LA
ROSA ROJA - 04/05/2022
Nadine Dorries,
secretaria de Estado de Cultura, Medios de Comunicación y Deporte
del Reino Unido afirmó el 3 de marzo de 2022, ante la Cámara de los
Comunes de su país, que “la cultura es el tercer frente de la
guerra de Ucrania”.
Para el imperialismo,
el campo cultural es un escenario vital para sostener su hegemonía
y, de esa manera, lograr que las masas se identifiquen con sus
ideales, creencias y principios, los cuales son expuestos por los
medios de comunicación puestos al servicio del capital como
universales e inalterables.
Allen Dulles,
director de la Oficina de Servicios Estratégicos en Tiempos de
Guerra (OSS) y luego de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), expuso en su libro El Arte de la Inteligencia un
conjunto de ideas que permiten comprender la importancia que EEUU le
dio a la ideología y la cultura como instrumentos para enfrentar a
la Unión Soviética.
Yisell Rodríguez
Milán, en un artículo publicado en el periódico Granma
el 27 de agosto de 2018 con el título “¿Cómo EE.UU. diseñó
imponer su ideología «sin hacer mucho ruido»?”, cita algunos
pasajes de la obra de Dulles, personaje que llegó a tranzar con los
nazis para detener el avance soviético frente a Alemania en la
Segunda Guerra Mundial, el mismo que planteaba que se debía
corromper, desmoralizar y pervertir a la juventud, mediante el culto
al sexo, la violencia, el sadismo, la traición o cualquier tipo de
inmoralidad para debilitar a la URSS.
“El objetivo final
de la estrategia a escala planetaria, es derrotar en el terreno de
las ideas las alternativas a nuestro dominio, mediante el
deslumbramiento y la persuasión, la manipulación del inconsciente,
la usurpación del imaginario colectivo y la recolonización de las
utopías redentoras y libertarias, para lograr un producto paradójico
e inquietante: que las víctimas lleguen a comprender y compartir la
lógica de sus verdugos”, decía el exjefe de la CIA.
Vicente Romano en
su libro La formación de la mentalidad sumisa cita al
comunicólogo alemán Harry Pross, que definió a la violencia
simbólica como “el poder para imponer la validez de
significados mediante signos y símbolos de una manera tan efectiva
que la gente se identifique con esos significados”.
Eso es lo que ha venido
haciendo el aparato de propaganda y mediático estadounidense desde
la Guerra Fría hasta el día de hoy, actividad en la que ha contado
con el apoyo incondicional del Vaticano.
En la película Amén,
dirigida por Costa Gavras, se pone de manifiesto la estrecha
relación que tuvo la Santa Sede con los nazis, así como el silencio
cómplice ante los crímenes que cometieron.
El papa Pío XII calló
ante las atrocidades cometidas por las huestes hitlerianas y no se
atrevió a condenar al nazifascismo en sus intervenciones, silencio
que no guardó cuando criticó la influencia de la URSS en Europa
Oriental después de la Segunda Guerra Mundial, a más de haber
condenado a los comunistas italianos y de haber autorizado a la
Congregación para la Doctrina de la Fe la excomunión de los
seguidores y militantes del PCI el 1 de julio de 1949. Eugenio
Pacelli también brindó su apoyó al dictador Francisco Franco.
Más adelante, Karol
Wojtyla, elegido Papa el 16 de octubre de 1978, cargo que ocupó
hasta su muerte en 2005, cumpliría un rol similar al servicio de los
EEUU y la CIA, en una cruzada cuyo objetivo fundamental era la
difusión de los valores del capitalismo y las ideas anticomunistas
para combatir a la Unión Soviética y a los regímenes del
denominado campo socialista de Europa del Este.
Bajo el gobierno de
Ronald Reagan, las relaciones entre EEUU y el Vaticano se
hicieron más sólidas. Zbigniew Brzezinski, think tank
de la política estadounidense, fue una pieza clave para el
acercamiento con el Vaticano desde la presidencia de Carter.
