25 marzo, 2020
Contra el IRRACIONALISMO: en defensa de la CIENCIA
Solidaridad
Obrera – 15/03/20
Secretario de Acción
Criminal
Es extraño que, dentro
de la tradición sindicalista revolucionaria, a la que pertenece
nuestra organización, tengamos que poner este tema sobre la
palestra. No obstante, no es la primera vez que el irracionalismo se
cuela por la puerta de atrás. El ejemplo más claro de esto fue esa
tendencia del sindicalismo revolucionario francés conocida como
sorelismo
que acabó derivando en el fascismo a principios del pasado siglo
[1]. Este tipo de “sindicalistas” eran, no obstante, una minoría
de intelectuales ajenos a la clase trabajadora. El grueso del
movimiento dio gran importancia a la divulgación científica, ya
desde las Bolsas de Trabajo promovidas por Fernand
Pelloutier[2]. También en la historia del anarcosindicalismo
español se ha dado mucha importancia a la ciencia. La Escuela
Moderna de Ferrer y Guardia, que quería sustituir la fe por el
conocimiento científico, ilustra el hecho. Esta línea se mantuvo
indiscutida hasta prácticamente acabado el pasado siglo, cuando
desde aquel acontecimiento, inmerecidamente calificado de
revolucionario, conocido como mayo del 68, los ataques a la ciencia
fueron haciéndose cada vez más agresivos.
Nuestros actuales
irracionalistas, los postmodernos, parecen a todas luces
inofensivos[3]. Pero nada más lejos de la realidad: representan un
verdadero peligro. Pretenden reducir el conocimiento científico a un
discurso más al nivel de la magia o la religión; paradójicamente
pretenden convertir sus opiniones –cargadas de sofismas– en
verdad absoluta, en el discurso hegemónico que tanto critican. En
este artículo reflexionaremos precisamente sobre ciencia.
Por “ciencia”
entendemos fundamentalmente un método para la obtención del
conocimiento, para lo cual se recurre generalmente a la observación
y la experimentación; también para referirnos a un tipo de
conocimiento –cuyo objeto es la naturaleza– que se considera
verdadero y objetivo. El método científico se caracteriza por su
replicabilidad: diferentes individuos pueden obtener los mismos
resultados si siguen el mismo proceso. La estrategia científica se
inicia con el establecimiento de una serie de hipótesis (no verdades
absolutas), a lo que sigue una recogida de datos, un posterior
análisis de los resultados, una discusión y una emisión de
conclusiones. Además de la descripción de fenómenos, se busca
establecer leyes y teorías para explicarlos e incluso predecirlos.
REFLEXIONANDO SOBRE LA
CIENCIA: FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
La llamada filosofía de
la ciencia es la disciplina que tiene por objeto de estudio la
ciencia misma; se inició oficialmente con la creación del Círculo
de Viena (1921–1936), que representó la corriente conocida como
positivismo lógico, corriente que en realidad dominó hasta la
década de los sesenta. Dentro del positivismo lógico destacaron
personalidades como Moritz
Schlick, Rudolf
Carnap, Otto
Neurath, Hans
Hahn, Hans
Reichenbach o Carl
Hempel. Recogiendo la tradición empirista de Hume
y positivista de Comte,
se centraron en los fundamentos lógicos de la ciencia, teorizando
sobre el llamado criterio empirista del significado. Las
proposiciones protocolares –por ejemplo, “el cisne es blanco”–
hacían referencia a hechos concretos, que podían verificarse o
confirmarse. Mediante la inducción se llegaba de hechos particulares
a proposiciones generales como leyes o teorías (“todos los cisnes
son blancos”). Renegaban de la metafísica considerando que estaba
formada por proposiciones sin significado real o pseudoproposiciones;
simples confusiones del lenguaje (por ejemplo, “Dios existe”). El
positivismo lógico utilizó el llamado lenguaje fisicalista,
considerando que las demás ciencias podían ser reducidas a
proposiciones físicas, siendo posible así la unificación de la
ciencia. Defendieron además una visión del progreso científico
acumulativa (de menos a más). Esta corriente fue atacada por
aspectos como reducirlo todo a proposiciones, su verificacionismo o
su inductivismo.
El falsacionismo,
cuyo máximo exponente fue Karl
Popper, levantó el vuelo durante la década de los sesenta. Con
esta corriente tenemos un nuevo criterio de demarcación, opuesto al
verificacionismo del positivismo lógico, mediante el cual se pueden
establecer los límites de la ciencia, y diferenciarla de la
pseudociencia. Las teorías sustituyen a las proposiciones
protocolares como elemento de análisis. Popper cuestionó el
principio de inducción razonando que mediante un número finito de
observaciones nunca podíamos llegar a un enunciado universalmente
válido. La simple observación de un hecho contrario (un cisne
negro) desplomaría el enunciado. Esto se llama modus
tollens; argumento según el cual podemos derivar de
ciertos enunciados singulares la falsedad de enunciados universales.
No podemos demostrar que “todos los cisnes son blancos”, pero sí
refutar el enunciado encontrando un cisne negro. Desde el
falsacionismo se sostiene que nunca alcanzamos la verdad, sino que
solamente nos aproximamos a ella mediante hipótesis. Aunque parece
contrario al sentido común, una teoría científica debe tener
falsadores potenciales –la pseudociencia no suele tenerlos,
argumentando ad hoc en muchas ocasiones–, enunciados
contradictorios con la teoría que la hagan falsable. Las teorías
que mejor resisten a la contrastación con la experiencia serían las
más verosímiles.
Imre
Lakatos fue otro de los defensores del falsacionismo, aunque con
algunas modificaciones. Según éste las teorías no eran refutadas
mediante la observación sino simplemente reemplazadas por teorías
rivales que tenían mejores características. Lakatos habló de los
programas de investigación, dentro de los cuales se producía una
sucesión de teorías. Muchas anomalías que contradicen las teorías
se pasan por alto en la realidad científica cotidiana, como ilustra
este autor. A parte del falsacionismo existieron otras concepciones
menos conocidas como la concepción estructural (Patrick
Suppes) o la concepción semántica (Suppe, Van
Fraasen y Giere),
en las que no vamos a entrar.
