tradicional, o sea, de un proceso radical de descentralización, desindustrialización y desurbanización debutando con la reapropiación del territorio, el sujeto capaz de llevar adelante esa inmensa tarea no puede ser aquél cuyos intereses permanecían asociados al crecimiento, a la acumulación incesante de capital, a la extensión de la jerarquía, a la expansión de la industria y a la urbanización generalizada. Un ser colectivo a la altura de esa misión no podría formarse en la disputa de una parte de las plusvalías del sistema sino a partir de la deserción misma, encontrando en la lucha por separarse la fuerza necesaria para constituirse.

Al final de la era fordista, tras la subida de precios del petróleo como consecuencia del cenit de la producción en Estados Unidos, conocemos la salida que buscó la clase dirigente para preservar el crecimiento: un desarrollismo de nuevo tipo, neoliberal, basado primero en el fin del Estado-nación, la privatización de la función pública, el abandono del patrón oro, la energía nuclear, la eliminación de las trabas aduaneras, el abaratamiento del transporte, la globalización de los mercados, la expansión del crédito y la desregulación del mundo laboral. Una segunda fase, algo más keynesiana, rentabilizaría la destrucción acumulada mediante un desarrollismo llamado sostenible, integrando el punto de vista ecologista en un capitalismo “verde”. El Estado recuperaría un tanto su papel de impulsor económico que tenía en la época anterior de capitalismo nacional financiando dicha modernización y forzando el reciclaje de la población en el consumo de mercancía labelizada. También conocemos las alternativas progresistas neokeynesianas que en el marco del orden establecido reivindicaron “otra” globalización en donde las cargas estuvieran mejor distribuidas, o lo que viene a ser lo mismo, una mundialización tutelada por los Estados que respetara los intereses de la burocracia obrerista y el estatus de las clases medias. Esta propuesta descansaba en la falsa suposición de que el Estado era un instrumento neutral frente al capitalismo, y no la adecuada expresión política de sus intereses. 

Como quiera que fuera, ambas políticas –la neoliberal conservadora y la neokeynesiana socialdemócrata– fracasaron al tropezar el capitalismo con sus límites internos. La liquidación de las economías locales arruinó poblaciones enteras que se fueron acumulando en las periferias de las metrópolis, dando vida a inmensos poblados de chabolas. Innumerables masas emigraron a los países “desarrollados”, extendiendo las consecuencias de la crisis demográfica a las zonas privilegiadas del turbocapitalismo. Esta nueva mutación del capital creaba una nueva división social: los integrados y los excluidos del mercado. La contención de la exclusión quedó fundamentalmente en manos del Estado, en absoluto neutro, obligado a desarrollar para la ocasión políticas represivas de control de la inmigración y extenderlas a cualquier forma de disidencia. Por otro lado, el carácter eminentemente especulativo de los movimientos financieros internacionales y las políticas estatistas clientelares, tras una década de euforia, condujeron a la bancarrota general del 2008, agravada por las deudas que los Estados no habían podido rembolsar, precipitando una vuelta al neoliberalismo mucho más dura. Las medidas draconianas son necesarias para traspasar la crisis provocada por los Bancos y los Estados a la población asalariada, mayoritariamente hipotecada. La pauperización material de un tercio de la población se suma a una pauperización moral vieja de años, pero la incapacidad irremediable de crecer lo suficiente de los Estados Unidos y la Unión Europea si no es compensada con una demanda emergente, china o india, proporcionará un marco crítico duradero donde podrá invertirse el proceso de anomia. Potencialmente, y por mucho tiempo, el espectro de Grecia –las condiciones griegas– asediará la conciencia de los dirigentes. La venganza o la voluntad de desquite dominarán en los primeros momentos con toda la secuela de conflicto y violencia, pero para construir habrá de darse en las masas vapuleadas un sentimiento de dignidad a la par que el desarrollo de una conciencia verdaderamente subversiva.