En la década de los 80
del siglo pasado, el aparato de propaganda de EEUU intensificó sus
ataques contra la URSS y los países de Europa Oriental. Al mismo
tiempo, el gobierno estadounidense elaboró dos informes para América
Latina conocidos como Santa Fe I y Santa Fe II, en los que se
recomendaron un sinnúmero de acciones para evitar la penetración
soviética en la región.
La guerra ideológica
y cultural contra la URSS y luego contra Rusia se remonta a
décadas atrás. La Revolución Bolchevique de 1917 no podía ser del
agrado de la burguesía mundial que no solo lanzó una coalición
militar para derrotarla, sino que, además, utilizó la propaganda
para desacreditar sus logros. Carteles anticomunistas y
antibolcheviques se elaboraron en Polonia, Francia, Alemania, Italia,
España, EEUU para atacar al Estado soviético.
Transcurrido más de un
siglo de esa gesta histórica, la burguesía y el imperialismo
continúan expresando su odio visceral a la Revolución de Octubre
y a Vladímir Lenin. Los medios de comunicación occidentales,
instrumentos de la burguesía, permanentemente lanzan sus ataques
contra el líder bolchevique fallecido hace 98 años, en una clara
demostración de que aún le temen.

El 14 de enero de
2019, el periódico español ABC publicó un artículo de Manuel P.
Villatoro con el título “Lenin, el machista y reprimido sexual que
vivió de su madre hasta los 40 años” a lo largo del cual se
presenta a un Lenin poco confiable, sin moral y con frustraciones
sexuales. El colmo del ridículo lo tiene el título del artículo de
César Cervera, “El lado aún más siniestro de Lenin, el inventor
del régimen de terror que inspiró a nazis y fascistas” publicado
por el periódico ABC el 23 de febrero de 2021. Cervera cita a
Stéphane Courtois, autor del libro Lenin, el inventor del
totalitarismo para sostener que fue el líder bolchevique el
“artífice de un régimen de terror que sirvió de modelo a
socialistas, fascistas y nazis de todo pelaje”.
No sólo se ha
desacreditado la imagen de Vladímir Ilich Uliánov Lenin,
sino de la misma revolución rusa a la que generalmente la asocian
con el terror, la represión, el hambre y la muerte. La historia
oficial, reproducida por el aparato de propaganda de la clase
dominante, exalta los procesos burgueses y a sus líderes, mientras
desprecia las luchas de los pueblos, de los trabajadores, de sus
líderes.
La Independencia de los
EEUU se recordará como un acontecimiento admirable, liderado por
grandes hombres como George Washington del que prefieren no
decir que odiaba al pueblo, la democracia y que era un esclavista.
En cambio, de la
Revolución rusa de 1917 hay que repetir continuamente que se trató
de un proceso violento, antidemocrático en el cual los bolcheviques
aplicaron el “terror rojo” para imponerse. La violencia de los
oprimidos es condenada, la de los opresores o se encubre o se
justifica.
Alan Woods en el
artículo “La Revolución Rusa: el significado de Octubre”,
publicado el 25 de enero de 2017 en la página In Defence of
Marxism [En defensa del marxismo] dice que “para
justificar el sistema capitalista (…) es necesario mostrar que la
revolución es algo malo, que representa una horrible desviación de
las “normas” de la evolución social pacífica, que
inevitablemente termina en un desastre”.
Lo que callan cuando
hablan del “terror rojo” es que la revolución tuvo que
enfrentarse a la furia de Lavr Kornilov, al terror blanco y a la
agresión de las potencias extranjeras que querían derrotar al poder
soviético.
La Revolución
bolchevique significó un salto cualitativo para la vida de la
mayoría de la población rusa sumida por siglos en el atraso, en el
analfabetismo, en la explotación y la dominación patriarcal.
La abolición de
títulos nobiliarios, la legalización del derecho al aborto y del
divorcio para las mujeres, hasta ese entonces prohibidos, la
despenalización de la homosexualidad, el apoyo a artistas,
escritores, cineastas que posibilitó el desarrollo de estas
actividades entre el pueblo, acabando con su carácter elitista, la
alfabetización de obreros y campesinos, la electrificación del país
y la marcha hacia el desarrollo industrial y tecnológico que se vio
concretado años más adelante gracias a la economía planificada, a
pesar de las deformaciones burocráticas, fueron algunos de los
logros del proceso revolucionario.