LA REACCIÓN
IRRACIONALISTA CONTRA LA CIENCIA: EL “ANARQUISMO” EPISTEMOLÓGICO
Thomas
Kuhn fue uno de los primeros filósofos de la ciencia en criticar
la concepción acumulativa del progreso científico, común tanto al
positivismo lógico como al falsacionismo. Introdujo la noción de
paradigma (por ejemplo, la mecánica
newtoniana), que no es más que una visión del mundo compartida
por una determinada comunidad científica. En la práctica
científica, según Kuhn, los científicos no intentan refutar
teorías, y lo que ocurre en determinadas disciplinas es que se
imponen nuevos paradigmas tras lo que se conoce como revolución
científica. No tienen porque ser ni mejores ni peores; simplemente
se imponen. Sería imposible desde esta perspectiva comparar unas
teorías con otras (la llamada inconmensurabilidad entre teorías).
Aun así, Kuhn valoraba la ciencia por encima de, por ejemplo, la
magia o la religión.
Finalmente llegamos a
Paul
Feyerabend, una figura que entronca directamente con la tradición
postmoderna. El hecho de que este autor hablara de anarquismo
epistemológico/metodológico ha servido para seducir a muchos
incautos. En realidad, Feyerabend era políticamente un liberal, y
ante las confusiones acabó finalmente hablando de dadaísmo
epistemológico/metodológico. Atacó cualquier tipo de racionalismo,
manteniendo que no existían argumentos racionales posibles para
diferenciar la superioridad de la ciencia sobre por ejemplo el mito o
el arte. Defendió la regla o principio metodológico del “todo
vale”. El conocimiento científico quedaría reducido al rango de
simple creencia, y las teorías degenerarían siempre en ideologías.
A los ataques de Feyerabend se sumaron el reduccionismo
sociologicista de personajes como Barnes
o David Bloor,
que repitieron la cantinela postmoderna de que “todo es una
construcción social”, incluyendo los hechos mismos, cosa que
irónicamente quita cualquier validez a sus propios análisis al
carecer de base alguna donde sustentarse. ¿Fin del recorrido
histórico? Aquí sí han pretendido ver un progreso –y una verdad
absoluta– nuestros postmodernos, y tener la última palabra.
Veremos, no obstante, que se equivocan.
CONCLUSIÓN: EL
MOVIMIENTO SE DEMUESTRA ANDANDO
Todas estas reflexiones
dentro de la filosofía de la ciencia –desde los positivistas
lógicos al irracionalismo de Feyerabend– se han centrado
únicamente en un aspecto: la fundamentación racional o
justificación del conocimiento científico (lo que se conoce como
epistemología).
El juego retórico o verbal. Pero se ha perdido de vista que la
ciencia tiene un aspecto más destacable: el práctico; su capacidad
de transformar el mundo. Esto se concreta perfectamente en la
tecnología. Sirviéndonos de argumentos puramente pragmáticos
podemos afirmar cosas como la existencia de un mundo objetivo, sin
perdernos en retorcidos razonamientos sobre la naturaleza de la
realidad (ontología).
Los científicos no se pasan todo el día hablando, sino que hacen
cosas (en el laboratorio o donde corresponda). Por mucho que digan
nuestros postmodernos, si un centenar de sujetos replican el mismo
experimento y obtienen el mismo resultado, la teoría defendida tiene
mucha más validez –y objetividad– que todas sus “teorías”
de postal. Es más, ¿a qué no vais al chamán, sino al médico,
cuando presentáis los síntomas de la gripe (o los del coronavirus)?
Pues esto también es una aplicación de la ciencia, una de sus
consecuencias. Si afirmáis por otra parte que no puede conocerse la
verdad ni acercarse a ella, lo mejor que podéis hacer es esto: la
epojé
(ἐποχή) o suspensión del juicio, una forma sutil de deciros
que os calléis y dejéis de dar la brasa. Si nada tuviese veracidad,
vuestros discursos… aún menos.
En el mundo real
seguiremos con lo nuestro, ya que estas personas no proponen nada
mejor, sólo juegos de palabras, y la ciencia ha mostrado ser mucho
más útil que cualquiera de sus panfletos irracionalistas. A estos
postmodernos, que cuestionan la ciencia, queremos invitarles
finalmente a “contrastar” una ley muy conocida: la ley de la
gravedad. ¿Cómo? Saltando por la ventana. Me imagino que toda
vuestra charlatanería irracionalista y pseudocientífica se verá
acallada ante la visión de vuestros sesos desparramados sobre el
asfalto. ¿Verdad?. Recordad que el movimiento se demuestra andando,
y no nos hagáis perder el tiempo con retórica sofista.
Notas
[1] Se puede consultar a
este respecto "La trampa del nacionalismo: sindicalismo
revolucionario y fascismo" en Solidaridad Obrera:
primera parte
primera parte
y segunda parte
(https://lasoli.cnt.cat/2019/12/23/el-parany-del-nacionalisme-sindicalisme-revolucionari-i-feixisme-ii/).
[2] Para más información
sobre el sindicalismo revolucionario francés tienes un artículo en
Solidaridad Obrera al respecto:
https://lasoli.cnt.cat/2019/04/11/internacional-el-sindicalisme-revolucionari-frances/
[3] Sobre posmodernismo
tienes publicado en Solidaridad Obrera:
https://lasoli.cnt.cat/2019/10/21/cultura-ciencia-pseudociencia-i-postmodernisme-i-introduccio/
Referencias
Chalmers,
A. (1987). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?. Siglo XX de
España Editores, S.A: Madrid.