Paradójicamente, en la fase actual de descomposición del sistema dominante, las contradicciones internas ocultan las externas. El drama de la exclusión, el paro, la precariedad, los recortes, los desahucios y el empobrecimiento de las clases medias asalariadas, al poner por delante sus intereses inmediatos todavía ligados al mantenimiento de un estilo de vida urbano, artificial y consumista, han oscurecido momentáneamente la cuestión esencial, el rechazo del credo del progreso, y, por consiguiente, el del modelo social y urbano que le es inherente. En consecuencia, la creciente “huella ecológica” y la insostenibilidad intrínseca de la supervivencia bien o mal abastecida bajo el capitalismo no se han tenido en consideración, por lo que las exigencias desindustrializadoras y desurbanizadoras parecen fuera de lugar. La protesta urbana, obrera o populista, rechaza pagar la factura de la gestión desarrollista anterior y así se contenta con exigir “otra” política, “otra” banca u “otro” sindicalismo, a lo sumo, “otro” capitalismo, pero jamás se planteará seriamente la ruralización o la desaparición de las metrópolis, es decir, otra manera de convivir, otra sociedad u otro planeta. La mayoría de los habitantes de las conurbaciones solamente busca o aspira a encontrarse con la naturaleza los fines de semana, en tanto que consumidores de relax y paisaje, por lo que una crítica antidesarrollista tiene serios problemas para darse a conocer fuera de estrechos círculos, ya que la mentalidad urbana es incapaz de asumirla y los desertores del asfalto son todavía pocos. Por otra parte, la población campesina, residual, sufre un deterioro mental aún peor, fruto de su suburbanización, y las más de las veces reproduce estereotipos ideológicos urbanos. 

La crítica antidesarrollista no cuaja pues, ni en el medio rural, que debía ser el suyo, ni en el medio urbano, mucho menos propicio. Por eso la materialización en la práctica del antidesarrollismo como defensa del territorio se ve sometida a multitud de inconsecuencias y limitaciones. El carácter específicamente local de dicha defensa juega en su contra. Apenas se conforma una oposición contra una nocividad particular, surgen acompañantes municipalistas, verdes o nacionalistas, que tratan de confinarla como “nimby” en la localidad, exprimirla políticamente y empantanarla en marismas jurídicas y administrativas. Solamente en los casos en que ha conseguido aliados de las conurbaciones gracias precisamente a los irregulares de la post ciudad, ha podido formularse un interés general y desarrollarse un conflicto de envergadura (p. e. contra trasvases, contra las líneas MAT, contra el TAV, contra autopistas, centrales eólicas, etc.). Resumiendo, la defensa del territorio está lejos mostrarse como el único conflicto realmente anticapitalista, ya que, debido a las condiciones hostiles que debe afrontar, no consigue constituir una comunidad de lucha estable y suficientemente consciente que contribuya con eficacia a incrementar el número de renegados de la urbe. Todavía no ha logrado transformar la descomposición urbana en fuerza creativa rural, ni la oposición al desarrollismo territorial en barrera contra la urbanización total.

Será necesaria otra vuelta de tuerca en la crisis para que la cuestión urbana –el problema de desmontar la conurbación– aparezca en el centro de la cuestión social. En efecto, la conurbación es la forma ideal de la organización del espacio por el capitalismo; una gran concentración de consumidores hecha posible por la abundancia hasta ahora ilimitada de combustible fósil barato y de agua potable. Es de suponer que un encarecimiento del combustible conduciría a una crisis energética que pondría en peligro la agricultura industrial, el sistema de vida urbano y la existencia misma de las conurbaciones. Igual sucedería con una sequía prolongada que exigiera la construcción de numerosas desaladoras funcionando con petróleo. Ese es el horizonte que perfila a corto plazo la gran demanda de los países emergentes y el cenit de la producción petrolífera a medio: el fin de la era de la energía barata. No hay remedio posible puesto que la energía nuclear y las llamadas “renovables” son caras, necesitan igualmente para su puesta en marcha ingentes cantidades de combustible fósil cada vez menos al alcance y el ritmo de su producción nunca podrá satisfacer las exigencias de un consumo creciente. 