Decía León Trotsky
en su Historia de la Revolución rusa que “La Revolución
de Octubre sentó las bases para una nueva cultura que tomara a todo
el mundo en consideración, y por esa misma razón adquirió
inmediatamente importancia internacional” y, con una
comprensión dialéctica de la realidad, añadió que, “aun
suponiendo que debido a las desfavorables circunstancias y a los
golpes hostiles, el régimen soviético fuera derrocado
temporalmente, la huella inexpugnable de la Revolución de Octubre,
empero, sería un ejemplo para todo el desarrollo futuro de la
humanidad”, legado que, pese a los ataques brutales que el
imperialismo, la reacción y la burguesía mundial lanzan hasta hoy,
no ha podido ser vencido.
Tras la caída de la URSS
y del denominado campo socialista en Europa Oriental, proliferaron el
juego, las mafias, la droga y la prostitución. La juventud de los
países de Europa del Este, atraída por el mundo de ensueño que la
propaganda occidental le mostraba, no tardaría mucho tiempo en darse
cuenta de que el capitalismo realmente existente no le iba a
proporcionar bienestar y comodidad, sino que, al contrario, le iba a
despojar de las conquistas que bajo el socialismo real, a pesar de
sus imperfecciones y su burocratización, gozaban, como en el campo
de la educación, de la salud y la seguridad social.
Laila Porras
Musalem explica los impactos que tuvo en la sociedad rusa el
cambio de sistema. La aplicación de las medidas neoliberales
conllevó a la caída del ingreso de en un 42% hasta 1995 y la
pobreza que en 1988 era del 2%, entre 1993 y 1995 aumentó a 50%. Las
empresas públicas fueron privatizadas, la corrupción se hizo más
palpable, mientras se producía un deterioro acelerado de la vida de
la población. En su investigación titulada “Un recorrido
histórico por la desigualdad en Rusia, a 100 años de la
revolución”, publicada el 15 de julio de 2018 por México Social,
Porras Musalem dice que la esperanza de vida entre los hombres rusos
pasó de 64.2 a 57.6 entre 1989 y 1994, debido a las afectaciones en
la salud producidas por la tensión social, fundamentalmente al no
tener la seguridad de mantener su empleo como en la época soviética.
Un artículo de Fátima
Ruiz publicado en el periódico El País el 30 de marzo de
2001 con el título “El ‘glamour’ de prostituirse”
expone la dura realidad de la niñez en la Rusia postsoviética en la
que muchos infantes fueron abandonados por sus padres y por el
Estado, lo que les condujo muchas veces a la prostitución o a
“prestar” su cuerpo a las mafias dedicadas a la pornografía
infantil. Niñas de apenas 11 años fueron convertidas en esclavas
sexuales por organizaciones delictivas inmersas en esta actividad
criminal.
El capitalismo con su
rostro inhumano se estableció en la ex Unión Soviética, mientras
con total cinismo los medios han exaltado el mundo de bondades que la
caída del socialismo real trajo para Rusia. Rodrigo Fernández, el
26 de diciembre de 2016 publicó un artículo en el periódico El
País con el título “El día que renació Rusia” en el que
manifestaba: “El sistema económico y político impuesto por los
bolcheviques, fracasado, desaparecía. Atrás quedaba definitivamente
la falta de libertades —políticas, económicas, culturales, de
movimiento— y continuaba la cada vez más difícil andadura (…)
hacia un sistema que quería ser democrático. El coste social de
este cambio fue enorme: el capitalismo salvaje golpeó a un pueblo
acostumbrado a la estabilidad laboral, pero abrió también las
puertas a la iniciativa individual y permitió a los rusos gozar de
una libertad que nunca antes habían tenido”.