Echeverría,
J. (1989). Introducción a la Metodología de la Ciencia: la
Filosofía de la Ciencia en el siglo XX. Barcanova: Barcelona.
* Foto de Paul Feyerabend
* Foto de Paul Feyerabend
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24 marzo, 2020
Los coronavirus y el COVID-19 — Dr. Antonio Lazcano Araujo
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23 marzo, 2020
Cuba y Rusia envían ayuda médica y humanitaria a Italia
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22 marzo, 2020
Una bofetada de realidad — Juan Gabalaui
El
Kaleidoskopio de Gabalaui –
22/03/2020
![]() |
| Foto de @gabalaui. |
A las crisis no les
gustan las florituras. Hacen visible lo superfluo y resaltan lo
imprescindible. La actual pandemia del COVID-19 convierte las
reivindicaciones neoliberales en simple cháchara, alejada de la
realidad y del bien común, y desvela lo que era evidente. En una
situación de crisis sanitaria lo único importante es que el sistema
sanitario esté preparado para abordarla. Esto implica que uno no
aborda las crisis sino que se prepara previamente para este abordaje.
La OMS ha advertido de la posibilidad de epidemias mundiales desde
hace décadas pero las tesis neoliberales, basadas en el recorte de
costes y el aumento de beneficios, han ido erosionando la capacidad
de los servicios públicos en los países occidentales para
enfrentarse a situaciones de riesgo sanitario. En el mundo feliz
occidental estas epidemias eran cosa de otros países y nuestra mayor
preocupación estaba en las cotizaciones de la bolsa.
Es muy probable que a
nivel personal la vivencia de una situación tan crítica, que ha
dado la vuelta a nuestras rutinas y modo de vida, nos haga más
conscientes sobre el riesgo real de sufrir epidemias [y añadiría
otras catástrofes naturales relacionadas con el cambio climático],
y nos obligue, al igual que al sistema sanitario, a adoptar medidas
de prevención y prepararnos para el futuro. Pero, desgraciadamente,
dudo que esto nos sirva como sociedad para que reflexionemos,
cuestionemos y modifiquemos un sistema económico que, hace tiempo,
nos transformó en consumidores o clientes. Me baso en que la
excepcionalidad que vivimos es exclusivamente propia de los países
occidentales. En aquellos países que han vivido epidemias nada
cambió excepto que están mejor preparados para afrontarlas. Hong
Kong sufrió el síndrome respiratorio agudo severo (SARS) en el año
2002, con cuarentenas, confinamientos y medidas de prevención
extremas, y posteriormente siguió siendo la megalópolis
ultracapitalista que era.
En los países
occidentales nos habíamos olvidado de la letalidad de las epidemias.
El COVID-19 es una bofetada de realidad. Nos obliga a salir del mundo
ficticio acomodado y mirar de frente a la posibilidad de morir casi
sin darnos cuenta. La sensación de irrealidad que se vive en
ciudades como Madrid nos acerca mínimamente a las distopías que
devoramos en las series de las plataformas de entretenimiento. Una
ciudad vacía y silenciosa donde las sombras que se mueven solitarias
se convierten en amenazas. Miles de personas recluidas en sus casas.
Miles de confinadas en sus habitaciones. Miles de ingresadas. Miles
de muertas. Una realidad que nos enseña que lo que poseemos se
escapa entre los dedos de las manos. Una realidad que nos desvela que
nos han cambiado las prioridades de tal manera que las mayores
perjudicadas somos nosotras. Deberíamos dinamitar el sistema pero
nos quedaremos con las críticas partidistas, cínicas e
intempestivas que estamos acostumbradas a hacer.
El sistema sanitario
público tiene que fortalecerse y prepararse para las próximas
crisis que vamos a sufrir. Y para eso no estaría de más que los
países occidentales aprendieran de los países asiáticos. Se debe
aprender de aquellos que tienen más experiencia. Así las
mascarillas llegan para quedarse. Dejarán de ser un elemento exótico
de las turistas asiáticas y formarán parte de nuestro vestuario. La
naturaleza ha llamado a las puertas de la Unión Europea y nos ha
hecho conscientes de cómo un virus [u otras catástrofes venideras]
puede cambiar nuestra vida en cuestión de días. En otros países,
arrasados por los desastres, son conscientes de ello desde hace
décadas. Lo han sufrido con mucho coste. Lo que pensábamos que no
nos afectaba, de repente, se nos ha aparecido como un problema del
que nadie puede escapar y, paradójicamente, los países que se
consideran menos desarrollados, según los criterios mercantilistas
occidentales, serán los que mejor estén preparados.
![]() |
| Brigadas Médicas de Cuba |
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Dialéctica del cenit y el ocaso — Miquel Amorós
Texto de Miquel Amorós
basado en la charla de título "Desarrollismo y Progresismo"
enmarcada dentro de las "Jornadas Crítica al Progreso"
organizadas por la Federación de Estudiantes Libertarios de la
Universidad Autónoma de Madrid (FEL-UAM) (2011).
Dialéctica del cenit
y el ocaso
El capitalismo ha
alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las
medidas para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede
presentarse como la única alternativa al caos; es el caos y lo será
cada vez más. Durante los años sesenta y setenta del pasado siglo,
un puñado de economistas disconformes y pioneros de la ecología
social constataron la imposibilidad del crecimiento infinito con los
recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos, es
decir, señalaron los límites externos del capitalismo. La ciencia y
la tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos,
originando de paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél
al que habían arreglado los viejos. Tal constatación negaba el
elemento clave de la política estatal de posguerra, el
desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba para
resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el
que pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e
igualitario gracias al desarrollo indefinido de las fuerzas
productivas dirigidas por los representantes del proletariado.