El capitalismo verde es una falacia y la globalización está entrando en su fase terminal; las innovaciones tecnológicas no podrán salvarla. La perspectiva de un declive de la producción industrial de energía pinta de negro el futuro de las conurbaciones, puesto que un encarecimiento del transporte paralizará los suministros y las volverá inviables. Los bloques de viviendas, los rascacielos, los centros comerciales, los adosados residenciales, los polígonos logísticos, las autopistas y demás se deteriorarán a gran velocidad. Entonces, los sofisticados materiales de construcción, el aire acondicionado, los electrodomésticos, los ordenadores, la calefacción central, la telefonía móvil y los automóviles serán cosas del pasado. Además, el calentamiento global es imparable puesto que el consumo de energías contaminantes es imposible de aminorar, y, en pocos años, cuatro o cinco, desbocará el cambio climático y entonces los daños provocados serán irreversibles. El decaimiento de la agricultura industrial –esclava del fuel, de los abonos y herbicidas petroquímicos– junto con las secuelas del calentamiento –incremento del efecto invernadero, deforestación, erosión, salinización y acidificación de los suelos, desertificación, sequías e inundaciones– desembocarán en una crisis alimentaria de graves consecuencias. La mayoría de la población urbana quedará desabastecida, viéndose impelida violentamente a buscar comida y combustible fuera, desperdigándose por un campo esquilmado. El que este proceso de expulsión del vecindario se efectúe de forma caótica y terrorista o transcurra positivamente dependerá de la capacidad integradora de las comunidades de lucha surgidas de la deserción y la defensa del territorio. Si éstas son débiles no podrán enfrentarse a la avalancha de una población hambrienta y transformar su desesperación en fuerza para el combate por la libertad y la emancipación. La desagregación del turbocapitalismo daría lugar entonces a un reguero de formaciones capitalistas primitivas defendidas por poderes locales y regionales autoritarios. Será inevitable que la sociedad se contraiga y se vuelva intensamente localista, pero lo pequeño no siempre es hermoso. Puede ser horrible si la necesaria ruralización que habrá de afrontar las consecuencias de una superpoblación repentina y brutal, no discurre por vías revolucionarias, es decir, si se limita a una producción centralizada y privilegiada de comida y energía en lugar de orientarse hacia la creación de comunidades libres y autónomas capaces de resistir a la depredación post urbana. En definitiva, si el proceso ruralizador no respira esa atmósfera de libertad que antaño se atribuía a las ciudades.

A fin de no caer en profecías apocalípticas y evitar que la ciencia ficción se adueñe de los análisis futuristas postulando retornos al paleolítico o a la barbarie de género cinematográfico, conviene considerar la crisis energética como un marco general y un horizonte temporal que condicionará cada vez más el acontecer social con el chantaje consabido de ‘o la energía o el caos’ sin por lo tanto determinarlo completamente. La especulación novelesca es deudora de la actitud contemplativa frente a la catástrofe, típica de la religión –o de su equivalente secular, la ideología historicista– que considera lo que adviene como resultado forzoso y no como una posibilidad entre muchas, un desenlace en el tiempo fruto de múltiples variables: la conciencia del momento, la inteligencia de los cambios, la configuración de fuerzas independientes, la habilidad en captar las contradicciones que se manifiestan y en aprovechar las ocasiones que se presentan... Ni el resultado explica enteramente el proceso, ni el proceso, el resultado. El cenit no precede necesariamente a la extinción. Entre los dos interviene el juego dialéctico de la táctica y de la estrategia entre contrincantes con fuerzas desiguales, a corto y medio plazo. El juego de la guerra social. Las esperanzas de los sectores aferrados a la conservación del capitalismo de Estado en un decrecimiento paulatino, pacífico y voluntario serán prontamente desmentidas por la brutalidad de las medidas de adaptación a escenarios de escasez y penuria y la dinámica social violenta que van a originar. Si bien el colapso catastrófico no va a producirse en fecha fija, inminente, tampoco va a ser inevitable la entronización de un régimen ecofascista; sin embargo, la probabilidad más o menos cercana de ambos fenómenos puede servir para llevar la acción por derroteros consecuentes, lográndose así en las sucesivas confrontaciones una salida favorable al bando de los partidarios de un cambio social radical y libertario. Nada está decidido, por lo que todo es posible, incluso las utopías y los sueños.


21 marzo, 2020

ITALIA: Médico italiano expone su experiencia con pacientes afectados por el covid-19 [vídeo]






Apoteosis de la maldad — Atilio Borón



Jaque al neoliberalismo 17/03/2020

La situación de los últimos días nos ofrece un ejemplo de una perversidad pocas veces vista: en medio de una pandemia global la mayor superpotencia del planeta persiste en la aplicación de una política de bloqueo y sanciones económicas contra terceros países que impiden, o dificultan enormemente, acceder a los medicamentos necesarios para defenderse de la mortal amenaza del coronavirus.