Esa libertad significó
que niñas y adolescentes rusas, convertidas en “huérfanas
sociales”, se vieran forzadas a la prostitución, a la
pornografía infantil, a la esclavización sexual, mientras que, a
nivel cultural, McDonald, Burguer King o Coca Cola deslumbraban con
sus productos y simbología a miles de jóvenes que, en ese instante
de éxtasis, aún no sentían los efectos de las medidas neoliberales
en el campo de la educación, de la salud y de la vida laboral.
Mientras el retorno al
capitalismo significó la imposición de la decadencia y la
ordinariez, la Revolución rusa de 1917 impulsó la fuerza creadora
de las masas, lo que posibilitó el desarrollo del arte, de la
música, de la literatura, el cine, la poesía y, por supuesto, la
ciencia.
Юрий Алексеевич Гагарин. Художник – Андрей Плотнов.
Indudablemente, antes de
la revolución bolchevique de 1917 grandes pensadores, científicos,
escritores y artistas sobresalieron por sus obras de gran importancia
y valor para la humanidad toda, así como por la belleza de sus
creaciones.
En el campo de la ciencia
despuntaron Mijaíl Lomonosov (1711-1765) que formuló la ley
general del movimiento y la conservación de la materia, Nikolái
Lobachevski (1792-1856) creador de la geometría hiperbólica, no
euclidiana, Dmitri Mendeléyev (1834-1907) que desarrolló la
tabla periódica de los elementos químicos, Aleksandr Stepánovich
Popov (1859-1905) inventor de la telegrafía sin cable y que es
considerado como el primero en desarrollar la radio antes de Marconi,
Nikolái Pirogov (1810-1881) que fundó la cirugía de campaña
rusa y la escuela rusa de anestesia.
Aleksandr Pushkin
(1799-1837), con sus poemas El prisionero del Cáucaso, Al mar,
Fiódor Dostoyevski (1821-1881), autor de Recuerdo de la casa de los
muertos, El Jugador, Crimen y Castigo o Los hermanos Karamazov, León
Tolstói (1828-1910) con La Guerra y la Paz o La muerte de Iván
Ilich, Antón Chéjov (1860-1904) con sus obras teatrales La Gaviota
o Tío Vania, son exponentes de la literatura rusa y universal.
En la música clásica
destacan Mijaíl Glinka (1804-1857) con Jota Aragonesa, Alexander
Borodín (1833-1887) con su obra maestra El príncipe Igor, Modest
Mussorgsky (1839-1881) con su suite para piano Cuadros de una
exposición, Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) con creaciones
magistrales como El cascanueces o El lago de los cisnes.
El arte fue otro de
los campos donde sobresalió la cultura rusa. Iván Aivazovski
(1817-1900) con sus pinturas La novena ola o La Torre Galata a la luz
de la luna, Alekséi Savrásov (1830-1897), con cuadros como Los
grajos han vuelto o Paisaje de Invierno, Vasíli Vasílievich
Vereschaguin (1842-1904) con obras como Apoteosis de la guerra o la
Sagrada Familia han impresionado al mundo por su belleza.
No obstante, fue el
triunfo revolucionario de 1917 que condujo a un nivel superior a la
ciencia, a la literatura y al arte que, al despojarse de su carácter
elitista, se puso al servicio del pueblo, al tiempo que el valor de
cambio era sustituido por el valor de uso.
Como dice Alan Woods,
“la Revolución de Octubre fue el acontecimiento más liberador de
la historia humana”. En su artículo “El marxismo y el arte”,
el pensador galés explica que “una galaxia de artistas surgió al
calor de la revolución: Marx Chagall, Larionov, Tatlin, Malevich,
Boris Kustodiev, Kuzma Petrov Vodkin, Isaac Brodsky, Vladimir
Lebedev, Mitrofan Grekov, Sergei Konionov, Matvei Mantzer y artistas
femeninas como Vera Mukhina” y añade que “después de
Octubre la gente comenzó a participar en las nuevas formas de arte
callejero: manifestaciones de masas y actuaciones callejeras”.
El desarrollo de la
propaganda revolucionaria, acompañada de la cartelería fue
impresionante, al igual que el de la escultura, con la edificación
de monumentos en honor a la clase trabajadora y al pueblo soviético
entre los que se destaca la colosal escultura “El obrero y la
koljosiana” de Vera Mújina, con 24,5 metros, construida en
acero inoxidable.