Además, el desarrollismo tenía contrapartidas indeseables: la
destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la
artificialización del territorio, la contaminación, el
calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el agotamiento
de los acuíferos, el deterioro de la vida en medio urbano y la
anomia social. El crecimiento de las fuerzas productivas ponía de
relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante. La fe
en el progreso hacía aguas; el desarrollo material esterilizaba el
terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia. La revelación
de que una sociedad libre no vendría jamás de la mano de una clase
directora, que mediante un uso racional del saber científico y
técnico multiplicase la producción e inaugurara una época de
abundancia donde todos quedaran ahítos, no era más que una
consecuencia de la crítica de la función socialmente regresiva de
la ciencia y la tecnología, o sea, del cuestionamiento de la idea de
progreso. Pero el progresismo no era solamente un dogma burgués, era
la característica principal de la doctrina proletaria.
La crítica
del progreso implicaba pues el final no sólo de la ideología
burguesa sino de la obrerista. La solución a las desigualdades e
injusticias no radicaba precisamente en un progresismo de nuevo cuño,
en otra idea del progreso depurada de contradicciones. Como dijo
Jaime Semprun, cuando el barco se hunde, lo importante no es disponer
de una teoría correcta de la navegación, sino saber cómo fabricar
con rapidez una balsa de troncos. Aprender a cultivar un huerto como
recomendó Voltaire, a fabricar pan o a construir un molino como
desean los neorrurales podría ser más importante que conocer la
obra de Marx, la de Bakunin o la de la Internacional Situacionista.
Eso significa que los problemas provocados por el desarrollismo no
pueden acomodarse en el ámbito del saber especulativo y de la
ideología porque son menos teóricos que prácticos, y, por
consiguiente, la crítica tiene que encaminarse hacia la praxis.
En
ese estado de urgencia, el cómo vivir en un régimen no capitalista
deja de ser una cuestión para la utopía, para devenir el más
realista de los planteamientos. Si la libertad depende de la
desaparición de las burocracias y del Estado, del desmantelamiento
de la producción industrial, de la abolición del trabajo
asalariado, de la reapropiación de los conocimientos antiguos y del
retorno a la agricultura tradicional, o sea, de un proceso radical de
descentralización, desindustrialización y desurbanización
debutando con la reapropiación del territorio, el sujeto capaz de
llevar adelante esa inmensa tarea no puede ser aquél cuyos intereses
permanecían asociados al crecimiento, a la acumulación incesante de
capital, a la extensión de la jerarquía, a la expansión de la
industria y a la urbanización generalizada. Un ser colectivo a la
altura de esa misión no podría formarse en la disputa de una parte
de las plusvalías del sistema sino a partir de la deserción misma,
encontrando en la lucha por separarse la fuerza necesaria para
constituirse.
Al final de la era
fordista, tras la subida de precios del petróleo como consecuencia
del cenit de la producción en Estados Unidos, conocemos la salida
que buscó la clase dirigente para preservar el crecimiento: un
desarrollismo de nuevo tipo, neoliberal, basado primero en el fin del
Estado-nación, la privatización de la función pública, el
abandono del patrón oro, la energía nuclear, la eliminación de las
trabas aduaneras, el abaratamiento del transporte, la globalización
de los mercados, la expansión del crédito y la desregulación del
mundo laboral. Una segunda fase, algo más keynesiana, rentabilizaría
la destrucción acumulada mediante un desarrollismo llamado
sostenible, integrando el punto de vista ecologista en un capitalismo
“verde”. El Estado recuperaría un tanto su papel de impulsor
económico que tenía en la época anterior de capitalismo nacional
financiando dicha modernización y forzando el reciclaje de la
población en el consumo de mercancía labelizada. También conocemos
las alternativas progresistas neokeynesianas que en el marco del
orden establecido reivindicaron “otra” globalización en donde
las cargas estuvieran mejor distribuidas, o lo que viene a ser lo
mismo, una mundialización tutelada por los Estados que respetara los
intereses de la burocracia obrerista y el estatus de las clases
medias. Esta propuesta descansaba en la falsa suposición de que el
Estado era un instrumento neutral frente al capitalismo, y no la
adecuada expresión política de sus intereses.
Como quiera que
fuera, ambas políticas –la neoliberal conservadora y la
neokeynesiana socialdemócrata– fracasaron al tropezar el
capitalismo con sus límites internos. La liquidación de las
economías locales arruinó poblaciones enteras que se fueron
acumulando en las periferias de las metrópolis, dando vida a
inmensos poblados de chabolas. Innumerables masas emigraron a los
países “desarrollados”, extendiendo las consecuencias de la
crisis demográfica a las zonas privilegiadas del turbocapitalismo.
Esta nueva mutación del capital creaba una nueva división social:
los integrados y los excluidos del mercado. La contención de la
exclusión quedó fundamentalmente en manos del Estado, en absoluto
neutro, obligado a desarrollar para la ocasión políticas represivas
de control de la inmigración y extenderlas a cualquier forma de
disidencia. Por otro lado, el carácter eminentemente especulativo de
los movimientos financieros internacionales y las políticas
estatistas clientelares, tras una década de euforia, condujeron a la
bancarrota general del 2008, agravada por las deudas que los Estados
no habían podido rembolsar, precipitando una vuelta al
neoliberalismo mucho más dura. Las medidas draconianas son
necesarias para traspasar la crisis provocada por los Bancos y los
Estados a la población asalariada, mayoritariamente hipotecada. La
pauperización material de un tercio de la población se suma a una
pauperización moral vieja de años, pero la incapacidad irremediable
de crecer lo suficiente de los Estados Unidos y la Unión Europea si
no es compensada con una demanda emergente, china o india,
proporcionará un marco crítico duradero donde podrá invertirse el
proceso de anomia. Potencialmente, y por mucho tiempo, el espectro de
Grecia –las condiciones griegas– asediará la conciencia de los
dirigentes. La venganza o la voluntad de desquite dominarán en los
primeros momentos con toda la secuela de conflicto y violencia, pero
para construir habrá de darse en las masas vapuleadas un sentimiento
de dignidad a la par que el desarrollo de una conciencia
verdaderamente subversiva.