La historia de la humanidad está signada por infinidad de episodios que desnudan la omnipresencia del mal. Caín ultimando a su hermano Abel da comienzo a esta historia desde los albores míticos de la especie humana. A lo largo de siglos y milenios los ejemplos abundan, en todas las latitudes. Ninguna sociedad se libró del mal y los sufrimientos que ocasiona. Pero la situación de los últimos días nos ofrece un ejemplo de una perversidad pocas veces vista: en medio de una pandemia global la mayor superpotencia del planeta persiste en la aplicación de una política de bloqueo y sanciones económicas contra terceros países que impiden, o dificultan enormemente, acceder a los medicamentos necesarios para defenderse de la mortal amenaza del coronavirus.

Entre nosotros, Cuba y Venezuela han sido víctimas principales de esa política criminal. Cuba viene soportando con dignidad y estoicismo ejemplares el bloqueo integral más largo de la historia: ningún imperio, ningún déspota, ningún tirano por cruel o bárbaro que haya sido hizo lo que sucesivos gobiernos de Estados Unidos hicieron en contra de la isla rebelde. A lo largo de seis décadas perpetraron en su contra, sin pausa alguna, crímenes de lesa humanidad. Bajo Donald Trump éstos se agravaron hasta llegar a extremos desconocidos por la amplitud y variedad de sus intervenciones y su sistemática vocación de hacer el mal al pueblo cubano. Políticas genocidas encaminadas a exterminar o infligir graves daños a un colectivo, en este caso la nación cubana, que los autoproclamados líderes del mundo pretenden justificar aduciendo que con ellas la democracia, los derechos humanos y la justicia florecerán en Cuba. Detrás de tan altisonantes declaraciones se oculta un propósito inconfesable, perseguido por Estados Unidos desde 1783 según lo dejara sentado por escrito John Adams desde Londres. En efecto, en una célebre carta dijo que la isla era una “extensión natural” del territorio continental de Estados Unidos y que su anexión era necesaria para su seguridad nacional que podía ser nuevamente amenazada por el Reino Unido y que, por lo tanto, su independencia jamás debería ser tolerada. O sea, hay una obsesión de casi dos siglos y medio para apoderarse de la isla, misma que se exacerbó de modo extraordinario en fechas recientes.

Venezuela ha sufrido también la brutal agresión del imperio. Las “sanciones” económicas aplicadas el estado bolivariano y a sus principales dirigentes no tuvieron otro efecto que provocar crueles sufrimientos a la población y causar muertes por la imposibilidad de importar medicamentos y alimentos que o bien ya habían sido pagados o estaba el dinero depositado en bancos europeos para financiar su compra pero que la Casa Blanca ordenó inmovilizar. Otro genocidio de manual, unido al robo descarado de los patrimonios de la República Bolivariana de Venezuela en el exterior –caso CITGO, por ejemplo– y los continuos sabotajes y hostilidades vehiculizados a través de algunos asesinos seriales como Iván Duque y de bufones corruptos como el “autoproclamado” Juan Guaidó, estúpido de marca mayor que cree que los drones y los misiles de una invasión estadounidense, en caso de producirse, afectarían tan sólo a los chavistas dejando indemnes a sus escasos y cada vez más desmoralizados partidarios.

Washington, que ya inició su inexorable declinación como centro imperial, actúa como un hampón desenfrenado que impone su ley gracias a la mortífera eficacia de sus armas y, también, a la cobardía de gobiernos como los de Europa y Japón que consienten sus tropelías y admiten ovejunamente la “extraterritorialidad” de las leyes de Estados Unidos. Creen que el Calígula neoyorquino en ningún momento se volverá también contra ellos. La pandemia está demostrando lo contrario y también ratifica que la maldad que encarna Donald Trump y la dirigencia política y corporativa de Estados Unidos es incomparable.

Nadie, absolutamente nadie, arrojó bombas atómicas sobre dos ciudades indefensas en Japón. Nadie sometió a otro pueblo a un bloqueo de sesenta años o a sanciones económicas destinadas a infligir el mal a una comunidad. En el marco de una pandemia como la actual un mínimo resto de sentimientos humanitarios debería haber impulsado a la dirigencia de Estados Unidos –y no sólo a Trump– a declarar la temporaria suspensión del bloqueo y las sanciones en contra de Cuba y Venezuela. No lo han hecho, ni lo harán. Tenía razón Oscar Wilde cuando, hace poco más de un siglo, dijera que “Estados Unidos es el único país que pasó de la barbarie a la decadencia sin pasar por la civilización”.