Vera Mújina
Las colecciones de arte
en manos de gente rica, nobles y empresarios fueron nacionalizadas
por la revolución, como la galería Tretiakov y las colecciones de
Serguéi Shchukin e Ivan Morozov.
La cultura debía
difundirse masivamente entre el pueblo. Un ejemplo de ello fue el
“Tren de Cultura e Instrucción”. David Rodrigo García
Colín Carrillo, en un artículo publicado por La Izquierda
Socialista el 9 de mayo de 2020, cita al profesor argentino
Miguel Vedda quien dice que: “El «Tren de Cultura y de
Instrucción» recorrió entre 1918 y 1921 las vías férreas
poniendo el arte al alcance de las masas campesinas y analfabetas.
Sus vagones, transformaban las estaciones en museos y escenarios a
cielo abierto con espectáculos teatrales, exposiciones de cine, de
pintura, etc. En 1920, por ejemplo, se reproduce el ataque al palacio
de Invierno con ocho mil actores y quinientos músicos y con el mismo
buque Aurora tirando salvas como en 1917. Isadora Duncan bailó
también al aire libre con cinco grados bajo cero, hacía tanto frío
que se escarchaban los instrumentos de la orquesta que la
acompañaba”.
En la música se destacó
el compositor soviético Dimitri Shostakovich que, pese al
control y restricciones que el régimen de Stalin impuso a la
creación artística, creo sinfonías maravillosas. Lady Macbeth del
Distrito de Mtsensk, la ópera que no gustó a Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, fue trabajada por Shostakovich durante tres años, cuyo
argumento fue tomado de la obra homónima de Nikolái Leskov, escrita
en el siglo XIX. En un artículo publicado por Pravda el 28 de enero
de 1936 con el título “Caos en vez de música”,
Shostakovich fue objeto de una despiadada “crítica” por
dicha ópera.
La Revolución de octubre
de 1917 potenció el estudio del pensamiento marxista. Con el impulso
de Lenin, el revolucionario y pensador marxista, David Riazanov,
fundó el Instituto Marx-Engels que emprendió la colosal tarea de
reunir todos los materiales existentes de estos dos grandes
pensadores alemanes, con el propósito de llevar a cabo un proyecto
editorial crítico de su obra. Riazanov no se limitó a recopilar
textos de Marx y Engels, sino que lo hizo de todo el movimiento
socialista, anarquista y obrero. Para ello contó con un presupuesto
y equipo que en diversos países adquirieron bibliotecas y materiales
que fueron nutriendo al Instituto que funcionó desde 1921, en el
palacio expropiado a los príncipes Dolgorukov.
El cine fue otro campo en
el que el triunfo revolucionario posibilitó la creación de obras
extraordinarias. En 1920 se fundó el estudio cinematográfico
Mosfilm que produjo películas como El acorazado Potemkin
(1925) de Sergéi Eisenstein o el drama bélico de Mikhail
Kalatozov, Cuando pasan las cigüeñas (1957), que obtuvo
la Palma de Oro en el festival de Cannes de 1958 o La balada de un
soldado (1958) de Grigori Chukhrai galardonada con el
premio especial del jurado del Festival de Cine de Cannes en 1959.
La lista de películas
producidas durante la época soviética es extensa. Si bien muchas de
ellas fueron sometidas al control del aparato burocrático y otras
abiertamente rendían culto a la figura de Stalin, cayendo en el
plano de la adulación y el servilismo, como en Klyatva (1947)
de Mikhail Chiaureli, los filmes producidos fueron de un gran
valor histórico, así como también cultural y estético.
Octubre (1928) de Sergéi
Eisenstein y Grigori Aleksandrov es un relato fidedigno de la
Revolución bolchevique desde febrero hasta octubre de 1917. También
despuntan las producciones de Dziga Vértov como El
hombre con la cámara (1929) o Tres cantos para Lenin
(1934). Yuri Ózerov dirigió las películas
bélicas-históricas La Batalla de Moscú y Liberación,
obras monumentales de la cinematografía soviética que muestran la
lucha del Ejército Rojo y los pueblos de la URSS contra los nazis en
la Segunda Guerra Mundial, filmes en los que, además, se hace un
reconocimiento especial a la figura del Mariscal Gueorgui Zhúkov.