Paradójicamente, en la
fase actual de descomposición del sistema dominante, las
contradicciones internas ocultan las externas. El drama de la
exclusión, el paro, la precariedad, los recortes, los desahucios y
el empobrecimiento de las clases medias asalariadas, al poner por
delante sus intereses inmediatos todavía ligados al mantenimiento de
un estilo de vida urbano, artificial y consumista, han oscurecido
momentáneamente la cuestión esencial, el rechazo del credo del
progreso, y, por consiguiente, el del modelo social y urbano que le
es inherente. En consecuencia, la creciente “huella ecológica” y
la insostenibilidad intrínseca de la supervivencia bien o mal
abastecida bajo el capitalismo no se han tenido en consideración,
por lo que las exigencias desindustrializadoras y desurbanizadoras
parecen fuera de lugar. La protesta urbana, obrera o populista,
rechaza pagar la factura de la gestión desarrollista anterior y así
se contenta con exigir “otra” política, “otra” banca u
“otro” sindicalismo, a lo sumo, “otro” capitalismo, pero
jamás se planteará seriamente la ruralización o la desaparición
de las metrópolis, es decir, otra manera de convivir, otra sociedad
u otro planeta. La mayoría de los habitantes de las conurbaciones
solamente busca o aspira a encontrarse con la naturaleza los fines de
semana, en tanto que consumidores de relax y paisaje, por lo que una
crítica antidesarrollista tiene serios problemas para darse a
conocer fuera de estrechos círculos, ya que la mentalidad urbana es
incapaz de asumirla y los desertores del asfalto son todavía pocos.
Por otra parte, la población campesina, residual, sufre un deterioro
mental aún peor, fruto de su suburbanización, y las más de las
veces reproduce estereotipos ideológicos urbanos.
La crítica
antidesarrollista no cuaja pues, ni en el medio rural, que debía ser
el suyo, ni en el medio urbano, mucho menos propicio. Por eso la
materialización en la práctica del antidesarrollismo como defensa
del territorio se ve sometida a multitud de inconsecuencias y
limitaciones. El carácter específicamente local de dicha defensa
juega en su contra. Apenas se conforma una oposición contra una
nocividad particular, surgen acompañantes municipalistas, verdes o
nacionalistas, que tratan de confinarla como “nimby” en la
localidad, exprimirla políticamente y empantanarla en marismas
jurídicas y administrativas. Solamente en los casos en que ha
conseguido aliados de las conurbaciones gracias precisamente a los
irregulares de la post ciudad, ha podido formularse un interés
general y desarrollarse un conflicto de envergadura (p. e. contra
trasvases, contra las líneas MAT, contra el TAV, contra autopistas,
centrales eólicas, etc.). Resumiendo, la defensa del territorio está
lejos mostrarse como el único conflicto realmente anticapitalista,
ya que, debido a las condiciones hostiles que debe afrontar, no
consigue constituir una comunidad de lucha estable y suficientemente
consciente que contribuya con eficacia a incrementar el número de
renegados de la urbe. Todavía no ha logrado transformar la
descomposición urbana en fuerza creativa rural, ni la oposición al
desarrollismo territorial en barrera contra la urbanización total.
Será necesaria otra
vuelta de tuerca en la crisis para que la cuestión urbana –el
problema de desmontar la conurbación– aparezca en el centro de la
cuestión social. En efecto, la conurbación es la forma ideal de la
organización del espacio por el capitalismo; una gran concentración
de consumidores hecha posible por la abundancia hasta ahora ilimitada
de combustible fósil barato y de agua potable. Es de suponer que un
encarecimiento del combustible conduciría a una crisis energética
que pondría en peligro la agricultura industrial, el sistema de vida
urbano y la existencia misma de las conurbaciones. Igual sucedería
con una sequía prolongada que exigiera la construcción de numerosas
desaladoras funcionando con petróleo. Ese es el horizonte que
perfila a corto plazo la gran demanda de los países emergentes y el
cenit de la producción petrolífera a medio: el fin de la era de la
energía barata. No hay remedio posible puesto que la energía
nuclear y las llamadas “renovables” son caras, necesitan
igualmente para su puesta en marcha ingentes cantidades de
combustible fósil cada vez menos al alcance y el ritmo de su
producción nunca podrá satisfacer las exigencias de un consumo
creciente.
El capitalismo verde es una falacia y la globalización
está entrando en su fase terminal; las innovaciones tecnológicas no
podrán salvarla. La perspectiva de un declive de la producción
industrial de energía pinta de negro el futuro de las conurbaciones,
puesto que un encarecimiento del transporte paralizará los
suministros y las volverá inviables. Los bloques de viviendas, los
rascacielos, los centros comerciales, los adosados residenciales, los
polígonos logísticos, las autopistas y demás se deteriorarán a
gran velocidad. Entonces, los sofisticados materiales de
construcción, el aire acondicionado, los electrodomésticos, los
ordenadores, la calefacción central, la telefonía móvil y los
automóviles serán cosas del pasado. Además, el calentamiento
global es imparable puesto que el consumo de energías contaminantes
es imposible de aminorar, y, en pocos años, cuatro o cinco,
desbocará el cambio climático y entonces los daños provocados
serán irreversibles. El decaimiento de la agricultura industrial
–esclava del fuel, de los abonos y herbicidas petroquímicos–
junto con las secuelas del calentamiento –incremento del efecto
invernadero, deforestación, erosión, salinización y acidificación
de los suelos, desertificación, sequías e inundaciones–
desembocarán en una crisis alimentaria de graves consecuencias. La
mayoría de la población urbana quedará desabastecida, viéndose
impelida violentamente a buscar comida y combustible fuera,
desperdigándose por un campo esquilmado. El que este proceso de
expulsión del vecindario se efectúe de forma caótica y terrorista
o transcurra positivamente dependerá de la capacidad integradora de
las comunidades de lucha surgidas de la deserción y la defensa del
territorio. Si éstas son débiles no podrán enfrentarse a la
avalancha de una población hambrienta y transformar su desesperación
en fuerza para el combate por la libertad y la emancipación. La
desagregación del turbocapitalismo daría lugar entonces a un
reguero de formaciones capitalistas primitivas defendidas por poderes
locales y regionales autoritarios. Será inevitable que la sociedad
se contraiga y se vuelva intensamente localista, pero lo pequeño no
siempre es hermoso. Puede ser horrible si la necesaria ruralización
que habrá de afrontar las consecuencias de una superpoblación
repentina y brutal, no discurre por vías revolucionarias, es decir,
si se limita a una producción centralizada y privilegiada de comida
y energía en lugar de orientarse hacia la creación de comunidades
libres y autónomas capaces de resistir a la depredación post
urbana. En definitiva, si el proceso ruralizador no respira esa
atmósfera de libertad que antaño se atribuía a las ciudades.