20 marzo, 2020

Mundo capital: Coronavirus o reingeniería social a escala planetaria


19/03/2020

Fragmentos tomados del artículo: En casa y sin tocar a los otros - Luis Bonilla-Molina


[…] El encuentro humano articulaba y expresaba el consumo, sus modalidades y nuevas expectativas. Basta ver toda la publicidad del siglo XX para darnos cuenta que encuentro humano, mercancías y consumo formaban la triada cotidiana de la sociedad capitalista.

[...] las instituciones educativas lejos de movilizarse se paralizaron. Hablaron mucho de transdisciplinariedad, pero siguieron operando sobre una lógica disciplinar ya obsoleta para el gran capital

Desprovistas de una mirada de lucha de clases, las dinámicas institucionales de las escuelas y universidades no fueron capaces de captar que el movimiento incesante constituye una característica de las resistencias capitalistas. Consideraron que eran útiles como venían trabajando y que ahora habían surgido nuevas instituciones que harían lo que ellas no estaban dispuestas a hacer. Este fue un error estratégico porque no percibieron que estaban dejando en manos de otros el epicentro del conocimiento vinculado a la aceleración de la innovación.

[...]

Coronavirus: la pandemia del miedo

De pronto, irrumpe en el escenario una pandemia con impacto profundo en toda la sociedad global, el coronavirus. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) ”los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos. En los humanos, se sabe que varios coronavirus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). La COVID-19 es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente. Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019.” (OMS, 2019)

Ya la humanidad había presenciado con temor el surgimiento de pandemias como el H1N1 y la epidemia de Ebola (1976-2016), con brotes intermitentes. Sin embargo, ninguna de ellas había alcanzado la diseminación del Coronavirus. No voy a entrar en el debate respecto a si es un virus de mutación natural o fue creado en laboratorio, porque no dispongo de los elementos de convicción suficientes para afirmar ni lo uno ni lo otro. Lo que sí es cierto es que en menos de tres meses más de ciento veinticinco países sufrieron el impacto del virus.

Pero ahí comienzan las explicaciones que construyen una nueva hegemonía social. Se señala que el Coronavirus se extiende fundamentalmente por el relacionamiento humano y al entrar en contacto con superficies donde este depositada de manera residual la cepa del virus. Se culpa a los viajeros, especialmente de vuelos aéreos y los cruceros, de ser los trasmisores y difusores del virus.

La sociedad capitalista del siglo XX e inicios del XXI había convertido en un derecho civilizatorio la movilidad humana, por lo que restringirla se convertía en un problema. De pronto el coronavirus hace posible lo impensable, el temor a viajar se va instalando en el imaginario colectivo social y el número de viajeros cae drásticamente hasta que no solo es esperado, sino exigido, que en cientos de países se prohíba viajar. No movernos del lugar pareciera ser el meta mensaje.

Del terror a viajar se pasa al horror por el contacto humano, como si el vecino, el amigo, la persona que encontramos en el metro, el autobús o la calle fuera un potencial vector, un peligro para nuestra salud. Los cimientos de la vieja sociabilidad de la primera, segunda e incluso de la tercera revolución industrial se ven cuestionados. La deshumanización adquiere una nueva escala y el desencuentro se convierte en un “acto responsable”. Se naturaliza el desencuentro humano. Podemos vivir sin estar en contacto con los otros y otras parecieran ser el mensaje que se instala en la civilización humana.

El horror causado por los miles de muertos en todo el orbe hace que sectores populares y la clase media invoquen medidas autoritarias de control. Se eclipsa la noción democrática de la toma de decisiones por una apelación colectiva a la “manu military”. Los estados de alerta, emergencia y de suspensión de garantías se hacen “inevitables” y surge el primer Estado de sitio planetario. El autoritarismo emerge con base social, el fascismo tecnológico de la cuarta revolución industrial es un río desbocado que se abre paso.

Las y los trabajadores habíamos construido una identidad de nuestra labor que nos hacía imprescindibles y de pronto encontramos que la sociedad puede marchar, con un nuevo modelo de organización, sin muchos de los trabajos a los cuales estamos acostumbrados. Cobran sentido posible y práctico las afirmaciones de Klaus Snowb, creador del Foro Mundial de Davos, respecto a que el desembarco de la cuarta revolución industrial traería millones de desempleos en el mundo, porque muchos de los trabajos que veníamos realizando, asociados al mundo del trabajo y el consumo en las tres revoluciones industriales precedentes ya no tendrían razón de ser. Se construye la hegemonía social respecto a que muchos trabajos son prescindibles.