En 1969 el periodista
Yulián Semiónov, fundador y presidente de la Asociación
Internacional de Escritores Policiacos, escribió la novela
Diecisiete instantes de una primaver”, una obra apasionante que
relata las actividades que el agente del espionaje soviético,
coronel Maksim Isáiev, que opera bajo el nombre de Stirlitz en la
Alemania hitleriana, lleva adelante para combatir a los nazis.
El libro de Semiónov fue
llevado a la televisión como miniserie en 1973, bajo la dirección
de Tatyana Lioznova. Una estupenda producción donde se
entremezcla la dignidad, la humanidad, la solidaridad personificada
por la actuación de Viacheslav Tíjonov como Stirlitz y la
deshumanización, el individualismo y la perversidad de los oficiales
de las SS Heinrich Müller, Kaltenbrunner o Walter Schellenberg. La
serie en blanco y negro, deleita también al público con la
exquisita música de Mikael Tariverdiev como es Couple in a
cafe.
Durante la Gran Guerra
Patria se escribieron varias canciones, muchas de las cuales fueron
reproducidas en los mismos campos de batalla, a través de
altoparlantes y altavoces, por parte del coro del Ejército Rojo
creado en 1928 por Alexandr Aleksándrov. Katyusha
de Matvéi Blánter, Espérame de Konstantín
Símonov, La Guerra Sagrada de Vasili
Lébedev-Kumach con música de Alexandr Aleksándrov o
Noche Oscura de Vladimir Agatov con música de
Nikita Bogoslovski son algunas de las canciones más bellas
que aparecieron en ese período.
El 25 de diciembre de
2016, 64 miembros del Ensamble Aleksándrov perecieron en un
accidente de aviación cuando un TU-154 de la Fuerza Aérea rusa se
precipitó al Mar Negro. Fue una pérdida muy dolorosa no sólo desde
el punto de vista humano, sino también cultural. Pese a este hecho
triste, esta agrupación continúa difundiendo los bellos cantos de
la era soviética, y otros más.
La herencia en el campo
de la literatura de ese período también es impresionante. Si bien
bajo el dominio de Stalin la libertad de creación artística y
literaria estuvo supeditada a las decisiones de la burocracia,
encarnada en la figura de Andréi Zhdánov, principal impulsor
del llamado realismo socialista, no por eso dejó de producirse obras
llenas de profundo sentido humano, sobre todo tras la derrota del
nazifascismo en la Segunda Guerra Mundial.
La Joven Guardia,
novela de Alexandr Fadéiv, relata la lucha clandestina de los
jóvenes comunistas en Krasnodón-Ucrania para detener las
acciones de las tropas hitlerianas.
Borís Polevoi
escribió un reportaje sobre los juicios de Núremberg con el título
“A fin de cuentas”, donde con lujo de detalles
narra el proceso de juzgamiento de los criminales de guerra nazis.
Polevoi es también autor de la obra “Un hombre de verdad”,
en la que relata la historia de un piloto de la aviación soviética
que pierde sus pies, pero que continúa su lucha contra los nazis, lo
cual le lleva a convertirse en héroe de la URSS.
A pesar de la caída de
la Unión Soviética, el legado de esa época no puede olvidarse.
Sí, la URSS vivió momentos de estancamiento, parálisis y, por
supuesto, de represión contra aquellos que se salieron de los moldes
oficiales o que no eran del agrado del aparatich como el
escritor Issac Babel o el compositor Serguéi Prokofiev.
Pero a lo largo del tiempo han perdurado los aspectos positivos y más
bonitos de la revolución que liderara Vladímir Lenin.