A fin de no caer en
profecías apocalípticas y evitar que la ciencia ficción se adueñe
de los análisis futuristas postulando retornos al paleolítico o a
la barbarie de género cinematográfico, conviene considerar la
crisis energética como un marco general y un horizonte temporal que
condicionará cada vez más el acontecer social con el chantaje
consabido de ‘o la energía o el caos’ sin por lo tanto
determinarlo completamente. La especulación novelesca es deudora de
la actitud contemplativa frente a la catástrofe, típica de la
religión –o de su equivalente secular, la ideología historicista– que considera lo que adviene como resultado forzoso y no como una
posibilidad entre muchas, un desenlace en el tiempo fruto de
múltiples variables: la conciencia del momento, la inteligencia de
los cambios, la configuración de fuerzas independientes, la
habilidad en captar las contradicciones que se manifiestan y en
aprovechar las ocasiones que se presentan... Ni el resultado explica
enteramente el proceso, ni el proceso, el resultado. El cenit no
precede necesariamente a la extinción. Entre los dos interviene el
juego dialéctico de la táctica y de la estrategia entre
contrincantes con fuerzas desiguales, a corto y medio plazo. El juego
de la guerra social. Las esperanzas de los sectores aferrados a la
conservación del capitalismo de Estado en un decrecimiento
paulatino, pacífico y voluntario serán prontamente desmentidas por
la brutalidad de las medidas de adaptación a escenarios de escasez y
penuria y la dinámica social violenta que van a originar. Si bien el
colapso catastrófico no va a producirse en fecha fija, inminente,
tampoco va a ser inevitable la entronización de un régimen
ecofascista; sin embargo, la probabilidad más o menos cercana de
ambos fenómenos puede servir para llevar la acción por derroteros
consecuentes, lográndose así en las sucesivas confrontaciones una
salida favorable al bando de los partidarios de un cambio social
radical y libertario. Nada está decidido, por lo que todo es
posible, incluso las utopías y los sueños.
21 marzo, 2020
Apoteosis de la maldad — Atilio Borón
Jaque
al neoliberalismo – 17/03/2020
La situación de los
últimos días nos ofrece un ejemplo de una perversidad pocas veces
vista: en medio de una pandemia global la mayor superpotencia del
planeta persiste en la aplicación de una política de bloqueo y
sanciones económicas contra terceros países que impiden, o
dificultan enormemente, acceder a los medicamentos necesarios para
defenderse de la mortal amenaza del coronavirus.
La historia de la
humanidad está signada por infinidad de episodios que desnudan la
omnipresencia del mal. Caín ultimando a su hermano Abel da comienzo
a esta historia desde los albores míticos de la especie humana. A lo
largo de siglos y milenios los ejemplos abundan, en todas las
latitudes. Ninguna sociedad se libró del mal y los sufrimientos que
ocasiona. Pero la situación de los últimos días nos ofrece un
ejemplo de una perversidad pocas veces vista: en medio de una
pandemia global la mayor superpotencia del planeta persiste en la
aplicación de una política de bloqueo y sanciones económicas
contra terceros países que impiden, o dificultan enormemente,
acceder a los medicamentos necesarios para defenderse de la mortal
amenaza del coronavirus.
Entre nosotros, Cuba y
Venezuela han sido víctimas principales de esa política criminal.
Cuba viene soportando con dignidad y estoicismo ejemplares el bloqueo
integral más largo de la historia: ningún imperio, ningún déspota,
ningún tirano por cruel o bárbaro que haya sido hizo lo que
sucesivos gobiernos de Estados Unidos hicieron en contra de la isla
rebelde. A lo largo de seis décadas perpetraron en su contra, sin
pausa alguna, crímenes de lesa humanidad. Bajo Donald Trump éstos
se agravaron hasta llegar a extremos desconocidos por la amplitud y
variedad de sus intervenciones y su sistemática vocación de hacer
el mal al pueblo cubano. Políticas genocidas encaminadas a
exterminar o infligir graves daños a un colectivo, en este caso la
nación cubana, que los autoproclamados líderes del mundo pretenden
justificar aduciendo que con ellas la democracia, los derechos
humanos y la justicia florecerán en Cuba. Detrás de tan
altisonantes declaraciones se oculta un propósito inconfesable,
perseguido por Estados Unidos desde 1783 según lo dejara sentado por
escrito John Adams desde Londres. En efecto, en una célebre carta
dijo que la isla era una “extensión natural” del territorio
continental de Estados Unidos y que su anexión era necesaria para su
seguridad nacional que podía ser nuevamente amenazada por el Reino
Unido y que, por lo tanto, su independencia jamás debería ser
tolerada. O sea, hay una obsesión de casi dos siglos y medio para
apoderarse de la isla, misma que se exacerbó de modo extraordinario
en fechas recientes.