Durante semanas, la sociedad comienza a reordenarse desde la casa. Se inculca o expande el consumo “online” o el “Delivery”. Se promueve con hechos la nueva educación para el consumo. Millones de seres humanos entran en contacto acelerado con algo que aún les resultaba etéreo e incómodo: el nuevo modelo de consumo en casa.

El sueño dorado del capitalismo cognitivo del siglo XXI se muestra en la cotidianidad. Millones de seres humano son lanzados a la educación en casa, una nueva experiencia que parecía imposible solo unos, años atrás, 

[...] Para poder concretar el salto, se ensayan plataformas y propuestas, mientras las familias aprenden colectivamente que es posible educar en casa, sin el acompañamiento de docentes, creando confusión sobre las diferencias entre enseñar a aprender y recibir información.

El miedo le construyó condiciones de posibilidad a un nuevo paradigma social. El miedo cohesionó mentalidades y forzó a ver nuevos caminos de cruce entre aceleración de la innovación y modelo de organización social. Mientras tanto, en las élites superestructurales de poder, la pugna interburguesa continua con dos escenarios posibles: guerra para resolver las diferencias o integración del capital transnacional para dar paso al nuevo imperio tricéfalo extraterritorial. Veremos en los próximos meses y años (?) el curso de esta puja.

[...]

Después de la crisis una nueva hegemonía capitalista se habrá instalado

Es previsible que en meses se supere la pandemia del Coronavirus. El modelo de control ensayado por China moldeará el curso de la resolución de esta crisis colectiva en materia de salud.

Todo vivirá la apariencia de volver a la “normalidad” pero ya no seremos los mismos. La hegemonía sobre una nueva forma de construir las sociedades del capitalismo de la cuarta revolución industrial ya no será utopía, sino algo posible para miles de millones de hombres y mujeres en todo el planeta.

La nueva normalidad estará preñada de certezas sobre la necesidad de repensar la casa, como escenario de vida, trabajo, educación, salud, seguridad y gobernabilidad. El mundo se nos hará incontrolable y la tranquilidad de lo que podemos moldear tendrá en la casa un espacio privilegiado.

[...] la semilla del “nuevo” modelo capitalista ha sido sembrada. Es hora que las resistencias anticapitalistas se atrevan a pensar esta nueva realidad, que ya no es un teorema, sino que se nos ha mostrado como una realidad concreta.

[...] La explotación del hombre por el hombre no desaparecerá por el contrario adquirirá nuevas y terribles expresiones. Las y los revolucionarios debemos, como lo hizo Marx, desde lo concreto del presente anticipar el mañana con propuestas alternativas.
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Nota de Arrezafe: Todo el cloro, la lejía y demás productos químicos que se están utilizando en cantidades ingentes e incontroladas para la desinfección, van a parar a los ya contaminados ríos, mares y acuíferos.

19 marzo, 2020

Documental sobre la lucha de la Federación Anarquista y el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria






x Inèrcia Docs - 19/03/2020

Un documental sobre la lucha de la Federación Anarquista y el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria. Una de las experiencias pioneras del estado. El primero de los muchos sindicatos autoorganizados que nacen desde abajo, en barrios y pueblos de todo el estado, desde la lucha por el acceso a la vivienda, parando desahucios, con okupaciones masivas, realojos de famílias o bien en fincas adquiridas a través de cesiones semiinformales con la propiedad (de aquí el término precarista). Pero siempre defendidas con la acción sindical de barrio.

Experimentos de vivienda de matriz anarquista que han dado respuesta al escaso papel de las administraciones insulares, intentando aglutinar y expandir un movimiento popular a través de la cobertura de necesidades básicas.

Con un lenguaje audiovisual híbrido, entre el género periodístico, documental y experimental, el relato central se construye a través de un acercamiento íntimo a las familias y se complementa con voces de diferentes actores políticos, empresariales, académicos y juristas de la isla. En la narrativa también hay espacio para una incursión en la dimensión turística de Gran Canaria (34% del PIB), explorando el impacto y la relación que tiene en la vivienda este monocultivo económico.

Un documental autogestionado que ha contado con la colaboración de colectivos de la comunicación como La Directa o Bauma y con una banda sonora a cargo de artistas como Silvia Tomas Trio, el grupo de rap Resiliencia y los djs Mash Masters