Hoy, debido al conflicto
que se da en Ucrania, se pretende cancelar la cultura rusa. Las
fuerzas imperialistas comandadas por EEUU, secundadas por sus socios
de la OTAN, pretenden imponer un macartismo mundial mediante la
persecución de todo lo que provenga de Rusia, como lo hicieron en
EEUU entre 1950 y 1956 cuando condenaron todo lo que podía ser
sospechoso de comunista. Fue en esa época que los científicos
estadounidenses Ethel y Julius Rosenberg, acusados de
espiar para la Unión Soviética, fueron condenados a muerte, período
en el que también se elaboraron listas de personas “peligrosas”
en las que constaba el gran cineasta Charles Chaplin, autor de
los filmes El Gran Dictador y Tiempos Modernos.
El presidente Vladímir
Putin ha dicho que “la cultura de la cancelación” se
ha convertido en “la cancelación de la cultura”, término
que engloba “el ostracismo público, el boicot e, incluso, el
silencio total, el olvido de los hechos evidentes, de los libros, de
los nombres de las figuras públicas históricas y modernas, de los
escritores, simplemente de personas que no encajan, no caben en los
patrones modernos, por más absurdos que sean a la hora de la
verdad”.
Y como se ha visto, no se
trata de un hecho reciente, sino que ha venido dándose desde tiempo
atrás con el propósito de eliminar de la memoria de las personas la
contribución hecha antes por la URSS y hoy por Rusia al pensamiento
humano, a la cultura, a la ciencia y a la paz.
Hollywood ha pretendido
convertir la derrota del nazifascismo en un triunfo de los EEUU,
desconociendo que fue la Unión Soviética la que propinó las
mayores derrotas a las tropas hitlerianas. El nombre de Yuri
Gagarin el primer ser humano en viajar al espacio, hecho que tuvo
lugar el 12 de abril de 1961, también pretende ser borrado de la
memoria de las personas. En Vinnitsia-Ucrania un monumento al
escritor Máximo Gorky, autor de obras como La Madre,
ha sido retirado.
La rusofobia ha
llegado a límites extremos y las “democracias”
capitalistas occidentales, no se diferencian mucho de los nazis.
El 10 de mayo de 1933 una
multitud de 70 mil personas, entre las que se encontraban jóvenes
universitarios movilizados por la Unión de Estudiantes
Nacionalsocialistas, se reunió en la Plaza de la Ópera en Berlín
en la que quemaron más de 25 mil libros de autores a los que los
nazis consideraban causantes de la “decadencia y corrupción moral”
en Alemania. Obras de Heinrich Mann, Erich Maria Remarque,
Heinrich Heine, Ernst Glaeser, Erich Kästner,
Kurt Tucholsky, Rosa Luxemburg, Karl Marx o
Friedrich Engels, ardían en el fuego.
Transcurridos 70 años de
esa barbarie contra la cultura, las tropas invasoras estadounidenses
y británicas en Irak, permanecieron impávidas frente al robo y
destrucción provocados por saqueadores y traficantes en el Museo y
en la Biblioteca Nacional en Bagdad.
Un artículo publicado
por la Fundación de Cultura Islámica el 21 de enero de 2008 bajo el
título “La ocupación y destrucción cultural de Irak”, de
autoría del Global Policy Forum, expone que “Entre el 10 y el 12
de abril [de 2003], ante la pasividad de las fuerzas de la Coalición,
los saqueadores atacaron en tres ocasiones el Museo Nacional
[iraquí]. En total, los ladrones se llevaron entre 14.000 y 15.000
objetos de arte, entre ellos monedas, esculturas, cerámicas, objetos
de metal, fragmentos arquitectónicos, tablas cuneiformes y la mayor
parte de la colección de los valiosos sellos cilíndricos de la
época sumeria. La famosa Dama de Warka de alabastro, datada
alrededor del año 3.100 a.C. desapareció, junto a otras 40 piezas
de fama mundial. El 16 de abril, cuatro días después de que
terminara el saqueo, las fuerzas de la Coalición, al fin, decidieron
proteger los edificios”.
Es la política cínica
del imperialismo al que solamente le interesa el lucro y echar abajo
los cimientos culturales sobre los que se erigen los pueblos a los
que han invadido.
Como dijo Antonio
Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y
en ese claroscuro surgen los monstruos”.
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