Venezuela ha sufrido
también la brutal agresión del imperio. Las “sanciones”
económicas aplicadas el estado bolivariano y a sus principales
dirigentes no tuvieron otro efecto que provocar crueles sufrimientos
a la población y causar muertes por la imposibilidad de importar
medicamentos y alimentos que o bien ya habían sido pagados o estaba
el dinero depositado en bancos europeos para financiar su compra pero
que la Casa Blanca ordenó inmovilizar. Otro genocidio de manual,
unido al robo descarado de los patrimonios de la República
Bolivariana de Venezuela en el exterior –caso CITGO, por ejemplo–
y los continuos sabotajes y hostilidades vehiculizados a través de
algunos asesinos seriales como Iván Duque y de bufones corruptos
como el “autoproclamado” Juan Guaidó, estúpido de marca mayor
que cree que los drones y los misiles de una invasión
estadounidense, en caso de producirse, afectarían tan sólo a los
chavistas dejando indemnes a sus escasos y cada vez más
desmoralizados partidarios.
Washington, que ya inició
su inexorable declinación como centro imperial, actúa como un
hampón desenfrenado que impone su ley gracias a la mortífera
eficacia de sus armas y, también, a la cobardía de gobiernos como
los de Europa y Japón que consienten sus tropelías y admiten
ovejunamente la “extraterritorialidad” de las leyes de Estados
Unidos. Creen que el Calígula neoyorquino en ningún momento se
volverá también contra ellos. La pandemia está demostrando lo
contrario y también ratifica que la maldad que encarna Donald Trump
y la dirigencia política y corporativa de Estados Unidos es
incomparable.
Nadie, absolutamente
nadie, arrojó bombas atómicas sobre dos ciudades indefensas en
Japón. Nadie sometió a otro pueblo a un bloqueo de sesenta años o
a sanciones económicas destinadas a infligir el mal a una comunidad.
En el marco de una pandemia como la actual un mínimo resto de
sentimientos humanitarios debería haber impulsado a la dirigencia de
Estados Unidos –y no sólo a Trump– a declarar la temporaria
suspensión del bloqueo y las sanciones en contra de Cuba y
Venezuela. No lo han hecho, ni lo harán. Tenía razón Oscar Wilde
cuando, hace poco más de un siglo, dijera que “Estados Unidos es
el único país que pasó de la barbarie a la decadencia sin pasar
por la civilización”.
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20 marzo, 2020
Mundo capital: Coronavirus o reingeniería social a escala planetaria
19/03/2020
Fragmentos tomados del artículo: En casa y sin tocar a
los otros - Luis Bonilla-Molina
[…] El encuentro humano
articulaba y expresaba el consumo, sus modalidades y nuevas
expectativas. Basta ver toda la publicidad del siglo XX para darnos
cuenta que encuentro humano, mercancías y consumo formaban la triada
cotidiana de la sociedad capitalista.
[...] las instituciones
educativas lejos de movilizarse se paralizaron. Hablaron mucho de
transdisciplinariedad, pero siguieron operando sobre una lógica
disciplinar ya obsoleta para el gran capital
Desprovistas de una
mirada de lucha de clases, las dinámicas institucionales de las
escuelas y universidades no fueron capaces de captar que el
movimiento incesante constituye una característica de las
resistencias capitalistas. Consideraron que eran útiles como
venían trabajando y que ahora habían surgido nuevas instituciones
que harían lo que ellas no estaban dispuestas a hacer. Este fue un
error estratégico porque no percibieron que estaban dejando en manos
de otros el epicentro del conocimiento vinculado a la aceleración de
la innovación.
[...]
Coronavirus: la
pandemia del miedo
De pronto, irrumpe en el
escenario una pandemia con impacto profundo en toda la sociedad
global, el coronavirus. Para la Organización Mundial de la Salud
(OMS) ”los coronavirus son una extensa familia de virus que
pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos. En los
humanos, se sabe que varios coronavirus causan infecciones
respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta
enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente
Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). La COVID-19 es la enfermedad
infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más
recientemente. Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran
desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en
diciembre de 2019.” (OMS, 2019)
Ya la humanidad había
presenciado con temor el surgimiento de pandemias como el H1N1 y la
epidemia de Ebola (1976-2016), con brotes intermitentes. Sin embargo,
ninguna de ellas había alcanzado la diseminación del Coronavirus.
No voy a entrar en el debate respecto a si es un virus de mutación
natural o fue creado en laboratorio, porque no dispongo de los
elementos de convicción suficientes para afirmar ni lo uno ni lo
otro. Lo que sí es cierto es que en menos de tres meses más de ciento
veinticinco países sufrieron el impacto del virus.
Pero ahí comienzan las
explicaciones que construyen una nueva hegemonía social. Se señala
que el Coronavirus se extiende fundamentalmente por el
relacionamiento humano y al entrar en contacto con superficies donde
este depositada de manera residual la cepa del virus. Se culpa a los
viajeros, especialmente de vuelos aéreos y los cruceros, de ser los
trasmisores y difusores del virus.
La sociedad capitalista
del siglo XX e inicios del XXI había convertido en un derecho
civilizatorio la movilidad humana, por lo que restringirla se
convertía en un problema. De pronto el coronavirus hace posible lo
impensable, el temor a viajar se va instalando en el imaginario
colectivo social y el número de viajeros cae drásticamente hasta
que no solo es esperado, sino exigido, que en cientos de países se
prohíba viajar. No movernos del lugar pareciera ser el meta mensaje.
Del terror a viajar se
pasa al horror por el contacto humano, como si el vecino, el amigo,
la persona que encontramos en el metro, el autobús o la calle fuera
un potencial vector, un peligro para nuestra salud. Los cimientos de
la vieja sociabilidad de la primera, segunda e incluso de la tercera
revolución industrial se ven cuestionados. La deshumanización
adquiere una nueva escala y el desencuentro se convierte en un “acto
responsable”. Se naturaliza el desencuentro humano. Podemos vivir
sin estar en contacto con los otros y otras parecieran ser el mensaje
que se instala en la civilización humana.
El horror causado por los
miles de muertos en todo el orbe hace que sectores populares y la
clase media invoquen medidas autoritarias de control. Se eclipsa la
noción democrática de la toma de decisiones por una apelación
colectiva a la “manu military”. Los estados de
alerta, emergencia y de suspensión de garantías se hacen
“inevitables” y surge el primer Estado de sitio planetario. El
autoritarismo emerge con base social, el fascismo tecnológico
de la cuarta revolución industrial es un río desbocado que se abre
paso.
Las y los trabajadores
habíamos construido una identidad de nuestra labor que nos hacía
imprescindibles y de pronto encontramos que la sociedad puede
marchar, con un nuevo modelo de organización, sin muchos de los
trabajos a los cuales estamos acostumbrados. Cobran
sentido posible y práctico las afirmaciones de Klaus Snowb, creador
del Foro Mundial de Davos, respecto a que el desembarco de la cuarta
revolución industrial traería millones de desempleos en el mundo,
porque muchos de los trabajos que veníamos realizando, asociados al
mundo del trabajo y el consumo en las tres revoluciones industriales
precedentes ya no tendrían razón de ser. Se construye la hegemonía
social respecto a que muchos trabajos son prescindibles.
Durante semanas, la
sociedad comienza a reordenarse desde la casa. Se inculca o expande el
consumo “online” o el “Delivery”. Se promueve con hechos la
nueva educación para el consumo. Millones de seres humanos entran en
contacto acelerado con algo que aún les resultaba etéreo e
incómodo: el nuevo modelo de consumo en casa.
El sueño dorado del
capitalismo cognitivo del siglo XXI se muestra en la cotidianidad.
Millones de seres humano son lanzados a la educación en casa, una
nueva experiencia que parecía imposible solo unos, años atrás,
[...] Para poder concretar el salto, se ensayan plataformas y propuestas, mientras las familias aprenden colectivamente que es posible educar en casa, sin el acompañamiento de docentes, creando confusión sobre las diferencias entre enseñar a aprender y recibir información.
[...] Para poder concretar el salto, se ensayan plataformas y propuestas, mientras las familias aprenden colectivamente que es posible educar en casa, sin el acompañamiento de docentes, creando confusión sobre las diferencias entre enseñar a aprender y recibir información.
El miedo le construyó
condiciones de posibilidad a un nuevo paradigma social. El miedo
cohesionó mentalidades y forzó a ver nuevos caminos de cruce entre
aceleración de la innovación y modelo de organización social.
Mientras tanto, en las élites superestructurales de poder, la pugna
interburguesa continua con dos escenarios posibles: guerra para
resolver las diferencias o integración del capital transnacional para
dar paso al nuevo imperio tricéfalo extraterritorial. Veremos en los
próximos meses y años (?) el curso de esta puja.
[...]
Después de la crisis
una nueva hegemonía capitalista se habrá instalado
Es previsible que en
meses se supere la pandemia del Coronavirus. El modelo de control
ensayado por China moldeará el curso de la resolución de esta
crisis colectiva en materia de salud.
Todo vivirá la
apariencia de volver a la “normalidad” pero ya no seremos los
mismos. La hegemonía sobre una nueva forma de construir las
sociedades del capitalismo de la cuarta revolución industrial ya no será utopía, sino algo posible para miles de millones de hombres y
mujeres en todo el planeta.
La nueva normalidad
estará preñada de certezas sobre la necesidad de repensar la casa,
como escenario de vida, trabajo, educación, salud, seguridad y
gobernabilidad. El mundo se nos hará incontrolable y la tranquilidad
de lo que podemos moldear tendrá en la casa un espacio privilegiado.
[...] la semilla del “nuevo” modelo capitalista ha
sido sembrada. Es hora que las resistencias anticapitalistas se atrevan a
pensar esta nueva realidad, que ya no es un teorema, sino que se nos
ha mostrado como una realidad concreta.
[...] La explotación del
hombre por el hombre no desaparecerá por el contrario adquirirá
nuevas y terribles expresiones. Las y los revolucionarios debemos, como lo hizo Marx, desde lo concreto del presente anticipar el mañana
con propuestas alternativas.
________________________________________________________
Nota de Arrezafe: Todo el
cloro, la lejía y demás productos químicos que se están
utilizando en cantidades ingentes e incontroladas para la desinfección, van a parar
a los ya contaminados ríos, mares y acuíferos.
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19 marzo, 2020
Documental sobre la lucha de la Federación Anarquista y el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria
x Inèrcia
Docs - 19/03/2020
Un documental sobre la
lucha de la Federación Anarquista y el Sindicato de
Inquilinas de Gran Canaria. Una de las experiencias pioneras del
estado. El primero de los muchos sindicatos autoorganizados que nacen
desde abajo, en barrios y pueblos de todo el estado, desde la lucha
por el acceso a la vivienda, parando desahucios, con okupaciones
masivas, realojos de famílias o bien en fincas adquiridas a través
de cesiones semiinformales con la propiedad (de aquí el término
precarista). Pero siempre defendidas con la acción sindical de
barrio.
Experimentos de vivienda
de matriz anarquista que han dado respuesta al escaso papel de las
administraciones insulares, intentando aglutinar y expandir un
movimiento popular a través de la cobertura de necesidades básicas.
Con un lenguaje
audiovisual híbrido, entre el género periodístico, documental y
experimental, el relato central se construye a través de un
acercamiento íntimo a las familias y se complementa con voces de
diferentes actores políticos, empresariales, académicos y juristas
de la isla. En la narrativa también hay espacio para una incursión
en la dimensión turística de Gran Canaria (34% del PIB), explorando
el impacto y la relación que tiene en la vivienda este monocultivo
económico.
Un documental
autogestionado que ha contado con la colaboración de colectivos de
la comunicación como La Directa o Bauma y con una banda sonora a
cargo de artistas como Silvia Tomas Trio, el grupo de rap Resiliencia
y los djs Mash Masters
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